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viernes, 10 de diciembre de 2021

EN EL BOSQUE

Agotado, Portero se detuvo un instante, se limpió la sangre del rostro con la manga de la camisa y observó las crestas rocosas que se recortaban contra un cielo plomizo al término de laderas boscosas y escarpadas. Pero sus captores lo hicieron avanzar con brusquedad y los tres hombres siguieron caminando monte arriba. De mañana, las gentes incorporadas al bando nacional que controlaban la comarca habían asesinado a varios habitantes del pueblo. Si dos de sus vecinos libraron a Portero del paredón, era sólo para interrogarlo en algún lugar apartado: se decía que su padre, alcalde fallecido a los pocos días del alzamiento, había escondido en el bosque un dinero adquirido de forma ilegal cuando era joven.

Los tres hombres seguían una senda apenas perceptible entre la espesura. Algunas pistas que iban dejando atrás –el muro derruido de un viejo molino, un riachuelo espumeante, una peña cubierta de musgo– le indicaban a Portero que se acercaban no a donde estaba oculto un dinero inexistente surgido de la imaginación popular y la envidia, sino al único lugar en el que podía tener una oportunidad de librarse de la tortura y la muerte. Tropezó con una raíz, se vino abajo, se incorporó y continuó la marcha. La sangre seca en su nariz y sus cejas le producía una sensación de mareo. Aquella mañana había celebrado no tener parientes vivos cuyo asesinato lamentar. Recordó a las patrullas registrando las casas, a las mujeres que lloraban y gritaban mientras se llevaban a sus hombres, las detonaciones tras la tapia del cementerio y la embriaguez y la locura que parecían haberse apoderado de unos jóvenes que apenas dos años antes habían sido sus compañeros de escuela. De vez en cuando echaba un vistazo hacia arriba, y a la luz triste del atardecer podía ver las copas de los árboles bajo el cielo invernal. Su corazón latió con rapidez al reconocer el terreno y darse cuenta de que cada vez se hallaban más cerca del punto del bosque al que deseaba llegar. Unos minutos después, los tres hombres se adentraron en una zona especialmente frondosa que Portero conocía muy bien, y a los pocos metros se detuvo frente a un árbol caído. Sus captores le ordenaron seguir caminando y uno de ellos lo golpeó con la culata del fusil, pero Portero repuso que era precisamente allí, bajo aquel grueso tronco, donde estaba escondido el dinero. Tras la incredulidad inicial, los dos hombres consideraron que no perdían nada por comprobar si aquello era cierto, así que lo enviaron al suelo de un empujón y le ordenaron cavar. Portero escarbó con las manos, y pronto tocó la bolsa de tela en la que guardaba una pistola cargada con la que le gustaba disparar en aquel rincón apartado en los tiempos de escuela. Uno de sus captores se había sentado en el tronco a su derecha con el fusil apoyado en las rodillas, y el otro estaba en pie a su izquierda con el arma colgada del hombro. Portero tenía las muñecas debajo del árbol. Siguió cavando, y pasados unos segundos tiró de la bolsa hacia afuera mientras introducía la mano derecha en la tela y asía la culata. Luego se irguió y abrió fuego contra el hombre a su derecha y contra el que se hallaba a su izquierda antes de que éste lograra apuntarle con el fusil. Sus captores se vinieron abajo en medio del humo y Portero echó a correr hacia el interior del bosque con el propósito de alcanzar en unas horas la zona republicana.

