sábado, 21 de noviembre de 2015

SOUS LE CIEL DE PARIS


El bullicioso barrio de Montmarte, donde mi mujer tiene una tienda, silencioso y vacío. El tiempo tormentoso, el hastío, el volver a vivir lo vivido. Sus lágrimas cuando hace cinco semanas estalló una bomba en Ankara, su rabia y su desprecio contra quienes organizaron el atentado y contra quienes permitieron que se llevara a cabo. El tono reposado con el que, tiempo atrás, me contó que hace treinta años uno de sus hermanos mayores, miembro voluntario de una guerrilla kurda, falleció durante un combate en la frontera entre Turquía e Irak. Sus ocasionales silencios, que como dice mi madre son los mismos en los que se sumía mi abuelo a lo largo de los años posteriores a la guerra civil. Su falta de miedo hoy, sus recuerdos de infancia raramente invocados: el silbido de las balas por delante de las ventanas, la presencia constante de militares, las continuas idas y venidas, las familias vecinas con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el aprender a no decir nada, el duelo permanente de jóvenes y adultos.
***
El respeto de algunos automovilistas ante el tráfico cortado durante la manifestación que se organizó en París después del atentado de Ankara y el sonido de los cláxones de otros, mientras en el aire de aquella agradable tarde de otoño se respiraba que en cuestión de meses (que al final resultaron ser semanas) algunos de los allí presentes, independientemente de nuestros orígenes, formaríamos parte del siguiente balance de heridos y muertos. La presencia policial nada rutinaria en los puntos del metro más insospechados, cubriendo entradas y salidas con una mirada nueva y cargada de significado mientras los usuarios les echamos una rápida ojeada y bajamos la vista al pasar frente a ellos. La ausencia de reservas para los próximos meses en el hotel donde trabajo, las continuas anulaciones de otras que fueron hechas antes del trece de noviembre. El gesto grave en el rostro del repartidor de ropa limpia desde que la noche del viernes se quedó bloqueado con el camión de camino a un hotel del distrito 10 y oyó los disparos. La tristeza en la mirada de gentes a las que trato cada día y la frivolidad y la despreocupación en la de otras, las opiniones sensatas e inteligentes y las estúpidas o interesadas. La certeza de que en los próximos meses a padres, cónyuges o hermanos de muchos de nosotros se los informará del fallecimiento de algún pariente en un atentado, y de que eso no va a suceder únicamente en Francia, Bélgica, Turquía o Malí. La descripción minuciosa durante los informativos de la batalla campal en el piso de Saint-Denis entre policías y terroristas, que cabe calificar de heroica por parte de los primeros. Las llamadas telefónicas de familiares y amigos, las sonrisas y el sentido del humor y las ganas de vivir, como si la vida tuviera un sabor renovado ahora que sabemos mejor que nunca que la vida no vale nada. Las voces de la gente paseando por las calles, las luces del barrio que empiezan a encenderse al caer la tarde, el sonido de los trenes que van y vienen de París al final del día o al comienzo de una nueva jornada.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

SCHOOL DAYS (XI)

A mediados de la década de los ochenta, durante los cursos de sexto, séptimo y octavo de EGB utilizamos en la asignatura de Lengua Inglesa unos manuales que se llamaban “Ready, Steady, Go!” y lucían en la portada dibujos de la bandera del Reino Unido. Las lecciones que íbamos siguiendo a través de sus páginas nos transportaban a una atrayente atmósfera británica, algo siniestra pero al mismo tiempo acogedora, y en realidad no muy lejana de la de aquella comarca atlántica verde y lluviosa donde estaba nuestro pueblo. También nos resultaba familiar el ambiente de las series de televisión inglesas que se emitían entonces: la bajamar en amplias playas otoñales, los cielos nublados, los prados y los bosques, la frondosa vegetación bordeando caminos perdidos entre los montes, los sillones tapizados junto a la chimenea, las ventanas por las que se veía discurrir la lluvia, tenían su correspondencia en los paisajes que transitábamos día a día y en los edificios donde vivíamos o donde estudiábamos. Muchos de los libros de Agatha Christie o de Arthur Conan Doyle que Darío y yo cogíamos al caer la tarde en la biblioteca municipal estaban protagonizados por gentes en cierto modo similares a las que tratábamos a diario. Entre nuestros vecinos era fácil distinguir rasgos que nos traían a la cabeza los rostros familiares de un Richard Harris o un Gordon Jackson, y las señoras que trabajaban en los comercios del pueblo me recordaban inevitablemente a grandes damas del cine británico como Kay Walsh, Anne Crawford o Rona Anderson. Cuando pasaba por delante de sus tiendas, me detenía un instante y las contemplaba disimuladamente con una mezcla de nostalgia y admiración, como si fueran el paraíso perdido. Si alguna levantaba la vista y me sonreía, yo no sabía cómo responder: enrojecía, bajaba la cabeza, aceleraba el paso, me sentía al mismo tiempo feliz y desdichado y me identificaba con aquellos atribulados chavales de las viejas películas de los años cincuenta que emitían en televisión los sábados por la tarde.
 
Empezaba a ponerse de moda estudiar inglés, y nuestros padres se esforzaban para que pudiéramos aprender una lengua fundamental que sin embargo ellos desconocían. El último grito era el curso televisivo “Follow Me”, presentado con británica desenvoltura por el gran Francis Matthews. Nuestros primos de Lugo o de La Coruña disfrutaban de profesores nativos que iban a darles clases particulares a casa, pero los que vivíamos en el pueblo teníamos que conformarnos con lo aprendido en el colegio, donde éramos metódica y sistemáticamente apaleados hasta que nos iba entrando un poco de todo aquello.

Otro que también tenía un aspecto inconfundiblemente británico era el Rantanplán. Con aquel rostro de gesto adusto, aquellos chalecos castaños de punto, aquellos antebrazos recios y velludos y aquella mirada que caía sobre el alumno señalado como una sentencia de muerte, nuestro profesor de Inglés y de Gallego encajaba con total espontaneidad en un entorno de luces y sombras en parte real, y en parte creado por nosotros mismos a partir de unas imágenes televisivas y literarias que, sin ser apenas conscientes de ello, nos cautivaban.

