jueves, 20 de enero de 2022

LA MAESTRA

El colegio de monjas donde cursábamos preescolar los niños del pueblo se alza en lo alto de un terreno elevado de las afueras. Es un edificio muy grande en forma de U con un patio rodeado de jardines entre los que se distingue la alta verja metálica. De su interior recuerdo, de manera difusa, las interminables escaleras y los pasillos pintados de blanco, largos y silenciosos, con una cruz de madera colgada en la pared del fondo.

Al contrario que en el colegio donde luego estudiaría la EGB, durante los dos años de preescolar no vi ninguna bofetada. Pero eran habituales los llantos cuando castigaban a algún chaval mayor que nosotros y lo traían a nuestras aulas para que lo viéramos los pequeños, o cuando por algún motivo un compañero lloraba mientras los demás cantábamos a coro antes de entrar en clase a primera hora de la mañana.

Yo también lloré los primeros días, cuando tenían que llevarme a la fuerza por un pasillo ya vacío hasta la puerta del aula, pero enseguida me acostumbré al ambiente insospechadamente acogedor que me esperaba dentro. La maestra era una monja joven de rostro agradable y sonriente, vestida con falda y camisa caquis y chaqueta azul marino, que se ocupaba sin aparente dificultad, con mano firme, paciencia, buen humor y sorprendente ternura, de empezar a educar a aquel grupo de niños uniformados y montaraces. Tal vez fuese su corte de pelo, o su atuendo diferente de lo que estábamos acostumbrados a ver, lo que le daba un curioso aire anticuado, como si perteneciera a una década anterior o fuera a quedar instalada para siempre en aquellos años setenta.

Muy pronto la tristeza que yo sentía los primeros días al subir las escaleras y recorrer los pasillos, o al andar solo por el patio durante los recreos, desaparecía en cuanto la maestra cerraba la puerta del aula y empezaba la clase. Aquellas tempranas lecciones, que en principio parecían tan complicadas, terminaron convirtiéndose en algo entretenido y agradable gracias a sus palabras animosas y alentadoras, y la inseguridad y la soledad iniciales no tardaron en desvanecerse al sentarme ella junto a los compañeros con quienes mejor me entendía.

Pero los años de preescolar pasaron deprisa, y una mañana de septiembre me encontré en medio del bullicio reinante en el patio del colegio cercano, mientras esperábamos el comienzo de la primera clase de la EGB y mirábamos con cierto recelo al profesor que nos habían atribuido. Después de que nos ordenara formar una fila, el profesor abofeteó a un alumno interno que no sabía exactamente dónde colocarse. Al cabo de unos minutos, en el momento de echar a andar hacia el aula, levanté la vista y por encima del muro de cemento que rodeaba el patio pude distinguir, en lo alto del terreno elevado, la planta superior y las ventanas de las aulas adonde había acudido el curso anterior.

La parada de los autobuses escolares estaba situada frente al colegio de monjas, así que de vez en cuando veía casualmente a la maestra antes de volver a casa. Ella, con la sonrisa y la cordialidad habituales, me preguntaba cómo me iba en el nuevo colegio o me hablaba de antiguos compañeros que ahora estudiaban en centros de otros pueblos de la comarca. Pero para entonces los años de preescolar parecían algo lejano y un poco ridículo, y yo ya me sentía a gusto en aquel ambiente recién descubierto, bronco y algo surrealista, de amigos, buen humor, bofetadas a mansalva, personajes inefables y situaciones esperpénticas. Ocho años después terminé la EGB, entré en el instituto y di los primeros pasos, inevitablemente azarosos, en dirección a la vida adulta. Los cursos de preescolar se habían perdido en la distancia del tiempo, ninguno de nosotros parecía recordarlos ya, y a la maestra no volví a verla.

Hace unos años, ojeando fotografías de mi infancia guardadas en una caja de cartón, me encontré con la instantánea de una fiesta de Navidad en el colegio de monjas. Allí aparecía la maestra rodeada por un grupo de niños entre los que estaba yo. Sonreí con inesperada nostalgia al ver aquella foto. Durante los días siguientes, mientras la vida cotidiana discurría con sus vaivenes habituales, volvieron a mi cabeza recuerdos de una época que hasta entonces consideraba borrada de mi memoria. Me sorprendía tener presentes, con paulatina claridad, sensaciones pertenecientes a un tiempo al que nunca había dado especial importancia, como si en realidad mis vivencias hubieran comenzado más tarde. Se diría que la traza de alguna de esas vivencias, una traza marcada a fuego en mi interior, se difuminaba ahora ante la expresión de un rostro honesto cuyo recuerdo parecía regresar con fuerza desde el pasado. Contemplando la foto del colegio, no tardé en comprender que bajo la tutela de aquella maestra, en el interior de aquella aula, conocimos la única etapa de nuestra vida donde nunca existieron la vergüenza, el sentimiento de culpa, la soledad o el miedo. 

viernes, 10 de diciembre de 2021

EN EL BOSQUE

Agotado, Portero se detuvo un instante, se limpió la sangre del rostro con la manga de la camisa y observó las crestas rocosas que se recortaban contra un cielo plomizo al término de laderas boscosas y escarpadas. Pero sus captores lo hicieron avanzar con brusquedad y los tres hombres siguieron caminando monte arriba. De mañana, las gentes incorporadas al bando nacional que controlaban la comarca habían asesinado a varios habitantes del pueblo. Si dos de sus vecinos libraron a Portero del paredón, era sólo para interrogarlo en algún lugar apartado: se decía que su padre, alcalde fallecido a los pocos días del alzamiento, había escondido en el bosque un dinero adquirido de forma ilegal cuando era joven.

Los tres hombres seguían una senda apenas perceptible entre la espesura. Algunas pistas que iban dejando atrás –el muro derruido de un viejo molino, un riachuelo espumeante, una peña cubierta de musgo– le indicaban a Portero que se acercaban no a donde estaba oculto un dinero inexistente surgido de la imaginación popular y la envidia, sino al único lugar en el que podía tener una oportunidad de librarse de la tortura y la muerte. Tropezó con una raíz, se vino abajo, se incorporó y continuó la marcha. La sangre seca en su nariz y sus cejas le producía una sensación de mareo. Aquella mañana había celebrado no tener parientes vivos cuyo asesinato lamentar. Recordó a las patrullas registrando las casas, a las mujeres que lloraban y gritaban mientras se llevaban a sus hombres, las detonaciones tras la tapia del cementerio y la embriaguez y la locura que parecían haberse apoderado de unos jóvenes que apenas dos años antes habían sido sus compañeros de escuela. De vez en cuando echaba un vistazo hacia arriba, y a la luz triste del atardecer podía ver las copas de los árboles bajo el cielo invernal. Su corazón latió con rapidez al reconocer el terreno y darse cuenta de que cada vez se hallaban más cerca del punto del bosque al que deseaba llegar. Unos minutos después, los tres hombres se adentraron en una zona especialmente frondosa que Portero conocía muy bien, y a los pocos metros se detuvo frente a un árbol caído. Sus captores le ordenaron seguir caminando y uno de ellos lo golpeó con la culata del fusil, pero Portero repuso que era precisamente allí, bajo aquel grueso tronco, donde estaba escondido el dinero. Tras la incredulidad inicial, los dos hombres consideraron que no perdían nada por comprobar si aquello era cierto, así que lo enviaron al suelo de un empujón y le ordenaron cavar. Portero escarbó con las manos, y pronto tocó la bolsa de tela en la que guardaba una pistola cargada con la que le gustaba disparar en aquel rincón apartado en los tiempos de escuela. Uno de sus captores se había sentado en el tronco a su derecha con el fusil apoyado en las rodillas, y el otro estaba en pie a su izquierda con el arma colgada del hombro. Portero tenía las muñecas debajo del árbol. Siguió cavando, y pasados unos segundos tiró de la bolsa hacia afuera mientras introducía la mano derecha en la tela y asía la culata. Luego se irguió y abrió fuego contra el hombre a su derecha y contra el que se hallaba a su izquierda antes de que éste lograra apuntarle con el fusil. Sus captores se vinieron abajo en medio del humo y Portero echó a correr hacia el interior del bosque con el propósito de alcanzar en unas horas la zona republicana.

