miércoles, 20 de noviembre de 2013

SCHOOL DAYS (VII)

A Mon
Andrés jugaba muy bien al fútbol y eso lo hacía ser aceptado en clase, pero en realidad prefería leer los tebeos de súper héroes que llenaban las estanterías de su habitación y ver películas con muchos efectos especiales en el vídeo que acababan de comprar sus padres. A pesar de su buen carácter, y tal vez por una cierta reticencia a hacer lo mismo que los demás, nuestros profesores no solían comprender lo que a menudo consideraban simples extravagancias. En una ocasión, le dio a un mendigo el billete de mil pesetas que había recibido para comprar los libros del curso. En otra, fuimos de excursión al río y el profesor capturó varios tritones, pero al verlos en cautiverio Andrés enloqueció de tal manera que hubo que devolverlos al agua.

Su padre se llamaba Ricardo, había nacido en un pueblo de las montañas de Lugo y había estudiado Derecho en Santiago. Al terminar, fue a Madrid para preparar las oposiciones de Notarías, que aprobaría tres años después de quinto de su promoción. Luego su novia y él se casaron, y cuando Andrés tenía tres o cuatro años, al poco de nacer su hermana, vinieron a nuestro pueblo, donde Ricardo ocupó la plaza de notario. Como le gustaba pescar y se entendía bien con los aficionados de la zona, pronto se convirtió en un habitual de los bosques y el río. Ricardo era un buen hombre, pero había una distancia no siempre fácil de recorrer entre las cañas de pescar y los quinientos temas de la oposición de uno, y las galaxias lejanas y los sueños del otro. Algún viernes por la tarde, mientras salían a faenar los barcos, Andrés y yo nos sentábamos en la rampa del puerto y él me contaba anécdotas de cuando su padre era niño y estudiaba en una escuela unitaria de la montaña lucense. Pero la conversación se interrumpía por ocasionales silencios, y al volver la cabeza lo veía pensativo, con la mirada perdida en la desembocadura del río o en la playa del otro lado.

Andrés y su familia pasaban las Navidades en Lugo con sus abuelos, que vivían en una casa de tres plantas situada en la calle principal del pueblo. La ferretería de los padres de Ricardo ocupaba el frente de la planta baja, y en la parte trasera había una habitación, un cuarto de baño, una cocina y un salón que comunicaban con un jardín extenso y frondoso, separado por un muro de piedra de los bosques y los campos de los alrededores. En una esquina del jardín habían instalado varias colmenas. Una mañana, Andrés salió de la cocina después de desayunar y se acercó para observarlas. Retiró el techo de una colmena, y en cuanto tocó uno de los panales el enjambre levantó el vuelo y cargó contra él. Andrés echó a correr de vuelta a la cocina, pero las abejas lo rodearon a mitad de camino y tuvo que huir sin rumbo entre los árboles y los macizos de flores. Su padre salía del garaje en ese momento. Al oír sus gritos corrió hasta la casa, y cuando vio lo que sucedía se puso delante de las abejas y recibió numerosas picaduras en el pecho y en la cara mientras Andrés lograba ponerse a cubierto.

Un par de años después, sus padres compraron un terreno cerca de nuestro pueblo y construyeron una casa. Luego Ricardo trajo de Lugo un cachorro de mastín que pronto se convirtió en una bestia de noventa kilos que veneraba a su amo y trotaba a sus anchas por la finca, y ese mismo año instaló una piscina, habilitó una pequeña carpintería en el garaje donde nos fabricaba espadas y escudos de madera, y en sus ratos libres empezó a cultivar un huerto que con el tiempo terminaría vallando y llegaría a ocupar casi un cuarto de la propiedad. Desde la ventana de la habitación de Andrés se veía, al otro lado del muro, el camino que discurre monte abajo entre bosques de castaños y prados en pendiente hasta las primeras casas del pueblo, donde el asfalto deja paso a un pavimento adoquinado que conduce hacia las calles del centro. De una de ellas parte un sendero muy empinado que permite atajar un par de kilómetros monte arriba, y termina en un punto del camino principal no muy lejos de donde vivía Andrés.

Una tarde de primavera en la que su madre no podría ir a buscarlos en coche cuando salieran del colegio, Andrés y su hermana decidieron volver a casa siguiendo aquella ruta. Pasaron junto a un edificio abandonado que bordea el sendero, atravesaron un prado y se adentraron en el bosque. Unos minutos después, salían a otro prado desde el que se divisan una parte de la ría y el valle que forma la desembocadura del río, y continuaron el ascenso por una zona sinuosa y escarpada donde el sendero se estrecha y se hunde en el terreno, de manera que la linde del bosque quedaba por encima de sus cabezas. Alrededor no veían más que las pendientes terrosas cubiertas de maleza y helechos, y frente a ellos el suelo surcado de raíces y de charcos. Las copas de los árboles oscurecían el sendero y los recodos aumentaban a medida que se iban acercando a la parte alta del monte. Después de doblar uno de ellos, el último antes de salir al camino, se toparon con un avispero y lo pisaron antes de darse cuenta y poder detenerse o retroceder. Echaron a correr a trompicones perseguidos por las avispas. Un cuarto de hora después llegaban a casa manchados de tierra y cubiertos de picaduras, especialmente Andrés, y su madre tuvo que desvestirlos y meterlos en una bañera con agua fría para aliviarles el dolor y bajarles la hinchazón. Por la noche se acostaron temprano, fatigados tras la agitación de la jornada. Se durmieron pronto, pero Andrés se despertó de madrugada delirando, y sus padres fueron rápidamente a la habitación. Antes de lograr tranquilizarlo, pudieron oír cómo le gritaba a su hermana que corriera, que él se ponía delante de las avispas para que ella pudiera escapar.

jueves, 4 de julio de 2013

THE BUTCHER BOY (III)

Una mañana de noviembre, Michel Verneau estaba hablando con un compañero en el patio del instituto cuando otro alumno lo sujetó por un hombro, lo lanzó contra la pared, le pegó varios puñetazos que lo hicieron caer y le pateó la cara. Luego explicó a los curiosos que Verneau y él tenían un par de asuntos pendientes, y todos se marcharon porque volvían a empezar las clases. Al día siguiente, cuando suponía que nadie podía verlo, Verneau rajó las ruedas de la moto de su agresor, pero éste lo sorprendió mientras se ponía en pie para marcharse y se abalanzó sobre él, y al cubrirse con la navaja Verneau lo hirió en un brazo. Ello supuso la expulsión del instituto, así que su hermano trató de que lo admitieran en el colegio privado donde trabajaba de bedel, para que no perdiera el curso. Como la matrícula era  muy cara, habló con un conocido, propietario de un hotel en la rue de Rome, y éste empleó a Verneau como botones los fines de semana y le adelantó el primer mes de sueldo.

A medio camino entre el hotel y el edificio de la avenida de Clichy donde vivían había una carnicería, frente a la que Verneau pasaba cada sábado a primera hora camino del trabajo. En una ocasión entró para comprar embutido, pero a los pocos minutos tuvo que salir por un mareo debido a la impresión que le produjeron las tareas, los sonidos y los olores propios del local. Su hermano le encargaba a veces que comprara carne, y Verneau aguardaba en la calle a que no hubiera clientes o hacía el pedido atropelladamente, salía fingiendo haber olvidado algo y regresaba cuando calculaba que ya estaría listo. No tardó en darse cuenta de que a los empleados empezaba a extrañarles su comportamiento. Sin embargo, uno de ellos pasaba a menudo por delante del hotel y lo saludaba como si lo considerara ya un cliente habitual y no prestara atención a aquellas pequeñas excentricidades. Verneau lo observó. Era un tipo fuerte y bien parecido que tendría la misma edad que su hermano, unos treinta años, y debía de vivir en el barrio, pues caminaba siempre en dirección contraria a la estación de metro.

