viernes, 7 de junio de 2013

EN EL NORTE



My patron saint is a-fighting with a ghost
He’s always off somewhere when I need him most
Bob Dylan
1
Marante dejó atrás las calles del centro, recorrió una avenida solitaria bordeada de árboles y llegó al anticuado bloque de cuatro plantas, situado cerca de la vía férrea, donde lo había alojado la empresa. La mañana de finales de agosto en que se instaló, no podía imaginar la humedad que cubriría las paredes y el frío que se filtraría por los resquicios de las ventanas durante el invierno. Pero no le habían confirmado su destino hasta el último momento, así que no tuvo tiempo de buscar nada mejor. Subió las escaleras, entró en un apartamento de la primera planta y dejó el abrigo sobre el sofá del salón. Por un instante volvió a preguntarse si había sido una buena idea pedir el traslado. Apartó esa idea de su cabeza y marcó el número de teléfono de la biblioteca municipal. Sabía que Natalia iba a quedarse después del cierre porque le correspondía supervisar las actividades que habían organizado en el pueblo con motivo de los próximos días festivos. Debía de estar muy cansada, lo más probable era que al salir quisiera volver a casa cuanto antes. Sin embargo, Natalia respondió enseguida y Marante distinguió un matiz de contento en su voz fatigada cuando ella le dijo que no le importaría dar un paseo. Decidieron verse a las nueve y media. Marante colgó el teléfono y observó el pueblo desde la ventana. Todavía faltaba tiempo para la cita. Se puso el abrigo, salió a la calle y anduvo hasta su coche. Al subir conectó la calefacción, luego recordó que no funcionaba. Puso una cinta en la radio y se estremeció al escuchar la voz sincera y triste de Warren Zevon cantando “Veracruz”. Unos minutos después, conducía bordeando los terrenos, los prados y los bosques que distinguía entre la niebla procedente del río. El pueblo se convertía en un punto grisáceo a la izquierda del retrovisor, pero Marante tuvo la impresión de que no lograba alejarse de allí. En realidad, le perseguía la impresión de no haberse alejado de la ciudad donde vivía antes, de encontrarse aún en el lugar donde había compartido varios años de su vida con quien desde hacía poco ya no formaba parte de ella, y sin cuya presencia sentía como si no pudiera desprenderse de un cuchillo que alguien le hubiera clavado hasta el fondo del corazón.

Marante regresó al pueblo al anochecer, y unos minutos antes de la hora acordada condujo hacia el centro y aparcó delante de la biblioteca. Natalia no tardó en salir junto a varios vecinos en los que Marante nunca se había fijado y dos a los que conocía: Liste, el alcalde, y Crespo, que había trabajado en la oficina de correos y ahora era concejal del Ayuntamiento. Cada vez que habían coincidido con este último, su conversación le había resultado sumamente desagradable sin saber exactamente por qué, y le sorprendía que Natalia consiguiera soportarlo. Después de verla despedir a sus compañeros se acercó hasta ella. Como era de esperar, no estaba muy animada y parecía triste. Echaron a andar a través del parque.

–¿Qué tal te ha ido? –preguntó Marante.

–Fue agotador. Y mañana igual. –Natalia miró alrededor antes de seguir hablando–. Estoy harta de Liste y de ese cretino de Crespo. No dejó de gritarme mientras trabajábamos como si la hubiera tomado conmigo, hasta que tuve que echarlo para que nos dejara terminar de una vez. Y ahora que ha llegado al Ayuntamiento, va a ser mucho peor. –Bajó la vista–. A veces me pregunto qué se nos pierde en este lugar.

Empezó a llover y el viento sopló con fuerza, Marante y Natalia aceleraron el paso. No quedaba nadie por los estrechos pasajes entre las filas de árboles.

–Cuando acabe todo me gustaría hacer un pequeño viaje –dijo ella–. Aquí el invierno dura demasiado.

–Es una buena idea –afirmó Marante.

Le puso un brazo por detrás de los hombros para protegerla de la lluvia con su abrigo. Salieron del parque, llegaron al edificio donde vivía Natalia y entraron apresuradamente en el portal. Tomaron aliento. Natalia se quitó la bufanda y los guantes y Marante le separó el pelo mojado de la frente. Luego charlaron durante unos minutos.

–Ha sido un paseo agradable –murmuró ella al despedirse–. Te llamo mañana, espero que podamos vernos cuando termine.

Marante le acarició las mejillas y la besó. Sintió una inmensa ternura mientras la veía subir, abrir la puerta y sonreírle desde el umbral antes de entrar.

De regreso al coche, se cruzó con ocasionales transeúntes que lo miraron a la cara sin dar muestras de reconocerlo, aunque él reconoció a un pequeño grupo parado delante del ayuntamiento. Eran cazadores, debían de estar hablando de la cacería que iba a tener lugar al día siguiente. Natalia le había explicado que aquella tradición se celebraba cada año y atraía siempre a muchos vecinos de los alrededores. Crespo también cazaba, a Marante le extrañó no verlo allí. Mientras conducía por una calle apartada en dirección a su apartamento, sonrió al recordar la tarde en que habló por primera vez con Natalia, cuando coincidieron de camino a la biblioteca para el pase de una película de aventuras. Los únicos espectadores eran ellos y algunos niños que acababan de salir del colegio. Después de la película, estuvieron charlando un rato en un bar tranquilo de las afueras y acordaron volver juntos a la siguiente proyección. Desde entonces, cuanto más cerca se sentía de ella más fuerte se hacía su convencimiento de que también Natalia terminaría marchándose tras haber compartido con él un tiempo prestado. A ese convencimiento contribuía su incapacidad para rehuir la ingrata impresión de estar ocultándole algo difuso e indefinido pero que nunca debía salir a la luz. En realidad, aquella impresión de ocultar una parte de su vida lo acompañaba no sólo junto a Natalia sino también frente a las escasas personas a las que trataba cada día. Sentía que actuaba y que simulaba hasta el más mínimo gesto de cara a los demás, ya fuera al darle los buenos días al guardia de seguridad de la empresa o al sonreírle a Natalia cuando se encontraban al final de la jornada. Sin embargo, ella parecía sentirse más a gusto a medida que iban pasando las semanas, y aunque a menudo sorprendía en Marante dudas e inseguridades que él trataba por todos los medios de reprimir, reaccionaba siempre con una sonrisa, una palabra o un silencio comprensivos.

