domingo, 22 de mayo de 2016

PARIS 15

La jornada del recepcionista nocturno en un hotel parisino de dos estrellas deja mucho tiempo para pensar, leer, ver una película o hacer lo que uno quiera. En general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad, pero de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Ayer, a eso de las cuatro de la mañana, entró en la recepción un tipo de veinte años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta y la policía, a quien había llamado él, estaba a punto de llegar. Antes de que pudiera responderle,  entró un agente y me dijo que necesitaban saber urgentemente si existía aquella puerta trasera, y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel o a uno de los apartamentos contiguos. Detrás de la recepción hay una puerta cerrada que da a la calle, así que busqué la llave entre los manojos guardados en el cajón del mostrador. Interrumpió la búsqueda otro agente que me ordenó seguirlo de inmediato, aunque antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle trasera los demás policías estaban bastante irritados por mi tardanza, pero su compañero les explicó que yo había tenido que tomar medidas antes de venir para no tener problemas en mi trabajo. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta, y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. La habitación era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba un camión de los bomberos. En aquella habitación se hospedaban dos personas con apellido anglosajón y allá fuimos, unos en ascensor y otros por las escaleras. Una vez en la sexta planta, le di la llave maestra al agente que dirigía la operación y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en un extremo del pasillo. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo y a continuación se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y alzó la diestra a la altura de la culata de la pistola. Retrocedí hasta el ascensor preguntándome si realmente una situación como aquella podía degenerar en un tiroteo. Pasados unos segundos oí cómo los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. Al cabo salió un policía de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con una mirada su opinión sobre aquellos fulanos y se fue escaleras abajo. Dejé pasar los minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté a un bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que era el recepcionista, y me dijo que bajara si quería. En la recepción aguardaban un italiano con sus maletas, un ruso que necesitaba saber cómo funcionaba la conexión de internet, dos francesas que querían pagar la estancia para no tener que hacer cola al día siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Mientras iban bajando bomberos y policías invité al ruso a sentarse en la salita contigua, hice la llegada del italiano, y me disponía a cobrarles a las francesas cuando el agente al mando les preguntó si no les molestaba esperar un momento. Ellas asintieron sonriendo con timidez y el policía, más que nada por guardar las formas, procedió a tomar mis datos y los del testigo. Éste estaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, pero el agente le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a colaborar, pero el agente sonrió.
–Era broma –dijo.
Mientras tanto, policías y bomberos bajaban las escaleras, charlaban e iban saliendo. Me pregunté cuántas historias similares estarían sucediendo en ese momento en otras zonas de la ciudad. Al cabo de unos minutos, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré la estancia a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del ruso que tenía dificultades para conectarse a internet. Corrí hasta la salita pero no estaba allí: debía de haber subido a su habitación, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Al volver a la recepción observé los árboles de la calle y la boca del metro bajo la primera luz del amanecer. Luego me acomodé en el sillón tras el mostrador, encendí el flexo y retomé la lectura.
#amanecer

domingo, 31 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XIII)

Un sábado lluvioso de febrero, allá por 1985, Darío, Andrés y yo quedamos delante del colegio a eso de las cuatro y media para ir hasta un lugar cercano y mítico conocido como “la cueva”. Ésta era una galería subterránea excavada en la ladera más escarpada del monte contiguo al patio del colegio, un terreno extenso, frondoso y accidentado que se extiende entre una pequeña avenida paralela a la desembocadura del río, junto a la que está situado el centro, y la antigua carretera general, por la que se salía hacia La Coruña antes de la construcción de la autopista. Había todo tipo de conjeturas sobre el origen de la cueva (zulo de contrabandistas, mina abandonada, escondite de escapados durante la guerra), y en realidad nadie sabía dónde estaba, ni siquiera si existía. Desde las ventanas de los pasillos del internado se veía la ladera del monte, totalmente vertical en ese trecho, pero no podíamos distinguir la entrada de la cueva, así que ignorábamos su hipotético emplazamiento. Se decía que tipos duros como Hans o mi vecino José Manuel habían dado con ella y habían entrado, pero nunca lo confirmamos preguntándoselo a ellos.

Después de esperar un rato por Andrés, consideramos que algún impedimento lo había retenido en su casa y decidimos buscar la cueva solos. Caminamos hasta el pueblo, tomamos la carretera general, pasamos por encima del guardarraíl y nos adentramos entre la vegetación a través de un terreno húmedo y dificultoso. Éste descendía suavemente hacia el patio del colegio, que pudimos ver allá abajo, totalmente desierto a esa hora, entre el internado, la lavandería y varios bloques de viviendas. Me pregunté dónde estarían los internos: debían de ser las cinco y media, quizá los profesores de guardia les habían permitido ir a dar una vuelta por el pueblo. Nos desviamos a la derecha y el terreno se volvió más abrupto, hasta terminar en un pequeño precipicio frente a una de las paredes laterales del internado, aquella desde cuyas ventanas habíamos tratado anteriormente de divisar la entrada de la cueva. Pronto dimos con un sendero que se perdía entre la vegetación ladera abajo. Echamos a andar con precaución, tratando de no resbalar sobre la tierra y las hojas húmedas a la vez que apartábamos las ramas de los matorrales que nos dificultaban el descenso. Al cabo el sendero nos condujo ante lo que parecía la entrada, situada a unos quince metros por encima de la acera, el depósito de agua y el muro de contención que veíamos empequeñecidos a nuestros pies, entre la ladera y el internado. Disimulado bajo la maraña de vegetación, se abría un estrecho pasaje con paredes de mampostería que rezumaban humedad y desaparecían en la penumbra muy cerca de donde nos encontrábamos. Avanzamos en fila hacia el interior prestando atención para no tropezar con las piedras del suelo ni golpearnos la cabeza con el techo abovedado, pero nos detuvimos después de haber recorrido un tramo muy corto, porque el camino se bifurcaba y no estábamos seguros de por dónde continuar. Retrocedimos hasta la entrada con más prisa de la que queríamos reconocer, y a la luz vespertina de aquel día nublado deliberamos sobre lo que íbamos a hacer a continuación. Lamentamos no haber traído una linterna o unas velas. Darío decía que Hans y José Manuel habían llegado varias veces hasta el final sin miedo alguno, y yo opinaba que en cualquier caso no teníamos ni idea de cuántas galerías íbamos a encontrar, de la longitud de la cueva, de si el suelo era firme todo el trayecto, de si tendríamos aire, y de que no fuera a haber un derrumbamiento cuando ya hubiéramos perdido de vista la entrada, nuestro fiable punto de referencia. Aquello le pareció razonable, pero al mismo tiempo nos costaba marcharnos sin al menos haberle echado un vistazo a una de aquellas dos galerías. Así que volvimos a internarnos en la cueva y en seguida llegamos hasta la bifurcación. Optamos por tomar la galería de la izquierda, pero pronto volvimos a detenernos, porque el camino hacía una curva y más allá la oscuridad era total. Giramos la cabeza y nos pareció que la luz tenue de la entrada quedaba muy atrás, a muchos kilómetros de donde estábamos parados. Retrocedimos una vez más, respiramos de nuevo el aire húmedo de la tarde, y algo avergonzados con nosotros mismos, decidimos que habíamos explorado la cueva lo suficiente como para contarnos entre los que podían presumir de haber estado en ella. Ascendimos la ladera del monte trepando por el sendero con ayuda de las ramas, y antes de alcanzar la parte alta Darío resbaló y estuvo a punto de caer al vacío. Luego, mientras avanzábamos entre la espesura de regreso a la carretera general, retumbaron un par de truenos y empezó a llover, así que cuando al fin caminamos por el arcén en dirección al pueblo, estábamos empapados y teníamos los calcetines encharcados y los zapatos cubiertos de barro.