Aunque solía dictar apuntes, el Rantanplán se guiaba en sus clases por el libro de texto. De vez en cuando traía las cintas complementarias al manual del profesor, y durante un cuarto de hora nos hacía escuchar la pronunciación de determinadas frases o las canciones que introducían algunos capítulos. En esas ocasiones, casi resultaba entrañable ver a un pájaro como el Rantanplán poniendo y sacando cintas, rebobinando o pasando hacia adelante, y escuchando con atención y creciente cabreo para saber si había dado al fin con la puñetera canción que andaba buscando. Mientras ésta sonaba el interés de algunos alumnos se desvanecía poco a poco, y siempre había quienes terminaban desconectando por completo y entablaban una animada conversación en voz baja. Solían ser dos internos o dos tipos duros de alguna aldea de los alrededores, sentados en una zona del aula donde el Rantanplán no podía verlos aunque sí oírlos, de manera que intuía con paulatina irritación que algo estaba sucediendo, pero no lograba situarlo. A veces, el Rantanplán se giraba en el instante en que uno de ellos sonreía, así que se lo tomaba como una afrenta y se abalanzaba enfurecido sobre el alumno mientras en el magnetofón seguía sonando la cancioncilla de marras. Aquellas agresiones tenían un toque barriobajero que las diferenciaba de las más rutinarias de otros profesores: al Rantanplán se le escapaban juramentos mientras asestaba un golpe tras otro, el chaval se cubría a la desesperada aunque con cierta habilidad para proteger la cabeza, y el Rantanplán, tratando de que no se le escabullera, le sacudía con todas sus fuerzas en la espalda y el costado, por momentos aquello parecía una escena de William Hogarth.

Una mañana de mediados de curso, en octavo de EGB, leímos al comienzo de una lección varias viñetas que resumían El mercader de Venecia. En septiembre, poco antes de empezar las clases, yo le había echado un vistazo al libro de texto y me había adentrado con interés en alguna de sus lecciones. Pero al llegar a aquella parte tuve que dejarlo a un lado porque sufrí un inesperado bajón de tensión, impresionado por el argumento de la obra: en la Venecia del siglo XVI, el joven Antonio le pide un préstamo al usurero judío Shylock para ayudar a su amigo Bassanio, que quiere casarse con la bella Porcia. Shylock acepta dejarle el dinero, pero a cambio le exige que si no puede devolvérselo en la fecha acordada deberá pagarle con una libra de su propia carne, cortada de la parte del cuerpo que Shylock desee. Después de leer aquello casi pude sentir el frío del cuchillo sobre mi propio pecho desnudo. Al preguntarme qué parte del cuerpo sería la más propicia para llevar a cabo el proyecto de Shylock noté que me desvanecía, así que me levanté precipitadamente y avancé a trompicones hasta el sofá más cercano, donde me tumbé y respiré hondo hasta que poco a poco me fui encontrando mejor. Me preocupó que algún día fuéramos a estudiar aquella lección en clase. Pero aún faltaban varios meses para eso, y además llegado el momento quizá el Rantanplán se saltara el texto de introducción y pasara directamente a las explicaciones gramaticales, como había hecho a menudo el curso anterior. Sin embargo, el momento había llegado y esta vez el Rantanplán parecía decidido a leer el texto entero y a traducirlo a continuación con lo que consideré una lamentable indiferencia hacia lo que allí estaba en juego. Volví a sentir un mareo. Me di cuenta de que meses atrás, en casa, todo había sido muy rápido porque había tenido la posibilidad de cerrar el libro, tumbarme y reponerme, mientras que ahora aún faltaba un buen rato para el final de la clase y yo estaba sentado sin poder moverme del pupitre con las palabras del Rantanplán resonando dentro de mi cabeza. Al mirar alrededor vi a dos internos charlando, a Andrés pensando en sus cosas, a las chavalas más o menos atentas a la lectura y a todo el mundo desinteresado por la suerte que pudiera terminar corriendo Antonio (el Antonio de la pieza shakespeariana, quiero decir). Tuve la certeza de que si no me tumbaba de una vez iba a perder el conocimiento, por eso le pedí permiso al Rantanplán para salir un momento. Debía de presentar un aspecto preocupante, ya que me lo concedió sin ninguna objeción. Me puse en pie y conseguí avanzar entre los pupitres hacia una de las puertas del aula, consciente de que el Rantanplán había interrumpido la lectura y todos mis compañeros me estaban observando. Pero lo único que me importaba era llegar hasta la puerta y salir al pasillo, donde podría tumbarme y descansar con el frío de las baldosas bajo las manos y el aire fresco del exterior en el rostro. Veía filas de pupitres difusas y sólo prestaba atención a la puerta, hacia la que lograba aproximarme poco a poco. Ya distinguía el pomo metálico cuando oí al Rantanplán preguntarme si quería que algún compañero me ayudara. Murmuré afirmativamente, y pude percibir una silueta que se levantaba sin pedirle permiso al profesor y avanzaba a toda prisa en mi dirección. Pero no supe de quién se trataba, porque antes de que llegara hasta mí sentí como si el aula diera la vuelta, así que intenté apoyarme en lo que me pareció el pupitre más cercano y un instante después perdí el conocimiento.

domingo, 11 de octubre de 2015

SCHOOL DAYS (X)

El Rantanplán era un tipo musculoso, delgado y no muy alto, que impartía las asignaturas de Inglés y de Gallego. La  barba corta y el cabello rubio, los ajustados pantalones de tergal, los chalecos de lana verde y unos zapatos de suela que hacían un ruido escalofriante mientras avanzaba entre las filas de pupitres, le daban un marcado aire británico. Lo habían contratado para reemplazar al antiguo profesor de aquellas asignaturas, y al empezar el curso nos preguntábamos si sus clases iban a ser más reposadas o en la misma línea violenta de su antecesor. La respuesta llegó a los pocos días, una mañana en que puso fin a la conversación entre dos alumnos con una bofetada que mandó por los aires las gafas de uno de ellos. El Rantanplán sólo estuvo cuatro años en el colegio, pero fueron cuatro años de ruido y furia, cuatro años pródigos en hostias de todos los colores e intensidades, cuatro años para el recuerdo.

En 1986, durante el curso de séptimo de EGB, tuvimos clase de Inglés los lunes a primera hora. Una mañana lluviosa de enero, James Vázquez Mitchell entró en el aula unos minutos después de que el Rantanplán hubiera cerrado la puerta, en el momento en que terminaba de pasar la lista y se disponía a dictar la lección. James había nacido en Inglaterra y había vivido allí hasta hacía un par de meses, cuando sus padres regresaron a España, se instalaron en un pueblo cercano al nuestro y lo matricularon en el colegio. Aunque no era un chaval tan bregado como la mayoría de los alumnos internos, a mí me intimidaban un poco su aire cosmopolita y un ligero toque de dureza que ni siquiera se esforzaba en acentuar. Tal vez por eso no lo traté demasiado aquel curso, aunque sí el siguiente, en especial cuando antes de las vacaciones de verano fuimos diez días de excursión a Torremolinos: una noche me sorprendió llorando en el pasillo del hotel porque echaba de menos a mis padres, y en vez de ir corriendo a contárselo a los demás me dijo que no tenía de qué avergonzarme, que a él le había ocurrido lo mismo al volver de Inglaterra y recordar a sus amigos y a sus parientes ingleses.

