jueves, 9 de enero de 2014

LA CHICA DEL VIDEOCLUB

A Javier
Durante un par de años hubo en mi pueblo dos videoclubs, uno situado bajo los soportales de la Calle Real y el otro en la calle de las afueras que conduce hasta la estación de ferrocarril. Éste era mi preferido, no porque tuviera muchas películas sino porque algunas eran viejos clásicos que siempre había querido ver, títulos algo olvidados que los más mayores recordaban haber visto en el cine y quizá luego en algún lejano pase televisivo. Allí alquilé La jungla en armas, La venganza del bergantín, Tambores lejanos o Pasos en la niebla. El propietario era un tipo de pocas palabras que se parecía a David Johansen y pronto me saludaba con cierta familiaridad. Debí de ser uno de los clientes más asiduos de aquel videoclub, hasta que lo cerraron por motivos que nunca estuvieron del todo claros. Así que tuve que volver al local más concurrido de la Calle Real, donde había la oferta habitual de grandes producciones como Ben-Hur, Estación polar Cebra, Cimarrón o El coloso en llamas, películas que alquilaban al final de la semana los niños que salían del colegio, las madres que hacían la compra o los padres a la vuelta del trabajo, para ver en familia el sábado por la noche.

Cuando yo tenía catorce años, empezó a trabajar en el videoclub una chica de unos veinte que venía de una aldea cercana y vivía en un pequeño edificio de las afueras. Hacía piragüismo, era alta y muy guapa y tenía un cuerpo esbelto y vigoroso, y un aire exótico y agitanado, que causaron sensación en la zona e hicieron que con su llegada aumentara la clientela masculina de la tienda. A decir verdad, a mí no me atraía demasiado: mucho más que las chicas de mi edad o que la diosa del videoclub, me gustaban las atractivas y cuarentonas dependientas de las mercerías, fruterías, zapaterías, pescaderías, panaderías y papelerías del pueblo, a las que veía trabajar al otro lado de los escaparates cuando pasaba por delante. Empecé a frecuentar aquellas tiendas y a charlar con sus empleadas o con sus dueñas con una falta de timidez que me sorprendió a mí mismo. Alguna me consideraba un pobre diablo y otras me trataban con cierta simpatía y parecían alegrarse al verme llegar, aunque no acababan de entender qué pintaba por allí tan a menudo.

Quien no me consideraba un pobre diablo era mi amigo Miguel, un chaval que repetía por tercera vez primero de BUP cuando llegué al instituto. Miguel era un tipo de una pieza, jugaba muy bien al balonmano, las chavalas del pueblo estaban locas por él y siempre acababa liado con alguna los sábados por la noche, lo que sentaba muy mal a sus compañeros de clase. El primer día del curso tuvimos que sentarnos juntos porque sólo quedaba libre aquella mesa. Por la tarde, ya hablábamos con familiaridad de la música que nos gustaba escuchar, de las hostias que pegaban en el colegio donde resultó que habíamos estudiado ambos, de alumnos del internado a los que no habíamos vuelto a ver, de la lancha motora que mis padres compraron cuando nací yo y fue una de las la primeras del pueblo, o de nuestras películas favoritas. Durante las semanas siguientes, a la vez que nos hacíamos amigos, una extraña hostilidad por parte de compañeros y profesores iba creciendo en torno a nosotros. Yo evitaba salir al pasillo si determinados alumnos pasaban en ese momento, y Miguel dejó de frecuentar algunos bares donde, cuando entraba con una chica, siempre había alguien que terminaba por empujarlo o por hacer caer su vaso tratando de provocar una pelea.

