miércoles, 12 de diciembre de 2012

PLACE DE CLICHY

Max había sido mecánico en un taller de reparación de coches en Argel. Después de casarse, su mujer y él vinieron a Francia, alquilaron un estudio en La Courneuve y Max encontró trabajo de portero de noche en un gran hotel del distrito uno de París. Su idea era ocupar aquel puesto un tiempo y luego pasar al turno de día, como un primo suyo que había emigrado años atrás y ahora era recepcionista. Pero a Max nunca lo cambiaron de turno, así que su mujer terminó echándole en cara el haberla empujado a marcharse en busca de una oportunidad que no llegó, y por ese y otros motivos regresó sola a Argelia.

Cuando salía de trabajar cada mañana Max coincidía con Hakim, otro argelino que acababa de firmar su contrato de recepcionista. Después de estudiar hostelería, Hakim había hecho prácticas en provincias  en varios hoteles de la misma cadena y luego se había trasladado a París. Los jefes de brigada tenían un itinerario similar y le aseguraban que pronto ocuparía el mismo puesto, lo que sucedió al cabo de pocos meses. Hakim dejó de tomar café con Max a primera hora de la mañana. Antes de que éste se terminara su turno, le reprochaba que no realizara con más rapidez las ocasionales salidas y que no esperara en la recepción hasta que se hubiera presentado todos los recepcionistas de día. Éstos solían parar un momento en la cantina después de ponerse el uniforme mientras los recepcionistas de noche, cuya formación era mínima e insuficiente, se ocupaban de las primeras salidas a pesar de haber terminado ya su turno. Max siguió yéndose a la hora habitual y Hakim lo amenazó con informar a la dirección, aunque Max no supo si llegó a hacerlo. Entre tanto, a lo largo de la semana se acumulaban en la bandeja de Hakim tareas sin hacer que la jefe de recepción terminó encomendando a los recepcionistas de noche.

Hakim trabajó en París algo más de un año. Luego presentó su dimisión y anunció que se marchaba a Canadá porque lo iban a contratar en el servicio de reservas de un hotel de Quebec. Durante el mes de preaviso puso en alquiler el estudio donde vivía, situado a un paso de la place de Clichy. Para entonces Max estaba cansado del día a día en La Courneuve. La policía solía pedirle la documentación cuando bajaba del tren. El portal de su edificio había sido destrozado en numerosas ocasiones. Los vecinos se peleaban entre ellos y se insultaban de una ventana a otra. Su primo vivía  en la rue de Clichy y trabajaba en un pequeño hotel de Montmartre, y la mayor parte de sus conocidos frecuentaban los barrios cercanos de Pigalle y Barbès. Max contactó con Hakim, visitó el estudio y decidió alquilarlo. Cada mensualidad equivalía a una parte importante de su sueldo, pero Hakim le había hecho un precio de amigo, y en realidad no era demasiado dinero por vivir dentro de París y en una zona céntrica. Hakim cogería el avión un martes por la mañana, así que le propuso a Max encontrarse la tarde anterior cerca del hotel, antes de que éste entrara a trabajar, para darle las llaves y recibir en metálico la caución y la primera mensualidad.

El lunes, Max esperó por él en un café de la rue des Pyramides con el dinero guardado en un sobre dentro del bolsillo interior de la cazadora. Pero Hakim no acudió a la cita ni cogió el teléfono, y al cabo de un rato Max echó a andar hacia el hotel porque se acercaba la hora de empezar su turno. Acababa de llegar cuando recibió una llamada de Hakim. Éste le explicó que no iban a poder verse porque el metro en el que venía estaba bloqueado dentro de un túnel a causa de un accidente. Max le sugirió que pasara luego por el hotel pero Hakim le dijo que ya no tenía tiempo, aunque le prometió llamarlo más tarde. Sin embargo, Hakim no lo llamó y tampoco respondió cuando Max marcó su número desde la recepción.

La mañana siguiente, después de salir de trabajar, Max cogió el metro y fue hasta la place de Clichy con la esperanza de encontrar a Hakim en el estudio. Tenía apuntado en un trozo de papel el código de acceso al edificio; subió a la tercera planta y llamó a la puerta varias veces, y al no obtener respuesta volvió a la calle y se sentó en una terraza para esperar hasta que Hakim apareciera. Al cabo de media hora vio salir a Sylvain, un vecino que vivía en un piso alquilado de la misma planta. Sylvain caminó hacia la boca del metro y Max se levantó vaciando el contenido del vaso sobre sus pantalones, pagó la consumición y echó a correr tras él. Lo alcanzó cuando bajaba las escaleras y le preguntó si había visto a Hakim.

–¿Hakim? –dijo Sylvain. Parecía sorprendido–. Ayer por la noche lo vi salir a toda prisa cargado con varias maletas.

Ahora el sorprendido era Max.

–Pero si me dijo que se iba hoy –murmuró. Sylvain se encogió de hombros.

–¿Y qué va a hacer con su estudio? –preguntó Max.

–¿Su estudio? –sonrió Sylvain–. ¿Qué estudio?

Max no supo responder.

–Jodido Hakim... –siguió Sylvain–. Tenemos el mismo propietario. El viejo llevaba seis meses intentando echarlo porque no le pagaba el alquiler.