Durante los primeros días de trabajo, el patrón le preguntó alguna vez si todo iba bien. Pero pronto se olvidó de él, y cuando se acercaba hasta su puesto era para reprenderlo por haber dejado escapar un taxi o no atender con la suficiente presteza a los clientes que bajaban de un autobús. Sus compañeros le hablaban de manera seca y distante, y no se molestaban en ocultar la desconfianza hacia el recién llegado. Verneau suponía que nunca iban a entenderse, tal vez porque todos le llevaban al menos diez años y no encontraba el modo de iniciar una conversación con ninguno de ellos, o porque sabían que había conseguido aquel empleo gracias a la mediación de su hermano.

A principios de diciembre, aprovechando dos días festivos, el patrón le encargó trabajar también durante la semana para ayudar a Anja, la gobernanta, en las reformas previstas en varias plantas. Hasta entonces, Verneau sólo había coincidido con ella algún sábado esporádico, pero en una ocasión la sorprendió observándolo y en su mirada creyó leer que Anja no le iba a poner las cosas más fáciles que cualquier otro. El primer día, no pudo evitar bajar la vista al responder a su saludo cuando ella llegó al hotel. A media mañana, la recepcionista le dijo que bajara al sótano porque Anja lo estaba esperando en su pequeña oficina para explicarle la tarea que iba a llevar a cabo. Verneau siguió a Anja hasta el garaje, donde ella le mandó introducir en el montacargas todos los carros llenos de sábanas que obstruían los pasillos, para distribuirlos luego por las plantas superiores. Verneau terminó una hora después y regresó agotado a la planta baja. Cuando recorría el pasillo de camino a la recepción, oyó a Anja llamarlo desde la cocina. Fue hasta allí, y ella lo invitó a un café y le preguntó si aquél era su primer empleo. Más tarde, antes de la pausa para comer, Anja estuvo charlando unos minutos con la recepcionista. Al volver la mirada hacia la calle y ver a Verneau parado junto a la entrada, le comentó que estaban siendo unos días tranquilos y lo animó a participar en la conversación. Había pocos clientes en el hotel, así que Verneau apenas tuvo trabajo el resto de la jornada.

Al día siguiente, Anja pasó por la recepción a primera hora y le dijo que en cuanto pudiera bajara a su oficina. Después de ocuparse de algunas llegadas, Verneau dedicó el resto de la mañana a sacar sillas y sillones, arrastrarlos hasta el montacargas y subirlos a la primera planta, a la vez que evitaba los encontronazos con los obreros que acarreaban puertas y ventanas y con las camareras de piso que hacían camas, fregaban cuartos de baño, vaciaban papeleras y pasaban la aspiradora mientras él entraba y salía. Cuando volvió a la oficina para decirle a Anja que todo estaba listo, ella se había ido ya a comer. Verneau descansó unos minutos sentado en una banqueta olvidada en el pasillo. Luego bajó al comedor, se hizo con una bandeja y miró alrededor buscando un sitio libre, hasta que Anja lo vio y le señaló una silla junto a la mesa que compartía con varios compañeros. Verneau se unió a ellos algo cohibido, pero Anja no tardó en bromear recordando las dificultades de ambos para desplazar un sillón de gran tamaño e introducirlo en el montacargas, lo que provocó risas y terminó por hacer que riera también él mismo.

El trabajo aumentó las semanas siguientes debido a la cercanía del fin de año. Verneau, que ahora sustituía a otro botones de lunes a viernes porque ya no tenía clase en el instituto, pasaba las mañanas parando taxis y acarreando maletas, pero de vez en cuando podía ver desde su puesto a Anja, que subía y bajaba apresuradamente las escaleras de servicio y daba instrucciones a las camareras de piso en el tono severo y apremiante habitual.

La última semana del año, el viernes por la tarde, Verneau fue hasta los vestuarios y se aseó en los lavabos. Habló un momento con el recepcionista que empezaba su turno, luego guardó el uniforme dentro de la taquilla, se puso el abrigo, salió del hotel y echó a andar hacia su barrio. Mientras se acercaba a la carnicería recordó que su hermano le había pedido que comprara carne, así que se detuvo frente al escaparate, miró al interior y decidió esperar fuera unos minutos, aunque sólo había dos clientes dentro de la tienda. Ya no deseaba que terminaran pronto las vacaciones para volver a trabajar únicamente sábados y domingos. La frialdad inicial de sus compañeros había dado paso a una cordialidad que se iba transformando en abierta simpatía por parte de algunos. En realidad, era el haber conocido a Anja, y el saber que la vería de nuevo el lunes, lo que le hacía apreciar de manera diferente el tiempo dedicado al hotel a lo largo de la semana. Recordó el tono didáctico que ella había intentado adoptar el primer día mientras le explicaba cuál era su tarea, un tono esforzadamente afable que duró poco, hasta que Verneau cometió las primeras torpezas y Anja empezó a perder la paciencia. Al final de la semana coincidieron de nuevo en el comedor, y como era una hora tardía y los otros compañeros se habían marchado ya, por primera vez se sentaron solos en una mesa. Anja le contó que a los quince años había empezado a trabajar en un telar industrial. Luego fue camarera en un restaurante, y al cabo de un tiempo tuvo acceso a una formación que le permitió emplearse como gobernanta en varios hoteles y finalmente llegar a su puesto actual, que ocupaba desde hacía seis años. Más tarde, Anja lo vio pasar por delante de la oficina y lo invitó a un café. Mientras ella le daba la espalda buscando una taza por los cajones de la mesa y le contaba una anécdota del restaurante donde había trabajado antes, Verneau no había podido apartar la vista de su cuerpo envuelto en el uniforme azul marino. En una de las paredes, rodeado de postales turísticas pegadas con cinta adhesiva, colgaba un espejo en el que Verneau observó el rostro de Anja sin que ella se diera cuenta. Terminaron sus turnos al mismo tiempo. Salieron juntos del hotel, se despidieron y se alejaron en direcciones opuestas, Verneau abrumado por una extraña mezcla de contento y melancolía.

Después de pagar en la carnicería siguió caminando hacia su casa, pero dio un rodeo porque ahora ya no tenía prisa por regresar al pequeño apartamento. Atravesó el parque de Batignolles, salió a la rue Cardinet, cruzó la calle y llegó a la estación de ferrocarril, un lugar en el que paraba a veces al caer la tarde y donde siempre se encontraba a gusto. Bajó hasta el andén, se sentó en un banco y dejó pasar los minutos contemplando el tránsito de los trenes. Había decidido que no quería volver al instituto cuando hubieran terminado las vacaciones. El portero de noche le había dicho que el patrón buscaba un botones para trabajar a tiempo completo y al parecer estaba bastante satisfecho con él. Aunque apenas llevaba una semana sin clases, recordaba como algo lejano los gritos en el patio, el ruido de las puertas de las aulas al cerrarse y el eco en los pasillos vacíos. Para él, el cambio fundamental con respecto al centro donde estudiaba antes era que ahora sabía protegerse fingiendo una entereza y una seguridad en sí mismo que, en realidad, aún estaba lejos de sentir.

