lunes, 24 de octubre de 2016

ESCAPADA


Nuestra profesora de Lengua Gallega en COU, allá por 1992, era una honrosa excepción al estilo profesoral combativo y montaraz con el que, tal vez por una simple cuestión de estadística, nos habíamos topado una y otra vez en dicha asignatura los cursos anteriores. Pero sí formaba parte de él su sustituta cuando aquélla estuvo de baja por enfermedad durante la primera evaluación. Se llamaba Ana, venía de La Coruña y tendría veinticuatro o veinticinco años. Algo en la deriva reivindicativa hacia la que solían escorarse sus clases mostraba a la legua, como si lo llevara escrito sobre la cabeza en grandes letras de neón, que todavía estaba bajo los efectos de una vida universitaria intensa e inolvidable, una loca juventud de sindicatos de estudiantes, Erasmus, conciertos folclóricos en la zona vieja de Santiago y manifestaciones en la plaza de la Quintana para pedir las pelotas del Rector de turno. Había alquilado un apartamento en un barrio de las afueras y por la tarde se la veía paseando por las calles del centro, donde le gustaba relacionarse con los aborígenes (“bos días, Xosé”, “graciñas, Isabel”, “deica logo, Xavier”), o tomando café en compañía de otros profesores que también se habían instalado en la comarca al empezar el curso.

A mediados de la primera evaluación, Ana y un par de compañeros decidieron organizar una salida hasta La Coruña para ver una obra que se representaba en el Teatro Colón. En realidad no se ocuparon de dirigir personalmente la expedición, ya que fletaron un autobús que partiría del pueblo un jueves a media tarde y nos llevaría a la ciudad, y allí estarían esperándonos ellos. Para nosotros resultaba nuevo que nos dejaran solos en un viaje como aquél, pero Ana y su gente consideraban que ya no éramos unos niños de primero de BUP sino unos fulanos maduros y responsables a un paso de la universidad, y por tanto bien podíamos empezar a desenvolvernos sin que hubiera siempre algún profesor pendiente de facilitarnos las cosas. Pero Ana y su gente no sabían con quiénes se estaban jugando los cuartos. Los cuartos se los estaban jugando, entre otros, con José Andrés Varela, un chaval de una aldea de los alrededores que estudiaba COU en el mismo grupo que yo, y se apuntó a la excursión junto con un par de amigos de la misma zona y también compañeros de curso. José Andrés era un tipo bajito, robusto y duro como un ladrillo, poseedor de una involuntaria capacidad de liderazgo y una admirable facilidad para verse envuelto en toda clase de enrevesados conflictos. Más allá de su aire campechano y su risa cordial y espontánea se podía atisbar un fondo peligroso, en especial para quienes acudían en busca de bronca a los tugurios que frecuentaba los fines de semana y lo suponían una presa fácil. Durante los recreos, solían venir a verlo amigos que habían dejado el instituto tras haber repetido curso una y otra vez y ahora estudiaban formación profesional, trabajaban en una gasolinera o estaban haciendo la mili. La suya era una vida de Vespinos con el motor trucado, motos de trial, coches viejos puestos a punto y furgonetas en las que los sábados por la noche recorrían las aldeas de la zona de discoteca en discoteca. Todos trabajaban en el campo después de las clases o cuando disponían de tiempo libre, y sobre ellos pesaba la permanente posibilidad de recibir una paliza en casa por unas malas notas, o porque llegaba a oídos de sus padres alguna trastada reciente. Sin embargo, José Andrés era muy buen estudiante, y al terminar el curso nos contaría que había estado a punto de recibir el premio extraordinario de Bachillerato, aunque probablemente se estuviera quedando con nosotros. A mí me dejaba apuntes y nunca pareció molestarle que la víspera de algún examen lo llamara por teléfono a horas intempestivas, angustiado, para preguntarle dudas que me aclaraba con insólita paciencia.
El jueves por la tarde, un grupo de quince o veinte alumnos de los dos cursos de COU donde daba clase Ana salimos del instituto, subimos al autobús y partimos hacia La Coruña. Al mando estaba la delegada de nuestra clase, miembro del Consejo Escolar y futura estudiante de Periodismo a un paso de la Selectividad, de Santiago y de la gloria. Yo iba con Miguel, mi compañero de pupitre, un chaval de Ciudad Real que había llegado al pueblo cuatro o cinco años antes, y con el que me había entendido bien desde que coincidimos en la misma clase el curso anterior.
Después de un viaje sin más historia que las inevitables canciones cuarteleras y los habituales comentarios jocosos al pasar por delante de la casa de putas que había a unos kilómetros del pueblo, llegamos a La Coruña y el conductor nos dejó delante del teatro, donde nos esperaban Ana y sus compañeros. Éstos charlaron un momento con la delegada y sus amigas, mientras la chusma aguardábamos contando las palmeras de los cantones o admirando a la maciza cuarentona que se ocupaba de uno de los quioscos, y luego fuimos entrando y ocupando las butacas asignadas. Pese a estar ambientada en el medio rural al que pertenecían todos ellos y reflejar unas circunstancias que conocían bien, a José Andrés y su hueste la obra les importaba medio carajo. Miguel y yo los vimos sentarse cerca de nosotros mientras miraban alrededor con fingida admiración pueblerina, vacilaban al acomodador, se mostraban incapaces de abrir las butacas y se metían mano como si estuvieran con unas chavalas en la fila del fondo. Se apagaron las luces y empezó la obra, y cuando se encendieron en el descanso un rato después, ellos ya se habían ido.
A eso de las diez terminó la obra y volvimos a reunirnos delante del teatro. Los profesores se despidieron de la delegada y se alejaron en dirección a la calle Real y nosotros nos quedamos esperando el autobús, que para recogernos debía aparcar frente a un McDonald’s próximo al edificio. Había llovido poco antes y hacía bastante frío, así que cerramos cremalleras y subimos cuellos de abrigos. Miguel y yo observamos que además de José Andrés y sus amigos, también faltaban tres o cuatro alumnos del otro curso. El tiempo iba pasando, el autobús no llegaba, y al cabo de un rato alguien se dio cuenta de que le habían dicho al conductor que aparcara delante del McDonald’s, pero en realidad en aquella avenida había tres y nadie precisó a cuál de ellos se referían. La delegada pidió calma, y en medio de discrepancias y deliberaciones sobre qué hacer, vimos llegar caminando a trompicones por una calle cercana a los del otro curso. Al pararse delante de nosotros, uno de ellos nos ofreció un teléfono arrancado de una cabina, por si queríamos llamar a nuestros padres para decirles que íbamos a llegar tarde. Sus tres compañeros se tambaleaban cogidos por los hombros y cantaban, borrachos y emocionados, el “Hey Jude” de los Beatles. Entre tanto, alguien propuso enviar pequeños grupos a esperar por el autobús delante de los otros dos McDonald’s. Pero la idea fue desestimada porque la avenida era muy larga, nadie sabía a qué altura estaban situados los locales, y antes de que nuestros compañeros llegaran hasta ellos el autobús podía terminar aparcando en las inmediaciones del teatro, lo que aumentaría el desconcierto y la dispersión. Siguieron las deliberaciones, nadie se ponía de acuerdo, y al cabo de unos minutos vimos aparecer a lo lejos, bajo la luz de las farolas del otro lado de la avenida, a José Andrés y su gente. Cruzaron la calzada en fila y sin apenas mirar a los lados y en seguida llegaron junto a nosotros. Venían alterados, confusos, desharrapados y sudorosos. Al parecer, se habían peleado con unos fulanos en una discoteca del Orzán y habían tenido que huir debido a su inferioridad numérica. José Andrés decía que se iban a enterar, que iba a llamar a un amigo que tenía pistola –un tal Mannix–, que se les iban a poner los cojones de corbata. Mientras, alguna gente se agrupaba en torno a una cabina para telefonear a sus padres, explicarles lo que estaba sucediendo y decirles que aún iban a tardar un buen rato en volver a casa. Habían llamado tres o cuatro, cuando una alumna se volvió hacia ellos señalando al otro extremo de la avenida y exclamó, emocionada y optimista: “¡el autobús!” Miramos en aquella dirección y vimos cómo el vehículo se aproximaba por una calzada solitaria, a cierta velocidad y sin dar la impresión de disponerse a parar en el lugar convenido. La gente echó a correr en desbandada hacia él, pero cuando llegaron a su altura el conductor no apartó la vista del frente ni redujo la marcha, el autobús los dejó atrás ganando distancia rápidamente, y pronto se desvió a mano izquierda y desapareció por una calle transversal. José Andrés y sus amigos corrían a trompicones sin parar de reír porque conocían a aquel fulano, era el mismo que conducía el transporte escolar en el que volvían a casa todos los días. De regreso al teatro, algunos chavales pasaron al galope por delante de un hotel que quedaba de camino, pisoteando la alfombra y derribando un tiesto ante el asombro de un botones vestido con levita y chistera.
Debía de ser la una de la madrugada y seguíamos en el punto de partida, sin tener ni idea de qué hacer. Los ánimos se encrespaban, algunos alumnos se echaban en cara mutuamente la falta de previsión y opinaban que la salida había sido un fracaso. Otros bailaban al ritmo de una música imaginaria como si no tuvieran prisa por volver y la noche pudiera prolongarse indefinidamente, y había quienes descansaban sentados sobre la acera con la espalda reclinada contra la fachada del edificio. José Andrés y sus amigos charlaban apoyados en la marquesina de una parada de autobús, hasta que José Andrés se colgó de un salto de la estructura metálica y el agua acumulada en el techo les cayó encima. Las ocasionales parejas de mediana edad que regresaban a sus casas contemplaban con asombro, indignación o miedo a aquella turba heterogénea reunida a las puertas del teatro. Miguel y yo decidimos coger un taxi, ya que a esa hora el trayecto no debía de ser muy caro, y les propusimos compartirlo con nosotros a dos chicas del pueblo que habían venido juntas. Les pareció una buena idea, e íbamos a echar a andar hacia la parada que veíamos cerca de allí, cuando oímos entre murmullos que alguien le había arrancado la antena a un coche aparcado detrás del teatro y la policía ya estaba al tanto; tal vez porque, como explicó un compañero bien informado, nos encontrábamos a un paso de la Diputación Provincial y la Subdelegación del Gobierno. La delegada y su gente miraban a su alrededor atemorizadas, algunos alumnos del otro curso aguardaban ilusionados y expectantes, y José Andrés y los suyos charlaban animadamente sin ser conscientes de lo que sucedía. En la acera de enfrente había un policía municipal parado junto a un semáforo.
–¡Mira, un madero! –dijo José Andrés entre asombrado y divertido.
–Y ahí hay cinco mas –comentó uno de sus secuaces.

