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jueves, 20 de enero de 2022

LA MAESTRA

El colegio de monjas donde cursábamos preescolar los niños del pueblo se alza en lo alto de un terreno elevado de las afueras. Es un edificio muy grande en forma de U con un patio rodeado de jardines entre los que se distingue la alta verja metálica. De su interior recuerdo, de manera difusa, las interminables escaleras y los pasillos pintados de blanco, largos y silenciosos, con una cruz de madera colgada en la pared del fondo.

Al contrario que en el colegio donde luego estudiaría la EGB, durante los dos años de preescolar no vi ninguna bofetada. Pero eran habituales los llantos cuando castigaban a algún chaval mayor que nosotros y lo traían a nuestras aulas para que lo viéramos los pequeños, o cuando por algún motivo un compañero lloraba mientras los demás cantábamos a coro antes de entrar en clase a primera hora de la mañana.

Yo también lloré los primeros días, cuando tenían que llevarme a la fuerza por un pasillo ya vacío hasta la puerta del aula, pero enseguida me acostumbré al ambiente insospechadamente acogedor que me esperaba dentro. La maestra era una monja joven de rostro agradable y sonriente, vestida con falda y camisa caquis y chaqueta azul marino, que se ocupaba sin aparente dificultad, con mano firme, paciencia, buen humor y sorprendente ternura, de empezar a educar a aquel grupo de niños uniformados y montaraces. Tal vez fuese su corte de pelo, o su atuendo diferente de lo que estábamos acostumbrados a ver, lo que le daba un curioso aire anticuado, como si perteneciera a una década anterior o fuera a quedar instalada para siempre en aquellos años setenta.

Muy pronto la tristeza que yo sentía los primeros días al subir las escaleras y recorrer los pasillos, o al andar solo por el patio durante los recreos, desaparecía en cuanto la maestra cerraba la puerta del aula y empezaba la clase. Aquellas tempranas lecciones, que en principio parecían tan complicadas, terminaron convirtiéndose en algo entretenido y agradable gracias a sus palabras animosas y alentadoras, y la inseguridad y la soledad iniciales no tardaron en desvanecerse al sentarme ella junto a los compañeros con quienes mejor me entendía.

Pero los años de preescolar pasaron deprisa, y una mañana de septiembre me encontré en medio del bullicio reinante en el patio del colegio cercano, mientras esperábamos el comienzo de la primera clase de la EGB y mirábamos con cierto recelo al profesor que nos habían atribuido. Después de que nos ordenara formar una fila, el profesor abofeteó a un alumno interno que no sabía exactamente dónde colocarse. Al cabo de unos minutos, en el momento de echar a andar hacia el aula, levanté la vista y por encima del muro de cemento que rodeaba el patio pude distinguir, en lo alto del terreno elevado, la planta superior y las ventanas de las aulas adonde había acudido el curso anterior.

La parada de los autobuses escolares estaba situada frente al colegio de monjas, así que de vez en cuando veía casualmente a la maestra antes de volver a casa. Ella, con la sonrisa y la cordialidad habituales, me preguntaba cómo me iba en el nuevo colegio o me hablaba de antiguos compañeros que ahora estudiaban en centros de otros pueblos de la comarca. Pero para entonces los años de preescolar parecían algo lejano y un poco ridículo, y yo ya me sentía a gusto en aquel ambiente recién descubierto, bronco y algo surrealista, de amigos, buen humor, bofetadas a mansalva, personajes inefables y situaciones esperpénticas. Ocho años después terminé la EGB, entré en el instituto y di los primeros pasos, inevitablemente azarosos, en dirección a la vida adulta. Los cursos de preescolar se habían perdido en la distancia del tiempo, ninguno de nosotros parecía recordarlos ya, y a la maestra no volví a verla.

Hace unos años, ojeando fotografías de mi infancia guardadas en una caja de cartón, me encontré con la instantánea de una fiesta de Navidad en el colegio de monjas. Allí aparecía la maestra rodeada por un grupo de niños entre los que estaba yo. Sonreí con inesperada nostalgia al ver aquella foto. Durante los días siguientes, mientras la vida cotidiana discurría con sus vaivenes habituales, volvieron a mi cabeza recuerdos de una época que hasta entonces consideraba borrada de mi memoria. Me sorprendía tener presentes, con paulatina claridad, sensaciones pertenecientes a un tiempo al que nunca había dado especial importancia, como si en realidad mis vivencias hubieran comenzado más tarde. Se diría que la traza de alguna de esas vivencias, una traza marcada a fuego en mi interior, se difuminaba ahora ante la expresión de un rostro honesto cuyo recuerdo parecía regresar con fuerza desde el pasado. Contemplando la foto del colegio, no tardé en comprender que bajo la tutela de aquella maestra, en el interior de aquella aula, conocimos la única etapa de nuestra vida donde nunca existieron la vergüenza, el sentimiento de culpa, la soledad o el miedo. 

miércoles, 26 de junio de 2019

LA CONQUISTA DEL OESTE

El cine del pueblo estaba en un viejo edificio situado cerca del puerto pesquero, y allá por la década de los ochenta caminábamos hasta allí los días nublados de verano en los que volvíamos pronto del mar a causa de la lluvia. Era un amplio local con suelo de madera, escenario con pesadas cortinas rojas para representar obras teatrales, y en la primera planta una platea (el “gallinero”) y un bar (el ambigú) que recordaba a los de las fotografías del Oeste americano, adonde subíamos a comprar bebidas y chocolatinas durante la pausa en las proyecciones especialmente largas (pausa anunciada por un cartel que aparecía en la pantalla con el texto “visite el ambigú” escrito a bolígrafo). La programación constaba fundamentalmente de cuatro tipos de películas: subproductos italianos o norteamericanos; estrenos que llegaban con dos o tres años de retraso; clásicos de los cincuenta y primeros sesenta (como las magníficas El hombre de las pistolas de oroLa conquista del Oeste y Las nieves del Kilimanjaro); y películas eróticas que proyectaban los jueves por la noche y a cuyos pases no podíamos acudir, lo que las rodeaba de un halo de leyenda (especialmente cuando pusieron una en tres dimensiones), aunque paliábamos la prohibición contemplando las fotografías de la vitrina con las preceptivas estrellitas sobre los pezones de las actrices.