Llegó a casa media hora después. Fue hasta la cocina y le entregó la compra a su hermano, que lo esperaba para preparar la cena y procedió a cortar la carne sobre una tabla mientras Verneau apartaba la mirada hacia la ventana. Cuando estaban sentados a la mesa, Verneau le dijo que el dueño del hotel buscaba otro botones y le explicó que quería dejar el colegio y solicitar aquel empleo. Su hermano le aconsejó que terminara de estudiar y luego, si seguía interesado, él hablaría con el patrón y sin duda lo contratarían de nuevo para trabajar la jornada completa como botones, o incluso para un puesto mejor.

El lunes siguiente era el último día del año. Verneau se acercó hasta un radiador colocado junto a la entrada del hotel, y bajo la luz de las farolas todavía encendidas pudo ver a los transeúntes que iban y venían al otro lado de la cristalera dejando sus huellas sobre la nieve caída durante la noche. A media mañana, el responsable del bar lo llamó para invitarlo a tomar una copa de champán con los demás empleados. Cuando pasaba por delante de las escaleras que conducían al sótano, Verneau miró hacia el interior de la oficina de Anja y comprobó que había salido, así que supuso que la encontraría también en el bar. Al entrar, la vio hablando animadamente en un extremo de la barra con el patrón y con la encargada de las reservas. Mientras charlaba con sus compañeros en el otro extremo, se sorprendió contando un par de anécdotas sucedidas los últimos meses que provocaron carcajadas entre quienes lo escuchaban. Media hora después regresaba a su puesto, y desde allí contempló la acera, los coches aparcados a lo largo de la calle, las terrazas de los edificios, la boca del metro, los bancos y los árboles cubiertos de nieve. Al cabo de un rato terminaría su turno y podría volver a casa. Pero a medida que iban transcurriendo los minutos y el momento de salir se acercaba, empezaba a sentir una emoción extraña que sólo podía definir como nostalgia. Oyó voces a su espalda. Anja acababa de despedirse de la recepcionista hasta la semana siguiente y caminaba hacia la entrada con la bolsa de trabajo en una mano y el abrigo, la bufanda y el gorro de lana puestos. Sonrió al pararse a su lado y le explicó que ese día terminaba un poco antes de lo habitual. Se había pintado los labios, desprendía un agradable olor a colonia y tenía en la boca un caramelo de menta. Después de subir la cremallera del abrigo y ponerse unos guantes, le deseó feliz año nuevo, lo besó en las mejillas y salió del hotel. Verneau avanzó unos pasos y la vio cruzar la calle y caminar con precaución por la acera de enfrente en dirección opuesta a la que solía tomar cada tarde. Pero Anja se detuvo en seguida, y en su rostro se dibujó una cálida sonrisa en cuanto reconoció a alguien que venía hacia ella. Verneau también lo reconoció, era el empleado de la carnicería que lo saludaba siempre cuando pasaba por delante del hotel. Anja le dijo algo y se formó una nube de vaho frente a su boca. Luego se besaron y echaron a andar cogidos del brazo, ahora en dirección al barrio donde vivía ella. A la altura del hotel se pararon un instante y saludaron a Verneau, que levantó una mano tímidamente y los siguió con la mirada hasta perderlos de vista cuando tomaban otra calle. Los imaginó llegando a casa, subiendo las escaleras y disfrutando de una intimidad que asociaba exclusivamente con Anja. Se preguntó si estarían casados y sintió el impulso de correr tras ella para explicarle algo que se veía incapaz de precisar. Luego comprendió que era el momento de regresar a su propia vida.

domingo, 19 de mayo de 2013

EN LA PAPELERÍA

Hace algo más de treinta años, cuando mi hermano tendría siete y yo nueve, tuvimos que pasar un curso académico en el pueblo del interior donde vivían nuestros abuelos. El cambio con respecto al lugar del que veníamos fue considerable: allá veíamos el mar desde cualquier punto y lo sentíamos como una presencia cercana, pero aquí había un río caudaloso y revuelto con una zona muy peligrosa donde decían que poco antes de nuestra llegada se había ahogado un niño. Al caminar cada mañana hacia la parada del autobús, no veíamos a lo lejos montes suaves cubiertos de bosque y de hermosos prados, sino hostiles montañas nevadas cuyas cimas apenas se distinguían entre la niebla. Mis compañeros de clase se burlaban del tonto del pueblo y echaban a correr cuando éste los perseguía, y aunque yo también corría, era incapaz de reír porque me habían enseñado que había que defender siempre al más débil. Los padres de todos ellos cazaban, tenían disecados halcones, lechuzas, jinetas, hasta un lobo, y se contaba que un conflicto de tierras había terminado con la muerte de uno de los implicados en un supuesto accidente durante una partida de caza. Pronto me hice amigo de Andrés, un chaval asmático como yo al que su madre le sacudía con el cinturón cada vez que hacía algo que no debía. Él solía invitarme a su casa cuando venían sus primos y sus tíos para la matanza del cerdo, pero siempre encontré alguna excusa para no ir porque no soportaba los chillidos, la sangre y la fiesta de la que tanto disfrutaban ellos. Por las noches, después de acostarme, sentía una enorme tristeza al pensar en el verano que había terminado semanas antes, en nuestro barco, en el cielo azul, en el mar, en mis amigos, en la casa en el campo y en los perros que quedaban al cuidado de unos vecinos y saltaban de alegría al vernos llegar los viernes por la tarde. Si me acordaba de todo aquello durante las clases apenas conseguía contener las lágrimas, así que decidí dejar de lado cualquier recuerdo.

Junto al portal del pequeño edificio donde vivíamos había una papelería en la que mi hermano y yo parábamos alguna vez a la vuelta del colegio para comprar un tebeo. La propietaria era una señora de unos cuarenta y cinco años que había sido enfermera antes de casarse, aunque no ejerció mucho tiempo porque pronto abrió aquel negocio con su marido, fallecido luego en un accidente de tráfico. Al pasar por delante del escaparate la podíamos ver en el interior de la tienda, de pie tras el mostrador, hojeando distraídamente alguna revista o leyendo el periódico. Ella siempre sonreía al vernos entrar y era muy amable con nosotros, pero a mí me intimidaban un poco sus hermosos ojos oscuros, sus ademanes resueltos y el humor ocurrente y zumbón que mostraba cuando discutía con los representantes o charlaba con las señoras que venían a comprar o a pasar el rato. Los días de mercado solíamos coincidir por las concurridas calles del pueblo. A veces la encontrábamos hablando con otros vecinos mientras aguardaban su turno cargados de bolsas frente a un puesto, y si se fijaba en nosotros yo no podía evitar bajar la mirada al devolverle el saludo. Sus dos hijas entrenaban a los niños del equipo local de piragüismo, y sus tres hijos eran unos chavalotes que se tiraban de cabeza desde nivel más alto del trampolín instalado en la orilla del río, y los sábados por la noche trataban de tocarles las tetas a sus novias sentados en los bancos de las afueras. En una ocasión, llegué a la papelería cuando ella intentaba explicarle al más pequeño de qué manera tenía que colocar unas carpetas y unos paquetes de folios sobre los distintos niveles de una estantería. Como el chaval no entendía, o no quería entender, ella acabó soltándole un guantazo que me dejó helado. Luego me vio delante del mostrador y vino a atenderme, pero mientras me cobraba no le quitaba el ojo de encima a su hijo, que colocaba carpetas y folios con gesto contrariado, para saber si había entendido ya o iba a tener que explicárselo otra vez.