Marante aparcó a medio camino entre la vía férrea y el bloque de apartamentos. Había dejado de llover. Antes de salir del coche, pudo distinguir bajo la luz de las farolas una silueta que se aproximaba. Pronto reconoció a Crespo, que se detuvo al verlo. Marante se preguntó qué hacía por aquella parte del pueblo. Cerró la puerta y echó a andar sin desviar la vista del portal. Crespo aceleró el paso, y al llegar a su altura lo apartó con un empujón en un hombro. Marante lo ignoró, pero se dio cuenta de que Crespo se había parado. Se volvió. Crespo lo estaba mirando a los ojos. Era una provocación ridícula, una de tantas que conocía tan bien y casi siempre había ignorado. Además, el aliento y los movimientos indecisos de Crespo revelaban que había estado bebiendo. Sin embargo, Marante avanzó hacia él.

–¿Algún problema? –murmuró. Su corazón latía con rapidez.

Crespo hizo un esfuerzo para articular las palabras.

–¿Por qué te vemos siempre solo? –dijo–. ¿Es que no tienes un puto amigo en el pueblo?

Marante no supo responder y eso le hizo sentirse inseguro.

–¿Y de dónde vienes ahora? –siguió Crespo–. ¿De tirarte a Natalia o de caminar tú solo por la orilla del río?

Marante le pegó un puñetazo y Crespo retrocedió a trompicones y acabó cayendo. En cuanto consiguió levantarse Marante lo golpeó de nuevo. Crespo quedó tendido sobre la acera mojada con la nariz y la boca manchadas de sangre. Logró ponerse de pie apoyándose en una farola y se pasó la manga del abrigo por la cara. Marante contuvo el impulso de derribarlo una vez más. Crespo lo miró de arriba abajo, luego le dio la espalda y echó a correr hacia el centro del pueblo.

–¡Estás loco! –oyó Marante antes de verlo desaparecer entre las sombras.

Respiró hondo, le parecía que su pecho iba a estallar. Cuando se sintió más tranquilo, anduvo hasta el portal y entró en casa.

2

Marante se acostó tarde esperando que lo venciera el cansancio, pero aun así no logró conciliar el sueño. Dejó transcurrir los minutos tumbado sobre la cama, mientras su mirada vagaba por el techo y a sus oídos llegaban ladridos lejanos, el silbido del viento, el eco de una conversación procedente de la calle o el motor de un coche que atravesaba el pueblo. De vez en cuando cambiaba de postura tratando de relajarse y le parecía oír aquellos sonidos con mayor intensidad. Se levantó, fue al salón envuelto en una manta y se sentó en el sofá. Había pasado muchas noches similares unos meses atrás, antes de llegar al pueblo para intentar proseguir su vida después de que su mujer y él se hubieran separado. Y ahora no lograba olvidar aquella época desdichada, cuando todo se derrumbaba a su alrededor como en una película a cámara lenta y se había aferrado a indicios insignificantes con la esperanza de que las aguas terminaran por retomar su rumbo, aunque sabía bien que ese rumbo estaba definitivamente extraviado. Tenía que admitir que el traslado no había contribuido a librarlo del miedo permanente a una nueva pérdida, ni de la tristeza que sentía en todo momento como un zumbido molesto desde que su mujer ya no estaba a su lado. Hundió la cabeza entre las manos y cerró los ojos, pero las lágrimas ya no surgían con facilidad.

Se revolvió bajo la manta cuando oyó el paso del primer tren, un sonido que para él marcaba el comienzo de la jornada. A pesar del cansancio, sabía que ya no iba a dormirse otra vez. Al volver la vista hacia la ventana distinguió una leve claridad entre las cortinas. Dobló la manta, se puso en pie y fue a la cocina. Mientras desayunaba se dijo que no debía seguir más tiempo en casa, y además no había motivo por el que no pudiera disfrutar de un día festivo como cualquier otro habitante del pueblo. Decidió pasarlo fuera y visitar algunos lugares de los que Natalia le había hablado. Volvería al anochecer para encontrarse con ella delante de la biblioteca.

Marante salió a la calle y subió al coche. En el horizonte divisaba las afiladas crestas rocosas que sobresalían entre las copas de los árboles y se recortaban contra el cielo nublado. Se alejó del pueblo siguiendo la vía férrea a la vez que un tren cargado de madera pasaba en dirección contraria. Tomó la autovía y unos minutos después se desviaba por una carretera secundaria, donde se cruzó con rancheras y todoterrenos conducidos por vecinos de aldeas cercanas que acudían a la partida de caza. No le agradaba imaginar a Natalia soportando a aquellos individuos groseros, chulescos y agresivos durante una parte del día. Aumentó el volumen de la música que sonaba en la radio y pisó suavemente el acelerador. La carretera discurría entre prados en pendiente y extensos bosques de robles y castaños. No era una ruta complicada, sólo había que prestar atención a las ocasionales curvas, tras las que podía surgir alguno de los camiones de la explotación agrícola perteneciente a Liste.