domingo, 10 de julio de 2016

JOHN GRIFFIN

John Griffin llegó a la costa al límite de sus fuerzas. Llevaba varias horas corriendo y ocultándose entre la espesura. Durante los primeros minutos había dejado atrás la posada y había salido de la aldea sin apenas volver la cabeza, y una vez en el bosque se sintió más seguro. Pero sabía que pronto repararían en su ausencia, así que en cuanto perdió de vista las casas echó a correr entre los árboles, reduciendo la marcha si sentía que su pecho iba a estallar y retomando el ritmo cuando se había recuperado un poco. Ahora, desde lo alto de la ladera, contemplaba con estupor, como si no acabara de creer lo que estaba viendo, la inmensidad azul que se perdía en el horizonte. Sólo Hayes, el único muchacho de su edad en aquella banda de ladrones de la que ambos formaban parte, había intentado huir con anterioridad, y en seguida lo encontraron. Griffin se preguntó si andarían ya tras su pista. Pero, aunque así fuera, no tardarían en darlo por perdido en aquella zona de grandes acantilados, donde era fácil errar el camino y despeñarse contra las rocas.
Recorrió un trecho al abrigo de los árboles, y cuando la oscuridad cubría la costa salió al descubierto y corrió a través de los campos. La luz de la luna brillaba por momentos, pero pronto volvía a desaparecer por detrás de las cambiantes nubes. Griffin cruzó un riachuelo tratando de no resbalar sobre las piedras y se encontró en la linde de un prado descendente sobre el que destacaba la figura solitaria de un árbol. El ruido del oleaje resonaba ahora mucho más próximo. Griffin siguió adelante, pero se detuvo al distinguir a lo lejos la silueta de un edificio. Recordó haber oído a Hayes hablar de una mansión erigida tiempo atrás por Lord Wyndham, un gran señor de la zona. Fuera aquel edificio o no, el lugar le pareció ideal para ocultarse durante la noche. Echó a andar a paso ligero y de inmediato lo asaltó un pensamiento silenciado hasta entonces bajo otros temores más apremiantes. Según Hayes, una noche de invierno como aquélla Wyndham había azotado a su hijo menor hasta matarlo, sin que nadie llegara a saber el motivo. Su esposa y el primogénito huyeron de la vivienda y corrieron hacia el pueblo donde vivían los padres de ella, pero se equivocaron de dirección, se apartaron de los caminos y terminaron cayendo al mar desde lo alto de un acantilado. Wyndham fue detenido, juzgado y condenado a la horca gracias al testimonio de sus sirvientes y a la mediación de los parientes de su mujer, y nadie volvió a habitar la mansión. Sin embargo, algunos pastores que al anochecer recorrían la costa de regreso a sus casas aseguraban haber visto a lo lejos el fantasma del hijo de Lord Wyndham. Cuando Griffin escuchaba a Hayes no había dado importancia a lo que entonces consideraba meras supersticiones, pero ahora, mientras avanzaba por el camino que se perdía en la oscuridad para conducir sin duda hasta la entrada del edificio, aquel relato no le parecía tan descabellado. Se paró tras haber recorrido unos metros. Se veía incapaz de seguir adelante, pero tampoco podía retroceder. Recordó la mañana en que Anderson, Gilder y Brennan habían salido en busca de Hayes. Regresaron sin él unas horas después, pero todos sabían que su cadáver quedaba en el fondo del mar con una piedra al cuello. Griffin siguió avanzando con fingido aplomo. Trató de apartar de su imaginación la voz de Hayes hablando del fantasma del joven Wyndham, pero le parecía oírla con tanta claridad como si su amigo caminara a su lado. El viento agitaba la hierba y sacudía las ramas del árbol que acababa de dejar atrás. Griffin aceleró la marcha. Pisó charcos, resbaló en el barro, tropezó con las piedras esparcidas por el camino, dobló una curva tras otra evitando desviar la mirada del frente, y al cabo, después de bordear un último recodo cubierto de vegetación, la silueta del edificio surgió ante sus ojos y se recortó contra el cielo, proyectando la sombra de sus dos torres sobre lo que un día debió de haber sido un amplio jardín. Griffin se detuvo y las observó, luego se acercó con paso dubitativo hasta la fachada. Se paró junto a la escalinata que conducía hacia la entrada principal y miró a su alrededor tratando de percibir algo bajo la luna que brillaba entre las nubes. Pudo distinguir una maraña de vegetación en torno a los muros de la vivienda y los primeros árboles de un bosque cercano, de dónde provenía el fragor del oleaje al romper contra los acantilados. Se dejó caer en el último peldaño de la escalinata. Estaba agotado y hambriento. Tenía los pies empapados y su ajada vestimenta apenas lo protegía del frío nocturno. Se puso en pie, subió la escalinata y se paró frente a la entrada. Después de un instante de indecisión, empujó la pesada puerta de madera y entró. En cuanto pisó el vestíbulo lanzó un chillido y retrocedió de un salto: había visto su propia imagen en un espejo cubierto de telarañas. Se tranquilizó poco a poco, temblando de frío y sonriendo con nerviosismo ante su ridícula reacción. Se dijo a sí mismo que no había nada que temer. Recorrió el vestíbulo y llegó hasta una estancia espaciosa cuyo único mobiliario consistía en una mesa situada encima de una alfombra en el centro de la pieza. A su derecha había una amplia chimenea, y frente a él dos ventanas con los cristales rotos permitían que la luz de la luna se proyectara sobre la maltratada superficie de madera. Por una de ellas podía ver el bosque y los acantilados, y por la otra la escalinata que daba acceso a la mansión, las curvas del camino, el prado en pendiente y el árbol solitario que había dejado atrás media hora antes. Acercó el rostro a la primera y sintió el olor del aire marino y de la vegetación húmeda y frondosa. Al oír una ola que rompió con estruendo, se estremeció pensando que el mar se revolvía contra el nuevo ocupante de aquella vivienda maldita. Apartó esa idea de su cabeza y se sentó en el suelo junto a la chimenea. Allí dentro no parecía haber fantasma alguno.