Los domingos de invierno yo coincidía en la cola de la taquilla con mis amigos del colegio sin que fuera necesario quedar antes. En una ocasión fui con mi hermano a ver Terminator en el primer pase de la tarde, pero la película ya había empezado y no nos dejaron entrar por no tener la edad permitida. Había éxitos rotundos, como la cinta de acción automovilística y tono humorístico Los locos de Cannonball, con Burt Reynolds y Farrah Fawcett, que a causa de la gran afluencia de público volvieron a proyectar el domingo siguiente. También se llenó la sala con Karate Kid, película de aprendizaje y artes marciales durante cuyo clímax se podía sentir la tensión en las butacas, y la concurrencia, emocionada, aplaudía cada vez que el joven y atribulado protagonista salía victorioso de un asalto. Ciertos títulos hacían surgir sentimientos insospechados en algunos espectadores: al final de Gremlins, cuando el viejo chino va a la casa del protagonista para arrebatarle el simpático y entrañable monstruillo, en el gallinero oí cómo un chaval de uno de los barrios más duros del pueblo, indignado, amenazaba con pegarle una hostia al asiático si se lo llevaba.

Era normal vacilar al acomodador, que armado con su linterna buscaba por el pasillo entre las filas de butacas a los elementos perturbadores. En Conan el destructor, en el momento en que se enfrentan mentalmente el brujo bueno y el brujo maléfico y vence aquél, alguien empezó a aplaudir de cachondeo contagiando al resto de la sala, que rompió en aplausos mientras continuaba la proyección. Aquello me pareció la cumbre de la hilaridad, así que unas semanas después, durante el pase de Comando Patos Salvajes (una italiana de acción protagonizada por el gran Lee Van Cleef), les dije a mis amigos que aplaudiéramos tras presenciar una frenética persecución automovilística, pero en seguida tuvimos que parar al ofrecernos dos hostias un fulano sentado con su novia en la fila de delante. A veces, la complejidad de lo que veíamos en la pantalla era involuntaria: cuando pusieron El jinete pálido, un western duro y brioso que me fascinó, el proyeccionista se equivocó con el orden de los rollos de película, de manera que se produjeron elipsis bruscas y sorprendentes y las escenas se sucedían en un orden difícil de seguir.

En la oscuridad de aquella sala espaciosa y acogedora descubrí lugares que me cautivarían y asociaría en mi imaginación con los bosques y las playas de aguas verdes de los alrededores, como los Mares del Sur de Los piratas de las islas salvajes o la junglas sudamericanas de Tras el corazón verde La selva esmeralda. Otras películas me conmovían y me permitían asomarme a lo que intuía que era la vida adulta, entre ellas las inolvidables, especialmente para quienes teníamos once o doce años, Único testigo, La rosa púrpura del Cairo y Cotton Club. A estas dos últimas me llevaron mi tío y su novia sendas noches lluviosas después de comprar tres curcuchos de patatas fritas en un puesto del cercano mercado municipal que abría los domingos. Durante el pase de la primera, me estremecí con la escena en la que Harrison Ford y Kelly McGillis bailan al ritmo del Wonderful World de Sam Cooke en el interior de un granero, y me costó semanas olvidar el perturbador momento en que se besan arrebatadoramente por primera vez.

Cuando mi padre nos venía a buscar al terminar las películas, le pedía los carteles al propietario del cine. Uno de los que conservo hoy es el de La conquista del Oeste, superproducción de principios de los años sesenta que para nosotros tenía la curiosidad de contar en su reparto con un joven George Peppard, en aquellos tiempos célebre entre los chavales de mi edad por protagonizar la serie televisiva El equipo A. Era una película de tres horas dirigida por Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, y su larga duración permitía pasar media tarde instalados cómodamente en las butacas. En la pantalla, James Stewart, John Wayne, Karl Malden, Carroll Baker, Carolyn Jones, Richard Widmark, Lee J. Cobb y Gregory Peck entre otros. La música de Alfred Newman. La familia cuáquera que canta El hogar en la pradera al son de un acordeón a orillas del río. El viejo trampero enamorado diciéndole a su futura y joven esposa que va a sentar cabeza para casarse con ella. El muchacho que vuelve de la guerra convertido en adulto. La estampida de bisontes. El tiroteo del final sobre un tren en marcha rodado en espectacular formato panorámico. El visionado de La conquista del Oeste, con su épica de buena ley, su ritmo, su lírica emocionada, su reparto de grandes actores, sus personajes tan reales que parecían de carne y hueso, y esos anhelos y esas grandes dificultades y esas pequeñas victorias que, de alguna forma, anticipaban otros tantos que la vida real nos depararía años después, fue una de las impresiones mas imperecederas y es uno de los recuerdos más hermosos y duraderos de mi ya lejana infancia.  

miércoles, 20 de noviembre de 2013

SCHOOL DAYS (VII)

A Mon
Andrés jugaba muy bien al fútbol y eso lo hacía ser aceptado en clase, pero en realidad prefería leer los tebeos de súper héroes que llenaban las estanterías de su habitación y ver películas con muchos efectos especiales en el vídeo que acababan de comprar sus padres. A pesar de su buen carácter, y tal vez por una cierta reticencia a hacer lo mismo que los demás, nuestros profesores no solían comprender lo que a menudo consideraban simples extravagancias. En una ocasión, le dio a un mendigo el billete de mil pesetas que había recibido para comprar los libros del curso. En otra, fuimos de excursión al río y el profesor capturó varios tritones, pero al verlos en cautiverio Andrés enloqueció de tal manera que hubo que devolverlos al agua.

