Mostrando entradas con la etiqueta Sous le ciel de Paris. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sous le ciel de Paris. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de mayo de 2016

PARIS 15

La jornada del recepcionista nocturno en un hotel parisino de dos estrellas deja mucho tiempo para pensar, leer, ver una película o hacer lo que uno quiera. En general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad, pero de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Ayer, a eso de las cuatro de la mañana, entró en la recepción un tipo de veinte años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta y la policía, a quien había llamado él, estaba a punto de llegar. Antes de que pudiera responderle,  entró un agente y me dijo que necesitaban saber urgentemente si existía aquella puerta trasera, y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel o a uno de los apartamentos contiguos. Detrás de la recepción hay una puerta cerrada que da a la calle, así que busqué la llave entre los manojos guardados en el cajón del mostrador. Interrumpió la búsqueda otro agente que me ordenó seguirlo de inmediato, aunque antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle trasera los demás policías estaban bastante irritados por mi tardanza, pero su compañero les explicó que yo había tenido que tomar medidas antes de venir para no tener problemas en mi trabajo. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta, y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. La habitación era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba un camión de los bomberos. En aquella habitación se hospedaban dos personas con apellido anglosajón y allá fuimos, unos en ascensor y otros por las escaleras. Una vez en la sexta planta, le di la llave maestra al agente que dirigía la operación y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en un extremo del pasillo. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo y a continuación se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y alzó la diestra a la altura de la culata de la pistola. Retrocedí hasta el ascensor preguntándome si realmente una situación como aquella podía degenerar en un tiroteo. Pasados unos segundos oí cómo los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. Al cabo salió un policía de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con una mirada su opinión sobre aquellos fulanos y se fue escaleras abajo. Dejé pasar los minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté a un bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que era el recepcionista, y me dijo que bajara si quería. En la recepción aguardaban un italiano con sus maletas, un ruso que necesitaba saber cómo funcionaba la conexión de internet, dos francesas que querían pagar la estancia para no tener que hacer cola al día siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Mientras iban bajando bomberos y policías invité al ruso a sentarse en la salita contigua, hice la llegada del italiano, y me disponía a cobrarles a las francesas cuando el agente al mando les preguntó si no les molestaba esperar un momento. Ellas asintieron sonriendo con timidez y el policía, más que nada por guardar las formas, procedió a tomar mis datos y los del testigo. Éste estaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, pero el agente le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a colaborar, pero el agente sonrió.
–Era broma –dijo.
Mientras tanto, policías y bomberos bajaban las escaleras, charlaban e iban saliendo. Me pregunté cuántas historias similares estarían sucediendo en ese momento en otras zonas de la ciudad. Al cabo de unos minutos, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré la estancia a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del ruso que tenía dificultades para conectarse a internet. Corrí hasta la salita pero no estaba allí: debía de haber subido a su habitación, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Al volver a la recepción observé los árboles de la calle y la boca del metro bajo la primera luz del amanecer. Luego me acomodé en el sillón tras el mostrador, encendí el flexo y retomé la lectura.

