jueves, 9 de enero de 2014

LA CHICA DEL VIDEOCLUB

A Javier
Durante un par de años hubo en mi pueblo dos videoclubs, uno situado bajo los soportales de la Calle Real y el otro en la calle de las afueras que conduce hasta la estación de ferrocarril. Éste era mi preferido, no porque tuviera muchas películas sino porque algunas eran viejos clásicos que siempre había querido ver, títulos algo olvidados que los más mayores recordaban haber visto en el cine y quizá luego en algún lejano pase televisivo. Allí alquilé La jungla en armas, La venganza del bergantín, Tambores lejanos o Pasos en la niebla. El propietario era un tipo de pocas palabras que se parecía a David Johansen y pronto me saludaba con cierta familiaridad. Debí de ser uno de los clientes más asiduos de aquel videoclub, hasta que lo cerraron por motivos que nunca estuvieron del todo claros. Así que tuve que volver al local más concurrido de la Calle Real, donde había la oferta habitual de grandes producciones como Ben-Hur, Estación polar Cebra, Cimarrón o El coloso en llamas, películas que alquilaban al final de la semana los niños que salían del colegio, las madres que hacían la compra o los padres a la vuelta del trabajo, para ver en familia el sábado por la noche.

Cuando yo tenía catorce años, empezó a trabajar en el videoclub una chica de unos veinte que venía de una aldea cercana y vivía en un pequeño edificio de las afueras. Hacía piragüismo, era alta y muy guapa y tenía un cuerpo esbelto y vigoroso, y un aire exótico y agitanado, que causaron sensación en la zona e hicieron que con su llegada aumentara la clientela masculina de la tienda. A decir verdad, a mí no me atraía demasiado: mucho más que las chicas de mi edad o que la diosa del videoclub, me gustaban las atractivas y cuarentonas dependientas de las mercerías, fruterías, zapaterías, pescaderías, panaderías y papelerías del pueblo, a las que veía trabajar al otro lado de los escaparates cuando pasaba por delante. Empecé a frecuentar aquellas tiendas y a charlar con sus empleadas o con sus dueñas con una falta de timidez que me sorprendió a mí mismo. Alguna me consideraba un pobre diablo y otras me trataban con cierta simpatía y parecían alegrarse al verme llegar, aunque no acababan de entender qué pintaba por allí tan a menudo.

Quien no me consideraba un pobre diablo era mi amigo Miguel, un chaval que repetía por tercera vez primero de BUP cuando llegué al instituto. Miguel era un tipo de una pieza, jugaba muy bien al balonmano, las chavalas del pueblo estaban locas por él y siempre acababa liado con alguna los sábados por la noche, lo que sentaba muy mal a sus compañeros de clase. El primer día del curso tuvimos que sentarnos juntos porque sólo quedaba libre aquella mesa. Por la tarde, ya hablábamos con familiaridad de la música que nos gustaba escuchar, de las hostias que pegaban en el colegio donde resultó que habíamos estudiado ambos, de alumnos del internado a los que no habíamos vuelto a ver, de la lancha motora que mis padres compraron cuando nací yo y fue una de las la primeras del pueblo, o de nuestras películas favoritas. Durante las semanas siguientes, a la vez que nos hacíamos amigos, una extraña hostilidad por parte de compañeros y profesores iba creciendo en torno a nosotros. Yo evitaba salir al pasillo si determinados alumnos pasaban en ese momento, y Miguel dejó de frecuentar algunos bares donde, cuando entraba con una chica, siempre había alguien que terminaba por empujarlo o por hacer caer su vaso tratando de provocar una pelea.

Miguel tenía una cierta facilidad para enamorarse. Además, se indignaba cuando en una película o en la vida real alguien hacía sufrir a una mujer, y sostenía con conmovedora convicción que a violadores y a maltratadores, como primera medida y al margen de otras disposiciones legales, había que caparlos a martillazos. A él sí le gustaba la chica del videoclub, y le atraía más a medida que iban pasando las semanas. Los sábados por la noche recorríamos los bares y las discotecas del pueblo en su busca, pero siempre la encontrábamos tomando una copa o bailando con su novio, un caimán de los alrededores al que me sonaba haber visto ganar alguna competición de piragüismo. Cuando yo iba a alquilar una película, Miguel venía conmigo y fingíamos que la cuenta era suya para pagar él y así tener ocasión de hablar con la dependienta. Ella siempre se dirigía a nosotros con una mezcla nada calculada de amabilidad e indiferencia, y sin dedicarnos nunca más palabras de las imprescindibles. Si nos cruzábamos por la calle, respondía algo sorprendida a nuestro saludo porque no nos había reconocido. Cuando entrábamos en la tienda, apenas levantaba la mirada de la revista que estaba leyendo al ver llegar a dos chavales cuyos rostros quizá le resultaran lejanamente familiares.

Fueron pasando los meses, y después de una larga y confusa sucesión de expulsiones del instituto, bromas crueles, humillaciones, agresiones, peleas, faltas a clase y suspensos, terminó el curso y llegó el verano. Miguel no podía quitarse de la cabeza a la chica del videoclub, y con una mezcla de ilusión y melancolía esperaba verla remar río abajo durante el descenso que tenía lugar a principios de julio, coincidiendo con el comienzo de las fiestas locales. El día anterior, a media tarde, las calles del pueblo se iban llenando de vecinos que volvían de la playa, de familias que vivían en aldeas cercanas o de chavales que venían de otros municipios para disfrutar de una noche animada y previsiblemente violenta. Había un anhelo palpable de bronca colectiva y una violencia implícita en gestos y miradas, y a lo largo de las horas siguientes más de un chaval de fuera iba a verse envuelto en una pelea con quince o veinte del pueblo, de la que saldría en ambulancia y sin ganas de volver a poner un pie por allí.

Miguel y yo entramos en unos bares, evitamos otros, hablamos con amigos y conocidos, tomamos bastantes copas y acabamos en una discoteca del centro, no porque nos gustaran el ambiente o la música (aunque a veces ponían alguna canción buena), sino porque era donde paraban los piragüistas a esa hora. Vi a la chica del videoclub en la pista, bailando al ritmo del “Red Red Wine” de Neil Diamond interpretado por UB40, mientras su novio charlaba con remeros del equipo local en las mesas del fondo, tal vez de la competición que se iba a celebrar al día siguiente y probablemente fuera a ganar alguno de ellos. Si un desconocido de su edad o de la de Miguel aparecía con una chica como aquélla, en un cuarto de hora podía salir de allí con los pies por delante, y quizá también le cayera alguna hostia a ella. Pero a la chica del videoclub y a su novio parecían respetarlos tanto los demás piragüistas como el resto de la gente. Miguel aún no se había dado cuenta de que no estaba sola, y mientras yo me dirigía a uno de los camareros fue hasta la pista y empezó a bailar muy cerca de ella. No tardó en situarse a su lado, buscando una comunicación que, por la forma en la que ella seguía moviéndose sin hablarle ni mirarlo, pronto comprendí que no se iba a dar. Miguel insistía, echando mano de tácticas bien ensayadas que habrían funcionado con cualquier otra chica del local pero no estaban funcionando con la única que le gustaba a él. Me volví hacia las mesas y observé a los piragüistas. El novio de la chica del videoclub parecía sentirse a gusto, charlaba con unos y con otros, bebía un trago y de vez en cuando miraba la pista y contemplaba a su novia con orgullo mal disimulado. A pesar de su aspecto algo amenazador, se veía a la legua que no era mal tipo y que la quería, y también que no le estaba quitando el ojo de encima a Miguel. Decidí aconsejar a mi amigo que dejara las cosas donde estaban, pero acabó dándose por vencido y antes de que yo me levantara regresó a la barra con aire abatido.

