martes, 5 de abril de 2011

BAJO LA NIEVE

En la comarca nevaba cada tres o cuatro años, pero, debido a la proximidad del mar, cuajaba de tarde en tarde, y cuando lo hacía la nieve no tardaba más de un par de días en derretirse totalmente. En esas ocasiones excepcionales, el pueblo y las inmediaciones amanecían bajo un manto blanco: el muelle, el puente de piedra, el torreón medieval, las calles ascendentes, los bosques y los prados, todo estaba cubierto de nieve, y el que se levantara temprano tendría la suerte de verla tal y como había quedado recién caída, antes de que cientos de pies o de neumáticos dejaran sobre ella sus huellas sucias.
Una mañana de febrero, mi hermano y yo entramos en el colegio y encontramos las aulas prácticamente vacías. La nieve había bloqueado las carreteras. Los autobuses escolares no habían podido pasar, y los alumnos que venían de otros pueblos o de las aldeas más alejadas se habían quedado en casa. En el colegio sólo estábamos los que vivíamos en el pueblo o en las cercanías y los internos. Al fin, después de diez o quince minutos de espera, nos anunciaron que no habría clase en todo el día. Andrés, Juan Diego, Miguel y yo salimos a la calle. El bar contiguo al colegio tenía los cristales empañados, pero se distinguía a los dueños de los comercios del barrio tomando cafés y chupitos junto a la barra. Los únicos coches que había en la calle eran los suyos.
–Hace un frío que mata maricones –observó Miguel.
–Yo me voy a casa –dijo Juan Diego, que vivía a cinco kilómetros del pueblo y tenía que volver caminando.
–Espera un poco –dijo Andrés.
Su madre lo había traído en coche, y ahora estaría esperando su llamada para venir a buscarlo en caso de que no hubiera clase. Miguel y yo vivíamos en una aldea cerca del pueblo, una zona de prados, terrenos y bosques donde apenas pasaba algún tractor y la nieve habría cuajado más que en ningún otro sitio. Nos quedaba toda la mañana por delante, así que les propuse ir hasta allí. Juan Diego no quería, pero Andrés le dijo que a la vuelta llamaría a su madre desde una cabina y ella lo llevaría hasta su casa. Juan Diego aceptó entonces, y después de un rato tirándonos bolas de nieve echamos a andar hacia la aldea. Al pasar frente a la desembocadura del río vimos los campos de la otra orilla con un aspecto totalmente nuevo. Cruzamos la carretera, tomamos un camino y unos minutos después atravesábamos un bosquecillo de castaños. Ahí comienza una empinada cuesta que termina poco antes de la casa de Miguel. Luego hay un tramo llano y unos metros más adelante el camino se cruza con el que pasa junto a la mía. Los charcos se habían helado, teníamos que andar con tiento para no resbalar sobre ellos. La nieve seguía intacta en el camino y los alrededores. Cuando llegamos al final de la cuesta, levanté la vista hacia uno de los montes que protegen el valle donde se encuentra la aldea. Recortado contra el cielo gris se veía el castillo medieval situado a seis o siete kilómetros del pueblo. Mi hermano y yo solíamos subir cada año al final del verano, pero yo recordaba haber estado muy pocas veces en invierno, y nunca un día como aquel. Nos detuvimos frente a la casa de Miguel, y estuvimos un rato empujándonos contra los arbustos, arrastrándonos entre la nieve y tratando de correr por el terreno adyacente.
Sería cerca del mediodía cuando empezamos a sentir hambre y decidimos volver a casa. Nos despedimos y Miguel entró en la suya. Vi como Andrés y Juan Diego desaparecían en dirección al pueblo y eché a andar hacia la mía. Aunque en algún momento de la mañana había notado algo parecido a un ligero mareo, supuse que sería por el cansancio y no le di importancia. Pero ahora, mientras andaba en solitario camino adelante, reparé en que mis pies estaban empapados y en el fuerte ataque de asma que sufría. Estaba muerto de frío, tenía mucho más del que hubiera imaginado durante los minutos anteriores. Sentí que me desvanecía. Tuve ganas de tumbarme en el suelo, entre la nieve protectora, y descansar. No hay demasiada distancia entre la casa de Miguel y la mía, pero me pareció que no conseguiría recorrerla nunca. Seguí avanzando como un autómata bajo el cielo gris, ajeno a los campos que me rodeaban, a las casas de chimeneas humeantes y a los coches que de vez en cuando circulaban por la carretera. Al fin salí al otro camino. Recorrí varios metros acompañado por el crujir de la nieve bajo mis pies y llegué al portal. Lo abrí y lo cerré sin fijarme en lo que hacía, como si pasara a través de él, y anduve un último trecho mientras los perros jugueteaban entre mis tobillos. Entré en casa por la puerta del garaje y me dejé caer al suelo de la cocina. Me quité los guantes de piel empapados. Al cabo de unos segundos, me puse de pie y entré en el cuarto de baño. Después de abrir el grifo con dificultad a causa de los dedos entumecidos, metí las manos bajo el agua caliente sin tener idea de si eso era bueno o no. Pero, poco a poco, el calor volvió a mis manos, y después a todo mi cuerpo. Me sentí mucho mejor. Cerré el grifo y me sequé bien. Luego subí a mi habitación, me cambié los calcetines y me puse una chaqueta gruesa. Antes de salir al pasillo miré por la ventana. En lo alto del monte veía el castillo medieval, testigo a lo largo del tiempo de otros días mágicos como aquél de febrero en que el pueblo amaneció cubierto por un sorprendente, misterioso y efímero manto blanco.