sábado, 21 de noviembre de 2015

SOUS LE CIEL DE PARIS


El bullicioso barrio de Montmarte, donde mi mujer tiene una tienda, silencioso y vacío. El tiempo tormentoso, el hastío, el volver a vivir lo vivido. Sus lágrimas cuando hace cinco semanas estalló una bomba en Ankara, su rabia y su desprecio contra quienes organizaron el atentado y contra quienes permitieron que se llevara a cabo. El tono reposado con el que, tiempo atrás, me contó que hace treinta años uno de sus hermanos mayores, miembro voluntario de una guerrilla kurda, falleció durante un combate en la frontera entre Turquía e Irak. Sus ocasionales silencios, que como dice mi madre son los mismos en los que se sumía mi abuelo a lo largo de los años posteriores a la guerra civil. Su falta de miedo hoy, sus recuerdos de infancia raramente invocados: el silbido de las balas por delante de las ventanas, la presencia constante de militares, las continuas idas y venidas, las familias vecinas con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el aprender a no decir nada, el duelo permanente de jóvenes y adultos.
***
El respeto de algunos automovilistas ante el tráfico cortado durante la manifestación que se organizó en París después del atentado de Ankara y el sonido de los cláxones de otros, mientras en el aire de aquella agradable tarde de otoño se respiraba que en cuestión de meses (que al final resultaron ser semanas) algunos de los allí presentes, independientemente de nuestros orígenes, formaríamos parte del siguiente balance de heridos y muertos. La presencia policial nada rutinaria en los puntos del metro más insospechados, cubriendo entradas y salidas con una mirada nueva y cargada de significado mientras los usuarios les echamos una rápida ojeada y bajamos la vista al pasar frente a ellos. La ausencia de reservas para los próximos meses en el hotel donde trabajo, las continuas anulaciones de otras que fueron hechas antes del trece de noviembre. El gesto grave en el rostro del repartidor de ropa limpia desde que la noche del viernes se quedó bloqueado con el camión de camino a un hotel del distrito 10 y oyó los disparos. La tristeza en la mirada de gentes a las que trato cada día y la frivolidad y la despreocupación en la de otras, las opiniones sensatas e inteligentes y las estúpidas o interesadas. La certeza de que en los próximos meses a padres, cónyuges o hermanos de muchos de nosotros se los informará del fallecimiento de algún pariente en un atentado, y de que eso no va a suceder únicamente en Francia, Bélgica, Turquía o Malí. La descripción minuciosa durante los informativos de la batalla campal en el piso de Saint-Denis entre policías y terroristas, que cabe calificar de heroica por parte de los primeros. Las llamadas telefónicas de familiares y amigos, las sonrisas y el sentido del humor y las ganas de vivir, como si la vida tuviera un sabor renovado ahora que sabemos mejor que nunca que la vida no vale nada. Las voces de la gente paseando por las calles, las luces del barrio que empiezan a encenderse al caer la tarde, el sonido de los trenes que van y vienen de París al final del día o al comienzo de una nueva jornada.

jueves, 4 de julio de 2013

THE BUTCHER BOY (III)

Una mañana de noviembre, Michel Verneau estaba hablando con un compañero en el patio del instituto cuando otro alumno lo sujetó por un hombro, lo lanzó contra la pared, le pegó varios puñetazos que lo hicieron caer y le pateó la cara. Luego explicó a los curiosos que Verneau y él tenían un par de asuntos pendientes, y todos se marcharon porque volvían a empezar las clases. Al día siguiente, cuando suponía que nadie podía verlo, Verneau rajó las ruedas de la moto de su agresor, pero éste lo sorprendió mientras se ponía en pie para marcharse y se abalanzó sobre él, y al cubrirse con la navaja Verneau lo hirió en un brazo. Ello supuso la expulsión del instituto, así que su hermano trató de que lo admitieran en el colegio privado donde trabajaba de bedel, para que no perdiera el curso. Como la matrícula era  muy cara, habló con un conocido, propietario de un hotel en la rue de Rome, y éste empleó a Verneau como botones los fines de semana y le adelantó el primer mes de sueldo.

A medio camino entre el hotel y el edificio de la avenida de Clichy donde vivían había una carnicería, frente a la que Verneau pasaba cada sábado a primera hora camino del trabajo. En una ocasión entró para comprar embutido, pero a los pocos minutos tuvo que salir por un mareo debido a la impresión que le produjeron las tareas, los sonidos y los olores propios del local. Su hermano le encargaba a veces que comprara carne, y Verneau aguardaba en la calle a que no hubiera clientes o hacía el pedido atropelladamente, salía fingiendo haber olvidado algo y regresaba cuando calculaba que ya estaría listo. No tardó en darse cuenta de que a los empleados empezaba a extrañarles su comportamiento. Sin embargo, uno de ellos pasaba a menudo por delante del hotel y lo saludaba como si lo considerara ya un cliente habitual y no prestara atención a aquellas pequeñas excentricidades. Verneau lo observó. Era un tipo fuerte y bien parecido que tendría la misma edad que su hermano, unos treinta años, y debía de vivir en el barrio, pues caminaba siempre en dirección contraria a la estación de metro.

Durante los primeros días de trabajo, el patrón le preguntó alguna vez si todo iba bien. Pero pronto se olvidó de él, y cuando se acercaba hasta su puesto era para reprenderlo por haber dejado escapar un taxi o no atender con la suficiente presteza a los clientes que bajaban de un autobús. Sus compañeros le hablaban de manera seca y distante, y no se molestaban en ocultar la desconfianza hacia el recién llegado. Verneau suponía que nunca iban a entenderse, tal vez porque todos le llevaban al menos diez años y no encontraba el modo de iniciar una conversación con ninguno de ellos, o porque sabían que había conseguido aquel empleo gracias a la mediación de su hermano.

