lunes, 15 de junio de 2015

TEACHER TEACHER

Cuando estudié tercero de BUP a principios de los noventa, nos dio clase de Lengua Gallega una profesora de unos treinta y cinco años en la que me había fijado alguna vez antes, al verla comiendo en el bar, de guardia en la biblioteca o entrando en un aula. Como la mayoría de sus compañeros vivía en La Coruña, y al parecer ése era su último año en el instituto. Su rostro agradable y sonriente, de mirada inteligente y algo irónica (se parecía un poco a Dana Wynter), la alejaba del estilo combativo y montaraz al que estábamos acostumbrados, después de duras experiencias con otras profesoras de la misma asignatura en cursos anteriores. El primer día de clase nos repartió un test para determinar nuestro nivel de gallego y hacerse una idea de las obras literarias escritas en esa lengua con las que estábamos familiarizados. El interés que mostró al comentar en voz alta las respuestas, y la admiración que transmitía por los autores mencionados, me hicieron pensar que tal vez habíamos dado al fin con un profesor digno de tal nombre. Pero pronto llegaron las clases politizadas, los comentarios tendenciosos y maniqueos y las bromas frecuentes, no siempre de buen gusto, a quienes consideraba enfrentados a su forma de sentir determinados asuntos de actualidad. Asuntos que en aquel momento, con aquella edad y otras preocupaciones mucho más acuciantes, nos importaban bien poco a la mayoría de nosotros. En los últimos tiempos, la vida se había convertido para mí en una larga jornada hacia la noche, en el invierno de mi infortunio, en un cuento lleno de ruido y furia con final incierto. Había repetido segundo y tercero de BUP, era mi quinto año en el instituto y sabía que si ese curso no pasaba a COU, no lo iba a conseguir nunca. De los cuatro anteriores, sembrados de exámenes lamentables, toneladas de suspensos, expulsiones de varios días y enfrentamientos con profesores y alumnos, arrastraba una inseguridad permanente, un acuciante sentimiento de culpa, una completa falta de autoestima, y la certeza de que la única forma de salir de aquella dinámica era aprobar los dos cursos que me quedaban y dejar atrás unos años desastrosos que me hubiera gustado no vivir.

Al cabo de pocas semanas, tuve que admitir que a la profesora de Gallego no se le podía negar un cierto sentido del humor punzante y algo retorcido, que le daba un apreciable soplo de riesgo a sus clases. Durante los debates y las discusiones que surgían a menudo, nadie sabía quién iba a ser blanco de su ironía. Hasta el alumno más seguro de sí mismo podía acabar tragándose sus propias palabras, después de que cayeran sobre él un par de argumentos demoledores aderezados con unas gotas de fina guasa. Por otro lado, su entusiasmo al comentar y esclarecer los textos me llevaba a interesarme por unas obras y unos autores a los que nunca se me había ocurrido leer antes. Haciendo un esfuerzo que consideré sobrehumano, una mañana conseguí olvidar mi pánico a hablar en público y me atreví a participar, con una voz nerviosa que imaginé amariconada y un gallego mediocre que imaginé ridículo, en uno de aquellos debates, suponiendo que la profesora me mandaría callar en seguida echando mano de alguna agudeza burlona y cortante. Pero me quedé boquiabierto al comprobar que mi opinión parecía interesarle tanto como la de cualquier otro, a juzgar por su gesto de atención mientras me escuchaba y por los razonamientos precisos que esgrimió para rebatirla en cuanto terminé de hablar. La semana siguiente, me devolvió un comentario de texto con una sonrisa y unas palabras de felicitación que me sentaron como una caricia a un perro apaleado. A partir de aquel momento, me sorprendí participando a menudo en sus clases sin dar importancia a los ocasionales zarpazos dialécticos de la profesora. Y al terminar la primera evaluación, sin saber muy bien cómo, logré hacer un examen de Gallego bastante más presentable que cualquiera de los perpetrados hasta entonces.

Ese mismo año llegó al instituto, recién salido de la universidad, un profesor de Griego y Latín que nos tocó en esta última asignatura. Era un fulano tirando a guapo, lo que en principio le otorgó cierto éxito entre el alumnado femenino: un guapo de portada de disco malo que lucía camisa abierta hasta el ombligo y cuando se ponía por encima una chaqueta parecía que la llevara a pelo sobre el torso desnudo; un andoba con engañoso aspecto de buen chaval (falsa torpeza, ingenuidad fingida) que jugaría al fútbol en los partidos de profesores y alumnos y bailaría con las alumnas en las fiestas celebradas antes de las Navidades o las vacaciones de carnaval; un elemento que se llamaba Francisco pero que, buscando una forzada familiaridad con los alumnos, nos dijo que podíamos llamarlo, ehem, Paco; un pájaro que solía llegar tarde a las clases, improvisaría exámenes y puntuaría en función de cómo se entendía con cada alumno y no del trabajo hecho; un tipo altanero y despectivo con facilidad para la provocación y la amenaza, especialmente a los chavales más impopulares e inseguros: una mezcla muy peligrosa de empollón y macarra de pueblo que muy pronto nos iba a putear bien puteados a más de uno.