lunes, 19 de noviembre de 2012

RUIDOS


A Songül,  Amália y Pablo
A lo largo de la semana se despertaba en mitad de la noche y no lograba conciliar el sueño. Dejaba pasar las horas con la mirada perdida en la oscuridad, cambiaba de posición buscando reposo, y siempre acababa oyendo ruidos procedentes de la cocina: eran ruidos de pisadas, de cajones que se abrían y cerraban y de objetos que caían sobre la mesa. Los oía durante unos minutos. Luego los ruidos se interrumpían pero él seguía tumbado en la cama sin poder dormir, hasta que a las seis y media sonaba el despertador y se levantaba para ir a trabajar.
Cogía el metro agobiado entre la muchedumbre y padecía el masaje para el afeitado de unos, la colonia de otros, el perfume de otras y el sudor de aquellos que no tenían la decencia de ducharse cada mañana. Al cabo de una hora llegaba a su parada, aunque a menudo había tantos pasajeros que tardaba media hora más, y otras veces el tren permanecía bloqueado dentro de un túnel durante quince o veinte minutos. El conductor rogaba paciencia, y aunque nunca decía la causa de las detenciones, él sabía bien a qué se debían: alguien había bajado a la vía y había echado a andar hacia el interior del túnel, hasta que un tren surgió de la oscuridad y lo arrolló.
Entraba en su despacho después de saludar a su secretaria, una muchacha agradable y atractiva a la que llevaba veinte años, con quien mantenía una relación cordial pero distante. No podía evitar fijarse en sus piernas cruzadas por debajo de la mesa, y en ese momento pensaba siempre en el tipo joven y puesto al día que se acostaría con ella cada noche, lo que le producía un extraño dolor. Trabajaba más de diez horas y salía del despacho sólo para comer. Lo hacía en el comedor del sótano, junto a sus compañeros, mientras miraban disimuladamente a las secretarias, que charlaban y sonreían en otra zona del local. Luego regresaba al despacho, y antes de entrar solía distinguir una expresión ausente en el rostro de su secretaria. Ya había anochecido cuando volvía a coger un metro abarrotado, aunque a esa hora apenas se producían detenciones en medio del túnel: los suicidios solían tener lugar al comienzo de la jornada. Después de llegar a su casa cenaba lo que le había dejado preparado la asistenta, a quien raramente veía. En seguida se acostaba sabiendo que más tarde volvería a oír los ruidos. Al cabo de un rato cerraba los ojos y lloraba en silencio, sin nada que abrazar o a lo que agarrarse.
Una noche helada de finales de febrero, oyó los ruidos en un tono más elevado del habitual. Luego las horas pasaron con lentitud, hasta que distinguió voces lejanas, los pasos de los vecinos más madrugadores bajando las escaleras, el ruido de una persiana que se abría, y supo que pronto sonaría el despertador. Al levantarse se sintió mucho más cansado que de costumbre. Estaba abatido, le invadía un desfallecimiento que nunca había sentido con tanta intensidad. Se vistió, se sentó para ponerse los zapatos, y apenas fue capaz de volver a incorporarse. Antes de salir, observó su rostro en el espejo del vestíbulo: a pesar del afeitado y del olor a colonia, tenía un aspecto demacrado. Mientras esperaba el tren, decidió sentarse en uno de los bancos porque casi no se tenía en pie. Apoyó la cabeza entre las manos y cerró los ojos. Necesitaba dormir, pero sabía que si lo hacía los ruidos volverían a despertarlo. El tren iba a tardar aún varios minutos en llegar, y luego vendría una espera de un cuarto de hora en medio del túnel y la mentira velada del conductor. Sintió ganas de llorar, como cuando se acostaba al final de la jornada. Levantó la vista. Una joven envuelta en un abrigo rojo salió de la escalera mecánica, pasó por delante de él y se paró al borde del andén. Parecía su secretaria. Se irguió para saludarla, pero antes de llegar junto a ella se detuvo avergonzado. Debía de ofrecer un aspecto horrible, tuvo la impresión de que todos los que esperaban lo estaban observando. Un chirrido lejano se oía ya proveniente del túnel. Dejó el maletín en el suelo y saltó a la vía. Oyó exclamaciones sobre su cabeza, los otros pasajeros lo exhortaban a subir, aunque nadie se decidía a bajar para sacarlo de allí. Pero ahora no veía ante él más que la oscuridad del túnel, del que provenía como un eco el ruido del tren. Dudó si echar a andar o seguir donde estaba, en ese momento alguien gritó su nombre allá arriba. Al levantar la vista pudo ver a su secretaria, que le tendía la mano desde el borde del andén.

lunes, 5 de noviembre de 2012

FANTASMAS

A Grillo, Emma y Javier Simpson
Mi abuela materna falleció hace diez años y mi abuelo hace seis. Mis abuelos vivían con una de mis tías en una casa indiana que mi bisabuelo construyó a principios de siglo, cerca de una aldea situada en una península húmeda y boscosa del norte. Es un edificio amplio y acogedor, pero el retrato de un antepasado, una estampa de la virgen o un cuadro desdibujado por el paso del tiempo pueden darle un aire algo tétrico al rellano de una escalera o a una habitación apartada. De chaval me asustaba subir solo hasta la última planta, pero hoy resulta un lugar ideal donde leer una tarde de invierno. La casa está rodeada por un muro y un jardín, y en la parte de atrás hay un cobertizo para guardar leña, un pozo, un lavadero y un hórreo que ya no se utiliza. Cuando éramos niños, mi hermano y yo trepábamos hasta los tornarratos y contemplábamos el extenso prado que llega hasta el otro lado del muro y los sombríos bosques de castaños de los alrededores.

Mi tía está enferma, pero toma una medicación que le permite llevar una vida normal. De todas formas no le conviene quedarse sola en casa mucho tiempo, así que los sábados y domingos los pasan en la aldea mi madre o mi madrina, y durante la semana vive con ella una señora que llegó hace unos meses de Bolivia buscando trabajo.

Después de morir mis abuelos, una asistente social nos puso en contacto con Katia y Petro, dos rusos que viven en un pueblo cercano, y les propusimos que se instalaran en la casa. Katia  había trabajado en otras casas antes y Petro es soldador en un astillero de la zona. Una tarde fueron hasta la aldea, y después de pasar un rato charlando con mis tías y con mi madre no les costó decidirse, encandilados por aquel lugar tranquilo y al mismo tiempo próximo a la carretera donde para el autobús de cercanías. Cuando surgió la posibilidad de que vivieran con mi tía, pensamos que podrían instalarse en una habitación de la planta baja, contigua a una pequeña biblioteca y a un cuarto de baño situados junto a la entrada principal. Biblioteca, habitación y cuarto de baño forman una especie de estancia independiente que permitiría a Petro y a Katia disfrutar de una cierta intimidad, aun compartiendo el resto de la casa con mi tía.

Katia se instaló un dos de noviembre y Petro, a causa de unos asuntos que resolver en el pueblo, vendría unos días después. Mi madrina, que vive en Madrid, pasó una semana con ellas. Katia y mi tía se entendían bien y parecía que la convivencia iba a ser fácil. Sin embargo, esa primera semana apenas durmió allí tres o cuatro noches, pues a media tarde tenía que ir al pueblo por algún motivo (porque era su cumpleaños y quería celebrarlo con Petro, para hacer unas gestiones, para llevarle a Petro un paraguas), y ya no regresaba hasta el día siguiente. Aunque a mis tías les pareció extraño, lo atribuyeron a las complicaciones habituales cuando se deja un sitio para empezar a vivir en otro.

El domingo por la noche mi madrina cogió el tren para Madrid. Al llegar telefoneó a mi tía y ésta le dijo que Katia tampoco había dormido en la casa. Durante la semana siguiente Katia no pasó allí dos noches seguidas, y las pocas veces que se quedó, se encerró a media tarde en su habitación y no salió hasta el día siguiente. El viernes por la mañana, mi madrina habló con ella por teléfono y le explicó que tenía que quedarse a dormir, que no podía dejar a mi tía sola. Pero Katia volvió a marcharse al cabo de unas horas.