Griffin estaba cansado, pero el suyo era un cansancio muy diferente del miedo y la extenuación que sentía cuando al final de la jornada se reunía con sus compañeros en algún lugar convenido. Sentía una curiosa satisfacción por haber salvado la vida llegando hasta allí sin ayuda de nadie, y por primera vez se dio cuenta de que echaba de menos a Hayes. Apretó los brazos contra el cuerpo para darse calor. Sus ojos estaban a punto de cerrarse, vencidos por la fatiga, cuando oyó arreciar el viento. Las nubes se desplazaron y en cuestión de segundos la estancia quedó tan en penumbra como si alguien hubiera corrido una cortina por delante de las ventanas. Griffin se irguió y pegó la espalda a la pared. Su vista se acostumbró a las tinieblas a la vez que se desvanecía la efímera sensación de seguridad que había llegado a tener durante los minutos anteriores. Recordó el relato de Hayes, y no pudo evitar preguntarse si el hijo de Lord Wyndham habría muerto en ese mismo lugar. Tuvo la impresión de que el frío aumentaba. Se incorporó, y después de observar un momento la oscuridad del vestíbulo se desplazó hasta la ventana orientada hacia el bosque. El bramido del mar volvía a parecerle ahora un sonido amenazador. Giró la cabeza, y al dirigir la mirada hacia la otra ventana pudo avistar una figura a caballo que desaparecía por detrás de una curva, muy cerca ya de la mansión. Corrió a ocultarse bajo la mesa; unos segundos después, se asomó levemente y vio cómo el jinete doblaba el frondoso recodo que indicaba el final del camino, se paraba un momento delante del edificio y seguía cabalgando hacia el bosque. Griffin aguardó expectante sin moverse de su escondite. Al cabo de pocos minutos el jinete cabalgó de regreso. Griffin lo vio aproximarse a la parte delantera de la mansión y tirar de las riendas hasta detener su montura al pie de la escalinata. El jinete levantó la vista hacia la fachada del edificio, luego miró a un lado y a otro como si buscara algo en la oscuridad. Finalmente desmontó, miró a su alrededor una vez más y comenzó a subir la escalinata a paso lento, aunque sin llegar a detenerse. Griffin lo perdió de vista cuando se acercaba a la puerta, pero el silbido del viento no le impidió distinguir las pisadas que pronto resonaron por el interior del vestíbulo. Se ocultó bajo la mesa a la vez que el recién llegado avanzaba unos pasos y se paraba ante la estancia en la que se encontraba él. Aunque no podía ver su rostro, Griffin había reconocido ya el andar seguro, los hombros anchos, la cabeza erguida y el torso esbelto de Anderson. Éste no se movía del vestíbulo ni apartaba la mirada del frente: tampoco podía ver a Griffin a causa de la penumbra, pero si las nubes volvían a desplazarse la luz de la luna llegaría a los distintos recodos del salón y la mesa dejaría de servirle de escondite. Por un instante, Griffin pensó en arrastrarse en silencio hacia la ventana para tratar de huir a través del bosque. Pero Anderson lo vería en el momento de salir y continuaría la búsqueda el tiempo necesario, convencido ya de su presencia en los alrededores. Además, Griffin no conocía la zona y temía terminar cayendo desde un acantilado como la esposa y el hijo de Lord Wyndham. Por otro lado, no estaba seguro de que Anderson tuviera la certeza de que él se ocultaba dentro de la vivienda: en ese caso habría pronunciado su nombre en voz alta y habría entrado sin vacilar, y en vez de eso seguía parado delante del salón, como abrumado por una indecisión extraña en él. Anderson hizo amago de avanzar pero no llegó a moverse de donde estaba. Aguardó unos segundos, luego desapareció en la oscuridad del vestíbulo y sus pisadas indicaron que retrocedía de regreso a la escalinata. Griffin se irguió con precaución y lo vio descender los escalones, montar apresuradamente, picar espuelas y tirar de la rienda en dirección al camino. Anderson dobló el recodo cubierto de vegetación y durante los minutos siguientes la silueta de jinete y montura apareció y desapareció entre las curvas, hasta terminar difuminándose por completo en la lejanía. Griffin reclinó la espalda contra una pata de la mesa, exhausto y temeroso aún de salir de su escondite. Notaba en todo el cuerpo el agotamiento de la jornada. Sus ojos se cerraban, sintió un súbito temor ante la posibilidad de quedarse dormido. Movió la cabeza y trató de permanecer despejado, pero acabó cediendo al sueño y se deslizó sobre la madera hasta quedar tumbado en el suelo, mientras la luz de la luna iluminaba de nuevo el interior del salón.
Griffin notó en el rostro el calor del sol. Abrió los ojos y se estremeció al darse cuenta de que ya era de día. Por un instante tuvo la impresión de que lo habían descubierto y Anderson aguardaba en pie frente a él, pero pronto comprendió que estaba solo en aquella estancia de la mansión. Se incorporó ayudándose de la mesa y anduvo hasta la ventana orientada al camino: desde allí pudo ver las sinuosas curvas, el prado en pendiente y el árbol solitario mecido por la brisa, y también alcanzó a avistar entre las diferentes tonalidades de verde el riachuelo que había cruzado la noche anterior. A la luz de la mañana, la zona parecía tan despoblada como lo había estado horas atrás, mientras avanzaba en dirección a la mansión. Antes de salir se paró un momento frente al espejo del vestíbulo, por cuya puerta abierta entraba el aire marino, y contempló su propia imagen. Luego descendió la escalinata, echó un último vistazo al camino y se alejó en dirección contraria siguiendo un sendero que discurría a través del bosque. De vez en cuando miraba a un lado, y más allá de los árboles y la maleza veía las velas de los barcos que se aproximaban a la costa o ponían rumbo a mar abierto.