domingo, 16 de enero de 2011

HATHAWAY

Hathaway aparcó cerca del edificio donde lo esperaba McNally para darle el dinero por haber matado a Barrett. Estaba situado en un barrio tranquilo, aunque el tranvía circulaba a pocos metros de la azotea haciendo temblar sus cimientos. Con aquella pasta, Hathaway pensaba largarse de la ciudad y viajar hacia el sur, hasta aquel lugar de América Central donde pasaría tranquilamente el resto de sus días. McNally probablemente cayera antes de retirarse, pero él no iba a terminar como McNally ni como tantos otros. Estaba cansado. Llevaba en eso mucho tiempo y era el momento de dejarlo. Bajó del coche y hundió las manos en los bolsillos de la gabardina. Hacía una noche de perros, pronto volvería a llover. Recorrió los escasos metros que lo separaban del portal y entró en el edificio. Como de costumbre, no se oía ruido alguno en la portería ni en las escaleras. Subió hasta la segunda planta. El tranvía pasó cuando estaba a mitad de camino y sintió como vibraban los vetustos escalones de madera. Avanzó por un pasillo en penumbra y se detuvo frente a la puerta del fondo. La golpeó con los nudillos. McNally siempre respondía de inmediato, como si estuviera al otro lado esperando su llegada con la mirada puesta en el reloj. Pasaron varios segundos y la puerta seguía cerrada. Hathaway se llevó la mano al interior de la gabardina y sacó la pistola con suavidad y rapidez. Sujetó el pomo, lo giró sin hacer ruido, empujó la puerta y se asomó al interior. Desde el vestíbulo distinguió una parte del salón: todo parecía en orden. Se deslizó hacia dentro del apartamento y cerró la puerta a su espalda. Fue hasta el salón empuñando la pistola a la altura de la cintura. Se detuvo: frente a él, tirado al pie del sofá, estaba el cuerpo de McNally. No hacían falta comprobaciones de ningún tipo: su rostro blanquecino, congelado en una estúpida mueca de sorpresa, era el de un fiambre. Hathaway miró a un lado y a otro. Atravesó el salón y entró en la cocina, en la habitación y en el cuarto de baño: no había nadie en el pequeño apartamento. Mientras volvía al salón las ventanas vibraron con el paso del tranvía. Se arrodilló junto al cuerpo de McNally y le giró la cabeza. Tenía un balazo en la sien, un tiro certero que probablemente hubiera venido de la puerta de entrada al apartamento. Alguien que sabía que iba a estar allí a una hora determinada lo había matado. Probablemente alguien al tanto de la cita que tenían en aquel apartamento, y por tanto quizá enterado también del trato entre McNally y él. Se preguntó quién podría querer matar a McNally. La imagen de Tony Cianelli vino a su mente de inmediato. No podía ser otro, era el único que podía saber que McNally buscaba eliminar a Barrett porque los tres habían trabajado juntos y las cosas no habían terminado bien. De hecho, Hathaway siempre había sospechado que, después de Barrett, McNally le encargaría que matara a Cianelli. Tenía que marcharse enseguida, localizarlo y acabar con él, y eso podía llevarle tiempo. Se suponía que el trabajo de Barrett era el último antes de coger el avión y largarse para siempre de aquella maldita ciudad. Buscó con impaciencia en los bolsillos de McNally, pero no encontró el dinero. Probablemente Cianelli lo hubiera sustraído después de matar a McNally, aquello corroboraba que conocía el trato entre ellos. Se puso en pie. Aquel maldito Cianelli se las iba a pagar. Caminó hasta la puerta y echó un vistazo al pasillo antes de salir. Sonó un trueno que hizo temblar las paredes del edificio. Bajó rápidamente las escaleras mientras llegaba a sus oídos el ruido de la lluvia. Subió el cuello de la gabardina y se caló el sombrero. Se sintió fatigado, en ese momento debería encontrarse en casa con el dinero, haciendo las maletas y pensando en el viaje hacia el sur. Llegó al vestíbulo y abrió la puerta brúscamente. Iba a salir pero se detuvo en el umbral: había dos coches de policía aparcados junto a la acera de enfrente, y varios polizontes, que ya lo habían visto entre las sombras del vestíbulo, lo encañonaban con ganas evidentes de abrir fuego. Cianelli los habría avisado, así le cargaba el muerto a Hathaway y lo quitaba de en medio para disfrutar con tranquilidad de la pasta que le había birlado a McNally. Un buen plan, el de Cianelli, y Hathaway aún iba a tardar algún tiempo en ajustarle las cuentas. Uno de los polis le gritaba que levantara las manos y saliera. Se le pasó por la cabeza correr escaleras arriba. Pero no tenía ninguna posibilidad: lo cazarían en las plantas superiores y le meterían más plomo del que él fuera a meterle nunca a aquel hijo de puta de Cianelli. Levantó las manos, salió del vestíbulo y se detuvo frente al portal. El agua se deslizaba por el ala de su sombrero. Dos agentes salieron de detrás del vehículo y echaron a andar hacia él sin dejar de apuntarle. En unos segundos le quitarían la pistola, lo esposarían y lo harían entrar a empujones en el coche, otra vez a pasar por lo mismo de siempre. “Mierda”, pensó Hathaway, “y encima llueve”.

