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martes, 21 de febrero de 2017

AL ANOCHECER


They can’t hang me. I’m already dead. I’ve been dead a long, long time.
Jim Thompson
Michael Byrne había descubierto el impulso de matar a los veintisiete años, cuando trabajaba en una librería del centro de Londres, vivía en un pequeño apartamento de las afueras y tenía relaciones esporádicas con compañeras de su misma edad o con alguna cliente algo mayor. Uno de sus primeros recuerdos era haber golpeado a otro niño en la escuela hasta hacerlo sangrar. Un par de cursos más adelante, le había pegado a un alumno más joven sin motivo ni provocación. Pero Byrne no era un tipo fuerte ni el líder de grupo alguno, sino un muchacho retraído y más bien solitario. Años después, le habló de aquellas agresiones a un psiquiatra al que visitaba periódicamente mientras estudiaba en la universidad. El médico le explicó que la primera se debía a los celos causados por el reciente nacimiento de su hermano, y la segunda había sido una manera indirecta de vengarse del maltrato constante recibido en el centro donde había estado interno, tras la muerte de sus padres. Sin embargo, el hermano de Byrne tenía ya cuatro años cuando la primera agresión, y la siguiente había ocurrido antes de que Byrne ingresara en el internado.
 
El trabajo en la librería le había aportado una tranquilidad desconocida para él hasta entonces. En realidad, Byrne tenía la impresión de vivir dos vidas simultáneas: por un lado, hacía frente a una inseguridad continua que a menudo se sentía incapaz de contener y le dificultaba la comunicación con las escasas personas a las que trataba día a día. Por otro, disfrutaba del aprecio incondicional de aquellas mismas personas, para quienes era un tipo digno de confianza, un compañero tal vez algo triste y tendente a la soledad, pero seguro de sí mismo y poseedor de unas convicciones que lo distinguían del resto de la gente y lo situaban por encima de la sordidez inherente a la vida cotidiana y al trato con los demás. Durante las ocasionales salidas después del trabajo, Byrne sabía mostrarse ocurrente y divertido, aunque no fuera especialmente hablador ni siquiera en los momentos más joviales. Pero al día siguiente, cuando cogía el autobús para ir a la librería, se sentía abrumado por una tristeza cercana al dolor ante escenas tan comunes en el transporte público como una madre sonriéndole a un bebé en el asiento contiguo al suyo, o al observar a dos niños, tal vez hermanos, charlando con las mochilas al hombro mientras aguardaban bajo la marquesina de la parada a resguardo de la lluvia.
 
Aunque Byrne nunca había olvidado del todo la vida anterior a su etapa universitaria, llevaba unos años trabajando en la librería cuando empezó a evocar con insistencia aquellas lejanas agresiones de los tiempos del colegio. Lamentaba la primera, porque recordaba a su víctima como uno de sus mejores amigos de entonces y se le antojaba un muchacho muy parecido a los que veía a diario esperando el autobús. Pero el pensar en la segunda no le resultaba ingrato, pues su compañero era tan cruel como cualquiera de los alumnos más fuertes, y aprovechaba su amistad con ellos para incitarlos a humillar y hacer daño a quien se le antojara. Con el tiempo, Byrne terminó por disfrutar del recuerdo de aquella agresión y de las sensaciones que traía consigo: mientras cerraba la puerta de la tienda después de una jornada de trabajo, sentado en autobús de vuelta a casa o cuando subía en el ascensor hasta el apartamento, volvía a notar el contacto de los nudillos al estrellarse contra el rostro de su compañero, la confusión y el miedo reflejados en sus ojos, el vértigo al comprobar su poder sobre alguien más débil físicamente, y aquello le producía un placer inesperado. Poco importaba que en el internado él mismo hubiera sufrido, día tras día, agresiones similares y toda clase de humillaciones por parte de sus compañeros. El compartir la condición de víctima no le provocaba compasión, como si la vida a esa edad no fuera más que un sufrimiento prolongado del que sólo se podían librar unos pocos.
 
Durante la época en la que tuvo la certeza de que su credibilidad profesional y el aprecio de sus compañeros estaban definitivamente afianzados, Byrne comenzó a despertarse en mitad de la noche y a dejar pasar los minutos recordando detalles de la segunda paliza, mientras oía la respiración pausada y sentía el calor del cuerpo que yacía a su lado bajo las sábanas. Pronto descubrió que necesitaba volver a vivir aquellas sensaciones, que no era suficiente con traerlas una y otra vez a su cabeza, distorsionándolas y difuminando sus trazos hasta hacerlo dudar de ellas, o de que los hechos evocados hubieran ocurrido exactamente como suponía él. Y no tardó en sospechar que lo que la vida le estaba ofreciendo era insignificante si se lo comparaba con la excitación que sentiría ante la posibilidad de disfrutar de una experiencia similar a las de sus años escolares. También sintió miedo al darse cuenta de que, en realidad, ahora le gustaría ir mucho más lejos. En la edad adulta a la que pertenecía, como miembro de una sociedad despiadada cuya vileza consciente y asumida parecía una simple puesta al día de la crueldad frívola e irreflexiva de episodios lejanos y olvidados por la mayoría, para que el gozo fuera pleno no bastaría con una paliza sino que debería llegar hasta el final, matando a su víctima. Byrne sintió cómo empezaba a difuminarse su interés por alicientes de la vida diaria a los que, sin embargo, trataba de aferrarse para no perder la cabeza ni desligarse por completo de aquella rutina protectora. Pero lo único importante en ese momento era poder escoger una víctima y matarla sin ser descubierto, y el deseo tan acuciante que aunque luego tuviera que compensar aquel acto ofreciendo su propia vida, el precio le habría parecido ínfimo.
 