Varios agentes se habían reunido en cuestión de segundos y no apartaban la mirada de nosotros. Miguel, las chicas y yo nos separamos del grupo, y de camino a la parada pudimos ver cómo los policías cruzaban la calzada y cargaban contra nuestros compañeros, que echaron a correr al mismo tiempo como si unos y otros hubieran estado coordinados por algún resorte invisible. Pasados un par de minutos, antes de subir al taxi, Miguel, las chicas, el conductor y yo miramos por última vez hacia el teatro, pero ya no se veía a nadie en aquella parte de la avenida.

domingo, 10 de julio de 2016

JOHN GRIFFIN

John Griffin llegó a la costa al límite de sus fuerzas. Llevaba varias horas corriendo y ocultándose entre la espesura. Durante los primeros minutos había dejado atrás la posada y había salido de la aldea sin apenas volver la cabeza, y una vez en el bosque se sintió más seguro. Pero sabía que pronto repararían en su ausencia, así que en cuanto perdió de vista las casas echó a correr entre los árboles, reduciendo la marcha si sentía que su pecho iba a estallar y retomando el ritmo cuando se había recuperado un poco. Ahora, desde lo alto de la ladera, contemplaba con estupor, como si no acabara de creer lo que estaba viendo, la inmensidad azul que se perdía en el horizonte. Sólo Hayes, el único muchacho de su edad en aquella banda de ladrones de la que ambos formaban parte, había intentado huir con anterioridad, y en seguida lo encontraron. Griffin se preguntó si andarían ya tras su pista. Pero, aunque así fuera, no tardarían en darlo por perdido en aquella zona de grandes acantilados, donde era fácil errar el camino y despeñarse contra las rocas.
Recorrió un trecho al abrigo de los árboles, y cuando la oscuridad cubría la costa salió al descubierto y corrió a través de los campos. La luz de la luna brillaba por momentos, pero pronto volvía a desaparecer por detrás de las cambiantes nubes. Griffin cruzó un riachuelo tratando de no resbalar sobre las piedras y se encontró en la linde de un prado descendente sobre el que destacaba la figura solitaria de un árbol. El ruido del oleaje resonaba ahora mucho más próximo. Griffin siguió adelante, pero se detuvo al distinguir a lo lejos la silueta de un edificio. Recordó haber oído a Hayes hablar de una mansión erigida tiempo atrás por Lord Wyndham, un gran señor de la zona. Fuera aquel edificio o no, el lugar le pareció ideal para ocultarse durante la noche. Echó a andar a paso ligero y de inmediato lo asaltó un pensamiento silenciado hasta entonces bajo otros temores más apremiantes. Según Hayes, una noche de invierno como aquélla Wyndham había azotado a su hijo menor hasta matarlo, sin que nadie llegara a saber el motivo. Su esposa y el primogénito huyeron de la vivienda y corrieron hacia el pueblo donde vivían los padres de ella, pero se equivocaron de dirección, se apartaron de los caminos y terminaron cayendo al mar desde lo alto de un acantilado. Wyndham fue detenido, juzgado y condenado a la horca gracias al testimonio de sus sirvientes y a la mediación de los parientes de su mujer, y nadie volvió a habitar la mansión. Sin embargo, algunos pastores que al anochecer recorrían la costa de regreso a sus casas aseguraban haber visto a lo lejos el fantasma del hijo de Lord Wyndham. Cuando Griffin escuchaba a Hayes no había dado importancia a lo que entonces consideraba meras supersticiones, pero ahora, mientras avanzaba por el camino que se perdía en la oscuridad para conducir sin duda hasta la entrada del edificio, aquel relato no le parecía tan descabellado. Se paró tras haber recorrido unos metros. Se veía incapaz de seguir adelante, pero tampoco podía retroceder. Recordó la mañana en que Anderson, Gilder y Brennan habían salido en busca de Hayes. Regresaron sin él unas horas después, pero todos sabían que su cadáver quedaba en el fondo del mar con una piedra al cuello. Griffin siguió avanzando con fingido aplomo. Trató de apartar de su imaginación la voz de Hayes hablando del fantasma del joven Wyndham, pero le parecía oírla con tanta claridad como si su amigo caminara a su lado. El viento agitaba la hierba y sacudía las ramas del árbol que acababa de dejar atrás. Griffin aceleró la marcha. Pisó charcos, resbaló en el barro, tropezó con las piedras esparcidas por el camino, dobló una curva tras otra evitando desviar la mirada del frente, y al cabo, después de bordear un último recodo cubierto de vegetación, la silueta del edificio surgió ante sus ojos y se recortó contra el cielo, proyectando la sombra de sus dos torres sobre lo que un día debió de haber sido un amplio jardín. Griffin se detuvo y las observó, luego se acercó con paso dubitativo hasta la fachada. Se paró junto a la escalinata que conducía hacia la entrada principal y miró a su alrededor tratando de percibir algo bajo la luna que brillaba entre las nubes. Pudo distinguir una maraña de vegetación en torno a los muros de la vivienda y los primeros árboles de un bosque cercano, de dónde provenía el fragor del oleaje al romper contra los acantilados. Se dejó caer en el último peldaño de la escalinata. Estaba agotado y hambriento. Tenía los pies empapados y su ajada vestimenta apenas lo protegía del frío nocturno. Se puso en pie, subió la escalinata y se paró frente a la entrada. Después de un instante de indecisión, empujó la pesada puerta de madera y entró. En cuanto pisó el vestíbulo lanzó un chillido y retrocedió de un salto: había visto su propia imagen en un espejo cubierto de telarañas. Se tranquilizó poco a poco, temblando de frío y sonriendo con nerviosismo ante su ridícula reacción. Se dijo a sí mismo que no había nada que temer. Recorrió el vestíbulo y llegó hasta una estancia espaciosa cuyo único mobiliario consistía en una mesa situada encima de una alfombra en el centro de la pieza. A su derecha había una amplia chimenea, y frente a él dos ventanas con los cristales rotos permitían que la luz de la luna se proyectara sobre la maltratada superficie de madera. Por una de ellas podía ver el bosque y los acantilados, y por la otra la escalinata que daba acceso a la mansión, las curvas del camino, el prado en pendiente y el árbol solitario que había dejado atrás media hora antes. Acercó el rostro a la primera y sintió el olor del aire marino y de la vegetación húmeda y frondosa. Al oír una ola que rompió con estruendo, se estremeció pensando que el mar se revolvía contra el nuevo ocupante de aquella vivienda maldita. Apartó esa idea de su cabeza y se sentó en el suelo junto a la chimenea. Allí dentro no parecía haber fantasma alguno.