Nos paramos al abrigo del tejado de la gasolinera situada en la entrada del pueblo y tomamos aliento. Al mirar hacia la avenida que conduce hasta el colegio, vimos llegar a Andrés bajo un paraguas. Al parecer se había equivocado de hora y nos había estado esperando entre las cinco y las cinco y media, y ahora se disponía a regresar caminando a su casa. Nos propuso volver a la cueva, pero le dijimos que mejor lo dejábamos para otro día y echamos a andar hacia el centro tratando de cobijarnos con el paraguas, sin saber muy bien cómo ocupar el resto de la tarde. Después de subir un par de calles protegidos de la lluvia bajo los soportales, atravesábamos apresuradamente la plaza del ayuntamiento cuando alguien nos llamó por nuestros nombres. Al volvernos vimos acercarse a Hans, que venía de su casa en la aldea que hay a un par de kilómetros del pueblo, junto a la carretera de la costa, para jugar una partida en la máquina de uno de los bares del centro. Decidimos acompañarlo. Tomamos una callejuela empedrada y llena de charcos y llegamos al bar, que como me temía era el tugurio inhóspito y grasiento al que solía ir Hans, propiedad de un fulano de sesenta años bastante colérico que nos recibía siempre con alguna cortesía del tipo “¡cerrar la puerta, cojones!” Por suerte, al entrar no vimos al dueño sino a su hija mayor, la madre de uno de nuestros compañeros de colegio, alumno de cuarto o quinto de EGB y gran piragüista. Estaba sentada en un taburete detrás de la barra, mirando distraídamente hacia un televisor en el que los austríacos Opus cantaban “Live Is Life”, y apenas se fijó en nosotros al oír el inevitable portazo. Mis amigos sacaron monedas de los diferentes bolsillos de sus anoraks y las introdujeron en la máquina mientras yo me acercaba hasta la caja para cambiar un billete. La hija del dueño tenía una mirada dura e irónica que le daba aspecto de estar de vuelta de todo y parecía constatar siempre algo irrisorio en su interlocutor. Me paré a un extremo de la barra sin decidirme a llamarla. Cuando me vio esperando sonrió, se levantó del taburete y me preguntó con amabilidad si quería cambio. Ante mi respuesta afirmativa cogió el billete y me entregó unas monedas, que se me cayeron y se desperdigaron por el suelo al otro lado de la barra. Ella se puso en cuclillas, las fue recogiendo una a una, se incorporó, y sin dejar de sonreír tomó mis manos con una de las suyas y con la otra dejó las monedas en mis palmas. Después de que yo le hubiera dado las gracias, se volvió a sentar y siguió mirando la televisión, en la que en ese momento Bruce Springsteen cantaba y bailaba “Dancing in the Dark” frente a un público fascinado. Regresé a la máquina incapaz de prestar atención a la partida, que debía de ser apasionante porque Hans y Andrés acababan de enzarzarse en una disputa por causa de unos puntos dudosos. La hija del dueño nos miró divertida, pero si la cosa iba a más no le costaría nada soltarles un par de voces. Se fueron sucediendo las partidas, y mientras caía la tarde me di cuenta de que el resplandor de una farola a través de la ventana empañada, la presencia de ocasionales clientes que charlaban tomando un vino, la música proveniente del televisor, los barriles colocados a los lados de la puerta, los motivos marineros que adornaban las paredes, y también la cercanía de la hija del dueño, contribuían a crear un ambiente cálido y acogedor. Pero aquello duró poco, hasta que empezaron a entrar los habituales del sábado por la noche y al cabo el local se llenó de gente, de humo, de codazos y de ruido. La hija del dueño se puso a servir copas y no nos prestó más atención. Seguimos jugando sin apenas poder movernos entre los clientes que entraban y salían, hasta que dos fulanos cuatro o cinco años mayores que nosotros nos apartaron a empujones antes de que consiguiéramos terminar una partida y ocuparon la máquina.

Al salir a la calle, el vaho de nuestras bocas se dibujó en el frío aire nocturno. Anduvimos hasta una plaza cercana al puerto pesquero, nos sentamos en uno de los bancos de piedra y nos levantamos al momento con los pantalones mojados. Estábamos en el punto más céntrico del pueblo. A nuestra espalda, por encima del mercado municipal, las siluetas de los castaños que cubrían la ladera del monte se recortaban contra el cielo nocturno, y frente a nosotros veíamos el torreón medieval y podíamos distinguir las luces del puerto reflejadas en las aguas de la desembocadura del río. De allí venía un olor a brea y salitre que tenía algo de balsámico contra la leve sensación de opresión que empezaba a notar. Hans comentó que para él era hora de volver a casa, y como los demás aún teníamos tiempo decidimos acompañarlo hasta la salida del pueblo. Unos minutos después tomábamos la carretera de la costa, dejábamos atrás los últimos bloques de viviendas y pasábamos por delante del cementerio, situado en un terreno elevado desde donde se veían el río, el puerto, la costa del otro lado de la ría y el mar abierto en la línea del horizonte. Andrés se detuvo y nos propuso entrar. A Hans le pareció una buena idea, y después de comprobar que, como suponíamos, la puerta ya estaba cerrada, decidieron saltar el muro. Darío y yo preferimos no acompañarlos, y parados junto a una farola los vimos trepar hasta lo alto del muro y desaparecer al otro lado. Pasados unos segundos, sus pisadas se perdieron en la distancia y aquella calle tranquila quedó en completo silencio. La sensación de opresión que había notado antes fue en aumento. Me pregunté cuál era exactamente el motivo por el que Hans y Andrés habían sido capaces de entrar en el cementerio y nosotros no. El miedo era un compañero fiel, miedo a fantasmas que sabíamos irreales y también a situaciones de la vida cotidiana que se repetían con cansina frecuencia. Me vino a la cabeza la visión del patio vacío del colegio cuando la visita a la cueva. Todos sabíamos por qué siempre había internos durante el fin de semana, pese a que la mayoría venían de ciudades cercanas como La Coruña o Ferrol. La sensación de opresión se confundió con una indignación y una tristeza frente a las que traté de encontrar alguna clase de refugio. Recordé la sonrisa de la hija del dueño del bar y pensé en su hijo. No parecía mal tipo (nada que ver con su abuelo), pero él y yo éramos dos chavales completamente diferentes, y por algún motivo el ser consciente de eso me hizo sentirme inseguro. Observé las luces de la costa. Las pisadas de Hans y Andrés aproximándose por el suelo de gravilla me sacaron de mis reflexiones. Unos segundos después, reaparecieron en lo alto del muro haciendo un pequeño esfuerzo y saltaron a la acera. Darío y yo nos acercamos hasta ellos con disimulada admiración.
–No vimos nada –dijo Hans.
Parecían decepcionados, como si hubieran esperado encontrar hordas de zombies o a la Santa Compaña. Hans le preguntó la hora a Andrés. Al darse cuenta de que se le había hecho tarde y ya nadie lo libraba de un par de hostias al llegar a casa, se despidió de nosotros hasta el lunes y se alejó sin mostrar demasiada prisa, como si el retraso y sus consecuencias no fueran para él más que gajes del oficio. Darío vivía en el otro extremo del pueblo, cerca del colegio. Andrés tenía que ir caminando hasta su casa en la aldea, al igual que yo, así que echamos a andar de regreso al centro. Unos minutos después, mientras pasábamos por delante del viejo puente de piedra que salva la desembocadura del río, me paré un instante para ver a lo lejos el muelle, los barcos pesqueros, las luces del puerto y el mar.

lunes, 11 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XII)

Don Jaime era un hombre culto, un erudito, un ilustrado. En sexto de EGB nos daba clase de Ciencias Naturales, en séptimo de Sociales y en octavo de Matemáticas y de Química. A mi hermano le daría también Lengua Española, y a un amigo mío le había tocado en Gimnasia (les mandaba dar vueltas al patio, una hostia al que se parara).