–Nada, tío, no hay manera –dijo en voz alta para hacerse oír por encima de la música y el ruido. Terminamos las consumiciones, salimos de la discoteca y nos alejamos calle abajo abriéndonos paso entre la multitud. Pronto llegamos a una zona tranquila de las afueras, desde donde se veían los bares del puerto y el extremo del puente que salva el último tramo del río y constituye el acceso principal al pueblo. Caminamos unos minutos por la orilla y nos detuvimos en un parque con árboles y bancos de madera algo alejado del centro. Contemplamos en el agua el reflejo de las luces de las aldeas desperdigadas entre los montes del otro lado. Se me pasó por la cabeza que quizá un día sería conveniente marcharse de allí, conocer otras gentes y otros lugares, pero en aquel momento Miguel sólo podía pensar en la chica del videoclub, así que ya habría tiempo para hablar de eso en otra ocasión. Estuvimos un rato parados en silencio frente al río mientras llegaban a nuestros oídos los ruidos lejanos de la fiesta. Luego decidimos volver a nuestras casas. De regreso hacia el centro, nos desviamos por una calle tranquila en la que nunca se veía a nadie a esa hora y pasamos por detrás del edificio donde vivía la chica del videoclub. Sabíamos que había alquilado uno de aquellos apartamentos de la planta baja cuyas habitaciones traseras, debido al desnivel del terreno, estaban a la altura de un primer piso. Sin decir una palabra, aminoramos el paso hasta detenernos debajo de una ventana que supusimos la suya y miramos hacia arriba. A un par de metros por encima de nuestras cabezas había un tendal para la ropa, y de él colgaban varias prendas entre las que pudimos distinguir unas bragas de satén negro que parecían brillar a la luz de la luna. Hice ademán de seguir adelante, pero Miguel no se había movido ni apartaba la vista del tendal. Aunque nunca lo había pensado antes, en ese momento se me ocurrió que no me importaría hacerme con unas bragas, lavadas o no, de alguna de mis queridas dependientas. Me acerqué hasta él.

–Tienen que ser suyas –murmuró–. Cómo me gustaría conseguirlas…

–A lo mejor puedes cogerlas de un salto –propuse.

Dudó unos segundos, quizá preguntándose qué iba a pensar ella cuando, al día siguiente, descubriera la ausencia de las bragas. Luego tomó impulso mientras yo me hacía a un lado y saltó con todas sus fuerzas, pero el tendal estaba fuera de su alcance. Volvió a intentarlo tres o cuatro veces con el mismo resultado. El ruido de sus pisadas al caer resonaba por toda la calle. Alguien abrió una ventana en el edificio de enfrente, y al volvernos hacia allí vimos a un tipo de unos sesenta años que nos estaba observando desde una habitación con la luz apagada en la tercera planta. Después de aquellos intentos fallidos, deliberamos un momento y decidimos que uno de nosotros trepara por encima del otro, se pusiera de pie sobre sus hombros, se apoyara con una mano en la pared y con la otra tratara de alcanzar el tendal. Yo era el más delgado y Miguel el más fuerte, así que juntó las manos, puse un pie encima de ellas y haciendo un esfuerzo subí hasta su espalda. Luego él se irguió todo lo que pudo y yo, sin apartar la mano izquierda del punto de apoyo, estiré el brazo derecho hacia la cuerda del tendal de la que colgaban las bragas.

–¿Qué, lo estáis pasando bien, mierdecillas? –exclamó de pronto el tipo de la ventana. –¿Queréis que vaya ahí?

Conseguí acercarme al tendal unos centímetros más.

–¿Me estáis oyendo, mamones? –insistió el de la ventana al no obtener respuesta.

–¡Que te jodan! –dijo Miguel tratando de no cambiar de posición.

–Si pudieras moverte un poco hacia delante… –murmuré a la vez que intentaba no perder el equilibrio. Miguel avanzó un paso, pero tuve que apoyarme en la pared con las dos manos porque estaba a punto de caer. Volví a intentarlo, y mis dedos casi habían alcanzado las bragas cuando Miguel se giró ligeramente a la izquierda.

–¿Pasa algo? –pregunté.

–¡Apura, Toñito, que viene la poli! –exclamó.

Al volver la cabeza pude ver un coche de la policía municipal que doblaba una esquina entre dos edificios y avanzaba hacia nosotros desde el otro extremo de la calle. Con un último esfuerzo, conseguí sujetar las bragas y me vine abajo mientras oía cómo se desprendían de las pinzas haciendo vibrar la cuerda del tendal. Miguel me ayudó rápidamente a levantarme.

–¿Estás bien? –dijo, y tras mi respuesta afirmativa añadió: –¿las tienes?

–Aquí están –respondí mostrándole las bragas, y él sonrió y me apoyó una mano en un hombro. Notamos en la cara el resplandor de los faros. El coche aumentó la velocidad, el tipo de la ventana empezó a vociferar y nosotros salimos por pies con las bragas a buen recaudo, rehicimos a trompicones el camino andado y huimos a todo correr por la orilla del río. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