Griffin estaba cansado, pero el suyo era un cansancio muy diferente del miedo y la extenuación que sentía cuando al final de la jornada se reunía con sus compañeros en algún lugar convenido. Sentía una curiosa satisfacción por haber salvado la vida llegando hasta allí sin ayuda de nadie, y por primera vez se dio cuenta de que echaba de menos a Hayes. Apretó los brazos contra el cuerpo para darse calor. Sus ojos estaban a punto de cerrarse, vencidos por la fatiga, cuando oyó arreciar el viento. Las nubes se desplazaron y en cuestión de segundos la estancia quedó tan en penumbra como si alguien hubiera corrido una cortina por delante de las ventanas. Griffin se irguió y pegó la espalda a la pared. Su vista se acostumbró a las tinieblas a la vez que se desvanecía la efímera sensación de seguridad que había llegado a tener durante los minutos anteriores. Recordó el relato de Hayes, y no pudo evitar preguntarse si el hijo de Lord Wyndham habría muerto en ese mismo lugar. Tuvo la impresión de que el frío aumentaba. Se incorporó, y después de observar un momento la oscuridad del vestíbulo se desplazó hasta la ventana orientada hacia el bosque. El bramido del mar volvía a parecerle ahora un sonido amenazador. Giró la cabeza, y al dirigir la mirada hacia la otra ventana pudo avistar una figura a caballo que desaparecía por detrás de una curva, muy cerca ya de la mansión. Corrió a ocultarse bajo la mesa; unos segundos después, se asomó levemente y vio cómo el jinete doblaba el frondoso recodo que indicaba el final del camino, se paraba un momento delante del edificio y seguía cabalgando hacia el bosque. Griffin aguardó expectante sin moverse de su escondite. Al cabo de pocos minutos el jinete cabalgó de regreso. Griffin lo vio aproximarse a la parte delantera de la mansión y tirar de las riendas hasta detener su montura al pie de la escalinata. El jinete levantó la vista hacia la fachada del edificio, luego miró a un lado y a otro como si buscara algo en la oscuridad. Finalmente desmontó, miró a su alrededor una vez más y comenzó a subir la escalinata a paso lento, aunque sin llegar a detenerse. Griffin lo perdió de vista cuando se acercaba a la puerta, pero el silbido del viento no le impidió distinguir las pisadas que pronto resonaron por el interior del vestíbulo. Se ocultó bajo la mesa a la vez que el recién llegado avanzaba unos pasos y se paraba ante la estancia en la que se encontraba él. Aunque no podía ver su rostro, Griffin había reconocido ya el andar seguro, los hombros anchos, la cabeza erguida y el torso esbelto de Anderson. Éste no se movía del vestíbulo ni apartaba la mirada del frente: tampoco podía ver a Griffin a causa de la penumbra, pero si las nubes volvían a desplazarse la luz de la luna llegaría a los distintos recodos del salón y la mesa dejaría de servirle de escondite. Por un instante, Griffin pensó en arrastrarse en silencio hacia la ventana para tratar de huir a través del bosque. Pero Anderson lo vería en el momento de salir y continuaría la búsqueda el tiempo necesario, convencido ya de su presencia en los alrededores. Además, Griffin no conocía la zona y temía terminar cayendo desde un acantilado como la esposa y el hijo de Lord Wyndham. Por otro lado, no estaba seguro de que Anderson tuviera la certeza de que él se ocultaba dentro de la vivienda: en ese caso habría pronunciado su nombre en voz alta y habría entrado sin vacilar, y en vez de eso seguía parado delante del salón, como abrumado por una indecisión extraña en él. Anderson hizo amago de avanzar pero no llegó a moverse de donde estaba. Aguardó unos segundos, luego desapareció en la oscuridad del vestíbulo y sus pisadas indicaron que retrocedía de regreso a la escalinata. Griffin se irguió con precaución y lo vio descender los escalones, montar apresuradamente, picar espuelas y tirar de la rienda en dirección al camino. Anderson dobló el recodo cubierto de vegetación y durante los minutos siguientes la silueta de jinete y montura apareció y desapareció entre las curvas, hasta terminar difuminándose por completo en la lejanía. Griffin reclinó la espalda contra una pata de la mesa, exhausto y temeroso aún de salir de su escondite. Notaba en todo el cuerpo el agotamiento de la jornada. Sus ojos se cerraban, sintió un súbito temor ante la posibilidad de quedarse dormido. Movió la cabeza y trató de permanecer despejado, pero acabó cediendo al sueño y se deslizó sobre la madera hasta quedar tumbado en el suelo, mientras la luz de la luna iluminaba de nuevo el interior del salón.
Griffin notó en el rostro el calor del sol. Abrió los ojos y se estremeció al darse cuenta de que ya era de día. Por un instante tuvo la impresión de que lo habían descubierto y Anderson aguardaba en pie frente a él, pero pronto comprendió que estaba solo en aquella estancia de la mansión. Se incorporó ayudándose de la mesa y anduvo hasta la ventana orientada al camino: desde allí pudo ver las sinuosas curvas, el prado en pendiente y el árbol solitario mecido por la brisa, y también alcanzó a avistar entre las diferentes tonalidades de verde el riachuelo que había cruzado la noche anterior. A la luz de la mañana, la zona parecía tan despoblada como lo había estado horas atrás, mientras avanzaba en dirección a la mansión. Antes de salir se paró un momento frente al espejo del vestíbulo, por cuya puerta abierta entraba el aire marino, y contempló su propia imagen. Luego descendió la escalinata, echó un último vistazo al camino y se alejó en dirección contraria siguiendo un sendero que discurría a través del bosque. De vez en cuando miraba a un lado, y más allá de los árboles y la maleza veía las velas de los barcos que se aproximaban a la costa o ponían rumbo a mar abierto.