La clase de Ciencias tenía lugar los miércoles por la tarde, y don Jaime dedicaba el último cuarto de hora a leernos algún libro. Estos iban de lo soporífero (Juan Salvador Gaviota) a lo sublime (Capitanes intrépidos), nadie sabía por qué criterio se guiaba a la hora de escogerlos. Llegado el momento cerrábamos libros y libretas, guardábamos bolígrafos y lápices y don Jaime empezaba a leer con el aula en silencio, un silencio atemorizado y expectante. De vez en cuando interrumpía la lectura, se quitaba las gafas y le indicaba a algún alumno al que había sorprendido con gesto abstraído que se acercara hasta él. Eso nos llenaba de terror, nunca sabíamos a quién se refería, y cuando uno de nosotros se creía señalado, llegaba a preguntar con espanto: “¿yo?”. Pero don Jaime solía llamar a alguien sentado un par de pupitres más atrás, y respirábamos con alivio egoísta al verlo pasar camino de la tarima, de la que regresaba al cabo de unos segundos tras haber encajado una hostia que resonaba en toda el aula.

Un par de veces por semana, don Jaime se quedaba después de las clases para vigilar lo que conocíamos como “el estudio”, una hora suplementaria que podíamos pasar en el colegio, haciendo los deberes o estudiando para los próximos exámenes. El estudio empezaba a las cinco y media y tenía lugar en las dos aulas más amplias de la planta baja, aunque también se utilizaban a menudo las otras, en función de la gente que hubiera cada tarde. Aquellas aulas de mayor cabida acogían a más de sesenta alumnos y se llenaban siempre, de manera que para vigilarlas don Jaime cruzaba una puerta permanentemente abierta entre ambas, que le permitía recorrerlas de un lado a otro en rondas rápidas e ininterrumpidas sin necesidad de salir al pasillo.

Una fría tarde de diciembre, la semana anterior a las vacaciones de Navidad, Andrés y yo nos quedamos al estudio y nos sentamos en un pupitre del fondo, cerca del radiador. Delante de nosotros estaban los internos Negro y Pego, y el pupitre siguiente lo ocupaban Eladio y un tal Ignacio. Don Jaime vigilaba, por eso en cuanto cerró la puerta que daba al pasillo se hizo el silencio y todos empezamos a estudiar o a fingir que estudiábamos, aunque pronto empezarían a oírse los primeros rumores furtivos de conversación. Don Jaime hacía su ronda de un aula a otra, y cuando pasaba por nuestro lado yo sentía un escalofrío y procuraba mostrarme concentrado en la lección que tenía delante, ya que no era suficiente con estudiar sino que había que manifestarlo: de lo contrario, don Jaime podía pararse detrás de uno y sin previo aviso descargarle un golpe en la nuca o en la parte trasera de la cabeza. Había quien sabía que en un momento u otro terminaría cobrando, así que apoyaba la cabeza entre las manos y disimulaba un lápiz bajo una de ellas, de manera que cuando finalmente don Jaime le pegaba el predecible y traicionero hostiazo, se clavaba la punta en la palma de la mano. Aquella maña casi suicida tenía algo de heroico, ya que a continuación don Jaime solía coger al alumno transgresor y se lo llevaba a trompicones hasta su despacho (un cuartito en un extremo del pasillo al que llamábamos “la cámara de tortura”), y allí ajustaba cuentas con él.

Aquella tarde, la primera hostia sonó en un pupitre cercano cinco o diez minutos después de haber comenzado el estudio. Luego vino un rato de tranquilidad y silencio, alterados únicamente por las pisadas de don Jaime caminando de un extremo al otro del aula. De vez en cuando a Andrés y a mí se nos iba la vista hacia la ventana empañada, pero al momento retomábamos la lección, preguntándonos horrorizados si don Jaime había reparado en el momentáneo despiste. Habría transcurrido media hora cuando Eladio se levantó de su asiento aprovechando que nuestro profesor acababa de pasar al aula contigua, se metió debajo de la mesa, se puso a gritar y volvió a sentarse rápidamente ante el asombro de su compañero y de los pocos que llegamos a verlo. Don Jaime regresó de inmediato, subió a la tarima con estrépito y preguntó en tono amenazador quién había gritado. Nadie abrió la boca, así que don Jaime repitió la pregunta elevando la voz. Como seguíamos callados nos miró inquisitivamente a unos y a otros, buscando atisbos de culpabilidad en nuestros rostros atemorizados y tratando de leer en nuestras atribuladas conciencias. Entre tanta gente parecía muy difícil que pudiera dar con el alumno aullador. Sin embargo, aunque era la primera vez que se encontraba en una tesitura semejante, no se lo veía especialmente desconcertado. Imaginé la cara de póker de Eladio, ufano y probablemente henchido de satisfacción al creer que tenía a don Jaime cogido por las pelotas. Pero a esas alturas del curso ya debería saber con quién se estaba jugando los cuartos. Don Jaime volvió a preguntar quién había gritado, ahora seguro de que nadie iba a responder. Luego dejó pasar unos segundos, como si estuviera dándonos una última oportunidad, y a continuación anunció que les iba a pegar, uno por uno, a todos los alumnos reunidos en el aula, y de este modo el culpable acabaría recibiendo su castigo. Sentí un vacío en el estómago, el mismo que sin duda sentían Andrés y el resto de mis compañeros, aunque ninguno con tanta intensidad como Eladio, ante cuyos pies debía de estar abriéndose el suelo en ese momento. Miré con disimulo el reloj y vi que aún faltaban más de veinte minutos para el final del estudio: por mucho que fuéramos todos inocentes menos Eladio, por mucho que me pareciera que aquello no podía estar sucediendo, por mucho que nos encontráramos a un paso de las Navidades, en breve allí dentro iba a cobrar todo Cristo (con excepción de las chavalas, que no tenían más que acomodarse en sus asientos y disfrutar del espectáculo). Don Jaime se quitó las gafas y las dejó sobre su mesa, se paró en el centro de la tarima y le hizo una seña al alumno sentado en el primer pupitre de la primera fila. Éste resultó ser Hans, al que aquella misma mañana el Rantanplán le había pegado una sonada mano de hostias, con lo cual ese día cobraba a lo grande y por partida doble. Aunque Hans era duro como un ladrillo, a la tercera hostia se tambaleó ligeramente y luego volvió a su pupitre con las mejillas enrojecidas y el semblante imperturbable habitual, como si aquello hubiera sido gajes del oficio. A continuación le tocó el turno a Monchito, un chavalillo de gafas solitario y muy tímido que no se metía con nadie y en su vida había recibido una bofetada. Monchito, lívido, se levantó con dificultad del asiento, subió a la tarima como quien sube al cadalso, y tres o cuatro hostias después regresó a su pupitre con gesto angustiado y lágrimas en los ojos. El siguiente fue José Manuel, un vecino mío alto y desgarbado que en cuanto puso un pie en la tarima recibió cuatro bofetadas que casi lo mandan de vuelta al pupitre. Luego ya no me fijé en quién iba y venía, sólo pude oír una hostia tras otra, y por el medio pisadas vacilantes entre las filas de pupitres, resbalones sobre la madera de la tarima, topetazos contra el encerado, cuadernos y bolígrafos que caían al suelo por el nerviosismo de algún chaval que se levantaba al llegar su turno. Don Jaime se iba calentando: en vez de la tres o cuatro hostias iniciales ahora pegaba hasta cinco o seis, y si no fuera porque no debía de haber tarea más ingrata que aquélla, casi me habría parecido que disfrutaba con lo que estaba haciendo… Al cabo de largos minutos de pesadilla terminó de diezmar la primera fila y empezó con la segunda, al final de la cual nos sentábamos Eladio e Ignacio, Negro y Pego, y Andrés y yo. Pronto empecé a oír los susurros de los dos internos, que acuciaban a Eladio para que cantara pero no podían levantar la voz, ya que si don Jaime los oía daría por sentado que habían gritado ellos.