Aquella mañana de enero, James entró en clase sujetando la cartera a su espalda. Caminaba torpemente, resbalaba en el suelo húmedo y fingía que se caía y que le costaba avanzar, provocando nuestras risas. Como el peso de los libros le impedía desprenderse del asa, retrocedió unos pasos y trató de cerrar la puerta con el pie, pero la empujó con más fuerza de la necesaria y terminó dando un portazo. Hasta ese momento el Rantanplán había dictado sin quitarle el ojo de encima, pero en cuanto la puerta se cerró se acercó hasta él y le pegó una bofetada que estuvo a punto de derribarlo. James no era capaz de liberarse de la cartera, así que el Rantanplán aprovechó para pegarle otra bofetada que se debió de oír en el pasillo, y luego retomó la lección como si no hubiera sucedido nada. James logró soltar al fin la cartera, se repuso, la recuperó y caminó hacia su pupitre con la cabeza baja y las mejillas enrojecidas.

La semana se presentaba aciaga. Al día siguiente, en clase de Gallego, el Rantanplán nos dejó diez minutos para escribir una redacción sobre un tema que podíamos escoger nosotros mismos. Andrés, incorregible soñador, romántico incurable, cinéfilo irredento, escribió un pequeño relato del Oeste que tituló “Hasta que la muerte nos separe”. Andrés vivía en una casita con finca y huerto en el monte que se alza a un par de kilómetros del pueblo, desde donde se veían los prados que se extienden ladera abajo, las playas más cercanas y una parte de la ría. En su habitación, que parecía sacada de un cuento de Rudyard Kipling, había un bonito mueble de madera oscura, un armario empotrado en cuyo interior cabían varias personas, y dos largas estanterías a cada lado de la ventana llenas de libros y de tebeos que Andrés leía con fruición. También era de los pocos que por aquel entonces tenían vídeo, y a menudo los lunes por la mañana, antes de empezar la clase, me contaba alguna película que había visto la tarde anterior, añadiendo detalles y situaciones de su propia cosecha que en realidad eran lo más interesante de la narración. Nos sentábamos en pupitres cercanos, y ahora lo veía alternar breves pausas reflexivas con la redacción rápida de cuatro o cinco frases, como si el tiempo acordado no fuera suficiente para plasmar todo lo que se le iba ocurriendo. Mientras escribía, no era consciente de que el Rantanplán se paraba de vez en cuando a su lado y lo observaba con una expresión a medio camino entre el asombro y el desprecio. Volví la vista hacia las ventanas del aula, empañadas desde hacía un rato. Me pregunté si alguien que pasara por delante del colegio podría oír las hostias que caían en las aulas de la planta baja a lo largo de la mañana. Todas las ventanas de aquella planta tenían los cristales opacos, pero no las de la primera ni las de la amplia buhardilla en la que estaban el salón de actos y un desván lleno de mesas y sillas viejas, que hacía las veces de aula de Pretecnología. La parte delantera del edificio daba a una pequeña avenida en las afueras del pueblo, y desde la parte trasera podíamos ver la desembocadura del río y los montes y los bosques de los alrededores. Contemplar aquel paisaje durante las clases resultaba arriesgado, ya que la atención solía desviarse hacia algún bote varado con marea baja o hacia la lancha arenera que regresaba a puerto a media tarde, hasta que una súbita bofetada interrumpía la ensoñación, devolviendo a la realidad al alumno distraído. Yo estaba convencido de que, a pesar de caer en las aulas de la primera planta, aquellas hostias se tenían que oír con total claridad desde el callejón que pasaba por detrás del colegio, especialmente cuando en primavera el profesor dejaba las ventanas abiertas. Las pisadas del Rantanplán aproximándose me sacaron repentinamente de mis reflexiones. Sentí terror al comprender que debía de faltar muy poco para que terminaran los diez minutos y había escrito apenas un par de líneas. Me pregunté cuántas veces habría pasado junto a mi pupitre sin que me diera cuenta y me pareció un milagro que no se hubiera fijado en mi hoja, prácticamente en blanco. Al mirar con disimulo el reloj, vi que acababa de finalizar el tiempo acordado. Pero en vez de ir directamente hasta su mesa, donde tenía el cuaderno con nuestras fichas, el Rantanplán se paró junto al pupitre de Andrés, que seguía escribiendo y lo miró sobresaltado. El Rantanplán le quitó la hoja de las manos, la levantó con una sonrisa socarrona para que todos pudiéramos verla y nos dijo que aquello que había escrito nuestro compañero era una mierda, que aquél era un ejemplo de cómo no se debía escribir nunca nada.