LA ESTELA DEL GUERNESEY

1
Paul Durand logró avistar por encima de la bruma, un poco a babor de su rumbo, la parte alta de un monte que se alzaba cerca de la costa hacia donde se dirigían. El sol había brillado unos minutos entre las cambiantes nubes produciendo destellos plateados sobre la superficie del agua, pero ahora se convertía de nuevo en un disco difuso al suroeste y el mar adquiría un tono acerado. La proa del Guernesey se elevaba y se hundía embistiendo las olas y salpicando los corredores. Durand volvió a sentir la extraña mezcla de nostalgia, pereza y alivio habitual en cada recalada. El final de la travesía estaba más próximo, aunque a medida que acortaban la distancia hacia tierra su anhelo por emprender el viaje de regreso empezaba a confundirse con una incómoda incertidumbre. Miró a un lado: Saulnier, de pie junto al pasamano de babor, contemplaba las aguas embravecidas y el lejano punto verdoso a proa. Su expresión se había endurecido en un gesto que Durand conocía de otras ocasiones y siempre anticipaba problemas. Saulnier le dio la espalda y descendió la escala. Durand comprendió que pronto retomaría la discusión con Christine, comenzada un rato antes en la cabina. Saulnier parecía sentir un extraño placer al herirla, lo que, para su propia sorpresa, había incomodado a Durand desde el inicio de la travesía. Recordó la tarde lluviosa en que los vio bajar del tren que llegó a la estación de La Rochela procedente de París. Algo en Christine le produjo una simpatía inmediata, y durante la breve conversación que mantuvieron mientras caminaban hacia el hotel se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba recordando sin pesadumbre su propia vida en la capital. Pero Christine no era asunto suyo, así que se limitaba a gobernar el barco y hacer las escalas previstas por Saulnier hasta que la travesía tocara a su fin. Luego terminaba también su contrato y podría volver a casa con algo de dinero. Habían pasado seis años desde su partida, y no dejaba de repetirse que ya no había motivo por el que las cosas no fueran a ir bien en adelante.
2
El Guernesey estaba fondeado a un cuarto de milla de tierra. Apoyado en la regala, Durand contemplaba la costa frondosa y escarpada, cortada en seco por acantilados de veinte o treinta metros contra los que rompía el oleaje. En una zona donde la pendiente era menos abrupta la bajamar dejaba al descubierto una playa de arena blanca, flanqueada por dos elevadas formaciones rocosas cubiertas de vegetación que se adentraban en el agua disminuyendo de altura y terminaban en afiladas crestas salpicadas de espuma. Las gaviotas posadas sobre una de ellas levantaron el vuelo y se alejaron hacia el mar sin prestar atención al barco. Durand distinguió en el cielo nublado la figura de un ave rapaz que sobrevolaba el bosque al acecho de alguna presa. Christine y Saulnier salieron a cubierta. Como de costumbre, la expresión afable de Christine no era fingida ni descubría rastro de la disputa, pero Durand leyó en la mirada de Saulnier una hostilidad que nunca había percibido antes, y de la que ella no parecía ser consciente. Después de echar un vistazo a la costa, Christine se hizo sitio entre ellos y Durand sintió en la mejilla su pelo agitado por el viento. Aguardó a que comentaran algo acerca del accidentado litoral, pero Christine y Saulnier seguían callados.
–¿Qué te parece? –le dijo al fin a ella volviendo la cabeza hacia la playa. Christine sonrió.
–No lo imaginaba así. La playa es un poco lúgubre, y hay demasiadas rocas. Y ese bosque...
Saulnier iba a interrumpirla con gesto contrariado, pero Christine se apartó y subió al puente.
–Espero que el agua no esté demasiado fría –dijo.
–No irás a saltar desde ahí –repuso Saulnier.
Christine se agachó para descalzarse y se quitó la camiseta y el pantalón corto. Luego trepó al pasamano y mantuvo un difícil equilibrio sobre la barra metálica. Cuando estaba a punto de caer tomó impulso, estiró los brazos y las piernas en el aire y entró en el agua verticalmente. Durand consideró que había hecho un salto brillante, mientras la veía desaparecer bajo la superficie y emerger unos segundos después a varios metros del barco. Christine levantó un brazo por encima de las olas.
–¡Os estoy esperando! –exclamó.
–¿A esta hora? –dijo Durand–. ¡Es tarde para mí!
Christine hizo un gesto de desdén y volvió a sumergirse. Saulnier se quitó la camisa, y en su camino hacia la escala de popa apartó a Durand con un empujón en un hombro antes de que éste pudiera hacerse a un lado para dejarlo pasar. Durand bajó la vista. Recordó la pelea que Saulnier y unos amigos habían provocado delante de un bar la noche de su llegada, que terminó cuando a alguien le rompieron un vaso en la cara y el dueño llamó a la policía. Al día siguiente, mientras desayunaban en un café del puerto esperando a que Saulnier prestara declaración, Durand se había preguntado cómo Christine no sentía vergüenza por el modo en que la trataba. Se aproximó a la borda y la observó. Aunque no era la primera vez que la veía nadar en solitario cerca del barco, nunca le había atraído tanto como en ese momento. Christine se sumergió de nuevo y estiró los brazos hasta tocar con la punta de los dedos una roca cubierta de algas, entre las que desapareció rápidamente un banco de peces. Durand oyó un chapoteo junto a la popa. Saulnier se acercó hasta ella bajo el agua, salieron a la superficie y bracearon en dirección a la playa. Christine parecía haber olvidado por completo a Durand. A pesar de la desazón que le producía ver a Saulnier nadando a su lado, y de vez en cuando sujetándole los tobillos o hundiéndole la cabeza debajo de una ola, Durand la siguió durante todo el trayecto. Christine y Saulnier salieron del agua, dieron unos pasos indecisos por la orilla y se derrumbaron sobre la arena muy cerca de la rompiente. Saulnier estaba situado frente a Christine y de espaldas al mar, de manera que Durand ya no podía verla. Subió al puente, se sentó en el asiento frente a la rueda del timón y observó la tonalidad grisácea que la luz del atardecer les daba al bosque y a los acantilados. Le pareció que el frío aumentaba, así que sacó la cazadora del tambucho y se la puso. Volvió la vista y contempló el mar y la línea brumosa del horizonte. Pese a lo que hubiera podido suceder antes en la cabina, no ignoraba que Saulnier y Christine debían de estar pasando un buen rato en la playa. Inevitablemente, una vez más, recordó su estancia en París. Se había trasladado con su mujer al poco de casarse, para empezar a trabajar como conductor en una empresa de transportes. Entonces aún no sabían que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar y de lo que tenían en común. Luego hubo cortos períodos en los que todo pareció ir bien, pero fue sólo un espejismo. Decidieron separarse después de cuatro años en los que ninguno llegó a saber exactamente lo que perseguían, pero sí que no lo habían encontrado. Incapaz de seguir en París más tiempo, terminó por pedir una excedencia, hacer las maletas y marcharse a la costa, donde un amigo lo contrató en su empresa de servicios náuticos. Durante las primeras semanas, mientras caminaba por la marina seca entre las embarcaciones con la carena a medio pintar o se desprendía del olor a gasoil y pescado reseco tomando una cerveza al caer la tarde, se sorprendía echando de menos a su mujer, y evitaba preguntarse si habría sido posible encontrar alguna otra solución.
3
Anochecía cuando Christine y Saulnier regresaron al barco dando cansinas brazadas. En el puente, Durand contemplaba el horizonte rojizo, de nuevo despejado por los frecuentes cambios de viento en aquellas latitudes. Al oír el chapoteo de los cuerpos saliendo del agua le molestó que su sosiego se viera alterado, pero le agradó oír la voz temblorosa de Christine, que le pedía su ropa desde la bañera. Cogió las prendas que había dejado encima del asiento y se las echó, ella las atrapó al vuelo, se lo agradeció con una sonrisa y desapareció dentro de la cabina. Después de secarse, Saulnier arrojó la toalla sobre una colchoneta y levantó la vista hacia el puente. Durand se apartó de la escala, avanzó unos pasos y apoyó los dedos en las cabillas de la rueda del timón. Pudo avistar la silueta lejana de un mercante que navegaba con rumbo norte, tal vez con la misma derrota que iban a tomar ellos dentro de un par de días. Saulnier cerró de golpe la puerta de la cabina. Durand imaginaba lo que vendría a continuación, y no le agradaba pensar en cómo Saulnier seguiría mortificando a Christine durante la travesía de regreso. Recordó a algunas mujeres, tan diferentes en todo de ella, que había conocido en La Rochela durante aquellos seis años. También tuvo cierta curiosidad por saber dónde paraba la que había compartido su vida con él, aunque eso lo entristeció. En realidad, sentía un vértigo soterrado ante la idea de volver a casa.
Un ruido cercano sacó a Durand del sopor en que se encontraba. Abrió los ojos y miró alrededor, pero el barco no había cambiado de posición. Ya era de noche, debía de llevar más de una hora en el puente. Observó el hermoso cielo estrellado. Aunque notaba algo de frío, no tenía ganas de bajar y encontrar a Saulnier en la cabina. Cerró la cremallera y subió el cuello de la cazadora. Un objeto de cristal estalló contra un mamparo. Durand se puso en pie precipitadamente al oír a Christine gritar su nombre. Descendió de un salto e intentó abrir la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave. Oyó un portazo proveniente de los camarotes de proa y llamó a Christine sin obtener respuesta. Tomó carrerilla, se lanzó contra la puerta y notó cómo cedía. Iba a cargar otra vez cuando Saulnier abrió, salió a cubierta envuelto en un fuerte olor a alcohol y se paró en seco al verlo. Durand se fijó en su mirada, Saulnier se abalanzó sobre él y Durand le asestó un cabezazo en el rostro que lo mandó hacia atrás con la nariz y la boca manchadas de sangre. Saulnier se desplomó a un lado de la puerta a la vez que Durand bajaba la escalera. Vio a Christine tumbada frente a los camarotes y atravesó la cabina temiendo lo peor. Una de las puertas estaba abierta, la sangre goteaba del picaporte. Durand se agachó junto a Christine, sus dedos se deslizaron por el pelo ensangrentado y se detuvieron sobre una herida en el cuero cabelludo. Cuando le tomó el pulso, comprobó que estaba muerta. Bajó la cabeza y se llevó una mano a la frente.
–Christine –murmuró.
Se quedó a su lado un momento. Luego se irguió y tanteó entre las sombras del camarote, hasta dar con el chal que Christine solía ponerse sobre los hombros los días de mal tiempo. Tuvo la impresión de que Saulnier estaba en lo alto de la escalera.
–¡La has matado! –exclamó mirando hacia allí–. ¡Maldito loco hijo de puta, la has matado!
No obtuvo respuesta. Se acercó hasta la radio, descolgó el auricular y trató de sintonizar la onda costera. Oyó pisadas descendiendo los escalones. En el momento de girarse, Saulnier le mandó un golpe que Durand paró instintivamente con los brazos. El auricular saltó por los aires y Durand y Saulnier se enzarzaron a puñetazos. Chocaron contra una lámpara que se desprendió del mamparo y la cabina quedó en penumbra. Durand estuvo a punto de caer al tropezar con un banco. Saulnier lo arrinconó contra la escalera, pero resbalaron en las cartas esparcidas a sus pies y se vinieron abajo. Durand notó como algo de cristal se rompía bajo su espalda. Recibió un puñetazo en la nariz mientras trataba de incorporarse y cayó a un lado con el sabor de la sangre en los labios. Saulnier se aferró a su garganta. Dominando la desesperación que empezaba a sentir, Durand le pegó varios puñetazos en la cabeza hasta que logró quitarlo de encima. Saulnier lo golpeó en la sien y Durand le devolvió el golpe, saltó sobre él y le asestó un rodillazo en la mandíbula. Saulnier dejó de moverse. Durand se levantó respirando con dificultad y contuvo el impulso de patearle la cabeza. En vez de eso, lo arrastró a trompicones hasta uno de los camarotes, lo arrojó entre las literas y bloqueó la puerta con ayuda de un cabo. Aunque ya no sirviera de nada, se veía dominado por el ansia de apartar a Saulnier de Christine, de alejarlo de ella. Atravesó la cabina, se reclinó agotado en la mesa de cartas y se limpió la sangre de la cara con un pañuelo. La luz tenue de la única lámpara intacta le permitía percibir los vasos rotos, las toallas, los chalecos salvavidas, los derroteros y el instrumental esparcidos por el interior del barco. Frente a los camarotes distinguía el contorno del cuerpo de Christine bajo la tela del chal. “Salir pronto de aquí”, pensó. “Volver pronto a casa”.
4
Con el cambio de marea, sólo una escasa franja de arena y algunas rocas al fondo de la playa quedaban a resguardo de las olas. Apoyado en la regala, mientras sentía el olor a vegetación proveniente de tierra, Durand contemplaba el perfil de bosques y acantilados recortado contra el cielo nocturno. Saulnier llevaba un rato golpeando la puerta del camarote. Durand oyó el sonido de un motor que se confundía con el ruido del oleaje. Volvió la vista: las luces de la lancha patrullera se aproximaban por estribor bordeando la costa.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