Hacia la mitad de la segunda evaluación, empezamos a ver en todo momento a Paco cerca de la profesora de Gallego. Durante los recreos se reclinaba a su lado contra la barra del bar, intentaba pagarle el café y trataba de participar en sus conversaciones con los compañeros de seminario, provocando la incomodidad de alguno y la irritación de la mayoría, que intercambiaban miradas de horror o ironía y lanzaban comentarios abiertamente sarcásticos como réplica a sus intromisiones. Luego la seguía por escaleras y pasillos de vuelta a las aulas, y en las pausas entre dos clases, incapaz de interpretar su gesto de enojo contenido, la acompañaba hasta la sala de profesores buscando una comunicación que no iba a producirse. Aquel pobre diablo no tenía una sola posibilidad con ella. Pertenecían a mundos distintos, eran como miembros de dos especies diferentes. Paco debió de molestar a la profesora de Gallego durante un par de semanas y dejó de hacerlo, brusca y definitivamente, después de la comida que los profesores organizaban cada año, el viernes anterior a las vacaciones de Semana Santa, en el bar del instituto.

Aquella tarde mi amigo Miguel y yo nos acercamos hasta allí a primera hora, tal vez porque habíamos quedado con alguien en el barrio de las afueras donde estaba el edificio, a un paso de la desembocadura del río y los bosques de los alrededores. Miguel era un tipo de una pieza que jugaba muy bien al balonmano, se parecía un poco a Bruno Lomas (la misa risa espontánea, el mismo toque chulesco, la misma masculinidad desbordada) y volvía locas a las chavalas del pueblo, lo que sentaba muy mal a sus antiguos compañeros de clase. Tenía dos años más que yo y repetía por tercera vez primero de BUP cuando entré en el instituto, de modo que coincidimos en la misma aula, nos entendimos bien desde el principio, y pronto nos hicimos amigos. Aunque ese curso conseguimos aprobar en septiembre, el siguiente sería desastroso para ambos. Así que él terminó dejando el Bachillerato y se matriculó en un centro de FP de Ferrol, donde le faltaba poco para concluir sus estudios.

Cuando llegamos al instituto, todavía estaban allí los profesores y también algunos alumnos y las jugadoras del equipo local de baloncesto, que esperaban por el entrenador sentadas en los bancos de la entrada. Nosotros nos reclinamos contra la barandilla del jardín contiguo, desde donde se veía el interior de la planta baja. Unos minutos después, los profesores empezaron a salir del bar: comenzaba la parada de los monstruos, el baile de los vampiros, la sucesión anual de escenas costumbristas y pretendidamente entrañables en la que docentes arrogantes y envarados le hablaban de tú a tú al camarero del bar, profesoras clasistas y despectivas bailaban con la señora de la limpieza, compañeros que se odiaban a muerte charlaban con total cordialidad como si esa noche planearan irse de copas juntos. Por un momento la entrada del instituto se llenó de gente, hubo cierta confusión y algunos traspiés entre profesores, alumnos rezagados y baloncestistas. La profesora de Gallego fue de los últimos en salir. Reía a carcajadas, se veía que había pasado un buen rato, y ahora despedía a unos y otros y miraba divertida a su alrededor, como si no recordara dónde había aparcado su Seat Ibiza rojo. Lo localizó al fin, y se disponía a cruzar la carretera cuando se fijó en Miguel y en mí, y para mi asombro se paró sonriendo delante de nosotros. Unos años antes le había dado clase a Miguel, y aunque habían tenido sus diferencias, en general mi amigo guardaba un buen recuerdo de ella. La profesora también lo recordaba, me pareció que le había sorprendido gratamente descubrir que éramos amigos. Le preguntó qué tal le iban las cosas, se alegró de saber que le iban bien y luego pasó a hablar conmigo, ignorando, como de costumbre, mi inquebrantable timidez y mi dificultad para expresarme en determinadas situaciones, como si no existieran tales obstáculos o allí no hubiera lugar para ellos. Fue una conversación breve pero muy agradable; quizá por eso, mientras la veíamos alejarse hacia el coche después de despedirse de nosotros sentí algo parecido a la nostalgia. Era una sensación similar a la que me invadía cuando terminaba el curso y me despedía de alguna alumna de fuera del pueblo con la que había hecho buenas migas durante las últimas semanas, o cuando en clase nos mandaban sentarnos por orden de lista y me tocaba al lado de alguna compañera que a los pocos minutos de conversación empezaba a resultarme simpática y atractiva, pese a verla todos los días charlando y riendo con algunos de los fulanos que peor me caían del instituto. Miguel y yo observamos a la profesora mientras llegaba hasta el coche, sacaba las llaves del bolso y separaba las del vehículo. Se la veía contenta y algo achispada, para ella debía de ser uno de esos raros días en los que todo sale bien, en los que las cosas van como deberían ir siempre. Abrió la puerta, dejó el bolso y la chaqueta en el asiento de la derecha, e iba a entrar cuando Paco se acercó y se paró detrás de ella. Yo ya lo había visto unos minutos antes, hablando con un grupo de profesores sobre los que tenía ascendiente desde el comienzo del curso, y ahora llevaba escrito en la cara que en breve pensaba dar la campanada, que se aproximaba su momento de gloria. La profesora se volvió al oírlo llegar, y su rostro risueño se ensombreció en cuanto descubrió de quién se trataba. Me dio pena ver cómo aquel imbécil estaba a punto de arruinarle la tarde; por ese motivo, más que otras veces tuve ganas de cruzar la carretera y pegarle un rodillazo en las pelotas a Paco. Pero ya ella se encargó, metafóricamente, de hacerlo: no pudimos oír sus palabras pero vimos su expresión mientras las pronunciaba, una expresión indignada y despectiva, dura y algo cruel, que nunca había mostrado en clase; era la expresión de alguien que alguna vez sufrió y ahora sabía hacer sufrir si lo consideraba necesario, que había vivido y había aprendido a defenderse, o que quizá supo defenderse ya desde el principio. A continuación subió al coche, cerró la puerta de golpe, arrancó y salió marcha atrás sin apenas mirar el retrovisor: fue un gesto algo teatral pero decididamente entrañable, aunque pudo costarle caro de pasar otro vehículo en ese momento. Pero hubo suerte y el coche giró en medio de una carretera despejada, como si todos los conductores de la zona hubieran acordado dejarle el paso libre a la gran dama en la que durante aquellos gloriosos instantes se había convertido nuestra profesora. Luego se puso el cinturón de seguridad y salió en dirección a La Coruña a la velocidad habitual, como si ya no estuviera alterada y el difunto Paco nunca hubiera existido, mientras Miguel y yo sonreíamos admirados sin perderla de vista. Era una tarde de primavera fresca y agradable. Faltaba menos de una evaluación para terminar el curso, y por primera vez en mucho tiempo parecía posible llegar a junio con todas las asignaturas aprobadas. Al reparar en que después ya no volvería a ver a la profesora de Gallego tuve ganas de marcharme del instituto cuanto antes, de rematar lo que me quedaba por hacer allí y descubrir otros lugares y conocer a gente diferente a la que me correspondía tratar a diario. Tal vez por eso, mientras ella se alejaba le deseé de todo corazón que los dioses celtas le fueran favorables el resto de su vida. 