viernes, 31 de diciembre de 2010

THE BUTCHER BOY (I)

En una ocasión, cuando tenía once o doce años, fui a buscar un encargo a la carnicería, y al poco rato tuve que salir a causa de un mareo debido a la visión de las piezas expuestas y a los olores y sonidos característicos del local. Desde entonces no he vuelto a entrar en uno semejante, pero antes aún era capaz de esperar allí dentro hasta que el pedido estuviera listo, aunque apartando la mirada de las manos rudas que trabajaban con habilidad y rapidez sobre el mostrador.

Una mañana de verano, llegué a la carnicería en el momento en que las cinco o seis personas que hacían cola comentaban lo bien que le sentaban a la tienda las recientes reformas: el propietario había sustituido el viejo escaparate por una imponente cristalera, tan impoluta que producía la impresión de que se podía entrar y salir directamente sin necesidad de franquear puerta alguna. Mientras contemplaba la cristalera contagiado por la admiración de los otros clientes, vi a un señor que venía calle abajo y debía de conocer a uno de ellos, a juzgar por su paso firme y su mirada de reconocimiento. Era enjuto y fuerte, tendría unos cincuenta años, lucía mostacho y vestía chaqueta y pantalón azules y boina. Su forma de andar y un ligero aire desenfadado podían producir la falsa la impresión de que se trataba del clásico vecino cordial y campechano. Pero su expresión dura, astuta y desconfiada me llevó a pensar que probablemente sería de los que tratan a patadas a sus perros o le pegan una buena paliza a quien sorprenden robando fruta de sus árboles. Unos días antes, un vecino había corrido a palos a un amigo mío que pasaba frente a su finca porque se empeñó en que la semana anterior lo había visto cuando escapaba saltando el muro después de saquearle los cerezos. Luego se lo contó a su padre, y éste volvió a sacudirle. Según la descripción de mi amigo, que había entrado en alguna que otra finca pero nunca en aquella porque sabía cómo las gastaba su propietario, no sería extraño que el señor que lo había apaleado a él y el que veía yo ahora fueran el mismo. Por un instante, la velocidad y el paso decidido que llevaba me hicieron dudar que hubiera reparado en la existencia de la cristalera. Pero tenía que ser muy alcornoque para eso. Sin embargo, el señor no aminoraba la marcha y avanzaba convencido y en línea recta hacia la superficie de cristal que quedaba a la izquierda de la puerta. Pensé en hacerle una señal o advertir a los de dentro. Pero mi timidez innata, y la posibilidad de que al final entrara como habíamos hecho todos, me aconsejaron permanecer a la espera. La señora que acaba de pagar se volvió hacia la calle y dijo con una sonrisa: “mira, ahí viene Fulano de tal”, y unos segundos después el señor se lanzó contra el escaparate como si éste no existiera, salió rebotado hacia atrás y cayó al suelo de espaldas. El batacazo debió de oírse al otro lado del pueblo. Los de dentro se quedaron con la boca abierta, hubo quien salió rápidamente y hubo también quien ahogó una sonrisa inoportuna. No recuerdo si sentí o no haber callado, porque aunque hubiera vencido la timidez y afirmado que el señor se encaminaba hacia la vitrina, no cabía descartar que éste abriera la puerta y yo recibiera ásperos comentario de reprobación por haberme hecho el simpático. Lo sujetaron por los brazos, lo introdujeron en el local y lo acomodaron sobre un banco de madera para que se reanimara. Allí estuvo un rato, tumbado boca arriba con la mirada perdida en los tubos fluorescentes del techo, mientras alguna cliente le preguntaba de vez en cuando cómo se sentía y él respondía con un gemido. Superada ya la impresión causada por el accidente (que para unos sería una anécdota que contar a la mesa, y para otros la prueba que en los vinos o en el trabajo les permitiría asegurar que Fulano de tal era tan imbécil como ellos, por lo bajo, habían sostenido siempre), me entregaron el pedido y pagué. Salí de la carnicería y eché a andar calle arriba para seguir con los recados de la mañana.