miércoles, 26 de junio de 2019

LA CONQUISTA DEL OESTE

El cine del pueblo estaba en un viejo edificio situado cerca del puerto pesquero, y allá por la década de los ochenta caminábamos hasta allí los días nublados de verano en los que volvíamos pronto del mar a causa de la lluvia. Era un amplio local con suelo de madera, escenario con pesadas cortinas rojas para representar obras teatrales, y en la primera planta una platea (el “gallinero”) y un bar (el ambigú) que recordaba a los de las fotografías del Oeste americano, adonde subíamos a comprar bebidas y chocolatinas durante la pausa en las proyecciones especialmente largas (pausa anunciada por un cartel que aparecía en la pantalla con el texto “visite el ambigú” escrito a bolígrafo). La programación constaba fundamentalmente de cuatro tipos de películas: subproductos italianos o norteamericanos; estrenos que llegaban con dos o tres años de retraso; clásicos de los cincuenta y primeros sesenta (como las magníficas El hombre de las pistolas de oroLa conquista del Oeste y Las nieves del Kilimanjaro); y películas eróticas que proyectaban los jueves por la noche y a cuyos pases no podíamos acudir, lo que las rodeaba de un halo de leyenda (especialmente cuando pusieron una en tres dimensiones), aunque paliábamos la prohibición contemplando las fotografías de la vitrina con las preceptivas estrellitas sobre los pezones de las actrices.

Los domingos de invierno yo coincidía en la cola de la taquilla con mis amigos del colegio sin que fuera necesario quedar antes. En una ocasión fui con mi hermano a ver Terminator en el primer pase de la tarde, pero la película ya había empezado y no nos dejaron entrar por no tener la edad permitida. Había éxitos rotundos, como la cinta de acción automovilística y tono humorístico Los locos de Cannonball, con Burt Reynolds y Farrah Fawcett, que a causa de la gran afluencia de público volvieron a proyectar el domingo siguiente. También se llenó la sala con Karate Kid, película de aprendizaje y artes marciales durante cuyo clímax se podía sentir la tensión en las butacas, y la concurrencia, emocionada, aplaudía cada vez que el joven y atribulado protagonista salía victorioso de un asalto. Ciertos títulos hacían surgir sentimientos insospechados en algunos espectadores: al final de Gremlins, cuando el viejo chino va a la casa del protagonista para arrebatarle el simpático y entrañable monstruillo, en el gallinero oí cómo un chaval de uno de los barrios más duros del pueblo, indignado, amenazaba con pegarle una hostia al asiático si se lo llevaba.

Era normal vacilar al acomodador, que armado con su linterna buscaba por el pasillo entre las filas de butacas a los elementos perturbadores. En Conan el destructor, en el momento en que se enfrentan mentalmente el brujo bueno y el brujo maléfico y vence aquél, alguien empezó a aplaudir de cachondeo contagiando al resto de la sala, que rompió en aplausos mientras continuaba la proyección. Aquello me pareció la cumbre de la hilaridad, así que unas semanas después, durante el pase de Comando Patos Salvajes (una italiana de acción protagonizada por el gran Lee Van Cleef), les dije a mis amigos que aplaudiéramos tras presenciar una frenética persecución automovilística, pero en seguida tuvimos que parar al ofrecernos dos hostias un fulano sentado con su novia en la fila de delante. A veces, la complejidad de lo que veíamos en la pantalla era involuntaria: cuando pusieron El jinete pálido, un western duro y brioso que me fascinó, el proyeccionista se equivocó con el orden de los rollos de película, de manera que se produjeron elipsis bruscas y sorprendentes y las escenas se sucedían en un orden difícil de seguir.

En la oscuridad de aquella sala espaciosa y acogedora descubrí lugares que me cautivarían y asociaría en mi imaginación con los bosques y las playas de aguas verdes de los alrededores, como los Mares del Sur de Los piratas de las islas salvajes o la junglas sudamericanas de Tras el corazón verde La selva esmeralda. Otras películas me conmovían y me permitían asomarme a lo que intuía que era la vida adulta, entre ellas las inolvidables, especialmente para quienes teníamos once o doce años, Único testigo, La rosa púrpura del Cairo y Cotton Club. A estas dos últimas me llevaron mi tío y su novia sendas noches lluviosas después de comprar tres curcuchos de patatas fritas en un puesto del cercano mercado municipal que abría los domingos. Durante el pase de la primera, me estremecí con la escena en la que Harrison Ford y Kelly McGillis bailan al ritmo del Wonderful World de Sam Cooke en el interior de un granero, y me costó semanas olvidar el perturbador momento en que se besan arrebatadoramente por primera vez.

Cuando mi padre nos venía a buscar al terminar las películas, le pedía los carteles al propietario del cine. Uno de los que conservo hoy es el de La conquista del Oeste, superproducción de principios de los años sesenta que para nosotros tenía la curiosidad de contar en su reparto con un joven George Peppard, en aquellos tiempos célebre entre los chavales de mi edad por protagonizar la serie televisiva El equipo A. Era una película de tres horas dirigida por Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, y su larga duración permitía pasar media tarde instalados cómodamente en las butacas. En la pantalla, James Stewart, John Wayne, Karl Malden, Carroll Baker, Carolyn Jones, Richard Widmark, Lee J. Cobb y Gregory Peck entre otros. La música de Alfred Newman. La familia cuáquera que canta El hogar en la pradera al son de un acordeón a orillas del río. El viejo trampero enamorado diciéndole a su futura y joven esposa que va a sentar cabeza para casarse con ella. El muchacho que vuelve de la guerra convertido en adulto. La estampida de bisontes. El tiroteo del final sobre un tren en marcha rodado en espectacular formato panorámico. El visionado de La conquista del Oeste, con su épica de buena ley, su ritmo, su lírica emocionada, su reparto de grandes actores, sus personajes tan reales que parecían de carne y hueso, y esos anhelos y esas grandes dificultades y esas pequeñas victorias que, de alguna forma, anticipaban otros tantos que la vida real nos depararía años después, fue una de las impresiones mas imperecederas y es uno de los recuerdos más hermosos y duraderos de mi ya lejana infancia.  

martes, 21 de febrero de 2017

AL ANOCHECER


They can’t hang me. I’m already dead. I’ve been dead a long, long time.
Jim Thompson
Michael Byrne había descubierto el impulso de matar a los veintisiete años, cuando trabajaba en una librería del centro de Londres, vivía en un pequeño apartamento de las afueras y tenía relaciones esporádicas con compañeras de su misma edad o con alguna cliente algo mayor. Uno de sus primeros recuerdos era haber golpeado a otro niño en la escuela hasta hacerlo sangrar. Un par de cursos más adelante, le había pegado a un alumno más joven sin motivo ni provocación. Pero Byrne no era un tipo fuerte ni el líder de grupo alguno, sino un muchacho retraído y más bien solitario. Años después, le habló de aquellas agresiones a un psiquiatra al que visitaba periódicamente mientras estudiaba en la universidad. El médico le explicó que la primera se debía a los celos causados por el reciente nacimiento de su hermano, y la segunda había sido una manera indirecta de vengarse del maltrato constante recibido en el centro donde había estado interno, tras la muerte de sus padres. Sin embargo, el hermano de Byrne tenía ya cuatro años cuando la primera agresión, y la siguiente había ocurrido antes de que Byrne ingresara en el internado.
 