La semana seguía su curso azaroso. El viernes por la mañana volvimos a tener clase de Gallego, y esta vez, como de costumbre, el Rantanplán nos dejó un cuarto de hora para estudiar la vida y la obra de algún autor, que luego nos preguntaría por orden de lista. Los que se apellidaban de la F o la G en adelante podían respirar tranquilos, pero para los que íbamos  de primeros aquél solía ser el cuarto de hora más largo de la semana. Sin embargo, Darío, sentado en la fila de mi izquierda tres o cuatro pupitres por delante del mío, en seguida dejó a un lado su libreta y comenzó a hojear un hermoso libro ilustrado sobre la historia de los inventos, que yo había cogido en la biblioteca del pueblo la tarde anterior. Además de un apasionado seguidor de las series de televisión V, El señor de Ballantrae y La fuga de Colditz, Darío era un lector entusiasta de Julio Verne, cuyas obras completas, en una bonita edición de la editorial Molino, atesoraba dentro de una estantería colocada junto a la mesilla de su habitación. Por eso me había pedido prestado el libro de los inventos un rato antes, en cuanto me vio sacarlo de la cartera tras haber colgado nuestros anoraks a primera hora de la mañana. Que se pusiera a leerlo en aquel momento me pareció temerario, y también se lo habría parecido a él de vérselo hacer a otro compañero. Pero aquella lectura tiraba demasiado como para posponerla hasta el cambio de clase o hasta el recreo, sobre todo cuando aún quedaba tiempo antes de que empezaran las preguntas. Pasados unos segundos, sentí un escalofrío al oír las pisadas del Rantanplán aproximándose por mi izquierda con una lentitud sospechosa: no me atreví a volver la cabeza, pero pronto lo vi pasar en dirección a Darío tratando de hacer el menor ruido posible sobre el suelo de baldosas. Todos los que iba dejando atrás sabíamos lo que estaba a punto de suceder, pero Darío seguía leyendo y contemplando las ilustraciones con creciente admiración, y sin poder imaginar que tenía al Rantanplán a dos pasos. Darío era uno de mis mejores amigos. Habíamos crecido juntos, y aunque él vivía en aquel mismo barrio y yo en una aldea cercana, todas las tardes antes de volver a casa caminábamos hasta el aserradero donde construían los barcos en un extremo del pequeño puerto pesquero, hasta la biblioteca, hasta la estación de ferrocarril, hasta el atrio de la iglesia o hasta las calles más alejadas, que terminaban desapareciendo monte arriba entre muros de piedra y frondosos bosques de castaños. También sentíamos la misma indignación cuando por un motivo cualquiera le partían la cara a algún alumno interno o lo castigaban a quedarse en el colegio durante el fin de semana. Mi primer impulso fue prevenirlo de que el Rantanplán iba a por él: habría sido fácil, no tenía más que pronunciar su nombre en voz baja o decir algo del tipo: “¡Darío, cuidado!”, pero no serviría de nada porque iba a cobrar de todas formas. Además, a juzgar por aquella sonrisa retorcida que era incapaz de retener, resultaba evidente que el Rantanplán consideraba estar a punto de llevar a cabo su gracia de la semana. Y si yo se la echaba por tierra de una forma tan simple, podía perder el control, arremeter contra mí y pegarme una de aquellas palizas que pegaba de tarde en tarde y metían miedo hasta al alumno más endurecido. Así que me quedé callado, pensando que con suerte la agresión no pasaría de un coscorrón o un tirón de orejas. El Rantanplán se paró un instante detrás de Darío, le estampó una bofetada que se debió de oír al otro lado de la avenida y siguió adelante mientras todos bajábamos la vista hacia nuestras libretas. Darío guardó el libro en el cajón del pupitre y se repuso poco a poco. Luego volvió a abrir la libreta, y los minutos restantes transcurrieron en un silencio interrumpido únicamente por las pisadas del Rantanplán caminando de un extremo al otro del aula. 

lunes, 15 de junio de 2015

TEACHER TEACHER

Cuando estudié tercero de BUP a principios de los noventa, nos dio clase de Lengua Gallega una profesora de unos treinta y cinco años en la que me había fijado alguna vez antes, al verla comiendo en el bar, de guardia en la biblioteca o entrando en un aula. Como la mayoría de sus compañeros vivía en La Coruña, y al parecer ése era su último año en el instituto. Su rostro agradable y sonriente, de mirada inteligente y algo irónica (se parecía un poco a Dana Wynter), la alejaba del estilo combativo y montaraz al que estábamos acostumbrados, después de duras experiencias con otras profesoras de la misma asignatura en cursos anteriores. El primer día de clase nos repartió un test para determinar nuestro nivel de gallego y hacerse una idea de las obras literarias escritas en esa lengua con las que estábamos familiarizados. El interés que mostró al comentar en voz alta las respuestas, y la admiración que transmitía por los autores mencionados, me hicieron pensar que tal vez habíamos dado al fin con un profesor digno de tal nombre. Pero pronto llegaron las clases politizadas, los comentarios tendenciosos y maniqueos y las bromas frecuentes, no siempre de buen gusto, a quienes consideraba enfrentados a su forma de sentir determinados asuntos de actualidad. Asuntos que en aquel momento, con aquella edad y otras preocupaciones mucho más acuciantes, nos importaban bien poco a la mayoría de nosotros. En los últimos tiempos, la vida se había convertido para mí en una larga jornada hacia la noche, en el invierno de mi infortunio, en un cuento lleno de ruido y furia con final incierto. Había repetido segundo y tercero de BUP, era mi quinto año en el instituto y sabía que si ese curso no pasaba a COU, no lo iba a conseguir nunca. De los cuatro anteriores, sembrados de exámenes lamentables, toneladas de suspensos, expulsiones de varios días y enfrentamientos con profesores y alumnos, arrastraba una inseguridad permanente, un acuciante sentimiento de culpa, una completa falta de autoestima, y la certeza de que la única forma de salir de aquella dinámica era aprobar los dos cursos que me quedaban y dejar atrás unos años desastrosos que me hubiera gustado no vivir.

Al cabo de pocas semanas, tuve que admitir que a la profesora de Gallego no se le podía negar un cierto sentido del humor punzante y algo retorcido, que le daba un apreciable soplo de riesgo a sus clases. Durante los debates y las discusiones que surgían a menudo, nadie sabía quién iba a ser blanco de su ironía. Hasta el alumno más seguro de sí mismo podía acabar tragándose sus propias palabras, después de que cayeran sobre él un par de argumentos demoledores aderezados con unas gotas de fina guasa. Por otro lado, su entusiasmo al comentar y esclarecer los textos me llevaba a interesarme por unas obras y unos autores a los que nunca se me había ocurrido leer antes. Haciendo un esfuerzo que consideré sobrehumano, una mañana conseguí olvidar mi pánico a hablar en público y me atreví a participar, con una voz nerviosa que imaginé amariconada y un gallego mediocre que imaginé ridículo, en uno de aquellos debates, suponiendo que la profesora me mandaría callar en seguida echando mano de alguna agudeza burlona y cortante. Pero me quedé boquiabierto al comprobar que mi opinión parecía interesarle tanto como la de cualquier otro, a juzgar por su gesto de atención mientras me escuchaba y por los razonamientos precisos que esgrimió para rebatirla en cuanto terminé de hablar. La semana siguiente, me devolvió un comentario de texto con una sonrisa y unas palabras de felicitación que me sentaron como una caricia a un perro apaleado. A partir de aquel momento, me sorprendí participando a menudo en sus clases sin dar importancia a los ocasionales zarpazos dialécticos de la profesora. Y al terminar la primera evaluación, sin saber muy bien cómo, logré hacer un examen de Gallego bastante más presentable que cualquiera de los perpetrados hasta entonces.

Ese mismo año llegó al instituto, recién salido de la universidad, un profesor de Griego y Latín que nos tocó en esta última asignatura. Era un fulano tirando a guapo, lo que en principio le otorgó cierto éxito entre el alumnado femenino: un guapo de portada de disco malo que lucía camisa abierta hasta el ombligo y cuando se ponía por encima una chaqueta parecía que la llevara a pelo sobre el torso desnudo; un andoba con engañoso aspecto de buen chaval (falsa torpeza, ingenuidad fingida) que jugaría al fútbol en los partidos de profesores y alumnos y bailaría con las alumnas en las fiestas celebradas antes de las Navidades o las vacaciones de carnaval; un elemento que se llamaba Francisco pero que, buscando una forzada familiaridad con los alumnos, nos dijo que podíamos llamarlo, ehem, Paco; un pájaro que solía llegar tarde a las clases, improvisaría exámenes y puntuaría en función de cómo se entendía con cada alumno y no del trabajo hecho; un tipo altanero y despectivo con facilidad para la provocación y la amenaza, especialmente a los chavales más impopulares e inseguros: una mezcla muy peligrosa de empollón y macarra de pueblo que muy pronto nos iba a putear bien puteados a más de uno.