Marante se detuvo en un cruce, se desvió a la izquierda y dejó atrás un grupo de naves situadas junto a un edificio en cuya fachada se leía el nombre del alcalde pintado con letras descoloridas. Ahora conducía por una carretera solitaria en una zona despoblada. Empezó a llover, Marante subió la ventanilla y activó el limpiaparabrisas. Iba a conectar la calefacción pero recordó que estaba averiada. En la radio retransmitían un partido de fútbol. Cogió una cinta de la guantera, la puso y comprobó que no se oía. Con la mano izquierda sujetó el volante a la vez que con la derecha, sin quitar la vista de la carretera, rebuscaba en la guantera de la otra puerta. Sacó varias cintas que se le escurrieron entre los dedos y cayeron al suelo. El parabrisas se empañaba. Marante abrió la ventanilla unos centímetros y notó en su cara las gotas de lluvia. Buscó un trapo mientras se aproximaba a una curva, y en el momento de tomarla, al mismo tiempo que sujetaba el trapo con los dedos y frotaba el cristal, un camión de transporte de animales entró en ella ocupando parte del lado contrario. Marante giró el volante bruscamente y apretó el claxon. El coche salvó la cuneta, Marante rebotó en el asiento y oyó el rugido del camión que pasaba y seguía su camino. Pisó el freno y el coche se paró al borde de un prado. Marante deseó que el camión se estrellara en la próxima curva llevándose por delante al conductor, quien quiera que fuese. Se preguntó qué demonios se le perdía a aquel tipo allá arriba en un día festivo, conduciendo vacas camino del matadero. Imaginó que alguien, tal vez el conductor del camión, estaba riéndose de él, y se sintió ridículo. Bajó por completo el volumen de la radio. La lluvia resonaba sobre el parabrisas y el capó. Marante observó la linde del bosque que comenzaba a veinte metros de la cuneta. El retumbar de un trueno se extendió por los prados, seguido de varios estampidos sucesivos. Mientras daba marcha atrás recordó al grupo de cazadores parados delante del ayuntamiento, y se sintió inquieto al imaginar a Natalia fingiendo interés por la conversación que tal vez estuviera manteniendo con ellos en ese momento.

Marante aparcó delante de un bar de carretera a cincuenta kilómetros del pueblo. Entró, se sentó junto a la ventana y pidió un bocadillo. Ni la lluvia que caía con fuerza ni el hijo de puta del camión habían logrado arruinarle la mañana, pero su ánimo se había ensombrecido. Alguien abrió la puerta, y por un instante sintió en la cara el frío del exterior. Recordó otra mañana tormentosa como aquella, la mañana en que se despidió de su mujer tras haber decidido que no podían seguir viviendo juntos. Le pareció verla desaparecer en el retrovisor mientras él se alejaba de la ciudad camino del norte, minutos antes de sumarse al tráfico de la autovía. Desde entonces –y ya antes de eso–, el dolor que sentía en su roce con la vida y con las personas se había acrecentado, y todavía aumentaba un grado cuando, por un motivo u otro, recordaba a su mujer con mayor intensidad que de costumbre. Hizo un esfuerzo por apartar las ideas oscuras y desoladoras que comenzaban a agolparse en su cabeza. Dejó el bocadillo sobre la mesa. Fue hasta la barra y pagó, salió, subió al coche y siguió conduciendo sin saber a dónde dirigirse.

3

Marante regresó al pueblo antes de lo que había previsto y tomó la calle que llevaba a la biblioteca. Aunque sabía que Natalia no había terminado aún, prefería esperarla dentro del coche a ir directamente a su apartamento y quedarse allí hasta que ella lo llamara. Lamentaba no haberse inscrito en alguna de las actividades y así poder entrar y pasar aquel tiempo cerca de ella. Al detenerse delante de la biblioteca, se fijó en que no había luz en su interior y la puerta estaba cerrada. Echó un vistazo por los alrededores, pero no vio a nadie en aquella zona siempre tan animada los días festivos. Después de caminar durante unos minutos sin alejarse demasiado, subió al coche y recorrió varias calles solitarias hasta llegar al barrio donde vivía Natalia. Pero tampoco la encontró allí, así que mientras conducía hacia el edificio de las afueras se dijo que más tarde probaría a telefonear a la biblioteca o esperaría su llamada como habían previsto en principio, aunque lo que único que deseaba en ese momento era estar a su lado.

Aparcó cerca del portal, se apeó, y al echar a andar oyó pisadas que se confundían  con las suyas. Volvió la cabeza sin detenerse: una figura corpulenta se acercaba por su derecha desapareciendo y apareciendo bajo el halo de las farolas. Marante pensó en Crespo, pero no se trataba de él sino de Marcide, el dueño del quiosco donde solía comprar el periódico. Marcide lo alcanzó con rápidas zancadas y se paró bloqueándole el camino. Parecía alterado, impresionado por algo que acababa de suceder o había sucedido hacía poco.

–Buenas noches –dijo Marante antes de evitarlo y seguir adelante.

–¿Dónde ha pasado el día, Marante? –preguntó Marcide.

Marante bajó la vista y llegó hasta el portal. Mientras introducía la llave en la cerradura oyó de nuevo la voz de Marcide.

–¿No se ha enterado de lo de Crespo?

Marante se detuvo. La mención de aquel nombre acababa de producirle una leve intranquilidad. Sin embargo, los asuntos de Crespo no tenían nada que ver con los suyos ni con su vida. Abrió, guardó la llave en el bolsillo y entró en el edificio.

–Ha habido muertos y heridos –exclamó Marcide.

Marante se asomó con el abrigo en las manos. Le había invadido un súbito temor. Marcide lo miraba desde la acera, satisfecho por haber captado al fin su atención.

–¿Qué ha pasado? –preguntó Marante sin que le preocupara la creciente ansiedad que delataba la expresión de su rostro.

–Fue antes de la cacería. Crespo se volvió loco, al parecer discutió con su mujer ayer por la noche y esta mañana tuvo una disputa con Liste en el parque. Desapareció un rato y volvió con una escopeta cuando se reunían los cazadores. Mató e hirió a varias personas, hasta que la policía consiguió abatirlo.

El corazón de Marante latió con rapidez.

–¿Quiénes han muerto? –murmuró.

–No estoy seguro. Creo que entre las víctimas estaban el propio Liste, el señor  Zahera, Villar, y también esa chica de la biblioteca, Natalia.