Miguel tenía una cierta facilidad para enamorarse. Además, se indignaba cuando en una película o en la vida real alguien hacía sufrir a una mujer, y sostenía con conmovedora convicción que a violadores y a maltratadores, como primera medida y al margen de otras disposiciones legales, había que caparlos a martillazos. A él sí le gustaba la chica del videoclub, y le atraía más a medida que iban pasando las semanas. Los sábados por la noche recorríamos los bares y las discotecas del pueblo en su busca, pero siempre la encontrábamos tomando una copa o bailando con su novio, un caimán de los alrededores al que me sonaba haber visto ganar alguna competición de piragüismo. Cuando yo iba a alquilar una película, Miguel venía conmigo y fingíamos que la cuenta era suya para pagar él y así tener ocasión de hablar con la dependienta. Ella siempre se dirigía a nosotros con una mezcla nada calculada de amabilidad e indiferencia, y sin dedicarnos nunca más palabras de las imprescindibles. Si nos cruzábamos por la calle, respondía algo sorprendida a nuestro saludo porque no nos había reconocido. Cuando entrábamos en la tienda, apenas levantaba la mirada de la revista que estaba leyendo al ver llegar a dos chavales cuyos rostros quizá le resultaran lejanamente familiares.

Fueron pasando los meses, y después de una larga y confusa sucesión de expulsiones del instituto, bromas crueles, humillaciones, agresiones, peleas, faltas a clase y suspensos, terminó el curso y llegó el verano. Miguel no podía quitarse de la cabeza a la chica del videoclub, y con una mezcla de ilusión y melancolía esperaba verla remar río abajo durante el descenso que tenía lugar a principios de julio, coincidiendo con el comienzo de las fiestas locales. El día anterior, a media tarde, las calles del pueblo se iban llenando de vecinos que volvían de la playa, de familias que vivían en aldeas cercanas o de chavales que venían de otros municipios para disfrutar de una noche animada y previsiblemente violenta. Había un anhelo palpable de bronca colectiva y una violencia implícita en gestos y miradas, y a lo largo de las horas siguientes más de un chaval de fuera iba a verse envuelto en una pelea con quince o veinte del pueblo, de la que saldría en ambulancia y sin ganas de volver a poner un pie por allí.

Miguel y yo entramos en unos bares, evitamos otros, hablamos con amigos y conocidos, tomamos bastantes copas y acabamos en una discoteca del centro, no porque nos gustaran el ambiente o la música (aunque a veces ponían alguna canción buena), sino porque era donde paraban los piragüistas a esa hora. Vi a la chica del videoclub en la pista, bailando al ritmo del “Red Red Wine” de Neil Diamond interpretado por UB40, mientras su novio charlaba con remeros del equipo local en las mesas del fondo, tal vez de la competición que se iba a celebrar al día siguiente y probablemente fuera a ganar alguno de ellos. Si un desconocido de su edad o de la de Miguel aparecía con una chica como aquélla, en un cuarto de hora podía salir de allí con los pies por delante, y quizá también le cayera alguna hostia a ella. Pero a la chica del videoclub y a su novio parecían respetarlos tanto los demás piragüistas como el resto de la gente. Miguel aún no se había dado cuenta de que no estaba sola, y mientras yo me dirigía a uno de los camareros fue hasta la pista y empezó a bailar muy cerca de ella. No tardó en situarse a su lado, buscando una comunicación que, por la forma en la que ella seguía moviéndose sin hablarle ni mirarlo, pronto comprendí que no se iba a dar. Miguel insistía, echando mano de tácticas bien ensayadas que habrían funcionado con cualquier otra chica del local pero no estaban funcionando con la única que le gustaba a él. Me volví hacia las mesas y observé a los piragüistas. El novio de la chica del videoclub parecía sentirse a gusto, charlaba con unos y con otros, bebía un trago y de vez en cuando miraba la pista y contemplaba a su novia con orgullo mal disimulado. A pesar de su aspecto algo amenazador, se veía a la legua que no era mal tipo y que la quería, y también que no le estaba quitando el ojo de encima a Miguel. Decidí aconsejar a mi amigo que dejara las cosas donde estaban, pero acabó dándose por vencido y antes de que yo me levantara regresó a la barra con aire abatido.