Un atardecer de diciembre, Byrne bajó del autobús, cerró los botones del abrigo y echó a andar hacia el bloque de viviendas donde estaba su apartamento. Antes de llegar pudo ver a lo lejos, bajo la luz de las farolas que bordeaban un parque cercano, a una joven de su edad que venía en sentido contrario. Byrne redujo la marcha, se giró como si hubiera olvidado algo y siguió caminando. Al cabo de unos segundos, la joven pasaba a su lado y se encaminaba hacia un bosquecillo situado en uno de los extremos del parque. Byrne no tardó en alcanzarla, y en cuanto se aproximó a ella la golpeó con todas sus fuerzas en la espalda. La joven se vino abajo con un grito de sorpresa y dolor y Byrne la retuvo sentándose encima de su vientre y apoyando las rodillas en sus antebrazos. Se disponía a golpearla en el rostro pero fue incapaz, así que se puso en pie y se alejó corriendo.
 
Horas después, tumbado sobre la cama con la mirada fija en el resplandor proveniente de la ventana, Byrne tenía la impresión de haber envejecido cien años. Temía que en adelante su conciencia lo privara de todo sosiego y agradecía que algo en su interior le hubiera impedido ir más lejos, aunque en realidad sabía que su indecisión no había sido motivada por la piedad o los principios, sino por unos escrúpulos transformados en hábito cuya fuerza era mayor que la que lo había empujado a planear y finalmente llevar a cabo aquella agresión.
 
Sin embargo, al día siguiente se despertó lamentando no haber matado a su víctima, y con el transcurso de las horas se afianzó la certeza de que ninguno de los pequeños episodios que conformaban su vida diaria, y habían terminado por hacer de ella algo verdaderamente apreciable, tenía el más mínimo valor si se lo comparaba con aquel acto. Imaginó que de no lograr culminarlo no podría seguir viviendo, y su único temor ante el paso a dar no tuvo que ver con sus posibles consecuencias sino con una incapacidad de llegar hasta el final que surgiera en el último instante y lo forzara a sentirse, una vez más, como se estaba sintiendo ahora.
 
Dos días después, Byrne bajó del autobús en una parada anterior a la suya y caminó junto a los árboles en dirección a su casa por la orilla del río que atravesaba aquel distrito de las afueras. Dentro del bolsillo del abrigo sujetaba con la mano derecha la empuñadura de una navaja abierta. Tras varios minutos de trayecto solitario, su corazón latió con rapidez cuando oyó pisadas sobre el pavimento húmedo y vio acercarse entre las sombras una silueta esbelta, que unos metros más adelante resultó ser la de una mujer de mediana edad envuelta en un abrigo rojo. Mientras se aproximaba a ella, Byrne tomó aliento y trató de dominar el impulso de marcharse. La mujer parecía tener prisa y en ningún momento desvió la vista del frente, como si sus pensamientos se encontraran lejos de allí y no la asustara cruzarse con un desconocido en aquel lugar apartado y a una hora tardía. Al llegar a su altura Byrne se detuvo, la hizo girarse apoyando la mano izquierda en su hombro y pudo distinguir una mirada en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio y una agresividad inminente, pero antes de que ella actuara sacó del bolsillo la navaja y se la clavó en el cuello. La mujer retrocedió y terminó viniéndose abajo en medio de los matorrales y Byrne trastabilló, se derrumbó sobre ella y sintió en el rostro el suave contacto de su mejilla y el calor de la sangre. Cuando la mujer expiró, Byrne se hizo a un lado respirando con dificultad y quedó tendido boca arriba al abrigo de la espesura. Sentía algo que aunque no tenía nada que ver con el placer físico, lo llenaba de una plenitud mucho mayor que la que le habían aportado cualquiera de las relaciones sexuales más satisfactorias mantenidas hasta entonces, y estuvo seguro de que durante los segundos anteriores había sido verdaderamente feliz por primera vez en su vida. Se puso en pie, arrojó la navaja al centro del río y empujó el cadáver de su víctima hacia la orilla, y mientras lo veía desaparecer bajo el brillo plateado de la superficie se sucedieron dos pensamientos en su cabeza: Byrne se preguntó si un único acto como aquél, un acto aislado sin continuidad en el transcurso de una vida en la que el aprecio de los demás representaba el reflejo de un interior atribulado pero definitivamente satisfecho, era suficiente para echar por tierra la percepción que uno poseyera de sí mismo. Luego tuvo la impresión de haber obligado a su víctima a participar en una insólita partida de la que, contra todo pronóstico, por algún motivo él no había sido el ganador.  