lunes, 25 de mayo de 2015

CAMELOT

Cuando el rey Arturo partió al mando de su ejército hacia el norte de Gales, donde iban a enfrentarse con las tropas del rey Rience, dejó en la corte de Camelot a sir Meliagaunt y al anciano caballero sir Blamor de Ganis, para que mantuvieran el orden durante su ausencia. Pero sir Meliagaunt no tardó en intentar seducir a la reina Ginebra, a la que al mismo tiempo acusaba de ser infiel al rey con sir Lanzarote del Lago, que había partido junto a Arturo. La reina sabía que sir Meliagaunt había violado a una doncella de la corte y también, en compañía de sus hombres, a varias campesinas de los alrededores. Pero no quería que aquellas noticias interrumpieran una campaña como la que estaba teniendo lugar, y temía además que llegaran a oídos de su marido nuevos rumores de sus amores con sir Lanzarote. Así que le explicó lo sucedido a sir Blamor, y éste se dispuso a obrar del mismo modo que sir Lanzarote cada vez la reina había sido acusada anteriormente de traición: desafiando al caballero acusador y obligándolo en combate justo a reconocer su error, o de lo contrario matándolo. Pero sir Blamor tenía pocas posibilidades de vencer a sir Meliagaunt, y la reina le dijo que de perecer él peligrarían también la vida de ella y tal vez la estabilidad del reino. Sir Meliagaunt no tardó en comprender que algo atribulaba a sir Blamor, y en cuanto tenía ocasión se dirigía a él de manera desdeñosa y desafiante. A éste le resultaba difícil contenerse, pero en su interior admitía con pesar que la reina tenía razón al rogarle prudencia. Por la noche, en la soledad de su alcoba, ella soñaba con Lanzarote y pensaba en cuán equivocado había estado Arturo al haber dejado a sir Meliagaunt en su lugar. Mientras tanto, a Camelot llegaban continuas protestas por los desmanes del caballero: los campos quedaban arrasados después de cada nueva cacería, las mujeres eran constantemente ultrajadas, los campesinos maltratados, y el hijo de una de ellos había muerto arrollado por los caballos de una partida de cazadores.

Un lluvioso atardecer de febrero, la esposa de sir Blamor lo encontró silencioso y taciturno durante la cena. Más tarde, cuando ella se hubo retirado, sir Blamor pasó un rato sentado frente a la chimenea, contemplando el resplandor de las llamas. Luego se puso en pie, hizo llamar a su escudero y le habló durante unos minutos, y a continuación el sirviente fue hasta las caballerizas y ensilló su caballo, salió del  castillo, cabalgó hacia una aldea cercana y entró en una posada en la que apenas quedaba gente a esa hora. Después de intercambiar unas palabras en voz baja con el patrón, éste lo condujo a la cocina, donde siguieron hablando a puerta cerrada. Terminada la entrevista, el escudero salió del local y regresó al castillo para explicarle a su amo el resultado de aquella reunión. La noche siguiente, a la misma hora, volvió a la posada y el patrón le señaló una mesa al fondo en la que cenaban cuatro hombres de los alrededores, a los que se unió el escudero. Media hora después, les entregaba una bolsa y los citaba en el mismo lugar al cabo de ocho días.