A principios de diciembre, aprovechando dos días festivos, el patrón le encargó trabajar también durante la semana para ayudar a Anja, la gobernanta, en las reformas previstas en varias plantas. Hasta entonces, Verneau sólo había coincidido con ella algún sábado esporádico, pero en una ocasión la sorprendió observándolo y en su mirada creyó leer que Anja no le iba a poner las cosas más fáciles que cualquier otro. El primer día, no pudo evitar bajar la vista al responder a su saludo cuando ella llegó al hotel. A media mañana, la recepcionista le dijo que bajara al sótano porque Anja lo estaba esperando en su pequeña oficina para explicarle la tarea que iba a llevar a cabo. Verneau siguió a Anja hasta el garaje, donde ella le mandó introducir en el montacargas todos los carros llenos de sábanas que obstruían los pasillos, para distribuirlos luego por las plantas superiores. Verneau terminó una hora después y regresó agotado a la planta baja. Cuando recorría el pasillo de camino a la recepción, oyó a Anja llamarlo desde la cocina. Fue hasta allí, y ella lo invitó a un café y le preguntó si aquél era su primer empleo. Más tarde, antes de la pausa para comer, Anja estuvo charlando unos minutos con la recepcionista. Al volver la mirada hacia la calle y ver a Verneau parado junto a la entrada, le comentó que estaban siendo unos días tranquilos y lo animó a participar en la conversación. Había pocos clientes en el hotel, así que Verneau apenas tuvo trabajo el resto de la jornada.

Al día siguiente, Anja pasó por la recepción a primera hora y le dijo que en cuanto pudiera bajara a su oficina. Después de ocuparse de algunas llegadas, Verneau dedicó el resto de la mañana a sacar sillas y sillones, arrastrarlos hasta el montacargas y subirlos a la primera planta, a la vez que evitaba los encontronazos con los obreros que acarreaban puertas y ventanas y con las camareras de piso que hacían camas, fregaban cuartos de baño, vaciaban papeleras y pasaban la aspiradora mientras él entraba y salía. Cuando volvió a la oficina para decirle a Anja que todo estaba listo, ella se había ido ya a comer. Verneau descansó unos minutos sentado en una banqueta olvidada en el pasillo. Luego bajó al comedor, se hizo con una bandeja y miró alrededor buscando un sitio libre, hasta que Anja lo vio y le señaló una silla junto a la mesa que compartía con varios compañeros. Verneau se unió a ellos algo cohibido, pero Anja no tardó en bromear recordando las dificultades de ambos para desplazar un sillón de gran tamaño e introducirlo en el montacargas, lo que provocó risas y terminó por hacer que riera también él mismo.

El trabajo aumentó las semanas siguientes debido a la cercanía del fin de año. Verneau, que ahora sustituía a otro botones de lunes a viernes porque ya no tenía clase en el instituto, pasaba las mañanas parando taxis y acarreando maletas, pero de vez en cuando podía ver desde su puesto a Anja, que subía y bajaba apresuradamente las escaleras de servicio y daba instrucciones a las camareras de piso en el tono severo y apremiante habitual.

La última semana del año, el viernes por la tarde, Verneau fue hasta los vestuarios y se aseó en los lavabos. Habló un momento con el recepcionista que empezaba su turno, luego guardó el uniforme dentro de la taquilla, se puso el abrigo, salió del hotel y echó a andar hacia su barrio. Mientras se acercaba a la carnicería recordó que su hermano le había pedido que comprara carne, así que se detuvo frente al escaparate, miró al interior y decidió esperar fuera unos minutos, aunque sólo había dos clientes dentro de la tienda. Ya no deseaba que terminaran pronto las vacaciones para volver a trabajar únicamente sábados y domingos. La frialdad inicial de sus compañeros había dado paso a una cordialidad que se iba transformando en abierta simpatía por parte de algunos. En realidad, era el haber conocido a Anja, y el saber que la vería de nuevo el lunes, lo que le hacía apreciar de manera diferente el tiempo dedicado al hotel a lo largo de la semana. Recordó el tono didáctico que ella había intentado adoptar el primer día mientras le explicaba cuál era su tarea, un tono esforzadamente afable que duró poco, hasta que Verneau cometió las primeras torpezas y Anja empezó a perder la paciencia. Al final de la semana coincidieron de nuevo en el comedor, y como era una hora tardía y los otros compañeros se habían marchado ya, por primera vez se sentaron solos en una mesa. Anja le contó que a los quince años había empezado a trabajar en un telar industrial. Luego fue camarera en un restaurante, y al cabo de un tiempo tuvo acceso a una formación que le permitió emplearse como gobernanta en varios hoteles y finalmente llegar a su puesto actual, que ocupaba desde hacía seis años. Más tarde, Anja lo vio pasar por delante de la oficina y lo invitó a un café. Mientras ella le daba la espalda buscando una taza por los cajones de la mesa y le contaba una anécdota del restaurante donde había trabajado antes, Verneau no había podido apartar la vista de su cuerpo envuelto en el uniforme azul marino. En una de las paredes, rodeado de postales turísticas pegadas con cinta adhesiva, colgaba un espejo en el que Verneau observó el rostro de Anja sin que ella se diera cuenta. Terminaron sus turnos al mismo tiempo. Salieron juntos del hotel, se despidieron y se alejaron en direcciones opuestas, Verneau abrumado por una extraña mezcla de contento y melancolía.

