paname blues

miércoles, 26 de junio de 2019

LA CONQUISTA DEL OESTE

El cine del pueblo estaba en un viejo edificio situado cerca del puerto pesquero, y allá por la década de los ochenta caminábamos hasta allí los días nublados de verano en los que volvíamos pronto del mar a causa de la lluvia. Era un amplio local con suelo de madera, escenario con pesadas cortinas rojas para representar obras teatrales, y en la primera planta una platea (el “gallinero”) y un bar (el ambigú) que recordaba a los de las fotografías del Oeste americano, adonde subíamos a comprar bebidas y chocolatinas durante la pausa en las proyecciones especialmente largas (pausa anunciada por un cartel que aparecía en la pantalla con el texto “visite el ambigú” escrito a bolígrafo). La programación constaba fundamentalmente de cuatro tipos de películas: subproductos italianos o norteamericanos; estrenos que llegaban con dos o tres años de retraso; clásicos de los cincuenta y primeros sesenta (como las magníficas El hombre de las pistolas de oroLa conquista del Oeste y Las nieves del Kilimanjaro); y películas eróticas que proyectaban los jueves por la noche y a cuyos pases no podíamos acudir, lo que las rodeaba de un halo de leyenda (especialmente cuando pusieron una en tres dimensiones), aunque paliábamos la prohibición contemplando las fotografías de la vitrina con las preceptivas estrellitas sobre los pezones de las actrices.

Los domingos de invierno yo coincidía en la cola de la taquilla con mis amigos del colegio sin que fuera necesario quedar antes. En una ocasión fui con mi hermano a ver Terminator en el primer pase de la tarde, pero la película ya había empezado y no nos dejaron entrar por no tener la edad permitida. Había éxitos rotundos, como la cinta de acción automovilística y tono humorístico Los locos de Cannonball, con Burt Reynolds y Farrah Fawcett, que a causa de la gran afluencia de público volvieron a proyectar el domingo siguiente. También se llenó la sala con Karate Kid, película de aprendizaje y artes marciales durante cuyo clímax se podía sentir la tensión en las butacas, y la concurrencia, emocionada, aplaudía cada vez que el joven y atribulado protagonista salía victorioso de un asalto. Ciertos títulos hacían surgir sentimientos insospechados en algunos espectadores: al final de Gremlins, cuando el viejo chino va a la casa del protagonista para arrebatarle el simpático y entrañable monstruillo, en el gallinero oí cómo un chaval de uno de los barrios más duros del pueblo, indignado, amenazaba con pegarle una hostia al asiático si se lo llevaba.

Era normal vacilar al acomodador, que armado con su linterna buscaba por el pasillo entre las filas de butacas a los elementos perturbadores. En Conan el destructor, en el momento en que se enfrentan mentalmente el brujo bueno y el brujo maléfico y vence aquél, alguien empezó a aplaudir de cachondeo contagiando al resto de la sala, que rompió en aplausos mientras continuaba la proyección. Aquello me pareció la cumbre de la hilaridad, así que unas semanas después, durante el pase de Comando Patos Salvajes (una italiana de acción protagonizada por el gran Lee Van Cleef), les dije a mis amigos que aplaudiéramos tras presenciar una frenética persecución automovilística, pero en seguida tuvimos que parar al ofrecernos dos hostias un fulano sentado con su novia en la fila de delante. A veces, la complejidad de lo que veíamos en la pantalla era involuntaria: cuando pusieron El jinete pálido, un western duro y brioso que me fascinó, el proyeccionista se equivocó con el orden de los rollos de película, de manera que se produjeron elipsis bruscas y sorprendentes y las escenas se sucedían en un orden difícil de seguir.