domingo, 22 de mayo de 2016

PARIS 15

La jornada del recepcionista nocturno en un hotel parisino de dos estrellas deja mucho tiempo para pensar, leer, ver una película o hacer lo que uno quiera. En general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad, pero de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Ayer, a eso de las cuatro de la mañana, entró en la recepción un tipo de veinte años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta y la policía, a quien había llamado él, estaba a punto de llegar. Antes de que pudiera responderle,  entró un agente y me dijo que necesitaban saber urgentemente si existía aquella puerta trasera, y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel o a uno de los apartamentos contiguos. Detrás de la recepción hay una puerta cerrada que da a la calle, así que busqué la llave entre los manojos guardados en el cajón del mostrador. Interrumpió la búsqueda otro agente que me ordenó seguirlo de inmediato, aunque antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle trasera los demás policías estaban bastante irritados por mi tardanza, pero su compañero les explicó que yo había tenido que tomar medidas antes de venir para no tener problemas en mi trabajo. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta, y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. La habitación era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba un camión de los bomberos. En aquella habitación se hospedaban dos personas con apellido anglosajón y allá fuimos, unos en ascensor y otros por las escaleras. Una vez en la sexta planta, le di la llave maestra al agente que dirigía la operación y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en un extremo del pasillo. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo y a continuación se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y alzó la diestra a la altura de la culata de la pistola. Retrocedí hasta el ascensor preguntándome si realmente una situación como aquella podía degenerar en un tiroteo. Pasados unos segundos oí cómo los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. Al cabo salió un policía de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con una mirada su opinión sobre aquellos fulanos y se fue escaleras abajo. Dejé pasar los minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté a un bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que era el recepcionista, y me dijo que bajara si quería. En la recepción aguardaban un italiano con sus maletas, un ruso que necesitaba saber cómo funcionaba la conexión de internet, dos francesas que querían pagar la estancia para no tener que hacer cola al día siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Mientras iban bajando bomberos y policías invité al ruso a sentarse en la salita contigua, hice la llegada del italiano, y me disponía a cobrarles a las francesas cuando el agente al mando les preguntó si no les molestaba esperar un momento. Ellas asintieron sonriendo con timidez y el policía, más que nada por guardar las formas, procedió a tomar mis datos y los del testigo. Éste estaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, pero el agente le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a colaborar, pero el agente sonrió.
–Era broma –dijo.
Mientras tanto, policías y bomberos bajaban las escaleras, charlaban e iban saliendo. Me pregunté cuántas historias similares estarían sucediendo en ese momento en otras zonas de la ciudad. Al cabo de unos minutos, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré la estancia a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del ruso que tenía dificultades para conectarse a internet. Corrí hasta la salita pero no estaba allí: debía de haber subido a su habitación, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Al volver a la recepción observé los árboles de la calle y la boca del metro bajo la primera luz del amanecer. Luego me acomodé en el sillón tras el mostrador, encendí el flexo y retomé la lectura.

domingo, 15 de mayo de 2016

MIEDO

Let the missiles fly from nation to nation
  It's party time in my radiation station
Peter Scott Peters
Entre el tiempo de mis primeros recuerdos y los trece o catorce años, el miedo fue una constante en mi rutina y en la de algunos de mis compañeros de colegio: miedo a ir al infierno, miedo a películas que ponían en televisión cuyo visionado unos evitábamos y otros afrontaban fascinados, miedo a fantasmas o a historias espeluznantes y supuestamente verídicas que les oíamos contar a otros compañeros o a nuestros mayores, miedo palpable y cotidiano a que determinados profesores nos partieran la cara en el colegio. Sabíamos que algunos de aquellos miedos se basaban en meras supersticiones, y aunque eso no era suficiente para tranquilizarnos por completo, al menos podíamos fingir que los ignorábamos. En cuanto al peligro continuo en las aulas, podíamos hacernos la ilusión de que con un poco de astucia lograríamos sortearlo día a día, si bien tarde o temprano todos acabábamos cobrando por un motivo u otro.

Pero había un miedo más difícil de sobrellevar: el de la posibilidad de una guerra nuclear, que allá por 1985 o 1986 no parecía descabellada, a juzgar por la información que aparecía con cierta frecuencia en periódicos, revistas y programas de televisión. El mundo estaba dividido en dos bloques y Reagan y Gorbachov nos contemplaban desde sus atalayas como amenazantes águilas imperiales. En los cines se estrenaban las películas El sacrificio y Cuando sopla el viento, relacionadas con el estallido de la tercera Guerra Mundial, y el éxito televisivo del momento era El día después, que tenía como punto de partida las consecuencias de dicho conflicto. Una tarde, a la hora de la merienda, yo había visto en un programa divulgativo a un tipo que mostraba ufano el refugio nuclear construido en el jardín de su casa, convencido de que aquella era la solución para cuando “apretaran el botón”, como se decía eufemísticamente. En otra ocasión, encendí el televisor antes de cenar y en el telediario estaban describiendo el estado apocalíptico en el que quedaría el planeta después de una conflagración atómica, durante lo que se conocía como “invierno nuclear”. Eso mismo mostraban también, con dibujos detallados y explicaciones precisas, las páginas de una revista que había leído días atrás mientras esperaba mi turno en la peluquería.

Durante el curso de 1986, más de una vez traté de explicarle a Andrés que por la cuenta que nos tenía no iba a haber una guerra atómica, posibilidad que a él no parecía asustarlo demasiado. Un atardecer de primavera, mientras veíamos llegar un tren sentados en los bancos de la estación, logré convencerlo de que los gobernantes de los USA y la URRSS no iban a utilizar las armas nucleares para aniquilarse a sí mismos y al resto del mundo, forzándose a terminar recluidos en claustrofóbicos refugios de eficacia incierta. Pero a continuación, mi amigo opinó que en cualquier caso sí las utilizarían de tener lugar una invasión extraterrestre, algo desde su punto de vista no del todo descartable. Aquello me inquietó un poco, pero como en ese momento la llegada de alienígenas beligerantes me parecía más remota (y además no era lo mismo destruirnos entre nosotros que hacer frente a un enemigo común), lo dejé pasar y me di por satisfecho con que estuviera de acuerdo conmigo en lo otro.