Después de pagar en la carnicería siguió caminando hacia su casa, pero dio un rodeo porque ahora ya no tenía prisa por regresar al pequeño apartamento. Atravesó el parque de Batignolles, salió a la rue Cardinet, cruzó la calle y llegó a la estación de ferrocarril, un lugar en el que paraba a veces al caer la tarde y donde siempre se encontraba a gusto. Bajó hasta el andén, se sentó en un banco y dejó pasar los minutos contemplando el tránsito de los trenes. Había decidido que no quería volver al instituto cuando hubieran terminado las vacaciones. El portero de noche le había dicho que el patrón buscaba un botones para trabajar a tiempo completo y al parecer estaba bastante satisfecho con él. Aunque apenas llevaba una semana sin clases, recordaba como algo lejano los gritos en el patio, el ruido de las puertas de las aulas al cerrarse y el eco en los pasillos vacíos. Para él, el cambio fundamental con respecto al centro donde estudiaba antes era que ahora sabía protegerse fingiendo una entereza y una seguridad en sí mismo que, en realidad, aún estaba lejos de sentir.

Llegó a casa media hora después. Fue hasta la cocina y le entregó la compra a su hermano, que lo esperaba para preparar la cena y procedió a cortar la carne sobre una tabla mientras Verneau apartaba la mirada hacia la ventana. Cuando estaban sentados a la mesa, Verneau le dijo que el dueño del hotel buscaba otro botones y le explicó que quería dejar el colegio y solicitar aquel empleo. Su hermano le aconsejó que terminara de estudiar y luego, si seguía interesado, él hablaría con el patrón y sin duda lo contratarían de nuevo para trabajar la jornada completa como botones, o incluso para un puesto mejor.

El lunes siguiente era el último día del año. Verneau se acercó hasta un radiador colocado junto a la entrada del hotel, y bajo la luz de las farolas todavía encendidas pudo ver a los transeúntes que iban y venían al otro lado de la cristalera dejando sus huellas sobre la nieve caída durante la noche. A media mañana, el responsable del bar lo llamó para invitarlo a tomar una copa de champán con los demás empleados. Cuando pasaba por delante de las escaleras que conducían al sótano, Verneau miró hacia el interior de la oficina de Anja y comprobó que había salido, así que supuso que la encontraría también en el bar. Al entrar, la vio hablando animadamente en un extremo de la barra con el patrón y con la encargada de las reservas. Mientras charlaba con sus compañeros en el otro extremo, se sorprendió contando un par de anécdotas sucedidas los últimos meses que provocaron carcajadas entre quienes lo escuchaban. Media hora después regresaba a su puesto, y desde allí contempló la acera, los coches aparcados a lo largo de la calle, las terrazas de los edificios, la boca del metro, los bancos y los árboles cubiertos de nieve. Al cabo de un rato terminaría su turno y podría volver a casa. Pero a medida que iban transcurriendo los minutos y el momento de salir se acercaba, empezaba a sentir una emoción extraña que sólo podía definir como nostalgia. Oyó voces a su espalda. Anja acababa de despedirse de la recepcionista hasta la semana siguiente y caminaba hacia la entrada con la bolsa de trabajo en una mano y el abrigo, la bufanda y el gorro de lana puestos. Sonrió al pararse a su lado y le explicó que ese día terminaba un poco antes de lo habitual. Se había pintado los labios, desprendía un agradable olor a colonia y tenía en la boca un caramelo de menta. Después de subir la cremallera del abrigo y ponerse unos guantes, le deseó feliz año nuevo, lo besó en las mejillas y salió del hotel. Verneau avanzó unos pasos y la vio cruzar la calle y caminar con precaución por la acera de enfrente en dirección opuesta a la que solía tomar cada tarde. Pero Anja se detuvo en seguida, y en su rostro se dibujó una cálida sonrisa en cuanto reconoció a alguien que venía hacia ella. Verneau también lo reconoció, era el empleado de la carnicería que lo saludaba siempre cuando pasaba por delante del hotel. Anja le dijo algo y se formó una nube de vaho frente a su boca. Luego se besaron y echaron a andar cogidos del brazo, ahora en dirección al barrio donde vivía ella. A la altura del hotel se pararon un instante y saludaron a Verneau, que levantó una mano tímidamente y los siguió con la mirada hasta perderlos de vista cuando tomaban otra calle. Los imaginó llegando a casa, subiendo las escaleras y disfrutando de una intimidad que asociaba exclusivamente con Anja. Se preguntó si estarían casados y sintió el impulso de correr tras ella para explicarle algo que se veía incapaz de precisar. Luego comprendió que era el momento de regresar a su propia vida.