lunes, 19 de enero de 2015

A NEW SHADE OF BLUE

Tom Carter trabajaba en la gasolinera de un pueblo de Texas a sesenta kilómetros de El Paso. Bobby Fuller se detuvo a repostar en una ocasión, y después de pagar le firmó un autógrafo y le estrechó la mano. Luego subió al coche y siguió su camino mientras Carter, parado frente al surtidor, lo veía alejarse.
En febrero de 1966, The Bobby Fuller Four sacaron el álbum I Fought The Law. Carter salió de trabajar, fue a comprarlo y lo pinchó en cuanto llegó a casa, antes de quitarse la cazadora y lavarse las manos grasientas. Desde que la había escuchado en la radio, no se le iba de la cabeza la versión del viejo tema de Sonny Curtis que daba título al disco. Pero ahora se sintió hechizado por la tercera canción de la cara A, “A New Shade of Blue”. Nunca había oído nada semejante. Volvió a pincharla un par de veces y escuchó el álbum entero mientras comía. Luego dedicó la tarde a reparar el motor de la camioneta que utilizaban en la gasolinera, y al anochecer entró en casa y cenó con el disco puesto. Se sentó cansado delante de la televisión, pero en seguida se levantaba para volver a escuchar “A New Shade of Blue”. Pasada la media noche, se tumbó en la cama y se durmió con las palabras de Fuller resonando melancólicas y certeras dentro de su cabeza.
Aunque al día siguiente no trabajaba, Carter se levantó temprano. Fue hasta la estantería donde guardaba sus discos. Cogió el de The Bobby Fuller Four para escuchar de nuevo “A New Shade of Blue”, y al sacarlo de la funda se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Lo recogió inquieto, lo pinchó y comprobó que se había rallado la cara A. Tenía que ir a comprar otra copia. Iba a vestirse cuando se le ocurrió encender la radio: Steve Nichols, un conocido con quien solía coincidir los viernes por la noche en los bares de la ciudad, quizá emitiera la canción desde la emisora donde trabajaba. Al cabo de un rato, Carter pudo oír, conmovido, los primeros compases de “A New Shade of Blue”. Pero la canción terminó dos minutos y cincuenta y tres segundos después, y a continuación Nichols siguió emitiendo los temas que Carter escuchaba habitualmente. Apagó la radio, se vistió, salió a la calle, subió al coche, y en unos minutos aparcaba frente a la tienda de discos. Entró, se hizo con una copia del álbum y la pagó, la joven dependienta lo miró con extrañeza mientras salía. Carter condujo de vuelta a casa. Después de pasar por delante de la emisora redujo la velocidad, dio marcha atrás y se detuvo frente al pequeño edificio. Vio al locutor al otro lado de la ventana de la planta baja, con el micrófono cerca de la boca. Nichols gesticulaba, manipulaba discos y activaba controles, parecía que hablara solo. Carter lo observó un rato. Luego bajó del coche y entró en el local. Cuando Nichols lo vio, se puso en pie y salió de la sala de control para saludarlo. Carter le pegó un puñetazo que lo hizo caer, entró en la sala y cerró la puerta con llave. No le costó dar con el disco que buscaba; lo sacó de la funda y emitió “A New Shade of Blue”, Nichols le había explicado cómo se hacía. Antes de que la canción terminara, oyó los golpes del repuesto Nichols contra la puerta. Se levantó, abrió y de un puñetazo mandó a Nichols fuera de la emisora. Después regresó a la sala, volvió a pinchar la canción y siguió pinchándola a lo largo del día, ignorando las llamadas telefónicas de los indignados oyentes. Estaba anocheciendo cuando los agentes de policía aparcaron delante de la emisora, irrumpieron en la sala echando la puerta abajo y redujeron a Carter. Lo sacaron a la calle esposado, ante la mirada curiosa de los que se reunían frente al local. La mayoría lo tomaban por loco y unos cuantos lo felicitaban. Carter pidió disculpas a Nichols. La semana siguiente fue juzgado (aunque Nichols no puso denuncia) y condenado a sesenta días de cárcel por alterar el orden. Cuando salió de prisión volvió a su trabajo en la gasolinera de aquel pueblo de Texas. 

lunes, 20 de octubre de 2014

THE LAST KISS

Wilson aguarda a Jean sentado bajo una sombrilla junto a la piscina del hotel. Un botones sube al Pontiac rojo parado frente a la entrada y lo conduce hacia el aparcamiento. Desde la ventana abierta de una habitación, atenuado por el ruido del oleaje, llega el “The Last Kiss” de Wayne Cochran interpretado por Pearl Jam. Más allá de la línea de palmeras, Wilson divisa la puesta de sol sobre el Océano Pacífico. Cientos de personas recorren de un lado a otro el paseo marítimo. Wilson lleva un rato observando a la turista rubia que trepa hasta el nivel más alto del trampolín, se tira al agua de cabeza, hace dos largos de piscina, sale del agua, sube de nuevo al trampolín y vuelve a tirarse al agua. Durante más de media hora repite el mismo itinerario. Mientras termina su bebida, Wilson se da cuenta de que la turista tiene el rostro de Jean. Es Jean, pese a que Jean siempre ha sido pelirroja. Pero no se decide a levantarse para salir de allí con ella. Tienen que marcharse de San Diego antes de que anochezca, los dos saben lo que va a sucederles si se quedan en la ciudad después de la puesta de sol, pero Wilson no es capaz de levantarse, y la turista que es Jean sigue saltando desde el trampolín y nadando en la piscina. Cuando al fin logra ponerse en pie, Wilson siente un mareo. Su vista se nubla, se viene abajo y trata de apoyarse en la pared. Pero no hay pared, la más cercana está a doscientos metros, la del muro de hormigón que rodea la piscina. Wilson abre los ojos y comprende que no se llama Wilson, que su nombre ha sido siempre Richardson, que se encuentra en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín y que lleva allí los últimos doce años. Recorre la celda de un lado a otro recordando la mañana de febrero de 1998 en que descubrió la cabeza de Jean tirada al fondo de un callejón de Bridgeport, unos minutos antes de que la policía se presentara en la pensión donde se habían alojado. No puede discernir nada de lo sucedido antes o después de aquello, sólo la sangre seca sobre la nieve y la impresión de entender algo que en seguida olvidó y los pasos de los agentes a su espalda. Richardson se deja caer en la silla. Los guardianes vienen a buscarlo, lo sacan de la celda y lo conducen por el corredor hacia el lugar de la ejecución. Las palabras “dead man walking!” todavía resuenan en su cabeza mientras lo sujetan a la camilla y unas manos enguantadas le frotan los brazos con alcohol y le aplican las inyecciones. Imagina el dolor que va a sentir dentro de unos minutos cuando el alcaide haya dado la señal y la ejecución se lleve a cabo. Siente la asfixia, los espasmos, el intenso calor en las venas, un calor inaguantable, infinito: el calor de los rayos de sol que acarician su rostro sin afeitar, el calor del sol del mediodía que reverbera sobre la carrocería de los automóviles que pasan en una y otra dirección mientras él se aleja del arrabal de San Diego caminando bajo la sombra escasa de las palmeras. “Jean, ¿dónde estás?”, piensa. “¿Es que nunca podré escapar de California?”