Su padre se llamaba Ricardo, había nacido en un pueblo de las montañas de Lugo y había estudiado Derecho en Santiago. Al terminar, fue a Madrid para preparar las oposiciones de Notarías, que aprobaría tres años después de quinto de su promoción. Luego su novia y él se casaron, y cuando Andrés tenía tres o cuatro años, al poco de nacer su hermana, vinieron a nuestro pueblo, donde Ricardo ocupó la plaza de notario. Como le gustaba pescar y se entendía bien con los aficionados de la zona, pronto se convirtió en un habitual de los bosques y el río. Ricardo era un buen hombre, pero había una distancia no siempre fácil de recorrer entre las cañas de pescar y los quinientos temas de la oposición de uno, y las galaxias lejanas y los sueños del otro. Algún viernes por la tarde, mientras salían a faenar los barcos, Andrés y yo nos sentábamos en la rampa del puerto y él me contaba anécdotas de cuando su padre era niño y estudiaba en una escuela unitaria de la montaña lucense. Pero la conversación se interrumpía por ocasionales silencios, y al volver la cabeza lo veía pensativo, con la mirada perdida en la desembocadura del río o en la playa del otro lado.

Andrés y su familia pasaban las Navidades en Lugo con sus abuelos, que vivían en una casa de tres plantas situada en la calle principal del pueblo. La ferretería de los padres de Ricardo ocupaba el frente de la planta baja, y en la parte trasera había una habitación, un cuarto de baño, una cocina y un salón que comunicaban con un jardín extenso y frondoso, separado por un muro de piedra de los bosques y los campos de los alrededores. En una esquina del jardín habían instalado varias colmenas. Una mañana, Andrés salió de la cocina después de desayunar y se acercó para observarlas. Retiró el techo de una colmena, y en cuanto tocó uno de los panales el enjambre levantó el vuelo y cargó contra él. Andrés echó a correr de vuelta a la cocina, pero las abejas lo rodearon a mitad de camino y tuvo que huir sin rumbo entre los árboles y los macizos de flores. Su padre salía del garaje en ese momento. Al oír sus gritos corrió hasta la casa, y cuando vio lo que sucedía se puso delante de las abejas y recibió numerosas picaduras en el pecho y en la cara mientras Andrés lograba ponerse a cubierto.

Un par de años después, sus padres compraron un terreno cerca de nuestro pueblo y construyeron una casa. Luego Ricardo trajo de Lugo un cachorro de mastín que pronto se convirtió en una bestia de noventa kilos que veneraba a su amo y trotaba a sus anchas por la finca, y ese mismo año instaló una piscina, habilitó una pequeña carpintería en el garaje donde nos fabricaba espadas y escudos de madera, y en sus ratos libres empezó a cultivar un huerto que con el tiempo terminaría vallando y llegaría a ocupar casi un cuarto de la propiedad. Desde la ventana de la habitación de Andrés se veía, al otro lado del muro, el camino que discurre monte abajo entre bosques de castaños y prados en pendiente hasta las primeras casas del pueblo, donde el asfalto deja paso a un pavimento adoquinado que conduce hacia las calles del centro. De una de ellas parte un sendero muy empinado que permite atajar un par de kilómetros monte arriba, y termina en un punto del camino principal no muy lejos de donde vivía Andrés.

Una tarde de primavera en la que su madre no podría ir a buscarlos en coche cuando salieran del colegio, Andrés y su hermana decidieron volver a casa siguiendo aquella ruta. Pasaron junto a un edificio abandonado que bordea el sendero, atravesaron un prado y se adentraron en el bosque. Unos minutos después, salían a otro prado desde el que se divisan una parte de la ría y el valle que forma la desembocadura del río, y continuaron el ascenso por una zona sinuosa y escarpada donde el sendero se estrecha y se hunde en el terreno, de manera que la linde del bosque quedaba por encima de sus cabezas. Alrededor no veían más que las pendientes terrosas cubiertas de maleza y helechos, y frente a ellos el suelo surcado de raíces y de charcos. Las copas de los árboles oscurecían el sendero y los recodos aumentaban a medida que se iban acercando a la parte alta del monte. Después de doblar uno de ellos, el último antes de salir al camino, se toparon con un avispero y lo pisaron antes de darse cuenta y poder detenerse o retroceder. Echaron a correr a trompicones perseguidos por las avispas. Un cuarto de hora después llegaban a casa manchados de tierra y cubiertos de picaduras, especialmente Andrés, y su madre tuvo que desvestirlos y meterlos en una bañera con agua fría para aliviarles el dolor y bajarles la hinchazón. Por la noche se acostaron temprano, fatigados tras la agitación de la jornada. Se durmieron pronto, pero Andrés se despertó de madrugada delirando, y sus padres fueron rápidamente a la habitación. Antes de lograr tranquilizarlo, pudieron oír cómo le gritaba a su hermana que corriera, que él se ponía delante de las avispas para que ella pudiera escapar.