Hacia la mitad de la segunda evaluación, empezamos a ver en todo momento a Paco cerca de la profesora de Gallego. Durante los recreos se reclinaba a su lado contra la barra del bar, intentaba pagarle el café y trataba de participar en sus conversaciones con los compañeros de seminario, provocando la incomodidad de alguno y la irritación de la mayoría, que intercambiaban miradas de horror o ironía y lanzaban comentarios abiertamente sarcásticos como réplica a sus intromisiones. Luego la seguía por escaleras y pasillos de vuelta a las aulas, y en las pausas entre dos clases, incapaz de interpretar su gesto de enojo contenido, la acompañaba hasta la sala de profesores buscando una comunicación que no iba a producirse. Aquel pobre diablo no tenía una sola posibilidad con ella. Pertenecían a mundos distintos, eran como miembros de dos especies diferentes. Paco debió de molestar a la profesora de Gallego durante un par de semanas y dejó de hacerlo, brusca y definitivamente, después de la comida que los profesores organizaban cada año, el viernes anterior a las vacaciones de Semana Santa, en el bar del instituto.

Aquella tarde mi amigo Javier y yo nos acercamos hasta allí a primera hora, tal vez porque habíamos quedado con alguien en el barrio de las afueras donde estaba el edificio, a un paso de la desembocadura del río y los bosques de los alrededores. Javier era un tipo de una pieza que jugaba muy bien al balonmano, se parecía un poco a Bruno Lomas (la misa risa espontánea, el mismo toque chulesco, la misma masculinidad desbordada) y volvía locas a las chavalas del pueblo, lo que sentaba muy mal a sus antiguos compañeros de clase. Tenía dos años más que yo y repetía por tercera vez primero de BUP cuando entré en el instituto, de modo que coincidimos en la misma aula, nos entendimos bien desde el principio, y pronto nos hicimos amigos. Aunque ese curso conseguimos aprobar en septiembre, el siguiente sería desastroso para ambos, así que él terminó dejando el Bachillerato y se matriculó en un centro de FP de Ferrol, donde ahora le faltaba poco para concluir sus estudios.

Cuando llegamos al instituto, todavía estaban allí los profesores y también algunos alumnos y las jugadoras del equipo local de baloncesto, que esperaban por el entrenador sentadas en los bancos de la entrada. Nosotros nos reclinamos contra la barandilla del jardín contiguo, desde donde se veía el interior de la planta baja. Unos minutos después, los profesores empezaron a salir del bar: comenzaba la parada de los monstruos, el baile de los vampiros, la sucesión anual de escenas costumbristas y pretendidamente entrañables en la que docentes arrogantes y envarados le hablaban de tú a tú al camarero del bar, profesoras clasistas y despectivas bailaban con la señora de la limpieza, compañeros que se odiaban a muerte charlaban con total cordialidad como si esa noche planearan irse de putas juntos. Por un momento la entrada del instituto se llenó de gente, hubo cierta confusión y algunos traspiés entre profesores, alumnos rezagados y baloncestistas. La profesora de Gallego fue de los últimos en salir. Reía a carcajadas, se veía que había pasado un buen rato, y ahora despedía a unos y otros y miraba divertida a su alrededor, como si no recordara dónde había aparcado su Seat Ibiza rojo. Lo localizó al fin, y se disponía a cruzar la carretera cuando se fijó en Javier y en mí, y para mi asombro se paró sonriendo delante de nosotros. Unos años antes le había dado clase a Javier, y aunque habían tenido sus diferencias, en general mi amigo guardaba un buen recuerdo de ella. La profesora también lo recordaba, me pareció que le había sorprendido gratamente descubrir que éramos amigos. Le preguntó qué tal le iban las cosas, se alegró de saber que le iban bien y luego pasó a hablar conmigo, ignorando, como de costumbre, mi inquebrantable timidez y mi dificultad para expresarme en determinadas situaciones, como si no existieran tales obstáculos o allí no hubiera lugar para ellos. Fue una conversación breve pero muy agradable; quizá por eso, mientras la veíamos alejarse hacia el coche después de despedirse de nosotros sentí algo parecido a la nostalgia. Era una sensación similar a la que me invadía cuando terminaba el curso y me despedía de alguna alumna de fuera del pueblo con la que había hecho buenas migas durante las últimas semanas, o cuando en clase nos mandaban sentarnos por orden de lista y me tocaba al lado de alguna compañera que a los pocos minutos de conversación empezaba a resultarme simpática y atractiva, pese a verla todos los días charlando y riendo con algunos de los fulanos que peor me caían del instituto. Javier y yo observamos a la profesora mientras llegaba hasta el coche, sacaba las llaves del bolso y separaba las del vehículo. Se la veía contenta y algo achispada, para ella debía de ser uno de esos raros días en los que todo sale bien, en los que las cosas van como deberían ir siempre. Abrió la puerta, dejó el bolso y la chaqueta en el asiento de la derecha, e iba a entrar cuando Paco se acercó y se paró detrás de ella. Yo ya lo había visto unos minutos antes, hablando con un grupo de profesores sobre los que tenía ascendiente desde el comienzo del curso, y ahora llevaba escrito en la cara que en breve pensaba dar la campanada. La profesora se volvió al oírlo llegar, y su rostro risueño se ensombreció en cuanto descubrió de quién se trataba. Me dio pena ver cómo aquel imbécil estaba a punto de arruinarle la tarde; por ese motivo, más que otras veces tuve ganas de cruzar la carretera y pegarle un rodillazo en las pelotas a Paco. Pero ya ella se encargó, metafóricamente, de hacerlo: no pudimos oír sus palabras pero vimos su expresión mientras las pronunciaba, una expresión indignada y despectiva, dura y algo cruel, que nunca había mostrado en clase; era la expresión de alguien que alguna vez sufrió y ahora sabía hacer sufrir si lo consideraba necesario, que había vivido y había aprendido a defenderse, o que quizá supo defenderse ya desde el principio. A continuación subió al coche, cerró la puerta de golpe, arrancó y salió marcha atrás sin apenas mirar el retrovisor: fue un gesto algo teatral pero decididamente entrañable, aunque pudo costarle caro de pasar otro vehículo en ese momento. Pero hubo suerte y el coche giró en medio de una carretera despejada, como si todos los conductores de la zona hubieran acordado dejarle el paso libre a la gran dama en la que durante aquellos gloriosos instantes se había convertido nuestra profesora. Luego se puso el cinturón de seguridad y salió en dirección a La Coruña a la velocidad habitual, como si ya no estuviera alterada y el difunto Paco nunca hubiera existido, mientras Javier y yo sonreíamos admirados sin perderla de vista. Era una tarde de primavera fresca y agradable. Faltaba menos de una evaluación para terminar el curso, y por primera vez en mucho tiempo parecía posible llegar a junio con la mayoría de las asignaturas aprobadas. Al reparar en que después ya no volvería a ver a la profesora de Gallego tuve ganas de marcharme del instituto cuanto antes, de rematar lo que me quedaba por hacer allí y descubrir otros lugares y conocer a otras gentes. Tal vez por eso, mientras ella se alejaba le deseé de todo corazón que los dioses celtas le fueran favorables el resto de su vida. 