sábado, 18 de abril de 2015

EL CABALLERO Y LA DAMA

Sir Gareth se puso en pie con esfuerzo ayudándose del estribo de su caballo. Estaba herido en el pecho. Frente a él, sobre la hierba empapada de sangre, yacían los cadáveres de su escudero y de los tres salteadores que los habían atacado. En el fondo del valle distinguía ya las casas de la aldea. Allí le curarían la herida y podría mandar a alguien para que se hiciera cargo del escudero. Envainó la espada. Se quitó la capa y cubrió con ella al hombre que había embarcado con él en Portsmouth cuatro años antes, que lo había acompañado durante la sangrienta campaña de Francia, y que cabalgaba a su lado de regreso después de haber desembarcado en tierra inglesa días atrás. Le dio la espalda. Intentó montar a caballo, pero el dolor se lo impidió y tuvo que apoyarse en el lomo del animal. Pasados unos segundos, echó a andar hacia el valle tirando de las riendas. Se internó en un bosque atravesado por un sendero, se detuvo bajo los árboles y observó la herida entre los intersticios de la cota de malla. Levantó la vista hacia el cielo cubierto. Tenía que llegar a la aldea antes de que estallara la tormenta. Oyó pisadas que se aproximaban y se volvió con la mano en la empuñadura. Una mujer apartó unas ramas al borde del sendero, avanzó unos pasos y se reclinó, a punto de desfallecer, sobre el tronco caído de un árbol. Era joven, tendría su misma edad, y parecía una dama, a pesar de sus ropas rasgadas y de su cabello desgreñado. Sir Gareth se acercó hasta ella. La dama trató de retroceder, pero fue incapaz y se dejó caer contra el árbol. Sir Gareth tuvo que sujetarla por los hombros para evitar que se viniera abajo.

–¿Qué os ha sucedido? –preguntó. La dama tomó aliento.

–Viajábamos hacia el norte –respondió, evitando mirarlo a la cara–. Hace unas horas, unos salteadores nos salieron al paso y mataron a mi marido y a nuestros sirvientes.

A Sir Gareth le sorprendió que la dama fuera la única superviviente, y que no hubieran dado ya con su pista.

–No temáis, hay una aldea cerca –dijo.

Caminaron hacia la linde del bosque. Sir Gareth pudo ver entre los árboles las figuras distantes de un grupo de campesinos que se alejaban en dirección al valle. Aceleró la marcha, pero la dama trastabilló y acabó cayendo. Sir Gareth retrocedió. Se agachó con dificultad y notó una punzada en el pecho mientras la ayudaba a levantarse. Al sentir su olor y su respiración entrecortada, imaginó lo que habrían hecho con ella los bandidos de no haber logrado huir. Sujetó las riendas y acercó el caballo para que montara. La dama se detuvo con un gesto aterrorizado cuando oyeron ruido de cascos más allá de la curva que acababan de dejar atrás. Sir Gareth se volvió y desenvainó la espada. Después de aguardar un momento, vio a dos jinetes que cabalgaban por el interior del bosque hacia donde se encontraban ellos. Sus ropas estaban arrugadas y cubiertas de polvo, pero también eran gente de calidad. Debían de haber recorrido un largo trecho para llegar hasta allí. A pesar de su aspecto fatigado, Sir Gareth podía leer la determinación en sus ojos, que parecieron encenderse en cuanto identificaron a la dama. Ésta se llevó la mano a la boca y ahogó un grito al reconocerlos. El caballero que iba en cabeza le hizo una señal a su compañero y desmontaron, luego se dirigió a Sir Gareth.

–Entregadnos a esa mujer –exclamó.

Era un hombre maduro de semblante cansado y reflexivo. Sir Gareth creyó reconocer su voz y tuvo la impresión de haberlo visto antes. El porte de aquellos caballeros no coincidía con lo que la dama le había dicho de sus atacantes. Se situó frente a ella y trató de disimular la herida desplazándose levemente bajo la sombra de un árbol. Estaba preparado para asestar el primer golpe.

–Ha sufrido un asalto –repuso–. Seguirá conmigo hasta la aldea.

El caballero más joven llevó la mano a la espada, pero su compañero se interpuso antes de que pudiera desenvainar y retuvo su antebrazo. Había visto la duda en la mirada de Sir Gareth, y parecía decidido a resolver la situación sin que fuera necesario un enfrentamiento.

–Soy Sir Lionel de Maris y éste es mi hijo, Sir Hector. Nuestro castillo está al sur, a dos días de camino de aquí.

Sir Gareth bajó la espada al reconocer a un viejo conocido de su padre al que había visto muchos años atrás, cuando era niño, aunque su interlocutor no daba muestras de recordarlo a él.

–Esa mujer ha matado a mi otro hijo, su marido –siguió el caballero.

–¡No le creáis! –exclamó la dama–. ¡Está mintiendo!

–Es ella quien miente. Llevaba varias semanas viendo a su amante cuando mi hijo los sorprendió y lo mató. Pero antes de que pudiera volverse, ella lo apuñaló por la espalda y luego huyó con la complicidad de su doncella. Hicimos hablar a la doncella, fue ella quien nos contó lo sucedido.