domingo, 19 de mayo de 2013

EN LA PAPELERÍA

Hace algo más de treinta años, cuando mi hermano tendría siete y yo nueve, tuvimos que pasar un curso académico en el pueblo del interior donde vivían nuestros abuelos. El cambio con respecto al lugar del que veníamos fue considerable: allá veíamos el mar desde cualquier punto y lo sentíamos como una presencia cercana, pero aquí había un río caudaloso y revuelto con una zona muy peligrosa donde decían que poco antes de nuestra llegada se había ahogado un niño. Al caminar cada mañana hacia la parada del autobús, no veíamos a lo lejos montes suaves cubiertos de bosque y de hermosos prados, sino hostiles montañas nevadas cuyas cimas apenas se distinguían entre la niebla. Mis compañeros de clase se burlaban del tonto del pueblo y echaban a correr cuando éste los perseguía, y aunque yo también corría, era incapaz de reír porque me habían enseñado que había que defender siempre al más débil. Los padres de todos ellos cazaban, tenían disecados halcones, lechuzas, jinetas, hasta un lobo, y se contaba que un conflicto de tierras había terminado con la muerte de uno de los implicados en un supuesto accidente durante una partida de caza. Pronto me hice amigo de Andrés, un chaval asmático como yo al que su madre le sacudía con el cinturón cada vez que hacía algo que no debía. Él solía invitarme a su casa cuando venían sus primos y sus tíos para la matanza del cerdo, pero siempre encontré alguna excusa para no ir porque no soportaba los chillidos, la sangre y la fiesta de la que tanto disfrutaban ellos. Por las noches, después de acostarme, sentía una enorme tristeza al pensar en el verano que había terminado semanas antes, en nuestro barco, en el cielo azul, en el mar, en mis amigos, en la casa en el campo y en los perros que quedaban al cuidado de unos vecinos y saltaban de alegría al vernos llegar los viernes por la tarde. Si me acordaba de todo aquello durante las clases apenas conseguía contener las lágrimas, así que decidí dejar de lado cualquier recuerdo.

Junto al portal del pequeño edificio donde vivíamos había una papelería en la que mi hermano y yo parábamos alguna vez a la vuelta del colegio para comprar un tebeo. La propietaria era una señora de unos cuarenta y cinco años que había sido enfermera antes de casarse, aunque no ejerció mucho tiempo porque pronto abrió aquel negocio con su marido, fallecido luego en un accidente de tráfico. Al pasar por delante del escaparate la podíamos ver en el interior de la tienda, de pie tras el mostrador, hojeando distraídamente alguna revista o leyendo el periódico. Ella siempre sonreía al vernos entrar y era muy amable con nosotros, pero a mí me intimidaban un poco sus hermosos ojos oscuros, sus ademanes resueltos y el humor ocurrente y zumbón que mostraba cuando discutía con los representantes o charlaba con las señoras que venían a comprar o a pasar el rato. Los días de mercado solíamos coincidir por las concurridas calles del pueblo. A veces la encontrábamos hablando con otros vecinos mientras aguardaban su turno cargados de bolsas frente a un puesto, y si se fijaba en nosotros yo no podía evitar bajar la mirada al devolverle el saludo. Sus dos hijas entrenaban a los niños del equipo local de piragüismo, y sus tres hijos eran unos chavalotes que se tiraban de cabeza desde nivel más alto del trampolín instalado en la orilla del río, y los sábados por la noche trataban de tocarles las tetas a sus novias sentados en los bancos de las afueras. En una ocasión, llegué a la papelería cuando ella intentaba explicarle al más pequeño de qué manera tenía que colocar unas carpetas y unos paquetes de folios sobre los distintos niveles de una estantería. Como el chaval no entendía, o no quería entender, ella acabó soltándole un guantazo que me dejó helado. Luego me vio delante del mostrador y vino a atenderme, pero mientras me cobraba no le quitaba el ojo de encima a su hijo, que colocaba carpetas y folios con gesto contrariado, para saber si había entendido ya o iba a tener que explicárselo otra vez.

Suponía que en algún lugar del pueblo había una biblioteca municipal, pero por el momento podía encontrar en la papelería todos los libros que me interesaban. A la dueña no parecía molestarle que me tomara mi tiempo sacándolos y volviendo a colocarlos en las estanterías, hojeándolos de principio a fin o leyendo páginas enteras antes de decidir cuál iba a comprar. Mientras yo miraba los libros sólo me interrumpía ocasionalmente para preguntarme si tenía frío, ya que en ese caso podía encender la estufa que había colocado detrás del mostrador. Cuando ordenaba las remesas de periódicos y revistas tarareando alguna canción que me resultaba lejanamente familiar, nos cruzábamos entre los expositores y ella sonreía sin decir nada. Luego yo le entregaba el libro elegido, y antes de mirar el precio, devolvérmelo y cobrarme, siempre me preguntaba, como si fuera una costumbre establecida, si ése era el que llevaba. En el momento de darle el dinero solía liarme con las monedas y los billetes, así que ella me cogía la muñeca y los separaba pacientemente sobre la palma de mi mano. Una tarde en que no tenía suelto para darme la vuelta me mandó cambiar en la cafetería que había al otro lado de la calle, frecuentada por taxistas, conductores de autobús y obreros de la fábrica de cemento que salían de trabajar a esa hora. Pero debí de mostrar tal desconcierto ante aquella situación imprevista que me dijo que esperara un momento en la tienda y fue a cambiar ella. Con el paso de las semanas empezó a preguntarme qué tal había ido ese día en el colegio, aunque como me suponía tímido nunca me forzaba a hablar más de lo necesario, y de tarde en tarde me dejaba llevar algún libro sin cobrarlo.