–Nada, tío, no hay manera –dijo en voz alta para hacerse oír por encima de la música y el ruido. Terminamos las consumiciones, salimos de la discoteca y nos alejamos calle abajo abriéndonos paso entre la multitud. Pronto llegamos a una zona tranquila de las afueras, desde donde se veían los bares del puerto y el extremo del puente que salva el último tramo del río y constituye el acceso principal al pueblo. Caminamos unos minutos por la orilla y nos detuvimos en un parque con árboles y bancos de madera algo alejado del centro. Contemplamos en el agua el reflejo de las luces de las aldeas desperdigadas entre los montes del otro lado. Se me pasó por la cabeza que quizá un día sería conveniente marcharse de allí, conocer otras gentes y otros lugares, pero en aquel momento Miguel sólo podía pensar en la chica del videoclub, así que ya habría tiempo para hablar de eso en otra ocasión. Estuvimos un rato parados en silencio frente al río mientras llegaban a nuestros oídos los ruidos lejanos de la fiesta. Luego decidimos volver a nuestras casas. De regreso hacia el centro, nos desviamos por una calle tranquila en la que nunca se veía a nadie a esa hora y pasamos por detrás del edificio donde vivía la chica del videoclub. Sabíamos que había alquilado uno de aquellos apartamentos de la planta baja cuyas habitaciones traseras, debido al desnivel del terreno, estaban a la altura de un primer piso. Sin decir una palabra, aminoramos el paso hasta detenernos debajo de una ventana que supusimos la suya y miramos hacia arriba. A un par de metros por encima de nuestras cabezas había un tendal para la ropa, y de él colgaban varias prendas entre las que pudimos distinguir unas bragas de satén negro que parecían brillar a la luz de la luna. Hice ademán de seguir adelante, pero Miguel no se había movido ni apartaba la vista del tendal. Aunque nunca lo había pensado antes, en ese momento se me ocurrió que no me importaría hacerme con unas bragas, lavadas o no, de alguna de mis queridas dependientas. Me acerqué hasta él.

–Tienen que ser suyas –murmuró–. Cómo me gustaría conseguirlas…

–A lo mejor puedes cogerlas de un salto –propuse.

Dudó unos segundos, quizá preguntándose qué iba a pensar ella cuando, al día siguiente, descubriera la ausencia de las bragas. Luego tomó impulso mientras yo me hacía a un lado y saltó con todas sus fuerzas, pero el tendal estaba fuera de su alcance. Volvió a intentarlo tres o cuatro veces con el mismo resultado. El ruido de sus pisadas al caer resonaba por toda la calle. Alguien abrió una ventana en el edificio de enfrente, y al volvernos hacia allí vimos a un tipo de unos sesenta años que nos estaba observando desde una habitación con la luz apagada en la tercera planta. Después de aquellos intentos fallidos, deliberamos un momento y decidimos que uno de nosotros trepara por encima del otro, se pusiera de pie sobre sus hombros, se apoyara con una mano en la pared y con la otra tratara de alcanzar el tendal. Yo era el más delgado y Miguel el más fuerte, así que juntó las manos, puse un pie encima de ellas y haciendo un esfuerzo subí hasta su espalda. Luego él se irguió todo lo que pudo y yo, sin apartar la mano izquierda del punto de apoyo, estiré el brazo derecho hacia la cuerda del tendal de la que colgaban las bragas.

–¿Qué, lo estáis pasando bien, mierdecillas? –exclamó de pronto el tipo de la ventana. –¿Queréis que vaya ahí?

Conseguí acercarme al tendal unos centímetros más.

–¿Me estáis oyendo, mamones? –insistió el de la ventana al no obtener respuesta.

–¡Que te jodan! –dijo Miguel tratando de no cambiar de posición.

–Si pudieras moverte un poco hacia delante… –murmuré a la vez que intentaba no perder el equilibrio. Miguel avanzó un paso, pero tuve que apoyarme en la pared con las dos manos porque estaba a punto de caer. Volví a intentarlo, y mis dedos casi habían alcanzado las bragas cuando Miguel se giró ligeramente a la izquierda.

–¿Pasa algo? –pregunté.

–¡Apura, Toñito, que viene la poli! –exclamó.