–¡No es cierto! –insistió la dama.

–Salimos en su búsqueda y al fin la hemos encontrado. Ahora la llevaremos con nosotros, para que se le aplique la ley y sea condenada a la hoguera por la muerte de su marido.

La dama rompió a llorar con desesperación. Sir Gareth se hizo a un lado. El joven se adelantó y sujetó a la dama por los brazos.

–¡Ayudadme! –imploró ella.

Sir Gareth envainó la espada. El otro caballero puso una cuerda en torno a las muñecas de la dama, y entre los dos la ataron mientras trataba de liberarse.

–¡Por el amor de Dios, no dejéis que me lleven! –gritó.

El joven asió el extremo de la cuerda y lo enlazó en la cincha de la silla de su caballo. La dama se desplomó sollozando. Los caballeros montaron y elevaron una mano en señal de despedida. Sir Gareth les respondió con el mismo gesto y ellos cabalgaron de vuelta al interior del bosque. La cuerda se tensó, la dama tuvo que ponerse en pie atropelladamente para no ser arrastrada por el caballo. Trató de detener la marcha tirando hacia atrás pero se vio forzada a avanzar a trompicones. Sir Gareth recuperó su montura mientras la pequeña comitiva se alejaba.

–¡Os lo suplico! ¡Ayudadme! ¡Ayudadme! –oyó, antes de perderlos de vista entre el la espesura.

miércoles, 24 de abril de 2013

MARY CHANNEL

Mary Bellamy era una joven de Dorchester que a los dieciséis años se casó por imposición de sus padres con un fabricante de telas treinta años mayor que ella. Las semanas anteriores a la boda, Mary dormía mal y tenía pesadillas. Intentó que su padre cancelara la ceremonia, pero éste se negó y el 12 de septiembre de 1723 Mary se convirtió en la señora Channel.
Después de una desastrosa noche nupcial, Mary pasó a ocuparse de la casa. Su marido le encomendó dirigir a unos sirvientes que apenas se esforzaban por ocultar su desdén hacia una muchacha cuyo origen era tan humilde como el de ellos. Mary lo puso al corriente pero el señor Channel no quiso escuchar sus acusaciones, así que los sirvientes y ella se enzarzaban en continuas disputas en cuanto aquél se ausentaba. Con el paso de los meses, resultó evidente que el señor y la señora Channel no podían tener hijos. Al cabo de un año, el señor Channel apenas le dirigía la palabra a su mujer y desempeñaba su rutina diaria como si ella no estuviera presente. Mary salía de casa por la mañana después de que su marido se hubiera ido a trabajar, pasaba las horas caminando por los campos y los bosques de los alrededores, y regresaba unos minutos antes que él para comer o para cenar. Cuando el señor Channel se enteró de aquellas ausencias la golpeó y le ordenó que no volvieran a repetirse. Desde entonces, Mary deambulaba mañana y tarde por el interior de la casa, y a veces lloraba junto a una ventana si estaba segura de que nadie podía oírla.
Una mañana de febrero, el señor Channel cogió la diligencia para Londres, donde iba a pasar diez días por asuntos de negocios. Dos días después, un joven de la edad de Mary, que decía ser marino y dirigirse a Weymouth para enrolarse en un barco que zarpaba esa semana, paró a pedir agua en casa de los Channel. Mary lo condujo hasta la cocina y se la sirvió ella misma. Estuvieron hablando un rato con la puerta cerrada. Luego salieron de la vivienda, e ignorando las miradas acusadoras de sirvientes y vecinos tomaron el camino que conducía hasta el pueblo. Aunque el muchacho se hospedó en una posada, la mañana siguiente volvió a casa de los Channel y repitió las visitas durante el resto de la semana. El día que había decidido marcharse, al caer la tarde, Mary fingió indicarle la forma de llegar hasta la costa, pero en cuanto dejaron atrás el pueblo se adentró en el bosque seguida por él. Pasaron la noche dentro de una cabaña abandonada y alejada del camino. El muchacho le prometió que al día siguiente la llevaría consigo, pero Mary se despertó de madrugada y estaba sola en la estancia. Echó a andar de vuelta a casa. Al entrar se topó con los sirvientes, que comenzaban la jornada y se mostraron extrañados al verla. Mary los rechazó violentamente, se negó a darles explicaciones y se retiró escaleras arriba a una habitación apartada.
Cuando el señor Channel regresó, ya estaba al tanto de la aventura de su mujer. A la hora de la cena se reunió con ella en el comedor e hizo salir a los sirvientes. El señor Channel la golpeó varias veces y le ordenó que se marchara inmediatamente de su casa, pero antes de que pudiera agredirla de nuevo Mary cogió uno de los cuchillos que había encima de la mesa y se lo clavó en el cuello. El señor Channel se desplomó a sus pies y Mary lo contempló en silencio mientras se desangraba sobre la alfombra. Luego salió de casa, atravesó los prados contiguos y caminó sin rumbo por el bosque. La detuvieron unas horas después dentro de la cabaña donde había pasado la noche con el muchacho. Se dejó prender y no respondió a ninguna de las preguntas que le hicieron mientras la llevaban de regreso al pueblo.
Mary Channel fue juzgada por asesinar a su marido y condenada a morir en la hoguera, la pena habitual para las mujeres que habían matado a sus cónyuges. Cuando escuchó la sentencia, sufrió un mareo y tuvieron que sujetarla para que no se desplomara. Se repuso unos minutos después y afirmó que merecía morir por lo que había hecho, pero suplicó que no la mataran de aquella forma. Además responsabilizó de lo sucedido a sus padres, que se encontraban en la sala y le rogaron que los perdonara. Pero Mary se negó a hablar con ellos, y en seguida fue conducida a la prisión donde aguardaría hasta que se cumpliera la sentencia.
El dos de marzo de 1725, dos guardianes sacaron a Mary de su celda, le ataron las manos, la tendieron sobre una plancha de madera de la que tiraba un caballo, y un palafrenero la llevó hasta el emplazamiento donde iba a tener lugar la ejecución, al que habían acudido numerosos vecinos y gentes de los alrededores. El verdugo la puso en pie, la situó en el centro de la pira, fijó su cuerpo al poste con una cadena y le ató una cuerda alrededor del cuello. A continuación, procedió como era habitual en aquellos ajusticiamientos: prendió fuego a las ramas y los haces de leña acumulados en torno a Mary, y cuando las llamas se elevaban tiró con fuerza de la cuerda hasta estrangularla. Luego el vestido de Mary se inflamó, su cuerpo comenzó a arder, y al cabo de varias horas quedaba reducido a cenizas. 