SCHOOL DAYS (VII)

A Mon
Andrés jugaba muy bien al fútbol y eso lo hacía ser aceptado en clase, pero en realidad prefería leer los tebeos de súper héroes que llenaban las estanterías de su habitación y ver películas con muchos efectos especiales en el vídeo que acababan de comprar sus padres. A pesar de su buen carácter, y tal vez por una cierta reticencia a hacer lo mismo que los demás, nuestros profesores no solían comprender lo que a menudo consideraban simples extravagancias. En una ocasión, le dio a un mendigo el billete de mil pesetas que había recibido para comprar los libros del curso. En otra, fuimos de excursión al río y el profesor capturó varios tritones, pero al verlos en cautiverio Andrés enloqueció de tal manera que hubo que devolverlos al agua.

Su padre se llamaba Ricardo, había nacido en un pueblo de las montañas de Lugo y había estudiado Derecho en Santiago. Al terminar, fue a Madrid para preparar las oposiciones de Notarías, que aprobaría tres años después de quinto de su promoción. Luego su novia y él se casaron, y cuando Andrés tenía tres o cuatro años, al poco de nacer su hermana, vinieron a nuestro pueblo, donde Ricardo ocupó la plaza de notario. Como le gustaba pescar y se entendía bien con los aficionados de la zona, pronto se convirtió en un habitual de los bosques y el río. Ricardo era un buen hombre, pero había una distancia no siempre fácil de recorrer entre las cañas de pescar y los quinientos temas de la oposición de uno, y las galaxias lejanas y los sueños del otro. Algún viernes por la tarde, mientras salían a faenar los barcos, Andrés y yo nos sentábamos en la rampa del puerto y él me contaba anécdotas de cuando su padre era niño y estudiaba en una escuela unitaria de la montaña lucense. Pero la conversación se interrumpía por ocasionales silencios, y al volver la cabeza lo veía pensativo, con la mirada perdida en la desembocadura del río o en la playa del otro lado.

Andrés y su familia pasaban las Navidades en Lugo con sus abuelos, que vivían en una casa de tres plantas situada en la calle principal del pueblo. La ferretería de los padres de Ricardo ocupaba el frente de la planta baja, y en la parte trasera había una habitación, un cuarto de baño, una cocina y un salón que comunicaban con un jardín extenso y frondoso, separado por un muro de piedra de los bosques y los campos de los alrededores. En una esquina del jardín habían instalado varias colmenas. Una mañana, Andrés salió de la cocina después de desayunar y se acercó para observarlas. Retiró el techo de una colmena, y en cuanto tocó uno de los panales el enjambre levantó el vuelo y cargó contra él. Andrés echó a correr de vuelta a la cocina, pero las abejas lo rodearon a mitad de camino y tuvo que huir sin rumbo entre los árboles y los macizos de flores. Su padre salía del garaje en ese momento. Al oír sus gritos corrió hasta la casa, y cuando vio lo que sucedía se puso delante de las abejas y recibió numerosas picaduras en el pecho y en la cara mientras Andrés lograba ponerse a cubierto.

Un par de años después, sus padres compraron un terreno cerca de nuestro pueblo y construyeron una casa. Luego Ricardo trajo de Lugo un cachorro de mastín que pronto se convirtió en una bestia de noventa kilos que veneraba a su amo y trotaba a sus anchas por la finca, y ese mismo año instaló una piscina, habilitó una pequeña carpintería en el garaje donde nos fabricaba espadas y escudos de madera, y en sus ratos libres empezó a cultivar un huerto que con el tiempo terminaría vallando y llegaría a ocupar casi un cuarto de la propiedad. Desde la ventana de la habitación de Andrés se veía, al otro lado del muro, el camino que discurre monte abajo entre bosques de castaños y prados en pendiente hasta las primeras casas del pueblo, donde el asfalto deja paso a un pavimento adoquinado que conduce hacia las calles del centro. De una de ellas parte un sendero muy empinado que permite atajar un par de kilómetros monte arriba, y termina en un punto del camino principal no muy lejos de donde vivía Andrés.

Una tarde de primavera en la que su madre no podría ir a buscarlos en coche cuando salieran del colegio, Andrés y su hermana decidieron volver a casa siguiendo aquella ruta. Pasaron junto a un edificio abandonado que bordea el sendero, atravesaron un prado y se adentraron en el bosque. Unos minutos después, salían a otro prado desde el que se divisan una parte de la ría y el valle que forma la desembocadura del río, y continuaron el ascenso por una zona sinuosa y escarpada donde el sendero se estrecha y se hunde en el terreno, de manera que la linde del bosque quedaba por encima de sus cabezas. Alrededor no veían más que las pendientes terrosas cubiertas de maleza y helechos, y frente a ellos el suelo surcado de raíces y de charcos. Las copas de los árboles oscurecían el sendero y los recodos aumentaban a medida que se iban acercando a la parte alta del monte. Después de doblar uno de ellos, el último antes de salir al camino, se toparon con un avispero y lo pisaron antes de darse cuenta y poder detenerse o retroceder. Echaron a correr a trompicones perseguidos por las avispas. Un cuarto de hora después llegaban a casa manchados de tierra y cubiertos de picaduras, especialmente Andrés, y su madre tuvo que desvestirlos y meterlos en una bañera con agua fría para aliviarles el dolor y bajarles la hinchazón. Por la noche se acostaron temprano, fatigados tras la agitación de la jornada. Se durmieron pronto, pero Andrés se despertó de madrugada delirando, y sus padres fueron rápidamente a la habitación. Antes de lograr tranquilizarlo, pudieron oír cómo le gritaba a su hermana que corriera, que él se ponía delante de las avispas para que ella pudiera escapar.

jueves, 4 de julio de 2013

THE BUTCHER BOY (III)

Una mañana de noviembre, Michel Verneau estaba hablando con un compañero en el patio del instituto cuando otro alumno lo sujetó por un hombro, lo lanzó contra la pared, le pegó varios puñetazos que lo hicieron caer y le pateó la cara. Luego explicó a los curiosos que Verneau y él tenían un par de asuntos pendientes, y todos se marcharon porque volvían a empezar las clases. Al día siguiente, cuando suponía que nadie podía verlo, Verneau rajó las ruedas de la moto de su agresor, pero éste lo sorprendió mientras se ponía en pie para marcharse y se abalanzó sobre él, y al cubrirse con la navaja Verneau lo hirió en un brazo. Ello supuso la expulsión del instituto, así que su hermano trató de que lo admitieran en el colegio privado donde trabajaba de bedel, para que no perdiera el curso. Como la matrícula era  muy cara, habló con un conocido, propietario de un hotel en la rue de Rome, y éste empleó a Verneau como botones los fines de semana y le adelantó el primer mes de sueldo.

A medio camino entre el hotel y el edificio de la avenida de Clichy donde vivían había una carnicería, frente a la que Verneau pasaba cada sábado a primera hora camino del trabajo. En una ocasión entró para comprar embutido, pero a los pocos minutos tuvo que salir por un mareo debido a la impresión que le produjeron las tareas, los sonidos y los olores propios del local. Su hermano le encargaba a veces que comprara carne, y Verneau aguardaba en la calle a que no hubiera clientes o hacía el pedido atropelladamente, salía fingiendo haber olvidado algo y regresaba cuando calculaba que ya estaría listo. No tardó en darse cuenta de que a los empleados empezaba a extrañarles su comportamiento. Sin embargo, uno de ellos pasaba a menudo por delante del hotel y lo saludaba como si lo considerara ya un cliente habitual y no prestara atención a aquellas pequeñas excentricidades. Verneau lo observó. Era un tipo fuerte y bien parecido que tendría la misma edad que su hermano, unos treinta años, y debía de vivir en el barrio, pues caminaba siempre en dirección contraria a la estación de metro.