Al volver la cabeza pude ver un coche de la policía municipal que doblaba una esquina entre dos edificios y avanzaba hacia nosotros desde el otro extremo de la calle. Con un último esfuerzo, conseguí sujetar las bragas y me vine abajo mientras oía cómo se desprendían de las pinzas haciendo vibrar la cuerda del tendal. Miguel me ayudó rápidamente a levantarme.

–¿Estás bien? –dijo, y tras mi respuesta afirmativa añadió: –¿las tienes?

–Aquí están –respondí mostrándole las bragas, y él sonrió y me apoyó una mano en un hombro. Notamos en la cara el resplandor de los faros. El coche aumentó la velocidad, el tipo de la ventana empezó a vociferar y nosotros salimos por pies con las bragas a buen recaudo, rehicimos a trompicones el camino andado y huimos a todo correr por la orilla del río. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

LA ESTELA DEL GUERNESEY

1
Paul Durand logró avistar por encima de la bruma, un poco a babor de su rumbo, la parte alta de un monte que se alzaba cerca de la costa hacia donde se dirigían. El sol había brillado unos minutos entre las cambiantes nubes produciendo destellos plateados sobre la superficie del agua, pero ahora se convertía de nuevo en un disco difuso al suroeste y el mar adquiría un tono acerado. La proa del Guernesey se elevaba y se hundía embistiendo las olas y salpicando los corredores. Durand volvió a sentir la extraña mezcla de nostalgia, pereza y alivio habitual en cada recalada. El final de la travesía estaba más próximo, aunque a medida que acortaban la distancia hacia tierra su anhelo por emprender el viaje de regreso empezaba a confundirse con una incómoda incertidumbre. Miró a un lado: Saulnier, de pie junto al pasamano de babor, contemplaba las aguas embravecidas y el lejano punto verdoso a proa. Su expresión se había endurecido en un gesto que Durand conocía de otras ocasiones y siempre anticipaba problemas. Saulnier le dio la espalda y descendió la escala. Durand comprendió que pronto retomaría la discusión con Christine, comenzada un rato antes en la cabina. Saulnier parecía sentir un extraño placer al herirla, lo que, para su propia sorpresa, había incomodado a Durand desde el inicio de la travesía. Recordó la tarde lluviosa en que los vio bajar del tren que llegó a la estación de La Rochela procedente de París. Algo en Christine le produjo una simpatía inmediata, y durante la breve conversación que mantuvieron mientras caminaban hacia el hotel se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba recordando sin pesadumbre su propia vida en la capital. Pero Christine no era asunto suyo, así que se limitaba a gobernar el barco y hacer las escalas previstas por Saulnier hasta que la travesía tocara a su fin. Luego terminaba también su contrato y podría volver a casa con algo de dinero. Habían pasado seis años desde su partida, y no dejaba de repetirse que ya no había motivo por el que las cosas no fueran a ir bien en adelante.
2
El Guernesey estaba fondeado a un cuarto de milla de tierra. Apoyado en la regala, Durand contemplaba la costa frondosa y escarpada, cortada en seco por acantilados de veinte o treinta metros contra los que rompía el oleaje. En una zona donde la pendiente era menos abrupta la bajamar dejaba al descubierto una playa de arena blanca, flanqueada por dos elevadas formaciones rocosas cubiertas de vegetación que se adentraban en el agua disminuyendo de altura y terminaban en afiladas crestas salpicadas de espuma. Las gaviotas posadas sobre una de ellas levantaron el vuelo y se alejaron hacia el mar sin prestar atención al barco. Durand distinguió en el cielo nublado la figura de un ave rapaz que sobrevolaba el bosque al acecho de alguna presa. Christine y Saulnier salieron a cubierta. Como de costumbre, la expresión afable de Christine no era fingida ni descubría rastro de la disputa, pero Durand leyó en la mirada de Saulnier una hostilidad que nunca había percibido antes, y de la que ella no parecía ser consciente. Después de echar un vistazo a la costa, Christine se hizo sitio entre ellos y Durand sintió en la mejilla su pelo agitado por el viento. Aguardó a que comentaran algo acerca del accidentado litoral, pero Christine y Saulnier seguían callados.
–¿Qué te parece? –le dijo al fin a ella volviendo la cabeza hacia la playa. Christine sonrió.
–No lo imaginaba así. La playa es un poco lúgubre, y hay demasiadas rocas. Y ese bosque...
Saulnier iba a interrumpirla con gesto contrariado, pero Christine se apartó y subió al puente.
–Espero que el agua no esté demasiado fría –dijo.
–No irás a saltar desde ahí –repuso Saulnier.