–Venga, cabrón, que está llegando a nosotros… –murmuraba Negro.

–Di que fuiste tú, mecagondiós… –mascullaba Pego.

Desde mi asiento no podía ver el rostro de Eladio, pero era fácil intuir que por primera vez en toda su vida se enfrentaba a algo parecido a un problema de conciencia. Aunque, en realidad, el problema no era tanto su conciencia como que si Negro y Pego terminaban cobrando por su culpa, las consecuencias para él podían ser aún peores que unas bofetadas de don Jaime. Sin embargo, Eladio era incapaz de dar el paso fatídico, y Pego empezó a empujarlo con la rodilla por debajo de la mesa. Después de unos instantes de patética indecisión y fútil  forcejeo, Eladio levantó la mano como si le pesara una tonelada y acertó a murmurar con un hilo decreciente de voz:

–Don Jaime, fui yo…

Don Jaime, dispuesto ya a aplastarle la cara al alumno siguiente (que volvió a sentarse sin acabar de creer la suerte que había tenido), le dirigió a Eladio una mirada escalofriante en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio, la satisfacción y el mal agüero. A una seña suya, Eladio se puso en pie y echó a andar entre los pupitres con el gesto vacío de quien se sabe camino del peor de los horrores. Antes de subir a la tarima tropezó con el bordillo, luego se paró delante de don Jaime y éste le pegó las cuatro o cinco hostias de rigor y cuatro o cinco más: poseedor de un retorcido sentido de la justicia, nuestro profesor estaba visiblemente enojado, ya que por culpa de Eladio habían recibido todas aquellas bofetadas muchos de sus compañeros. Cuando terminó de sacudirle se lo llevó por la puerta que conducía al pasillo y de ahí, inexorablemente, a la cámara de tortura. En ese momento a ninguno nos preocupaba lo que pudiera ocurrirle a Eladio, pero al mismo tiempo agradecí que don Jaime hubiera cerrado la puerta al salir, ahorrándonos así el tener que oír las hostias que probablemente empezara a pegarle ya pasillo adelante. En el ambiente cargado del aula se respiraba el desaliento de los alumnos de la primera fila y parte de la segunda, y el alivio del resto. No tardó en venir otro profesor a vigilar los minutos finales del estudio, tiempo muy breve para quienes habíamos tenido la suerte de salir bien parados. Mientras nos levantábamos y guardábamos libros y libretas me fijé en Monchito, que recogía sus cosas en un pupitre individual al otro extremo del aula. Cuando iba a la biblioteca municipal con Andrés o con Darío también lo veía siempre solo, estudiando o leyendo en una de las mesas más apartadas con gesto concentrado y, a decir verdad, bastante triste. Sin saber exactamente por qué, aquella imagen me producía invariablemente una profunda pena. De algún modo, la mirada de Monchito se correspondía con algo que yo llevaba dentro desde siempre, una especie de tristeza soterrada y permanente que sentía que me desgarraba cada vez que salía a la luz. Esto solía suceder ante situaciones que entonces me parecían revestidas de una crueldad intolerable, como cuando un profesor le pegaba a un chaval hasta hacerlo llorar por haberse mojado los pantalones en un charco, o cuando a un alumno interno le partían la cara por algún motivo insignificante, y ese mismo día otro profesor lo castigaba a quedarse en el colegio todo el fin de semana. Andrés y yo nos pusimos los anoraks, cargamos a la espalda las carteras y echamos a andar hacia la salida para disfrutar del atardecer de invierno y la cercanía de las vacaciones. Pero antes de llegar al pasillo le dije que esperara un momento, luego me acerqué hasta Monchito y le pregunté si quería venir al pueblo con nosotros. A nuestro compañero se le iluminó el rostro en una expresión de timidez, sorpresa y alegría que nunca le había visto antes. Terminó de guardar sus libros, salimos del colegio en medio de otros grupos, y unos minutos después Andrés, él y yo nos perdíamos por las animadas calles del pueblo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

SOUS LE CIEL DE PARIS


El bullicioso barrio de Montmarte, donde mi mujer tiene una tienda, silencioso y vacío. El tiempo tormentoso, el hastío, el volver a vivir lo vivido. Sus lágrimas cuando hace cinco semanas estalló una bomba en Ankara, su rabia y su desprecio contra quienes organizaron el atentado y contra quienes permitieron que se llevara a cabo. El tono reposado con el que, tiempo atrás, me contó que hace treinta años uno de sus hermanos mayores, miembro voluntario de una guerrilla kurda, falleció durante un combate en la frontera entre Turquía e Irak. Sus ocasionales silencios, que como dice mi madre son los mismos en los que se sumía mi abuelo a lo largo de los años posteriores a la guerra civil. Su falta de miedo hoy, sus recuerdos de infancia raramente invocados: el silbido de las balas por delante de las ventanas, la presencia constante de militares, las continuas idas y venidas, las familias vecinas con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el aprender a no decir nada, el duelo permanente de jóvenes y adultos.
***
El respeto de algunos automovilistas ante el tráfico cortado durante la manifestación que se organizó en París después del atentado de Ankara y el sonido de los cláxones de otros, mientras en el aire de aquella agradable tarde de otoño se respiraba que en cuestión de meses (que al final resultaron ser semanas) algunos de los allí presentes, independientemente de nuestros orígenes, formaríamos parte del siguiente balance de heridos y muertos. La presencia policial nada rutinaria en los puntos del metro más insospechados, cubriendo entradas y salidas con una mirada nueva y cargada de significado mientras los usuarios les echamos una rápida ojeada y bajamos la vista al pasar frente a ellos. La ausencia de reservas para los próximos meses en el hotel donde trabajo, las continuas anulaciones de otras que fueron hechas antes del trece de noviembre. El gesto grave en el rostro del repartidor de ropa limpia desde que la noche del viernes se quedó bloqueado con el camión de camino a un hotel del distrito 10 y oyó los disparos. La tristeza en la mirada de gentes a las que trato cada día y la frivolidad y la despreocupación en la de otras, las opiniones sensatas e inteligentes y las estúpidas o interesadas. La certeza de que en los próximos meses a padres, cónyuges o hermanos de muchos de nosotros se los informará del fallecimiento de algún pariente en un atentado, y de que eso no va a suceder únicamente en Francia, Bélgica, Turquía o Malí. La descripción minuciosa durante los informativos de la batalla campal en el piso de Saint-Denis entre policías y terroristas, que cabe calificar de heroica por parte de los primeros. Las llamadas telefónicas de familiares y amigos, las sonrisas y el sentido del humor y las ganas de vivir, como si la vida tuviera un sabor renovado ahora que sabemos mejor que nunca que la vida no vale nada. Las voces de la gente paseando por las calles, las luces del barrio que empiezan a encenderse al caer la tarde, el sonido de los trenes que van y vienen de París al final del día o al comienzo de una nueva jornada.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

SCHOOL DAYS (XI)