jueves, 9 de enero de 2014

LA CHICA DEL VIDEOCLUB

A Javier
Durante un par de años hubo en mi pueblo dos videoclubs, uno situado bajo los soportales de la Calle Real y el otro en la calle de las afueras que conduce hasta la estación de ferrocarril. Éste era mi preferido, no porque tuviera muchas películas sino porque algunas eran viejos clásicos que siempre había querido ver, títulos algo olvidados que los más mayores recordaban haber visto en el cine y quizá luego en algún lejano pase televisivo. Allí alquilé La jungla en armas, La venganza del bergantín, Tambores lejanos o Pasos en la niebla. El propietario era un tipo de pocas palabras que se parecía a David Johansen y pronto me saludaba con cierta familiaridad. Debí de ser uno de los clientes más asiduos de aquel videoclub, hasta que lo cerraron por motivos que nunca estuvieron del todo claros. Así que tuve que volver al local más concurrido de la Calle Real, donde había la oferta habitual de grandes producciones como Ben-Hur, Estación polar Cebra, Cimarrón o El coloso en llamas, películas que alquilaban al final de la semana los niños que salían del colegio, las madres que hacían la compra o los padres a la vuelta del trabajo, para ver en familia el sábado por la noche.

Cuando yo tenía catorce años, empezó a trabajar en el videoclub una chica de unos veinte que venía de una aldea cercana y vivía en un pequeño edificio de las afueras. Hacía piragüismo, era alta y muy guapa y tenía un cuerpo esbelto y vigoroso, y un aire exótico y agitanado, que causaron sensación en la zona e hicieron que con su llegada aumentara la clientela masculina de la tienda. A decir verdad, a mí no me atraía demasiado: mucho más que las chicas de mi edad o que la diosa del videoclub, me gustaban las atractivas y cuarentonas dependientas de las mercerías, fruterías, zapaterías, pescaderías, panaderías y papelerías del pueblo, a las que veía trabajar al otro lado de los escaparates cuando pasaba por delante. Empecé a frecuentar aquellas tiendas y a charlar con sus empleadas o con sus dueñas con una falta de timidez que me sorprendió a mí mismo. Alguna me consideraba un pobre diablo y otras me trataban con cierta simpatía y parecían alegrarse al verme llegar, aunque no acababan de entender qué pintaba por allí tan a menudo.

Quien no me consideraba un pobre diablo era mi amigo Miguel, un chaval que repetía por tercera vez primero de BUP cuando llegué al instituto. Miguel era un tipo de una pieza, jugaba muy bien al balonmano, las chavalas del pueblo estaban locas por él y siempre acababa liado con alguna los sábados por la noche, lo que sentaba muy mal a sus compañeros de clase. El primer día del curso tuvimos que sentarnos juntos porque sólo quedaba libre aquella mesa. Por la tarde, ya hablábamos con familiaridad de la música que nos gustaba escuchar, de las hostias que pegaban en el colegio donde resultó que habíamos estudiado ambos, de alumnos del internado a los que no habíamos vuelto a ver, de la lancha motora que mis padres compraron cuando nací yo y fue una de las la primeras del pueblo, o de nuestras películas favoritas. Durante las semanas siguientes, a la vez que nos hacíamos amigos, una extraña hostilidad por parte de compañeros y profesores iba creciendo en torno a nosotros. Yo evitaba salir al pasillo si determinados alumnos pasaban en ese momento, y Miguel dejó de frecuentar algunos bares donde, cuando entraba con una chica, siempre había alguien que terminaba por empujarlo o por hacer caer su vaso tratando de provocar una pelea.

Miguel tenía una cierta facilidad para enamorarse. Además, se indignaba cuando en una película o en la vida real alguien hacía sufrir a una mujer, y sostenía con conmovedora convicción que a violadores y a maltratadores, como primera medida y al margen de otras disposiciones legales, había que caparlos a martillazos. A él sí le gustaba la chica del videoclub, y le atraía más a medida que iban pasando las semanas. Los sábados por la noche recorríamos los bares y las discotecas del pueblo en su busca, pero siempre la encontrábamos tomando una copa o bailando con su novio, un caimán de los alrededores al que me sonaba haber visto ganar alguna competición de piragüismo. Cuando yo iba a alquilar una película, Miguel venía conmigo y fingíamos que la cuenta era suya para pagar él y así tener ocasión de hablar con la dependienta. Ella siempre se dirigía a nosotros con una mezcla nada calculada de amabilidad e indiferencia, y sin dedicarnos nunca más palabras de las imprescindibles. Si nos cruzábamos por la calle, respondía algo sorprendida a nuestro saludo porque no nos había reconocido. Cuando entrábamos en la tienda, apenas levantaba la mirada de la revista que estaba leyendo al ver llegar a dos chavales cuyos rostros quizá le resultaran lejanamente familiares.