A lo largo de varias noches, apostados bajo los árboles y ocultos entre la espesura, los cuatro hombres vigilaron el camino que conducía hasta el castillo de sir Meliagaunt. Más tarde o más temprano éste se dirigía invariablemente hacia la aldea en compañía de cinco o seis sirvientes, armados y a cara descubierta, y unas horas después, con la primera luz del amanecer, cabalgaban de regreso quitando de en medio a los vecinos que acudían a sus trabajos siguiendo aquella misma ruta. Los cuatro hombres se sentían impulsados a actuar, pero los frenaba tanto su inferioridad numérica como el temor hacia sir Meliagaunt. Cuando faltaban dos días para el encuentro con el escudero, poco antes de la salida del sol, lo vieron regresar en solitario tambaleándose sobre el caballo. Al momento cayeron sobre él cuchillo en mano y lo derribaron de su montura antes de que fuera consciente de lo que estaba sucediendo. Sir Meliagaunt trató de ponerse en pie a la vez que llevaba la mano a la espada, pero estaba demasiado ebrio y pronto lo derribaron de nuevo y se le echaron encima. Los cuatro hombres lo degollaron después de asestarle infinidad de puñaladas, ya que todos tenían alguna hermana cuya honra había sido mancillada por el caballero, y lo dejaron tendido en un charco de sangre cerca de la linde del bosque, donde pastaba su caballo. 

Pasados unos minutos, un grupo de campesinos que salían de la aldea se toparon con el cadáver y corrieron hacia Camelot para comunicar su descubrimiento. Parecía evidente que la muerte de sir Meliagaunt no había sido consecuencia de una disputa entre caballeros, sino una felonía cometida por gentes de baja condición. Pero a pesar de la gravedad del crimen, sir Blamor no iba a llevar muy lejos las pesquisas para averiguar la identidad de los asesinos. Dos días después, los cuatro hombres se presentaron a una hora avanzada en la posada, donde los esperaba el escudero con otra bolsa. Cumpliendo lo acordado, se marcharon de la aldea sin dilación y nadie volvió a saber de ellos.  

sábado, 18 de abril de 2015

EL CABALLERO Y LA DAMA

Sir Gareth se puso en pie con esfuerzo ayudándose del estribo de su caballo. Estaba herido en el pecho. Frente a él, sobre la hierba empapada de sangre, yacían los cadáveres de su escudero y de los tres salteadores que los habían atacado. En el fondo del valle distinguía ya las casas de la aldea. Allí le curarían la herida y podría mandar a alguien para que se hiciera cargo del escudero. Envainó la espada. Se quitó la capa y cubrió con ella al hombre que había embarcado con él en Portsmouth cuatro años antes, que lo había acompañado durante la sangrienta campaña de Francia, y que cabalgaba a su lado de regreso después de haber desembarcado en tierra inglesa días atrás. Le dio la espalda. Intentó montar a caballo, pero el dolor se lo impidió y tuvo que apoyarse en el lomo del animal. Pasados unos segundos, echó a andar hacia el valle tirando de las riendas. Se internó en un bosque atravesado por un sendero, se detuvo bajo los árboles y observó la herida entre los intersticios de la cota de malla. Levantó la vista hacia el cielo cubierto. Tenía que llegar a la aldea antes de que estallara la tormenta. Oyó pisadas que se aproximaban y se volvió con la mano en la empuñadura. Una mujer apartó unas ramas al borde del sendero, avanzó unos pasos y se reclinó, a punto de desfallecer, sobre el tronco caído de un árbol. Era joven, tendría su misma edad, y parecía una dama, a pesar de sus ropas rasgadas y de su cabello desgreñado. Sir Gareth se acercó hasta ella. La dama trató de retroceder, pero fue incapaz y se dejó caer contra el árbol. Sir Gareth tuvo que sujetarla por los hombros para evitar que se viniera abajo.

–¿Qué os ha sucedido? –preguntó. La dama tomó aliento.

–Viajábamos hacia el norte –respondió, evitando mirarlo a la cara–. Hace unas horas, unos salteadores nos salieron al paso y mataron a mi marido y a nuestros sirvientes.

A Sir Gareth le sorprendió que la dama fuera la única superviviente, y que no hubieran dado ya con su pista.

–No temáis, hay una aldea cerca –dijo.

Caminaron hacia la linde del bosque. Sir Gareth pudo ver entre los árboles las figuras distantes de un grupo de campesinos que se alejaban en dirección al valle. Aceleró la marcha, pero la dama trastabilló y acabó cayendo. Sir Gareth retrocedió. Se agachó con dificultad y notó una punzada en el pecho mientras la ayudaba a levantarse. Al sentir su olor y su respiración entrecortada, imaginó lo que habrían hecho con ella los bandidos de no haber logrado huir. Sujetó las riendas y acercó el caballo para que montara. La dama se detuvo con un gesto aterrorizado cuando oyeron ruido de cascos más allá de la curva que acababan de dejar atrás. Sir Gareth se volvió y desenvainó la espada. Después de aguardar un momento, vio a dos jinetes que cabalgaban por el interior del bosque hacia donde se encontraban ellos. Sus ropas estaban arrugadas y cubiertas de polvo, pero también eran gente de calidad. Debían de haber recorrido un largo trecho para llegar hasta allí. A pesar de su aspecto fatigado, Sir Gareth podía leer la determinación en sus ojos, que parecieron encenderse en cuanto identificaron a la dama. Ésta se llevó la mano a la boca y ahogó un grito al reconocerlos. El caballero que iba en cabeza le hizo una señal a su compañero y desmontaron, luego se dirigió a Sir Gareth.