El trabajo en la librería le había aportado una tranquilidad desconocida para él hasta entonces. En realidad, Byrne tenía la impresión de vivir dos vidas simultáneas: por un lado, hacía frente a una inseguridad continua que a menudo se sentía incapaz de contener y le dificultaba la comunicación con las escasas personas a las que trataba día a día. Por otro, disfrutaba del aprecio incondicional de aquellas mismas personas, para quienes era un tipo digno de confianza, un compañero tal vez algo triste y tendente a la soledad, pero seguro de sí mismo y poseedor de unas convicciones que lo distinguían del resto de la gente y lo situaban por encima de la sordidez inherente a la vida cotidiana y al trato con los demás. Durante las ocasionales salidas después del trabajo, Byrne sabía mostrarse ocurrente y divertido, aunque no fuera especialmente hablador ni siquiera en los momentos más joviales. Pero al día siguiente, cuando cogía el autobús para ir a la librería, se sentía abrumado por una tristeza cercana al dolor ante escenas tan comunes en el transporte público como una madre sonriéndole a un bebé en el asiento contiguo al suyo, o al observar a dos niños, tal vez hermanos, charlando con las mochilas al hombro mientras aguardaban bajo la marquesina de la parada a resguardo de la lluvia.
 
Aunque Byrne nunca había olvidado del todo la vida anterior a su etapa universitaria, llevaba unos años trabajando en la librería cuando empezó a evocar con insistencia aquellas lejanas agresiones de los tiempos del colegio. Lamentaba la primera, porque recordaba a su víctima como uno de sus mejores amigos de entonces y se le antojaba un muchacho muy parecido a los que veía a diario esperando el autobús. Pero el pensar en la segunda no le resultaba ingrato, pues su compañero era tan cruel como cualquiera de los alumnos más fuertes, y aprovechaba su amistad con ellos para incitarlos a humillar y hacer daño a quien se le antojara. Con el tiempo, Byrne terminó por disfrutar del recuerdo de aquella agresión y de las sensaciones que traía consigo: mientras cerraba la puerta de la tienda después de una jornada de trabajo, sentado en autobús de vuelta a casa o cuando subía en el ascensor hasta el apartamento, volvía a notar el contacto de los nudillos al estrellarse contra el rostro de su compañero, la confusión y el miedo reflejados en sus ojos, el vértigo al comprobar su poder sobre alguien más débil físicamente, y aquello le producía un placer inesperado. Poco importaba que en el internado él mismo hubiera sufrido, día tras día, agresiones similares y toda clase de humillaciones por parte de sus compañeros. El compartir la condición de víctima no le provocaba compasión, como si la vida a esa edad no fuera más que un sufrimiento prolongado del que sólo se podían librar unos pocos.
 
Durante la época en la que tuvo la certeza de que su credibilidad profesional y el aprecio de sus compañeros estaban definitivamente afianzados, Byrne comenzó a despertarse en mitad de la noche y a dejar pasar los minutos recordando detalles de la segunda paliza, mientras oía la respiración pausada y sentía el calor del cuerpo que yacía a su lado bajo las sábanas. Pronto descubrió que necesitaba volver a vivir aquellas sensaciones, que no era suficiente con traerlas una y otra vez a su cabeza, distorsionándolas y difuminando sus trazos hasta hacerlo dudar de ellas, o de que los hechos evocados hubieran ocurrido exactamente como suponía él. Y no tardó en sospechar que lo que la vida le estaba ofreciendo era insignificante si se lo comparaba con la excitación que sentiría ante la posibilidad de disfrutar de una experiencia similar a las de sus años escolares. También sintió miedo al darse cuenta de que, en realidad, ahora le gustaría ir mucho más lejos. En la edad adulta a la que pertenecía, como miembro de una sociedad despiadada cuya vileza consciente y asumida parecía una simple puesta al día de la crueldad frívola e irreflexiva de episodios lejanos y olvidados por la mayoría, para que el gozo fuera pleno no bastaría con una paliza sino que debería llegar hasta el final, matando a su víctima. Byrne sintió cómo empezaba a difuminarse su interés por alicientes de la vida diaria a los que, sin embargo, trataba de aferrarse para no perder la cabeza ni desligarse por completo de aquella rutina protectora. Pero lo único importante en ese momento era poder escoger una víctima y matarla sin ser descubierto, y el deseo tan acuciante que aunque luego tuviera que compensar aquel acto ofreciendo su propia vida, el precio le habría parecido ínfimo.
 
Un atardecer de diciembre, Byrne bajó del autobús, cerró los botones del abrigo y echó a andar hacia el bloque de viviendas donde estaba su apartamento. Antes de llegar pudo ver a lo lejos, bajo la luz de las farolas que bordeaban un parque cercano, a una joven de su edad que venía en sentido contrario. Byrne redujo la marcha, se giró como si hubiera olvidado algo y siguió caminando. Al cabo de unos segundos, la joven pasaba a su lado y se encaminaba hacia un bosquecillo situado en uno de los extremos del parque. Byrne no tardó en alcanzarla, y en cuanto se aproximó a ella la golpeó con todas sus fuerzas en la espalda. La joven se vino abajo con un grito de sorpresa y dolor y Byrne la retuvo sentándose encima de su vientre y apoyando las rodillas en sus antebrazos. Se disponía a golpearla en el rostro pero fue incapaz, así que se puso en pie y se alejó corriendo.
 
Horas después, tumbado sobre la cama con la mirada fija en el resplandor proveniente de la ventana, Byrne tenía la impresión de haber envejecido cien años. Temía que en adelante su conciencia lo privara de todo sosiego y agradecía que algo en su interior le hubiera impedido ir más lejos, aunque en realidad sabía que su indecisión no había sido motivada por la piedad o los principios, sino por unos escrúpulos transformados en hábito cuya fuerza era mayor que la que lo había empujado a planear y finalmente llevar a cabo aquella agresión.
 
Sin embargo, al día siguiente se despertó lamentando no haber matado a su víctima, y con el transcurso de las horas se afianzó la certeza de que ninguno de los pequeños episodios que conformaban su vida diaria, y habían terminado por hacer de ella algo verdaderamente apreciable, tenía el más mínimo valor si se lo comparaba con aquel acto. Imaginó que de no lograr culminarlo no podría seguir viviendo, y su único temor ante el paso a dar no tuvo que ver con sus posibles consecuencias sino con una incapacidad de llegar hasta el final que surgiera en el último instante y lo forzara a sentirse, una vez más, como se estaba sintiendo ahora.
 
Dos días después, Byrne bajó del autobús en una parada anterior a la suya y caminó junto a los árboles en dirección a su casa por la orilla del río que atravesaba aquel distrito de las afueras. Dentro del bolsillo del abrigo sujetaba con la mano derecha la empuñadura de una navaja abierta. Tras varios minutos de trayecto solitario, su corazón latió con rapidez cuando oyó pisadas sobre el pavimento húmedo y vio acercarse entre las sombras una silueta esbelta, que unos metros más adelante resultó ser la de una mujer de mediana edad envuelta en un abrigo rojo. Mientras se aproximaba a ella, Byrne tomó aliento y trató de dominar el impulso de marcharse. La mujer parecía tener prisa y en ningún momento desvió la vista del frente, como si sus pensamientos se encontraran lejos de allí y no la asustara cruzarse con un desconocido en aquel lugar apartado y a una hora tardía. Al llegar a su altura Byrne se detuvo, la hizo girarse apoyando la mano izquierda en su hombro y pudo distinguir una mirada en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio y una agresividad inminente, pero antes de que ella actuara sacó del bolsillo la navaja y se la clavó en el cuello. La mujer retrocedió y terminó viniéndose abajo en medio de los matorrales y Byrne trastabilló, se derrumbó sobre ella y sintió en el rostro el suave contacto de su mejilla y el calor de la sangre. Cuando la mujer expiró, Byrne se hizo a un lado respirando con dificultad y quedó tendido boca arriba al abrigo de la espesura. Sentía algo que aunque no tenía nada que ver con el placer físico, lo llenaba de una plenitud mucho mayor que la que le habían aportado cualquiera de las relaciones sexuales más satisfactorias mantenidas hasta entonces, y estuvo seguro de que durante los segundos anteriores había sido verdaderamente feliz por primera vez en su vida. Se puso en pie, arrojó la navaja al centro del río y empujó el cadáver de su víctima hacia la orilla, y mientras lo veía desaparecer bajo el brillo plateado de la superficie se sucedieron dos pensamientos en su cabeza: Byrne se preguntó si un único acto como aquél, un acto aislado sin continuidad en el transcurso de una vida en la que el aprecio de los demás representaba el reflejo de un interior atribulado pero definitivamente satisfecho, era suficiente para echar por tierra la percepción que uno poseyera de sí mismo. Luego tuvo la impresión de haber obligado a su víctima a participar en una insólita partida de la que, contra todo pronóstico, por algún motivo él no había sido el ganador.  