Fueron pasando los meses, y después de una larga y confusa sucesión de expulsiones del instituto, bromas crueles, humillaciones, agresiones, peleas, faltas a clase y suspensos, terminó el curso y llegó el verano. Miguel no podía quitarse de la cabeza a la chica del videoclub, y con una mezcla de ilusión y melancolía esperaba verla remar río abajo durante el descenso que tenía lugar a principios de julio, coincidiendo con el comienzo de las fiestas locales. El día anterior, a media tarde, las calles del pueblo se iban llenando de vecinos que volvían de la playa, de familias que vivían en aldeas cercanas o de chavales que venían de otros municipios para disfrutar de una noche animada y previsiblemente violenta. Había un anhelo palpable de bronca colectiva y una violencia implícita en gestos y miradas, y a lo largo de las horas siguientes más de un chaval de fuera iba a verse envuelto en una pelea con quince o veinte del pueblo, de la que saldría en ambulancia y sin ganas de volver a poner un pie por allí.

Miguel y yo entramos en unos bares, evitamos otros, hablamos con amigos y conocidos, tomamos bastantes copas y acabamos en una discoteca del centro, no porque nos gustaran el ambiente o la música (aunque a veces ponían alguna canción buena), sino porque era donde paraban los piragüistas a esa hora. Vi a la chica del videoclub en la pista, bailando al ritmo del “Red Red Wine” de Neil Diamond interpretado por UB40, mientras su novio charlaba con remeros del equipo local en las mesas del fondo, tal vez de la competición que se iba a celebrar al día siguiente y probablemente fuera a ganar alguno de ellos. Si un desconocido de su edad o de la de Miguel aparecía con una chica como aquélla, en un cuarto de hora podía salir de allí con los pies por delante, y quizá también le cayera alguna hostia a ella. Pero a la chica del videoclub y a su novio parecían respetarlos tanto los demás piragüistas como el resto de la gente. Miguel aún no se había dado cuenta de que no estaba sola, y mientras yo me dirigía a uno de los camareros fue hasta la pista y empezó a bailar muy cerca de ella. No tardó en situarse a su lado, buscando una comunicación que, por la forma en la que ella seguía moviéndose sin hablarle ni mirarlo, pronto comprendí que no se iba a dar. Miguel insistía, echando mano de tácticas bien ensayadas que habrían funcionado con cualquier otra chica del local pero no estaban funcionando con la única que le gustaba a él. Me volví hacia las mesas y observé a los piragüistas. El novio de la chica del videoclub parecía sentirse a gusto, charlaba con unos y con otros, bebía un trago y de vez en cuando miraba la pista y contemplaba a su novia con orgullo mal disimulado. A pesar de su aspecto algo amenazador, se veía a la legua que no era mal tipo y que la quería, y también que no le estaba quitando el ojo de encima a Miguel. Decidí aconsejar a mi amigo que dejara las cosas donde estaban, pero acabó dándose por vencido y antes de que yo me levantara regresó a la barra con aire abatido.

–Nada, tío, no hay manera –dijo en voz alta para hacerse oír por encima de la música y el ruido. Terminamos las consumiciones, salimos de la discoteca y nos alejamos calle abajo abriéndonos paso entre la multitud. Pronto llegamos a una zona tranquila de las afueras, desde donde se veían los bares del puerto y el extremo del puente que salva el último tramo del río y constituye el acceso principal al pueblo. Caminamos unos minutos por la orilla y nos detuvimos en un parque con árboles y bancos de madera algo alejado del centro. Contemplamos en el agua el reflejo de las luces de las aldeas desperdigadas entre los montes del otro lado. Se me pasó por la cabeza que quizá un día sería conveniente marcharse de allí, conocer otras gentes y otros lugares, pero en aquel momento Miguel sólo podía pensar en la chica del videoclub, así que ya habría tiempo para hablar de eso en otra ocasión. Estuvimos un rato parados en silencio frente al río mientras llegaban a nuestros oídos los ruidos lejanos de la fiesta. Luego decidimos volver a nuestras casas. De regreso hacia el centro, nos desviamos por una calle tranquila en la que nunca se veía a nadie a esa hora y pasamos por detrás del edificio donde vivía la chica del videoclub. Sabíamos que había alquilado uno de aquellos apartamentos de la planta baja cuyas habitaciones traseras, debido al desnivel del terreno, estaban a la altura de un primer piso. Sin decir una palabra, aminoramos el paso hasta detenernos debajo de una ventana que supusimos la suya y miramos hacia arriba. A un par de metros por encima de nuestras cabezas había un tendal para la ropa, y de él colgaban varias prendas entre las que pudimos distinguir unas bragas de satén negro que parecían brillar a la luz de la luna. Hice ademán de seguir adelante, pero Miguel no se había movido ni apartaba la vista del tendal. Aunque nunca lo había pensado antes, en ese momento se me ocurrió que no me importaría hacerme con unas bragas, lavadas o no, de alguna de mis queridas dependientas. Me acerqué hasta él.