Marante tuvo la impresión de que el aire no llegaba hasta sus pulmones. Recordó a Natalia entrando en casa veinticuatro horas antes y sintió como si le arrancaran un trozo de su propia carne. Se apoyó en el marco de la puerta. Iba a preguntarle a Marcide si Natalia estaba muerta o herida, qué demonios le había sucedido exactamente y dónde la habían llevado, pero Marcide lo observaba en silencio sin disimular la curiosidad ante su reacción. Marante subió al coche, arrancó y tomó la carretera de las afueras con la mirada fija en el resplandor de los faros. Tenía idea de que el hospital se encontraba cerca del río, a un par de kilómetros de donde vivía él. Condujo por calles vacías, bordeó el parque, se alejó del pueblo siguiendo la vía del tren y al cabo de unos minutos distinguió a lo lejos un edificio con luz en la planta baja. Dejó el coche en el aparcamiento, entró apresuradamente en la recepción y se detuvo sin aliento delante del mostrador. La funcionaria de guardia lo miraba con extrañeza, pero no parecía dispuesta a ser la primera en hablar. Marante vio a un médico que bajaba las escaleras de la primera planta con aire fatigado. Se dirigió hacia él tratando de articular las palabras.

–Por favor, ¿podría decirme qué le ha sucedido a Natalia? –murmuró–. Es la joven que trabaja en la biblioteca, yo soy un buen amigo suyo.

–Natalia está fuera de peligro –respondió el médico–. La hemos atendido hace unos minutos. Si espera por aquí un momento, no tardará en verla.

Después de darle otras explicaciones que Marante apenas pudo entender, sonrió ligeramente al oír sus palabras de reconocimiento, le estrechó la mano y entró en otra estancia del edificio. Marante se dejó caer en un asiento. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde su encuentro con el médico cuando levantó la cabeza y vio a Natalia bajando las escaleras. Tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y parecía agotada, pero en su rostro se dibujó un gesto de sorpresa y agradecimiento al llegar a la recepción y ver a Marante esperándola. Éste corrió junto a ella y la besó en los labios y las mejillas, y Natalia apoyó la frente en su hombro y le acarició la sien. Marante bajó la cabeza tratando de ocultar las lágrimas que inundaron sus ojos, pero Natalia le puso los dedos en torno al mentón y lo miró a la cara con una sonrisa cansada. Marante le cubrió los hombros con su abrigo. Luego salieron del hospital, subieron al coche y Marante condujo de vuelta a casa.

miércoles, 29 de mayo de 2013

CAMELOT


Cuando el rey Arturo partió con su hueste hacia el norte de Gales para enfrentarse a las tropas del rey Rience, dejó en la corte de Camelot al noble anciano Sir Blamor de Ganis y al joven Sir Meliagaunt. Debían mantener el orden durante su ausencia, pero Sir Meliagaunt no tardó en intentar seducir a la reina Ginebra, a la que al mismo tiempo acusaba de ser infiel al rey con Sir Lanzarote del Lago, que había partido junto a Arturo. La reina sabía que Sir Meliagaunt había violado a una doncella de la corte y también, en compañía de sus hombres, a varias campesinas de los alrededores. Pero no quería que aquellas noticias interrumpieran una campaña tan decisiva como lo que estaba teniendo lugar, y además temía que llegaran a oídos de su marido nuevos rumores de sus amores con Sir Lanzarote. Así que le explicó lo sucedido a Sir Blamor, y éste se propuso obrar del mismo modo que Sir Lanzarote cada vez la reina había sido acusada anteriormente de traición: desafiando al caballero acusador, venciéndolo en combate justo y obligándolo a reconocer su error, o de lo contrario matándolo. Pero Sir Blamor era un anciano que tal vez no resistiría un enfrentamiento contra un caballero joven y brioso, y tan temido como Sir Meliagaunt. Pese a su insistencia en desafiarlo de todos modos, la reina logró convencerlo de que aquél no era el mejor camino, ya que de perecer él peligrarían también la vida de ella y tal vez la estabilidad del reino. Sir Meliagaunt comprendió que algo atribulaba a Sir Blamor y comenzó a abordarlo de manera desdeñosa y desafiante. A éste le resultara difícil no tirar de la espada, pero en su interior admitía con pesar que quizá la reina tuviera razón al rogarle prudencia. Por la noche, en la soledad de su alcoba, ella soñaba con Lanzarote, temía a Sir Meliagaunt y pensaba en cuán equivocado había estado Arturo al dejarlo en la corte. Mientras tanto, a Camelot llegaban continuas quejas por los desmanes del caballero. Los campos quedaban arrasados después de las cacerías, las mujeres eran constantemente ultrajadas y el hijo de una de ellas había muerto arrollado por los caballos que montaba una partida de cazadores.

Una fría noche de febrero, la esposa de Sir Blamor lo encontró silencioso y taciturno durante la cena, aunque tan cortés como de costumbre. Cuando ella se hubo retirado, Sir Blamor pasó un rato sentado  frente a la chimenea, acariciando alguna vez a los perros que paseaban por la estancia e iban a tumbarse junto al sillón. Luego hizo venir a su escudero y habló con él durante unos minutos. El escudero fue a las caballerizas y ensilló su caballo, salió del  castillo, cabalgó hasta una aldea cercana y entró en una posada de mala reputación en la que apenas quedaba gente a esa hora. Después de intercambiar unas palabras con el patrón, éste lo condujo a la cocina, donde estuvieron un momento hablando a puerta cerrada. El escudero salió del local y regresó al castillo para contarle a su amo el resultado de la entrevista. La noche siguiente volvió a la posada, y el patrón le señaló una mesa al fondo en la que cenaban cuatro rufianes de los alrededores, a los que se unió el escudero. Media hora después, les entregaba una bolsa y los citaba en el mismo lugar cuando hubiera transcurrido una semana.

Los rufianes pasaron varias noches apostados entre la espesura al borde del camino que conducía hasta el castillo de Sir Meliagaunt. Más tarde o más temprano éste se dirigía hacia la aldea con algunos sirvientes, todos ellos a cara descubierta y armados, y unas horas después cabalgaban en dirección contraria bajo la primera luz del amanecer y quitaban de en medio a quienes acudían a su trabajo siguiendo la misma ruta. Los rufianes se sentían impulsados a actuar, pero los frenaba su inferioridad numérica y también el inconfesado temor hacia Sir Meliagaunt. Cuando faltaban dos días para el encuentro con el escudero, poco antes de la salida del sol, lo vieron regresar en solitario y tambaleándose sobre el caballo. Cayeron sobre él cuchillo en mano y lo derribaron de su montura antes de que fuera consciente de lo que estaba sucediendo. Sir Meliagaunt trató de ponerse en pie a la vez que llevaba la mano a la espada, pero estaba demasiado bebido y pronto lo derribaron de nuevo y se le echaron encima. Los rufianes degollaron a Sir Meliagaunt después de asestarle más de treinta puñaladas, ya que todos tenían alguna hermana cuya honra había sido mancillada por el caballero, y lo dejaron tendido en medio de un charco de sangre cerca de la linde del bosque, donde su caballo pastaba tranquilamente. 