Durante los primeros días de trabajo, el patrón le preguntó alguna vez si todo iba bien. Pero pronto se olvidó de él, y cuando se acercaba hasta su puesto era para reprenderlo por haber dejado escapar un taxi o no atender con la suficiente presteza a los clientes que bajaban de un autobús. Sus compañeros le hablaban de manera seca y distante, y no se molestaban en ocultar la desconfianza hacia el recién llegado. Verneau suponía que nunca iban a entenderse, tal vez porque todos le llevaban al menos diez años y no encontraba el modo de iniciar una conversación con ninguno de ellos, o porque sabían que había conseguido aquel empleo gracias a la mediación de su hermano.

A principios de diciembre, aprovechando dos días festivos, el patrón le encargó trabajar también durante la semana para ayudar a Anja, la gobernanta, en las reformas previstas en varias plantas. Hasta entonces, Verneau sólo había coincidido con ella algún sábado esporádico, pero en una ocasión la sorprendió observándolo y en su mirada creyó leer que Anja no le iba a poner las cosas más fáciles que cualquier otro. El primer día, no pudo evitar bajar la vista al responder a su saludo cuando ella llegó al hotel. A media mañana, la recepcionista le dijo que bajara al sótano porque Anja lo estaba esperando en su pequeña oficina para explicarle la tarea que iba a llevar a cabo. Verneau siguió a Anja hasta el garaje, donde ella le mandó introducir en el montacargas todos los carros llenos de sábanas que obstruían los pasillos, para distribuirlos luego por las plantas superiores. Verneau terminó una hora después y regresó agotado a la planta baja. Cuando recorría el pasillo de camino a la recepción, oyó a Anja llamarlo desde la cocina. Fue hasta allí, y ella lo invitó a un café y le preguntó si aquél era su primer empleo. Más tarde, antes de la pausa para comer, Anja estuvo charlando unos minutos con la recepcionista. Al volver la mirada hacia la calle y ver a Verneau parado junto a la entrada, le comentó que estaban siendo unos días tranquilos y lo animó a participar en la conversación. Había pocos clientes en el hotel, así que Verneau apenas tuvo trabajo el resto de la jornada.

Al día siguiente, Anja pasó por la recepción a primera hora y le dijo que en cuanto pudiera bajara a su oficina. Después de ocuparse de algunas llegadas, Verneau dedicó el resto de la mañana a sacar sillas y sillones, arrastrarlos hasta el montacargas y subirlos a la primera planta, a la vez que evitaba los encontronazos con los obreros que acarreaban puertas y ventanas y con las camareras de piso que hacían camas, fregaban cuartos de baño, vaciaban papeleras y pasaban la aspiradora mientras él entraba y salía. Cuando volvió a la oficina para decirle a Anja que todo estaba listo, ella se había ido ya a comer. Verneau descansó unos minutos sentado en una banqueta olvidada en el pasillo. Luego bajó al comedor, se hizo con una bandeja y miró alrededor buscando un sitio libre, hasta que Anja lo vio y le señaló una silla junto a la mesa que compartía con varios compañeros. Verneau se unió a ellos algo cohibido, pero Anja no tardó en bromear recordando las dificultades de ambos para desplazar un sillón de gran tamaño e introducirlo en el montacargas, lo que provocó risas y terminó por hacer que riera también él mismo.

El trabajo aumentó las semanas siguientes debido a la cercanía del fin de año. Verneau, que ahora sustituía a otro botones de lunes a viernes porque ya no tenía clase en el instituto, pasaba las mañanas parando taxis y acarreando maletas, pero de vez en cuando podía ver desde su puesto a Anja, que subía y bajaba apresuradamente las escaleras de servicio y daba instrucciones a las camareras de piso en el tono severo y apremiante habitual.

La última semana del año, el viernes por la tarde, Verneau fue hasta los vestuarios y se aseó en los lavabos. Habló un momento con el recepcionista que empezaba su turno, luego guardó el uniforme dentro de la taquilla, se puso el abrigo, salió del hotel y echó a andar hacia su barrio. Mientras se acercaba a la carnicería recordó que su hermano le había pedido que comprara carne, así que se detuvo frente al escaparate, miró al interior y decidió esperar fuera unos minutos, aunque sólo había dos clientes dentro de la tienda. Ya no deseaba que terminaran pronto las vacaciones para volver a trabajar únicamente sábados y domingos. La frialdad inicial de sus compañeros había dado paso a una cordialidad que se iba transformando en abierta simpatía por parte de algunos. En realidad, era el haber conocido a Anja, y el saber que la vería de nuevo el lunes, lo que le hacía apreciar de manera diferente el tiempo dedicado al hotel a lo largo de la semana. Recordó el tono didáctico que ella había intentado adoptar el primer día mientras le explicaba cuál era su tarea, un tono esforzadamente afable que duró poco, hasta que Verneau cometió las primeras torpezas y Anja empezó a perder la paciencia. Al final de la semana coincidieron de nuevo en el comedor, y como era una hora tardía y los otros compañeros se habían marchado ya, por primera vez se sentaron solos en una mesa. Anja le contó que a los quince años había empezado a trabajar en un telar industrial. Luego fue camarera en un restaurante, y al cabo de un tiempo tuvo acceso a una formación que le permitió emplearse como gobernanta en varios hoteles y finalmente llegar a su puesto actual, que ocupaba desde hacía seis años. Más tarde, Anja lo vio pasar por delante de la oficina y lo invitó a un café. Mientras ella le daba la espalda buscando una taza por los cajones de la mesa y le contaba una anécdota del restaurante donde había trabajado antes, Verneau no había podido apartar la vista de su cuerpo envuelto en el uniforme azul marino. En una de las paredes, rodeado de postales turísticas pegadas con cinta adhesiva, colgaba un espejo en el que Verneau observó el rostro de Anja sin que ella se diera cuenta. Terminaron sus turnos al mismo tiempo. Salieron juntos del hotel, se despidieron y se alejaron en direcciones opuestas, Verneau abrumado por una extraña mezcla de contento y melancolía.

Después de pagar en la carnicería siguió caminando hacia su casa, pero dio un rodeo porque ahora ya no tenía prisa por regresar al pequeño apartamento. Atravesó el parque de Batignolles, salió a la rue Cardinet, cruzó la calle y llegó a la estación de ferrocarril, un lugar en el que paraba a veces al caer la tarde y donde siempre se encontraba a gusto. Bajó hasta el andén, se sentó en un banco y dejó pasar los minutos contemplando el tránsito de los trenes. Había decidido que no quería volver al instituto cuando hubieran terminado las vacaciones. El portero de noche le había dicho que el patrón buscaba un botones para trabajar a tiempo completo y al parecer estaba bastante satisfecho con él. Aunque apenas llevaba una semana sin clases, recordaba como algo lejano los gritos en el patio, el ruido de las puertas de las aulas al cerrarse y el eco en los pasillos vacíos. Para él, el cambio fundamental con respecto al centro donde estudiaba antes era que ahora sabía protegerse fingiendo una entereza y una seguridad en sí mismo que, en realidad, aún estaba lejos de sentir.

Llegó a casa media hora después. Fue hasta la cocina y le entregó la compra a su hermano, que lo esperaba para preparar la cena y procedió a cortar la carne sobre una tabla mientras Verneau apartaba la mirada hacia la ventana. Cuando estaban sentados a la mesa, Verneau le dijo que el dueño del hotel buscaba otro botones y le explicó que quería dejar el colegio y solicitar aquel empleo. Su hermano le aconsejó que terminara de estudiar y luego, si seguía interesado, él hablaría con el patrón y sin duda lo contratarían de nuevo para trabajar la jornada completa como botones, o incluso para un puesto mejor.