En la oscuridad de aquella sala espaciosa y acogedora descubrí lugares que me cautivarían y asociaría en mi imaginación con los bosques y las playas de aguas verdes de los alrededores, como los Mares del Sur de Los piratas de las islas salvajes o la junglas sudamericanas de Tras el corazón verde La selva esmeralda. Otras películas me conmovían y me permitían asomarme a lo que intuía que era la vida adulta, entre ellas las inolvidables, especialmente para quienes teníamos once o doce años, Único testigo, La rosa púrpura del Cairo y Cotton Club. A estas dos últimas me llevaron mi tío y su novia sendas noches lluviosas después de comprar tres curcuchos de patatas fritas en un puesto del cercano mercado municipal que abría los domingos. Durante el pase de la primera, me estremecí con la escena en la que Harrison Ford y Kelly McGillis bailan al ritmo del Wonderful World de Sam Cooke en el interior de un granero, y me costó semanas olvidar el perturbador momento en que se besan arrebatadoramente por primera vez.

Cuando mi padre nos venía a buscar al terminar las películas, le pedía los carteles al propietario del cine. Uno de los que conservo hoy es el de La conquista del Oeste, superproducción de principios de los años sesenta que para nosotros tenía la curiosidad de contar en su reparto con un joven George Peppard, en aquellos tiempos célebre entre los chavales de mi edad por protagonizar la serie televisiva El equipo A. Era una película de tres horas dirigida por Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, y su larga duración permitía pasar media tarde instalados cómodamente en las butacas. En la pantalla, James Stewart, John Wayne, Karl Malden, Carroll Baker, Carolyn Jones, Richard Widmark, Lee J. Cobb y Gregory Peck entre otros. La música de Alfred Newman. La familia cuáquera que canta El hogar en la pradera al son de un acordeón a orillas del río. El viejo trampero enamorado diciéndole a su futura y joven esposa que va a sentar cabeza para casarse con ella. El muchacho que vuelve de la guerra convertido en adulto. La estampida de bisontes. El tiroteo del final sobre un tren en marcha rodado en espectacular formato panorámico. El visionado de La conquista del Oeste, con su épica de buena ley, su ritmo, su lírica emocionada, su reparto de grandes actores, sus personajes tan reales que parecían de carne y hueso, y esos anhelos y esas grandes dificultades y esas pequeñas victorias que, de alguna forma, anticipaban otros tantos que la vida real nos depararía años después, fue una de las impresiones mas imperecederas y es uno de los recuerdos más hermosos y duraderos de mi ya lejana infancia.  

jueves, 20 de junio de 2019

EN EL NORTE

Una mañana de invierno, Michael Byrne salió de su pequeño apartamento en Moray Park Terrace, recorrió un laberinto de calles nevadas y cogió un autobús que lo condujo hasta la estación de Edimburgo-Waverley. Después de pedir un billete para Balloch, anduvo entre la multitud hacia el andén y esperó en su asiento la partida del tren. Cuando éste se puso en marcha en dirección al oeste del país, Byrne pensó en Christine y volvieron a su cabeza los pasos que lo habían llevado a hacer ese viaje.

Byrne la había conocido dos años antes, la tarde que coincidieron en el ferry en el que ella visitaba el Loch Lomond, donde él trabajaba de camarero en uno de los restaurantes situados a orillas del lago. Byrne tenía el día libre, y como se entendieron bien tras una breve conversación acerca del hermoso paisaje de colinas pardas y bosques de coníferas, pasaron el resto de la jornada juntos. Volvieron a verse la mañana siguiente. Luego Byrne retomó su trabajo pero Christine se acercaba al restaurante al caer la tarde, y cuando terminó su viaje y tuvo que regresar a Francia, decidieron que volverían a encontrarse en cuanto les fuera posible. Dos meses después se vieron de nuevo en Calais, donde ella trabajaba en la oficina de correos, y al cabo de poco tiempo Byrne dejaba el restaurante, empezaba a trabajar de recepcionista nocturno en un hotel de la costa normanda y vivía con Christine en el apartamento que ella tenía alquilado cerca del puerto.