Pronto me acostumbré a la atmósfera recogida y acogedora de la papelería, al olor a madera, tinta y papel, a la luz de las bombillas, al zumbido de la estufa, al sonido de la radio con el volumen bajo, y también a la cercanía de la dueña. La oía pasar las hojas del periódico, carraspear suavemente, colocar un paquete sobre el mostrador y abrirlo con una tijera o ir un momento a la trastienda y me sentía empujado a levantar la vista del libro para mirarla sin que se diera cuenta, aunque me sorprendió un par de veces y no volví a intentarlo.

Una tarde de febrero, las clases terminaron un poco antes de la hora y el autobús escolar aún no había llegado cuando los de mi curso salimos del colegio. Aproveché para acercarme hasta un riachuelo que discurría entre los prados de los alrededores y pasé unos minutos observando los tritones que se deslizaban bajo las aguas fangosas. Luego, como consideraba que aún tenía tiempo, seguí el curso del riachuelo para averiguar qué había tras un meandro cubierto de vegetación, y al descubrir al otro lado un viejo puente, lo crucé tratando de no resbalar en las piedras húmedas de la calzada. Atravesé un bosquecillo de castaños, bordeé un prado encharcado y llegué hasta lo alto de una loma desde la que podía ver las casas del pueblo, donde habían encendido ya las primeras luces. Tal vez una de aquellas luces fuera la de la papelería. Imaginé a la dueña detrás del mostrador y me sonrojé al preguntarme si en algún momento del día habría pensado en que quizá me disponía a pasar por allí esa tarde. También me pregunté si esperaría con algo de ilusión mi llegada, pero en seguida aparté esa idea de mi cabeza. Al mirar el cielo cubierto me di cuenta de que estaba oscureciendo, debía de haber transcurrido más tiempo del que imaginaba desde mi salida del colegio. Descendí la loma y volví sobre mis pasos tratando de no perderme entre los árboles, corrí por la orilla del riachuelo, resbalé en el suelo embarrado, crucé el puente, y al cabo de unos minutos me detuve frente a una escuela donde ya no quedaba nadie. Por primera vez desde nuestra llegada al pueblo tenía que volver a casa caminando. No conocía bien el trayecto de regreso, y como ya era de noche no veía ninguna de las referencias que podían haberme ayudado. Eché a andar siguiendo la carretera general y me alejé de la escuela, pero me detuve al ver unas casas a mi izquierda. Andrés me había contado la tarde anterior que Felipe, el tonto del pueblo, vivía cerca, y unos días antes había sorprendido solo a un compañero nuestro y le había pegado una paliza. Crucé la carretera, miré a mi espalda un par de veces y seguí caminando sin perder de vista las casas del otro lado. Unos minutos después pasaba junto a un muro de piedra que debía de proteger una finca. Cuando llegué al extremo del muro miré a la derecha, y donde suponía que habría un prado distinguí la silueta de alguien parado a pocos metros de la carretera. Dejé escapar un grito y corrí a toda prisa mientras oía cómo me llamaban, pero al girarme descubrí que no era Felipe sino un vecino que avanzaba hacia mí extrañado. Seguí caminando a paso ligero sin volverme, avergonzado, hasta que ya no pude oír sus pisadas. Pronto aparecieron los primeros bloques de viviendas. Pasé por delante del cine, atravesé una plaza a la que íbamos a jugar a veces después del colegio, dejé atrás el ayuntamiento y llegué hasta la pequeña avenida que conducía hacia la salida del pueblo, donde estaba nuestro edificio. Al fin me paré, cansado, delante del portal. El camino que había recorrido parecía ahora muy lejano. Pulsé el portero automático. Aguardé un momento y volví a llamar, pero nadie respondió. Un coche pasó a lo lejos y desapareció por una de las calles perpendiculares a la avenida. Del bar del otro lado llegaba el sonido difuso de la televisión y las conversaciones. Sufría un fuerte ataque de asma, así que tomé varios pelotazos de Ventolín. Volví a llamar sabiendo que nadie iba a abrir. Recordé al niño ahogado en el río y a Felipe corriendo con dificultad detrás de nosotros y me vinieron a la cabeza la matanza, el banco de madera, la sangre y los gritos de los animales. La luz de la papelería brillaba cerca de nuestro portal. Me acerqué al escaparate: la dueña estaba dentro, leyendo detrás del mostrador con las gafas puestas. Al mirar a un lado pude ver las últimas casas de la avenida, empequeñecidas frente a unas montañas que le daban a aquella parte del pueblo un aire siniestro y opresivo. Aguardé unos segundos junto a la puerta. Luego entré y me puse a llorar mientras le explicaba a la dueña de manera confusa lo que me había ocurrido y le pedía permiso para quedarme con ella en la tienda hasta que hubieran llegado mi hermano y mis abuelos. Pareció sorprendida. Cuando al fin entendió lo que pasaba, me acarició la cabeza, me llevó hasta la silla que había junto a la estufa y me dijo que estuviera tranquilo, que más tarde o más temprano iban a volver. Hablaba en el tono afable habitual, pero acentuando el matiz afectuoso de las últimas semanas. Al cabo de unos minutos fue a la trastienda, y pronto volvió con un gigantesco bocadillo de chocolate que logré engullir gracias a una Mirinda que traía en un vaso. Debí de pasar en la tienda la media hora siguiente. La dueña me preguntó qué tal nos iba en el colegio a mi hermano y a mí, y también si echábamos de menos el pueblo del que veníamos. Haciendo un esfuerzo por no ponerme a llorar otra vez, le hablé del mar, del barco, de la playa y de mis amigos mientras ella escuchaba con manifiesta y algo exagerada atención, mostrando asombro y admiración hacia las cosas que yo le contaba. Cuando entraba alguna conocida suya y se sorprendía al verme detrás del mostrador, ella apoyaba una mano en mi hombro y le decía con naturalidad, como si aquello sucediera a veces, que estaba allí esperando por mi hermano y mis abuelos.