Suponía que en algún lugar del pueblo había una biblioteca municipal, pero por el momento podía encontrar en la papelería todos los libros que me interesaban. A la dueña no parecía molestarle que me tomara mi tiempo sacándolos y volviendo a colocarlos en las estanterías, hojeándolos de principio a fin o leyendo páginas enteras antes de decidir cuál iba a comprar. Mientras yo miraba los libros sólo me interrumpía ocasionalmente para preguntarme si tenía frío, ya que en ese caso podía encender la estufa que había colocado detrás del mostrador. Cuando ordenaba las remesas de periódicos y revistas tarareando alguna canción que me resultaba lejanamente familiar, nos cruzábamos entre los expositores y ella sonreía sin decir nada. Luego yo le entregaba el libro elegido, y antes de mirar el precio, devolvérmelo y cobrarme, siempre me preguntaba, como si fuera una costumbre establecida, si ése era el que llevaba. En el momento de darle el dinero solía liarme con las monedas y los billetes, así que ella me cogía la muñeca y los separaba pacientemente sobre la palma de mi mano. Una tarde en que no tenía suelto para darme la vuelta me mandó cambiar en la cafetería que había al otro lado de la calle, frecuentada por taxistas, conductores de autobús y obreros de la fábrica de cemento que salían de trabajar a esa hora. Pero debí de mostrar tal desconcierto ante aquella situación imprevista que me dijo que esperara un momento en la tienda y fue a cambiar ella. Con el paso de las semanas empezó a preguntarme qué tal había ido ese día en el colegio, aunque como me suponía tímido nunca me forzaba a hablar más de lo necesario, y de tarde en tarde me dejaba llevar algún libro sin cobrarlo.

Pronto me acostumbré a la atmósfera recogida y acogedora de la papelería, al olor a madera, tinta y papel, a la luz de las bombillas, al zumbido de la estufa, al sonido de la radio con el volumen bajo, y también a la cercanía de la dueña. La oía pasar las hojas del periódico, carraspear suavemente, colocar un paquete sobre el mostrador y abrirlo con una tijera o ir un momento a la trastienda y me sentía empujado a levantar la vista del libro para mirarla sin que se diera cuenta, aunque me sorprendió un par de veces y no volví a intentarlo.

Una tarde de febrero, las clases terminaron un poco antes de la hora y el autobús escolar aún no había llegado cuando los de mi curso salimos del colegio. Aproveché para acercarme hasta un riachuelo que discurría entre los prados de los alrededores y pasé unos minutos observando los tritones que se deslizaban bajo las aguas fangosas. Luego, como consideraba que aún tenía tiempo, seguí el curso del riachuelo para averiguar qué había tras un meandro cubierto de vegetación, y al descubrir al otro lado un viejo puente, lo crucé tratando de no resbalar en las piedras húmedas de la calzada. Atravesé un bosquecillo de castaños, bordeé un prado encharcado y llegué hasta lo alto de una loma desde la que podía ver las casas del pueblo, donde habían encendido ya las primeras luces. Tal vez una de aquellas luces fuera la de la papelería. Imaginé a la dueña detrás del mostrador y me sonrojé al preguntarme si en algún momento del día habría pensado en que quizá me disponía a pasar por allí esa tarde. También me pregunté si esperaría con algo de ilusión mi llegada, pero en seguida aparté esa idea de mi cabeza. Al mirar el cielo cubierto me di cuenta de que estaba oscureciendo, debía de haber transcurrido más tiempo del que imaginaba desde mi salida del colegio. Descendí la loma y volví sobre mis pasos tratando de no perderme entre los árboles, corrí por la orilla del riachuelo, resbalé en el suelo embarrado, crucé el puente, y al cabo de unos minutos me detuve frente a una escuela donde ya no quedaba nadie. Por primera vez desde nuestra llegada al pueblo tenía que volver a casa caminando. No conocía bien el trayecto de regreso, y como ya era de noche no veía ninguna de las referencias que podían haberme ayudado. Eché a andar siguiendo la carretera general y me alejé de la escuela, pero me detuve al ver unas casas a mi izquierda. Andrés me había contado la tarde anterior que Felipe, el tonto del pueblo, vivía cerca, y unos días antes había sorprendido solo a un compañero nuestro y le había pegado una paliza. Crucé la carretera, miré a mi espalda un par de veces y seguí caminando sin perder de vista las casas del otro lado. Unos minutos después pasaba junto a un muro de piedra que debía de proteger una finca. Cuando llegué al extremo del muro miré a la derecha, y donde suponía que habría un prado distinguí la silueta de alguien parado a pocos metros de la carretera. Dejé escapar un grito y corrí a toda prisa mientras oía cómo me llamaban, pero al girarme descubrí que no era Felipe sino un vecino que avanzaba hacia mí extrañado. Seguí caminando a paso ligero sin volverme, avergonzado, hasta que ya no pude oír sus pisadas. Pronto aparecieron los primeros bloques de viviendas. Pasé por delante del cine, atravesé una plaza a la que íbamos a jugar a veces después del colegio, dejé atrás el ayuntamiento y llegué hasta la pequeña avenida que conducía hacia la salida del pueblo, donde estaba nuestro edificio. Al fin me paré, cansado, delante del portal. El camino que había recorrido parecía ahora muy lejano. Pulsé el portero automático. Aguardé un momento y volví a llamar, pero nadie respondió. Un coche pasó a lo lejos y desapareció por una de las calles perpendiculares a la avenida. Del bar del otro lado llegaba el sonido difuso de la televisión y las conversaciones. Sufría un fuerte ataque de asma, así que tomé varios pelotazos de Ventolín. Volví a llamar sabiendo que nadie iba a abrir. Recordé al niño ahogado en el río y a Felipe corriendo con dificultad detrás de nosotros y me vinieron a la cabeza la matanza, el banco de madera, la sangre y los gritos de los animales. La luz de la papelería brillaba cerca de nuestro portal. Me acerqué al escaparate: la dueña estaba dentro, leyendo detrás del mostrador con las gafas puestas. Al mirar a un lado pude ver las últimas casas de la avenida, empequeñecidas frente a unas montañas que le daban a aquella parte del pueblo un aire siniestro y opresivo. Aguardé unos segundos junto a la puerta. Luego entré y me puse a llorar mientras le explicaba a la dueña de manera confusa lo que me había ocurrido y le pedía permiso para quedarme con ella en la tienda hasta que hubieran llegado mi hermano y mis abuelos. Pareció sorprendida. Cuando al fin entendió lo que pasaba, me acarició la cabeza, me llevó hasta la silla que había junto a la estufa y me dijo que estuviera tranquilo, que más tarde o más temprano iban a volver. Hablaba en el tono afable habitual, pero acentuando el matiz afectuoso de las últimas semanas. Al cabo de unos minutos fue a la trastienda, y pronto volvió con un gigantesco bocadillo de chocolate que logré engullir gracias a una Mirinda que traía en un vaso. Debí de pasar en la tienda la media hora siguiente. La dueña me preguntó qué tal nos iba en el colegio a mi hermano y a mí, y también si echábamos de menos el pueblo del que veníamos. Haciendo un esfuerzo por no ponerme a llorar otra vez, le hablé del mar, del barco, de la playa y de mis amigos mientras ella escuchaba con manifiesta y algo exagerada atención, mostrando asombro y admiración hacia las cosas que yo le contaba. Cuando entraba alguna conocida suya y se sorprendía al verme detrás del mostrador, ella apoyaba una mano en mi hombro y le decía con naturalidad, como si aquello sucediera a veces, que estaba allí esperando por mi hermano y mis abuelos.

Ellos llegaron un poco antes de la hora del cierre. Era mi hermano quien había concluido que si no estaba en el colegio ni en el parque ni en ninguno de los lugares adonde íbamos cada tarde, tenía que estar en la papelería. La dueña les explicó a mis abuelos lo que había pasado, y después de que le agradecieran el haberse ocupado de mí, charlaron un momento mientras mi hermano y yo escogíamos un par de tebeos de los expositores. Luego ella vino con nosotros hasta la puerta para desearnos buenas noches. Al llegar ante nuestro portal la oí echar el cerrojo y pasados unos segundos vi desaparecer el reflejo de las luces del escaparate sobre la acera.