–Entregadnos a esa mujer –exclamó.

Era un hombre maduro de semblante cansado y reflexivo. Sir Gareth creyó reconocer su voz y tuvo la impresión de haberlo visto antes. El porte de aquellos caballeros no coincidía con lo que la dama le había dicho de sus atacantes. Se situó frente a ella y trató de disimular la herida desplazándose levemente bajo la sombra de un árbol. Estaba preparado para asestar el primer golpe.

–Ha sufrido un asalto –repuso–. Seguirá conmigo hasta la aldea.

El caballero más joven llevó la mano a la espada, pero su compañero se interpuso antes de que pudiera desenvainar y retuvo su antebrazo. Había visto la duda en la mirada de Sir Gareth, y parecía decidido a resolver la situación sin que fuera necesario un enfrentamiento.

–Soy Sir Lionel de Maris y éste es mi hijo, Sir Hector. Nuestro castillo está al sur, a dos días de camino de aquí.

Sir Gareth bajó la espada al reconocer a un viejo conocido de su padre al que había visto muchos años atrás, cuando era niño, aunque su interlocutor no daba muestras de recordarlo a él.

–Esa mujer ha matado a mi otro hijo, su marido –siguió el caballero.

–¡No le creáis! –exclamó la dama–. ¡Está mintiendo!

–Es ella quien miente. Llevaba varias semanas viendo a su amante cuando mi hijo los sorprendió y lo mató. Pero antes de que pudiera volverse, ella lo apuñaló por la espalda y luego huyó con la complicidad de su doncella. Hicimos hablar a la doncella, fue ella quien nos contó lo sucedido.

–¡No es cierto! –insistió la dama.

–Salimos en su búsqueda y al fin la hemos encontrado. Ahora la llevaremos con nosotros, para que se le aplique la ley y sea condenada a la hoguera por la muerte de su marido.

La dama rompió a llorar con desesperación. Sir Gareth se hizo a un lado. El joven se adelantó y sujetó a la dama por los brazos.

–¡Ayudadme! –imploró ella.

Sir Gareth envainó la espada. El otro caballero puso una cuerda en torno a las muñecas de la dama, y entre los dos la ataron mientras trataba de liberarse.

–¡Por el amor de Dios, no dejéis que me lleven! –gritó.

El joven asió el extremo de la cuerda y lo enlazó en la cincha de la silla de su caballo. La dama se desplomó sollozando. Los caballeros montaron y elevaron una mano en señal de despedida. Sir Gareth les respondió con el mismo gesto y ellos cabalgaron de vuelta al interior del bosque. La cuerda se tensó, la dama tuvo que ponerse en pie atropelladamente para no ser arrastrada por el caballo. Trató de detener la marcha tirando hacia atrás pero se vio forzada a avanzar a trompicones. Sir Gareth recuperó su montura mientras la pequeña comitiva se alejaba.

–¡Os lo suplico! ¡Ayudadme! ¡Ayudadme! –oyó, antes de perderlos de vista entre el la espesura.

martes, 17 de febrero de 2015

DÍAS DE GLORIA

Dentro de un rato estaré acostándome contigo en esa pensión que hay calle arriba o en el asiento trasero de mi coche. Si hubiéramos coincidido en la ciudad del sur donde trabajas, nos meteríamos en tu cama del piso que compartes con no sé quién. Para llegar hasta aquí, he tenido que soportar dos horas de conversación rodeado de gentes a las que conoces mejor que yo, con las que has crecido y salido mucho, aunque ahora ya no tanto, y con las que deberías estar en vez de conmigo, con quien nunca tuviste nada que ver ni de lo que hablar. Pero en los últimos seis o siete años parece que vivamos en un mundo que ya no es aquél, y esta noche se ha confirmado algo que empecé a intuir hace un par de meses, cuando entrabas con tu novio en este local y no me miraste como antes. No voy a hablarte de gentes a las que he tratado ni de cosas que me han sucedido, porque podrías acabar cambiando de idea y yo perdería la ocasión de disfrutar de un cuerpo que podía hacerme llorar con sólo pensar en él, o en que en ese momento estaría disfrutando de él un tipo del que ahora te avergüenzas. Pero me resulta llamativo que tengas tan claro que la persona sentada frente a ti no es la misma a la que conociste seis o siete años atrás (tu mirada entre curiosa y sorprendida, la de quien observa algo que le desagrada con la tranquilidad de saber que puede evitarlo volviendo la cabeza hacia otro lado), porque aunque sí existen diferencias, quizá podrías intuirlas pero nunca comprenderlas. Desde tu perspectiva, la persona que te escucha en las sombras del local, con la que dentro de poco estarás rodando entre las sábanas o que sentirás junto a tu cuerpo en la oscuridad del coche, es alguien que se adapta no a tus expectativas de entonces –eso quedó atrás, ahora has visto mundo–, sino a las mucho más maduras y sofisticadas que tienes hoy. Pero en realidad, esa es sólo una imagen creada por ti a partir de unos signos externos que coinciden con lo que te atrae en este momento, en el fondo una versión con un brillo diferente de lo que te atraía antes y de lo que va a atraerte toda tu vida. Y aquí estamos, oyendo una música que nos aburre, tú hablándome de libros que nunca se te habría ocurrido leer antes y yo siguiendo divertido la sarta de tópicos que hilvanas: tenemos gustos similares, tenemos mundo, hasta hemos seguido caminos paralelos como hijos privilegiados de un lugar que se nos ha quedado pequeño a ambos, cuando no hay caminos ni gustos ni mundos más distintos que los tuyos y los míos. Pero vamos a dejar de pensar en todo eso –voy a dejar de pensar en todo eso–, a terminar estas copas y a pasear hasta la pensión o hasta donde podamos rematar aquello que empezó después de que coincidiéramos aquí dentro como por casualidad. Y mañana cada uno se irá por su lado y ambos seguiremos disfrutando de nuestros días de gloria.