domingo, 10 de julio de 2016

JOHN GRIFFIN

John Griffin llegó a la costa al límite de sus fuerzas. Llevaba varias horas corriendo y ocultándose entre la espesura. Durante los primeros minutos había dejado atrás la posada y había salido de la aldea sin apenas volver la cabeza, y una vez en el bosque se sintió más seguro. Pero sabía que pronto repararían en su ausencia, así que en cuanto perdió de vista las casas echó a correr entre los árboles, reduciendo la marcha si sentía que su pecho iba a estallar y retomando el ritmo cuando se había recuperado un poco. Ahora, desde lo alto de la ladera, contemplaba con estupor, como si no acabara de creer lo que estaba viendo, la inmensidad azul que se perdía en el horizonte. Sólo Hayes, el único muchacho de su edad en aquella banda de ladrones de la que ambos formaban parte, había intentado huir con anterioridad, y en seguida lo encontraron. Griffin se preguntó si andarían ya tras su pista. Pero, aunque así fuera, no tardarían en darlo por perdido en aquella zona de grandes acantilados, donde era fácil errar el camino y despeñarse contra las rocas.
Recorrió un trecho al abrigo de los árboles, y cuando la oscuridad cubría la costa salió al descubierto y corrió a través de los campos. La luz de la luna brillaba por momentos, pero pronto volvía a desaparecer por detrás de las cambiantes nubes. Griffin cruzó un riachuelo tratando de no resbalar sobre las piedras y se encontró en la linde de un prado descendente sobre el que destacaba la figura solitaria de un árbol. El ruido del oleaje resonaba ahora mucho más próximo. Griffin siguió adelante, pero se detuvo al distinguir a lo lejos la silueta de un edificio. Recordó haber oído a Hayes hablar de una mansión erigida tiempo atrás por Lord Wyndham, un gran señor de la zona. Fuera aquel edificio o no, el lugar le pareció ideal para ocultarse durante la noche. Echó a andar a paso ligero y de inmediato lo asaltó un pensamiento silenciado hasta entonces bajo otros temores más apremiantes. Según Hayes, una noche de invierno como aquélla Wyndham había azotado a su hijo menor hasta matarlo, sin que nadie llegara a saber el motivo. Su esposa y el primogénito huyeron de la vivienda y corrieron hacia el pueblo donde vivían los padres de ella, pero se equivocaron de dirección, se apartaron de los caminos y terminaron cayendo al mar desde lo alto de un acantilado. Wyndham fue detenido, juzgado y condenado a la horca gracias al testimonio de sus sirvientes y a la mediación de los parientes de su mujer, y nadie volvió a habitar la mansión. Sin embargo, algunos pastores que al anochecer recorrían la costa de regreso a sus casas aseguraban haber visto a lo lejos el fantasma del hijo de Lord Wyndham. Cuando Griffin escuchaba a Hayes no había dado importancia a lo que entonces consideraba meras supersticiones, pero ahora, mientras avanzaba por el camino que se perdía en la oscuridad para conducir sin duda hasta la entrada del edificio, aquel relato no le parecía tan descabellado. Se paró tras haber recorrido unos metros. Se veía incapaz de seguir adelante, pero tampoco podía retroceder. Recordó la mañana en que Anderson, Gilder y Brennan habían salido en busca de Hayes. Regresaron sin él unas horas después, pero todos sabían que su cadáver quedaba en el fondo del mar con una piedra al cuello. Griffin siguió avanzando con fingido aplomo. Trató de apartar de su imaginación la voz de Hayes hablando del fantasma del joven Wyndham, pero le parecía oírla con tanta claridad como si su amigo caminara a su lado. El viento agitaba la hierba y sacudía las ramas del árbol que acababa de dejar atrás. Griffin aceleró la marcha. Pisó charcos, resbaló en el barro, tropezó con las piedras esparcidas por el camino, dobló una curva tras otra evitando desviar la mirada del frente, y al cabo, después de bordear un último recodo cubierto de vegetación, la silueta del edificio surgió ante sus ojos y se recortó contra el cielo, proyectando la sombra de sus dos torres sobre lo que un día debió de haber sido un amplio jardín. Griffin se detuvo y las observó, luego se acercó con paso dubitativo hasta la fachada. Se paró junto a la escalinata que conducía hacia la entrada principal y miró a su alrededor tratando de percibir algo bajo la luna que brillaba entre las nubes. Pudo distinguir una maraña de vegetación en torno a los muros de la vivienda y los primeros árboles de un bosque cercano, de dónde provenía el fragor del oleaje al romper contra los acantilados. Se dejó caer en el último peldaño de la escalinata. Estaba agotado y hambriento. Tenía los pies empapados y su ajada vestimenta apenas lo protegía del frío nocturno. Se puso en pie, subió la escalinata y se paró frente a la entrada. Después de un instante de indecisión, empujó la pesada puerta de madera y entró. En cuanto pisó el vestíbulo lanzó un chillido y retrocedió de un salto: había visto su propia imagen en un espejo cubierto de telarañas. Se tranquilizó poco a poco, temblando de frío y sonriendo con nerviosismo ante su ridícula reacción. Se dijo a sí mismo que no había nada que temer. Recorrió el vestíbulo y llegó hasta una estancia espaciosa cuyo único mobiliario consistía en una mesa situada encima de una alfombra en el centro de la pieza. A su derecha había una amplia chimenea, y frente a él dos ventanas con los cristales rotos permitían que la luz de la luna se proyectara sobre la maltratada superficie de madera. Por una de ellas podía ver el bosque y los acantilados, y por la otra la escalinata que daba acceso a la mansión, las curvas del camino, el prado en pendiente y el árbol solitario que había dejado atrás media hora antes. Acercó el rostro a la primera y sintió el olor del aire marino y de la vegetación húmeda y frondosa. Al oír una ola que rompió con estruendo, se estremeció pensando que el mar se revolvía contra el nuevo ocupante de aquella vivienda maldita. Apartó esa idea de su cabeza y se sentó en el suelo junto a la chimenea. Allí dentro no parecía haber fantasma alguno.
Griffin estaba cansado, pero el suyo era un cansancio muy diferente del miedo y la extenuación que sentía cuando al final de la jornada se reunía con sus compañeros en algún lugar convenido. Sentía una curiosa satisfacción por haber salvado la vida llegando hasta allí sin ayuda de nadie, y por primera vez se dio cuenta de que echaba de menos a Hayes. Apretó los brazos contra el cuerpo para darse calor. Sus ojos estaban a punto de cerrarse, vencidos por la fatiga, cuando oyó arreciar el viento. Las nubes se desplazaron y en cuestión de segundos la estancia quedó tan en penumbra como si alguien hubiera corrido una cortina por delante de las ventanas. Griffin se irguió y pegó la espalda a la pared. Su vista se acostumbró a las tinieblas a la vez que se desvanecía la efímera sensación de seguridad que había llegado a tener durante los minutos anteriores. Recordó el relato de Hayes, y no pudo evitar preguntarse si el hijo de Lord Wyndham habría muerto en ese mismo lugar. Tuvo la impresión de que el frío aumentaba. Se incorporó, y después de observar un momento la oscuridad del vestíbulo se desplazó hasta la ventana orientada hacia el bosque. El bramido del mar volvía a parecerle ahora un sonido amenazador. Giró la cabeza, y al dirigir la mirada hacia la otra ventana pudo avistar una figura a caballo que desaparecía por detrás de una curva, muy cerca ya de la mansión. Corrió a ocultarse bajo la mesa; unos segundos después, se asomó levemente y vio cómo el jinete doblaba el frondoso recodo que indicaba el final del camino, se paraba un momento delante del edificio y seguía cabalgando hacia el bosque. Griffin aguardó expectante sin moverse de su escondite. Al cabo de pocos minutos el jinete cabalgó de regreso. Griffin lo vio aproximarse a la parte delantera de la mansión y tirar de las riendas hasta detener su montura al pie de la escalinata. El jinete levantó la vista hacia la fachada del edificio, luego miró a un lado y a otro como si buscara algo en la oscuridad. Finalmente desmontó, miró a su alrededor una vez más y comenzó a subir la escalinata a paso lento, aunque sin llegar a detenerse. Griffin lo perdió de vista cuando se acercaba a la puerta, pero el silbido del viento no le impidió distinguir las pisadas que pronto resonaron por el interior del vestíbulo. Se ocultó bajo la mesa a la vez que el recién llegado avanzaba unos pasos y se paraba ante la estancia en la que se encontraba él. Aunque no podía ver su rostro, Griffin había reconocido ya el andar seguro, los hombros anchos, la cabeza erguida y el torso esbelto de Anderson. Éste no se movía del vestíbulo ni apartaba la mirada del frente: tampoco podía ver a Griffin a causa de la penumbra, pero si las nubes volvían a desplazarse la luz de la luna llegaría a los distintos recodos del salón y la mesa dejaría de servirle de escondite. Por un instante, Griffin pensó en arrastrarse en silencio hacia la ventana para tratar de huir a través del bosque. Pero Anderson lo vería en el momento de salir y continuaría la búsqueda el tiempo necesario, convencido ya de su presencia en los alrededores. Además, Griffin no conocía la zona y temía terminar cayendo desde un acantilado como la esposa y el hijo de Lord Wyndham. Por otro lado, no estaba seguro de que Anderson tuviera la certeza de que él se ocultaba dentro de la vivienda: en ese caso habría pronunciado su nombre en voz alta y habría entrado sin vacilar, y en vez de eso seguía parado delante del salón, como abrumado por una indecisión extraña en él. Anderson hizo amago de avanzar pero no llegó a moverse de donde estaba. Aguardó unos segundos, luego desapareció en la oscuridad del vestíbulo y sus pisadas indicaron que retrocedía de regreso a la escalinata. Griffin se irguió con precaución y lo vio descender los escalones, montar apresuradamente, picar espuelas y tirar de la rienda en dirección al camino. Anderson dobló el recodo cubierto de vegetación y durante los minutos siguientes la silueta de jinete y montura apareció y desapareció entre las curvas, hasta terminar difuminándose por completo en la lejanía. Griffin reclinó la espalda contra una pata de la mesa, exhausto y temeroso aún de salir de su escondite. Notaba en todo el cuerpo el agotamiento de la jornada. Sus ojos se cerraban, sintió un súbito temor ante la posibilidad de quedarse dormido. Movió la cabeza y trató de permanecer despejado, pero acabó cediendo al sueño y se deslizó sobre la madera hasta quedar tumbado en el suelo, mientras la luz de la luna iluminaba de nuevo el interior del salón.
Griffin notó en el rostro el calor del sol. Abrió los ojos y se estremeció al darse cuenta de que ya era de día. Por un instante tuvo la impresión de que lo habían descubierto y Anderson aguardaba en pie frente a él, pero pronto comprendió que estaba solo en aquella estancia de la mansión. Se incorporó ayudándose de la mesa y anduvo hasta la ventana orientada al camino: desde allí pudo ver las sinuosas curvas, el prado en pendiente y el árbol solitario mecido por la brisa, y también alcanzó a avistar entre las diferentes tonalidades de verde el riachuelo que había cruzado la noche anterior. A la luz de la mañana, la zona parecía tan despoblada como lo había estado horas atrás, mientras avanzaba en dirección a la mansión. Antes de salir se paró un momento frente al espejo del vestíbulo, por cuya puerta abierta entraba el aire marino, y contempló su propia imagen. Luego descendió la escalinata, echó un último vistazo al camino y se alejó en dirección contraria siguiendo un sendero que discurría a través del bosque. De vez en cuando miraba a un lado, y más allá de los árboles y la maleza veía las velas de los barcos que se aproximaban a la costa o ponían rumbo a mar abierto.