Más tarde, cuando ya estábamos acostados, contemplé la pequeña hilera de libros adquiridos recientemente y distribuidos por una de las estanterías de nuestra habitación. Esa noche no tenía muchas ganas de leer antes de apagar la luz. Dejé junto a la lámpara de la mesilla la novela de Emilio Salgari que había comprado en la papelería la semana anterior (El corsario negro o Yolanda, o tal vez La reina de los caribes), pero mi hermano me pidió que le contara algo de aquella historia de aventuras. Y yo empecé a contarle, pero mi cabeza estaba lejos de allí.

miércoles, 24 de abril de 2013

MARY CHANNEL

Mary Bellamy era una joven de Dorchester que a los dieciséis años se casó por imposición de sus padres con un fabricante de telas treinta años mayor que ella. Las semanas anteriores a la boda, Mary dormía mal y tenía pesadillas. Intentó que su padre cancelara la ceremonia, pero éste se negó y el 12 de septiembre de 1723 Mary se convirtió en la señora Channel.
Después de una desastrosa noche nupcial, Mary pasó a ocuparse de la casa. Su marido le encomendó dirigir a unos sirvientes que apenas se esforzaban por ocultar su desdén hacia una muchacha cuyo origen era tan humilde como el de ellos. Mary lo puso al corriente pero el señor Channel no quiso escuchar sus acusaciones, así que los sirvientes y ella se enzarzaban en continuas disputas en cuanto aquél se ausentaba. Con el paso de los meses, resultó evidente que el señor y la señora Channel no podían tener hijos. Al cabo de un año, el señor Channel apenas le dirigía la palabra a su mujer y desempeñaba su rutina diaria como si ella no estuviera presente. Mary salía de casa por la mañana después de que su marido se hubiera ido a trabajar, pasaba las horas caminando por los campos y los bosques de los alrededores, y regresaba unos minutos antes que él para comer o para cenar. Cuando el señor Channel se enteró de aquellas ausencias la golpeó y le ordenó que no volvieran a repetirse. Desde entonces, Mary deambulaba mañana y tarde por el interior de la casa, y a veces lloraba junto a una ventana si estaba segura de que nadie podía oírla.
Una mañana de febrero, el señor Channel cogió la diligencia para Londres, donde iba a pasar diez días por asuntos de negocios. Dos días después, un joven de la edad de Mary, que decía ser marino y dirigirse a Weymouth para enrolarse en un barco que zarpaba esa semana, paró a pedir agua en casa de los Channel. Mary lo condujo hasta la cocina y se la sirvió ella misma. Estuvieron hablando un rato con la puerta cerrada. Luego salieron de la vivienda, e ignorando las miradas acusadoras de sirvientes y vecinos tomaron el camino que conducía hasta el pueblo. Aunque el muchacho se hospedó en una posada, la mañana siguiente volvió a casa de los Channel y repitió las visitas durante el resto de la semana. El día que había decidido marcharse, al caer la tarde, Mary fingió indicarle la forma de llegar hasta la costa, pero en cuanto dejaron atrás el pueblo se adentró en el bosque seguida por él. Pasaron la noche dentro de una cabaña abandonada y alejada del camino. El muchacho le prometió que al día siguiente la llevaría consigo, pero Mary se despertó de madrugada y estaba sola en la estancia. Echó a andar de vuelta a casa. Al entrar se topó con los sirvientes, que comenzaban la jornada y se mostraron extrañados al verla. Mary los rechazó violentamente, se negó a darles explicaciones y se retiró escaleras arriba a una habitación apartada.
Cuando el señor Channel regresó, ya estaba al tanto de la aventura de su mujer. A la hora de la cena se reunió con ella en el comedor e hizo salir a los sirvientes. El señor Channel la golpeó varias veces y le ordenó que se marchara inmediatamente de su casa, pero antes de que pudiera agredirla de nuevo Mary cogió uno de los cuchillos que había encima de la mesa y se lo clavó en el cuello. El señor Channel se desplomó a sus pies y Mary lo contempló en silencio mientras se desangraba sobre la alfombra. Luego salió de casa, atravesó los prados contiguos y caminó sin rumbo por el bosque. La detuvieron unas horas después dentro de la cabaña donde había pasado la noche con el muchacho. Se dejó prender y no respondió a ninguna de las preguntas que le hicieron mientras la llevaban de regreso al pueblo.
Mary Channel fue juzgada por asesinar a su marido y condenada a morir en la hoguera, la pena habitual para las mujeres que habían matado a sus cónyuges. Cuando escuchó la sentencia, sufrió un mareo y tuvieron que sujetarla para que no se desplomara. Se repuso unos minutos después y afirmó que merecía morir por lo que había hecho, pero suplicó que no la mataran de aquella forma. Además responsabilizó de lo sucedido a sus padres, que se encontraban en la sala y le rogaron que los perdonara. Pero Mary se negó a hablar con ellos, y en seguida fue conducida a la prisión donde aguardaría hasta que se cumpliera la sentencia.
El dos de marzo de 1725, dos guardianes sacaron a Mary de su celda, le ataron las manos, la tendieron sobre una plancha de madera de la que tiraba un caballo, y un palafrenero la llevó hasta el emplazamiento donde iba a tener lugar la ejecución, al que habían acudido numerosos vecinos y gentes de los alrededores. El verdugo la puso en pie, la situó en el centro de la pira, fijó su cuerpo al poste con una cadena y le ató una cuerda alrededor del cuello. A continuación, procedió como era habitual en aquellos ajusticiamientos: prendió fuego a las ramas y los haces de leña acumulados en torno a Mary, y cuando las llamas se elevaban tiró con fuerza de la cuerda hasta estrangularla. Luego el vestido de Mary se inflamó, su cuerpo comenzó a arder, y al cabo de varias horas quedaba reducido a cenizas. 

sábado, 23 de marzo de 2013

JACQUES BONHOMME

En abril de 1358, durante la guerra con Inglaterra, las hijas de Jacques Durand, un campesino de Reims, fueron violadas y asesinadas por miembros de una de las bandas de mercenarios que asolaban el norte de Francia. Los señores no lograban detenerlos, los mismos señores que dos años antes había abandonado al rey Jean II en manos del enemigo tras la batalla de Poitiers, y ahora aumentaban los impuestos para poder reconstruir sus propiedades y exigían a los campesinos que defendieran sus castillos si eran atacados por los ingleses. Semanas después, a Durand le llegaron noticias confusas de que numerosos campesinos se habían reunido en Saint-Leu d’Esserent para enfrentarse a una nobleza que no había apoyado a su rey. No tardaron en formarse nuevos grupos en torno a otras ciudades, y Durand, desoyendo el consejo de su mujer, se unió al de Reims. A falta de una organización precisa, decidieron asaltar los castillos de la región. En el primero pasaron a cuchillo al señor, a su familia y a sus sirvientes, y prendieron fuego al castillo. Enardecidos tras esa primera victoria, los campesinos atacaron otro castillo y sacaron al señor al patio de armas, lo ataron a un poste y lo forzaron a presenciar la violación de su mujer y sus hijas, antes de acabar con todos ellos. Mientras salía de un patio encharcado en sangre, Durand se sentía aturdido por los hechos que acababa de presenciar. Pero luego recordó el desprecio en el rostro de los señores cuando les comunicó la muerte de sus hijas, los castigos que había sufrido por no poder pagar los impuestos, las ejecuciones de vecinos que habían robado para alimentar a sus familias y la muerte de hambre de otros, y durante el siguiente asalto actuó con la misma ferocidad que sus compañeros, aunque el recuerdo de su familia le impidió caer en los excesos de algunos.