Las cosas fueron bien al principio, y a menudo Byrne se despertaba en mitad de la noche y se asombraba de que la soledad en la que había pasado sus veintidós años de vida hubiera terminado de manera tan repentina. Byrne no tenía hermanos y había perdido a sus padres en un accidente de tráfico cuando era niño. En el instituto había sido un tipo solitario y conflictivo, y después de varias expulsiones por enfrentamientos con alumnos y profesores, había dejado los estudios para empezar a trabajar de botones en un hotel de Edimburgo. Todo su mundo se reducía a unas vivencias breves y no especialmente felices y a paseos en solitario por diversos rincones de la ciudad. Eso se terminó al conocer a Christine, y durante varios meses sintió un contento y una placidez totalmente nuevos. Pero las cosas no tardaron en torcerse. Desde hacía tiempo, Byrne vivía con la impresión de llevar en su interior a alguien que quería hacerle daño y lo conocía muy bien, y arrastraba consigo una tristeza que ahora le estaba jugando una mala pasada. Después de dos años de dificultosa convivencia en los que, a pesar de lo mucho que tenían en común, surgieron diferencias en apariencia infranqueables, decidieron separarse durante un tiempo. Byrne regresó a Edimburgo y encontró trabajo como portero de noche en un hotel, pero pronto comprendió que no podía vivir alejado de Christine. Con el paso de las semanas se acrecentaba la sensación de pérdida y fracaso, y la soledad era ahora mucho más difícil de sobrellevar que antes de haberse conocido. Byrne suponía que Christine no iba a volver, ya que consideraba que ella, cuyo carácter seguro y afable la hacía tan apreciada por los demás, tenía una vida más llena que la suya. De ahí su asombro cuando una mañana, al regresar a casa después del trabajo, recibió su llamada telefónica. A Byrne le sorprendió que ella sintiera su misma timidez inicial, pero eso no impidió que la camaradería habitual terminara estando presente en la breve conversación. Fue Christine quien le propuso volver a verse al cabo de tres semanas en el Loch Lomond.

Después del transbordo, el tren dejó atrás Glasgow, siguió su camino a través de un paisaje de suaves lomas nevadas, y una hora más tarde se detenía en la estación de Balloch. Tras coger su maleta y cerrar los botones de su abrigo, Byrne salió del calor del interior del vagón al intenso frío de un andén cubierto de nieve y sal. Miró a su alrededor, pero no vio a Christine entre quienes aguardaban a los pasajeros que se apeaban en ese momento, y sintió un miedo repentino que le hizo pensar que tal vez ella hubiera terminado considerando absurda la idea de un reencuentro. Durante unos minutos anduvo de un lado a otro con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo subido, hasta que a través del empañado cristal de la puerta de la estación vio que alguien entraba apresuradamente. Un instante después, Christine salía al andén envuelta en su abrigo, lo veía y echaba a andar hacia él con una sonrisa. Mientras se abrazaban y se besaban en el solitario andén, Byrne comprendió que al fin habían vuelto a casa.

lunes, 24 de diciembre de 2018

SCHOOL DAYS (XIV)

There is a happy land where only children live
David Bowie
Hace algo más de treinta años, un día de octubre, el ciclón Hortensia sacudió el pueblo. Fue bastante repentino: al mediodía comenzó a llover, a media tarde el viento soplaba con furia y al anochecer se fue la luz en toda la comarca. En mitad de la noche amainó el viento, y al día siguiente pudimos ver los desperfectos. En torno a mi casa había árboles caídos y un coche en medio de un maizal. En la avenida de las afueras donde está situado el colegio se habían roto los escaparates de varios comercios, y en el pequeño puerto pesquero algunos botes se habían estrellado contra las cepas del puente del ferrocarril y otros habían encallado en la playa contigua. El puente se alzaba a veinte metros por encima de la carpintería de rivera situada al final del muelle, y en uno de los bosquecillos que rodean la vía varios eucaliptos se habían venido abajo, quedando suspendidos a gran altura, en horizontal, sobre la playa.