El sábado por la mañana, antes de desayunar, mi tía abrió las contras de la planta baja y se encontró a Petro y a Katia esperando junto a la puerta de la cocina. Petro fumaba con aire grave un cigarrillo y lucía una pequeña cruz de oro en la solapa, y Katia parecía inquieta. Petro le explicó a mi tía que habían venido para tratar un asunto muy importante y ella los hizo pasar. Una vez en el comedor, sin más preámbulos, Petro le dijo que la casa tenía un regalo. Después de reflexionar un momento, mi tía se preguntó si tal vez Petro quería decir que la casa estaba embrujada, pero descartó la idea. Sin embargo, así era: Petro le explicó que Katia sentía la muerte reciente de dos personas, y sostenía que una de ellas no estaba tranquila. Durante la noche, su cama se movía y las cortinas se agitaban como si el viento pasara a través. Si se daba la vuelta y extendía las manos, sus dedos tocaban un antebrazo velludo y musculoso. A cualquier hora del día, aunque con más fuerza al caer la tarde, notaba presencias en todas las estancias de la casa. Mi tía comentó que quizá las cortinas se movían porque en la habitación quedaba abierta alguna ventana, pero Katia había comprobado por la mañana que todas estaban cerradas. En cuanto al brazo velludo, mi tía sugirió que tal vez un gato había entrado por la noche y había llegado hasta la cama, pero Katia verificó al día siguiente que las puertas se habían cerrado antes de acostarse. Al parecer, Petro ya había vivido una experiencia similar: cinco años atrás, en el pueblo de Orense donde trabajaba, se había alojado durante varios días en una casa que resultó estar embrujada. Aunque se marchó en seguida, el tiempo pasado dentro fue suficiente para que se apoderara de él un encantamiento del que luego le costó lo suyo liberarse. Por eso ahora tenía que llevar consigo en todo momento la cruz de oro y un frasquito con agua bendita, que sacó del bolsillo de la chaqueta y le mostró. La situación de Katia era mucho más apurada: el encantamiento había hecho presa en ella con tanta fuerza que la única manera de liberarla era haciendo venir a exorcizar la casa a un cura de Orense experto en esos asuntos. Mi tía le preguntó si, en definitiva, Katia tenía pensado quedarse esa noche o no, y él le respondió con evasivas, tal vez a la espera de que ella diera el primer paso con respecto al cura exorcista. Finalmente, Petro volvió al pueblo y Katia, visiblemente nerviosa, empezó su trabajo. Mi tía llamó a mi madre para explicarle lo sucedido y ésta exclamó que no quería ver aparecer por la casa a clérigo alguno. Al mediodía fue hasta la aldea y Katia, avergonzada, le dijo que no podía seguir más tiempo allí. Cuando terminó de trabajar, hizo la maleta y cogió el autobús de regreso.
***
Unos meses después me crucé con Petro y con Katia en el pueblo. Se alegraron de verme, pero en seguida me preguntaron si habíamos dado ya los pasos para liberar la casa del encantamiento. Les dije que en realidad no había sido necesario, ya que utilizábamos a menudo la habitación contigua a la biblioteca y nadie había sentido nunca las presencias fantasmales. Luego intenté cambiar de tema, pero como seguían insistiendo les aseguré de manera cortante que en la casa reinaba día y noche la misma tranquilidad de siempre. Aun así, después de despedirnos me volví un instante y los vi alejarse calle abajo poco convencidos.  

domingo, 30 de septiembre de 2012

LA GUERRA DE SIR AGRAVAINE

Después de luchar en Benwick a las órdenes del rey Ban, sir Agravaine embarcó de regreso a Inglaterra, donde lo esperaban el rey Arturo y los caballeros de la Tabla Redonda. Pero durante la travesía se desencadenó una tempestad que alejó la nave hacia el norte, y al cabo de varios días la hizo encallar en una costa desconocida. Sir Agravaine logró nadar hasta la playa, salió del agua y se desplomó sobre la arena mientras las olas rompían contra su cuerpo. Miró a su alrededor y comprobó que era el único superviviente. Se encontraba en una tierra verde y montañosa, ante la que un mar agitado se perdía en la bruma del horizonte sin otro litoral que lo interrumpiera ni vela alguna que lo surcara. Sir Agravaine echó a andar hacia el bosque que bordeaba la playa, pero a pocos metros de los primeros árboles un gigante surgió de la penumbra y se detuvo frente a él bloqueándole el camino. Iba cubierto con pieles de animales y llevaba una espada a la cintura, un carcaj a la espalda y un arco y una flecha con la que apuntaba a sir Agravaine. Éste se detuvo.

–¿Quién sois? –preguntó el gigante.

–Sir Agravaine, caballero de la Tabla Redonda. Mi barco ha naufragado frente a la costa. Quiero saber qué tierra es ésta y que me proporcionéis los medios para regresar a Inglaterra.

–A ningún extranjero le está permitido desembarcar –repuso el gigante–. Marchaos, si no queréis que os mate aquí mismo.

Sir Agravaine sonrió con desdén.

–Es fácil amenazar a un hombre desarmado cuando se tiene un arma en la mano.

Irritado ante aquella insinuación de cobardía, el gigante arrojó al suelo arco y flecha, se desprendió de la espada y el carcaj y cargó contra sir Agravaine. Éste logró sujetarlo por la cintura, su oponente asió sus hombros y forcejearon hasta que sir Agravaine cedió y acabó cayendo. Corrió hacia donde estaba la espada, se hizo con ella y se la hundió en el pecho al gigante cuando éste se abalanzaba sobre él. Luego le cortó la cabeza y de una patada la envió contra las olas. Guardó la espada bajo el cinturón, recuperó el arco y las flechas y se adentró en el bosque. Después de avanzar un trecho entre la espesura, se detuvo al borde de un claro y observó pisadas sobre la hierba en dirección a la línea de árboles del otro lado. Las siguió y pronto llegó a un prado en pendiente, interrumpido por un acantilado sobre el que se alzaba un pequeño montículo cubierto de tierra. En lo alto había una cruz a la que estaba atada una mujer. Sir Agravaine fue hasta ella y cortó las ligaduras con la espada.

–¿Quién sois? –preguntó.

–Me llamo Ettard y soy hermana de sir Meliot de Logres –respondió la mujer–. Navegábamos rumbo a Inglaterra cuando el piloto fue confundido por las hogueras que los gigantes encienden en la costa e hizo encallar la nave. Todos nuestros bienes se perdieron, y aunque mi hermano y yo logramos llegar nadando a la playa junto con dos marineros, los gigantes los mataron en cuanto pisamos tierra y a mí me retuvieron para cobrar un rescate de mis tíos, a quienes han enviado un mensaje para informarles de mi cautiverio.