A mediados de la década de los ochenta, durante los cursos de sexto, séptimo y octavo de EGB utilizamos en la asignatura de Lengua Inglesa unos manuales que se llamaban “Ready, Steady, Go!” y lucían en la portada dibujos de la bandera del Reino Unido. Las lecciones que íbamos siguiendo a través de sus páginas nos transportaban a una atrayente atmósfera británica, algo siniestra pero al mismo tiempo acogedora, y en realidad no muy lejana de la de aquella comarca atlántica verde y lluviosa donde estaba nuestro pueblo. También nos resultaba familiar el ambiente de las series de televisión inglesas que se emitían entonces: la bajamar en amplias playas otoñales, los cielos nublados, los prados y los bosques, la frondosa vegetación bordeando caminos perdidos entre los montes, los sillones tapizados junto a la chimenea, las ventanas por las que se veía discurrir la lluvia, tenían su correspondencia en los paisajes que transitábamos día a día y en los edificios donde vivíamos o donde estudiábamos. Muchos de los libros de Agatha Christie o de Arthur Conan Doyle que Darío y yo cogíamos al caer la tarde en la biblioteca municipal estaban protagonizados por gentes en cierto modo similares a las que tratábamos a diario. Entre nuestros vecinos era fácil distinguir rasgos que nos traían a la cabeza los rostros familiares de un Richard Harris o un Gordon Jackson, y las señoras que trabajaban en los comercios del pueblo me recordaban inevitablemente a grandes damas del cine británico como Kay Walsh, Anne Crawford o Rona Anderson. Cuando pasaba por delante de sus tiendas, me detenía un instante y las contemplaba disimuladamente con una mezcla de nostalgia y admiración, como si fueran el paraíso perdido. Si alguna levantaba la vista y me sonreía, yo no sabía cómo responder: enrojecía, bajaba la cabeza, aceleraba el paso, me sentía al mismo tiempo feliz y desdichado y me identificaba con aquellos atribulados chavales de las viejas películas de los años cincuenta que emitían en televisión los sábados por la tarde.
 
Empezaba a ponerse de moda estudiar inglés, y nuestros padres se esforzaban para que pudiéramos aprender una lengua fundamental que sin embargo ellos desconocían. El último grito era el curso televisivo “Follow Me”, presentado con británica desenvoltura por el gran Francis Matthews. Nuestros primos de Lugo o de La Coruña disfrutaban de profesores nativos que iban a darles clases particulares a casa, pero los que vivíamos en el pueblo teníamos que conformarnos con lo aprendido en el colegio, donde éramos metódica y sistemáticamente apaleados hasta que nos iba entrando un poco de todo aquello.

Otro que también tenía un aspecto inconfundiblemente británico era el Rantanplán. Con aquel rostro de gesto adusto, aquellos chalecos castaños de punto, aquellos antebrazos recios y velludos y aquella mirada que caía sobre el alumno señalado como una sentencia de muerte, nuestro profesor de Inglés y de Gallego encajaba con total espontaneidad en un entorno de luces y sombras en parte real, y en parte creado por nosotros mismos a partir de unas imágenes televisivas y literarias que, sin ser apenas conscientes de ello, nos cautivaban.

Aunque solía dictar apuntes, el Rantanplán se guiaba en sus clases por el libro de texto. De vez en cuando traía las cintas complementarias al manual del profesor, y durante un cuarto de hora nos hacía escuchar la pronunciación de determinadas frases o las canciones que introducían algunos capítulos. En esas ocasiones, casi resultaba entrañable ver a un pájaro como el Rantanplán poniendo y sacando cintas, rebobinando o pasando hacia adelante, y escuchando con atención y creciente cabreo para saber si había dado al fin con la puñetera canción que andaba buscando. Mientras ésta sonaba el interés de algunos alumnos se desvanecía poco a poco, y siempre había quienes terminaban desconectando por completo y entablaban una animada conversación en voz baja. Solían ser dos internos o dos tipos duros de alguna aldea de los alrededores, sentados en una zona del aula donde el Rantanplán no podía verlos aunque sí oírlos, de manera que intuía con paulatina irritación que algo estaba sucediendo, pero no lograba situarlo. A veces, el Rantanplán se giraba en el instante en que uno de ellos sonreía, así que se lo tomaba como una afrenta y se abalanzaba enfurecido sobre el alumno mientras en el magnetofón seguía sonando la cancioncilla de marras. Aquellas agresiones tenían un toque barriobajero que las diferenciaba de las más rutinarias de otros profesores: al Rantanplán se le escapaban juramentos mientras asestaba un golpe tras otro, el chaval se cubría a la desesperada aunque con cierta habilidad para proteger la cabeza, y el Rantanplán, tratando de que no se le escabullera, le sacudía con todas sus fuerzas en la espalda y el costado, por momentos aquello parecía una escena de William Hogarth.

Una mañana de mediados de curso, en octavo de EGB, leímos al comienzo de una lección varias viñetas que resumían El mercader de Venecia. En septiembre, poco antes de empezar las clases, yo le había echado un vistazo al libro de texto y me había adentrado con interés en alguna de sus lecciones. Pero al llegar a aquella parte tuve que dejarlo a un lado porque sufrí un inesperado bajón de tensión, impresionado por el argumento de la obra: en la Venecia del siglo XVI, el joven Antonio le pide un préstamo al usurero judío Shylock para ayudar a su amigo Bassanio, que quiere casarse con la bella Porcia. Shylock acepta dejarle el dinero, pero a cambio le exige que si no puede devolvérselo en la fecha acordada deberá pagarle con una libra de su propia carne, cortada de la parte del cuerpo que Shylock desee. Después de leer aquello casi pude sentir el frío del cuchillo sobre mi propio pecho desnudo. Al preguntarme qué parte del cuerpo sería la más propicia para llevar a cabo el proyecto de Shylock noté que me desvanecía, así que me levanté precipitadamente y avancé a trompicones hasta el sofá más cercano, donde me tumbé y respiré hondo hasta que poco a poco me fui encontrando mejor. Me preocupó que algún día fuéramos a estudiar aquella lección en clase. Pero aún faltaban varios meses para eso, y además llegado el momento quizá el Rantanplán se saltara el texto de introducción y pasara directamente a las explicaciones gramaticales, como había hecho a menudo el curso anterior. Sin embargo, el momento había llegado y esta vez el Rantanplán parecía decidido a leer el texto entero y a traducirlo a continuación con lo que consideré una lamentable indiferencia hacia lo que allí estaba en juego. Volví a sentir un mareo. Me di cuenta de que meses atrás, en casa, todo había sido muy rápido porque había tenido la posibilidad de cerrar el libro, tumbarme y reponerme, mientras que ahora aún faltaba un buen rato para el final de la clase y yo estaba sentado sin poder moverme del pupitre con las palabras del Rantanplán resonando dentro de mi cabeza. Al mirar alrededor vi a dos internos charlando, a Andrés pensando en sus cosas, a las chavalas más o menos atentas a la lectura y a todo el mundo desinteresado por la suerte que pudiera terminar corriendo Antonio (el Antonio de la pieza shakespeariana, quiero decir). Tuve la certeza de que si no me tumbaba de una vez iba a perder el conocimiento, por eso le pedí permiso al Rantanplán para salir un momento. Debía de presentar un aspecto preocupante, ya que me lo concedió sin ninguna objeción. Me puse en pie y conseguí avanzar entre los pupitres hacia una de las puertas del aula, consciente de que el Rantanplán había interrumpido la lectura y todos mis compañeros me estaban observando. Pero lo único que me importaba era llegar hasta la puerta y salir al pasillo, donde podría tumbarme y descansar con el frío de las baldosas bajo las manos y el aire fresco del exterior en el rostro. Veía filas de pupitres difusas y sólo prestaba atención a la puerta, hacia la que lograba aproximarme poco a poco. Ya distinguía el pomo metálico cuando oí al Rantanplán preguntarme si quería que algún compañero me ayudara. Murmuré afirmativamente, y pude percibir una silueta que se levantaba sin pedirle permiso al profesor y avanzaba a toda prisa en mi dirección. Pero no supe de quién se trataba, porque antes de que llegara hasta mí sentí como si el aula diera la vuelta, así que intenté apoyarme en lo que me pareció el pupitre más cercano y un instante después perdí el conocimiento.