Hasta allí decidimos ir Darío, Monchito y yo un viernes por la tarde de diciembre, poco antes de las vacaciones de Navidad, al salir de clase. Darío y yo íbamos juntos al colegio desde preescolar y era uno de mis mejores amigos. Aunque él vivía en el pueblo y yo en una aldea de los alrededores, todas las tardes antes de volver a casa caminábamos  hasta la biblioteca, hasta la estación de ferrocarril, hasta el atrio de la iglesia o hasta las calles más alejadas del centro, que terminaban desapareciendo monte arriba entre muros de piedra y frondosos bosques de castaños. Monchito era un chavalillo de gafas tímido y solitario que venía de un pueblo del interior. Lo habían matriculado en el colegio el curso anterior y en seguida nos hicimos amigos, así que también solía venir en aquellas salidas.

Después de una breve parada en la biblioteca municipal, seguimos caminando por las calles del centro y llegamos a la avenida de las afueras que conduce a la estación de ferrocarril. Cuando la vimos al pie del monte, nos desviamos por un sendero que discurre entre la maleza y desciende hacia la vía del tren y echamos a andar sobre los raíles en sentido contrario. Pronto llegábamos hasta el puente y nos deteníamos en uno de sus extremos. Desde allí oíamos el ruido del oleaje al romper contra las rocas y podíamos ver el bosquecillo con los eucaliptos tumbados. Nos adentramos entre los árboles que seguían erguidos mientras nuestros pies se hundían en un terreno lleno de agua y nos aproximamos con precaución al borde del acantilado. Las raíces de los eucaliptos quedaban al descubierto, y troncos y ramas colgaban peligrosamente en el vacío por encima del dificultoso sendero que desciende hasta la arena entre las peñas y la maraña de vegetación. Se me ocurrió que desde el extremo de uno de aquellos troncos debía de haber una magnífica perspectiva de la playa, el puente y el puerto pesquero. Aunque el paisaje boscoso resultaba atrayente y acogedor no parecía muy prudente moverse por aquella zona, así que decidimos seguir la vía férrea hasta la estación. Pero al mismo tiempo tratar de avanzar sobre uno de los eucaliptos resultaba demasiado tentador como para marcharnos sin haberlo intentado. Se lo comenté a mis amigos y consideramos que podíamos probar a caminar por encima del tronco más cercano sin alejarnos demasiado del bosquecillo. Trepamos a lo alto de la raíz manchándonos de tierra húmeda zapatos, pantalones y anoraks, descendimos hasta el tronco y echamos a andar en fila india manteniendo el equilibrio, yo en cabeza seguido por Monchito y Darío. La madera era muy resbaladiza, pero caminábamos despacio ayudándonos de las frondosas ramas. Aquello me producía una deliciosa sensación de peligro e irrealidad, como si estuviéramos soñándolo y al mismo tiempo llevando a cabo algún tipo de transgresión. Me detuve a pocos metros del acantilado y comprobé que desde allá arriba se veía no sólo la playa y el puerto sino también la ría en toda su extensión, la costa verde y rocosa del otro lado y el mar abierto en la línea del horizonte bajo el cielo gris de un atardecer que presagiaba lluvia. Darío y Monchito se pararon detrás de mí, echaron un rápido vistazo y decidieron que era el momento de volver atrás, pero yo, optimista e ilusionado, seguí el camino hacia la copa del árbol, y pronto tuve que agacharme con tiento y continuar a cuatro patas porque el tronco se estrechaba. Monchito y Darío habían regresado al bosquecillo y me aconsejaron que lo dejara ya. Yo tenía la impresión de estar cumpliendo alguna clase de meta, de modo que proseguí el avance sin escucharlos, hasta que me di cuenta de que no podía ir más allá debido a la estrechez del tronco y la frondosidad de las ramas. Tampoco me iba a resultar fácil retroceder hasta el punto de partida, pues para eso tendría que dar la vuelta a cuatro patas, algo muy complicado sobre aquella superficie tan estrecha. Estaba atascado cerca de la copa, a siete u ocho metros de la raíz. Por primera vez sentí un vértigo que me hizo sentarme lentamente a horcajadas tratando de no resbalar con manos y rodillas, y a continuación sujetarme con fuerza a una rama que me pareció muy poco resistente. Miré hacia abajo y pude ver las rocas y la rompiente a mayor distancia de la que había imaginado cuando contemplé el paisaje a mitad de camino. Me pregunté cómo demonios iba a regresar al bosquecillo. Al girar la cabeza hacia allí vi a mis amigos aguardando expectantes.