sábado, 23 de marzo de 2013

JACQUES BONHOMME

En abril de 1358, durante la guerra con Inglaterra, las hijas de Jacques Durand, un campesino de Reims, fueron violadas y asesinadas por miembros de una de las bandas de mercenarios que asolaban el norte de Francia. Los señores no lograban detenerlos, los mismos señores que dos años antes había abandonado al rey Jean II en manos del enemigo tras la batalla de Poitiers, y ahora aumentaban los impuestos para poder reconstruir sus propiedades y exigían a los campesinos que defendieran sus castillos si eran atacados por los ingleses. Semanas después, a Durand le llegaron noticias confusas de que numerosos campesinos se habían reunido en Saint-Leu d’Esserent para enfrentarse a una nobleza que no había apoyado a su rey. No tardaron en formarse nuevos grupos en torno a otras ciudades, y Durand, desoyendo el consejo de su mujer, se unió al de Reims. A falta de una organización precisa, decidieron asaltar los castillos de la región. En el primero pasaron a cuchillo al señor, a su familia y a sus sirvientes, y prendieron fuego al castillo. Enardecidos tras esa primera victoria, los campesinos atacaron otro castillo y sacaron al señor al patio de armas, lo ataron a un poste y lo forzaron a presenciar la violación de su mujer y sus hijas, antes de acabar con todos ellos. Mientras salía de un patio encharcado en sangre, Durand se sentía aturdido por los hechos que acababa de presenciar. Pero luego recordó el desprecio en el rostro de los señores cuando les comunicó la muerte de sus hijas, los castigos que había sufrido por no poder pagar los impuestos, las ejecuciones de vecinos que habían robado para alimentar a sus familias y la muerte de hambre de otros, y durante el siguiente asalto actuó con la misma ferocidad que sus compañeros, aunque el recuerdo de su familia le impidió caer en los excesos de algunos.

En pocos días, los campesinos asolaron la región de Champagne y provocaron la huida de los miembros de la nobleza que aún no habían sido atacados. Pero Durand temía que la supremacía de su gente fuera a durar lo que a aquéllos les llevara reorganizarse, ya que apenas tenían   contacto con otros grupos de sublevados, y la única acción emprendida hasta entonces había consistido en eliminar el mayor número posible de familias nobles. Sus temores no tardaron en confirmarse. A pesar de los daños causados y del estado de terror en el que quedaba sumida la nobleza, pronto llegaron a Champagne noticias desalentadoras. Las huestes del rey Charles de Navarra y las de los capitanes Jean de Grailly y Gaston Fébus, que acababan de regresar de la cruzada contra Prusia, se habían unido para sofocar las revueltas, y con ellos cabalgaban también soldados aliados ingleses. En Meaux, los campesinos habían logrado negociar con los comerciantes de la ciudad, que terminaron facilitándoles la entrada y les permitieron apresar a los nobles allí refugiados, pero el ejército de Charles de Navarra la tomó por asalto, y después de liberar a los nobles la saqueó, mató a gran parte de sus habitantes e impidió salir de sus casas a otros mientras les prendía fuego a las viviendas. A continuación, los caballeros se enfrentaron a los campesinos en la batalla de Mello y les ocasionaron una dura derrota. Los que habían logrado huir contaban que después de la batalla Charles de Navarra había convocado una tregua e invitado a dialogar a Guillaume Cale, un líder de los sublevados que no aprobaba las atrocidades cometidas por una parte de los suyos. Pero cuando Cale se aproximaba en solitario al campamento enemigo, Charles de Navarra ordenó capturarlo ignorando la bandera blanca, pues los nobles no estaban obligados a respetar las normas de la caballería al tratar con un hombre de origen plebeyo. Cale fue coronado públicamente con una corona al rojo vivo en una ceremonia sarcástica, y luego decapitado.