Al cabo de unos minutos, un grupo de campesinos que salían de la aldea se toparon con el cadáver y corrieron hacia Camelot a comunicar el descubrimiento. Pese a la gravedad y a lo escandaloso del crimen, ya que era evidente que no se trataba del resultado de una disputa entre caballeros sino de una felonía cometida por gentes de baja condición, Sir Blamor no iba a llevar muy lejos las pesquisas para averiguar la identidad de los asesinos. Dos días después, los rufianes se presentaron al caer la noche en la posada, donde los esperaba el escudero con otra bolsa. Cumpliendo con lo acordado, se marcharon de la aldea sin dilación y nadie volvió a tener noticias de ellos.

domingo, 19 de mayo de 2013

EN LA PAPELERÍA

Hace algo más de treinta años, cuando mi hermano tendría siete y yo nueve, tuvimos que pasar un curso académico en el pueblo del interior donde vivían nuestros abuelos. El cambio con respecto al lugar del que veníamos fue considerable: allá veíamos el mar desde cualquier punto y lo sentíamos como una presencia cercana, pero aquí había un río caudaloso y revuelto con una zona muy peligrosa donde decían que poco antes de nuestra llegada se había ahogado un  niño. Al caminar cada mañana hacia la parada del autobús, no veíamos a lo lejos montes suaves cubiertos de bosque y de hermosos prados, sino hostiles montañas nevadas cuyas cimas apenas se distinguían entre la niebla. Mis compañeros de clase se burlaban del tonto del pueblo y echaban a correr cuando éste los perseguía, y aunque yo también corría, era incapaz de reír porque me habían enseñado que había que defender siempre al más débil. Los padres de todos ellos cazaban, tenían disecados halcones, lechuzas, jinetas, hasta un lobo, y se contaba que un conflicto de tierras había terminado con la muerte de uno de los implicados en un supuesto accidente durante una partida de caza. Pronto me hice amigo de Miguel, un chaval asmático como yo al que su madre le sacudía con el cinturón cada vez que hacía algo que no debía. Él solía invitarme a su casa cuando venían sus primos y sus tíos para la matanza del cerdo, pero siempre encontré alguna excusa para no ir porque no soportaba los chillidos, la sangre y la fiesta de la que tanto disfrutaban ellos. Por las noches, después de acostarme, sentía una enorme tristeza al pensar en el verano que había terminado semanas antes, en nuestro barco, en el cielo azul, en el mar, en mis amigos, en la casa en el campo y en los perros que quedaban al cuidado de unos vecinos y saltaban de alegría al vernos llegar los viernes por la tarde. Si me acordaba de todo aquello durante las clases apenas conseguía contener las lágrimas, así que decidí dejar de lado cualquier recuerdo.

Junto al portal del pequeño edificio donde vivíamos había una papelería en la que mi hermano y yo parábamos alguna vez a la vuelta del colegio para comprar un tebeo. La propietaria era una señora de unos cuarenta y cinco años que había sido enfermera antes de casarse, aunque no ejerció mucho tiempo porque enseguida abrió aquel negocio con su marido, fallecido luego en un accidente de tráfico. Al pasar por delante del  escaparate la podíamos ver en el interior de la tienda, de pie tras el mostrador, hojeando distraídamente alguna revista o leyendo el periódico. Ella siempre sonreía al vernos entrar y era muy amable con nosotros, pero a mí me intimidaban un poco sus hermosos ojos oscuros, sus ademanes resueltos y el humor ocurrente y zumbón que mostraba cuando discutía con los representantes o charlaba con las señoras que venían a comprar o a pasar el rato. Los días de mercado solíamos coincidir por las concurridas calles del pueblo. A veces la encontrábamos hablando animadamente con otros vecinos mientras aguardaban su turno frente a un puesto de carne o de verduras, y si se fijaba en nosotros yo no podía evitar bajar la mirada al devolverle el saludo. Sus dos hijas entrenaban a los niños del equipo local de piragüismo, y sus tres hijos eran unos chavalotes que se tiraban de cabeza desde nivel más alto del trampolín instalado en la orilla del río, y los sábados por la noche trataban de tocarles las tetas a sus novias en los bancos que había detrás de la iglesia. En una ocasión, llegué a la papelería cuando ella intentaba explicarle al más pequeño de qué manera había que colocar unas carpetas y unos paquetes de folios sobre los distintos niveles de una estantería. Como el chaval no entendía, o no quería entender, ella acabó soltándole un guantazo que me dejó helado. Luego me vio delante del mostrador y vino a atenderme, pero mientras me cobraba no le quitaba el ojo de encima a su hijo, que colocaba carpetas y folios con gesto contrariado, para saber si había entendido ya o iba a tener que explicárselo otra vez.