En pocos días, los campesinos asolaron la región de Champagne y provocaron la huida de los miembros de la nobleza que aún no habían sido atacados. Pero Durand temía que la supremacía de su gente fuera a durar lo que a aquéllos les llevara reorganizarse, ya que apenas tenían   contacto con otros grupos de sublevados, y la única acción emprendida hasta entonces había consistido en eliminar el mayor número posible de familias nobles. Sus temores no tardaron en confirmarse. A pesar de los daños causados y del estado de terror en el que quedaba sumida la nobleza, pronto llegaron a Champagne noticias desalentadoras. Las huestes del rey Charles de Navarra y las de los capitanes Jean de Grailly y Gaston Fébus, que acababan de regresar de la cruzada contra Prusia, se habían unido para sofocar las revueltas, y con ellos cabalgaban también soldados aliados ingleses. En Meaux, los campesinos habían logrado negociar con los comerciantes de la ciudad, que terminaron facilitándoles la entrada y les permitieron apresar a los nobles allí refugiados, pero el ejército de Charles de Navarra la tomó por asalto, y después de liberar a los nobles la saqueó, mató a gran parte de sus habitantes e impidió salir de sus casas a otros mientras les prendía fuego a las viviendas. A continuación, los caballeros se enfrentaron a los campesinos en la batalla de Mello y les ocasionaron una dura derrota. Los que habían logrado huir contaban que después de la batalla Charles de Navarra había convocado una tregua e invitado a dialogar a Guillaume Cale, un líder de los sublevados que no aprobaba las atrocidades cometidas por una parte de los suyos. Pero cuando Cale se aproximaba en solitario al campamento enemigo, Charles de Navarra ordenó capturarlo ignorando la bandera blanca, pues los nobles no estaban obligados a respetar las normas de la caballería al tratar con un hombre de origen plebeyo. Cale fue coronado públicamente con una corona al rojo vivo en una ceremonia sarcástica, y luego decapitado.

La exaltación inicial entre los campesinos de Reims dio paso al miedo y a la incertidumbre. Se decía que los nobles mataban sin distinción a hombres, mujeres y niños, y Durand temió por lo que le pudiera ocurrir a su mujer. Grupos de caballeros bien organizados atacaron con rapidez cada una de las zonas donde se habían producido revueltas y exterminaron a todas las familias de campesinos que pudieron encontrar, quemaron sus casas y asolaron sus tierras. Frente a aquella maquinaria militar ejercitada e implacable poco pudieron hacer los sublevados, armados con hoces, cuchillos y guadañas, y dominados por la aprensión y el sentimiento de inferioridad hacia una clase a la que siempre habían considerado superior. Días después de la masacre de Meaux y la batalla de Mello, de los árboles de las regiones colindantes colgaban miles de cadáveres. La sangre se mezclaba con el agua de los arroyos, y por los campos ahora yermos se extendían los cuerpos desmembrados, quemados o destripados de gentes que, en muchos casos, ni siquiera habían participado en las revueltas. Entre los caídos se encontraba Jacques Durand, atravesado por las lanzas de varios caballeros después de que lo sorprendieran junto a otros campesinos mientra intentaba regresar a su casa. Su mujer nunca supo qué había sido de él.

miércoles, 27 de febrero de 2013

THERE'S A PLACE...

A finales de los años ochenta, cuando yo tenía catorce o quince, pusieron en televisión una serie que se titulaba La huella del crimen y en cada capítulo dramatizaba algunos de los sucesos más espeluznantes que ocurrieron en España desde mediados del siglo XIX hasta bien entrado el XX. Aun sabiendo que aquello no iba a ser un plato fácil de digerir (o tal vez por eso), me decidí a grabar en vídeo y ver un episodio, “El caso de las envenenadas de Valencia”, donde se narraba la vida y la muerte de Pilar Prades, una mujer que en la década de los cincuenta envenenó a tres personas, matando a una de ellas, y terminó en el garrote vil después de que desde la jefatura del Estado le negaran el indulto.

Por aquel entonces las cosas me iban bastante mal. En el instituto suspendía una asignatura tras otra. Al empezar cada nuevo curso se creaba una sólida enemistad entre la mayoría de mis compañeros y yo, enemistad positiva e inamovible en la que llevaba siempre la peor parte. Y aunque no era feo, tenía una mirada sombría, estaba demasiado delgado, sonreía poco y lucía la palabra "problemas" escrita en el rostro. Mis escasos amigos, todos mayores que yo, eran considerados chusma, delincuentes en potencia, carne de horca siempre al borde de la pelea y del conflicto. En cuanto salía de casa notaba cómo me envolvía una creciente sensación de amenaza, y al andar por los pasillos del instituto o por las calles del pueblo tenía la impresión de que pisaba un suelo resbaladizo.

Desde hacía un tiempo grababa películas en vídeo, y en los últimos meses la identificación con las que me resultaban más cercanas era tan intensa que me costaba días desprenderme de su recuerdo, como si fueran gente con la que había simpatizado pero a la que tardaría en volver a ver. El episodio de las envenenadas de Valencia, magnífico, concluía con una secuencia difícil de olvidar, cuando la condenada, en compañía del director de la prisión, los magistrados del proceso, el cura que le daba la extremaunción, un médico, varios funcionarios y dos celadoras, esperaba en una estancia de la cárcel a que llegara la hora del ajusticiamiento. Era una secuencia dura y descarnada: la condenada lloraba sin parar, proclamaba su inocencia y pedía que no la matasen; los que la rodeaban trataban de mantener la frialdad funcionarial supongo que imprescindible en esos casos pero hubieran preferido encontrarse bien lejos de allí; cuando se presentaba el verdugo se negaba a hacer su trabajo porque le correspondía ejecutar a una mujer, así que antes tenían que sedarlo; y al cabo de un rato, después de que el director prolongara la espera aguardando por un indulto que todos sabían que no iba a llegar, ordenaba seguir adelante. A partir de ahí, la condenada se convertía en un trozo de carne llorosa y suplicante a la que arrastraban hasta el patíbulo y ejecutaban.

Aunque la película funcionaba bien como crónica del breve itinerario criminal de la asesina y su rápida caída, era fundamentalmente la historia de una persona desdichada que además había vivido en el peor de los momentos históricos. El relato mostraba a Pilar Prades, nacida en la pobreza, analfabeta y repudiada por su padre, como una mujer desequilibrada, insegura y solitaria que había envenado a la patrona de la carnicería donde trabajaba, a la dueña de la casa donde la emplearon luego como sirvienta y a su compañera de trabajo (aunque sólo la primera había muerto), y entre sus motivos se sugerían los celos y el deseo de ocupar el lugar de personas cuyas vidas consideraba más afortunadas que la suya. En aquella última secuencia, quedaba de manifiesto que durante la espera y cuando finalmente tenía lugar la ejecución, poco importaba ya la culpabilidad de la condenada frente a la crueldad de la tarea que se estaba llevando a cabo. Todos los presentes, gentes endurecidas que habían vivido una guerra y eran funcionarios del régimen instaurado tras ella, estaban padeciendo la parte más ingrata de sus trabajos, y ante la obligación de poner fin a una vida acababan sintiendo compasión por quien iba a morir bajo el engranaje de un sistema que, sin embargo, ninguno de ellos era capaz de cuestionar.