lunes, 18 de octubre de 2010

TIEMPO PRESTADO

When I was younger
Living confusion and deep dispair
John Lennon
1
Juan Marante corría bordeando la desembocadura del río en dirección a las afueras del pueblo. Aceleró el paso al distinguir el pequeño edificio que se alzaba entre la bruma de la marisma, y miró atrás un par de veces antes de llegar ante la puerta que permitía acceder al sótano desde el exterior. Aferró la manilla intentando hacerla girar, pero la puerta estaba cerrada con llave. Bordeó la planta baja, subió las escaleras de cemento y se detuvo ante la entrada principal. También estaba cerrada, así que retrocedió, golpeó con el pie el cristal opaco y lo hizo pedazos. Volvió la vista a un lado y a otro. Un coche pasó a toda velocidad por la avenida. Marante se agachó y entró con precaución, pero se cortó en la sien con un fragmento de cristal que quedaba en el marco de la puerta. Se tocó la herida y vio la sangre sobre la punta de los dedos. Tras una rápida ojeada al vestíbulo subió apresuradamente. Se detuvo en el rellano de la tercera planta, y asomado sobre el pasamanos observó el itinerario que acababa de recorrer. Aunque era poco probable que Crespo y los otros anduvieran cerca, temía que alguien hubiera oído el ruido del cristal al romperse. Se volvió hacia la puerta, la abrió sin dificultad y recorrió un pasillo cubierto de cristales que lo condujo hasta la habitación del fondo. Se sentó fatigado sobre el mugriento colchón de una cama junto a la ventana. Bajo las farolas encendidas, vio pasar el autobús escolar que un par de horas antes había recogido a los alumnos del colegio, y ahora regresaba después de haberlos dejado en las aldeas cercanas al pueblo y de realizar el resto de servicios de la jornada. Su corazón latió con rapidez al recordar lo sucedido aquel día. Después de la última clase de la mañana, Marante había salido del instituto situado en el otro extremo del pueblo y había echado a andar en solitario hacia su casa, mirando al frente e ignorando a los grupos que avanzaban en todas direcciones a su alrededor. Pronto se unía a él uno de esos grupos, formado por tres compañeros que, antes de que consiguiera alejarse, le bloquearon el camino, le tiraron los libros y lo empujaron a un lado y a otro impidiéndole recogerlos. Marante se preguntó si su hermano pequeño estaría cerca. Crespo aferró su cuello y lo forzó a agacharse mientras los otros le pegaban patadas en las piernas, y al intentar desembarazarse Marante cayó al suelo. Después de un instante de indecisión, se irguió y golpeó a Crespo en el pecho, pero éste lo derribó de nuevo. Luego lo sujetó por una oreja, lo zarandeó y lo envió por tierra una vez más. Cuando Marante los oyó marcharse, se levantó y anduvo con rapidez hacia la cercana estación de ferrocarril preguntándose si alguien habría visto lo ocurrido. Se sentó en el andén y contempló el mar al otro lado de la vía férrea. Unos minutos después oía como alguien llegaba. Se dio la vuelta y vio a su hermano, que lo miraba fijamente. Marante bajó la cabeza, y su hermano se sentó junto a él y le puso un brazo sobre los hombros.