Ellos llegaron un poco antes de la hora del cierre. Era mi hermano quien había concluido que si no estaba en el colegio ni en el parque ni en ninguno de los lugares adonde íbamos cada tarde, tenía que estar en la papelería. La dueña les explicó a mis abuelos lo que había pasado, y después de que le agradecieran el haberse ocupado de mí, charlaron un momento mientras mi hermano y yo escogíamos un par de tebeos de los expositores. Luego ella vino con nosotros hasta la puerta para desearnos buenas noches. Al llegar ante nuestro portal la oí echar el cerrojo y pasados unos segundos vi desaparecer el reflejo de las luces del escaparate sobre la acera.

Más tarde, cuando ya estábamos acostados, contemplé la pequeña hilera de libros adquiridos recientemente y distribuidos por una de las estanterías de nuestra habitación. Esa noche no tenía muchas ganas de leer antes de apagar la luz. Dejé junto a la lámpara de la mesilla la novela de Emilio Salgari que había comprado en la papelería la semana anterior (El corsario negro o Yolanda, o tal vez La reina de los caribes), pero mi hermano me pidió que le contara algo de aquella historia de aventuras. Y yo empecé a contarle, pero mi cabeza estaba lejos de allí.

martes, 5 de abril de 2011

BAJO LA NIEVE

En la comarca nevaba cada tres o cuatro años, pero, debido a la proximidad del mar, cuajaba de tarde en tarde, y cuando lo hacía la nieve no tardaba más de un par de días en derretirse totalmente. En esas ocasiones excepcionales, el pueblo y las inmediaciones amanecían bajo un manto blanco: el muelle, el puente de piedra, el torreón medieval, las calles ascendentes, los bosques y los prados, todo estaba cubierto de nieve, y el que se levantara temprano tendría la suerte de verla tal y como había quedado recién caída, antes de que cientos de pies o de neumáticos dejaran sobre ella sus huellas sucias.
Una mañana de febrero, mi hermano y yo entramos en el colegio y encontramos las aulas prácticamente vacías. La nieve había bloqueado las carreteras. Los autobuses escolares no habían podido pasar, y los alumnos que venían de otros pueblos o de las aldeas más alejadas se habían quedado en casa. En el colegio sólo estábamos los que vivíamos en el pueblo o en las cercanías y los internos. Al fin, después de diez o quince minutos de espera, nos anunciaron que no habría clase en todo el día. Andrés, Juan Diego, Miguel y yo salimos a la calle. El bar contiguo al colegio tenía los cristales empañados, pero se distinguía a los dueños de los comercios del barrio tomando cafés y chupitos junto a la barra. Los únicos coches que había en la calle eran los suyos.
–Hace un frío que mata maricones –observó Miguel.
–Yo me voy a casa –dijo Juan Diego, que vivía a cinco kilómetros del pueblo y tenía que volver caminando.
–Espera un poco –dijo Andrés.
Su madre lo había traído en coche, y ahora estaría esperando su llamada para venir a buscarlo en caso de que no hubiera clase. Miguel y yo vivíamos en una aldea cerca del pueblo, una zona de prados, terrenos y bosques donde apenas pasaba algún tractor y la nieve habría cuajado más que en ningún otro sitio. Nos quedaba toda la mañana por delante, así que les propuse ir hasta allí. Juan Diego no quería, pero Andrés le dijo que a la vuelta llamaría a su madre desde una cabina y ella lo llevaría hasta su casa. Juan Diego aceptó entonces, y después de un rato tirándonos bolas de nieve echamos a andar hacia la aldea. Al pasar frente a la desembocadura del río vimos los campos de la otra orilla con un aspecto totalmente nuevo. Cruzamos la carretera, tomamos un camino y unos minutos después atravesábamos un bosquecillo de castaños. Ahí comienza una empinada cuesta que termina poco antes de la casa de Miguel. Luego hay un tramo llano y unos metros más adelante el camino se cruza con el que pasa junto a la mía. Los charcos se habían helado, teníamos que andar con tiento para no resbalar sobre ellos. La nieve seguía intacta en el camino y los alrededores. Cuando llegamos al final de la cuesta, levanté la vista hacia uno de los montes que protegen el valle donde se encuentra la aldea. Recortado contra el cielo gris se veía el castillo medieval situado a seis o siete kilómetros del pueblo. Mi hermano y yo solíamos subir cada año al final del verano, pero yo recordaba haber estado muy pocas veces en invierno, y nunca un día como aquel. Nos detuvimos frente a la casa de Miguel, y estuvimos un rato empujándonos contra los arbustos, arrastrándonos entre la nieve y tratando de correr por el terreno adyacente.
Sería cerca del mediodía cuando empezamos a sentir hambre y decidimos volver a casa. Nos despedimos y Miguel entró en la suya. Vi como Andrés y Juan Diego desaparecían en dirección al pueblo y eché a andar hacia la mía. Aunque en algún momento de la mañana había notado algo parecido a un ligero mareo, supuse que sería por el cansancio y no le di importancia. Pero ahora, mientras andaba en solitario camino adelante, reparé en que mis pies estaban empapados y en el fuerte ataque de asma que sufría. Estaba muerto de frío, tenía mucho más del que hubiera imaginado durante los minutos anteriores. Sentí que me desvanecía. Tuve ganas de tumbarme en el suelo, entre la nieve protectora, y descansar. No hay demasiada distancia entre la casa de Miguel y la mía, pero me pareció que no conseguiría recorrerla nunca. Seguí avanzando como un autómata bajo el cielo gris, ajeno a los campos que me rodeaban, a las casas de chimeneas humeantes y a los coches que de vez en cuando circulaban por la carretera. Al fin salí al otro camino. Recorrí varios metros acompañado por el crujir de la nieve bajo mis pies y llegué al portal. Lo abrí y lo cerré sin fijarme en lo que hacía, como si pasara a través de él, y anduve un último trecho mientras los perros jugueteaban entre mis tobillos. Entré en casa por la puerta del garaje y me dejé caer al suelo de la cocina. Me quité los guantes de piel empapados. Al cabo de unos segundos, me puse de pie y entré en el cuarto de baño. Después de abrir el grifo con dificultad a causa de los dedos entumecidos, metí las manos bajo el agua caliente sin tener idea de si eso era bueno o no. Pero, poco a poco, el calor volvió a mis manos, y después a todo mi cuerpo. Me sentí mucho mejor. Cerré el grifo y me sequé bien. Luego subí a mi habitación, me cambié los calcetines y me puse una chaqueta gruesa. Antes de salir al pasillo miré por la ventana. En lo alto del monte veía el castillo medieval, testigo a lo largo del tiempo de otros días mágicos como aquél de febrero en que el pueblo amaneció cubierto por un sorprendente, misterioso y efímero manto blanco.