Precisamente por estar tan bien rodada, recogiendo con sorprendente realismo la crudeza del momento pero evitando toda truculencia innecesaria, la secuencia era tan tensa y verosímil que la primera vez que la vi me dio un mareo y tuve que tumbarme en el sofá. Al cabo de un rato me repuse y conseguí terminar la película, aunque sacudido por unos escalofríos que duraron hasta la mañana siguiente. Por la noche volví a verla de principio a fin, ahora prestando atención a los matices en los rostros de los actores, a la magnífica ambientación y a los detalles de guión y de puesta en escena, y al día siguiente la vi de nuevo y empecé a preguntarme cómo habrían sido las vidas de aquellas gentes y qué pasos habrían tenido que dar para llegar a jugar un papel tan decisivo en la suerte de otras personas. Había mucha verdad en el caminar solitario de la protagonista por las calles de la ciudad recogido siempre en desolados planos generales, en su mirada angustiada cuando, una vez más, se hallaba frente a una situación que la sobrepasaba, en su gesto de inseguridad permanente y en su incapacidad para ser aceptada en un grupo. Sin embargo, otro personaje femenino, totalmente secundario, me parecía más interesante con cada nuevo visionado: era una de las dos celadoras que esperaban junto a ella a que llegara el momento de la ejecución. Su compañera parecía una persona ruda e ignorante y no hablaba en toda la secuencia, pero esta celadora, algo más joven (treinta y pico años) y con el rostro severo que tenía la gente de aquella época, intercambiaba unas palabras con la condenada tratando de echarle una mano, aunque a medida que pasaban los minutos se hacía evidente que no la iban a indultar y que estaba a un paso de la muerte. Después de que recibiera la extremaunción, la celadora le quitaba la toquilla, se quitaba la suya y se sentaba con las piernas juntas, la espalda erguida y las manos una sobre otra apoyadas en el regazo. Luego respondía a las súplicas de la condenada diciéndole que todavía podía llegar el indulto, pero media hora más tarde, cuando el procedimiento seguía adelante, le decía que ya no había remedio y que fuera valiente, la ponía en pie con ayuda de su compañera y la conducían hasta las escaleras donde aguardaban dos funcionarios para llevarla al patíbulo. Después de ver la secuencia varias veces seguidas, siempre con violentos escalofríos, terminé enamorándome de aquella mujer.

Empecé a llevar una doble vida. Los sábados por la noche iba con mis amigos a los bares y a las discotecas del pueblo, bailábamos y nos emborrachábamos, presenciábamos las peleas que estallaban todos los fines de semana y volvíamos a casa zigzagueando por las calles de las afueras con una inconfesada sensación de vacío. Pero después de acostarme me dormía pensando en la celadora de la película, recordaba con claridad sus palabras y su tono de voz, podía ver sus ojos oscuros, su nariz afilada, su piel blanca y su boca fina, y me estremecía de nuevo con unos escalofríos que duraban hasta el día siguiente. Por aquel entonces tuve mi primera novia, y una tarde de viernes, mientras caminábamos hacia la intimidad de los bosques que rodeaban la estación de ferrocarril, se me ocurrió pedirle que se peinara con la raya a un lado, como se llevaba en los años cincuenta. Pero le pareció una excentricidad, se corrió la voz y se enteró todo el pueblo. Veía los partidos de balonmano y el descenso del río en piragua, participé en alguna competición de futbolín, jugaba bien a las máquinas, intervenía en conversaciones que me aburrían y acudía a multitudinarias fiestas locales que en realidad me traían sin cuidado. Cada noche, ponía en el vídeo aquella secuencia y observaba los gestos y las expresiones de la celadora fascinado por el contraste hiriente entre dureza y piedad, conmovido por una mirada en la que comenzaba a distinguir un matiz de tristeza, y atraído paulatinamente hacia una época miserable de la que había oído hablar tan a menudo y en la que no me hubiera gustado vivir. Empezaba a trazar una línea entre fantasía y realidad y consideraba que podía pasar con facilidad de una a otra, pero al mismo tiempo me imponía la obligación de hacer lo que hacían los demás porque intuía que, de no ser así, terminaría por aislarme del todo.

Sin embargo, también empezaba a ser consciente de que aquella línea era mucho menos nítida de lo que había supuesto. Mandé a paseo a mi novia sabiendo que también ella pensaba mandarme a paseo a mí. Apenas iba a clase porque los enfrentamientos y las agresiones por parte de mis compañeros eran constantes. Me resultaba imposible concentrarme en los libros, acumulaba un suspenso tras otro y me habían expulsado un par de veces del instituto por insultar a un profesor y pelearme con un compañero que le había pegado a mi hermano. Estaba siempre triste, sentía dolor ante las imágenes más cotidianas en una zona rural como aquélla –un perro abandonado por las calles del pueblo, un camión cargado de vacas camino del matadero, un ave con las alas rotas tratando de levantar el vuelo–, me costaba dormir y notaba como un cuchillo dentro al pensar en el daño irreparable que debía de estar causándoles a mis padres. Me preguntaba si a alguien le habían pasado alguna vez cosas como las que me pasaban a mí; empecé a inquietarme de veras, a considerar que era un tipo anormal y a preguntarme si tendría alguna clase de tara.

Un tío mío puso a punto una vieja Montesa que tenía desde hacía años y me la regaló, y en pocas semanas recorrí todas las pistas de los alrededores y muchos de los intrincados caminos que discurrían por el interior de la extensa fraga que cubre los montes a pocos kilómetros del pueblo. Conducía hacia allí a primera hora de la mañana y pasaba parte del día en los rincones más apartados del bosque, sentado sobre alguna peña cerca del sendero donde había aparcado la moto o paseando entre los árboles, disfrutando del rumor constante del río y de un silencio sólo alterado por el susurro del viento o el graznido de un ave, y recordando al mismo tiempo las miradas, los gestos, los movimientos y las palabras de la celadora. Sabía que algunos guionistas solían escribir una breve biografía de todos los personajes de sus películas, así que una mañana llevé conmigo lápiz y papel y pensé en cómo sería ella. La imaginé una persona algo menos iletrada que la media de la época, lo que le había permitido hacer una oposición para aquel puesto, o quizá había llegado a través de la Sección Femenina. Tal vez fuera una solterona o tal vez estuviera casada con un españolito que iba de putas porque no lo dejaba follarla por detrás ni tocarle mucho las tetas, marido apático y ausente al que le aburría hacerlo con ella en una habitación donde había un crucifijo sobre la cabecera de la cama. Era madre de tres o cuatro hijos –alguno de los varones sería en breve guapetón y casanova, pues ella no era fea e incluso había tenido algún pretendiente en el pueblo de Zamora donde nació–, hijos que se irían buscando la vida y a los que educaba como podía repartiendo alguna que otra hostia a la hora de la cena, esas hostias que cortaban de cuajo todo amago de rebeldía, o no, y entonces caía otra o tenía que intervenir el padre. Y por supuesto iba a misa todos los domingos. El suyo era un mundo inflexible y lejano, muy bien reflejado en unas imágenes televisivas que me permitían contemplarlo con una cierta fascinación pero sin tener que ensuciarme por su contacto, aunque sentía asimismo un creciente desasosiego cada vez que veía alguna secuencia de la película. Pronto comprendí por qué, y me sorprendió no haberlo comprendido antes: la violencia soterrada o manifiesta, la crueldad y el rencor que se descargaban siempre contra el débil o el impopular, la ignorancia traducida en odio hacia lo que se consideraba diferente, la frialdad y el contento ante el infortunio de quien seguía un camino contrario al establecido, no eran sólo rasgos parciales y difusos de un pasado reproducido para una película, sino también los trazos con los que estaba dibujado el paisaje que yo tenía que transitar cada día. Me di cuenta con perplejidad y un asomo de miedo de que hasta entonces había vivido en un mundo en apariencia seguro pero que ahora se desvanecía con rapidez, que en realidad se había desvanecido hacía ya tiempo.