Por la tarde, mientras transcurrían las horas y a su alrededor se sucedían las lecciones, las pequeñas bromas pesadas, los empujones, las conversaciones, las risas, los gritos, Marante recordaba una y otra vez la mirada de su hermano en el andén de la estación, y lo que había podido leer en ella. Después de la última clase salió del aula, recorrió un pasillo lleno de gente, entró en la de Crespo y se abalanzó sobre él ante las exclamaciones de asombro de los que los rodeaban. Crespo respondió con un puñetazo que le partió un labio y lo mandó al suelo, y lo pateó con fuerza en la espalda. Nadie parecía dispuesto a ayudarle, hasta que oyó la voz enérgica de un profesor y los golpes cesaron. Se levantó apoyándose en un pupitre, y vio como Crespo le explicaba al profesor que Marante lo había agredido y alguien decía que Marante estaba loco. Salió corriendo del aula, bajó las escaleras de un salto y dejó atrás el instituto, pero de camino a su casa se detuvo y tomó aliento. A esa hora Crespo y los otros se quedaban un rato jugando al baloncesto, así que Marante volvió sobre sus pasos, entró en un centro ya vacío y llegó a los vestuarios, desde donde oía las voces provenientes del pabellón de deportes contiguo. No le costó dar con la cazadora de Crespo, que arrojó a un urinario y empujó con el pie hasta taponarlo. Luego salió apresuradamente y echó a correr de vuelta a casa, pero cerca de allí pudo ver a un amigo de Crespo con el que había tenido un encontronazo unos días antes, así que cambió de dirección y corrió hacia el edificio junto a la desembocadura del río.