En junio de ese mismo año, poco después de finalizar el curso, mis padres, mi hermano y yo vinimos a pasar diez días a París, donde vivía un tío nuestro, casado desde hacía años con una francesa. Me costó decidirme a participar en el viaje, ya que sería la primera vez que salía de España y prácticamente de mi pueblo. Francia era Europa, era un país de gentes orgullosas y seguras de sí mismas y su capital una ciudad abierta, lejana e inabarcable, antitética al entorno cerrado pero acogedor en el que vivíamos, delimitado por unos montes verdes y frondosos y una ría en cuya boca se avistaba la línea brumosa del horizonte. Pero Francia era también la patria de Scaramouche, de Victor Hugo y de Alejandro Dumas, y además sabía que mis padres tenían razón cuando me decían que pasaría tiempo antes de que pudiéramos hacer un viaje similar y que los montes y la ría iban a seguir allí a nuestro regreso. Salimos del pueblo una mañana lluviosa, y en cuanto nos alejamos unos kilómetros, las dudas fueron quedando atrás a la vez que empezaba a pensar con creciente ilusión en lo que nos depararía el trayecto. Antes de llegar a Francia paramos en Burgos y dormimos en San Sebastián, luego seguimos la ruta de los castillos del Loira y pernoctamos en un albergue de Tours, y para cuando nos aproximábamos a París, tenía la impresión de llevar toda la vida viajando y de que la decisión de venir era la mejor que había tomado nunca. La violencia profesoral parecía muy lejana, los fantasmas pertenecían a otro contexto y la guerra atómica era un temor difuso, aunque seguía haciendo esfuerzos inconfesados para no pensar en ella. Sin embargo, en el momento de entrar en la ciudad, mientras veía por la ventanilla los edificios y las calles bordeadas de árboles, recordé haber leído en algún lugar que según la tercera profecía de la Virgen de Fátima, el mundo iba a llegar a su fin al concluir el siglo XX. También me vino a la cabeza un libro premonitorio publicado recientemente por un tal Charles Berlitz, cuyas funestas teorías coincidían con el vaticinio virginal ya que situaban la hecatombe en 1999. Noté un mareo y sentí el miedo con tanta fuerza como si fuera otro pasajero que viajaba junto a nosotros en el coche. No quería asustar a mis padres y mucho menos a mi hermano, por eso me callé aquellos pensamientos y seguí participando en la animada conversación. Algo me decía que, en realidad, quizá el mío no fuera un miedo del todo racional, e incluso si lo era y al final tocaba desaparecer en 1999, tal vez debería disfrutar de lo que la vida me estaba ofreciendo y podía ofrecerme hasta entonces. Pero el miedo seguía ahí y por algún motivo me veía forzado a sentirlo, como si aquello que lo provocaba pudiera hacerse real en el instante mismo de negar su posibilidad. Traté de encontrar una solución porque sabía que si no lograba arrinconarlo el miedo iba a terminar arruinándome el viaje. Mientras mi padre comentaba que nos acercábamos al aparcamiento subterráneo donde dejaríamos el coche, me pregunté cuántos años tendría yo en 1999. Después de calcular con los dedos descubrí que a finales de siglo sería ya un adulto de veintiséis. Eso me hizo pensar que probablemente resultara muy diferente afrontar el fin del mundo a los trece años que a una edad más madura, con una experiencia, una seguridad en uno mismo y una entereza mucho mayores. No lograba verme en el lejano 1999, pero en cualquier caso estaba convencido (o me esforzaba por estarlo) de que aunque terminaran cumpliéndose los peores augurios, yo no me iba a sentir tan desamparado como me sentía al conjeturarlos en el confuso 1986. Aquello me tranquilizó durante los minutos siguientes, el tiempo que nos llevó llegar hasta el aparcamiento, pero cuando iniciábamos el descenso hacia una de las plantas inferiores me asaltó otro temor: el más pequeño de mis primos tendría en 1999 una edad cercana a la mía en 1986, y por tanto se encontraría tan desprotegido ante lo que pudiera suceder como lo estaba yo entonces. Mientras veía deslizarse las paredes de cemento a los lados del coche traté de contener aquel miedo inesperado que aumentaba rápidamente de intensidad. Pese a ser incapaz de predecir mi vida futura, suponía que la madurez sería una de sus características incuestionables, así que esa madurez que a mí me daría entereza y aplomo me permitiría también transmitírselos a mi primo si el ocaso del siglo coincidía con el de la humanidad. Aquella conclusión me hizo sentirme mucho más tranquilo. Mi padre ya había aparcado y estábamos sacando las maletas del coche. Subimos al ascensor, y al cabo echamos a andar hacia el piso de mi tío por las concurridas calles de una hermosa ciudad en la que no podía imaginar que terminaría viviendo muchos años después.  

Lo que tampoco podía imaginar era que treinta años después iba a conocer allí un nuevo tipo de guerra, una guerra real que me lleva a recordar con una sonrisa aquellos temores lejanos, mientras cada día noto cómo se afianzan dos viejas certezas: la de que hay que pelear hasta el final porque más allá de los montes y la ría no existen los lugares seguros, y la de que tenemos que disfrutar cada minuto de nuestras vidas porque ese minuto puede ser el último. 

lunes, 11 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XII)

Don Jaime era un hombre culto, un erudito, un ilustrado. En sexto de EGB nos daba clase de Ciencias Naturales, en séptimo de Sociales y en octavo de Matemáticas y de Química. A mi hermano le daría también Lengua Española, y a un amigo mío le había tocado en Gimnasia (les mandaba dar vueltas al patio, una hostia al que se parara).

La clase de Ciencias tenía lugar los miércoles por la tarde, y don Jaime dedicaba el último cuarto de hora a leernos algún libro. Estos iban de lo soporífero (Juan Salvador Gaviota) a lo sublime (Capitanes intrépidos), nadie sabía por qué criterio se guiaba a la hora de escogerlos. Llegado el momento cerrábamos libros y libretas, guardábamos bolígrafos y lápices y don Jaime empezaba a leer con el aula en silencio, un silencio atemorizado y expectante. De vez en cuando interrumpía la lectura, se quitaba las gafas y le indicaba a algún alumno al que había sorprendido con gesto abstraído que se acercara hasta él. Eso nos llenaba de terror, nunca sabíamos a quién se refería, y cuando uno de nosotros se creía señalado, llegaba a preguntar con espanto: “¿yo?”. Pero don Jaime solía llamar a alguien sentado un par de pupitres más atrás, y respirábamos con alivio egoísta al verlo pasar camino de la tarima, de la que regresaba al cabo de unos segundos tras haber encajado una hostia que resonaba en toda el aula.