domingo, 11 de octubre de 2015

SCHOOL DAYS (X)

El Rantanplán era un tipo musculoso, delgado y no muy alto, que impartía las asignaturas de Inglés y de Gallego. La  barba corta y el cabello rubio, los ajustados pantalones de tergal, los chalecos de lana verde y unos zapatos de suela que hacían un ruido escalofriante mientras avanzaba entre las filas de pupitres, le daban un marcado aire británico. Lo habían contratado para reemplazar al antiguo profesor de aquellas asignaturas, y al empezar el curso nos preguntábamos si sus clases iban a ser más reposadas o en la misma línea violenta de su antecesor. La respuesta llegó a los pocos días, una mañana en que puso fin a la conversación entre dos alumnos con una bofetada que mandó por los aires las gafas de uno de ellos. El Rantanplán sólo estuvo cuatro años en el colegio, pero fueron cuatro años de ruido y furia, cuatro años pródigos en hostias de todos los colores e intensidades, cuatro años para el recuerdo.

En 1986, durante el curso de séptimo de EGB, tuvimos clase de Inglés los lunes a primera hora. Una mañana lluviosa de enero, James Vázquez Mitchell entró en el aula unos minutos después de que el Rantanplán hubiera cerrado la puerta, en el momento en que terminaba de pasar la lista y se disponía a dictar la lección. James había nacido en Inglaterra y había vivido allí hasta hacía un par de meses, cuando sus padres regresaron a España, se instalaron en un pueblo cercano al nuestro y lo matricularon en el colegio. Aunque no era un chaval tan bregado como la mayoría de los alumnos internos, a mí me intimidaban un poco su aire cosmopolita y un ligero toque de dureza que ni siquiera se esforzaba en acentuar. Tal vez por eso no lo traté demasiado aquel curso, aunque sí el siguiente, en especial cuando antes de las vacaciones de verano fuimos diez días de excursión a Torremolinos: una noche me sorprendió llorando en el pasillo del hotel porque echaba de menos a mis padres, y en vez de ir corriendo a contárselo a los demás me dijo que no tenía de qué avergonzarme, que a él le había ocurrido lo mismo al volver de Inglaterra y recordar a sus amigos y a sus parientes ingleses.

Aquella mañana de enero, James entró en clase sujetando la cartera a su espalda. Caminaba torpemente, resbalaba en el suelo húmedo y fingía que se caía y que le costaba avanzar, provocando nuestras risas. Como el peso de los libros le impedía desprenderse del asa, retrocedió unos pasos y trató de cerrar la puerta con el pie, pero la empujó con más fuerza de la necesaria y terminó dando un portazo. Hasta ese momento el Rantanplán había dictado sin quitarle el ojo de encima, pero en cuanto la puerta se cerró se acercó hasta él y le pegó una bofetada que estuvo a punto de derribarlo. James no era capaz de liberarse de la cartera, así que el Rantanplán aprovechó para pegarle otra bofetada que se debió de oír en el pasillo, y luego retomó la lección como si no hubiera sucedido nada. James logró soltar al fin la cartera, se repuso, la recuperó y caminó hacia su pupitre con la cabeza baja y las mejillas enrojecidas.

La semana se presentaba aciaga. Al día siguiente, en clase de Gallego, el Rantanplán nos dejó diez minutos para escribir una redacción sobre un tema que podíamos escoger nosotros mismos. Andrés, incorregible soñador, romántico incurable, cinéfilo irredento, escribió un pequeño relato del Oeste que tituló “Hasta que la muerte nos separe”. Andrés vivía en una casita con finca y huerto en el monte que se alza a un par de kilómetros del pueblo, desde donde se veían los prados que se extienden ladera abajo, las playas más cercanas y una parte de la ría. En su habitación, que parecía sacada de un cuento de Rudyard Kipling, había un bonito mueble de madera oscura, un armario empotrado en cuyo interior cabían varias personas, y dos largas estanterías a cada lado de la ventana llenas de libros y de tebeos que Andrés leía con fruición. También era de los pocos que por aquel entonces tenían vídeo, y a menudo los lunes por la mañana, antes de empezar la clase, me contaba alguna película que había visto la tarde anterior, añadiendo detalles y situaciones de su propia cosecha que en realidad eran lo más interesante de la narración. Nos sentábamos en pupitres cercanos, y ahora lo veía alternar breves pausas reflexivas con la redacción rápida de cuatro o cinco frases, como si el tiempo acordado no fuera suficiente para plasmar todo lo que se le iba ocurriendo. Mientras escribía, no era consciente de que el Rantanplán se paraba de vez en cuando a su lado y lo observaba con una expresión a medio camino entre el asombro y el desprecio. Volví la vista hacia las ventanas del aula, empañadas desde hacía un rato. Me pregunté si alguien que pasara por delante del colegio podría oír las hostias que caían en las aulas de la planta baja a lo largo de la mañana. Todas las ventanas de aquella planta tenían los cristales opacos, pero no las de la primera ni las de la amplia buhardilla en la que estaban el salón de actos y un desván lleno de mesas y sillas viejas, que hacía las veces de aula de Pretecnología. La parte delantera del edificio daba a una pequeña avenida en las afueras del pueblo, y desde la parte trasera podíamos ver la desembocadura del río y los montes y los bosques de los alrededores. Contemplar aquel paisaje durante las clases resultaba arriesgado, ya que la atención solía desviarse hacia algún bote varado con marea baja o hacia la lancha arenera que regresaba a puerto a media tarde, hasta que una súbita bofetada interrumpía la ensoñación, devolviendo a la realidad al alumno distraído. Yo estaba convencido de que, a pesar de caer en las aulas de la primera planta, aquellas hostias se tenían que oír con total claridad desde el callejón que pasaba por detrás del colegio, especialmente cuando en primavera el profesor dejaba las ventanas abiertas. Las pisadas del Rantanplán aproximándose me sacaron repentinamente de mis reflexiones. Sentí terror al comprender que debía de faltar muy poco para que terminaran los diez minutos y había escrito apenas un par de líneas. Me pregunté cuántas veces habría pasado junto a mi pupitre sin que me diera cuenta y me pareció un milagro que no se hubiera fijado en mi hoja, prácticamente en blanco. Al mirar con disimulo el reloj, vi que acababa de finalizar el tiempo acordado. Pero en vez de ir directamente hasta su mesa, donde tenía el cuaderno con nuestras fichas, el Rantanplán se paró junto al pupitre de Andrés, que seguía escribiendo y lo miró sobresaltado. El Rantanplán le quitó la hoja de las manos, la levantó con una sonrisa socarrona para que todos pudiéramos verla y nos dijo que aquello que había escrito nuestro compañero era una mierda, que aquél era un ejemplo de cómo no se debía escribir nunca nada.