Christine se agachó para descalzarse y se quitó la camiseta y el pantalón corto. Luego trepó al pasamano y mantuvo un difícil equilibrio sobre la barra metálica. Cuando estaba a punto de caer tomó impulso, estiró los brazos y las piernas en el aire y entró en el agua verticalmente. Durand consideró que había hecho un salto brillante, mientras la veía desaparecer bajo la superficie y emerger unos segundos después a varios metros del barco. Christine levantó un brazo por encima de las olas.
–¡Os estoy esperando! –exclamó.
–¿A esta hora? –dijo Durand–. ¡Es tarde para mí!
Christine hizo un gesto de desdén y volvió a sumergirse. Saulnier se quitó la camisa, y en su camino hacia la escala de popa apartó a Durand con un empujón en un hombro antes de que éste pudiera hacerse a un lado para dejarlo pasar. Durand bajó la vista. Recordó la pelea que Saulnier y unos amigos habían provocado delante de un bar la noche de su llegada, que terminó cuando a alguien le rompieron un vaso en la cara y el dueño llamó a la policía. Al día siguiente, mientras desayunaban en un café del puerto esperando a que Saulnier prestara declaración, Durand se había preguntado cómo Christine no sentía vergüenza por el modo en que la trataba. Se aproximó a la borda y la observó. Aunque no era la primera vez que la veía nadar en solitario cerca del barco, nunca le había atraído tanto como en ese momento. Christine se sumergió de nuevo y estiró los brazos hasta tocar con la punta de los dedos una roca cubierta de algas, entre las que desapareció rápidamente un banco de peces. Durand oyó un chapoteo junto a la popa. Saulnier se acercó hasta ella bajo el agua, salieron a la superficie y bracearon en dirección a la playa. Christine parecía haber olvidado por completo a Durand. A pesar de la desazón que le producía ver a Saulnier nadando a su lado, y de vez en cuando sujetándole los tobillos o hundiéndole la cabeza debajo de una ola, Durand la siguió durante todo el trayecto. Christine y Saulnier salieron del agua, dieron unos pasos indecisos por la orilla y se derrumbaron sobre la arena muy cerca de la rompiente. Saulnier estaba situado frente a Christine y de espaldas al mar, de manera que Durand ya no podía verla. Subió al puente, se sentó en el asiento frente a la rueda del timón y observó la tonalidad grisácea que la luz del atardecer les daba al bosque y a los acantilados. Le pareció que el frío aumentaba, así que sacó la cazadora del tambucho y se la puso. Volvió la vista y contempló el mar y la línea brumosa del horizonte. Pese a lo que hubiera podido suceder antes en la cabina, no ignoraba que Saulnier y Christine debían de estar pasando un buen rato en la playa. Inevitablemente, una vez más, recordó su estancia en París. Se había trasladado con su mujer al poco de casarse, para empezar a trabajar como conductor en una empresa de transportes. Entonces aún no sabían que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar y de lo que tenían en común. Luego hubo cortos períodos en los que todo pareció ir bien, pero fue sólo un espejismo. Decidieron separarse después de cuatro años en los que ninguno llegó a saber exactamente lo que perseguían, pero sí que no lo habían encontrado. Incapaz de seguir en París más tiempo, terminó por pedir una excedencia, hacer las maletas y marcharse a la costa, donde un amigo lo contrató en su empresa de servicios náuticos. Durante las primeras semanas, mientras caminaba por la marina seca entre las embarcaciones con la carena a medio pintar o se desprendía del olor a gasoil y pescado reseco tomando una cerveza al caer la tarde, se sorprendía echando de menos a su mujer, y evitaba preguntarse si habría sido posible encontrar alguna otra solución.
3
Anochecía cuando Christine y Saulnier regresaron al barco dando cansinas brazadas. En el puente, Durand contemplaba el horizonte rojizo, de nuevo despejado por los frecuentes cambios de viento en aquellas latitudes. Al oír el chapoteo de los cuerpos saliendo del agua le molestó que su sosiego se viera alterado, pero le agradó oír la voz temblorosa de Christine, que le pedía su ropa desde la bañera. Cogió las prendas que había dejado encima del asiento y se las echó, ella las atrapó al vuelo, se lo agradeció con una sonrisa y desapareció dentro de la cabina. Después de secarse, Saulnier arrojó la toalla sobre una colchoneta y levantó la vista hacia el puente. Durand se apartó de la escala, avanzó unos pasos y apoyó los dedos en las cabillas de la rueda del timón. Pudo avistar la silueta lejana de un mercante que navegaba con rumbo norte, tal vez con la misma derrota que iban a tomar ellos dentro de un par de días. Saulnier cerró de golpe la puerta de la cabina. Durand imaginaba lo que vendría a continuación, y no le agradaba pensar en cómo Saulnier seguiría mortificando a Christine durante la travesía de regreso. Recordó a algunas mujeres, tan diferentes en todo de ella, que había conocido en La Rochela durante aquellos seis años. También tuvo cierta curiosidad por saber dónde paraba la que había compartido su vida con él, aunque eso lo entristeció. En realidad, sentía un vértigo soterrado ante la idea de volver a casa.