Un par de veces por semana, don Jaime se quedaba después de las clases para vigilar lo que conocíamos como “el estudio”, una hora suplementaria que podíamos pasar en el colegio, haciendo los deberes o estudiando para los próximos exámenes. El estudio empezaba a las cinco y media y tenía lugar en las dos aulas más amplias de la planta baja, aunque también se utilizaban a menudo las otras, en función de la gente que hubiera cada tarde. Aquellas aulas de mayor cabida acogían a más de sesenta alumnos y se llenaban siempre, de manera que para vigilarlas don Jaime cruzaba una puerta permanentemente abierta entre ambas, que le permitía recorrerlas de un lado a otro en rondas rápidas e ininterrumpidas sin necesidad de salir al pasillo.

Una fría tarde de diciembre, la semana anterior a las vacaciones de Navidad, Andrés y yo nos quedamos al estudio y nos sentamos en un pupitre del fondo, cerca del radiador. Delante de nosotros estaban los internos Negro y Pego, y el pupitre siguiente lo ocupaban Eladio y un tal Ignacio. Don Jaime vigilaba, por eso en cuanto cerró la puerta que daba al pasillo se hizo el silencio y todos empezamos a estudiar o a fingir que estudiábamos, aunque pronto empezarían a oírse los primeros rumores furtivos de conversación. Don Jaime hacía su ronda de un aula a otra, y cuando pasaba por nuestro lado yo sentía un escalofrío y procuraba mostrarme concentrado en la lección que tenía delante, ya que no era suficiente con estudiar sino que había que manifestarlo: de lo contrario, don Jaime podía pararse detrás de uno y sin previo aviso descargarle un golpe en la nuca o en la parte trasera de la cabeza. Había quien sabía que en un momento u otro terminaría cobrando, así que apoyaba la cabeza entre las manos y disimulaba un lápiz bajo una de ellas, de manera que cuando finalmente don Jaime le pegaba el predecible y traicionero hostiazo, se clavaba la punta en la palma de la mano. Aquella maña casi suicida tenía algo de heroico, ya que a continuación don Jaime solía coger al alumno transgresor y se lo llevaba a trompicones hasta su despacho (un cuartito en un extremo del pasillo al que llamábamos “la cámara de tortura”), y allí ajustaba cuentas con él.

Aquella tarde, la primera hostia sonó en un pupitre cercano cinco o diez minutos después de haber comenzado el estudio. Luego vino un rato de tranquilidad y silencio, alterados únicamente por las pisadas de don Jaime caminando de un extremo al otro del aula. De vez en cuando a Andrés y a mí se nos iba la vista hacia la ventana empañada, pero al momento retomábamos la lección, preguntándonos horrorizados si don Jaime había reparado en el momentáneo despiste. Habría transcurrido media hora cuando Eladio se levantó de su asiento aprovechando que nuestro profesor acababa de pasar al aula contigua, se metió debajo de la mesa, se puso a gritar y volvió a sentarse rápidamente ante el asombro de su compañero y de los pocos que llegamos a verlo. Don Jaime regresó de inmediato, subió a la tarima con estrépito y preguntó en tono amenazador quién había gritado. Nadie abrió la boca, así que don Jaime repitió la pregunta elevando la voz. Como seguíamos callados nos miró inquisitivamente a unos y a otros, buscando atisbos de culpabilidad en nuestros rostros atemorizados y tratando de leer en nuestras atribuladas conciencias. Entre tanta gente parecía muy difícil que pudiera dar con el alumno aullador. Sin embargo, aunque era la primera vez que se encontraba en una tesitura semejante, no se lo veía especialmente desconcertado. Imaginé la cara de póker de Eladio, ufano y probablemente henchido de satisfacción al creer que tenía a don Jaime cogido por las pelotas. Pero a esas alturas del curso ya debería saber con quién se estaba jugando los cuartos. Don Jaime volvió a preguntar quién había gritado, ahora seguro de que nadie iba a responder. Luego dejó pasar unos segundos, como si estuviera dándonos una última oportunidad, y a continuación anunció que les iba a pegar, uno por uno, a todos los alumnos reunidos en el aula, y de este modo el culpable acabaría recibiendo su castigo. Sentí un vacío en el estómago, el mismo que sin duda sentían Andrés y el resto de mis compañeros, aunque ninguno con tanta intensidad como Eladio, ante cuyos pies debía de estar abriéndose el suelo en ese momento. Miré con disimulo el reloj y vi que aún faltaban más de veinte minutos para el final del estudio: por mucho que fuéramos todos inocentes menos Eladio, por mucho que me pareciera que aquello no podía estar sucediendo, por mucho que nos encontráramos a un paso de las Navidades, en breve allí dentro iba a cobrar todo Cristo (con excepción de las chavalas, que no tenían más que acomodarse en sus asientos y disfrutar del espectáculo). Don Jaime se quitó las gafas y las dejó sobre su mesa, se paró en el centro de la tarima y le hizo una seña al alumno sentado en el primer pupitre de la primera fila. Éste resultó ser Hans, al que aquella misma mañana el Rantanplán le había pegado una sonada mano de hostias, con lo cual ese día cobraba a lo grande y por partida doble. Aunque Hans era duro como un ladrillo, a la tercera hostia se tambaleó ligeramente y luego volvió a su pupitre con las mejillas enrojecidas y el semblante imperturbable habitual, como si aquello hubiera sido gajes del oficio. A continuación le tocó el turno a Monchito, un chavalillo de gafas solitario y muy tímido que no se metía con nadie y en su vida había recibido una bofetada. Monchito, lívido, se levantó con dificultad del asiento, subió a la tarima como quien sube al cadalso, y tres o cuatro hostias después regresó a su pupitre con gesto angustiado y lágrimas en los ojos. El siguiente fue José Manuel, un vecino mío alto y desgarbado que en cuanto puso un pie en la tarima recibió cuatro bofetadas que casi lo mandan de vuelta al pupitre. Luego ya no me fijé en quién iba y venía, sólo pude oír una hostia tras otra, y por el medio pisadas vacilantes entre las filas de pupitres, resbalones sobre la madera de la tarima, topetazos contra el encerado, cuadernos y bolígrafos que caían al suelo por el nerviosismo de algún chaval que se levantaba al llegar su turno. Don Jaime se iba calentando: en vez de la tres o cuatro hostias iniciales ahora pegaba hasta cinco o seis, y si no fuera porque no debía de haber tarea más ingrata que aquélla, casi me habría parecido que disfrutaba con lo que estaba haciendo… Al cabo de largos minutos de pesadilla terminó de diezmar la primera fila y empezó con la segunda, al final de la cual nos sentábamos Eladio e Ignacio, Negro y Pego, y Andrés y yo. Pronto empecé a oír los susurros de los dos internos, que acuciaban a Eladio para que cantara pero no podían levantar la voz, ya que si don Jaime los oía daría por sentado que habían gritado ellos.

–Venga, cabrón, que está llegando a nosotros… –murmuraba Negro.

–Di que fuiste tú, mecagondiós… –mascullaba Pego.