Empecé a perder la cabeza. Después de nuevos encontronazos por la calle con algunos compañeros de clase, decidí esconder un cuchillo dentro del abrigo y rajarlos la próxima vez que me agredieran, sin importarme lo que pudiera ocurrir luego. Soñaba que moría con el cuello quebrado en el garrote, me molestaba el roce de los guantes sobre la piel que cubre las venas de las muñecas y comencé a estremecerme por el contacto de la bufanda que llevaba muy ceñida cuando andaba en moto. Pensé en escaparme del pueblo, en dejarle la Montesa a mi hermano e ir a trabajar a una ciudad grande donde nadie me conociera y donde fuera posible encontrar a gente distinta a la que me correspondía tratar a diario. Tenía la impresión de vivir en carne viva en un mundo distorsionado, incomprensible y peligroso.


Una tarde subí en la moto hacia una peña muy elevada desde donde se domina un trecho amplio del río y los montes entre los que discurre. Había llovido poco antes, y más allá de los troncos cubiertos de musgo podía distinguir el verdor de los helechos, el brillo plateado de los torrentes, las piedras salpicadas de espuma y el terreno irregular alfombrado de hojas empapadas. Después de doblar una curva muy cerrada, cerca ya del último tramo de camino, noté cómo la pendiente se acentuaba. Tuve que cambiar a primera porque el motor se calaba, y al soltar el embrague la moto salió disparada mientras yo caía por tierra, resbaló en el suelo mojado y se precipitó hacia la maraña de vegetación que se extendía a los lados. Quedé tumbado boca arriba con la cabeza apoyada dentro de un charco. Tomé aliento. No tenía ganas de moverme de donde estaba. Dejé pasar los minutos contemplando las copas de los árboles mecidas por el viento y las cimas rocosas de los montes que se recortaban contra el cielo gris. Al fin me erguí lentamente hasta quedar sentado. Me froté las piernas, la nuca y la espalda dolorida, pero cuando me puse en pie comprendí que, a pesar de cojear un poco, no tenía nada grave. Me acerqué hasta la moto, y con un pequeño esfuerzo la separé de los arbustos tirando del manillar hacia atrás. Luego les eché un vistazo al depósito de gasolina, a la bujía y al motor, y comprobé que estaban intactos. Antes de montar, observé el cielo y pude avistar la figura de un ave rapaz que planeaba por encima de los picos más altos y se perdía de vista en la lejanía. Me pregunté si desde aquella distancia el ave me habría visto a mí. Tal vez, y tal vez desde aquella distancia yo fuera sólo un chaval que se reponía de una caída y caminaba hasta su vieja moto en medio de un camino perdido en las profundidades de la fraga.

lunes, 19 de noviembre de 2012

RUIDOS


A Songül,  Amália y Pablo
A lo largo de la semana se despertaba en mitad de la noche y no lograba conciliar el sueño. Dejaba pasar las horas con la mirada perdida en la oscuridad, cambiaba de posición buscando reposo, y siempre acababa oyendo ruidos procedentes de la cocina: eran ruidos de pisadas, de cajones que se abrían y cerraban y de objetos que caían sobre la mesa. Los oía durante unos minutos. Luego los ruidos se interrumpían pero él seguía tumbado en la cama sin poder dormir, hasta que a las seis y media sonaba el despertador y se levantaba para ir a trabajar.
Cogía el metro agobiado entre la muchedumbre y padecía el masaje para el afeitado de unos, la colonia de otros, el perfume de otras y el sudor de aquellos que no tenían la decencia de ducharse cada mañana. Al cabo de una hora llegaba a su parada, aunque a menudo había tantos pasajeros que tardaba media hora más, y otras veces el tren permanecía bloqueado dentro de un túnel durante quince o veinte minutos. El conductor rogaba paciencia, y aunque nunca decía la causa de las detenciones, él sabía bien a qué se debían: alguien había bajado a la vía y había echado a andar hacia el interior del túnel, hasta que un tren surgió de la oscuridad y lo arrolló.
Entraba en su despacho después de saludar a su secretaria, una muchacha agradable y atractiva a la que llevaba veinte años, con quien mantenía una relación cordial pero distante. No podía evitar fijarse en sus piernas cruzadas por debajo de la mesa, y en ese momento pensaba siempre en el tipo joven y puesto al día que se acostaría con ella cada noche, lo que le producía un extraño dolor. Trabajaba más de diez horas y salía del despacho sólo para comer. Lo hacía en el comedor del sótano, junto a sus compañeros, mientras miraban disimuladamente a las secretarias, que charlaban y sonreían en otra zona del local. Luego regresaba al despacho, y antes de entrar solía distinguir una expresión ausente en el rostro de su secretaria. Ya había anochecido cuando volvía a coger un metro abarrotado, aunque a esa hora apenas se producían detenciones en medio del túnel: los suicidios solían tener lugar al comienzo de la jornada. Después de llegar a su casa cenaba lo que le había dejado preparado la asistenta, a quien raramente veía. En seguida se acostaba sabiendo que más tarde volvería a oír los ruidos. Al cabo de un rato cerraba los ojos y lloraba en silencio, sin nada que abrazar o a lo que agarrarse.
Una noche helada de finales de febrero, oyó los ruidos en un tono más elevado del habitual. Luego las horas pasaron con lentitud, hasta que distinguió voces lejanas, los pasos de los vecinos más madrugadores bajando las escaleras, el ruido de una persiana que se abría, y supo que pronto sonaría el despertador. Al levantarse se sintió mucho más cansado que de costumbre. Estaba abatido, le invadía un desfallecimiento que nunca había sentido con tanta intensidad. Se vistió, se sentó para ponerse los zapatos, y apenas fue capaz de volver a incorporarse. Antes de salir, observó su rostro en el espejo del vestíbulo: a pesar del afeitado y del olor a colonia, tenía un aspecto demacrado. Mientras esperaba el tren, decidió sentarse en uno de los bancos porque casi no se tenía en pie. Apoyó la cabeza entre las manos y cerró los ojos. Necesitaba dormir, pero sabía que si lo hacía los ruidos volverían a despertarlo. El tren iba a tardar aún varios minutos en llegar, y luego vendría una espera de un cuarto de hora en medio del túnel y la mentira velada del conductor. Sintió ganas de llorar, como cuando se acostaba al final de la jornada. Levantó la vista. Una joven envuelta en un abrigo rojo salió de la escalera mecánica, pasó por delante de él y se paró al borde del andén. Parecía su secretaria. Se irguió para saludarla, pero antes de llegar junto a ella se detuvo avergonzado. Debía de ofrecer un aspecto horrible, tuvo la impresión de que todos los que esperaban lo estaban observando. Un chirrido lejano se oía ya proveniente del túnel. Dejó el maletín en el suelo y saltó a la vía. Oyó exclamaciones sobre su cabeza, los otros pasajeros lo exhortaban a subir, aunque nadie se decidía a bajar para sacarlo de allí. Pero ahora no veía ante él más que la oscuridad del túnel, del que provenía como un eco el ruido del tren. Dudó si echar a andar o seguir donde estaba, en ese momento alguien gritó su nombre allá arriba. Al levantar la vista pudo ver a su secretaria, que le tendía la mano desde el borde del andén.