–Tienen que ser suyas –murmuró–. Cómo me gustaría conseguirlas…

–A lo mejor puedes cogerlas de un salto –propuse.

Dudó unos segundos, quizá preguntándose qué iba a pensar ella cuando, al día siguiente, descubriera la ausencia de las bragas. Luego tomó impulso mientras yo me hacía a un lado y saltó con todas sus fuerzas, pero el tendal estaba fuera de su alcance. Volvió a intentarlo tres o cuatro veces con el mismo resultado. El ruido de sus pisadas al caer resonaba por toda la calle. Alguien abrió una ventana en el edificio de enfrente, y al volvernos hacia allí vimos a un tipo de unos sesenta años que nos estaba observando desde una habitación con la luz apagada en la tercera planta. Después de aquellos intentos fallidos, deliberamos un momento y decidimos que uno de nosotros trepara por encima del otro, se pusiera de pie sobre sus hombros, se apoyara con una mano en la pared y con la otra tratara de alcanzar el tendal. Yo era el más delgado y Miguel el más fuerte, así que juntó las manos, puse un pie encima de ellas y haciendo un esfuerzo subí hasta su espalda. Luego él se irguió todo lo que pudo y yo, sin apartar la mano izquierda del punto de apoyo, estiré el brazo derecho hacia la cuerda del tendal de la que colgaban las bragas.

–¿Qué, lo estáis pasando bien, mierdecillas? –exclamó de pronto el tipo de la ventana. –¿Queréis que vaya ahí?

Conseguí acercarme al tendal unos centímetros más.

–¿Me estáis oyendo, mamones? –insistió el de la ventana al no obtener respuesta.

–¡Que te jodan! –dijo Miguel tratando de no cambiar de posición.

–Si pudieras moverte un poco hacia delante… –murmuré a la vez que intentaba no perder el equilibrio. Miguel avanzó un paso, pero tuve que apoyarme en la pared con las dos manos porque estaba a punto de caer. Volví a intentarlo, y mis dedos casi habían alcanzado las bragas cuando Miguel se giró ligeramente a la izquierda.

–¿Pasa algo? –pregunté.

–¡Apura, Toñito, que viene la poli! –exclamó.

Al volver la cabeza pude ver un coche de la policía municipal que doblaba una esquina entre dos edificios y avanzaba hacia nosotros desde el otro extremo de la calle. Con un último esfuerzo, conseguí sujetar las bragas y me vine abajo mientras oía cómo se desprendían de las pinzas haciendo vibrar la cuerda del tendal. Miguel me ayudó rápidamente a levantarme.

–¿Estás bien? –dijo, y tras mi respuesta afirmativa añadió: –¿las tienes?

–Aquí están –respondí mostrándole las bragas, y él sonrió y me apoyó una mano en un hombro. Notamos en la cara el resplandor de los faros. El coche aumentó la velocidad, el tipo de la ventana empezó a vociferar y nosotros salimos por pies con las bragas a buen recaudo, rehicimos a trompicones el camino andado y huimos a todo correr por la orilla del río. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