Desde mi asiento no podía ver el rostro de Eladio, pero era fácil intuir que por primera vez en toda su vida se enfrentaba a algo parecido a un problema de conciencia. Aunque, en realidad, el problema no era tanto su conciencia como que si Negro y Pego terminaban cobrando por su culpa, las consecuencias para él podían ser aún peores que unas bofetadas de don Jaime. Sin embargo, Eladio era incapaz de dar el paso fatídico, y Pego empezó a empujarlo con la rodilla por debajo de la mesa. Después de unos instantes de patética indecisión y fútil  forcejeo, Eladio levantó la mano como si le pesara una tonelada y acertó a murmurar con un hilo decreciente de voz:

–Don Jaime, fui yo…

Don Jaime, dispuesto ya a aplastarle la cara al alumno siguiente (que volvió a sentarse sin acabar de creer la suerte que había tenido), le dirigió a Eladio una mirada escalofriante en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio, la satisfacción y el mal agüero. A una seña suya, Eladio se puso en pie y echó a andar entre los pupitres con el gesto vacío de quien se sabe camino del peor de los horrores. Antes de subir a la tarima tropezó con el bordillo, luego se paró delante de don Jaime y éste le pegó las cuatro o cinco hostias de rigor y cuatro o cinco más: poseedor de un retorcido sentido de la justicia, nuestro profesor estaba visiblemente enojado, ya que por culpa de Eladio habían recibido todas aquellas bofetadas muchos de sus compañeros. Cuando terminó de sacudirle se lo llevó por la puerta que conducía al pasillo y de ahí, inexorablemente, a la cámara de tortura. En ese momento a ninguno nos preocupaba lo que pudiera ocurrirle a Eladio, pero al mismo tiempo agradecí que don Jaime hubiera cerrado la puerta al salir, ahorrándonos así el tener que oír las hostias que probablemente empezara a pegarle ya pasillo adelante. En el ambiente cargado del aula se respiraba el desaliento de los alumnos de la primera fila y parte de la segunda, y el alivio del resto. No tardó en venir otro profesor a vigilar los minutos finales del estudio, tiempo muy breve para quienes habíamos tenido la suerte de salir bien parados. Mientras nos levantábamos y guardábamos libros y libretas me fijé en Monchito, que recogía sus cosas en un pupitre individual al otro extremo del aula. Cuando iba a la biblioteca municipal con Andrés o con Darío también lo veía siempre solo, estudiando o leyendo en una de las mesas más apartadas con gesto concentrado y, a decir verdad, bastante triste. Sin saber exactamente por qué, aquella imagen me producía invariablemente una profunda pena. De algún modo, la mirada de Monchito se correspondía con algo que yo llevaba dentro desde siempre, una especie de tristeza soterrada y permanente que sentía que me desgarraba cada vez que salía a la luz. Esto solía suceder ante situaciones que entonces me parecían revestidas de una crueldad intolerable, como cuando un profesor le pegaba a un chaval hasta hacerlo llorar por haberse mojado los pantalones en un charco, o cuando a un alumno interno le partían la cara por algún motivo insignificante, y ese mismo día otro profesor lo castigaba a quedarse en el colegio todo el fin de semana. Andrés y yo nos pusimos los anoraks, cargamos a la espalda las carteras y echamos a andar hacia la salida para disfrutar del atardecer de invierno y la cercanía de las vacaciones. Pero antes de llegar al pasillo le dije que esperara un momento, luego me acerqué hasta Monchito y le pregunté si quería venir al pueblo con nosotros. A nuestro compañero se le iluminó el rostro en una expresión de timidez, sorpresa y alegría que nunca le había visto antes. Terminó de guardar sus libros, salimos del colegio en medio de otros grupos, y unos minutos después Andrés, él y yo nos perdíamos por las animadas calles del pueblo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

SOUS LE CIEL DE PARIS


El bullicioso barrio de Montmarte, donde mi mujer tiene una tienda, silencioso y vacío. El tiempo tormentoso, el hastío, el volver a vivir lo vivido. Sus lágrimas cuando hace cinco semanas estalló una bomba en Ankara, su rabia y su desprecio contra quienes organizaron el atentado y contra quienes permitieron que se llevara a cabo. El tono reposado con el que, tiempo atrás, me contó que hace treinta años uno de sus hermanos mayores, miembro voluntario de una guerrilla kurda, falleció durante un combate en la frontera entre Turquía e Irak. Sus ocasionales silencios, que como dice mi madre son los mismos en los que se sumía mi abuelo a lo largo de los años posteriores a la guerra civil. Su falta de miedo hoy, sus recuerdos de infancia raramente invocados: el silbido de las balas por delante de las ventanas, la presencia constante de militares, las continuas idas y venidas, las familias vecinas con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el aprender a no decir nada, el duelo permanente de jóvenes y adultos.
***
El respeto de algunos automovilistas ante el tráfico cortado durante la manifestación que se organizó en París después del atentado de Ankara y el sonido de los cláxones de otros, mientras en el aire de aquella agradable tarde de otoño se respiraba que en cuestión de meses (que al final resultaron ser semanas) algunos de los allí presentes, independientemente de nuestros orígenes, formaríamos parte del siguiente balance de heridos y muertos. La presencia policial nada rutinaria en los puntos del metro más insospechados, cubriendo entradas y salidas con una mirada nueva y cargada de significado mientras los usuarios les echamos una rápida ojeada y bajamos la vista al pasar frente a ellos. La ausencia de reservas para los próximos meses en el hotel donde trabajo, las continuas anulaciones de otras que fueron hechas antes del trece de noviembre. El gesto grave en el rostro del repartidor de ropa limpia desde que la noche del viernes se quedó bloqueado con el camión de camino a un hotel del distrito 10 y oyó los disparos. La tristeza en la mirada de gentes a las que trato cada día y la frivolidad y la despreocupación en la de otras, las opiniones sensatas e inteligentes y las estúpidas o interesadas. La certeza de que en los próximos meses a padres, cónyuges o hermanos de muchos de nosotros se los informará del fallecimiento de algún pariente en un atentado, y de que eso no va a suceder únicamente en Francia, Bélgica, Turquía o Malí. La descripción minuciosa durante los informativos de la batalla campal en el piso de Saint-Denis entre policías y terroristas, que cabe calificar de heroica por parte de los primeros. Las llamadas telefónicas de familiares y amigos, las sonrisas y el sentido del humor y las ganas de vivir, como si la vida tuviera un sabor renovado ahora que sabemos mejor que nunca que la vida no vale nada. Las voces de la gente paseando por las calles, las luces del barrio que empiezan a encenderse al caer la tarde, el sonido de los trenes que van y vienen de París al final del día o al comienzo de una nueva jornada.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

SCHOOL DAYS (XI)

A mediados de la década de los ochenta, durante los cursos de sexto, séptimo y octavo de EGB utilizamos en la asignatura de Lengua Inglesa unos manuales que se llamaban “Ready, Steady, Go!” y lucían en la portada dibujos de la bandera del Reino Unido. Las lecciones que íbamos siguiendo a través de sus páginas nos transportaban a una atrayente atmósfera británica, algo siniestra pero al mismo tiempo acogedora, y en realidad no muy lejana de la de aquella comarca atlántica verde y lluviosa donde estaba nuestro pueblo. También nos resultaba familiar el ambiente de las series de televisión inglesas que se emitían entonces: la bajamar en amplias playas otoñales, los cielos nublados, los prados y los bosques, la frondosa vegetación bordeando caminos perdidos entre los montes, los sillones tapizados junto a la chimenea, las ventanas por las que se veía discurrir la lluvia, tenían su correspondencia en los paisajes que transitábamos día a día y en los edificios donde vivíamos o donde estudiábamos. Muchos de los libros de Agatha Christie o de Arthur Conan Doyle que Darío y yo cogíamos al caer la tarde en la biblioteca municipal estaban protagonizados por gentes en cierto modo similares a las que tratábamos a diario. Entre nuestros vecinos era fácil distinguir rasgos que nos traían a la cabeza los rostros familiares de un Richard Harris o un Gordon Jackson, y las señoras que trabajaban en los comercios del pueblo me recordaban inevitablemente a grandes damas del cine británico como Kay Walsh, Anne Crawford o Rona Anderson. Cuando pasaba por delante de sus tiendas, me detenía un instante y las contemplaba disimuladamente con una mezcla de nostalgia y admiración, como si fueran el paraíso perdido. Si alguna levantaba la vista y me sonreía, yo no sabía cómo responder: enrojecía, bajaba la cabeza, aceleraba el paso, me sentía al mismo tiempo feliz y desdichado y me identificaba con aquellos atribulados chavales de las viejas películas de los años cincuenta que emitían en televisión los sábados por la tarde.
 