domingo, 22 de mayo de 2016

PARIS 15

La jornada del recepcionista nocturno en un hotel parisino de dos estrellas deja mucho tiempo para pensar, leer, ver una película o hacer lo que uno quiera. En general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad, pero de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Ayer, a eso de las cuatro de la mañana, entró en la recepción un tipo de veinte años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta y la policía, a quien había llamado él, estaba a punto de llegar. Antes de que pudiera responderle,  entró un agente y me dijo que necesitaban saber urgentemente si existía aquella puerta trasera, y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel o a uno de los apartamentos contiguos. Detrás de la recepción hay una puerta cerrada que da a la calle, así que busqué la llave entre los manojos guardados en el cajón del mostrador. Interrumpió la búsqueda otro agente que me ordenó seguirlo de inmediato, aunque antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle trasera los demás policías estaban bastante irritados por mi tardanza, pero su compañero les explicó que yo había tenido que tomar medidas antes de venir para no tener problemas en mi trabajo. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta, y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. La habitación era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba un camión de los bomberos. En aquella habitación se hospedaban dos personas con apellido anglosajón y allá fuimos, unos en ascensor y otros por las escaleras. Una vez en la sexta planta, le di la llave maestra al agente que dirigía la operación y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en un extremo del pasillo. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo y a continuación se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y alzó la diestra a la altura de la culata de la pistola. Retrocedí hasta el ascensor preguntándome si realmente una situación como aquella podía degenerar en un tiroteo. Pasados unos segundos oí cómo los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. Al cabo salió un policía de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con una mirada su opinión sobre aquellos fulanos y se fue escaleras abajo. Dejé pasar los minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté a un bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que era el recepcionista, y me dijo que bajara si quería. En la recepción aguardaban un italiano con sus maletas, un ruso que necesitaba saber cómo funcionaba la conexión de internet, dos francesas que querían pagar la estancia para no tener que hacer cola al día siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Mientras iban bajando bomberos y policías invité al ruso a sentarse en la salita contigua, hice la llegada del italiano, y me disponía a cobrarles a las francesas cuando el agente al mando les preguntó si no les molestaba esperar un momento. Ellas asintieron sonriendo con timidez y el policía, más que nada por guardar las formas, procedió a tomar mis datos y los del testigo. Éste estaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, pero el agente le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a colaborar, pero el agente sonrió.
–Era broma –dijo.
Mientras tanto, policías y bomberos bajaban las escaleras, charlaban e iban saliendo. Me pregunté cuántas historias similares estarían sucediendo en ese momento en otras zonas de la ciudad. Al cabo de unos minutos, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré la estancia a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del ruso que tenía dificultades para conectarse a internet. Corrí hasta la salita pero no estaba allí: debía de haber subido a su habitación, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Al volver a la recepción observé los árboles de la calle y la boca del metro bajo la primera luz del amanecer. Luego me acomodé en el sillón tras el mostrador, encendí el flexo y retomé la lectura.