LA ESTELA DEL GUERNESEY

1
Paul Durand logró avistar por encima de la bruma, un poco a babor de su rumbo, la parte alta de un monte que se alzaba cerca de la costa hacia donde se dirigían. El sol había brillado unos minutos entre las cambiantes nubes produciendo destellos plateados sobre la superficie del agua, pero ahora se convertía de nuevo en un disco difuso al suroeste y el mar adquiría un tono acerado. La proa del Guernesey se elevaba y se hundía embistiendo las olas y salpicando los corredores. Durand volvió a sentir la extraña mezcla de nostalgia, pereza y alivio habitual en cada recalada. El final de la travesía estaba más próximo, aunque a medida que acortaban la distancia hacia tierra su anhelo por emprender el viaje de regreso empezaba a confundirse con una incómoda incertidumbre. Miró a un lado: Saulnier, de pie junto al pasamano de babor, contemplaba las aguas embravecidas y el lejano punto verdoso a proa. Su expresión se había endurecido en un gesto que Durand conocía de otras ocasiones y siempre anticipaba problemas. Saulnier le dio la espalda y descendió la escala. Durand comprendió que pronto retomaría la discusión con Christine, comenzada un rato antes en la cabina. Saulnier parecía sentir un extraño placer al herirla, lo que, para su propia sorpresa, había incomodado a Durand desde el inicio de la travesía. Recordó la tarde lluviosa en que los vio bajar del tren que llegó a la estación de La Rochela procedente de París. Algo en Christine le produjo una simpatía inmediata, y durante la breve conversación que mantuvieron mientras caminaban hacia el hotel se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba recordando sin pesadumbre su propia vida en la capital. Pero Christine no era asunto suyo, así que se limitaba a gobernar el barco y hacer las escalas previstas por Saulnier hasta que la travesía tocara a su fin. Luego terminaba también su contrato y podría volver a casa con algo de dinero. Habían pasado seis años desde su partida, y no dejaba de repetirse que ya no había motivo por el que las cosas no fueran a ir bien en adelante.
2
El Guernesey estaba fondeado a un cuarto de milla de tierra. Apoyado en la regala, Durand contemplaba la costa frondosa y escarpada, cortada en seco por acantilados de veinte o treinta metros contra los que rompía el oleaje. En una zona donde la pendiente era menos abrupta la bajamar dejaba al descubierto una playa de arena blanca, flanqueada por dos elevadas formaciones rocosas cubiertas de vegetación que se adentraban en el agua disminuyendo de altura y terminaban en afiladas crestas salpicadas de espuma. Las gaviotas posadas sobre una de ellas levantaron el vuelo y se alejaron hacia el mar sin prestar atención al barco. Durand distinguió en el cielo nublado la figura de un ave rapaz que sobrevolaba el bosque al acecho de alguna presa. Christine y Saulnier salieron a cubierta. Como de costumbre, la expresión afable de Christine no era fingida ni descubría rastro de la disputa, pero Durand leyó en la mirada de Saulnier una hostilidad que nunca había percibido antes, y de la que ella no parecía ser consciente. Después de echar un vistazo a la costa, Christine se hizo sitio entre ellos y Durand sintió en la mejilla su pelo agitado por el viento. Aguardó a que comentaran algo acerca del accidentado litoral, pero Christine y Saulnier seguían callados.
–¿Qué te parece? –le dijo al fin a ella volviendo la cabeza hacia la playa. Christine sonrió.
–No lo imaginaba así. La playa es un poco lúgubre, y hay demasiadas rocas. Y ese bosque...
Saulnier iba a interrumpirla con gesto contrariado, pero Christine se apartó y subió al puente.
–Espero que el agua no esté demasiado fría –dijo.
–No irás a saltar desde ahí –repuso Saulnier.
Christine se agachó para descalzarse y se quitó la camiseta y el pantalón corto. Luego trepó al pasamano y mantuvo un difícil equilibrio sobre la barra metálica. Cuando estaba a punto de caer tomó impulso, estiró los brazos y las piernas en el aire y entró en el agua verticalmente. Durand consideró que había hecho un salto brillante, mientras la veía desaparecer bajo la superficie y emerger unos segundos después a varios metros del barco. Christine levantó un brazo por encima de las olas.
–¡Os estoy esperando! –exclamó.
–¿A esta hora? –dijo Durand–. ¡Es tarde para mí!
Christine hizo un gesto de desdén y volvió a sumergirse. Saulnier se quitó la camisa, y en su camino hacia la escala de popa apartó a Durand con un empujón en un hombro antes de que éste pudiera hacerse a un lado para dejarlo pasar. Durand bajó la vista. Recordó la pelea que Saulnier y unos amigos habían provocado delante de un bar la noche de su llegada, que terminó cuando a alguien le rompieron un vaso en la cara y el dueño llamó a la policía. Al día siguiente, mientras desayunaban en un café del puerto esperando a que Saulnier prestara declaración, Durand se había preguntado cómo Christine no sentía vergüenza por el modo en que la trataba. Se aproximó a la borda y la observó. Aunque no era la primera vez que la veía nadar en solitario cerca del barco, nunca le había atraído tanto como en ese momento. Christine se sumergió de nuevo y estiró los brazos hasta tocar con la punta de los dedos una roca cubierta de algas, entre las que desapareció rápidamente un banco de peces. Durand oyó un chapoteo junto a la popa. Saulnier se acercó hasta ella bajo el agua, salieron a la superficie y bracearon en dirección a la playa. Christine parecía haber olvidado por completo a Durand. A pesar de la desazón que le producía ver a Saulnier nadando a su lado, y de vez en cuando sujetándole los tobillos o hundiéndole la cabeza debajo de una ola, Durand la siguió durante todo el trayecto. Christine y Saulnier salieron del agua, dieron unos pasos indecisos por la orilla y se derrumbaron sobre la arena muy cerca de la rompiente. Saulnier estaba situado frente a Christine y de espaldas al mar, de manera que Durand ya no podía verla. Subió al puente, se sentó en el asiento frente a la rueda del timón y observó la tonalidad grisácea que la luz del atardecer les daba al bosque y a los acantilados. Le pareció que el frío aumentaba, así que sacó la cazadora del tambucho y se la puso. Volvió la vista y contempló el mar y la línea brumosa del horizonte. Pese a lo que hubiera podido suceder antes en la cabina, no ignoraba que Saulnier y Christine debían de estar pasando un buen rato en la playa. Inevitablemente, una vez más, recordó su estancia en París. Se había trasladado con su mujer al poco de casarse, para empezar a trabajar como conductor en una empresa de transportes. Entonces aún no sabían que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar y de lo que tenían en común. Luego hubo cortos períodos en los que todo pareció ir bien, pero fue sólo un espejismo. Decidieron separarse después de cuatro años en los que ninguno llegó a saber exactamente lo que perseguían, pero sí que no lo habían encontrado. Incapaz de seguir en París más tiempo, terminó por pedir una excedencia, hacer las maletas y marcharse a la costa, donde un amigo lo contrató en su empresa de servicios náuticos. Durante las primeras semanas, mientras caminaba por la marina seca entre las embarcaciones con la carena a medio pintar o se desprendía del olor a gasoil y pescado reseco tomando una cerveza al caer la tarde, se sorprendía echando de menos a su mujer, y evitaba preguntarse si habría sido posible encontrar alguna otra solución.