La semana seguía su curso azaroso. El viernes por la mañana volvimos a tener clase de Gallego, y esta vez, como de costumbre, el Rantanplán nos dejó un cuarto de hora para estudiar la vida y la obra de algún autor, que luego nos preguntaría por orden de lista. Los que se apellidaban de la F o la G en adelante podían respirar tranquilos, pero para los que íbamos  de primeros aquél solía ser el cuarto de hora más largo de la semana. Sin embargo, Darío, sentado en la fila de mi izquierda tres o cuatro pupitres por delante del mío, en seguida dejó a un lado su libreta y comenzó a hojear un hermoso libro ilustrado sobre la historia de los inventos, que yo había cogido en la biblioteca del pueblo la tarde anterior. Además de un apasionado seguidor de las series de televisión V, El señor de Ballantrae y La fuga de Colditz, Darío era un lector entusiasta de Julio Verne, cuyas obras completas, en una bonita edición de la editorial Molino, atesoraba dentro de una estantería colocada junto a la mesilla de su habitación. Por eso me había pedido prestado el libro de los inventos un rato antes, en cuanto me vio sacarlo de la cartera tras haber colgado nuestros anoraks a primera hora de la mañana. Que se pusiera a leerlo en aquel momento me pareció temerario, y también se lo habría parecido a él de vérselo hacer a otro compañero. Pero aquella lectura tiraba demasiado como para posponerla hasta el cambio de clase o hasta el recreo, sobre todo cuando aún quedaba tiempo antes de que empezaran las preguntas. Pasados unos segundos, sentí un escalofrío al oír las pisadas del Rantanplán aproximándose por mi izquierda con una lentitud sospechosa: no me atreví a volver la cabeza, pero pronto lo vi pasar en dirección a Darío tratando de hacer el menor ruido posible sobre el suelo de baldosas. Todos los que iba dejando atrás sabíamos lo que estaba a punto de suceder, pero Darío seguía leyendo y contemplando las ilustraciones con creciente admiración, y sin poder imaginar que tenía al Rantanplán a dos pasos. Darío era uno de mis mejores amigos. Habíamos crecido juntos, y aunque él vivía en aquel mismo barrio y yo en una aldea cercana, todas las tardes antes de volver a casa caminábamos hasta el aserradero donde construían los barcos en un extremo del pequeño puerto pesquero, hasta la biblioteca, hasta la estación de ferrocarril, hasta el atrio de la iglesia o hasta las calles más alejadas, que terminaban desapareciendo monte arriba entre muros de piedra y frondosos bosques de castaños. También sentíamos la misma indignación cuando por un motivo cualquiera le partían la cara a algún alumno interno o lo castigaban a quedarse en el colegio durante el fin de semana. Mi primer impulso fue prevenirlo de que el Rantanplán iba a por él: habría sido fácil, no tenía más que pronunciar su nombre en voz baja o decir algo del tipo: “¡Darío, cuidado!”, pero no serviría de nada porque iba a cobrar de todas formas. Además, a juzgar por aquella sonrisa retorcida que era incapaz de retener, resultaba evidente que el Rantanplán consideraba estar a punto de llevar a cabo su gracia de la semana. Y si yo se la echaba por tierra de una forma tan simple, podía perder el control, arremeter contra mí y pegarme una de aquellas palizas que pegaba de tarde en tarde y metían miedo hasta al alumno más endurecido. Así que me quedé callado, pensando que con suerte la agresión no pasaría de un coscorrón o un tirón de orejas. El Rantanplán se paró un instante detrás de Darío, le estampó una bofetada que se debió de oír al otro lado de la avenida y siguió adelante mientras todos bajábamos la vista hacia nuestras libretas. Darío guardó el libro en el cajón del pupitre y se repuso poco a poco. Luego volvió a abrir la libreta, y los minutos restantes transcurrieron en un silencio interrumpido únicamente por las pisadas del Rantanplán caminando de un extremo al otro del aula. 

lunes, 15 de junio de 2015

TEACHER TEACHER

Cuando estudié tercero de BUP a principios de los noventa, nos dio clase de Lengua Gallega una profesora de unos treinta y cinco años en la que me había fijado alguna vez antes, al verla comiendo en el bar, de guardia en la biblioteca o entrando en un aula. Como la mayoría de sus compañeros vivía en La Coruña, y al parecer ése era su último año en el instituto. Su rostro agradable y sonriente, de mirada inteligente y algo irónica (se parecía un poco a Dana Wynter), la alejaba del estilo combativo y montaraz al que estábamos acostumbrados, después de duras experiencias con otras profesoras de la misma asignatura en cursos anteriores. El primer día de clase nos repartió un test para determinar nuestro nivel de gallego y hacerse una idea de las obras literarias escritas en esa lengua con las que estábamos familiarizados. El interés que mostró al comentar en voz alta las respuestas, y la admiración que transmitía por los autores mencionados, me hicieron pensar que tal vez habíamos dado al fin con un profesor digno de tal nombre. Pero pronto llegaron las clases politizadas, los comentarios tendenciosos y maniqueos y las bromas frecuentes, no siempre de buen gusto, a quienes consideraba enfrentados a su forma de sentir determinados asuntos de actualidad. Asuntos que en aquel momento, con aquella edad y otras preocupaciones mucho más acuciantes, nos importaban bien poco a la mayoría de nosotros. En los últimos tiempos, la vida se había convertido para mí en una larga jornada hacia la noche, en el invierno de mi infortunio, en un cuento lleno de ruido y furia con final incierto. Había repetido segundo y tercero de BUP, era mi quinto año en el instituto y sabía que si ese curso no pasaba a COU, no lo iba a conseguir nunca. De los cuatro anteriores, sembrados de exámenes lamentables, toneladas de suspensos, expulsiones de varios días y enfrentamientos con profesores y alumnos, arrastraba una inseguridad permanente, un acuciante sentimiento de culpa, una completa falta de autoestima, y la certeza de que la única forma de salir de aquella dinámica era aprobar los dos cursos que me quedaban y dejar atrás unos años desastrosos que me hubiera gustado no vivir.

Al cabo de pocas semanas, tuve que admitir que a la profesora de Gallego no se le podía negar un cierto sentido del humor punzante y algo retorcido, que le daba un apreciable soplo de riesgo a sus clases. Durante los debates y las discusiones que surgían a menudo, nadie sabía quién iba a ser blanco de su ironía. Hasta el alumno más seguro de sí mismo podía acabar tragándose sus propias palabras, después de que cayeran sobre él un par de argumentos demoledores aderezados con unas gotas de fina guasa. Por otro lado, su entusiasmo al comentar y esclarecer los textos me llevaba a interesarme por unas obras y unos autores a los que nunca se me había ocurrido leer antes. Haciendo un esfuerzo que consideré sobrehumano, una mañana conseguí olvidar mi pánico a hablar en público y me atreví a participar, con una voz nerviosa que imaginé amariconada y un gallego mediocre que imaginé ridículo, en uno de aquellos debates, suponiendo que la profesora me mandaría callar en seguida echando mano de alguna agudeza burlona y cortante. Pero me quedé boquiabierto al comprobar que mi opinión parecía interesarle tanto como la de cualquier otro, a juzgar por su gesto de atención mientras me escuchaba y por los razonamientos precisos que esgrimió para rebatirla en cuanto terminé de hablar. La semana siguiente, me devolvió un comentario de texto con una sonrisa y unas palabras de felicitación que me sentaron como una caricia a un perro apaleado. A partir de aquel momento, me sorprendí participando a menudo en sus clases sin dar importancia a los ocasionales zarpazos dialécticos de la profesora. Y al terminar la primera evaluación, sin saber muy bien cómo, logré hacer un examen de Gallego bastante más presentable que cualquiera de los perpetrados hasta entonces.

Ese mismo año llegó al instituto, recién salido de la universidad, un profesor de Griego y Latín que nos tocó en esta última asignatura. Era un fulano tirando a guapo, lo que en principio le otorgó cierto éxito entre el alumnado femenino: un guapo de portada de disco malo que lucía camisa abierta hasta el ombligo y cuando se ponía por encima una chaqueta parecía que la llevara a pelo sobre el torso desnudo; un andoba con engañoso aspecto de buen chaval (falsa torpeza, ingenuidad fingida) que jugaría al fútbol en los partidos de profesores y alumnos y bailaría con las alumnas en las fiestas celebradas antes de las Navidades o las vacaciones de carnaval; un elemento que se llamaba Francisco pero que, buscando una forzada familiaridad con los alumnos, nos dijo que podíamos llamarlo, ehem, Paco; un pájaro que solía llegar tarde a las clases, improvisaría exámenes y puntuaría en función de cómo se entendía con cada alumno y no del trabajo hecho; un tipo altanero y despectivo con facilidad para la provocación y la amenaza, especialmente a los chavales más impopulares e inseguros: una mezcla muy peligrosa de empollón y macarra de pueblo que muy pronto nos iba a putear bien puteados a más de uno.