Empezaba a ponerse de moda estudiar inglés, y nuestros padres se esforzaban para que pudiéramos aprender una lengua fundamental que sin embargo ellos desconocían. El último grito era el curso televisivo “Follow Me”, presentado con británica desenvoltura por el gran Francis Matthews. Nuestros primos de Lugo o de La Coruña disfrutaban de profesores nativos que iban a darles clases particulares a casa, pero los que vivíamos en el pueblo teníamos que conformarnos con lo aprendido en el colegio, donde éramos metódica y sistemáticamente apaleados hasta que nos iba entrando un poco de todo aquello.

Otro que también tenía un aspecto inconfundiblemente británico era el Rantanplán. Con aquel rostro de gesto adusto, aquellos chalecos castaños de punto, aquellos antebrazos recios y velludos y aquella mirada que caía sobre el alumno señalado como una sentencia de muerte, nuestro profesor de Inglés y de Gallego encajaba con total espontaneidad en un entorno de luces y sombras en parte real, y en parte creado por nosotros mismos a partir de unas imágenes televisivas y literarias que, sin ser apenas conscientes de ello, nos cautivaban.

Aunque solía dictar apuntes, el Rantanplán se guiaba en sus clases por el libro de texto. De vez en cuando traía las cintas complementarias al manual del profesor, y durante un cuarto de hora nos hacía escuchar la pronunciación de determinadas frases o las canciones que introducían algunos capítulos. En esas ocasiones, casi resultaba entrañable ver a un pájaro como el Rantanplán poniendo y sacando cintas, rebobinando o pasando hacia adelante, y escuchando con atención y creciente cabreo para saber si había dado al fin con la puñetera canción que andaba buscando. Mientras ésta sonaba el interés de algunos alumnos se desvanecía poco a poco, y siempre había quienes terminaban desconectando por completo y entablaban una animada conversación en voz baja. Solían ser dos internos o dos tipos duros de alguna aldea de los alrededores, sentados en una zona del aula donde el Rantanplán no podía verlos aunque sí oírlos, de manera que intuía con paulatina irritación que algo estaba sucediendo, pero no lograba situarlo. A veces, el Rantanplán se giraba en el instante en que uno de ellos sonreía, así que se lo tomaba como una afrenta y se abalanzaba enfurecido sobre el alumno mientras en el magnetofón seguía sonando la cancioncilla de marras. Aquellas agresiones tenían un toque barriobajero que las diferenciaba de las más rutinarias de otros profesores: al Rantanplán se le escapaban juramentos mientras asestaba un golpe tras otro, el chaval se cubría a la desesperada aunque con cierta habilidad para proteger la cabeza, y el Rantanplán, tratando de que no se le escabullera, le sacudía con todas sus fuerzas en la espalda y el costado, por momentos aquello parecía una escena de William Hogarth.

Una mañana de mediados de curso, en octavo de EGB, leímos al comienzo de una lección varias viñetas que resumían El mercader de Venecia. En septiembre, poco antes de empezar las clases, yo le había echado un vistazo al libro de texto y me había adentrado con interés en alguna de sus lecciones. Pero al llegar a aquella parte tuve que dejarlo a un lado porque sufrí un inesperado bajón de tensión, impresionado por el argumento de la obra: en la Venecia del siglo XVI, el joven Antonio le pide un préstamo al usurero judío Shylock para ayudar a su amigo Bassanio, que quiere casarse con la bella Porcia. Shylock acepta dejarle el dinero, pero a cambio le exige que si no puede devolvérselo en la fecha acordada deberá pagarle con una libra de su propia carne, cortada de la parte del cuerpo que Shylock desee. Después de leer aquello casi pude sentir el frío del cuchillo sobre mi propio pecho desnudo. Al preguntarme qué parte del cuerpo sería la más propicia para llevar a cabo el proyecto de Shylock noté que me desvanecía, así que me levanté precipitadamente y avancé a trompicones hasta el sofá más cercano, donde me tumbé y respiré hondo hasta que poco a poco me fui encontrando mejor. Me preocupó que algún día fuéramos a estudiar aquella lección en clase. Pero aún faltaban varios meses para eso, y además llegado el momento quizá el Rantanplán se saltara el texto de introducción y pasara directamente a las explicaciones gramaticales, como había hecho a menudo el curso anterior. Sin embargo, el momento había llegado y esta vez el Rantanplán parecía decidido a leer el texto entero y a traducirlo a continuación con lo que consideré una lamentable indiferencia hacia lo que allí estaba en juego. Volví a sentir un mareo. Me di cuenta de que meses atrás, en casa, todo había sido muy rápido porque había tenido la posibilidad de cerrar el libro, tumbarme y reponerme, mientras que ahora aún faltaba un buen rato para el final de la clase y yo estaba sentado sin poder moverme del pupitre con las palabras del Rantanplán resonando dentro de mi cabeza. Al mirar alrededor vi a dos internos charlando, a Andrés pensando en sus cosas, a las chavalas más o menos atentas a la lectura y a todo el mundo desinteresado por la suerte que pudiera terminar corriendo Antonio (el Antonio de la pieza shakespeariana, quiero decir). Tuve la certeza de que si no me tumbaba de una vez iba a perder el conocimiento, por eso le pedí permiso al Rantanplán para salir un momento. Debía de presentar un aspecto preocupante, ya que me lo concedió sin ninguna objeción. Me puse en pie y conseguí avanzar entre los pupitres hacia una de las puertas del aula, consciente de que el Rantanplán había interrumpido la lectura y todos mis compañeros me estaban observando. Pero lo único que me importaba era llegar hasta la puerta y salir al pasillo, donde podría tumbarme y descansar con el frío de las baldosas bajo las manos y el aire fresco del exterior en el rostro. Veía filas de pupitres difusas y sólo prestaba atención a la puerta, hacia la que lograba aproximarme poco a poco. Ya distinguía el pomo metálico cuando oí al Rantanplán preguntarme si quería que algún compañero me ayudara. Murmuré afirmativamente, y pude percibir una silueta que se levantaba sin pedirle permiso al profesor y avanzaba a toda prisa en mi dirección. Pero no supe de quién se trataba, porque antes de que llegara hasta mí sentí como si el aula diera la vuelta, así que intenté apoyarme en lo que me pareció el pupitre más cercano y un instante después perdí el conocimiento.