El lunes siguiente era el último día del año. Verneau se acercó hasta un radiador colocado junto a la entrada del hotel, y bajo la luz de las farolas todavía encendidas pudo ver a los transeúntes que iban y venían al otro lado de la cristalera dejando sus huellas sobre la nieve caída durante la noche. A media mañana, el responsable del bar lo llamó para invitarlo a tomar una copa de champán con los demás empleados. Cuando pasaba por delante de las escaleras que conducían al sótano, Verneau miró hacia el interior de la oficina de Anja y comprobó que había salido, así que supuso que la encontraría también en el bar. Al entrar, la vio hablando animadamente en un extremo de la barra con el patrón y con la encargada de las reservas. Mientras charlaba con sus compañeros en el otro extremo, se sorprendió contando un par de anécdotas sucedidas los últimos meses que provocaron carcajadas entre quienes lo escuchaban. Media hora después regresaba a su puesto, y desde allí contempló la acera, los coches aparcados a lo largo de la calle, las terrazas de los edificios, la boca del metro, los bancos y los árboles cubiertos de nieve. Al cabo de un rato terminaría su turno y podría volver a casa. Pero a medida que iban transcurriendo los minutos y el momento de salir se acercaba, empezaba a sentir una emoción extraña que sólo podía definir como nostalgia. Oyó voces a su espalda. Anja acababa de despedirse de la recepcionista hasta la semana siguiente y caminaba hacia la entrada con la bolsa de trabajo en una mano y el abrigo, la bufanda y el gorro de lana puestos. Sonrió al pararse a su lado y le explicó que ese día terminaba un poco antes de lo habitual. Se había pintado los labios, desprendía un agradable olor a colonia y tenía en la boca un caramelo de menta. Después de subir la cremallera del abrigo y ponerse unos guantes, le deseó feliz año nuevo, lo besó en las mejillas y salió del hotel. Verneau avanzó unos pasos y la vio cruzar la calle y caminar con precaución por la acera de enfrente en dirección opuesta a la que solía tomar cada tarde. Pero Anja se detuvo en seguida, y en su rostro se dibujó una cálida sonrisa en cuanto reconoció a alguien que venía hacia ella. Verneau también lo reconoció, era el empleado de la carnicería que lo saludaba siempre cuando pasaba por delante del hotel. Anja le dijo algo y se formó una nube de vaho frente a su boca. Luego se besaron y echaron a andar cogidos del brazo, ahora en dirección al barrio donde vivía ella. A la altura del hotel se pararon un instante y saludaron a Verneau, que levantó una mano tímidamente y los siguió con la mirada hasta perderlos de vista cuando tomaban otra calle. Los imaginó llegando a casa, subiendo las escaleras y disfrutando de una intimidad que asociaba exclusivamente con Anja. Se preguntó si estarían casados y sintió el impulso de correr tras ella para explicarle algo que se veía incapaz de precisar. Luego comprendió que era el momento de regresar a su propia vida.

domingo, 19 de mayo de 2013

EN LA PAPELERÍA

Hace algo más de treinta años, cuando mi hermano tendría siete y yo nueve, tuvimos que pasar un curso académico en el pueblo del interior donde vivían nuestros abuelos. El cambio con respecto al lugar del que veníamos fue considerable: allá veíamos el mar desde cualquier punto y lo sentíamos como una presencia cercana, pero aquí había un río caudaloso y revuelto con una zona muy peligrosa donde decían que poco antes de nuestra llegada se había ahogado un niño. Al caminar cada mañana hacia la parada del autobús, no veíamos a lo lejos montes suaves cubiertos de bosque y de hermosos prados, sino hostiles montañas nevadas cuyas cimas apenas se distinguían entre la niebla. Mis compañeros de clase se burlaban del tonto del pueblo y echaban a correr cuando éste los perseguía, y aunque yo también corría, era incapaz de reír porque me habían enseñado que había que defender siempre al más débil. Los padres de todos ellos cazaban, tenían disecados halcones, lechuzas, jinetas, hasta un lobo, y se contaba que un conflicto de tierras había terminado con la muerte de uno de los implicados en un supuesto accidente durante una partida de caza. Pronto me hice amigo de Andrés, un chaval asmático como yo al que su madre le sacudía con el cinturón cada vez que hacía algo que no debía. Él solía invitarme a su casa cuando venían sus primos y sus tíos para la matanza del cerdo, pero siempre encontré alguna excusa para no ir porque no soportaba los chillidos, la sangre y la fiesta de la que tanto disfrutaban ellos. Por las noches, después de acostarme, sentía una enorme tristeza al pensar en el verano que había terminado semanas antes, en nuestro barco, en el cielo azul, en el mar, en mis amigos, en la casa en el campo y en los perros que quedaban al cuidado de unos vecinos y saltaban de alegría al vernos llegar los viernes por la tarde. Si me acordaba de todo aquello durante las clases apenas conseguía contener las lágrimas, así que decidí dejar de lado cualquier recuerdo.

Junto al portal del pequeño edificio donde vivíamos había una papelería en la que mi hermano y yo parábamos alguna vez a la vuelta del colegio para comprar un tebeo. La propietaria era una señora de unos cuarenta y cinco años que había sido enfermera antes de casarse, aunque no ejerció mucho tiempo porque pronto abrió aquel negocio con su marido, fallecido luego en un accidente de tráfico. Al pasar por delante del escaparate la podíamos ver en el interior de la tienda, de pie tras el mostrador, hojeando distraídamente alguna revista o leyendo el periódico. Ella siempre sonreía al vernos entrar y era muy amable con nosotros, pero a mí me intimidaban un poco sus hermosos ojos oscuros, sus ademanes resueltos y el humor ocurrente y zumbón que mostraba cuando discutía con los representantes o charlaba con las señoras que venían a comprar o a pasar el rato. Los días de mercado solíamos coincidir por las concurridas calles del pueblo. A veces la encontrábamos hablando con otros vecinos mientras aguardaban su turno cargados de bolsas frente a un puesto, y si se fijaba en nosotros yo no podía evitar bajar la mirada al devolverle el saludo. Sus dos hijas entrenaban a los niños del equipo local de piragüismo, y sus tres hijos eran unos chavalotes que se tiraban de cabeza desde nivel más alto del trampolín instalado en la orilla del río, y los sábados por la noche trataban de tocarles las tetas a sus novias sentados en los bancos de las afueras. En una ocasión, llegué a la papelería cuando ella intentaba explicarle al más pequeño de qué manera tenía que colocar unas carpetas y unos paquetes de folios sobre los distintos niveles de una estantería. Como el chaval no entendía, o no quería entender, ella acabó soltándole un guantazo que me dejó helado. Luego me vio delante del mostrador y vino a atenderme, pero mientras me cobraba no le quitaba el ojo de encima a su hijo, que colocaba carpetas y folios con gesto contrariado, para saber si había entendido ya o iba a tener que explicárselo otra vez.

Suponía que en algún lugar del pueblo había una biblioteca municipal, pero por el momento podía encontrar en la papelería todos los libros que me interesaban. A la dueña no parecía molestarle que me tomara mi tiempo sacándolos y volviendo a colocarlos en las estanterías, hojeándolos de principio a fin o leyendo páginas enteras antes de decidir cuál iba a comprar. Mientras yo miraba los libros sólo me interrumpía ocasionalmente para preguntarme si tenía frío, ya que en ese caso podía encender la estufa que había colocado detrás del mostrador. Cuando ordenaba las remesas de periódicos y revistas tarareando alguna canción que me resultaba lejanamente familiar, nos cruzábamos entre los expositores y ella sonreía sin decir nada. Luego yo le entregaba el libro elegido, y antes de mirar el precio, devolvérmelo y cobrarme, siempre me preguntaba, como si fuera una costumbre establecida, si ése era el que llevaba. En el momento de darle el dinero solía liarme con las monedas y los billetes, así que ella me cogía la muñeca y los separaba pacientemente sobre la palma de mi mano. Una tarde en que no tenía suelto para darme la vuelta me mandó cambiar en la cafetería que había al otro lado de la calle, frecuentada por taxistas, conductores de autobús y obreros de la fábrica de cemento que salían de trabajar a esa hora. Pero debí de mostrar tal desconcierto ante aquella situación imprevista que me dijo que esperara un momento en la tienda y fue a cambiar ella. Con el paso de las semanas empezó a preguntarme qué tal había ido ese día en el colegio, aunque como me suponía tímido nunca me forzaba a hablar más de lo necesario, y de tarde en tarde me dejaba llevar algún libro sin cobrarlo.