3
Anochecía cuando Christine y Saulnier regresaron al barco dando cansinas brazadas. En el puente, Durand contemplaba el horizonte rojizo, de nuevo despejado por los frecuentes cambios de viento en aquellas latitudes. Al oír el chapoteo de los cuerpos saliendo del agua le molestó que su sosiego se viera alterado, pero le agradó oír la voz temblorosa de Christine, que le pedía su ropa desde la bañera. Cogió las prendas que había dejado encima del asiento y se las echó, ella las atrapó al vuelo, se lo agradeció con una sonrisa y desapareció dentro de la cabina. Después de secarse, Saulnier arrojó la toalla sobre una colchoneta y levantó la vista hacia el puente. Durand se apartó de la escala, avanzó unos pasos y apoyó los dedos en las cabillas de la rueda del timón. Pudo avistar la silueta lejana de un mercante que navegaba con rumbo norte, tal vez con la misma derrota que iban a tomar ellos dentro de un par de días. Saulnier cerró de golpe la puerta de la cabina. Durand imaginaba lo que vendría a continuación, y no le agradaba pensar en cómo Saulnier seguiría mortificando a Christine durante la travesía de regreso. Recordó a algunas mujeres, tan diferentes en todo de ella, que había conocido en La Rochela durante aquellos seis años. También tuvo cierta curiosidad por saber dónde paraba la que había compartido su vida con él, aunque eso lo entristeció. En realidad, sentía un vértigo soterrado ante la idea de volver a casa.
Un ruido cercano sacó a Durand del sopor en que se encontraba. Abrió los ojos y miró alrededor, pero el barco no había cambiado de posición. Ya era de noche, debía de llevar más de una hora en el puente. Observó el hermoso cielo estrellado. Aunque notaba algo de frío, no tenía ganas de bajar y encontrar a Saulnier en la cabina. Cerró la cremallera y subió el cuello de la cazadora. Un objeto de cristal estalló contra un mamparo. Durand se puso en pie precipitadamente al oír a Christine gritar su nombre. Descendió de un salto e intentó abrir la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave. Oyó un portazo proveniente de los camarotes de proa y llamó a Christine sin obtener respuesta. Tomó carrerilla, se lanzó contra la puerta y notó cómo cedía. Iba a cargar otra vez cuando Saulnier abrió, salió a cubierta envuelto en un fuerte olor a alcohol y se paró en seco al verlo. Durand se fijó en su mirada, Saulnier se abalanzó sobre él y Durand le asestó un cabezazo en el rostro que lo mandó hacia atrás con la nariz y la boca manchadas de sangre. Saulnier se desplomó a un lado de la puerta a la vez que Durand bajaba la escalera. Vio a Christine tumbada frente a los camarotes y atravesó la cabina temiendo lo peor. Una de las puertas estaba abierta, la sangre goteaba del picaporte. Durand se agachó junto a Christine, sus dedos se deslizaron por el pelo ensangrentado y se detuvieron sobre una herida en el cuero cabelludo. Cuando le tomó el pulso, comprobó que estaba muerta. Bajó la cabeza y se llevó una mano a la frente.
–Christine –murmuró.
Se quedó a su lado un momento. Luego se irguió y tanteó entre las sombras del camarote, hasta dar con el chal que Christine solía ponerse sobre los hombros los días de mal tiempo. Tuvo la impresión de que Saulnier estaba en lo alto de la escalera.
–¡La has matado! –exclamó mirando hacia allí–. ¡Maldito loco hijo de puta, la has matado!
No obtuvo respuesta. Se acercó hasta la radio, descolgó el auricular y trató de sintonizar la onda costera. Oyó pisadas descendiendo los escalones. En el momento de girarse, Saulnier le mandó un golpe que Durand paró instintivamente con los brazos. El auricular saltó por los aires y Durand y Saulnier se enzarzaron a puñetazos. Chocaron contra una lámpara que se desprendió del mamparo y la cabina quedó en penumbra. Durand estuvo a punto de caer al tropezar con un banco. Saulnier lo arrinconó contra la escalera, pero resbalaron en las cartas esparcidas a sus pies y se vinieron abajo. Durand notó como algo de cristal se rompía bajo su espalda. Recibió un puñetazo en la nariz mientras trataba de incorporarse y cayó a un lado con el sabor de la sangre en los labios. Saulnier se aferró a su garganta. Dominando la desesperación que empezaba a sentir, Durand le pegó varios puñetazos en la cabeza hasta que logró quitarlo de encima. Saulnier lo golpeó en la sien y Durand le devolvió el golpe, saltó sobre él y le asestó un rodillazo en la mandíbula. Saulnier dejó de moverse. Durand se levantó respirando con dificultad y contuvo el impulso de patearle la cabeza. En vez de eso, lo arrastró a trompicones hasta uno de los camarotes, lo arrojó entre las literas y bloqueó la puerta con ayuda de un cabo. Aunque ya no sirviera de nada, se veía dominado por el ansia de apartar a Saulnier de Christine, de alejarlo de ella. Atravesó la cabina, se reclinó agotado en la mesa de cartas y se limpió la sangre de la cara con un pañuelo. La luz tenue de la única lámpara intacta le permitía percibir los vasos rotos, las toallas, los chalecos salvavidas, los derroteros y el instrumental esparcidos por el interior del barco. Frente a los camarotes distinguía el contorno del cuerpo de Christine bajo la tela del chal. “Salir pronto de aquí”, pensó. “Volver pronto a casa”.
4
Con el cambio de marea, sólo una escasa franja de arena y algunas rocas al fondo de la playa quedaban a resguardo de las olas. Apoyado en la regala, mientras sentía el olor a vegetación proveniente de tierra, Durand contemplaba el perfil de bosques y acantilados recortado contra el cielo nocturno. Saulnier llevaba un rato golpeando la puerta del camarote. Durand oyó el sonido de un motor que se confundía con el ruido del oleaje. Volvió la vista: las luces de la lancha patrullera se aproximaban por estribor bordeando la costa.