lunes, 19 de enero de 2015

A NEW SHADE OF BLUE

Tom Carter trabajaba en la gasolinera de un pueblo de Texas a sesenta kilómetros de El Paso. Bobby Fuller se detuvo a repostar en una ocasión, y después de pagar le firmó un autógrafo y le estrechó la mano. Luego subió al coche y siguió su camino mientras Carter, parado frente al surtidor, lo veía alejarse.
En febrero de 1966, The Bobby Fuller Four sacaron el álbum I Fought The Law. Carter salió de trabajar, fue a comprarlo y lo pinchó en cuanto llegó a casa, antes de quitarse la cazadora y lavarse las manos grasientas. Desde que la había escuchado en la radio, no se le iba de la cabeza la versión del viejo tema de Sonny Curtis que daba título al disco. Pero ahora se sintió hechizado por la tercera canción de la cara A, “A New Shade of Blue”. Nunca había oído nada semejante. Volvió a pincharla un par de veces y escuchó el álbum entero mientras comía. Luego dedicó la tarde a reparar el motor de la camioneta que utilizaban en la gasolinera, y al anochecer entró en casa y cenó con el disco puesto. Se sentó cansado delante de la televisión, pero en seguida se levantaba para volver a escuchar “A New Shade of Blue”. Pasada la media noche, se tumbó en la cama y se durmió con las palabras de Fuller resonando melancólicas y certeras dentro de su cabeza.
Aunque al día siguiente no trabajaba, Carter se levantó temprano. Fue hasta la estantería donde guardaba sus discos. Cogió el de The Bobby Fuller Four para escuchar de nuevo “A New Shade of Blue”, y al sacarlo de la funda se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Lo recogió inquieto, lo pinchó y comprobó que se había rallado la cara A. Tenía que ir a comprar otra copia. Iba a vestirse cuando se le ocurrió encender la radio: Steve Nichols, un conocido con quien solía coincidir los viernes por la noche en los bares de la ciudad, quizá emitiera la canción desde la emisora donde trabajaba. Al cabo de un rato, Carter pudo oír, conmovido, los primeros compases de “A New Shade of Blue”. Pero la canción terminó dos minutos y cincuenta y tres segundos después, y a continuación Nichols siguió emitiendo los temas que Carter escuchaba habitualmente. Apagó la radio, se vistió, salió a la calle, subió al coche, y en unos minutos aparcaba frente a la tienda de discos. Entró, se hizo con una copia del álbum y la pagó, la joven dependienta lo miró con extrañeza mientras salía. Carter condujo de vuelta a casa. Después de pasar por delante de la emisora redujo la velocidad, dio marcha atrás y se detuvo frente al pequeño edificio. Vio al locutor al otro lado de la ventana de la planta baja, con el micrófono cerca de la boca. Nichols gesticulaba, manipulaba discos y activaba controles, parecía que hablara solo. Carter lo observó un rato. Luego bajó del coche y entró en el local. Cuando Nichols lo vio, se puso en pie y salió de la sala de control para saludarlo. Carter le pegó un puñetazo que lo hizo caer, entró en la sala y cerró la puerta con llave. No le costó dar con el disco que buscaba; lo sacó de la funda y emitió “A New Shade of Blue”, Nichols le había explicado cómo se hacía. Antes de que la canción terminara, oyó los golpes del repuesto Nichols contra la puerta. Se levantó, abrió y de un puñetazo mandó a Nichols fuera de la emisora. Después regresó a la sala, volvió a pinchar la canción y siguió pinchándola a lo largo del día, ignorando las llamadas telefónicas de los indignados oyentes. Estaba anocheciendo cuando los agentes de policía aparcaron delante de la emisora, irrumpieron en la sala echando la puerta abajo y redujeron a Carter. Lo sacaron a la calle esposado, ante la mirada curiosa de los que se reunían frente al local. La mayoría lo tomaban por loco y unos cuantos lo felicitaban. Carter pidió disculpas a Nichols. La semana siguiente fue juzgado (aunque Nichols no puso denuncia) y condenado a sesenta días de cárcel por alterar el orden. Cuando salió de prisión volvió a su trabajo en la gasolinera de aquel pueblo de Texas. 