lunes, 27 de septiembre de 2010

AL CAER LA TARDE

Un atardecer de mayo, mientras leía junto a la ventana esperando a que mi madre hiciera la cena, mi padre llegó a casa y nos regaló a mi hermano y a mi diez ejemplares de las monedas de diez pesetas que acababan de salir. Tal vez influido por el libro que tenía sobre las rodillas, se me ocurrió esconder aquel dinero tan fácilmente adquirido en la cala sombría y solitaria a la que se accede por el extremo de la playa más alejado del pueblo. Al día siguiente, en el colegio, les comenté mi propósito a Juan Diego y a Andrés. A Juan Diego lo trajo sin cuidado, como la mayor parte de las ideas que se me ocurrían, sin embargo no le costaba acompañarme porque vivía en el horrible edificio de catorce pisos construido cerca de la playa, entre el paseo marítimo y la vía del tren. Andrés parecía más interesado, pero tenía que estar de regreso en el pueblo, puntualmente, a las seis y media, hora a la que su madre bajaba de la aldea para recogerlos a él y a su hermana.
Después de la última clase de la tarde, salimos del colegio y anduvimos hacia las afueras del pueblo. Cruzamos el puente sobre la desembocadura del río, llegamos al final del paseo marítimo mientras empezaba a lloviznar y nos adentramos en el pinar con dirección a la playa. Cuando pasábamos junto a los bares que hay a un lado del paseo vi el coche de mi tío aparcado delante de uno de ellos. No me sorprendió: sabía que solía tomar un vino después del trabajo, y le gustaba acercarse hasta los alrededores del pueblo, donde se encontraba con viejos conocidos. Caminamos por el suelo arenoso alfombrado de agujas de pino, bajo el cobijo del espeso ramaje. Al salir del pinar vimos que la marea estaba subiendo, no debía de faltar mucho para la pleamar. Andrés comentó que se hacía tarde para él, pero logramos convencerlo de que estaríamos en el pueblo antes de las seis y media. Fuimos hasta el extremo de la playa y nos detuvimos frente a la zona de rocas que la separa de la cala. Había dejado de lloviznar, aunque el cielo seguía nublado. Pese a la proximidad del oleaje, consideramos que aún teníamos tiempo de ir y volver antes de que el mar inundara por completo el pasaje arenoso entre las rocas. Echamos a andar y nuestros pies se hundieron en la arena mojada. Recorrimos varios metros de terreno practicable, pero las olas cada vez más próximas nos obligaron a trepar a lo alto de una roca. Estaba cubierta de moluscos y algas humedecidas, teníamos que avanzar con mucho tiento. Pasamos a la roca contigua, y de ella a la siguiente. Nos faltaban unos metros para alcanzar la cala cuando Andrés resbaló, se dio de bruces contra la roca y cayó al agua. Juan Diego y yo estiramos los brazos y lo ayudamos a subir. Andrés se había empapado de la cintura para abajo. Le llevó unos minutos reponerse. Luego seguimos adelante, y pronto saltamos al escaso espacio seco que quedaba en la cala entre el mar y los árboles. Una estrecha franja rocosa se adentraba seis o siete metros en el agua hasta el centro de la bahía. Avanzamos sobre ella en fila india y nos detuvimos en su extremo. Desde allí podíamos ver la playa y el pinar, la desembocadura del río y el pueblo al otro lado. Dos puentes unían una costa con la otra: el que habíamos cruzado nosotros y el del ferrocarril, que pasaba a unos veinte metros por encima del pequeño puerto pesquero que le daba vida al pueblo. Un monte cubierto de prados y de tupidos bosques de castaños lo protegía de los malos vientos. Era una costa menos abrupta que aquella en la que nos encontrábamos, aunque igual de verde y frondosa. La anchura de la ría nos permitía divisar la línea brumosa del horizonte. Andrés nos culpaba de su mala suerte e insistía en que iba a llegar tarde al pueblo, pero yo me sentía incapaz de escucharlo, y disfrutaba de aquel lugar cercano y recóndito de donde me gustaría no tener que regresar tan pronto. Un barco zarpó del puerto y puso rumbo a la boca de la ría. Saqué del bolsillo el pequeño cofre metálico donde guardaba las monedas y lo dejé caer al agua, y al ver como desaparecía entre las algas del fondo me prometí regresar la semana siguiente con marea baja para recuperarlo. Las olas salpicaban ya la pequeña superficie sobre la que manteníamos el equilibrio. Regresamos a la cala y volvimos hacia la playa pasando con precaución de una roca a otra. El mar rompía con fuerza e inundaba por completo el pasaje: una caída ahora haría que nos mojáramos hasta el cuello. Andrés insistía en que Juan Diego y yo éramos los causantes de su infortunio, y en que por nuestra culpa iba a llegar al pueblo tarde y empapado. De vuelta en la playa, presa de una desesperación algo teatral, se derrumbó y se revolcó sobre la arena. Juan Diego no parecía muy impresionado por verlo tirado a sus pies, ni entendía qué era aquello de estar sin falta a las seis y media en el pueblo. Andrés se levantó con los pantalones mojados cubiertos de arena. Salimos de la playa, cruzamos el pinar y el paseo marítimo y llegamos a la sórdida urbanización donde vivía Juan Diego. Nuestro amigo volvió a su casa, y Andrés y yo caminamos hacia el pueblo. Era una bonita tarde de primavera, el aire olía a flores y a hierba húmeda. Andrés hablaba de broncas, de castigos y de prohibiciones. Le propuse volver cruzando el puente del ferrocarril y así ganar tiempo, pero ya todo le daba igual. Debían de ser las siete o las siete y media y su madre estaría en casa, preguntándose dónde demonios se habría metido y esperando su llamada para bajar de nuevo a recogerlo. Aceleramos el paso. Nos acercábamos a la vía férrea cuando vimos a mi tío saliendo de un bar y caminando hacia el coche. Se detuvo sorprendido al vernos. No le expliqué el porqué de nuestra ida a la playa, no iba a entenderlo. A mi tío le agradó el encuentro, y se ofreció a llevarnos hasta nuestras casas. Andrés sonrió: en cuanto llegaran, su madre lo dejaría todo para invitar a un café al inesperado y bienvenido visitante, y el maldito retraso y los pantalones mojados se convertirían en algo secundario. Subimos al coche. Mi tío condujo en dirección al pueblo y dejamos atrás el pinar mientras caía la tarde.