Sir Agravaine la observó mientras hablaba. Cuando hubo terminado, le aseguró que volverían a Inglaterra y él mismo la llevaría junto a sus tíos, a la vez que pensaba en las posibilidades que tendría de gozar de ella tras haber desembarcado en un puerto seguro. Decidió que si se oponía, la forzaría a complacerlo y luego la haría desaparecer, ya que sus parientes ignoraban su paradero, el camino sería largo y nadie podría identificar el cadáver de una mujer degollada en medio de un bosque.

–Estamos en una isla –siguió ella–. La playa de donde venís forma parte del territorio ocupado por los gigantes. Estos luchan contra las mujeres que habitan un reducido espacio de tierra al sur, donde sufren continuas incursiones. Si conseguimos llegar hasta allí y les hacemos comprender que los gigantes son también nuestros enemigos, tal vez puedan ayudarnos a escapar. Pero debemos darnos prisa, los otros no tardarán en descubrir la muerte de su compañero.

La mujer indicó a sir Agravaine el camino a seguir. Descendieron el montículo, se adentraron en el bosque y avanzaron con dificultad apartando ramas y arbustos, mientras sus pies resbalaban una y otra vez sobre el manto de hojas húmedas que cubría el terreno. La mujer se detuvo asustada y retrocedió unos pasos al oír un ruido cercano, pero pronto vieron un ciervo, que se paró un instante frente a ellos y huyó monte arriba. Vadearon un río de poca profundidad, ascendieron un trecho rocoso y escarpado, salieron del bosque y treparon hasta lo alto de una loma, donde se detuvieron agotados. Desde allí podían avistar la playa en la que sir Agravaine había desembarcado y aquélla, más cercana, hacia la que se dirigían. En la orilla estaba varada una pequeña embarcación, pero no veían rastro de sus tripulantes.

–No tardaremos en llegar –dijo la mujer.

Iban a seguir adelante cuando varios gigantes armados con mazas, lanzas y espadas dejaron atrás diferentes puntos del bosque y avanzaron hacia la loma. Sir Agravaine desenvainó la espada.

–Es el final del camino –murmuró la mujer a su espalda–. Nunca saldremos de la isla…

Los gigantes rodearon la loma.

–¡Abridnos paso! –exclamó sir Agravaine desde lo alto.

Pero los gigantes no se movieron, aunque tampoco hacían ademán de seguir aproximándose. Sir Agravaine aguardó a que subieran y se preparó para asestar el primer golpe. Sin embargo, se sorprendió al leer la indecisión en sus miradas: pese a su superioridad numérica, ningún gigante se aprestaba a tomar una iniciativa que podría costarle la vida. Espada en mano, sir Agravaine comenzó el descenso seguido de cerca por la mujer. Uno de los gigantes se adelantó y sir Agravaine y ella se detuvieron.

–No tenemos nada contra el caballero –dijo el gigante dirigiéndose a sir Agravaine en tono conciliador–. Si nos entregáis a esa mujer, podréis seguir vuestro camino.

La mujer se llevó una mano a la boca. Sir Agravaine no perdía de vista  a sus adversarios. Estaban bien armados, y aunque por el momento prefirieran evitar el combate, en cuanto comenzara lo cercarían y terminarían cayendo sobre él. Sin duda lograría matar a más de uno, pero eran demasiados y acabarían venciéndolo. Sujetó por un brazo a la mujer y de un empujón la envió loma abajo, haciéndola rodar hasta los pies del gigante. Éste la asió por los cabellos, la puso en pie y se hizo a un lado para que sir Agravaine pudiera pasar.

–¡No me dejéis aquí! –gritó ella–. ¡Os lo suplico, no me dejéis con ellos!

Pero sir Agravaine seguía ya el camino hacia el sur de la isla ignorando sus gritos, y no llegó a ver cómo la mujer trataba de huir y uno de los gigantes blandía la maza, le descargaba un golpe en la sien y la derribaba con el cráneo ensangrentado, y luego la arrastraban entre todos de regreso al interior del bosque mientras ella movía débilmente los brazos y las piernas.

Sir Agravaine descendió por un sendero que discurría entre los árboles y al cabo de pocos minutos lo condujo directamente hasta la playa. Varios caballos que trotaban por la orilla se alejaron asustados al verlo llegar. Sir Agravaine se detuvo junto a la proa de la embarcación y la empujó hacia el agua. Mientras avanzaba sobre la arena húmeda, se preguntó dónde se hallarían aquellas mujeres y sonrió al pensar en que probablemente se ocultaran en algún lugar de los gigantes, que pronto ocuparían también aquella parte de la isla. Cuando la embarcación estuvo a flote subió a bordo, desplegó la vela, tomó la caña y se alejó de tierra. Luego se volvió hacia la playa, y pudo ver a una mujer que lo miraba desde la orilla. Sir Agravaine le hizo un gesto burlón de despedida con el brazo. Iba a girarse de nuevo cuando varias mujeres armadas con arcos y flechas salieron del bosque y se unieron a ella. Sir Agravaine las despidió con una sonrisa irónica y una flecha lo alcanzó en el pecho. Las mujeres tensaban los arcos. Sir Agravaine sujetó la flecha y consiguió partirla, pero cuatro, cinco, seis flechas se clavaron al momento en su cuerpo. Sir Agravaine cayó a un lado, tropezó con la caña y se desplomó sin vida al pie del mástil mientras la embarcación cabeceaba suavemente a merced del oleaje.

martes, 3 de julio de 2012

THE BUTCHER BOY (II)


I wish you was here in 19 and 10.
They was drivin' the women just like they was men.

Tradicional

Cuando era niño pasé algún verano en la casa indiana de mis abuelos, situada en una península verde y boscosa que se forma entre dos rías del norte. Era un mundo rural directo y agreste donde no hallaba rastro de la cortesía a la que estaba acostumbrado en el trato con mis padres, que allí parecía totalmente fuera de lugar. Eso me hacía sentirme inseguro al hablar con los vecinos, pero mis abuelos también eran corteses conmigo y sin embargo no veía que tuvieran dificultades para entenderse con aquellos mismos vecinos. La hija de uno de ellos venía a limpiar y a ayudar a mi abuela en la cocina. Se llamaba Celia, me llevaba tres o cuatro años y para mí representaba una especie de puente entre su entorno y el mío: podía mantener una conversación con sus hermanos empleando aquel tono duro y espontáneo que yo era incapaz de adoptar, y a continuación empezar a lavar la ropa mientras escuchaba cómo yo le contaba, haciendo un esfuerzo inútil por rebajar mi tono cortés, la última película que había visto o el último problema que había tenido en el colegio.