Hacia la mitad de la segunda evaluación, empezamos a ver en todo momento a Paco cerca de la profesora de Gallego. Durante los recreos se reclinaba a su lado contra la barra del bar, intentaba pagarle el café y trataba de participar en sus conversaciones con los compañeros de seminario, provocando la incomodidad de alguno y la irritación de la mayoría, que intercambiaban miradas de horror o ironía y lanzaban comentarios abiertamente sarcásticos como réplica a sus intromisiones. Luego la seguía por escaleras y pasillos de vuelta a las aulas, y en las pausas entre dos clases, incapaz de interpretar su gesto de enojo contenido, la acompañaba hasta la sala de profesores buscando una comunicación que no iba a producirse. Aquel pobre diablo no tenía una sola posibilidad con ella. Pertenecían a mundos distintos, eran como miembros de dos especies diferentes. Paco debió de molestar a la profesora de Gallego durante un par de semanas y dejó de hacerlo, brusca y definitivamente, después de la comida que los profesores organizaban cada año, el viernes anterior a las vacaciones de Semana Santa, en el bar del instituto.

Aquella tarde mi amigo Javier y yo nos acercamos hasta allí a primera hora, tal vez porque habíamos quedado con alguien en el barrio de las afueras donde estaba el edificio, a un paso de la desembocadura del río y los bosques de los alrededores. Javier era un tipo de una pieza que jugaba muy bien al balonmano, se parecía un poco a Bruno Lomas (la misa risa espontánea, el mismo toque chulesco, la misma masculinidad desbordada) y volvía locas a las chavalas del pueblo, lo que sentaba muy mal a sus antiguos compañeros de clase. Tenía dos años más que yo y repetía por tercera vez primero de BUP cuando entré en el instituto, de modo que coincidimos en la misma aula, nos entendimos bien desde el principio, y pronto nos hicimos amigos. Aunque ese curso conseguimos aprobar en septiembre, el siguiente sería desastroso para ambos, así que él terminó dejando el Bachillerato y se matriculó en un centro de FP de Ferrol, donde ahora le faltaba poco para concluir sus estudios.

Cuando llegamos al instituto, todavía estaban allí los profesores y también algunos alumnos y las jugadoras del equipo local de baloncesto, que esperaban por el entrenador sentadas en los bancos de la entrada. Nosotros nos reclinamos contra la barandilla del jardín contiguo, desde donde se veía el interior de la planta baja. Unos minutos después, los profesores empezaron a salir del bar: comenzaba la parada de los monstruos, el baile de los vampiros, la sucesión anual de escenas costumbristas y pretendidamente entrañables en la que docentes arrogantes y envarados le hablaban de tú a tú al camarero del bar, profesoras clasistas y despectivas bailaban con la señora de la limpieza, compañeros que se odiaban a muerte charlaban con total cordialidad como si esa noche planearan irse de putas juntos. Por un momento la entrada del instituto se llenó de gente, hubo cierta confusión y algunos traspiés entre profesores, alumnos rezagados y baloncestistas. La profesora de Gallego fue de los últimos en salir. Reía a carcajadas, se veía que había pasado un buen rato, y ahora despedía a unos y otros y miraba divertida a su alrededor, como si no recordara dónde había aparcado su Seat Ibiza rojo. Lo localizó al fin, y se disponía a cruzar la carretera cuando se fijó en Javier y en mí, y para mi asombro se paró sonriendo delante de nosotros. Unos años antes le había dado clase a Javier, y aunque habían tenido sus diferencias, en general mi amigo guardaba un buen recuerdo de ella. La profesora también lo recordaba, me pareció que le había sorprendido gratamente descubrir que éramos amigos. Le preguntó qué tal le iban las cosas, se alegró de saber que le iban bien y luego pasó a hablar conmigo, ignorando, como de costumbre, mi inquebrantable timidez y mi dificultad para expresarme en determinadas situaciones, como si no existieran tales obstáculos o allí no hubiera lugar para ellos. Fue una conversación breve pero muy agradable; quizá por eso, mientras la veíamos alejarse hacia el coche después de despedirse de nosotros sentí algo parecido a la nostalgia. Era una sensación similar a la que me invadía cuando terminaba el curso y me despedía de alguna alumna de fuera del pueblo con la que había hecho buenas migas durante las últimas semanas, o cuando en clase nos mandaban sentarnos por orden de lista y me tocaba al lado de alguna compañera que a los pocos minutos de conversación empezaba a resultarme simpática y atractiva, pese a verla todos los días charlando y riendo con algunos de los fulanos que peor me caían del instituto. Javier y yo observamos a la profesora mientras llegaba hasta el coche, sacaba las llaves del bolso y separaba las del vehículo. Se la veía contenta y algo achispada, para ella debía de ser uno de esos raros días en los que todo sale bien, en los que las cosas van como deberían ir siempre. Abrió la puerta, dejó el bolso y la chaqueta en el asiento de la derecha, e iba a entrar cuando Paco se acercó y se paró detrás de ella. Yo ya lo había visto unos minutos antes, hablando con un grupo de profesores sobre los que tenía ascendiente desde el comienzo del curso, y ahora llevaba escrito en la cara que en breve pensaba dar la campanada. La profesora se volvió al oírlo llegar, y su rostro risueño se ensombreció en cuanto descubrió de quién se trataba. Me dio pena ver cómo aquel imbécil estaba a punto de arruinarle la tarde; por ese motivo, más que otras veces tuve ganas de cruzar la carretera y pegarle un rodillazo en las pelotas a Paco. Pero ya ella se encargó, metafóricamente, de hacerlo: no pudimos oír sus palabras pero vimos su expresión mientras las pronunciaba, una expresión indignada y despectiva, dura y algo cruel, que nunca había mostrado en clase; era la expresión de alguien que alguna vez sufrió y ahora sabía hacer sufrir si lo consideraba necesario, que había vivido y había aprendido a defenderse, o que quizá supo defenderse ya desde el principio. A continuación subió al coche, cerró la puerta de golpe, arrancó y salió marcha atrás sin apenas mirar el retrovisor: fue un gesto algo teatral pero decididamente entrañable, aunque pudo costarle caro de pasar otro vehículo en ese momento. Pero hubo suerte y el coche giró en medio de una carretera despejada, como si todos los conductores de la zona hubieran acordado dejarle el paso libre a la gran dama en la que durante aquellos gloriosos instantes se había convertido nuestra profesora. Luego se puso el cinturón de seguridad y salió en dirección a La Coruña a la velocidad habitual, como si ya no estuviera alterada y el difunto Paco nunca hubiera existido, mientras Javier y yo sonreíamos admirados sin perderla de vista. Era una tarde de primavera fresca y agradable. Faltaba menos de una evaluación para terminar el curso, y por primera vez en mucho tiempo parecía posible llegar a junio con la mayoría de las asignaturas aprobadas. Al reparar en que después ya no volvería a ver a la profesora de Gallego tuve ganas de marcharme del instituto cuanto antes, de rematar lo que me quedaba por hacer allí y descubrir otros lugares y conocer a otras gentes. Tal vez por eso, mientras ella se alejaba le deseé de todo corazón que los dioses celtas le fueran favorables el resto de su vida.