La exaltación inicial entre los campesinos de Reims dio paso al miedo y a la incertidumbre. Se decía que los nobles mataban sin distinción a hombres, mujeres y niños, y Durand temió por lo que le pudiera ocurrir a su mujer. Grupos de caballeros bien organizados atacaron con rapidez cada una de las zonas donde se habían producido revueltas y exterminaron a todas las familias de campesinos que pudieron encontrar, quemaron sus casas y asolaron sus tierras. Frente a aquella maquinaria militar ejercitada e implacable poco pudieron hacer los sublevados, armados con hoces, cuchillos y guadañas, y dominados por la aprensión y el sentimiento de inferioridad hacia una clase a la que siempre habían considerado superior. Días después de la masacre de Meaux y la batalla de Mello, de los árboles de las regiones colindantes colgaban miles de cadáveres. La sangre se mezclaba con el agua de los arroyos, y por los campos ahora yermos se extendían los cuerpos desmembrados, quemados o destripados de gentes que, en muchos casos, ni siquiera habían participado en las revueltas. Entre los caídos se encontraba Jacques Durand, atravesado por las lanzas de varios caballeros después de que lo sorprendieran junto a otros campesinos mientra intentaba regresar a su casa. Su mujer nunca supo qué había sido de él.

domingo, 30 de septiembre de 2012

LA GUERRA DE SIR AGRAVAINE

Después de luchar en Benwick a las órdenes del rey Ban, sir Agravaine embarcó de regreso a Inglaterra, donde lo esperaban el rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda. Pero durante la travesía se desencadenó una tempestad que alejó la nave hacia el norte, y al cabo de varios días la hizo encallar en una costa desconocida. Sir Agravaine logró nadar hasta la playa, salió del agua y se desplomó sobre la arena mientras las olas rompían contra su cuerpo. Miró a su alrededor y comprobó que era el único superviviente. Se encontraba en una tierra verde y montañosa, ante la que un mar agitado se perdía en la bruma del horizonte sin otro litoral que lo interrumpiera ni vela alguna que lo surcara. Sir Agravaine echó a andar hacia el bosque que bordeaba la playa, pero a pocos metros de los primeros árboles un gigante surgió de la penumbra y se detuvo frente a él bloqueándole el camino. Iba cubierto con pieles de animales y llevaba una espada a la cintura, un carcaj a la espalda y un arco y una flecha con la que apuntaba a sir Agravaine. Éste se detuvo.

–¿Quién sois? –preguntó el gigante.

–Sir Agravaine, caballero de la Tabla Redonda. Mi barco ha naufragado frente a la costa. Quiero saber qué tierra es ésta y que me proporcionéis los medios para regresar a Inglaterra.

–A ningún extranjero le está permitido desembarcar –repuso el gigante–. Marchaos, si no queréis que os mate aquí mismo.

Sir Agravaine sonrió con desdén.

–Es fácil amenazar a un hombre desarmado cuando se tiene un arma en la mano.

Irritado ante aquella insinuación de cobardía, el gigante arrojó al suelo arco y flecha, se desprendió de la espada y el carcaj y cargó contra sir Agravaine. Éste logró sujetarlo por la cintura, su oponente asió sus hombros y forcejearon hasta que sir Agravaine cedió y acabó cayendo. Corrió hacia donde estaba la espada, se hizo con ella y se la hundió en el pecho al gigante cuando éste se abalanzaba sobre él. Luego le cortó la cabeza y de una patada la envió contra las olas. Guardó la espada bajo el cinturón, recuperó el arco y las flechas y se adentró en el bosque. Después de avanzar un trecho entre la espesura, se detuvo al borde de un claro y observó pisadas sobre la hierba en dirección a la línea de árboles del otro lado. Las siguió y pronto llegó a un prado en pendiente, interrumpido por un acantilado sobre el que se alzaba un pequeño montículo cubierto de tierra. En lo alto había una cruz a la que estaba atada una mujer. Sir Agravaine fue hasta ella y cortó las ligaduras con la espada.

–¿Quién sois? –preguntó.

–Me llamo Ettard y soy hermana de sir Meliot de Logres –respondió la mujer–. Navegábamos rumbo a Inglaterra cuando el piloto fue confundido por las hogueras que los gigantes encienden en la costa e hizo encallar la nave. Todos nuestros bienes se perdieron, y aunque mi hermano y yo logramos llegar nadando a la playa junto con dos marineros, los gigantes los mataron en cuanto pisamos tierra y a mí me retuvieron para cobrar un rescate de mis tíos, a quienes han enviado un mensaje para informarles de mi cautiverio.

Sir Agravaine la observó mientras hablaba. Cuando hubo terminado, le aseguró que volverían a Inglaterra y él mismo la llevaría junto a sus tíos, a la vez que pensaba en las posibilidades que tendría de gozar de ella tras haber desembarcado en un puerto seguro. Decidió que si se oponía, la forzaría a complacerlo y luego la haría desaparecer, ya que sus parientes ignoraban su paradero, el camino sería largo y nadie podría identificar el cadáver de una mujer degollada en medio de un bosque.