De vez en cuando, Celia se encargaba de matar alguna de las gallinas guardadas en un corral cercano a la casa. Aquello proyectaba una sombra siniestra sobre el aprecio que yo sentía por ella, aprecio que poco a poco se iba transformando en cariño debido a su aparente interés hacia todo lo que le contaba yo, y también porque teníamos edades cercanas y empezaba a darme cuenta de que me parecía muy atractiva. En una ocasión le pregunté si sentía grima al matar las gallinas, y después de reflexionar un momento, me respondió que sentía más bien una mezcla de pena y asco. Pero al matarlas ella me libraba de hacerlo yo, algo que quizá me acabaran encomendando tarde o temprano.

Mis temores se confirmaron cuando cumplí catorce años y alguien decidió que bien podía llevar a cabo aquella tarea para que no se ocupara Celia de todo. Una mañana de septiembre en la que, por algún motivo, sólo estaríamos en casa ella y yo, nos encargaron sacrificar dos gallinas viejas que ya no ponían huevos. Celia iba a despachar una para mostrarme cómo se hacía y yo seguiría con la otra. La tarde anterior, me explicó que podíamos utilizar un hacha o un cuchillo: ella prefería el hacha, pues todo era cuestión de un golpe seco y certero, mientras que con el cuchillo había que cortarle el gaznate sin que la gallina se te escapara de las manos (había que “hacer filetes”, dijo Celia sonriendo). Al escucharla, sentí un ligero vahído y me dije que íbamos a utilizar un hacha que estaba guardada en algún lugar del garaje. En cuanto se marchó fui hasta allí: abrí cajones y armarios, hurgué en estanterías, aparté telarañas, miré por encima y por debajo de muebles, revolví en cestos y cajas, pero por más que busqué no conseguí encontrar el hacha.

Celia llegó a primera hora de la mañana. Estuvimos charlando unos minutos, luego se puso un mandil cuya cinta le ayudé a anudar a la espalda y comentó que podíamos ir ocupándonos de las gallinas. Cuando le pregunté por el hacha me dijo que no sabía dónde estaba, así que buscó en un cajón de la cocina y sacó un cuchillo muy afilado con el que, tiempo atrás, yo me había abierto una mano al cortar un trozo de goma para hacer la cazoleta de una espada de palo. Volví a notar un vahído. Después de separar algunas hojas de una pila de periódicos que había junto a la cocina de leña, Celia salió al jardín y yo la seguí. Alejé a los perros lanzándoles unos trozos de pan, llegamos al corral y aguardé junto a la puerta mientras Celia caminaba entre las gallinas, atrapaba una por las patas, se la llevaba afuera y la colocaba con habilidad sobre una mesa de piedra. A continuación le puso el cuchillo en el pescuezo mientras la sujetaba con firmeza y me explicó, sin que yo consiguiera entenderla, dónde y de qué manera había que cortar. La gallina aleteaba y trataba de escabullirse, pero en un abrir y cerrar de ojos Celia la degolló tan segura y metódicamente como si estuviera cortando pan, mientras un abundante chorro de sangre se extendía sobre la superficie de piedra. Cuando levantó la vista para asegurarse de que había entendido cómo se hacía yo debía de presentar un aspecto lamentable, porque se detuvo y me preguntó si me pasaba algo. Logré decirle que no, y ella siguió cortando hasta que la cabeza estuvo separada del cuerpo. Entonces le comenté que no me encontraba demasiado bien, y ella dejó el cuchillo y trató de sujetarme porque estaba a punto de caer. Me acompañó hasta la casa con un brazo en torno a la cintura, subimos las escaleras, entramos en mi habitación y me tumbé sobre la cama. Celia se sentó a mi lado y me puso una mano en la frente para comprobar si tenía fiebre. Avergonzado, murmuré que probablemente había sufrido un simple mareo por algo que había comido, pero ella, ignorando mis explicaciones, me dijo que aquello era normal, que a un primo suyo le había pasado lo mismo y que descansara sin preocuparme por nada. Me trajo un vaso de agua que le agradecí con un murmullo. Luego salió y se alejó escaleras abajo, y al cabo de un rato pude oír cómo entraba en casa de nuevo, tiraba algo en el cubo de la basura y sacaba varios cacharros de los cajones de la cocina. Pronto llegó arriba un olor nauseabundo: el de las entrañas de las gallinas, que Celia había puesto a cocer para dar de comer a los perros. Pese a todo, ya me sentía mejor. Me levanté, bajé las escaleras, abrí la puerta de la entrada y decidí caminar hasta el monte, de donde llegaban el olor de los manzanos y del mar con la primera brisa del otoño. A lo lejos podía ver las ramas de los árboles mecidas por el viento. Al salir miré hacia la ventana abierta de la cocina, donde Celia empezaba a preparar la comida. Ella levantó la cabeza y también me vio. Me preguntó cómo me encontraba y le dije que bien, que ya estaba recuperado. Antes de retomar su trabajo, me dedicó una sonrisa a la que respondí sonriendo algo azorado. La miré todavía un instante. Luego llamé con un silbido a los perros y eché a andar hacia el monte.

domingo, 24 de junio de 2012

Juegos de verano (Sommarlek, 1951), de Ingmar Bergman


Juegos de verano narra un doloroso proceso de maduración que se inicia, como es habitual en el cine de Bergman, a causa del  reencuentro de la protagonista con su pasado. Este pasado se nos muestra en la película a lo largo de varios flash-backs que se suceden después de que Marie, una bailarina de ballet cuya carrera artística conlleva un progresivo desgaste físico y emocional, reciba el diario de Henrik, su amante durante un verano que terminó con la muerte de éste. El presente de Marie es sórdido: el teatro es un lugar poblado por personajes frustrados y decadentes, la relación con David, su novio actual, es tensa y cansina, y detrás de la brillantez y el esfuerzo de cada representación están la fatiga y la pérdida de ilusiones de quienes las ejecutan.

El itinerario de presente a pasado se apoya en contrastes aparentes: a la suciedad y el estrépito del teatro, y a la tristeza del paisaje otoñal que Marie encuentra cuando el transbordador arriba a la isla en la que pasó aquel verano, se contraponen el silencio, la luminosidad y la belleza de ese mismo paisaje al comienzo del flash-back que coincide con el comienzo de dicho verano; la insolencia de David cuando entra por primera vez en el teatro contrasta de manera casi violenta con la timidez y la cordialidad que desprende Henrik en su primera aparición al aproximarse a Marie en el transbordador... Pero ese contraste resulta engañoso porque, en realidad, también el pasado dista de ser idílico: pronto vemos cómo detrás de la tristeza que asoma en todo momento al rostro de Henrik subyace la angustia causada por el abandono de su padre y el rechazo por parte de la tía con la que vive. La situación familiar de Marie es algo mejor, pero la cercanía de su tío permite intuir una amenaza que finalmente se materializará tras la muerte de Henrik. Por eso ya durante el verano, cuando ambos viven aislados del mundo exterior en la isla, Marie comienza a crear una suerte de máscara (en gran parte por medio de su dedicación al ballet) que resultará fundamental para su posterior instalación en ese mundo exterior. No sucede lo mismo con Henrik, y por ello es inevitablemente triste la secuencia de trasfondo sombrío en la que cada uno dice lo que va a hacer al cabo de pocos días, cuando el verano toque a su fin: Marie comenzará su carrera como bailarina y Henrik irá a la universidad, pero es fácil intuir que para ella esa carrera pasará a constituir una parte fundamental de la máscara tras la que se protegerá de un mundo despiadado, mientras que resulta significativo el inminente fallecimiento de Henrik, como si no hubiera lugar para él fuera de ese espacio y ese tiempo concretos.