lunes, 6 de mayo de 2013

MIDNIGHT BLUES


En el imponente hotel Beaurepaire, situado a medio camino entre la plaza de Chatelet y la de la Concordia, a partir de la una de la madrugada había cierto trasiego de putas, normalmente negras, a las que telefoneaban turistas ingleses y norteamericanos o clientes franceses que se encontraban en París por motivos de trabajo. Algunos nos pedían sus números de teléfono a los recepcionistas de noche, pero el jefe de equipo nos advirtió que podíamos ser acusados de proxenetismo y perder nuestro empleo, que podían terminar considerándonos improvisados y poco creíbles maquereaux. Las negras siempre montaban una pequeña juerga en el ascensor cuando uno de nosotros tenía que acompañarlas hasta la habitación del cliente. Si éste era un inglés o un norteamericano adinerado, al cabo de un rato pedía una botella de champán, que el recepcionista le subía sabiendo que quizá se lo fuera a encontrar enzarzado en alguna extraña discusión con la chica, él en albornoz o en bata y ella en pelotas dentro de la cama.

De vez en cuando venían mujeres árabes, las preferidas de los clientes africanos. Estos también pedían champán, era raro que dieran propina y se dirigían al recepcionista con una mezcla de familiaridad y desprecio, desprecio que también mostraba la chica en un intento algo patético de manifestar superioridad hacia quien estaba obligado a servirle en aquel momento. Los clientes árabes solían llamar a mujeres francesas, profesionales de mediana edad o estudiantes. Estas últimas aprovechaban la generosidad del cliente, que siempre daba propina, para pedir algo de comer al servicio de habitaciones, y tuteaban al recepcionista porque tenían su misma edad, alguna incluso podía terminar trabajando en la recepción de ese mismo hotel un par de años después.

Una de esas noches asfixiantes de finales de junio en que el jardín de las Tullerías se llena de turistas, cuando me faltaban pocos días para largarme de vacaciones, paró en la recepción un chaval sudamericano que pasaba unas semanas en París, invitado por el empresario para el que trabajaba su padre. Era un tipo simpático de dieciocho o diecinueve años, algo ingenuo aunque rodado en juergas y salidas nocturnas, y acostumbrado a moverse en hoteles como aquél pero sin alejarse mucho de los barrios caros donde están situados. Me preguntó dónde podía salir a divertirse un rato, le dije que probara en los Campos Elíseos, me pidió que llamara un taxi, y unos minutos después un conductor con muy mala leche y la evidente intención de dar un rodeo para subir la cuenta del taxímetro se lo llevaba hacia la cercana avenida. El chaval volvió al cabo de tres o cuatro horas, acompañado por una francesa de su edad con la que supuse que se entendería en inglés o en el español que quizá hablara ella. Los vi dirigirse hacia los ascensores, y pasados unos minutos el chaval telefoneó a la recepción para saber si teníamos preservativos. Vino a buscarlos y no volví a tener noticias suyas hasta las seis de la mañana, cuando me llamó de nuevo, angustiado, y me preguntó si el empresario estaba en ese momento en el hotel porque acaba de descubrir que no tenía dinero suficiente para pagarle a la chica. Tal vez al conocerse se hubieran entendido en algún idioma, pero ahora no era capaz de comunicarse con ella y la chica empezaba a tomarse muy mal lo que estaba sucediendo. Recordé que el empresario había ordenado en el bar que no le sirvieran al chaval más consumiciones a cuenta suya y también que esa noche no dormía en el hotel, aunque probablemente regresara durante la mañana. Le dije esto último al chaval, y él me explicó que sólo le quedaban doscientos euros y me puso con la chica. Cuando supo la cantidad se mostró ofendida, aunque no llegó a decirme cuánto era lo que esperaba cobrar, y me puso con él. En vista de que, por el momento, no había nada que hacer, me pidió más condones y si esta vez se los podía llevar yo a la habitación, así que se los llevé y él los cogió sin abrir del todo la puerta. Después no supe más de ellos. Nadie se interesaba por cómo se resolvían los problemas que surgían durante noche, en realidad a nadie le importaba demasiado si un problema terminaba resolviéndose o no. Al cabo de media hora llegó el equipo de la mañana. Les pasé las consignas a las recepcionistas, les expliqué el apuro en el que estaba el chaval y les dije que en cuanto apareciera el empresario lo pusieran en contacto con él. Luego salí del hotel y caminé hacia la estación de metro por la rue de Rivoli, donde camareros y propietarios empezaban a abrir las cafeterías y el único rastro del bullicio nocturno era algún vaso roto junto al bordillo de la acera.