–¡No puedo volver! –grité–. ¡Tenéis que ayudarme!

Pero resultaba evidente que si yo me encontraba en aquella situación por haberme alejado tanto del acantilado, no iban ellos a imitarme para acabar todos en el mismo trance. Pensé en cambiar de sentido sobre el tronco para ponerme de nuevo a cuatro patas y regresar de ese modo, pero al levantar levemente la pierna derecha resbalé hacia la izquierda, así que solté la rama y estreché con brazos y piernas el árbol. Ahora tuve verdadero miedo de precipitarme al vacío desde una altura similar a la del puente del ferrocarril. Como empezaba a caer una ligera llovizna apreté con todas mis fuerzas el tronco, pues notaba que mis manos se escurrían por la madera mojada.

–¡Me voy a caer! –grité sin mirar atrás.

–¡Antonio, agárrate a esta rama! –exclamó Monchito.

Tratando de moverme lo menos posible, asomé la cabeza por encima del hombro y pude ver a mis amigos sobre el tronco, Darío sujeto a la raíz con la mano derecha y con la izquierda extendida asiendo la diestra de Monchito, y éste estirando un brazo hacia donde estaba yo tratando de hacerme llegar una rama que sostenía con la zurda. 

–¡Espera, Monchito, que así nos vamos a caer los tres! –repuse.

Pero él seguía intentando acercarme la rama, hasta que se le soltó de la mano y fue a parar a las rocas de la playa. Darío y Monchito regresaron con precaución al bosquecillo y yo decidí que la única forma de salir del atolladero era retroceder sentado y sin cambiar de posición. Me desplacé lentamente ayudándome con los brazos y apretando los dedos contra la corteza del árbol, y en un tiempo que se me hizo interminable logré llegar a la parte más ancha del tronco. Allí, sujetándome a varias ramas resistentes, conseguí ponerme de rodillas y luego erguirme. Una vez en pie me di la vuelta, y caminando con cierta prisa, aunque atento a no resbalar en la madera mojada, hice el resto del trayecto hasta la raíz. Cuando puse los pies en el prado Darío y Monchito me recibieron como si viniera de la guerra. Unos minutos después caminábamos bajo las farolas encendidas de regreso al centro del pueblo. 

–Menudo susto pasé… –dije, y en cuanto terminé de hablar me dio la risa. Darío y Monchito me miraron sorprendidos, pero en seguida se rieron ellos también y entre carcajadas íbamos recordando lo sucedido.