Suponía que en algún lugar del pueblo había una biblioteca municipal, pero por el momento podía encontrar en la papelería todos los libros que me interesaban. A la dueña no parecía molestarle que me tomara mi tiempo sacándolos de las estanterías, hojeándolos de principio a fin o leyendo páginas enteras antes de decidir cuál iba a comprar. Mientras yo miraba los libros sólo me interrumpía ocasionalmente para preguntarme si tenía frío, ya que en ese caso podía encender la estufa que había detrás del mostrador. Cuando ordenaba periódicos y revistas tarareando alguna canción que me resultaba lejanamente familiar, nos cruzábamos entre los expositores y las estanterías y sonreía sin decir nada. Luego yo le entregaba el libro elegido y antes de mirar el precio, devolvérmelo y cobrarme siempre me preguntaba, como si fuera una costumbre establecida, si ése era el que llevaba. En el momento de darle el dinero solía liarme con las monedas y los billetes, así que ella me cogía la muñeca y los separaba pacientemente sobre la palma de mi mano. Una tarde en que no tenía suelto para darme la vuelta me mandó cambiar en la cafetería que había al otro lado de la calle, frecuentada por taxistas, conductores de autobús y obreros de la fábrica de cemento que salían de trabajar a esa hora. Pero debí de mostrar tal desconcierto ante aquella situación imprevista que me dijo que esperara un momento en la tienda y salió a cambiar ella. Con el paso de las semanas empezó a preguntarme qué tal había ido ese día en el colegio, aunque como me suponía tímido nunca me forzaba a hablar más de lo necesario, y de tarde en tarde me dejaba llevar algún libro sin cobrarlo.

Pronto me acostumbré a la atmósfera recogida y acogedora de la papelería, al olor a madera, tinta y papel, a la luz de las bombillas, al zumbido de la estufa, al sonido de la radio con el volumen bajo, y también a la cercanía de la dueña. La oía pasar las hojas del periódico, carraspear suavemente, colocar un paquete sobre el mostrador y abrirlo con una tijera o ir un momento a la trastienda, y me sentía empujado a levantar la vista del libro para mirarla sin que se diera cuenta, aunque me sorprendió un par de veces y no volví a intentarlo.

Una tarde de febrero, las clases terminaron un poco antes de la hora y el autobús escolar aún no había llegado cuando los de mi curso salimos del colegio. Me acerqué hasta un riachuelo que discurría entre los prados de los alrededores y pasé unos minutos observando los tritones que se deslizaban bajo las aguas fangosas. Luego seguí el curso del riachuelo para averiguar qué había tras un meandro cubierto de vegetación, y al descubrir al otro lado un viejo puente de piedra lo crucé. Atravesé un bosquecillo de castaños, bordeé un prado encharcado y llegué hasta lo alto de una loma desde donde podía ver las casas del pueblo, en las que habían encendido ya las primeras luces. Tal vez una de aquellas luces fuera la de la papelería. Imaginé a la dueña detrás del mostrador, y me sonrojé al preguntarme si en algún momento del día habría pensado en que quizá pasaría por allí esa tarde. También me pregunté si esperaría con algo de ilusión mi llegada, pero enseguida  aparté esa idea de mi cabeza. Al mirar el cielo cubierto me di cuenta de que estaba oscureciendo, debía de haber transcurrido más tiempo del que imaginaba desde mi salida del colegio. Descendí la loma y volví sobre mis pasos tratando de no perderme entre los árboles, corrí por la orilla del riachuelo, resbalé en el suelo embarrado, crucé el puente, y al cabo de unos minutos me detuve frente a una escuela donde ya no quedaba nadie. Por primera vez desde nuestra llegada al pueblo tenía que volver a casa caminando. No conocía bien el trayecto de regreso, y como ya era de noche no veía ninguna de las referencias que podían haberme ayudado. Eché a andar siguiendo la carretera general y me alejé del colegio, pero pronto me detuve al ver unas casas a mi izquierda: recordé a Miguel contándome la tarde anterior que Felipe, el tonto del pueblo, vivía cerca de la escuela, y que unos días antes había sorprendido solo a un compañero nuestro y le había dado una paliza. Crucé la carretera, miré a mi espalda un par de veces y seguí caminando sin perder de vista las casas del otro lado. Unos minutos después pasaba junto a un muro de piedra que debía de proteger una finca. Cuando llegué al final del muro miré a la derecha, donde suponía que habría un prado, y distinguí una silueta a pocos metros de la carretera. Dejé escapar un grito y corrí a toda prisa mientras oía cómo alguien me llamaba, pero al girarme descubrí que no era Felipe sino un vecino que avanzaba hacia mí extrañado. Sentí vergüenza y seguí caminando a paso ligero sin volverme, hasta que ya no pude oír sus pisadas. Pronto aparecieron los primeros bloques de viviendas. Pasé por delante del cine, atravesé una plaza a la que a veces íbamos a jugar después del colegio, dejé atrás el ayuntamiento y llegué hasta la pequeña avenida que conducía hacia la salida del pueblo, donde estaba situado nuestro edificio. Al fin me paré, cansado, delante del portal. El camino que había recorrido parecía ahora muy lejano. Pulsé el portero automático. Aguardé un momento y volví a llamar, pero nadie respondió. Un coche pasó a lo lejos y desapareció por una de las calles perpendiculares a la avenida. Del bar del otro lado llegaba el sonido lejano de la televisión y las conversaciones. Me di cuenta del fuerte ataque de asma que sufría y tomé varios pelotazos de Ventolín. Volví a llamar sabiendo que nadie iba a abrir. Recordé a Felipe corriendo con dificultad detrás de nosotros y al niño ahogado en el río y me vinieron a la cabeza la matanza, el banco de madera, la sangre y los gritos de los animales. La luz de la papelería brillaba cerca de nuestro portal. Me acerqué: la dueña estaba dentro, leyendo detrás del mostrador con las gafas puestas. Miré a un lado y vi las últimas casas de la avenida empequeñecidas frente a unas montañas que le daban al lugar un aire opresivo y siniestro. Aguardé unos segundos junto a la puerta. Luego entré y me puse a llorar mientras le explicaba a la dueña de manera confusa lo que me había ocurrido y le pedía permiso para quedarme con ella en la tienda hasta que hubieran llegado mi hermano y mis abuelos. Pareció sorprendida. Cuando al fin entendió lo que pasaba, me acarició la cabeza, me llevó hasta la silla que había junto a la estufa y me dijo que estuviera tranquilo, que más tarde o más temprano iban a volver. Hablaba en el tono afable habitual, pero acentuando el matiz afectuoso de las últimas semanas. Al cabo de unos minutos fue a la trastienda, y pronto volvió con un gigantesco bocadillo de chocolate que logré engullir gracias a una Mirinda que traía en un vaso. Debí de pasar en la tienda la media hora siguiente. La dueña me preguntó qué tal nos iba en el colegio a mi hermano y a mí, y también si echábamos de menos el pueblo del que veníamos. Haciendo un esfuerzo por no ponerme a llorar otra vez, le hablé del mar, del barco, de la playa y de mis amigos mientras ella escuchaba con manifiesta y algo exagerada atención, mostrando asombro y admiración hacia las cosas que yo le contaba. Cuando entraba alguna conocida suya y se sorprendía al verme detrás del mostrador, ella le decía con naturalidad, a la vez que apoyaba una mano en mi hombro, que estaba allí esperando por mi hermano y mis abuelos.