Pronto me acostumbré a la atmósfera recogida y acogedora de la papelería, al olor a madera, tinta y papel, a la luz de las bombillas, al zumbido de la estufa, al sonido de la radio con el volumen bajo, y también a la cercanía de la dueña. La oía pasar las hojas del periódico, carraspear suavemente, colocar un paquete sobre el mostrador y abrirlo con una tijera o ir un momento a la trastienda y me sentía empujado a levantar la vista del libro para mirarla sin que se diera cuenta, aunque me sorprendió un par de veces y no volví a intentarlo.

Una tarde de febrero, las clases terminaron un poco antes de la hora y el autobús escolar aún no había llegado cuando los de mi curso salimos del colegio. Aproveché para acercarme hasta un riachuelo que discurría entre los prados de los alrededores y pasé unos minutos observando los tritones que se deslizaban bajo las aguas fangosas. Luego, como consideraba que aún tenía tiempo, seguí el curso del riachuelo para averiguar qué había tras un meandro cubierto de vegetación, y al descubrir al otro lado un viejo puente, lo crucé tratando de no resbalar en las piedras húmedas de la calzada. Atravesé un bosquecillo de castaños, bordeé un prado encharcado y llegué hasta lo alto de una loma desde la que podía ver las casas del pueblo, donde habían encendido ya las primeras luces. Tal vez una de aquellas luces fuera la de la papelería. Imaginé a la dueña detrás del mostrador y me sonrojé al preguntarme si en algún momento del día habría pensado en que quizá me disponía a pasar por allí esa tarde. También me pregunté si esperaría con algo de ilusión mi llegada, pero en seguida aparté esa idea de mi cabeza. Al mirar el cielo cubierto me di cuenta de que estaba oscureciendo, debía de haber transcurrido más tiempo del que imaginaba desde mi salida del colegio. Descendí la loma y volví sobre mis pasos tratando de no perderme entre los árboles, corrí por la orilla del riachuelo, resbalé en el suelo embarrado, crucé el puente, y al cabo de unos minutos me detuve frente a una escuela donde ya no quedaba nadie. Por primera vez desde nuestra llegada al pueblo tenía que volver a casa caminando. No conocía bien el trayecto de regreso, y como ya era de noche no veía ninguna de las referencias que podían haberme ayudado. Eché a andar siguiendo la carretera general y me alejé de la escuela, pero me detuve al ver unas casas a mi izquierda. Andrés me había contado la tarde anterior que Felipe, el tonto del pueblo, vivía cerca, y unos días antes había sorprendido solo a un compañero nuestro y le había pegado una paliza. Crucé la carretera, miré a mi espalda un par de veces y seguí caminando sin perder de vista las casas del otro lado. Unos minutos después pasaba junto a un muro de piedra que debía de proteger una finca. Cuando llegué al extremo del muro miré a la derecha, y donde suponía que habría un prado distinguí la silueta de alguien parado a pocos metros de la carretera. Dejé escapar un grito y corrí a toda prisa mientras oía cómo me llamaban, pero al girarme descubrí que no era Felipe sino un vecino que avanzaba hacia mí extrañado. Seguí caminando a paso ligero sin volverme, avergonzado, hasta que ya no pude oír sus pisadas. Pronto aparecieron los primeros bloques de viviendas. Pasé por delante del cine, atravesé una plaza a la que íbamos a jugar a veces después del colegio, dejé atrás el ayuntamiento y llegué hasta la pequeña avenida que conducía hacia la salida del pueblo, donde estaba nuestro edificio. Al fin me paré, cansado, delante del portal. El camino que había recorrido parecía ahora muy lejano. Pulsé el portero automático. Aguardé un momento y volví a llamar, pero nadie respondió. Un coche pasó a lo lejos y desapareció por una de las calles perpendiculares a la avenida. Del bar del otro lado llegaba el sonido difuso de la televisión y las conversaciones. Sufría un fuerte ataque de asma, así que tomé varios pelotazos de Ventolín. Volví a llamar sabiendo que nadie iba a abrir. Recordé al niño ahogado en el río y a Felipe corriendo con dificultad detrás de nosotros y me vinieron a la cabeza la matanza, el banco de madera, la sangre y los gritos de los animales. La luz de la papelería brillaba cerca de nuestro portal. Me acerqué al escaparate: la dueña estaba dentro, leyendo detrás del mostrador con las gafas puestas. Al mirar a un lado pude ver las últimas casas de la avenida, empequeñecidas frente a unas montañas que le daban a aquella parte del pueblo un aire siniestro y opresivo. Aguardé unos segundos junto a la puerta. Luego entré y me puse a llorar mientras le explicaba a la dueña de manera confusa lo que me había ocurrido y le pedía permiso para quedarme con ella en la tienda hasta que hubieran llegado mi hermano y mis abuelos. Pareció sorprendida. Cuando al fin entendió lo que pasaba, me acarició la cabeza, me llevó hasta la silla que había junto a la estufa y me dijo que estuviera tranquilo, que más tarde o más temprano iban a volver. Hablaba en el tono afable habitual, pero acentuando el matiz afectuoso de las últimas semanas. Al cabo de unos minutos fue a la trastienda, y pronto volvió con un gigantesco bocadillo de chocolate que logré engullir gracias a una Mirinda que traía en un vaso. Debí de pasar en la tienda la media hora siguiente. La dueña me preguntó qué tal nos iba en el colegio a mi hermano y a mí, y también si echábamos de menos el pueblo del que veníamos. Haciendo un esfuerzo por no ponerme a llorar otra vez, le hablé del mar, del barco, de la playa y de mis amigos mientras ella escuchaba con manifiesta y algo exagerada atención, mostrando asombro y admiración hacia las cosas que yo le contaba. Cuando entraba alguna conocida suya y se sorprendía al verme detrás del mostrador, ella apoyaba una mano en mi hombro y le decía con naturalidad, como si aquello sucediera a veces, que estaba allí esperando por mi hermano y mis abuelos.

Ellos llegaron un poco antes de la hora del cierre. Era mi hermano quien había concluido que si no estaba en el colegio ni en el parque ni en ninguno de los lugares adonde íbamos cada tarde, tenía que estar en la papelería. La dueña les explicó a mis abuelos lo que había pasado, y después de que le agradecieran el haberse ocupado de mí, charlaron un momento mientras mi hermano y yo escogíamos un par de tebeos de los expositores. Luego ella vino con nosotros hasta la puerta para desearnos buenas noches. Al llegar ante nuestro portal la oí echar el cerrojo y pasados unos segundos vi desaparecer el reflejo de las luces del escaparate sobre la acera.

Más tarde, cuando ya estábamos acostados, contemplé la pequeña hilera de libros adquiridos recientemente y distribuidos por una de las estanterías de nuestra habitación. Esa noche no tenía muchas ganas de leer antes de apagar la luz. Dejé junto a la lámpara de la mesilla la novela de Emilio Salgari que había comprado en la papelería la semana anterior (El corsario negro o Yolanda, o tal vez La reina de los caribes), pero mi hermano me pidió que le contara algo de aquella historia de aventuras. Y yo empecé a contarle, pero mi cabeza estaba lejos de allí.

lunes, 6 de mayo de 2013

MIDNIGHT BLUES


En el imponente hotel Beaurepaire, situado a medio camino entre la plaza de Chatelet y la de la Concordia, a partir de la una de la madrugada había cierto trasiego de putas, normalmente negras, a las que telefoneaban turistas ingleses y norteamericanos o clientes franceses que se encontraban en París por motivos de trabajo. Algunos nos pedían sus números de teléfono a los recepcionistas de noche, pero el jefe de equipo nos advirtió que podíamos ser acusados de proxenetismo y perder nuestro empleo, que podían terminar considerándonos improvisados y poco creíbles maquereaux. Las negras siempre montaban una pequeña juerga en el ascensor cuando uno de nosotros tenía que acompañarlas hasta la habitación del cliente. Si éste era un inglés o un norteamericano adinerado, al cabo de un rato pedía una botella de champán, que el recepcionista le subía sabiendo que quizá se lo fuera a encontrar enzarzado en alguna extraña discusión con la chica, él en albornoz o en bata y ella en pelotas dentro de la cama.