Lo que hace de Juegos de verano una película inolvidable es la manera perfecta en que esta historia sentimental, dolorosa y romántica cobra vida valiéndose de unas imágenes que se mueven con admirable fluidez y sin una sola caída de ritmo entre lo realista y lo simbólico. Las secuencias iniciales son ya un ejemplo modélico de la fluctuación de tonos que recorrerá toda la película: el ambiente del teatro y los diálogos entre Marie y David están mostrados de forma cruda y directa (a destacar la conversación que tiene lugar cuando caminan hacia el puerto, recogida por la cámara con un opresivo travelling en plano medio muy cerrado), pero en la travesía de Marie a bordo del transbordador –una breve sucesión de planos impresionistas del mar, el cielo y el costado de la embarcación relacionados por fundidos encadenados– hay un aliento poético que se corresponde con la melancolía que embarga a la protagonista, a la vez que anticipa el sentimiento de felicidad efímera que impregnará luego cada flash-back dedicado a sus encuentros con Henrik durante el verano. También son fundamentales las dos secuencias complementarias y casi abstractas que, concluidos los flash-backs y clausurada con ellos la vuelta al pasado que han supuesto, nos muestran las  conversaciones en el camerino del teatro entre Marie y el profesor de baile (cuyo rostro, significativamente, está oculto tras una máscara) y entre Marie y David, de modo que la primera conversación proyecta una luz nueva sobre lo vivido por ella hasta entonces, y al mismo tiempo será decisiva en la inmediata que mantendrá con David y en la relación entre ambos.

Pese a que, al contrario que en títulos posteriores, Bergman utiliza aquí un punto de partida característico del cine sueco de la época (el paralelismo felicidad de los amantes/verano, final de la misma/llegada del otoño), Juegos de verano es una película profundamente personal y una de las primeras obras maestras que jalonan la extraordinaria filmografía de su autor.

domingo, 3 de junio de 2012

STAND AND DELIVER

One hundred pounds was offered for his apprehension there
So he, with horse and saddle to the mountains did repair
Tradicional
Tom Robinson estaba sentado junto a la ventana de la cocina, contemplando la cortina de agua que difuminaba la linde del bosque al otro lado del camino. En la estancia no veía más que al posadero y a otro hombre que probablemente viviera cerca, a juzgar por la familiaridad con la que conversaban. Hacía rato que Hayes tenía que haber llegado. Un jinete proveniente de la dirección de la aldea se aproximó cabizbajo envuelto en su capa. Robinson trató de distinguir sus rasgos, pero en seguida lo vio pasar de largo y perderse tras una curva. Bebió un trago y miró con impaciencia hacia la puerta. El lugareño salió para retomar sus ocupaciones. Robinson lo observó mientras se alejaba apresuradamente bajo la lluvia. Tres años antes él mismo se hacía cargo de un rebaño, tras la muerte de sus padres, el reclutamiento de su hermano mayor y la marcha de su hermana en busca de empleo. Aquel invierno había empezado a cazar furtivamente, pero no tardó en ser sorprendido por un guardabosque y encarcelado. Antes del juicio, consiguió escapar y robar un caballo con el que durante varios días cabalgó sin descanso hacia el norte. Mendigó de pueblo en pueblo, y perseguido por un pequeño hurto,  terminó uniéndose a una banda de salteadores. Pudo comprar ropas decentes y comer como es debido un tiempo, pero las autoridades les seguían el rastro, y pronto los cercaron en la cueva donde se ocultaban. Abatieron a uno de ellos, Robinson logró huir y los otros dos supervivientes, heridos e incapaces de salir, fueron capturados. Las semanas siguientes Robinson deambuló por los bosques, evitando las rutas transitadas y escondiéndose en la espesura si divisaba una partida de jinetes a lo lejos. Conoció a Hayes cerca de una aldea situada a mitad de trayecto entre la posada y la remota región montañosa donde se hallaba la mansión del señor Addison. El año anterior Hayes había estado empleado varios meses en las caballerizas, hasta que lo echaron a patadas a causa de una disputa con un mayordomo.

El posadero empezaba a mirarlo con suspicacia. Robinson se levantó y se acercó a la chimenea para calentar las manos junto al fuego. Quitó el vaho del cristal y echó un vistazo al exterior. El agua que se deslizaba por los cristales sólo permitía distinguir el muro que rodeaba el edificio y las formas verdosas del otro lado. Dos días antes, Hayes y él habían cabalgado monte arriba hasta el castillo de Deerbrook siguiendo un camino antiguo apenas transitable hoy. Después de trepar con dificultad a lo alto de una torre resbaladiza y medio derruida, contemplaron el itinerario que seguiría el coche en el que viajaban los Addison y el punto donde le saldrían al paso por medio de un atajo. Había llovido de mañana, y el olor húmedo y envolvente de la hierba y de los árboles le había dado a Robinson una confianza que ahora, atrapado en aquel lugar, y sin rastro de Hayes, comenzaba a desaparecer.

Iba a sentarse de nuevo cuando vio la silueta de un coche que se detenía frente a la posada. El lacayo saltó del pescante y abrió la portezuela, un hombre y una mujer descendieron, y unos segundos después entraban en la cocina. El posadero los recibió con una reverencia, se dirigió a ellos como “señor y señora Addison” y los condujo al salón del fondo apartando a Robinson al pasar a su lado. Los recién llegados se sentaron mientras el posadero llamaba a su mujer, que debía de estar en el piso de arriba. El lacayo y el cochero ocuparon una mesa cerca de la puerta de la cocina. Robinson volvió a su asiento y contempló disimuladamente al señor Addison y a su esposa, deseando que Hayes se presentara de una maldita vez. Addison era un hombre alto y fuerte de unos treinta y cinco años. Sus ojos oscuros le daban un engañoso aire reflexivo, desmentido por el gesto duro e inquisitivo, los ademanes enérgicos y la expresión intransigente. La señora Addison parecía algo más joven que su marido, y en su expresión, además de arrogancia y desdén, había un deje de ironía. No prestaba la menor atención a Robinson, pero Addison ya había reparado en él y ahora lo observaba desde la estancia contigua. Robinson bajó la cabeza.