Ellos llegaron un poco antes de la hora del cierre. Era mi hermano quien había concluido que si no estaba en el colegio ni en el parque ni en ninguno de los lugares adonde íbamos cada tarde, tenía que estar en la papelería. La dueña les explicó a mis abuelos lo que había pasado, y después de que le dieran las gracias por haberse ocupado de mí charlaron un momento mientras mi hermano y yo escogíamos un par de tebeos de los expositores. Luego ella vino con nosotros hasta la puerta y nos deseó buenas noches. Al llegar ante nuestro portal, la oí girar el cerrojo de la tienda y vi desaparecer el reflejo de las luces del escaparate sobre la acera.

Más tarde, cuando ya estábamos acostados, contemplé la pequeña hilera de libros adquiridos recientemente y distribuidos por una de las estanterías de nuestra habitación. Esa noche no tenía muchas ganas de leer antes de apagar la luz. Dejé junto a la lámpara de la mesilla la novela de Emilio Salgari que había comprado en la papelería la semana anterior (El corsario negro o Yolanda, o tal vez La reina de los caribes), pero mi hermano me pidió que le contara algo de aquella historia de aventuras. Y yo empecé a contarle, pero mi cabeza estaba lejos de allí.

miércoles, 15 de mayo de 2013

SCHOOL DAYS (VI)



El Rantanplán era un tipo musculoso, delgado y no muy alto que impartía las asignaturas de Inglés y de Gallego. La  barba y el cabello rubios, los ajustados pantalones de tergal, los chalecos de lana verde y unos zapatos que hacían un ruido escalofriante mientras avanzaba entre las filas de pupitres le daban un marcado aire británico. Lo habían contratado para reemplazar al antiguo profesor de aquellas asignaturas, y al empezar el curso nos preguntábamos si sus clases iban a ser más reposadas o en la misma línea violenta de su antecesor. La respuesta llegó a los pocos días, una mañana en que puso fin a la conversación entre dos alumnos con una bofetada que mandó por los aires las gafas de uno de ellos. Al cabo de un par de semanas, ya se podía distinguir, por su forma brusca de cerrar la puerta del aula o por el tono agresivo con que se dirigía a nosotros, de qué humor venía ese día el Rantanplán.

Una tarde lluviosa de mediados de curso, cuando se habían producido ya unos cuantos incidentes desde su llegada al colegio, el Rantanplán inició la clase de Gallego dejándonos un cuarto de hora para estudiar la vida y la obra de una serie de autores, que luego nos iba a preguntar por orden de lista. Dado el tono en que lo anunció, comprendí que era importante aprender nombres y títulos, especialmente para mí, ya que por mi apellido estaba entre los primeros. No había más que verle la cara para saber que aquella tarde, por el motivo que fuera, no venía precisamente de buen humor y su reacción ante el mínimo contratiempo podía ser imprevisible, o más bien totalmente previsible. Pero Julián Arias, al que mi amigo Darío apodaba Hans porque le recordaba al guía danés de Viaje al centro de la tierra, no parecía especialmente inquieto pese a ser el primero de la lista. De hecho, me dio la impresión de que aquel tiempo muerto le resultaba ideal para charlar y resolver asuntos con el compañero que se sentaba en el pupitre de delante. Hans era un chaval de una aldea cercana fuerte y duro como un ladrillo. Comía cristales, el curso anterior se había roto un brazo tras una aparatosa caída de una bicicleta, y una noche de las fiestas se había peleado él solo contra cinco o seis chavales del pueblo delante del palco donde tocaba la orquesta. Mientras los minutos transcurrían en un tenso silencio interrumpido únicamente por las pisadas del Rantanplán, la conversación entre Hans y su compañero se iba animando; y aunque procuraban mantener un tono discreto, pronto empezaron a oírse carcajadas mal contenidas en torno a sus pupitres. Si el Rantanplán caminaba por el otro extremo del aula no se daba cuenta y cuando se aproximaba intentaban hablar más bajo, aunque les costaba lo suyo, pero luego se alejaba  y ellos retomaban la juerga con imperfecto disimulo.

Finalmente, pasó el cuarto de hora acordado y el Rantanplán se paró delante de su mesa, abrió el cuaderno con nuestras fichas, buscó la primera, y sin más preámbulos le preguntó a Hans las obras de Álvaro Cunqueiro. Hans parecía divertido y sorprendido de que por una jodida casualidad le hubiera tocado precisamente a él, y tratando de contener las carcajadas fingía hacer un esfuerzo por recordar alguno de aquellos libros. Como la respuesta se hacía esperar, el Rantanplán le repitió la pregunta con inquietante frialdad. Yo estaba sentado detrás de Hans, así que traté de echarle un cabo y en un susurro le soplé Merlín e familia. Él movió la cabeza disimuladamente pero no consiguió entender lo que yo le decía. Repetí el título pronunciando con cuidado cada sílaba, pero él seguía sin entenderlo: entonces me di cuenta de que el problema estaba en que no debía de saber quién era el tal Merlín. Pero si le soplaba, por ejemplo, As Crónicas do Sochantre, aparte de que era un título más complicado de decir y de captar, mucho menos le iba a sonar el Sochantre de marras. Así que me incliné levemente hacia delante y le repetí el título rezando para que el Rantaplán no me oyera. Pero Hans no lo cogía, y para colmo cada vez le costaba más contener la risa. Toda la clase era consciente de lo que podía suceder en cualquier momento menos él, que parecía no poder quitarse de la cabeza algo que le había dicho antes su compañero (ahí me pregunté de qué carajo habrían estado discutiendo durante los minutos anteriores). Le dije el título una vez más, y ahora sí pareció entenderlo. Pero en realidad no lo había entendido bien, y todo estaba a punto de irse al traste por una cuestión de cercanía fonética. El Rantanplán se acercó hasta su pupitre y le repitió la pregunta por última vez. Y Hans, incapaz ya de contenerse, exclamó en medio de una carcajada súbita y desparramada:

O Lince, o unha cousa así…

Fue decirlo y el Rantanaplán empezar a darle bofetadas con una furia y una rapidez que metían miedo. Hans se cubría con los brazos, el Rantanplán le sacudía sin parar y el pelo cortado a la taza de Hans volaba a un lado o a otro según de dónde vinieran los guantazos. Cuando se calmó y dejó de pegarle el Rantanplán volvió a su mesa, miró en el cuaderno y le preguntó las obras de Cunqueiro al siguiente de la lista, que recitó la bibliografía completa de carrerilla y en perfecto orden cronológico. El Rantanplán cerró por fin el cuaderno, abrió el libro y comenzó a explicar la lección en medio de una aparente atención y de un atemorizado silencio. Hans se reponía en su pupitre. Le puse una mano en un hombro; sin llegar a girarse del todo esbozó un resignado amago de sonrisa, como si aquello hubiera sido gajes del oficio. Luego bajamos la vista hacia nuestros libros para intentar seguir la explicación.

lunes, 6 de mayo de 2013

MIDNIGHT BLUES


En el imponente hotel Beaurepaire, situado a medio camino entre la plaza de Chatelet y la de la Concordia, a partir de la una de la madrugada había un cierto trasiego de putas, generalmente negras, a las que telefoneaban clientes franceses que se encontraban en París por motivos de trabajo o turistas ingleses y norteamericanos. Alguno nos pedía los números a los recepcionistas de noche, pero el jefe de equipo nos advirtió que podíamos ser acusados de proxenetismo y perder nuestro empleo (el de recepcionista), que podían acabar considerándonos improvisados y poco creíbles maquereaux. Las negras siempre montaban una pequeña juerga en el ascensor cuando uno de nosotros tenía que acompañarlas hasta la habitación del cliente. Si éste era un inglés o un norteamericano adinerado, al cabo de un rato pedía una botella de champán, que el recepcionista le subía sabiendo que quizá se lo fuera a encontrar enzarzado en alguna extraña discusión con la chica, él en albornoz o en bata y ella en pelotas dentro de la cama.

De vez en cuando venían mujeres árabes, las preferidas de los clientes africanos. Estos también pedían champán, era raro que dieran propina y se dirigían al recepcionista con una mezcla de familiaridad y desprecio, desprecio que también mostraba la chica en un intento algo patético de manifestar superioridad hacia quien suponía obligado a servirle. En cuanto a los clientes árabes, estos solían llamar a mujeres francesas, profesionales de mediana edad o estudiantes. Estas últimas aprovechaban la generosidad del cliente, que siempre daba propina, para pedir algo de comer al servicio de habitaciones, y tuteaban al recepcionista porque tenían su misma edad, alguna incluso podía terminar trabajando en la recepción de ese mismo hotel un par de años después.

Una de esas noches asfixiantes de finales de junio en que el jardín de las Tullerías se llena de turistas, cuando faltaban ya pocos días para largarme de vacaciones, paró en la recepción un chaval sudamericano que pasaba unas semanas en París, invitado por el empresario para el que trabajaba su padre. Era un tipo simpático de dieciocho o diecinueve años, algo ingenuo aunque se le veía rodado en juergas y salidas nocturnas, y acostumbrado a moverse en hoteles como aquél pero sin alejarse mucho de los barrios donde estaban situados. Me preguntó dónde podía salir a divertirse un rato, le dije que probara en los Campos Elíseos, me pidió que llamara un taxi, y unos minutos después un conductor encabronado se lo llevaba hacia la cercana avenida, con la intención más que probable de dar el previsible rodeo que subiría la cuenta del taxímetro. El chaval volvió al cabo de tres o cuatro horas acompañado por una francesa de su edad con la que supuse que se entendería en inglés o en el español que quizá hablara ella. Los vi dirigirse hacia los ascensores, y pasados unos minutos el chaval telefoneó a la recepción para saber si teníamos preservativos. Vino a buscarlos, y no volví a tener noticias suyas hasta las seis de la mañana, cuando me llamó de nuevo, algo angustiado, y me preguntó si el empresario estaba en ese momento en el hotel, porque acaba de descubrir que no tenía dinero suficiente para pagarle a la chica. Tal vez al conocerse se hubieran entendido en algún idioma, pero ahora no era capaz de comunicarse con ella y la chica empezaba a tomarse muy mal lo que estaba sucediendo. Recordé que el empresario había encargado que no le sirvieran al chaval más consumiciones en el bar a cuenta suya, y también que esa noche no dormía en el hotel, aunque probablemente regresara durante la mañana. Le dije esto último al chaval, y él me explicó que sólo le quedaban doscientos euros y me puso con la chica. Cuando supo la cantidad se mostró ofendida, aunque no llegó a decirme cuánto era lo que esperaba cobrar, y me puso con él. En vista de que, por el momento, no había nada que hacer, me pidió más condones y si esta vez se los podía llevar yo a la habitación, así que se los llevé y él los cogió sin abrir del todo la puerta. Y no supe más de ellos. Nadie se interesaba por cómo se resolvían los problemas que surgían cada noche, en realidad a nadie le importaba demasiado si un problema terminaba resolviéndose o no. Al cabo de un rato llegó el equipo de la mañana. Les pasé las consignas a las recepcionistas, les expliqué el apuro en que estaba el chaval y les dije que cuando apareciera el empresario lo pusieran en contacto con él. Luego salí del hotel y caminé hacia la estación de metro por la rue de Rivoli, donde camareros y propietarios empezaban a abrir las cafeterías y el único rastro del bullicio nocturno era algún vaso roto junto al bordillo de la acera.