sábado, 21 de noviembre de 2015

SOUS LE CIEL DE PARIS


El bullicioso barrio de Montmarte, donde mi mujer tiene una tienda, silencioso y vacío. El tiempo tormentoso, el hastío, el volver a vivir lo vivido. Sus lágrimas cuando hace cinco semanas estalló una bomba en Ankara, su rabia y su desprecio contra quienes organizaron el atentado y contra quienes permitieron que se llevara a cabo. El tono reposado con el que, tiempo atrás, me contó que hace treinta años uno de sus hermanos mayores, miembro voluntario de una guerrilla kurda, falleció durante un combate en la frontera entre Turquía e Irak. Sus ocasionales silencios, que como dice mi madre son los mismos en los que se sumía mi abuelo a lo largo de los años posteriores a la guerra civil. Su falta de miedo hoy, sus recuerdos de infancia raramente invocados: el silbido de las balas por delante de las ventanas, la presencia constante de militares, las continuas idas y venidas, las familias vecinas con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el aprender a no decir nada, el duelo permanente de jóvenes y adultos.
***
El respeto de algunos automovilistas ante el tráfico cortado durante la manifestación que se organizó en París después del atentado de Ankara y el sonido de los cláxones de otros, mientras en el aire de aquella agradable tarde de otoño se respiraba que en cuestión de meses (que al final resultaron ser semanas) algunos de los allí presentes, independientemente de nuestros orígenes, formaríamos parte del siguiente balance de heridos y muertos. La presencia policial nada rutinaria en los puntos del metro más insospechados, cubriendo entradas y salidas con una mirada nueva y cargada de significado mientras los usuarios les echamos una rápida ojeada y bajamos la vista al pasar frente a ellos. La ausencia de reservas para los próximos meses en el hotel donde trabajo, las continuas anulaciones de otras que fueron hechas antes del trece de noviembre. El gesto grave en el rostro del repartidor de ropa limpia desde que la noche del viernes se quedó bloqueado con el camión de camino a un hotel del distrito 10 y oyó los disparos. La tristeza en la mirada de gentes a las que trato cada día y la frivolidad y la despreocupación en la de otras, las opiniones sensatas e inteligentes y las estúpidas o interesadas. La certeza de que en los próximos meses a padres, cónyuges o hermanos de muchos de nosotros se los informará del fallecimiento de algún pariente en un atentado, y de que eso no va a suceder únicamente en Francia, Bélgica, Turquía o Malí. La descripción minuciosa durante los informativos de la batalla campal en el piso de Saint-Denis entre policías y terroristas, que cabe calificar de heroica por parte de los primeros. Las llamadas telefónicas de familiares y amigos, las sonrisas y el sentido del humor y las ganas de vivir, como si la vida tuviera un sabor renovado ahora que sabemos mejor que nunca que la vida no vale nada. Las voces de la gente paseando por las calles, las luces del barrio que empiezan a encenderse al caer la tarde, el sonido de los trenes que van y vienen de París al final del día o al comienzo de una nueva jornada.

sábado, 18 de abril de 2015

EL CABALLERO Y LA DAMA

Sir Gareth se puso en pie con esfuerzo ayudándose del estribo de su caballo. Estaba herido en el pecho. Frente a él, sobre la hierba empapada de sangre, yacían los cadáveres de su escudero y de los tres salteadores que los habían atacado. En el fondo del valle distinguía ya las casas de la aldea. Allí le curarían la herida y podría mandar a alguien para que se hiciera cargo del escudero. Envainó la espada. Se quitó la capa y cubrió con ella al hombre que había embarcado con él en Portsmouth cuatro años antes, que lo había acompañado durante la sangrienta campaña de Francia, y que cabalgaba a su lado de regreso después de haber desembarcado en tierra inglesa días atrás. Le dio la espalda. Intentó montar a caballo, pero el dolor se lo impidió y tuvo que apoyarse en el lomo del animal. Pasados unos segundos, echó a andar hacia el valle tirando de las riendas. Se internó en un bosque atravesado por un sendero, se detuvo bajo los árboles y observó la herida entre los intersticios de la cota de malla. Levantó la vista hacia el cielo cubierto. Tenía que llegar a la aldea antes de que estallara la tormenta. Oyó pisadas que se aproximaban y se volvió con la mano en la empuñadura. Una mujer apartó unas ramas al borde del sendero, avanzó unos pasos y se reclinó, a punto de desfallecer, sobre el tronco caído de un árbol. Era joven, tendría su misma edad, y parecía una dama, a pesar de sus ropas rasgadas y de su cabello desgreñado. Sir Gareth se acercó hasta ella. La dama trató de retroceder, pero fue incapaz y se dejó caer contra el árbol. Sir Gareth tuvo que sujetarla por los hombros para evitar que se viniera abajo.

–¿Qué os ha sucedido? –preguntó. La dama tomó aliento.

–Viajábamos hacia el norte –respondió, evitando mirarlo a la cara–. Hace unas horas, unos salteadores nos salieron al paso y mataron a mi marido y a nuestros sirvientes.

A Sir Gareth le sorprendió que la dama fuera la única superviviente, y que no hubieran dado ya con su pista.

–No temáis, hay una aldea cerca –dijo.

Caminaron hacia la linde del bosque. Sir Gareth pudo ver entre los árboles las figuras distantes de un grupo de campesinos que se alejaban en dirección al valle. Aceleró la marcha, pero la dama trastabilló y acabó cayendo. Sir Gareth retrocedió. Se agachó con dificultad y notó una punzada en el pecho mientras la ayudaba a levantarse. Al sentir su olor y su respiración entrecortada, imaginó lo que habrían hecho con ella los bandidos de no haber logrado huir. Sujetó las riendas y acercó el caballo para que montara. La dama se detuvo con un gesto aterrorizado cuando oyeron ruido de cascos más allá de la curva que acababan de dejar atrás. Sir Gareth se volvió y desenvainó la espada. Después de aguardar un momento, vio a dos jinetes que cabalgaban por el interior del bosque hacia donde se encontraban ellos. Sus ropas estaban arrugadas y cubiertas de polvo, pero también eran gente de calidad. Debían de haber recorrido un largo trecho para llegar hasta allí. A pesar de su aspecto fatigado, Sir Gareth podía leer la determinación en sus ojos, que parecieron encenderse en cuanto identificaron a la dama. Ésta se llevó la mano a la boca y ahogó un grito al reconocerlos. El caballero que iba en cabeza le hizo una señal a su compañero y desmontaron, luego se dirigió a Sir Gareth.

–Entregadnos a esa mujer –exclamó.

Era un hombre maduro de semblante cansado y reflexivo. Sir Gareth creyó reconocer su voz y tuvo la impresión de haberlo visto antes. El porte de aquellos caballeros no coincidía con lo que la dama le había dicho de sus atacantes. Se situó frente a ella y trató de disimular la herida desplazándose levemente bajo la sombra de un árbol. Estaba preparado para asestar el primer golpe.

–Ha sufrido un asalto –repuso–. Seguirá conmigo hasta la aldea.

El caballero más joven llevó la mano a la espada, pero su compañero se interpuso antes de que pudiera desenvainar y retuvo su antebrazo. Había visto la duda en la mirada de Sir Gareth, y parecía decidido a resolver la situación sin que fuera necesario un enfrentamiento.

–Soy Sir Lionel de Maris y éste es mi hijo, Sir Hector. Nuestro castillo está al sur, a dos días de camino de aquí.

Sir Gareth bajó la espada al reconocer a un viejo conocido de su padre al que había visto muchos años atrás, cuando era niño, aunque su interlocutor no daba muestras de recordarlo a él.

–Esa mujer ha matado a mi otro hijo, su marido –siguió el caballero.

–¡No le creáis! –exclamó la dama–. ¡Está mintiendo!

–Es ella quien miente. Llevaba varias semanas viendo a su amante cuando mi hijo los sorprendió y lo mató. Pero antes de que pudiera volverse, ella lo apuñaló por la espalda y luego huyó con la complicidad de su doncella. Hicimos hablar a la doncella, fue ella quien nos contó lo sucedido.

–¡No es cierto! –insistió la dama.

–Salimos en su búsqueda y al fin la hemos encontrado. Ahora la llevaremos con nosotros, para que se le aplique la ley y sea condenada a la hoguera por la muerte de su marido.

La dama rompió a llorar con desesperación. Sir Gareth se hizo a un lado. El joven se adelantó y sujetó a la dama por los brazos.

–¡Ayudadme! –imploró ella.

Sir Gareth envainó la espada. El otro caballero puso una cuerda en torno a las muñecas de la dama, y entre los dos la ataron mientras trataba de liberarse.

–¡Por el amor de Dios, no dejéis que me lleven! –gritó.