Un ruido cercano sacó a Durand del sopor en que se encontraba. Abrió los ojos y miró alrededor, pero el barco no había cambiado de posición. Ya era de noche, debía de llevar más de una hora en el puente. Observó el hermoso cielo estrellado. Aunque notaba algo de frío, no tenía ganas de bajar y encontrar a Saulnier en la cabina. Cerró la cremallera y subió el cuello de la cazadora. Un objeto de cristal estalló contra un mamparo. Durand se puso en pie precipitadamente al oír a Christine gritar su nombre. Descendió de un salto e intentó abrir la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave. Oyó un portazo proveniente de los camarotes de proa y llamó a Christine sin obtener respuesta. Tomó carrerilla, se lanzó contra la puerta y notó cómo cedía. Iba a cargar otra vez cuando Saulnier abrió, salió a cubierta envuelto en un fuerte olor a alcohol y se paró en seco al verlo. Durand se fijó en su mirada, Saulnier se abalanzó sobre él y Durand le asestó un cabezazo en el rostro que lo mandó hacia atrás con la nariz y la boca manchadas de sangre. Saulnier se desplomó a un lado de la puerta a la vez que Durand bajaba la escalera. Vio a Christine tumbada frente a los camarotes y atravesó la cabina temiendo lo peor. Una de las puertas estaba abierta, la sangre goteaba del picaporte. Durand se agachó junto a Christine, sus dedos se deslizaron por el pelo ensangrentado y se detuvieron sobre una herida en el cuero cabelludo. Cuando le tomó el pulso, comprobó que estaba muerta. Bajó la cabeza y se llevó una mano a la frente.
–Christine –murmuró.
Se quedó a su lado un momento. Luego se irguió y tanteó entre las sombras del camarote, hasta dar con el chal que Christine solía ponerse sobre los hombros los días de mal tiempo. Tuvo la impresión de que Saulnier estaba en lo alto de la escalera.
–¡La has matado! –exclamó mirando hacia allí–. ¡Maldito loco hijo de puta, la has matado!
No obtuvo respuesta. Se acercó hasta la radio, descolgó el auricular y trató de sintonizar la onda costera. Oyó pisadas descendiendo los escalones. En el momento de girarse, Saulnier le mandó un golpe que Durand paró instintivamente con los brazos. El auricular saltó por los aires y Durand y Saulnier se enzarzaron a puñetazos. Chocaron contra una lámpara que se desprendió del mamparo y la cabina quedó en penumbra. Durand estuvo a punto de caer al tropezar con un banco. Saulnier lo arrinconó contra la escalera, pero resbalaron en las cartas esparcidas a sus pies y se vinieron abajo. Durand notó como algo de cristal se rompía bajo su espalda. Recibió un puñetazo en la nariz mientras trataba de incorporarse y cayó a un lado con el sabor de la sangre en los labios. Saulnier se aferró a su garganta. Dominando la desesperación que empezaba a sentir, Durand le pegó varios puñetazos en la cabeza hasta que logró quitarlo de encima. Saulnier lo golpeó en la sien y Durand le devolvió el golpe, saltó sobre él y le asestó un rodillazo en la mandíbula. Saulnier dejó de moverse. Durand se levantó respirando con dificultad y contuvo el impulso de patearle la cabeza. En vez de eso, lo arrastró a trompicones hasta uno de los camarotes, lo arrojó entre las literas y bloqueó la puerta con ayuda de un cabo. Aunque ya no sirviera de nada, se veía dominado por el ansia de apartar a Saulnier de Christine, de alejarlo de ella. Atravesó la cabina, se reclinó agotado en la mesa de cartas y se limpió la sangre de la cara con un pañuelo. La luz tenue de la única lámpara intacta le permitía percibir los vasos rotos, las toallas, los chalecos salvavidas, los derroteros y el instrumental esparcidos por el interior del barco. Frente a los camarotes distinguía el contorno del cuerpo de Christine bajo la tela del chal. “Salir pronto de aquí”, pensó. “Volver pronto a casa”.
4
Con el cambio de marea, sólo una escasa franja de arena y algunas rocas al fondo de la playa quedaban a resguardo de las olas. Apoyado en la regala, mientras sentía el olor a vegetación proveniente de tierra, Durand contemplaba el perfil de bosques y acantilados recortado contra el cielo nocturno. Saulnier llevaba un rato golpeando la puerta del camarote. Durand oyó el sonido de un motor que se confundía con el ruido del oleaje. Volvió la vista: las luces de la lancha patrullera se aproximaban por estribor bordeando la costa.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