lunes, 20 de octubre de 2014

THE LAST KISS

Wilson aguarda a Jean sentado bajo una sombrilla junto a la piscina del hotel. Un botones sube al Pontiac rojo parado frente a la entrada y lo conduce hacia el aparcamiento. Desde la ventana abierta de una habitación, atenuado por el ruido del oleaje, llega el “The Last Kiss” de Wayne Cochran interpretado por Pearl Jam. Más allá de la línea de palmeras, Wilson divisa la puesta de sol sobre el Océano Pacífico. Cientos de personas recorren de un lado a otro el paseo marítimo. Wilson lleva un rato observando a la turista rubia que trepa hasta el nivel más alto del trampolín, se tira al agua de cabeza, hace dos largos de piscina, sale del agua, sube de nuevo al trampolín y vuelve a tirarse al agua. Durante más de media hora repite el mismo itinerario. Mientras termina su bebida, Wilson se da cuenta de que la turista tiene el rostro de Jean. Es Jean, pese a que Jean siempre ha sido pelirroja. Pero no se decide a levantarse para salir de allí con ella. Tienen que marcharse de San Diego antes de que anochezca, los dos saben lo que va a sucederles si se quedan en la ciudad después de la puesta de sol, pero Wilson no es capaz de levantarse, y la turista que es Jean sigue saltando desde el trampolín y nadando en la piscina. Cuando al fin logra ponerse en pie, Wilson siente un mareo. Su vista se nubla, se viene abajo y trata de apoyarse en la pared. Pero no hay pared, la más cercana está a doscientos metros, la del muro de hormigón que rodea la piscina. Wilson abre los ojos y comprende que no se llama Wilson, que su nombre ha sido siempre Richardson, que se encuentra en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín y que lleva allí los últimos doce años. Recorre la celda de un lado a otro recordando la mañana de febrero de 1998 en que descubrió la cabeza de Jean tirada al fondo de un callejón de Bridgeport, unos minutos antes de que la policía se presentara en la pensión donde se habían alojado. No puede discernir nada de lo sucedido antes o después de aquello, sólo la sangre seca sobre la nieve y la impresión de entender algo que en seguida olvidó y los pasos de los agentes a su espalda. Richardson se deja caer en la silla. Los guardianes vienen a buscarlo, lo sacan de la celda y lo conducen por el corredor hacia el lugar de la ejecución. Las palabras “dead man walking!” todavía resuenan en su cabeza mientras lo sujetan a la camilla y unas manos enguantadas le frotan los brazos con alcohol y le aplican las inyecciones. Imagina el dolor que va a sentir dentro de unos minutos cuando el alcaide haya dado la señal y la ejecución se lleve a cabo. Siente la asfixia, los espasmos, el intenso calor en las venas, un calor inaguantable, infinito: el calor de los rayos de sol que acarician su rostro sin afeitar, el calor del sol del mediodía que reverbera sobre la carrocería de los automóviles que pasan en una y otra dirección mientras él se aleja del arrabal de San Diego caminando bajo la sombra escasa de las palmeras. “Jean, ¿dónde estás?”, piensa. “¿Es que nunca podré escapar de California?”

jueves, 9 de octubre de 2014

SCHOOL DAYS (IX)

Don Jaime era un buen tipo que nos dio clase en el colegio allá por 1983. Tendría unos cuarenta años, había nacido en el pueblo, jugaba al fútbol en un equipo de la comarca y era habitual verlo en verbenas, romerías y fiestas locales. Dentro del aula donde impartía las clases, a la izquierda de la puerta, había un amplio armario, casi una segunda pieza, en la que guardaba mapas, libros, cuadernos, revistas, periódicos, y todo cuanto pudiera serle útil para las lecciones. Y al fondo, cerca de los percheros donde colgábamos nuestros anoraks, había instalado otro más pequeño, con una bonita puerta de madera y cristal, que servía de biblioteca en la que íbamos dejando libros que compartíamos con los compañeros a lo largo del curso. Pero lo más importante para nosotros no era eso sino que don Jaime, al contrario que la mayoría de los profesores,  no pegaba.