viernes, 21 de diciembre de 2018

ATARDECER

"Life's just much too hard today"
I hear ev'ry mother say
The pursuit of happiness just seems a bore
The Rolling Stones
Al caer la tarde, L salió de la zapatería que tenía en la parte alta del pueblo, anduvo calle abajo y unos minutos después llegaba hasta el pequeño puerto pesquero. Era el trayecto que hacía habitualmente  para regresar a su casa tras haber cerrado la tienda y nunca se había detenido allí. Pero ese día redujo el paso al aproximarse a la barandilla, recibió el aire frío en el rostro y reparó por primera vez en los matices que componían el entorno en el que se encontraba. Observó la desembocadura del río, los barcos pesqueros que pronto saldrían a faenar, la carpintería de rivera situada al final del muelle, el puente del ferrocarril, la costa del otro lado de la ría y el mar. Hasta ella llegaban los gritos de las gaviotas y las primeras gotas de una llovizna característica del tiempo otoñal en aquel pueblo del norte. Guiada por un impulso, giró la cabeza y pudo ver los edificios de la villa en la que había nacido y pasado sus cincuenta y tres años de vida. El más cercano era la cofradía del puerto, junto al que había un bar de pescadores donde en ese momento debía de estar su marido, apurando la última copa de la jornada antes de regresar a casa ligeramente ebrio. L quería volver antes que él para preparar la cena, pero sentía que algo la obligaba a quedarse unos minutos más disfrutando de un paisaje en el que nunca se había fijado con tanta atención, algo relacionado a la vez con la melancolía y el tedio. Al contemplar aquellos edificios que seguían allí desde su infancia y conformaban un entorno que ahora sentía adherido a su propia piel, recordó el piso del centro en el que había nacido y cuando ella y sus hermanos estudiaban en el único colegio de primaria que había entonces, donde conoció al que luego sería su marido. A su cabeza volvieron recuerdos de los años anteriores a su boda. L se daba cuenta por primera vez de que pequeñas anécdotas que hasta ese momento habían carecido de una importancia especial para ella, conformaban ahora el tejido de un tiempo feliz que empezaba a evocar con sorprendente nostalgia. Años más tarde, durante las fiestas locales que se celebraban al terminar el verano en una aldea costera de la comarca, volvería a encontrarse con su futuro marido, en la época en la que ella se ocupaba ya del negocio familiar y él terminaba sus estudios de Náutica. Un año después se casaban en la iglesia del pueblo, y a los pocos meses nació su única hija. Su marido se embarcó, y desde entonces ella trabajaba en la tienda y lo veía por espacio de varias semanas antes de la siguiente travesía. El resto del tiempo lo echaba de menos y se sentía sola, especialmente a primera hora de la mañana, cuando salía de casa y caminaba hacia la zapatería por las mismas calles en las que había pasado toda su vida, y a última hora de la tarde, al cerrar y regresar dando un rodeo por delante del pequeño puerto pesquero. Su única ocupación más allá del trabajo consistía en cuidar a su hija, el mayor motivo de alegría para ella, y en frecuentar a gentes del pueblo a las que trataba desde que eran niños.
           
L llevaba diez años casada cuando llegó a sus oídos el rumor de que su marido tenía una amante en una de las ciudades a las que arribaba el barco. En principio no prestó atención a aquella patraña, pues cada mes surgía un chisme semejante referido a algún vecino de los alrededores, pero en cuanto su marido regresó, no pudo evitar sospechar que tal vez la aventura que le atribuían fuera cierta. Al contrario que en otras ocasiones, la alegría habitual estuvo ausente de aquel reencuentro. La subsiguiente estancia no fue para él más que un periodo de descanso en el que ocasionalmente paraba en casa, donde lo esperaba una mujer agradable y servil, y la mayor parte del tiempo la pasó en compañía de viejos conocidos en el puerto. L sintió una desprotección y una tristeza totalmente nuevas, pero cuanto peor se sentía más necesitaba a su marido a su lado; para ella habría sido impensable la compañía de un hombre que no fuera él. En cualquier caso, aquello no duró demasiado: al cabo de varios meses comprendió que, a juzgar por la calidez con la que volvieron a encontrarse al regreso de una travesía, la aventura había concluido. Sin embargo, con el paso de los años aquella calidez se transformó en simple cordialidad, y durante sus estancias en el pueblo su marido dejó de ir a verla y hacerle compañía un rato en la tienda, ya que pasaba su tiempo en los bares del puerto.