2
A esa hora ya habrían descubierto la cazadora encharcada y andarían buscándolo por el pueblo. El primer lugar al que irían sería su propia casa. Su hermano podía tener problemas con Crespo, pero sabría salir bien parado del posible incidente. Era él quien, tarde o temprano, tendría que hacer frente no sólo a sus compañeros, sino también a las complicaciones en el instituto por lo que había hecho en los vestuarios. El interior de la vivienda estaba ya a oscuras. Salió de la habitación, avanzó a ciegas por el pasillo, llegó hasta el rellano de la escalera y continuó subiendo hacia la azotea. Un año antes solía hacer el mismo recorrido con su hermano y un par de amigos para jugar a las cartas cuando los días empezaban a ser más largos, pero tenía la impresión de que aquello hubiera sucedido en otra vida. Al empujar la puerta metálica oyó un coche que recorría la avenida en dirección al pueblo. Se acercó hasta la barandilla y contempló el mar. Si descendía y trataba de regresar a casa, acabaría cruzándose con sus compañeros por las calles céntricas. Y aunque se quedara durante toda la noche en el edificio y no fuera a clase al día siguiente, tarde o temprano se encontraría de nuevo con ellos. Recorrió la azotea de un lado a otro. Cerca de la puerta tropezó con una maceta que había en el suelo. En su interior quedaba algo de tierra, y al levantarla comprobó cuánto pesaba. Se vio a sí mismo asomado a la barandilla, aguardando la llegada de Crespo para dejar caer la maceta sobre él. En más de una ocasión se había preguntado si existiría algún medio de librarse de Crespo, y había sopesado la posibilidad de llevar bajo el cinturón un cuchillo de caza que encontró en el desván de su casa, para clavárselo en cuanto volviera a agredirlo. Le resultaba extraño que, pese a ser incapaz de soportar los aullidos de dolor de un animal, no le causara repulsión la idea de matar a Crespo. Tal vez se debiera a que probablemente a Crespo tampoco le causaría repulsión la idea de matarlo a él, y quizá ya habría intentado hacerlo si las circunstancias fueran otras. No lograba entender la razón del odio que parecía sentir Crespo, aunque le vinieron a la cabeza un par de posibles explicaciones sobre las que prefirió no reflexionar. La sangre corría por su mejilla, había olvidado el corte en la sien. Dejó la maceta en el suelo, sacó un pañuelo del bolsillo y enjugó la herida. Se acordó de un alumno interno en el colegio que varios años atrás había herido a un compañero con una navaja. Marante lo había visto por última vez cuando se lo llevaba una pareja de guardias civiles, y había sentido vergüenza e impotencia ante su mirada vacía y su rostro congestionado a causa de la paliza que acababa de pegarle un profesor. Recordó las agresiones, los castigos y las humillaciones que sufrían los internos un día tras otro sin que pareciera importarle a nadie. Luego todo aquello terminó y no volvió a verlos, pero en seguida se encontró con que una inesperada hostilidad iba creciendo en torno a sí mismo. La mayor parte de sus amigos, especialmente los más íntimos, parecieron avergonzarse de serlo y terminaron dándole la espalda. Sólo su hermano demostró una lealtad de la que él no había sido consciente hasta entonces. Sintió un mareo y tuvo que apoyarse en la barandilla. Se estremeció al distinguir las tres siluetas que se aproximaban por la acera del otro lado de la avenida. Crespo señaló la parte alta del edificio. Marante cogió la maceta con manos temblorosas mientras sus compañeros empezaban a correr. Al apoyarla sobre la barandilla vio el coche que venía del pueblo a toda velocidad. Crespo y los otros buscaban un espacio para cruzar la avenida entre los vehículos aparcados junto a la acera. Marante dudó si prevenirlos y las palabras no salieron de su boca. Crespo pasó rozando una furgoneta y un contenedor de basuras sin apartar la vista de la azotea, y en el momento de pisar la carretera el coche lo embistió y lo lanzó varios metros por delante. El conductor frenó en seco y se apeó precipitadamente. El cuerpo inconsciente de Crespo estaba tirado frente al edificio con las piernas contorsionadas en una postura grotesca. El conductor lo contemplaba embobado. Sus compañeros se miraban unos a otros, y alguien salió de un bar cercano y corrió hacia el lugar del accidente.

Marante dejó la maceta en el suelo y retrocedió hasta la puerta de la azotea. Desde donde estaba podía oír el revuelo que empezaba a formarse en la avenida. Bajó las escaleras y salió a la calle sin que nadie se fijara en él. Sintió en el rostro la brisa proveniente del mar. Subió el cuello del abrigo, metió las manos en los bolsillos y caminó de vuelta a casa.