domingo, 20 de mayo de 2012

EL PASAPORTE Y LA CAJA FUERTE

El Beaurepaire era un imponente hotel de cuatro estrellas situado en la parisina rue de Rivoli, a medio camino entre la Plaza de Chatelet y la de la Concordia. Hubo un tiempo en que fue un establecimiento prestigioso, pero después de sucesivos cambios de propietarios comenzó a resultar habitual que los clientes pagaran elevadas facturas por estancias infernales durante las cuales los ascensores no habían funcionado, el aire acondicionado se había averiado, de una ducha no había salido agua caliente o en una apartamento reservado para cinco personas estaban hechas solamente dos camas. En la recepción no se podía dar la espalda a un compañero y todos culpaban a todos de los continuos errores en la organización, los cobros y las facturaciones. Los jefes de equipo maltrataban a los botones, los botones maltrataban a las recepcionistas en prácticas, los recepcionistas se maltrataban entre ellos y a algún que otro cliente, todo el mundo odiaba al equipo de noche, y la jefe de recepción pasaba el día sentada frente a su ordenador, incapaz de poner orden y rezando para que aquel caos no llegara a oídos de la dirección.  
 
Yo trabajé un par de años en el turno de noche, tras la partida del anterior recepcionista nocturno por su falta de entendimiento con nuestro responsable. Tampoco yo me entendí bien con él, pero a las pocas semanas fue el responsable quien se marchó porque no se entendía bien con la jefe de recepción. En su lugar contrataron a Jaime, un venezolano que había trabajado en varios hoteles de su país hasta alcanzar el puesto de director en un cuatro estrellas de Caracas. En el Beaurepaire le habían prometido algo similar si se encargaba del turno de noche mientras buscaban a otro responsable, pero pasaban semanas y meses y Jaime seguía en el mismo puesto. Nunca supe por qué se había ido de Venezuela, aunque en una ocasión me comentó que había estado casado dos veces. Era muy poco hablador, y el tiempo que coincidíamos en la recepción lo dedicaba a corregir pacientemente los errores que yo cometía y a explicarme los secretos de aquel oficio completamente nuevo para mí. 