–Veo que un desconocido se dirige hacia la aldea –oyó al fin. Levantó la vista.

–Estoy de paso –dijo–. He entrado por culpa de la lluvia, y en cuanto escampe seguiré mi camino.

–Ese hombre llegó hace casi una hora –exclamó el posadero–, y no ha hecho más que andar de un lado a otro y mirar en todo momento por la ventana.

Addison regresó a la cocina y se paró junto a Robinson.

–Estas tierras son cada día más peligrosas –dijo. Se volvió hacia el posadero–. Recordad cuando aquellos ladrones asaltaron la granja del señor Dixon y los mataron a él y a su esposa.

El posadero asintió y miró a Robinson de arriba abajo.

–¿Quién sabe quién es y a qué ha venido? –insistió–. Puede que haya otros esperándolo en el camino...

Addison se acercó hasta la puerta.

–En estos tiempos, la presencia de desconocidos es un motivo de inquietud –concluyó.

Robinson dio un último trago a su jarra y se puso en pie para pagar y marcharse aunque Hayes no hubiera llegado aún. Se detuvo frente a la puerta porque Addison le bloqueaba el paso.

–¿No me has oído? –murmuró éste–. No vas a irte hasta que sepamos quién eres y qué buscas por aquí una mañana como ésta.

Robinson trató de seguir adelante, pero Addison se interpuso con brusquedad y lo hizo retroceder a trompicones. Robinson notó el serpenteo del miedo. Sabía que debía sacar su pistola, encañonar a aquel pendenciero y marcharse en seguida, antes de que el altercado adquiriera un cariz más grave para él. Pero el fuego que, al mismo tiempo, ardía en su pecho, lo llevó a olvidar la prudencia y tirar de la espada, provocando la sonrisa de su inminente adversario. Addison se quitó la casaca, que el lacayo se apresuró a recoger, y desenvainó la espada. Su esposa los miraba sin interés, como si ya hubiera presenciado aquella escena en otras ocasiones y supiera bien cuál iba a ser el desenlace de la disputa. El posadero hizo un tímido amago de intervenir, acallado de inmediato por Addison. Robinson sentía que el temor y la cautela se confundían con un rencor desconocido hasta entonces. No era la primera vez que peleaba por su vida, pero nunca había presentido el peligro como en aquel hombre. Addison parecía divertido y no apartaba la mirada de la suya. Robinson se situó frente a él. Después de un breve tanteo se decidió a atacar, pero Addison paró la estocada con rapidez y mandó su espada a estrellarse contra la chimenea. Al intentar alejarse, Robinson se llevó por delante una silla y acabó cayendo. Addison avanzó hacia él. Robinson echó la mano al interior de la casaca, sacó la pistola y lo encañonó.

–¡Soltad la espada! –exclamó, mientras se incorporaba sin bajar el arma.

El cochero apartó su asiento y acercó la mano al cinturón, pero un gesto de Addison lo detuvo.

–¡Soltad la espada! –insistió Robinson.

–Deja esa pistola sobre la mesa –repuso Addison–. Como haya algún herido, las cosas se van a poner muy duras para ti.

–¡Maldita sea, haced de una vez lo que os digo!

Addison envainó la espada. Indicó al lacayo que lo ayudara a enfundarse la casaca, arrojó unas monedas sobre el mostrador, tras el que el posadero y su mujer se habían cobijado, e invitó a su esposa a levantarse. Ésta obedeció contrariada. Robinson encañonaba a Addison desde el otro lado de la estancia. Mientras lo veía caminar flanqueado por sus sirvientes, tuvo la impresión de haber vivido humillado durante más tiempo del que hubiera podido imaginar. Antes de salir, Addison se volvió hacia él.

–Márchate ahora mismo –dijo–. Si nos encontramos otra vez, te acordarás de mí toda tu vida.

Luego le dio la espalda y subió al coche con su esposa. Robinson oyó el golpe de la portezuela al cerrarse y el restallido del látigo, y no tardó en perderse a lo lejos el sonido de los cascos y de las ruedas sobre el suelo terroso. Robinson recuperó la espada, dejó unas monedas encima de la mesa, que el posadero recogió mirándolo despectivamente, y salió de la posada. Ya había escampado, una luz tenue se filtraba entre las nubes. El viento agitaba las ramas de los árboles y hacía volar las hojas esparcidas por el camino. Todo había salido mal. Tenía ganas de volver al local y darle lo suyo a aquel maldito posadero, pero eso no arreglaría nada. Su corazón se encogió al pensar en que quizá su hermano había muerto en la guerra, y en que su hermana estaría preguntándose qué había sido de él. Tal vez no volviera a verlos nunca.

Acababa de montar cuando oyó cómo un caballo se aproximaba al galope. Levantó la vista y pronto reconoció al jinete embozado en una capa sucia, con el sombrero calado hasta las cejas: era Hayes.

–¿Dónde demonios estabas? –exclamó en cuanto se encontraron.

Hayes parecía cansado y malhumorado. El vaho que salía de su boca se dibujaba en el aire frío.

–Cabalgué hacia aquí todo lo rápido que pude –respondió, levantando el ala del sombrero–, pero hace una hora mi caballo resbaló en el barro y se rompió una pata, así que tuve que procurarme otro...

Robinson se preguntó de dónde habría sacado Hayes aquel animal.

–Addison y su mujer ya están en camino –dijo.

–¡No deben llegar a la aldea! –exclamó Hayes–. ¡Tenemos que alcanzarlos antes de que salgan del bosque!

Se cubrieron el rostro con sus pañuelos y se alejaron a galope tendido. Robinson temía que a Hayes le siguieran la pista por el robo del caballo, pero se giró varias veces y no vio a nadie tras ellos. En seguida divisaban el coche, cuando desaparecía al comienzo de un tramo frondoso y sombrío que se extendía a lo largo de varias millas de bosque y terminaba muy cerca de la aldea. Clavaron las espuelas en el flanco de los caballos y ganaron terreno hasta situarse a la altura del vehículo. Hayes manejó con una mano, sacó una de sus pistolas con la otra y apuntó a los hombres sobre el pescante. El cochero tiró de la rienda, y en unos segundos el coche se detenía en medio del camino. Hayes y Robinson frenaron sus caballos y a una señal de su compañero Robinson desmontó y abrió la portezuela. El señor Addison no se mostraba inquieto por el percance.

–Abandonad esta insensatez ahora que aún estáis a tiempo –advirtió sin moverse de su asiento–, y dejadnos continuar el viaje.

Hayes hizo avanzar el caballo, se inclinó sobre la silla y le apuntó.

–¡Salid ahora mismo! –ordenó.