lunes, 27 de septiembre de 2010

AL CAER LA TARDE

Un atardecer de mayo, mientras leía junto a la ventana esperando a que mi madre hiciera la cena, mi padre llegó a casa y nos regaló a mi hermano y a mi diez ejemplares de las monedas de diez pesetas que acababan de salir. Tal vez influido por el libro que tenía sobre las rodillas, se me ocurrió esconder aquel dinero tan fácilmente adquirido en la cala sombría y solitaria a la que se accede por el extremo de la playa más alejado del pueblo. Al día siguiente, en el colegio, les comenté mi propósito a Juan Diego y a Andrés. A Juan Diego lo trajo sin cuidado, como la mayor parte de las ideas que se me ocurrían, sin embargo no le costaba acompañarme porque vivía en el horrible edificio de catorce pisos construido cerca de la playa, entre el paseo marítimo y la vía del tren. Andrés parecía más interesado, pero tenía que estar de regreso en el pueblo, puntualmente, a las seis y media, hora a la que su madre bajaba de la aldea para recogerlos a él y a su hermana.
Después de la última clase de la tarde, salimos del colegio y anduvimos hacia las afueras del pueblo. Cruzamos el puente sobre la desembocadura del río, llegamos al final del paseo marítimo mientras empezaba a lloviznar y nos adentramos en el pinar con dirección a la playa. Cuando pasábamos junto a los bares que hay a un lado del paseo vi el coche de mi tío aparcado delante de uno de ellos. No me sorprendió: sabía que solía tomar un vino después del trabajo, y le gustaba acercarse hasta los alrededores del pueblo, donde se encontraba con viejos conocidos. Caminamos por el suelo arenoso alfombrado de agujas de pino, bajo el cobijo del espeso ramaje. Al salir del pinar vimos que la marea estaba subiendo, no debía de faltar mucho para la pleamar. Andrés comentó que se hacía tarde para él, pero logramos convencerlo de que estaríamos en el pueblo antes de las seis y media. Fuimos hasta el extremo de la playa y nos detuvimos frente a la zona de rocas que la separa de la cala. Había dejado de lloviznar, aunque el cielo seguía nublado. Pese a la proximidad del oleaje, consideramos que aún teníamos tiempo de ir y volver antes de que el mar inundara por completo el pasaje arenoso entre las rocas. Echamos a andar y nuestros pies se hundieron en la arena mojada. Recorrimos varios metros de terreno practicable, pero las olas cada vez más próximas nos obligaron a trepar a lo alto de una roca. Estaba cubierta de moluscos y algas humedecidas, teníamos que avanzar con mucho tiento. Pasamos a la roca contigua, y de ella a la siguiente. Nos faltaban unos metros para alcanzar la cala cuando Andrés resbaló, se dio de bruces contra la roca y cayó al agua. Juan Diego y yo estiramos los brazos y lo ayudamos a subir. Andrés se había empapado de la cintura para abajo. Le llevó unos minutos reponerse. Luego seguimos adelante, y pronto saltamos al escaso espacio seco que quedaba en la cala entre el mar y los árboles. Una estrecha franja rocosa se adentraba seis o siete metros en el agua hasta el centro de la bahía. Avanzamos sobre ella en fila india y nos detuvimos en su extremo. Desde allí podíamos ver la playa y el pinar, la desembocadura del río y el pueblo al otro lado. Dos puentes unían una costa con la otra: el que habíamos cruzado nosotros y el del ferrocarril, que pasaba a unos veinte metros por encima del pequeño puerto pesquero que le daba vida al pueblo. Un monte cubierto de prados y de tupidos bosques de castaños lo protegía de los malos vientos. Era una costa menos abrupta que aquella en la que nos encontrábamos, aunque igual de verde y frondosa. La anchura de la ría nos permitía divisar la línea brumosa del horizonte. Andrés nos culpaba de su mala suerte e insistía en que iba a llegar tarde al pueblo, pero yo me sentía incapaz de escucharlo, y disfrutaba de aquel lugar cercano y recóndito de donde me gustaría no tener que regresar tan pronto. Un barco zarpó del puerto y puso rumbo a la boca de la ría. Saqué del bolsillo el pequeño cofre metálico donde guardaba las monedas y lo dejé caer al agua, y al ver como desaparecía entre las algas del fondo me prometí regresar la semana siguiente con marea baja para recuperarlo. Las olas salpicaban ya la pequeña superficie sobre la que manteníamos el equilibrio. Regresamos a la cala y volvimos hacia la playa pasando con precaución de una roca a otra. El mar rompía con fuerza e inundaba por completo el pasaje: una caída ahora haría que nos mojáramos hasta el cuello. Andrés insistía en que Juan Diego y yo éramos los causantes de su infortunio, y en que por nuestra culpa iba a llegar al pueblo tarde y empapado. De vuelta en la playa, presa de una desesperación algo teatral, se derrumbó y se revolcó sobre la arena. Juan Diego no parecía muy impresionado por verlo tirado a sus pies, ni entendía qué era aquello de estar sin falta a las seis y media en el pueblo. Andrés se levantó con los pantalones mojados cubiertos de arena. Salimos de la playa, cruzamos el pinar y el paseo marítimo y llegamos a la sórdida urbanización donde vivía Juan Diego. Nuestro amigo volvió a su casa, y Andrés y yo caminamos hacia el pueblo. Era una bonita tarde de primavera, el aire olía a flores y a hierba húmeda. Andrés hablaba de broncas, de castigos y de prohibiciones. Le propuse volver cruzando el puente del ferrocarril y así ganar tiempo, pero ya todo le daba igual. Debían de ser las siete o las siete y media y su madre estaría en casa, preguntándose dónde demonios se habría metido y esperando su llamada para bajar de nuevo a recogerlo. Aceleramos el paso. Nos acercábamos a la vía férrea cuando vimos a mi tío saliendo de un bar y caminando hacia el coche. Se detuvo sorprendido al vernos. No le expliqué el porqué de nuestra ida a la playa, no iba a entenderlo. A mi tío le agradó el encuentro, y se ofreció a llevarnos hasta nuestras casas. Andrés sonrió: en cuanto llegaran, su madre lo dejaría todo para invitar a un café al inesperado y bienvenido visitante, y el maldito retraso y los pantalones mojados se convertirían en algo secundario. Subimos al coche. Mi tío condujo en dirección al pueblo y dejamos atrás el pinar mientras caía la tarde.