El joven asió el extremo de la cuerda y lo enlazó en la cincha de la silla de su caballo. La dama se desplomó sollozando. Los caballeros montaron y elevaron una mano en señal de despedida. Sir Gareth les respondió con el mismo gesto y ellos cabalgaron de vuelta al interior del bosque. La cuerda se tensó, la dama tuvo que ponerse en pie atropelladamente para no ser arrastrada por el caballo. Trató de detener la marcha tirando hacia atrás pero se vio forzada a avanzar a trompicones. Sir Gareth recuperó su montura mientras la pequeña comitiva se alejaba.

–¡Os lo suplico! ¡Ayudadme! ¡Ayudadme! –oyó, antes de perderlos de vista entre el la espesura.

lunes, 19 de enero de 2015

A NEW SHADE OF BLUE

Tom Carter trabajaba en la gasolinera de un pueblo de Texas a sesenta kilómetros de El Paso. Bobby Fuller se detuvo a repostar en una ocasión, y después de pagar le firmó un autógrafo y le estrechó la mano. Luego subió al coche y siguió su camino mientras Carter, parado frente al surtidor, lo veía alejarse.
En febrero de 1966, The Bobby Fuller Four sacaron el álbum I Fought The Law. Carter salió de trabajar, fue a comprarlo y lo pinchó en cuanto llegó a casa, antes de quitarse la cazadora y lavarse las manos grasientas. Desde que la había escuchado en la radio, no se le iba de la cabeza la versión del viejo tema de Sonny Curtis que daba título al disco. Pero ahora se sintió hechizado por la tercera canción de la cara A, “A New Shade of Blue”. Nunca había oído nada semejante. Volvió a pincharla un par de veces y escuchó el álbum entero mientras comía. Luego dedicó la tarde a reparar el motor de la camioneta que utilizaban en la gasolinera, y al anochecer entró en casa y cenó con el disco puesto. Se sentó cansado delante de la televisión, pero en seguida se levantaba para volver a escuchar “A New Shade of Blue”. Pasada la media noche, se tumbó en la cama y se durmió con las palabras de Fuller resonando melancólicas y certeras dentro de su cabeza.
Aunque al día siguiente no trabajaba, Carter se levantó temprano. Fue hasta la estantería donde guardaba sus discos. Cogió el de The Bobby Fuller Four para escuchar de nuevo “A New Shade of Blue”, y al sacarlo de la funda se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Lo recogió inquieto, lo pinchó y comprobó que se había rallado la cara A. Tenía que ir a comprar otra copia. Iba a vestirse cuando se le ocurrió encender la radio: Steve Nichols, un conocido con quien solía coincidir los viernes por la noche en los bares de la ciudad, quizá emitiera la canción desde la emisora donde trabajaba. Al cabo de un rato, Carter pudo oír, conmovido, los primeros compases de “A New Shade of Blue”. Pero la canción terminó dos minutos y cincuenta y tres segundos después, y a continuación Nichols siguió emitiendo los temas que Carter escuchaba habitualmente. Apagó la radio, se vistió, salió a la calle, subió al coche, y en unos minutos aparcaba frente a la tienda de discos. Entró, se hizo con una copia del álbum y la pagó, la joven dependienta lo miró con extrañeza mientras salía. Carter condujo de vuelta a casa. Después de pasar por delante de la emisora redujo la velocidad, dio marcha atrás y se detuvo frente al pequeño edificio. Vio al locutor al otro lado de la ventana de la planta baja, con el micrófono cerca de la boca. Nichols gesticulaba, manipulaba discos y activaba controles, parecía que hablara solo. Carter lo observó un rato. Luego bajó del coche y entró en el local. Cuando Nichols lo vio, se puso en pie y salió de la sala de control para saludarlo. Carter le pegó un puñetazo que lo hizo caer, entró en la sala y cerró la puerta con llave. No le costó dar con el disco que buscaba; lo sacó de la funda y emitió “A New Shade of Blue”, Nichols le había explicado cómo se hacía. Antes de que la canción terminara, oyó los golpes del repuesto Nichols contra la puerta. Se levantó, abrió y de un puñetazo mandó a Nichols fuera de la emisora. Después regresó a la sala, volvió a pinchar la canción y siguió pinchándola a lo largo del día, ignorando las llamadas telefónicas de los indignados oyentes. Estaba anocheciendo cuando los agentes de policía aparcaron delante de la emisora, irrumpieron en la sala echando la puerta abajo y redujeron a Carter. Lo sacaron a la calle esposado, ante la mirada curiosa de los que se reunían frente al local. La mayoría lo tomaban por loco y unos cuantos lo felicitaban. Carter pidió disculpas a Nichols. La semana siguiente fue juzgado (aunque Nichols no puso denuncia) y condenado a sesenta días de cárcel por alterar el orden. Cuando salió de prisión volvió a su trabajo en la gasolinera de aquel pueblo de Texas. 

lunes, 20 de octubre de 2014

THE LAST KISS

Wilson aguarda a Jean sentado bajo una sombrilla junto a la piscina del hotel. Un botones sube al Pontiac rojo parado frente a la entrada y lo conduce hacia el aparcamiento. Desde la ventana abierta de una habitación, atenuado por el ruido del oleaje, llega el “The Last Kiss” de Wayne Cochran interpretado por Pearl Jam. Más allá de la línea de palmeras, Wilson divisa la puesta de sol sobre el Océano Pacífico. Cientos de personas recorren de un lado a otro el paseo marítimo. Wilson lleva un rato observando a la turista rubia que trepa hasta el nivel más alto del trampolín, se tira al agua de cabeza, hace dos largos de piscina, sale del agua, sube de nuevo al trampolín y vuelve a tirarse al agua. Durante más de media hora repite el mismo itinerario. Mientras termina su bebida, Wilson se da cuenta de que la turista tiene el rostro de Jean. Es Jean, pese a que Jean siempre ha sido pelirroja. Pero no se decide a levantarse para salir de allí con ella. Tienen que marcharse de San Diego antes de que anochezca, los dos saben lo que va a sucederles si se quedan en la ciudad después de la puesta de sol, pero Wilson no es capaz de levantarse, y la turista que es Jean sigue saltando desde el trampolín y nadando en la piscina. Cuando al fin logra ponerse en pie, Wilson siente un mareo. Su vista se nubla, se viene abajo y trata de apoyarse en la pared. Pero no hay pared, la más cercana está a doscientos metros, la del muro de hormigón que rodea la piscina. Wilson abre los ojos y comprende que no se llama Wilson, que su nombre ha sido siempre Richardson, que se encuentra en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín y que lleva allí los últimos doce años. Recorre la celda de un lado a otro recordando la mañana de febrero de 1998 en que descubrió la cabeza de Jean tirada al fondo de un callejón de Bridgeport, unos minutos antes de que la policía se presentara en la pensión donde se habían alojado. No puede discernir nada de lo sucedido antes o después de aquello, sólo la sangre seca sobre la nieve y la impresión de entender algo que en seguida olvidó y los pasos de los agentes a su espalda. Richardson se deja caer en la silla. Los guardianes vienen a buscarlo, lo sacan de la celda y lo conducen por el corredor hacia el lugar de la ejecución. Las palabras “dead man walking!” todavía resuenan en su cabeza mientras lo sujetan a la camilla y unas manos enguantadas le frotan los brazos con alcohol y le aplican las inyecciones. Imagina el dolor que va a sentir dentro de unos minutos cuando el alcaide haya dado la señal y la ejecución se lleve a cabo. Siente la asfixia, los espasmos, el intenso calor en las venas, un calor inaguantable, infinito: el calor de los rayos de sol que acarician su rostro sin afeitar, el calor del sol del mediodía que reverbera sobre la carrocería de los automóviles que pasan en una y otra dirección mientras él se aleja del arrabal de San Diego caminando bajo la sombra escasa de las palmeras. “Jean, ¿dónde estás?”, piensa. “¿Es que nunca podré escapar de California?”