–Estamos en una isla –siguió ella–. La playa de donde venís forma parte del territorio ocupado por los gigantes. Estos luchan contra las mujeres que habitan un reducido espacio de tierra al sur, donde sufren continuas incursiones. Si conseguimos llegar hasta allí y les hacemos comprender que los gigantes son también nuestros enemigos, tal vez puedan ayudarnos a escapar. Pero debemos darnos prisa, los otros no tardarán en descubrir la muerte de su compañero.

La mujer indicó a sir Agravaine el camino a seguir. Descendieron el montículo, se adentraron en el bosque y avanzaron con dificultad apartando ramas y arbustos, mientras sus pies resbalaban una y otra vez sobre el manto de hojas húmedas que cubría el terreno. La mujer se detuvo asustada y retrocedió unos pasos al oír un ruido cercano, pero pronto vieron un ciervo, que se paró un instante frente a ellos y huyó monte arriba. Vadearon un río de poca profundidad, ascendieron un trecho rocoso y escarpado, salieron del bosque y treparon hasta lo alto de una loma, donde se detuvieron agotados. Desde allí podían avistar la playa en la que sir Agravaine había desembarcado y aquélla, más cercana, hacia la que se dirigían. En la orilla estaba varada una pequeña embarcación, pero no veían rastro de sus tripulantes.

–No tardaremos en llegar –dijo la mujer.

Iban a seguir adelante cuando varios gigantes armados con mazas, lanzas y espadas dejaron atrás diferentes puntos del bosque y avanzaron hacia la loma. Sir Agravaine desenvainó la espada.

–Es el final del camino –murmuró la mujer a su espalda–. Nunca saldremos de la isla…

Los gigantes rodearon la loma.

–¡Abridnos paso! –exclamó sir Agravaine desde lo alto.

Pero los gigantes no se movieron, aunque tampoco hacían ademán de seguir aproximándose. Sir Agravaine aguardó a que subieran y se preparó para asestar el primer golpe. Sin embargo, se sorprendió al leer la indecisión en sus miradas: pese a su superioridad numérica, ningún gigante se aprestaba a tomar una iniciativa que podría costarle la vida. Espada en mano, sir Agravaine comenzó el descenso seguido de cerca por la mujer. Uno de los gigantes se adelantó y sir Agravaine y ella se detuvieron.

–No tenemos nada contra el caballero –dijo el gigante dirigiéndose a sir Agravaine en tono conciliador–. Si nos entregáis a esa mujer, podréis seguir vuestro camino.

La mujer se llevó una mano a la boca. Sir Agravaine no perdía de vista  a sus adversarios. Estaban bien armados, y aunque por el momento prefirieran evitar el combate, en cuanto comenzara lo cercarían y terminarían cayendo sobre él. Sin duda lograría matar a más de uno, pero eran demasiados y acabarían venciéndolo. Sujetó por un brazo a la mujer y de un empujón la envió loma abajo, haciéndola rodar hasta los pies del gigante. Éste la asió por los cabellos, la puso en pie y se hizo a un lado para que sir Agravaine pudiera pasar.

–¡No me dejéis aquí! –gritó ella–. ¡Os lo suplico, no me dejéis con ellos!

Pero sir Agravaine seguía ya el camino hacia el sur de la isla ignorando sus gritos, y no llegó a ver cómo la mujer trataba de huir y uno de los gigantes blandía la maza, le descargaba un golpe en la sien y la derribaba con el cráneo ensangrentado, y luego la arrastraban entre todos de regreso al interior del bosque mientras ella movía débilmente los brazos y las piernas.

Sir Agravaine descendió por un sendero que discurría entre los árboles y al cabo de pocos minutos lo condujo directamente hasta la playa. Varios caballos que trotaban por la orilla se alejaron asustados al verlo llegar. Sir Agravaine se detuvo junto a la proa de la embarcación y la empujó hacia el agua. Mientras avanzaba sobre la arena húmeda, se preguntó dónde se hallarían aquellas mujeres y sonrió al pensar en que probablemente se ocultaran en algún lugar de los gigantes, que pronto ocuparían también aquella parte de la isla. Cuando la embarcación estuvo a flote subió a bordo, desplegó la vela, tomó la caña y se alejó de tierra. Luego se volvió hacia la playa, y pudo ver a una mujer que lo miraba desde la orilla. Sir Agravaine le hizo un gesto burlón de despedida con el brazo. Iba a girarse de nuevo cuando varias mujeres armadas con arcos y flechas salieron del bosque y se unieron a ella. Sir Agravaine las despidió con una sonrisa irónica y una flecha lo alcanzó en el pecho. Las mujeres tensaban los arcos. Sir Agravaine sujetó la flecha y consiguió partirla, pero cuatro, cinco, seis flechas se clavaron al momento en su cuerpo. Sir Agravaine cayó a un lado, tropezó con la caña y se desplomó sin vida al pie del mástil mientras la embarcación cabeceaba suavemente a merced del oleaje.