Una tarde de viernes, don Jaime decidió dedicar la última hora de clase a llevarnos hasta el centro del pueblo, para visitar el torreón medieval que domina el puerto y mostrarnos el antiguo emplazamiento de un estanque que en su día llegó a tener peces. Él había crecido allí, había jugado de niño con muchos de nuestros padres en aquellas calles, y por algún motivo esa tarde se sentía nostálgico y quería compartir recuerdos con nosotros. Además, dos semanas después iba a tener lugar una gran excursión a Sobrado de los Monjes con otros dos o tres cursos, y nuestra salida serviría de preparación para el próximo viaje. Sería éste una de aquellas jornadas maratonianas en las que se fletaba un autobús para llevar a noventa chavales asilvestrados y montaraces a las órdenes de tres o cuatro profesores; una jornada larga y fatigosa que empezaría a primera hora de la mañana, poco antes del comienzo de las clases, con el autobús aparcado frente al colegio mientras aquella calle de las afueras se iba llenando de alumnos, padres y madres. Éstas revisaban el contenido de las mochilas, comprobaban una y otra vez que no faltaba nada y despedían a sus hijos como si se fueran a la guerra. Luego nos esperaban un par de horas de trayecto, iniciadas siempre, invariablemente, por los internos repitiendo a coro “¡queremos parar aquí!” cuando el autobús pasaba por delante de la casa de putas que había a la salida del pueblo. El tiempo transcurría entre carreras de un asiento a otro, canciones cuarteleras, broncas y bromas pesadas. Los profesores se negaban a poner en el vídeo la película porno que solía haber entre las cintas disponibles, y escogían siempre alguna italiana del Oeste a la que nadie prestaba mucha atención. En algún momento del viaje, el conductor accedería a poner en el radiocasete la banda sonora de Yo, “el Vaquilla, y los internos terminarían coreando, emocionados, el estribillo de la canción de los Chichos que daba título a la película. Pasábamos tantas horas dentro del autobús como visitando lugares, recorríamos cientos de kilómetros por autovías y carreteras comarcales, y al caer la tarde la gente empezaba a cansarse, los ánimos se encrespaban y el buen humor daba paso a la mala leche y a las cabronadas. Una de las excursiones más memorables había tenido lugar la primavera del curso anterior. En un mismo día visitamos la isla de la Toja, la playa de la Lanzada, Santiago de Compostela y, bastante agotados ya, la casa de Rosalía de Castro en Padrón, en una de cuyas estancias un chaval le tocó el culo a una compañera un par de años mayor, que se volvió y le aplastó la cara mientras el guía seguía explicando lo que Rosalía había escrito allí.

Antes de salir hasta el torreón, don Jaime decidió dictarnos unas líneas sobre el monasterio de Sobrado, tal vez porque intuía que dentro de dos semanas, en cuanto subiéramos al autobús perderíamos el interés por aquella visita. Pero su entusiasmo hizo que lo que se suponía una rápida introducción terminara convirtiéndose en una explicación detallada, y pronto desapareció nuestra escasa atención inicial. Al cabo de unos minutos, Eladio, un chaval del pueblo que se sentaba un par de pupitres por delante del mío, empezó a vacilar a don Jaime. Eladio hablaba en voz lo suficientemente baja como para no interrumpir la explicación, pero lo suficientemente alta como para que lo oyéramos tanto el profesor como el resto de los compañeros. Don Jaime seguía dictando mientras caminaba entre las filas de pupitres y fingía no darse por enterado, pero Eladio añadía un comentario en tono burlón en cuanto aquél terminaba de dictar una frase. Después de haber dictado con dificultad cuatro o cinco, don Jaime lo reprendió sin alterarse. Pero Eladio le respondió que no estaba haciendo nada, así que don Jaime retomó la explicación, Eladio siguió burlándose de él, y muy pronto le impedía llegar hasta el final de las frases. Don Jaime parecía incapaz de enfadarse con Eladio. Tratando de ser razonable y de no ponerse a su altura, se paró y le pidió una vez más que no lo interrumpiera. Pero Eladio parecía tener una réplica para todo, y en cuanto don Jaime se dispuso a seguir dictando, se lo impidió con una nueva burla. Visiblemente contrariado, don Jaime lo ignoró y continuó con la explicación, cada vez más caótica a causa de las interrupciones de Eladio. Por primera vez sentí piedad hacia un profesor. Eladio se lo pasaba en grande acorralándolo y tratando de dejarlo en ridículo delante de nosotros, don Jaime intentaba convencerlo de que se callara para que sus compañeros pudiéramos escuchar lo que estaba dictando, y Eladio se reía abiertamente de él y de sus explicaciones. Finalmente, la hostia que le pegó don Jaime debió de oírse en el pasillo y en el piso de abajo. A pesar de lo previsible, no dejó de sorprendernos por su violencia. Yo recuerdo el grito de don Jaime, el estallido de la bofetada y el alarido de Eladio, todo al mismo tiempo, y hay quien sostiene que la fuerza del impacto lo coló en el espacio que había entre los respaldos de los asientos del pupitre. Luego, arruinado el proyecto de ir hasta el torreón, don Jaime siguió dictando mientras pasaban los minutos y la hora de salir quedaba atrás. Empecé a sentirme mal. Me dolía la cabeza y me di cuenta de que se había terminado la tinta de mi bolígrafo, pero no me atreví a decirle nada a don Jaime, que ahora dictaba de manera ininterrumpida sin ser consciente del tiempo transcurrido desde el comienzo de la explicación. Por primera vez sentí verdadero miedo de un profesor. Al cabo de unos minutos, no tuve más remedio que murmurar que no me encontraba bien y él me contestó con un gruñido que podía irme. Salí de clase, recorrí el pasillo, y al bajar las escaleras y llegar hasta la calle comprobé que no quedaba un alma en el colegio. Era una tarde lluviosa de primavera. Antes de echar a andar de vuelta a casa miré hacia la ventana del aula, donde seguía la explicación sobre el monasterio de Sobrado de los Monjes.