lunes, 12 de mayo de 2014

LA BALADA DE HENRY MADDOX

Tres hombres cabalgaban al atardecer entre las sombras que empezaban a formarse en el interior de los montes Ozark. Sin dejar de escudriñar la creciente oscuridad, atravesaban claros, remontaban lomas, cruzaban riachuelos, se detenían un instante para verificar la ruta y volvían a desaparecer tras una curva de aquel sendero bordeado de vegetación húmeda y frondosa cuyo ramaje se unía a pocos metros por encima de ellos. El que iba en cabeza se llamaba Henry William Maddox y no pasaba de los treinta años. El ala de su sombrero, en otro tiempo adornado con una pluma, ensombrecía un rostro anguloso de barba castaña y expresión dura y fatigada. Bajo el raído guardapolvo con el que se cubría asomaba una chaqueta que un día fue elegante, y de su cinturón sobresalían las culatas de cuatro revólveres Colt Navy del calibre 38. Le seguía Robert Brady, un hombre alto y corpulento de mirada sagaz, aunque nublada por el cansancio. Era algo mayor que Maddox, vestía ropas humildes y ajadas y portaba el mismo armamento, distribuido entre su cinturón y la silla de montar. Cerraba la marcha George Carter, un joven de apenas dieciocho años vestido de modo similar al de Brady. Su expresión resuelta se transformaba en una mueca impaciente cuando oía un ruido difícil de identificar y llevaba las manos a las culatas de sus Colts, mientras giraba sobre la silla como si temiera una emboscada, aunque conocía el terreno tan bien como sus compañeros.

Unas horas antes, Maddox, Brady, Carter y otros tres veteranos del ejército confederado habían atracado el banco de Griffin, Arkansas, una pequeña ciudad situada a treinta millas al sur de la frontera con Missouri. Cuando salían del local se encontraron con un grupo de hombres armados y distribuidos a lo largo de la calle, que abrieron fuego contra ellos en cuanto dieron un paso adelante. Dos de los atracadores cayeron allí mismo y los otros lograron montar y escapar al galope en dirección a los bosques, pero uno de ellos recibió un balazo en la espalda, cayó por tierra y fue alcanzado de nuevo antes de poder recuperar las riendas de un caballo encabritado. Los fugitivos se adentraron en un territorio inhóspito siguiendo una ruta que muy pocos de sus perseguidores habían transitado antes. Después de media jornada de marcha dura y fatigosa, lograron dejarlos atrás y siguieron cabalgando hacia el remoto lugar donde pasarían la noche, para luego continuar la huida camino del sur. Era el golpe más grave que habían sufrido desde el final de la guerra, y Maddox no ignoraba que si en la ciudad estaban al tanto de sus planes, alguien de la banda tenía que haberlos delatado.

Los jinetes ascendieron un terreno escarpado, alcanzaron la parte alta de una colina cubierta de árboles y maleza y se detuvieron frente a una cabaña que apenas se distinguía a la luz del crepúsculo en medio de la espesura. A sus oídos, proveniente del valle ya a oscuras que acababan de recorrer, llegaba el murmullo de un río. Desmontaron, ataron las riendas de los caballos al tronco de un árbol, echaron un último vistazo alrededor y entraron. Maddox encendió una lámpara cuyo tenue resplandor le permitió ver el interior de la estancia: dos ventanas desde las que podían cubrir parte del bosque y el acceso a la cabaña, una cama destartalada con un par de mantas polvorientas, un pequeño baúl, una mesa y sillas y una escupidera. Brady y Carter se quitaron los sombreros y se derrumbaron, agotados, en los asientos, mientras Maddox se despojaba del sombrero y del guardapolvo, que arrojó uno encima del otro sobre la cama. Luego abrió el baúl, sacó una botella de whisky y vasos y se sentó a la mesa con sus compañeros.

–Mañana a esta hora estaremos camino de Texas –dijo con gravedad después de que todos hubieron bebido. Luego observó a Brady y a Carter.

–Fue una trampa –afirmó al cabo–. Conocían nuestro plan. No tuvieron más que esperar a que saliéramos del banco para cazarnos.

Sus compañeros levantaron la vista, asombrados.

–Los hombres de Pinkerton llevaban tiempo sobre nuestra pista –añadió Maddox–, y al fin nos han encontrado.

Apuró su vaso. Carter y Brady lo miraban con atención. Maddox se dirigió al primero.

–George, te uniste a nosotros hace pocos meses por mediación de Hathaway, pero siendo el menos experimentado, escapaste del tiroteo sin un rasguño.

Carter se movió ligeramente hacia delante, como si no comprendiera lo que acababa de oír.

–Dos días antes del atraco saliste del refugio y fuiste hasta Dunning –siguió Maddox.

–Fui a la granja a ver a mi madre –explicó Carter–. Ya lo hice otras veces, y no pusisteis ninguna objeción.

–Los agentes de Pinkerton te estaban esperando allí.

–¿Estás loco, Hank? –exclamó Carter.

–No es la primera vez que sucede algo así. Tenía que haberme dado cuenta, pero me fié del criterio de Hathaway.

Carter trató de sonreír, pero sólo logró una mueca atribulada.

–Supongo que bromeas...

–No hay otra explicación. Llevamos mucho tiempo aislados, nadie más conocía nuestro plan.

–Brady también salió –protestó Carter de buena fe–. Y lo mismo hicieron Lane y Ellsworth.

Brady miró fijamente a Carter.

–A Lane y a Ellsworth los mataron delante del banco –repuso Maddox–. Y Brady lleva luchando a mi lado desde que estalló la guerra.

Carter no supo qué responder.

–Levántate –dijo Maddox, echando su silla hacia atrás e incorporándose.

Carter pareció enmudecer.

–¿Qué estás diciendo? –murmuró.

Brady se puso en pie y se desplazó a un lado de la mesa.

–¡Levántate! –bramó Maddox.

Carter se irguió sin apartar la mirada de la suya.

–Maldita sea, Hank, yo no hice nada...

–No vamos a perder más tiempo. Tienes la oportunidad de defenderte. Es más de lo que mereces.

–Hank, sabes que no tengo ninguna oportunidad contra ti...

Carter retrocedió hacia la puerta y se detuvo al sentirla a su espalda. No podía hacer frente a Maddox, pero tampoco tenía ninguna posibilidad de abrir y salir corriendo de allí. Brady no se movía de donde estaba, y no parecía dispuesto a hacer nada por ayudarlo. Carter se dio cuenta de que era el final del camino para él. Sin embargo, no había delatado a Maddox, y sería incapaz de traicionar a unos hombres junto a los cuales había encontrado al fin su lugar. Acercó la mano al revólver que llevaba entre el cinturón y la camisa. Maddox aguardaba al otro lado de la mesa. Carter tiró del revólver, Maddox desenfundó y abrió fuego y Carter cayó contra la puerta, se encogió con un gesto de dolor y se vino abajo. El revólver estaba entre los dedos de su mano derecha, pero no había llegado a disparar. Dejó escapar un gemido y cerró los ojos. Maddox guardó su arma y se acercó hasta él, dándole la espalda a Brady. Éste retrocedió unos pasos sin hacer ruido y sujetó su revólver con tiento. Maddox contempló en silencio el cadáver de Carter. Iba a volverse cuando Brady sacó el revólver y le disparó a quemarropa hasta vaciar el cargador. Se detuvo al apretar el gatillo y sentir que no le quedaban balas. Su corazón latía con rapidez. Maddox estaba tirado a sus pies con la cabeza hecha pedazos y la espalda y los brazos acribillados. Brady no podía creer que hubiera matado a aquel hombre sin ayuda alguna. Guardó el revólver olvidando cargarlo, tosió a causa del humo que se extendía por el interior de la cabaña y dejó escapar una carcajada nerviosa. Luego recordó cómo, cuatro años antes, su caballo se había roto una pata cuando huían de Gettysburg y Maddox volvió sobre sus pasos a galope tendido para sacarlo de allí en la grupa.

Brady salió evitando pisar a los dos hombres tirados frente a la entrada, montó un caballo que creía el suyo (en realidad era el de Carter), picó espuelas y se perdió en la noche.