lunes, 25 de mayo de 2015

CAMELOT

Cuando el rey Arturo partió al mando de su ejército hacia el norte de Gales, donde iban a enfrentarse con las tropas del rey Rience, dejó en la corte de Camelot a sir Meliagaunt y al anciano caballero sir Blamor de Ganis, para que mantuvieran el orden durante su ausencia. Pero sir Meliagaunt no tardó en intentar seducir a la reina Ginebra, a la que al mismo tiempo acusaba de ser infiel al rey con sir Lanzarote del Lago, que había partido junto a Arturo. La reina sabía que sir Meliagaunt había violado a una doncella de la corte y también, en compañía de sus hombres, a varias campesinas de los alrededores. Pero no quería que aquellas noticias interrumpieran una campaña como la que estaba teniendo lugar, y temía además que llegaran a oídos de su marido nuevos rumores de sus amores con sir Lanzarote. Así que le explicó lo sucedido a sir Blamor, y éste se dispuso a obrar del mismo modo que sir Lanzarote cada vez la reina había sido acusada anteriormente de traición: desafiando al caballero acusador y obligándolo en combate justo a reconocer su error, o de lo contrario matándolo. Pero sir Blamor tenía pocas posibilidades de vencer a sir Meliagaunt, y la reina le dijo que de perecer él peligrarían también la vida de ella y tal vez la estabilidad del reino. Sir Meliagaunt no tardó en comprender que algo atribulaba a sir Blamor, y en cuanto tenía ocasión se dirigía a él de manera desdeñosa y desafiante. A éste le resultaba difícil contenerse, pero en su interior admitía con pesar que la reina tenía razón al rogarle prudencia. Por la noche, en la soledad de su alcoba, ella soñaba con Lanzarote y pensaba en cuán equivocado había estado Arturo al haber dejado a sir Meliagaunt en su lugar. Mientras tanto, a Camelot llegaban continuas protestas por los desmanes del caballero: los campos quedaban arrasados después de cada nueva cacería, las mujeres eran constantemente ultrajadas, los campesinos maltratados, el hijo de uno de ellos había muerto arrollado por los caballos de una partida de cazadores.

Un lluvioso atardecer de febrero, la esposa de sir Blamor lo encontró silencioso y taciturno durante la cena. Más tarde, cuando ella se hubo retirado, sir Blamor pasó un rato sentado frente a la chimenea, contemplando el resplandor de las llamas. Luego se puso en pie, hizo llamar a su escudero y le habló durante unos minutos. El sirviente fue hasta las caballerizas y ensilló su caballo, salió del  castillo, cabalgó hacia una aldea cercana y entró en una posada en la que apenas quedaba gente a esa hora. Después de intercambiar unas palabras en voz baja con el patrón, éste lo condujo a la cocina, donde siguieron hablando a puerta cerrada. Terminada la entrevista, el escudero salió del local y regresó al castillo para explicarle a su amo el resultado de aquella reunión. La noche siguiente, a la misma hora, volvió a la posada y el patrón le señaló una mesa al fondo en la que cenaban cuatro hombres de los alrededores, a los que se unió el escudero. Media hora después, les entregaba una bolsa y los citaba en el mismo lugar al cabo de ocho días.

A lo largo de varias noches, apostados bajo los árboles y ocultos entre la espesura, los cuatro hombres vigilaron el camino que conducía hasta el castillo de sir Meliagaunt. Más tarde o más temprano éste se dirigía hacia la aldea en compañía de cinco o seis sirvientes, armados y a cara descubierta, y unas horas después, con la primera luz del amanecer, cabalgaban de regreso quitando de en medio a los vecinos que acudían a sus trabajos siguiendo aquella misma ruta. Los cuatro hombres se sentían impulsados a actuar, pero los frenaba tanto su inferioridad numérica como el temor a sir Meliagaunt. Cuando faltaban dos días para el encuentro con el escudero, poco antes de la salida del sol, lo vieron regresar en solitario tambaleándose sobre el caballo. Al momento cayeron sobre él cuchillo en mano y lo derribaron de su montura antes de que fuera consciente de lo que estaba sucediendo. Sir Meliagaunt trató de ponerse en pie a la vez que llevaba la mano a la espada, pero estaba demasiado ebrio y pronto lo derribaron de nuevo y se le echaron encima. Los cuatro hombres lo degollaron después de asestarle infinidad de puñaladas, ya que todos tenían alguna hermana cuya honra había sido mancillada por el caballero, y lo dejaron tendido en un charco de sangre cerca de la linde del bosque, donde pastaba su caballo. 