Una noche sofocante de finales de agosto, alrededor de la once y media, Jaime y yo vimos salir del ascensor y caminar apresuradamente hacia la recepción a un cliente japonés de unos cincuenta años. Se apellidaba Tanaka y formaba parte de un grupo de treinta personas que al día siguiente se marchaban en un autobús a las seis y media de la mañana. Su aspecto pulcro habitual y sus movimientos apresurados transmitían una impresión de eficacia, matizada en seguida por un tic facial que parecía revelar una cierta inseguridad, como si viviera con la impresión de que algo se le podía ir de las manos en cualquier momento. Tanaka se detuvo ante el mostrador, y el tic se acentuó mientras nos explicaba con gesto angustiado lo que le sucedía: durante su estancia en París había guardado el pasaporte en la caja fuerte de su habitación, y ahora no conseguía abrirla. Jaime subió con él y regresó al cabo de veinte minutos sin haber logrado abrir, pero habiéndole asegurado que íbamos a llamar al servicio técnico y el problema se resolvería en breve. El servicio técnico era Saïd, un antiguo legionario cuyo teléfono móvil debía estar permanentemente encendido por si surgía alguna emergencia. En realidad, cuando Jaime lo llamó ni a él ni a mí nos sorprendió que el teléfono estuviera apagado. Jaime volvió a marcar su número y no obtuvo respuesta, así que le dejó un mensaje informándolo de lo que sucedía y retomó su trabajo de contabilidad, con la esperanza de que Saïd lo oyera antes de la partida de Tanaka y pudiera venir a tiempo de abrir la caja fuerte. Pero Tanaka no conseguía dormir, y a eso de la una y media apareció de nuevo por la recepción y me preguntó de forma atropellada si habíamos localizado al técnico. Aunque él no hablaba francés y en inglés nos costaba comunicarnos a causa de nuestros diferentes acentos, conseguí hacerle entender que no tenía nada de qué preocuparse, que el servicio técnico siempre estaba funcionando antes de las seis y media (lo que en teoría era cierto, pero Saïd solía llegar alrededor de las siete), y que en el momento de marcharse tendría consigo el pasaporte. Lo vi alejarse poco convencido, y durante el resto de la noche llamó varias veces preguntando si se había presentado ya el técnico.

Antes de acostarse, cada miembro del grupo de japoneses había dejado sus maletas frente a la puerta de la habitación, para que uno de nosotros las fuera bajando a partir de las seis mientras el otro se encargaba de los cobros y las salidas, que tendrían lugar a partir de las seis y cuarto. El sistema habría sido eficaz si hubiera habido un botones además de dos recepcionistas, pero el de la mañana empezaba su turno a las siete y diez. A las cinco y media, cuando yo volvía de hacer la segunda ronda, cinco o seis norteamericanos borrachos entraron en uno de los ascensores que había junto a la recepción y se quedaron bloqueados en la planta baja. Subí en el otro ascensor a la séptima planta, trepé hasta la sala de máquinas por una escalera estrecha y resbaladiza, desconecté el motor del ascensor y lo conecté unos segundos después. Cuando las puertas se abrieron, Jaime hizo salir a los americanos con malas maneras mientras yo bajaba a la cocina para preparar el desayuno de un cliente habitual que se levantaba temprano y lo quería en su habitación antes de la hora a la que empezaba a funcionar el servicio. A las seis y cinco estaba de vuelta en la recepción, donde Jaime acababa de llamar a Saïd, sin resultado. Ignoramos una llamada proveniente de la habitación de Tanaka y decidimos que, por su mayor fuerza física, Jaime se ocuparía de las maletas de los japoneses y yo haría las salidas. De camino al ascensor se le ocurrió intentar perforar la puerta de la caja fuerte con un taladro a pilas que había en algún lugar del garaje, decisión desesperada e inútil que aumentó mi aprecio por mi compañero. En seguida empezaron a llegar los japoneses, y entre señas y aspavientos referentes a lo tardío de la hora me indicaron que las maletas todavía estaban en los pasillos. Mientras intentaba tranquilizarlos, a la vez que les iba cobrando la estancia tratando de no mezclar las malditas facturas y los malditos tiquets, vi pasar a Jaime con el taladro en una mano y el teléfono en la otra. El autobús aparcó delante del hotel a las seis y veinte y de él se apeó una japonesa con un rostro adusto y mucha vida a sus espaldas, responsable del grupo y de otros que se habían alojado allí con anterioridad y terminaron envueltos en incidentes similares. La puse al corriente con calma y profesionalidad del contratiempo de la caja fuerte, y pude leer en su mirada como si estuviera escrito en grandes letras de neón que nunca volvería a meter a nadie en aquel hotel de deficientes mentales. Entre tanto, Jaime localizaba a Saïd, al que vi pasar apresuradamente hacia la habitación de Tanaka varios minutos después de haber cobrado la última habitación y unos minutos antes de que Jaime terminara de bajar las maletas, que fuimos distribuyendo por el portaequipajes del autobús con la ayuda de un conductor impertinente y apurado. Tanaka bajó corriendo a las siete menos cuarto, consiguió pagar su estancia tras una pequeña dificultad con la máquina de las tarjetas de crédito y subió al autobús a las siete menos diez junto con la responsable del grupo, que acababa de darnos la espalda sin despedirse. Desde la recepción, Jaime y yo vimos cómo el vehículo arrancaba y salía a toda velocidad por la rue de Rivoli camino del aeropuerto.

lunes, 9 de abril de 2012

PORTEROS DE NOCHE

Por lo general, la jornada del portero de noche en un hotel de dos estrellas es bastante tranquila, pero en ocasiones hay momentos de tensión debidos a percances repentinos. Hace un par de días, a eso de las dos de la madrugada, un cliente irlandés que había venido con su mujer y su hija sufrió un infarto y tuvieron que llevarlo al hospital, donde habrá de quedarse una semana antes de regresar a su país. La noche siguiente, al llegar al hotel me encontré una botella de vino, en agradecimiento por mi amabilidad durante la crisis.