SCHOOL DAYS (VII)

A Mon
Andrés jugaba muy bien al fútbol y eso lo hacía ser aceptado en clase, pero en realidad prefería leer los tebeos de súper héroes que llenaban las estanterías de su habitación y ver películas con muchos efectos especiales en el vídeo que acababan de comprar sus padres. A pesar de su buen carácter, y tal vez por una cierta reticencia a hacer lo mismo que los demás, nuestros profesores no solían comprender lo que a menudo consideraban simples extravagancias. En una ocasión, le dio a un mendigo el billete de mil pesetas que había recibido para comprar los libros del curso. En otra, fuimos de excursión al río y el profesor capturó varios tritones, pero al verlos en cautiverio Andrés enloqueció de tal manera que hubo que devolverlos al agua.

Su padre se llamaba Ricardo, había nacido en un pueblo de las montañas de Lugo y había estudiado Derecho en Santiago. Al terminar, fue a Madrid para preparar las oposiciones de Notarías, que aprobaría tres años después de quinto de su promoción. Luego su novia y él se casaron, y cuando Andrés tenía tres o cuatro años, al poco de nacer su hermana, vinieron a nuestro pueblo, donde Ricardo ocupó la plaza de notario. Como le gustaba pescar y se entendía bien con los aficionados de la zona, pronto se convirtió en un habitual de los bosques y el río. Ricardo era un buen hombre, pero había una distancia no siempre fácil de recorrer entre las cañas de pescar y los quinientos temas de la oposición de uno, y las galaxias lejanas y los sueños del otro. Algún viernes por la tarde, mientras salían a faenar los barcos, Andrés y yo nos sentábamos en la rampa del puerto y él me contaba anécdotas de cuando su padre era niño y estudiaba en una escuela unitaria de la montaña lucense. Pero la conversación se interrumpía por ocasionales silencios, y al volver la cabeza lo veía pensativo, con la mirada perdida en la desembocadura del río o en la playa del otro lado.