Pasados unos minutos, un grupo de campesinos que salían de la aldea se toparon con el cadáver y corrieron hacia Camelot para comunicar su descubrimiento. Parecía evidente que la muerte de sir Meliagaunt no había sido consecuencia de una disputa entre caballeros, sino una felonía cometida por gentes de baja condición. Pero a pesar de la gravedad del crimen, sir Blamor no iba a llevar muy lejos las pesquisas para averiguar la identidad de los asesinos. Dos días después, los cuatro hombres se presentaron a una hora avanzada en la posada, donde los esperaba el escudero con otra bolsa. Cumpliendo lo acordado, se marcharon de la aldea sin dilación y nadie volvió a saber de ellos.  

sábado, 18 de abril de 2015

EL CABALLERO Y LA DAMA

Sir Gareth se puso en pie con esfuerzo ayudándose del estribo de su caballo. Estaba herido en el pecho. Frente a él, sobre la hierba empapada de sangre, yacían los cadáveres de su escudero y de los tres salteadores que los habían atacado. En el fondo del valle distinguía ya las casas de la aldea. Allí le curarían la herida y podría mandar a alguien para que se hiciera cargo del escudero. Envainó la espada. Se quitó la capa y cubrió con ella al hombre que había embarcado con él en Portsmouth cuatro años antes, que lo había acompañado durante la sangrienta campaña de Francia, y que cabalgaba a su lado de regreso después de haber desembarcado en tierra inglesa días atrás. Le dio la espalda. Intentó montar a caballo, pero el dolor se lo impidió y tuvo que apoyarse en el lomo del animal. Pasados unos segundos, echó a andar hacia el valle tirando de las riendas. Se internó en un bosque atravesado por un sendero, se detuvo bajo los árboles y observó la herida entre los intersticios de la cota de malla. Levantó la vista hacia el cielo cubierto. Tenía que llegar a la aldea antes de que estallara la tormenta. Oyó pisadas que se aproximaban y se volvió con la mano en la empuñadura. Una mujer apartó unas ramas al borde del sendero, avanzó unos pasos y se reclinó, a punto de desfallecer, sobre el tronco caído de un árbol. Era joven, tendría su misma edad, y parecía una dama, a pesar de sus ropas rasgadas y de su cabello desgreñado. Sir Gareth se acercó hasta ella. La dama trató de retroceder, pero fue incapaz y se dejó caer contra el árbol. Sir Gareth tuvo que sujetarla por los hombros para evitar que se viniera abajo.

–¿Qué os ha sucedido? –preguntó. La dama tomó aliento.

–Viajábamos hacia el norte –respondió, evitando mirarlo a la cara–. Hace unas horas, unos salteadores nos salieron al paso y mataron a mi marido y a nuestros sirvientes.

A Sir Gareth le sorprendió que la dama fuera la única superviviente, y que no hubieran dado ya con su pista.

–No temáis, hay una aldea cerca –dijo.

Caminaron hacia la linde del bosque. Sir Gareth pudo ver entre los árboles las figuras distantes de un grupo de campesinos que se alejaban en dirección al valle. Aceleró la marcha, pero la dama trastabilló y acabó cayendo. Sir Gareth retrocedió. Se agachó con dificultad y notó una punzada en el pecho mientras la ayudaba a levantarse. Al sentir su olor y su respiración entrecortada, imaginó lo que habrían hecho con ella los bandidos de no haber logrado huir. Sujetó las riendas y acercó el caballo para que montara. La dama se detuvo con un gesto aterrorizado cuando oyeron ruido de cascos más allá de la curva que acababan de dejar atrás. Sir Gareth se volvió y desenvainó la espada. Después de aguardar un momento, vio a dos jinetes que cabalgaban por el interior del bosque hacia donde se encontraban ellos. Sus ropas estaban arrugadas y cubiertas de polvo, pero también eran gente de calidad. Debían de haber recorrido un largo trecho para llegar hasta allí. A pesar de su aspecto fatigado, Sir Gareth podía leer la determinación en sus ojos, que parecieron encenderse en cuanto identificaron a la dama. Ésta se llevó la mano a la boca y ahogó un grito al reconocerlos. El caballero que iba en cabeza le hizo una señal a su compañero y desmontaron, luego se dirigió a Sir Gareth.

–Entregadnos a esa mujer –exclamó.

Era un hombre maduro de semblante cansado y reflexivo. Sir Gareth creyó reconocer su voz y tuvo la impresión de haberlo visto antes. El porte de aquellos caballeros no coincidía con lo que la dama le había dicho de sus atacantes. Se situó frente a ella y trató de disimular la herida desplazándose levemente bajo la sombra de un árbol. Estaba preparado para asestar el primer golpe.

–Ha sufrido un asalto –repuso–. Seguirá conmigo hasta la aldea.

El caballero más joven llevó la mano a la espada, pero su compañero se interpuso antes de que pudiera desenvainar y retuvo su antebrazo. Había visto la duda en la mirada de Sir Gareth, y parecía decidido a resolver la situación sin que fuera necesario un enfrentamiento.

–Soy Sir Lionel de Maris y éste es mi hijo, Sir Hector. Nuestro castillo está al sur, a dos días de camino de aquí.

Sir Gareth bajó la espada al reconocer a un viejo conocido de su padre al que había visto muchos años atrás, cuando era niño, aunque su interlocutor no daba muestras de recordarlo a él.

–Esa mujer ha matado a mi otro hijo, su marido –siguió el caballero.

–¡No le creáis! –exclamó la dama–. ¡Está mintiendo!

–Es ella quien miente. Llevaba varias semanas viendo a su amante cuando mi hijo los sorprendió y lo mató. Pero antes de que pudiera volverse, ella lo apuñaló por la espalda y luego huyó con la complicidad de su doncella. Hicimos hablar a la doncella, fue ella quien nos contó lo sucedido.

–¡No es cierto! –insistió la dama.

–Salimos en su búsqueda y al fin la hemos encontrado. Ahora la llevaremos con nosotros, para que se le aplique la ley y sea condenada a la hoguera por la muerte de su marido.

La dama rompió a llorar con desesperación. Sir Gareth se hizo a un lado. El joven se adelantó y sujetó a la dama por los brazos.

–¡Ayudadme! –imploró ella.

Sir Gareth envainó la espada. El otro caballero puso una cuerda en torno a las muñecas de la dama, y entre los dos la ataron mientras trataba de liberarse.

–¡Por el amor de Dios, no dejéis que me lleven! –gritó.

El joven asió el extremo de la cuerda y lo enlazó en la cincha de la silla de su caballo. La dama se desplomó sollozando. Los caballeros montaron y elevaron una mano en señal de despedida. Sir Gareth les respondió con el mismo gesto y ellos cabalgaron de vuelta al interior del bosque. La cuerda se tensó, la dama tuvo que ponerse en pie atropelladamente para no ser arrastrada por el caballo. Trató de detener la marcha tirando hacia atrás pero se vio forzada a avanzar a trompicones. Sir Gareth recuperó su montura mientras la pequeña comitiva se alejaba.