De vez en cuando venían mujeres árabes, las preferidas de los clientes africanos. Estos también pedían champán, era raro que dieran propina y se dirigían al recepcionista con una mezcla de familiaridad y desprecio, desprecio que también mostraba la chica en un intento algo patético de manifestar superioridad hacia quien estaba obligado a servirle en aquel momento. Los clientes árabes solían llamar a mujeres francesas, profesionales de mediana edad o estudiantes. Estas últimas aprovechaban la generosidad del cliente, que siempre daba propina, para pedir algo de comer al servicio de habitaciones, y tuteaban al recepcionista porque tenían su misma edad, alguna incluso podía terminar trabajando en la recepción de ese mismo hotel un par de años después.

Una de esas noches asfixiantes de finales de junio en que el jardín de las Tullerías se llena de turistas, cuando me faltaban pocos días para largarme de vacaciones, paró en la recepción un chaval sudamericano que pasaba unas semanas en París, invitado por el empresario para el que trabajaba su padre. Era un tipo simpático de dieciocho o diecinueve años, algo ingenuo aunque rodado en juergas y salidas nocturnas, y acostumbrado a moverse en hoteles como aquél pero sin alejarse mucho de los barrios caros donde están situados. Me preguntó dónde podía salir a divertirse un rato, le dije que probara en los Campos Elíseos, me pidió que llamara un taxi, y unos minutos después un conductor con muy mala leche y la evidente intención de dar un rodeo para subir la cuenta del taxímetro se lo llevaba hacia la cercana avenida. El chaval volvió al cabo de tres o cuatro horas, acompañado por una francesa de su edad con la que supuse que se entendería en inglés o en el español que quizá hablara ella. Los vi dirigirse hacia los ascensores, y pasados unos minutos el chaval telefoneó a la recepción para saber si teníamos preservativos. Vino a buscarlos y no volví a tener noticias suyas hasta las seis de la mañana, cuando me llamó de nuevo, angustiado, y me preguntó si el empresario estaba en ese momento en el hotel porque acaba de descubrir que no tenía dinero suficiente para pagarle a la chica. Tal vez al conocerse se hubieran entendido en algún idioma, pero ahora no era capaz de comunicarse con ella y la chica empezaba a tomarse muy mal lo que estaba sucediendo. Recordé que el empresario había ordenado en el bar que no le sirvieran al chaval más consumiciones a cuenta suya y también que esa noche no dormía en el hotel, aunque probablemente regresara durante la mañana. Le dije esto último al chaval, y él me explicó que sólo le quedaban doscientos euros y me puso con la chica. Cuando supo la cantidad se mostró ofendida, aunque no llegó a decirme cuánto era lo que esperaba cobrar, y me puso con él. En vista de que, por el momento, no había nada que hacer, me pidió más condones y si esta vez se los podía llevar yo a la habitación, así que se los llevé y él los cogió sin abrir del todo la puerta. Después no supe más de ellos. Nadie se interesaba por cómo se resolvían los problemas que surgían durante noche, en realidad a nadie le importaba demasiado si un problema terminaba resolviéndose o no. Al cabo de media hora llegó el equipo de la mañana. Les pasé las consignas a las recepcionistas, les expliqué el apuro en el que estaba el chaval y les dije que en cuanto apareciera el empresario lo pusieran en contacto con él. Luego salí del hotel y caminé hacia la estación de metro por la rue de Rivoli, donde camareros y propietarios empezaban a abrir las cafeterías y el único rastro del bullicio nocturno era algún vaso roto junto al bordillo de la acera.

miércoles, 24 de abril de 2013

MARY CHANNEL

Mary Bellamy era una joven de Dorchester que a los dieciséis años se casó por imposición de sus padres con un fabricante de telas treinta años mayor que ella. Las semanas anteriores a la boda, Mary dormía mal y tenía pesadillas. Intentó que su padre cancelara la ceremonia, pero éste se negó y el 12 de septiembre de 1723 Mary se convirtió en la señora Channel.
Después de una desastrosa noche nupcial, Mary pasó a ocuparse de la casa. Su marido le encomendó dirigir a unos sirvientes que apenas se esforzaban por ocultar su desdén hacia una muchacha cuyo origen era tan humilde como el de ellos. Mary lo puso al corriente pero el señor Channel no quiso escuchar sus acusaciones, así que los sirvientes y ella se enzarzaban en continuas disputas en cuanto aquél se ausentaba. Con el paso de los meses, resultó evidente que el señor y la señora Channel no podían tener hijos. Al cabo de un año, el señor Channel apenas le dirigía la palabra a su mujer y desempeñaba su rutina diaria como si ella no estuviera presente. Mary salía de casa por la mañana después de que su marido se hubiera ido a trabajar, pasaba las horas caminando por los campos y los bosques de los alrededores, y regresaba unos minutos antes que él para comer o para cenar. Cuando el señor Channel se enteró de aquellas ausencias la golpeó y le ordenó que no volvieran a repetirse. Desde entonces, Mary deambulaba mañana y tarde por el interior de la casa, y a veces lloraba junto a una ventana si estaba segura de que nadie podía oírla.
Una mañana de febrero, el señor Channel cogió la diligencia para Londres, donde iba a pasar diez días por asuntos de negocios. Dos días después, un joven de la edad de Mary, que decía ser marino y dirigirse a Weymouth para enrolarse en un barco que zarpaba esa semana, paró a pedir agua en casa de los Channel. Mary lo condujo hasta la cocina y se la sirvió ella misma. Estuvieron hablando un rato con la puerta cerrada. Luego salieron de la vivienda, e ignorando las miradas acusadoras de sirvientes y vecinos tomaron el camino que conducía hasta el pueblo. Aunque el muchacho se hospedó en una posada, la mañana siguiente volvió a casa de los Channel y repitió las visitas durante el resto de la semana. El día que había decidido marcharse, al caer la tarde, Mary fingió indicarle la forma de llegar hasta la costa, pero en cuanto dejaron atrás el pueblo se adentró en el bosque seguida por él. Pasaron la noche dentro de una cabaña abandonada y alejada del camino. El muchacho le prometió que al día siguiente la llevaría consigo, pero Mary se despertó de madrugada y estaba sola en la estancia. Echó a andar de vuelta a casa. Al entrar se topó con los sirvientes, que comenzaban la jornada y se mostraron extrañados al verla. Mary los rechazó violentamente, se negó a darles explicaciones y se retiró escaleras arriba a una habitación apartada.
Cuando el señor Channel regresó, ya estaba al tanto de la aventura de su mujer. A la hora de la cena se reunió con ella en el comedor e hizo salir a los sirvientes. El señor Channel la golpeó varias veces y le ordenó que se marchara inmediatamente de su casa, pero antes de que pudiera agredirla de nuevo Mary cogió uno de los cuchillos que había encima de la mesa y se lo clavó en el cuello. El señor Channel se desplomó a sus pies y Mary lo contempló en silencio mientras se desangraba sobre la alfombra. Luego salió de casa, atravesó los prados contiguos y caminó sin rumbo por el bosque. La detuvieron unas horas después dentro de la cabaña donde había pasado la noche con el muchacho. Se dejó prender y no respondió a ninguna de las preguntas que le hicieron mientras la llevaban de regreso al pueblo.
Mary Channel fue juzgada por asesinar a su marido y condenada a morir en la hoguera, la pena habitual para las mujeres que habían matado a sus cónyuges. Cuando escuchó la sentencia, sufrió un mareo y tuvieron que sujetarla para que no se desplomara. Se repuso unos minutos después y afirmó que merecía morir por lo que había hecho, pero suplicó que no la mataran de aquella forma. Además responsabilizó de lo sucedido a sus padres, que se encontraban en la sala y le rogaron que los perdonara. Pero Mary se negó a hablar con ellos, y en seguida fue conducida a la prisión donde aguardaría hasta que se cumpliera la sentencia.
El dos de marzo de 1725, dos guardianes sacaron a Mary de su celda, le ataron las manos, la tendieron sobre una plancha de madera de la que tiraba un caballo, y un palafrenero la llevó hasta el emplazamiento donde iba a tener lugar la ejecución, al que habían acudido numerosos vecinos y gentes de los alrededores. El verdugo la puso en pie, la situó en el centro de la pira, fijó su cuerpo al poste con una cadena y le ató una cuerda alrededor del cuello. A continuación, procedió como era habitual en aquellos ajusticiamientos: prendió fuego a las ramas y los haces de leña acumulados en torno a Mary, y cuando las llamas se elevaban tiró con fuerza de la cuerda hasta estrangularla. Luego el vestido de Mary se inflamó, su cuerpo comenzó a arder, y al cabo de varias horas quedaba reducido a cenizas.