Ayer hablaba de lo ocurrido con Max, mi compañero, y conveníamos en que hay que disfrutar de cada minuto porque ese minuto puede ser el último. Max recordó algo que había sucedido veinte años atrás, cuando él llevaba seis o siete en Francia. Acababa de coger el traspaso de un bar en la rue Saint-Denis y vivía en un hotel muy barato donde alquilaban habitaciones por mes, situado junto a la Plaza de la Bastilla. Era un edificio viejo, húmedo y ruinoso, dividido en tres grandes bloques de cinco plantas sin ascensor. La habitación de Max estaba en la última planta del tercer bloque, al que se accedía atravesando el portal del primero, un patio interior, el portal del segundo y otro patio interior que daba al tercero.

Por el bar de Max paraba a menudo Mohamed, otro argelino de edad indefinida, desastrado y conflictivo, que se había instalado en un estudio del barrio hacía poco sin que nadie supiera muy bien de dónde venía ni a qué se dedicaba. Aunque en el bar nunca dejaba a deber y se entendía bien con Max y con los clientes habituales, no tardaron en oír que Mohamed no pagaba el alquiler ni los gastos de la comunidad, se peleaba con las pandillas de los edificios contiguos y apenas saludaba ni hablaba con nadie. Una noche, después de golpear a un controlador del metro al salir de la estación, la policía lo detuvo y lo puso a disposición del juez. Éste terminó decretando su expulsión y regreso inmediato a Argelia, pero en cuanto lo subieron al avión junto con tres compatriotas Mohamed se desasió de los agentes y comenzó a insultar a los pasajeros, a escupir a las azafatas y a gritar que sólo iría a su país cuando él lo decidiera. El piloto se negó a llevarlos y todos fueron devueltos a comisaría.

Mohamed salió dos días después a media mañana y se acercó directamente hasta el bar de Max para comer algo. Luego estuvo un rato bebiendo, y al caer la tarde era incapaz de levantarse de la silla. Max le aconsejó que volviera a casa, pero Mohamed repuso que no pondría un pie en el estudio y que además el administrador debía de haber cambiado ya la cerradura. Esa noche Max cerraba tarde, así que le ofreció a Mohamed las llaves de su habitación en la Plaza de la Bastilla y lo invitó a dormir allí. Tras unos minutos de atropelladas palabras de agradecimiento, Mohamed salió con las llaves en el bolsillo y caminó tambaleándose hacia la boca del metro mientras Max, algo inquieto, lo veía alejarse entre la gente.

A media noche, Max observó cómo los clientes dejaban de hablar poco a poco y prestaban atención al informativo que estaban pasando en televisión. A petición de uno de ellos subió el volumen: al parecer, un par de horas antes se había declarado un gran incendio en un hotel de la Plaza de la Bastilla, que resultó ser donde se alojaba él, y los tres bloques de viviendas habían ardido hasta los cimientos. Max cerró el bar apresuradamente, cogió un taxi, y veinte minutos después llegaba a una plaza atestada de curiosos entre los que se abrían paso los agentes de policía, los cámaras de televisión, el personal sanitario y los bomberos. Éstos le explicaron que, dada su ubicación, todavía no habían logrado acceder al último bloque cuando el edificio se vino abajo, así que no hallaron rastro de Mohamed. Era uno de los peores incendios de los últimos años, con un número elevado de víctimas mortales. Durante los meses siguientes, Max tuvo que pelear con el sentimiento de culpa y la impresión de que Mohamed había muerto en su lugar. Al cabo de un tiempo, en el solar donde quedaban los cimientos del edificio construirían un gran hotel de cuatro estrellas.

–La muerte lo estaba esperando allí –me decía Max–. Cuánto mejor le hubiera sido no bajar de aquel avión. Con esa vida que llevaba, ¿no le daba lo mismo un país que otro?

Yo asentí en silencio.