Andrés y su familia pasaban las Navidades en Lugo con sus abuelos, que vivían en una casa de tres plantas situada en la calle principal del pueblo. La ferretería de los padres de Ricardo ocupaba el frente de la planta baja, y en la parte trasera había una habitación, un cuarto de baño, una cocina y un salón que comunicaban con un jardín extenso y frondoso, separado por un muro de piedra de los bosques y los campos de los alrededores. En una esquina del jardín habían instalado varias colmenas. Una mañana, Andrés salió de la cocina después de desayunar y se acercó para observarlas. Retiró el techo de una colmena, y en cuanto tocó uno de los panales el enjambre levantó el vuelo y cargó contra él. Andrés echó a correr de vuelta a la cocina, pero las abejas lo rodearon a mitad de camino y tuvo que huir sin rumbo entre los árboles y los macizos de flores. Su padre salía del garaje en ese momento. Al oír sus gritos corrió hasta la casa, y cuando vio lo que sucedía se puso delante de las abejas y recibió numerosas picaduras en el pecho y en la cara mientras Andrés lograba ponerse a cubierto.

Un par de años después, sus padres compraron un terreno cerca de nuestro pueblo y construyeron una casa. Luego Ricardo trajo de Lugo un cachorro de mastín que pronto se convirtió en una bestia de noventa kilos que veneraba a su amo y trotaba a sus anchas por la finca, y ese mismo año instaló una piscina, habilitó una pequeña carpintería en el garaje donde nos fabricaba espadas y escudos de madera, y en sus ratos libres empezó a cultivar un huerto que con el tiempo terminaría vallando y llegaría a ocupar casi un cuarto de la propiedad. Desde la ventana de la habitación de Andrés se veía, al otro lado del muro, el camino que discurre monte abajo entre bosques de castaños y prados en pendiente hasta las primeras casas del pueblo, donde el asfalto deja paso a un pavimento adoquinado que conduce hacia las calles del centro. De una de ellas parte un sendero muy empinado que permite atajar un par de kilómetros monte arriba, y termina en un punto del camino principal no muy lejos de donde vivía Andrés.

Una tarde de primavera en la que su madre no podría ir a buscarlos en coche cuando salieran del colegio, Andrés y su hermana decidieron volver a casa siguiendo aquella ruta. Pasaron junto a un edificio abandonado que bordea el sendero, atravesaron un prado y se adentraron en el bosque. Unos minutos después, salían a otro prado desde el que se divisan una parte de la ría y el valle que forma la desembocadura del río, y continuaron el ascenso por una zona sinuosa y escarpada donde el sendero se estrecha y se hunde en el terreno, de manera que la linde del bosque quedaba por encima de sus cabezas. Alrededor no veían más que las pendientes terrosas cubiertas de maleza y helechos, y frente a ellos el suelo surcado de raíces y de charcos. Las copas de los árboles oscurecían el sendero y los recodos aumentaban a medida que se iban acercando a la parte alta del monte. Después de doblar uno de ellos, el último antes de salir al camino, se toparon con un avispero y lo pisaron antes de darse cuenta y poder detenerse o retroceder. Echaron a correr a trompicones perseguidos por las avispas. Un cuarto de hora después llegaban a casa manchados de tierra y cubiertos de picaduras, especialmente Andrés, y su madre tuvo que desvestirlos y meterlos en una bañera con agua fría para aliviarles el dolor y bajarles la hinchazón. Por la noche se acostaron temprano, fatigados tras la agitación de la jornada. Se durmieron pronto, pero Andrés se despertó de madrugada delirando, y sus padres fueron rápidamente a la habitación. Antes de lograr tranquilizarlo, pudieron oír cómo le gritaba a su hermana que corriera, que él se ponía delante de las avispas para que ella pudiera escapar.