–¡Os lo suplico! ¡Ayudadme! ¡Ayudadme! –oyó, antes de perderlos de vista entre el la espesura.

martes, 17 de febrero de 2015

DÍAS DE GLORIA

Dentro de un rato estaré acostándome contigo en esa pensión que hay calle arriba o en el asiento trasero de mi coche. Si hubiéramos coincidido en la ciudad del sur donde trabajas, nos meteríamos en tu cama del piso que compartes con no sé quién. Para llegar hasta aquí, he tenido que soportar dos horas de conversación rodeado de gentes a las que conoces mejor que yo, con las que has crecido y salido mucho, aunque ahora ya no tanto, y con las que deberías estar en vez de conmigo, con quien nunca tuviste nada que ver ni de lo que hablar. Pero en los últimos seis o siete años parece que vivamos en un mundo que ya no es aquél, y esta noche se ha confirmado algo que empecé a intuir hace un par de meses, cuando entrabas con tu novio en este local y no me miraste como antes. No voy a hablarte de gentes a las que he tratado ni de cosas que me han sucedido, porque podrías acabar cambiando de idea y yo perdería la ocasión de disfrutar de un cuerpo que podía hacerme llorar con sólo pensar en él, o en que en ese momento estaría disfrutando de él un tipo del que ahora te avergüenzas. Pero me resulta llamativo que tengas tan claro que la persona sentada frente a ti no es la misma a la que conociste seis o siete años atrás (tu mirada entre curiosa y sorprendida, la de quien observa algo que le desagrada con la tranquilidad de saber que puede evitarlo volviendo la cabeza hacia otro lado), porque aunque sí existen diferencias, quizá podrías intuirlas pero nunca comprenderlas. Desde tu perspectiva, la persona que te escucha en las sombras del local, con la que dentro de poco estarás rodando entre las sábanas o que sentirás junto a tu cuerpo en la oscuridad del coche, es alguien que se adapta no a tus expectativas de entonces –eso quedó atrás, ahora has visto mundo–, sino a las mucho más maduras y sofisticadas que tienes hoy. Pero en realidad, esa es sólo una imagen creada por ti a partir de unos signos externos que coinciden con lo que te atrae en este momento, en el fondo una versión con un brillo diferente de lo que te atraía antes y de lo que va a atraerte toda tu vida. Y aquí estamos, oyendo una música que nos aburre, tú hablándome de libros que nunca se te habría ocurrido leer antes y yo siguiendo divertido la sarta de tópicos que hilvanas: tenemos gustos similares, tenemos mundo, hasta hemos seguido caminos paralelos como hijos privilegiados de un lugar que se nos ha quedado pequeño a ambos, cuando no hay caminos ni gustos ni mundos más distintos que los tuyos y los míos. Pero vamos a dejar de pensar en todo eso –voy a dejar de pensar en todo eso–, a terminar estas copas y a pasear hasta la pensión o hasta donde podamos rematar aquello que empezó después de que coincidiéramos aquí dentro como por casualidad. Y mañana cada uno se irá por su lado y ambos seguiremos disfrutando de nuestros días de gloria.

lunes, 19 de enero de 2015

A NEW SHADE OF BLUE

Tom Carter trabajaba en la gasolinera de un pueblo de Texas a sesenta kilómetros de El Paso. Bobby Fuller se detuvo a repostar en una ocasión, y después de pagar le firmó un autógrafo y le estrechó la mano. Luego subió al coche y siguió su camino mientras Carter, parado frente al surtidor, lo veía alejarse.
En febrero de 1966, The Bobby Fuller Four sacaron el álbum I Fought The Law. Carter salió de trabajar, fue a comprarlo y lo pinchó en cuanto llegó a casa, antes de quitarse la cazadora y lavarse las manos grasientas. Desde que la había escuchado en la radio, no se le iba de la cabeza la versión del viejo tema de Sonny Curtis que daba título al disco. Pero ahora se sintió hechizado por la tercera canción de la cara A, “A New Shade of Blue”. Nunca había oído nada semejante. Volvió a pincharla un par de veces y escuchó el álbum entero mientras comía. Luego dedicó la tarde a reparar el motor de la camioneta que utilizaban en la gasolinera, y al anochecer entró en casa y cenó con el disco puesto. Se sentó cansado delante de la televisión, pero en seguida se levantaba para volver a escuchar “A New Shade of Blue”. Pasada la media noche, se tumbó en la cama y se durmió con las palabras de Fuller resonando melancólicas y certeras dentro de su cabeza.
Aunque al día siguiente no trabajaba, Carter se levantó temprano. Fue hasta la estantería donde guardaba sus discos. Cogió el de The Bobby Fuller Four para escuchar de nuevo “A New Shade of Blue”, y al sacarlo de la funda se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Lo recogió inquieto, lo pinchó y comprobó que se había rallado la cara A. Tenía que ir a comprar otra copia. Iba a vestirse cuando se le ocurrió encender la radio: Steve Nichols, un conocido con quien solía coincidir los viernes por la noche en los bares de la ciudad, quizá emitiera la canción desde la emisora donde trabajaba. Al cabo de un rato, Carter pudo oír, conmovido, los primeros compases de “A New Shade of Blue”. Pero la canción terminó dos minutos y cincuenta y tres segundos después, y a continuación Nichols siguió emitiendo los temas que Carter escuchaba habitualmente. Apagó la radio, se vistió, salió a la calle, subió al coche, y en unos minutos aparcaba frente a la tienda de discos. Entró, se hizo con una copia del álbum y la pagó, la joven dependienta lo miró con extrañeza mientras salía. Carter condujo de vuelta a casa. Después de pasar por delante de la emisora redujo la velocidad, dio marcha atrás y se detuvo frente al pequeño edificio. Vio al locutor al otro lado de la ventana de la planta baja, con el micrófono cerca de la boca. Nichols gesticulaba, manipulaba discos y activaba controles, parecía que hablara solo. Carter lo observó un rato. Luego bajó del coche y entró en el local. Cuando Nichols lo vio, se puso en pie y salió de la sala de control para saludarlo. Carter le pegó un puñetazo que lo hizo caer, entró en la sala y cerró la puerta con llave. No le costó dar con el disco que buscaba; lo sacó de la funda y emitió “A New Shade of Blue”, Nichols le había explicado cómo se hacía. Antes de que la canción terminara, oyó los golpes del repuesto Nichols contra la puerta. Se levantó, abrió y de un puñetazo mandó a Nichols fuera de la emisora. Después regresó a la sala, volvió a pinchar la canción y siguió pinchándola a lo largo del día, ignorando las llamadas telefónicas de los indignados oyentes. Estaba anocheciendo cuando los agentes de policía aparcaron delante de la emisora, irrumpieron en la sala echando la puerta abajo y redujeron a Carter. Lo sacaron a la calle esposado, ante la mirada curiosa de los que se reunían frente al local. La mayoría lo tomaban por loco y unos cuantos lo felicitaban. Carter pidió disculpas a Nichols. La semana siguiente fue juzgado (aunque Nichols no puso denuncia) y condenado a sesenta días de cárcel por alterar el orden. Cuando salió de prisión volvió a su trabajo en la gasolinera de aquel pueblo de Texas.