lunes, 5 de abril de 2010

EL ESPEJO

Durante las tardes de invierno, Miguel veía el río y los montes desde su pupitre junto a la ventana, hasta que su ensimismamiento era cortado de cuajo por una bofetada que lo hacía tambalearse en el asiento. Las procesiones de Semana Santa anunciaban la llegada del buen tiempo, y una mañana de rudas competiciones deportivas señalaba el final del curso, tras el que venían un par de semanas forzosas e interminables en un campamento de la OJE. Después empezaba una temporada de lluvia, sol y nubes que Miguel deseaba que no acabara nunca. En septiembre, cinco días de fiestas locales ponían fin al verano. Cuando tenía doce años, la última noche de las vacaciones, Miguel ganó al tiro una cartera de cuero falso con un espejo en su interior. Al devolver la escopeta y recibir el trofeo, le costó ocultar el orgullo que sentía. Las semanas siguientes, llevaba la cartera consigo cuando iba hasta la plaza con cuatro o cinco amigos después de salir del colegio, y cuando jugaban al clavo en algún prado de las afueras, tocaban la harmónica bajo un árbol del jardín o entraban furtivamente en las huertas. A veces paseaba en solitario por la estación del ferrocarril, por el atrio de la iglesia, por los alrededores de la fábrica de curtidos, por el pequeño puerto pesquero, con la cartera guardada en el bolsillo trasero del pantalón, de donde la retiraba en el momento de ir a sentarse. Dentro de aquel objeto, obtenido sin ayuda de nadie en medio del barullo de una alameda llena de gente, podía ver reflejada una parte de su rostro: la nariz larga, el flequillo que le caía sobre la frente, los ojos oscuros, en los que ocasionalmente leía una intranquilidad cuyo origen no sabía dilucidar. Una tarde de octubre, Miguel compró un tebeo y se sentó al pie del escaparate de la librería para leerlo con avidez, olvidando momentáneamente la cartera. Se acordó de ella al oír a su espalda un inquietante crujido. Con el corazón en vilo se puso en pie, se llevó la mano al bolsillo, sacó la cartera y la abrió. Sintió como algo se venía abajo al comprobar que el espejo estaba hecho añicos. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero no lloró, para que nadie pudiera detenerse frente a él, y reírse o reprenderle. Con cuidado de que los fragmentos no se cayeran, cerró la cartera y volvió a guardarla. Ya era tarde y empezaba a hacer frío. Incapaz de contener el llanto, dirigió la mirada al otro lado de la calle, y entre los viejos edificios con galería de madera blanca pudo ver los prados que cubren la ladera del monte, y los caballos que pastaban en uno de ellos.