lunes, 5 de abril de 2010

EL ESPEJO

Durante las tardes de invierno, Miguel veía el río y los montes desde su pupitre junto a la ventana, hasta que su ensimismamiento era cortado de cuajo por una bofetada que lo hacía tambalearse en el asiento. Las procesiones de Semana Santa anunciaban la llegada del buen tiempo, y una mañana de rudas competiciones deportivas señalaba el final del curso, tras el que venían un par de semanas forzosas e interminables en un campamento de la OJE. Después empezaba una temporada de lluvia, sol y nubes que Miguel deseaba que no acabara nunca. En septiembre, cinco días de fiestas locales ponían fin al verano. Cuando tenía doce años, la última noche de las vacaciones, Miguel ganó al tiro una cartera de cuero falso con un espejo en su interior. Al devolver la escopeta y recibir el trofeo, le costó ocultar el orgullo que sentía. Las semanas siguientes, llevaba la cartera consigo cuando iba hasta la plaza con cuatro o cinco amigos después de salir del colegio, y cuando jugaban al clavo en algún prado de las afueras, tocaban la harmónica bajo un árbol del jardín o entraban furtivamente en las huertas. A veces paseaba en solitario por la estación del ferrocarril, por el atrio de la iglesia, por los alrededores de la fábrica de curtidos, por el pequeño puerto pesquero, con la cartera guardada en el bolsillo trasero del pantalón, de donde la retiraba en el momento de ir a sentarse. Dentro de aquel objeto, obtenido sin ayuda de nadie en medio del barullo de una alameda llena de gente, podía ver reflejada una parte de su rostro: la nariz larga, el flequillo que le caía sobre la frente, los ojos oscuros, en los que ocasionalmente leía una intranquilidad cuyo origen no sabía dilucidar. Una tarde de octubre, Miguel compró un tebeo y se sentó al pie del escaparate de la librería para leerlo con avidez, olvidando momentáneamente la cartera. Se acordó de ella al oír a su espalda un inquietante crujido. Con el corazón en vilo se puso en pie, se llevó la mano al bolsillo, sacó la cartera y la abrió. Sintió como algo se venía abajo al comprobar que el espejo estaba hecho añicos. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero no lloró, para que nadie pudiera detenerse frente a él, y reírse o reprenderle. Con cuidado de que los fragmentos no se cayeran, cerró la cartera y volvió a guardarla. Ya era tarde y empezaba a hacer frío. Incapaz de contener el llanto, dirigió la mirada al otro lado de la calle, y entre los viejos edificios con galería de madera blanca pudo ver los prados que cubren la ladera del monte, y los caballos que pastaban en uno de ellos.