Los viajeros se apearon. No podían distinguir los rasgos de sus asaltantes bajo los sombreros y los pañuelos, pero algo en el que había abierto les resultaba familiar. Hayes sintió deseos de atarlos a un árbol y saldar cuentas con Addison, para que suplicara compasión como había hecho él inútilmente al ser despedido meses atrás. Se contuvo, pero decidió tomarse la revancha en cuanto el dinero estuviera en sus manos aunque aquello supusiera retrasar la huida.

–No podréis llegar muy lejos –afirmó Addison–. Marchaos antes de que sea demasiado tarde.

–¡Ya basta! –exclamó Hayes empuñando la otra pistola–. ¡Vais a saber lo que es ser tratado como una bestia!

Sacó el pie del estribo y le pegó una patada a Addison, que se tambaleó y tropezó con su esposa. Addison avanzó hacia Hayes a la vez que Robinson percibía un cambio en la expresión del cochero.

–Hijo de puta, desmonta y pelea como un hombre… –murmuró Addison cerrando los puños.

El cochero sujetó la escopeta y se incorporó pero Hayes abrió fuego y lo alcanzó en el pecho. Los caballos se encabritaron y el cuerpo del cochero cayó al camino. Antes de que el lacayo lograra coger su pistola, Hayes lo mandó a tierra con un nuevo disparo. Robinson dio un paso adelante, pero al ver el ademán de Addison se detuvo y lo encañonó. El eco de los estampidos se perdía entre los árboles. Hayes desmontó, volvió de un puntapié la cabeza del lacayo y comprobó que estaba muerto. La sangre comenzaba a teñir el barro y el agua de los charcos. Robinson contempló los cuerpos tendidos en el suelo: el lacayo era un joven de su edad y el cochero un hombre mucho mayor. Sintió desprecio hacia sí mismo. El temor a ser sorprendidos por algún caminante, o a que alguien hubiera oído los disparos, daba paso a un acuciante sentimiento de culpa. Addison pareció adivinar lo que atribulaba a Robinson.

–Todavía puedes abandonar a ese rufián –dijo.

–¡Cállate, maldita sea! –bramó Hayes.

–Es él quien ha matado a mis sirvientes –insistió Addison como si Hayes no estuviera presente–, tú aún no has hecho nada.

La cólera se apoderó de Hayes. Fuera de sí, arrebató la pistola a Robinson, empujó el cañón contra la frente de Addison y apretó el gatillo. Su esposa se cubrió la boca al ver cómo se desplomaba con el cráneo hecho pedazos.

–¡Ya está! –exclamó Hayes–. ¡Es lo único que merecía ese canalla!

La señora Addison se apoyó en el pescante, bajó la mirada y terminó cayendo al suelo. Robinson retiró el pañuelo que ocultaba su rostro y le quitó el arma a Hayes.

–Tenemos que largarnos ahora mismo –dijo–, no podemos seguir con esto…

Hayes lo empujó a un lado.

–Claro que podemos –repuso–. Ahora vamos a llegar hasta el final con esa puta.

Agarró por el pelo a la señora Addison, la puso en pie y desgarró la parte delantera de su vestido. Ella intentó retroceder, pero Hayes la atrajo hacia él y le pegó un puñetazo que estuvo a punto de derribarla. Robinson se interpuso y apartó a Hayes.

–Robinson, no sabes lo que estás haciendo –advirtió éste llevando la mano a la espada.

–No vas a tocar a esa mujer y no habrá más muertos –exclamó Robinson–. Vámonos de una vez...

–Ya no podemos irnos –repuso Hayes en un tono inequívoco.

El corazón de Robinson latió con rapidez. Tiraron de la espada al mismo tiempo, y después de varios amagos se enzarzaron en un desesperado intercambio de mandobles que la señora Addison aprovechó para intentar huir montando uno de los caballos. Robinson y Hayes soltaron sus armas y lograron alcanzar las riendas. El animal se encabritó y giró a un lado y a otro hasta arrojar a la señora Addison sobre una rueda del coche. Cuchillo en mano, Hayes cargó contra Robinson, que apenas pudo hacerse con el suyo y detener la embestida. Robinson aferró el antebrazo de Hayes tratando de evitar que el acero se aproximara a su costado. Chocó contra la caja del vehículo y pugnó por desprenderse de los dedos que Hayes cerraba como una tenaza en torno a su muñeca. Hayes se le acercó unos centímetros y Robinson empujó el antebrazo con todas sus fuerzas. Cuando sintió en su rostro el aliento de Hayes le asestó un cabezazo. Hayes retrocedió a trompicones y Robinson se abalanzó sobre él y le clavó el cuchillo en el cuello a la vez que sujetaba la mano con la que Hayes empuñaba el arma. Cayeron al trabarse las piernas y Hayes quedó inmóvil en el suelo. Robinson se puso en pie respirando entrecortadamente, recogió la espada y el cuchillo y se alejó unos pasos del cuerpo ensangrentado de su compañero. La señora Addison estaba reclinada contra la rueda y se tocaba la frente con un gesto de dolor. Tras un instante de duda, Robinson le indicó que avanzara hacia el interior del bosque y se parara delante de un árbol. Luego, evitando mirarla a la cara, le ató las muñecas a una rama con el pañuelo. Regresó al camino, y sin perder de vista las curvas que desaparecían por el medio de la frondosa vegetación en los dos sentidos, se quitó la casaca y dedicó un tiempo penoso e interminable a introducir los cadáveres en el coche mientras repasaba mentalmente las posibles vías de escape. Agotado, condujo el vehículo y los animales entre la espesura hasta un lugar recogido y volvió junto a la señora Addison tirando de dos caballos. Cortó la ligadura y le entregó las riendas de uno de ellos. La señora Addison las cogió sin apartar la mirada del frente, pero Robinson pudo leer en su rostro el deseo de verlo colgar de una cuerda y su propósito de llegar cuanto antes a la aldea para denunciar lo que acababa de suceder. Montó y se alejó campo a través. Tenía que dar con la ruta que conducía al castillo de Deerbrook y le permitiría continuar hacia el sur evitando otras más transitadas. Estaba oscureciendo. Cabalgó monte arriba por un terreno escarpado y dificultoso, y al cabo de varios minutos oyó ruido de agua corriente. Frenó y miró alrededor: cerca de allí reconoció una peña cubierta de musgo junto al arroyo que daba nombre al lugar, y a pocos metros de la otra orilla pudo distinguir la silueta ruinosa del muro recortada contra el cielo gris. Cruzó el pequeño caudal y se detuvo un instante frente a una poterna desde la que localizó el camino a seguir. Luego picó espuelas, bordeó la base de la torre y dejó atrás el edificio donde había planeado aquel asunto con Hayes.