L dio la espalda a los edificios del pueblo y volvió la vista hacia el mar. En aquella época del año los propietarios de las lanchas que aún quedaban atracadas en el pantalán apenas salían ya, pero todavía había quienes iban a pescar o a dar una vuelta por la ría. Una de aquellas lanchas regresaba en ese momento, y L la vio pasar de camino al muelle entre las cepas del puente del ferrocarril. La rueda del timón la manejaba un joven de unos veinte años, hijo de un viejo conocido, y junto a él, sentada en el tambucho, estaba su novia, que tendría su misma edad y era oriunda de otro lugar. L sabía que vivían fuera, así que supuso que estarían de vacaciones, y recordó que durante el verano salían en la lancha todos los días aunque lloviera o hiciera mal tiempo. Ambos sonreían como si hubieran pasado una tarde muy agradable en el mar, a pesar del viento y de la lluvia que había caído ocasionalmente a lo largo de la jornada. El joven condujo la embarcación hasta su plaza en el pantalán y puso punto muerto mientras su novia se desplazaba hacia proa por la borda de babor para amarrar. El joven siempre le había parecido a L un buen tipo, algo tímido y tal vez un poco inseguro, pero tanto él como su novia transmitían una impresión de camaradería que, para su propia sorpresa, le resultó envidiable. La sorpresa dejó paso a una soterrada inquietud, cuando reparó en que aquella imagen tan habitual en esa parte del pueblo tenía ahora un significado totalmente nuevo que la diferenciaba de otras imágenes semejantes y la situaba a distancia de lo que siempre había sido su propia vida. La camaradería que transmitían los tripulantes de la lancha no estaba reñida con una cierta tristeza que siempre había detectado en los ojos de él, pero dicha camaradería era sumamente deseable aunque no tuviera nada que ver con la seguridad en la que vivían ella, su marido y las personas a quienes conocía desde los tiempos del colegio. Por primera vez en su vida L se estaba preguntando cómo sería la de otra gente, y se preguntaba también si la seguridad, tal vez el bien más preciado para ella y la mayoría de sus vecinos, no valdría gran cosa frente a algo en apariencia tan ínfimo como la camaradería que había entre los dos jóvenes de la lancha, camaradería que ocultaba algo mucho más íntimo, algo de lo que en realidad ella y su marido jamás habían disfrutado.

La llovizna se transformaba en aguacero, y entre risas los jóvenes de la lancha ponían la lona precipitadamente, saltaban al pantalán con una mochila y la lata de gasolina en las manos y corrían hacia el muelle. L abrió el paraguas, se apartó de la barandilla y siguió el camino hacia su casa, pero antes de alejarse no pudo evitar detenerse un instante para mirar atrás, y sintió un inesperado dolor al verlos subir a un coche rojo aparcado cerca de donde se encontraba ella.

Un cuarto de hora después se paraba frente al edificio donde vivía, cerraba el paraguas, entraba en la portería y tomaba el ascensor hasta su piso en la cuarta planta. Una vez en la cocina comenzó a preparar la cena maquinalmente, como siempre a aquella hora desde hacía años.  Pero al cabo de unos minutos se detuvo, se acercó hasta la ventana, separó la cortina y dirigió la mirada hacia el exterior. Desde allí podía ver el puerto y  el puente del ferrocarril. Mientras recordaba a la pareja de la lancha llegando al pantalán, se preguntó dónde estarían en ese momento y de qué manera dedicarían su tiempo el resto de la tarde. El sonido de una llave en la puerta del vestíbulo la sacó de su cavilación. L soltó la cortina y continuó haciendo la cena mientras trataba de ignorar las lágrimas que afloraban a sus ojos.

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA ESTRELLA Y LA MEDIA LUNA


1
El autobús se detuvo frente a la garita del control militar y dos soldados montaron por la parte de delante y comenzaron a pedir los pasaportes a los viajeros. Con la única excepción de Pierre Durand, éstos eran habitantes de Estambul o emigrantes que regresaban de Alemania para pasar unos días con sus familias en sus pueblos de origen del Kurdistán turco. Tanto Durand como los turcos con doble nacionalidad tuvieron que apearse. Durand fue conducido al interior de la garita, donde un soldado que hablaba inglés le preguntó su nombre y el de sus padres, mientras otro anotaba los datos sentado ante un ordenador y otros dos, en tono de burla bienintencionada, comentaban que era la primera persona de otro país que ponía los pies allí en mucho tiempo. No parecían malos tipos, pero Durand pensó que habían sido hombres como ellos quienes violaron y asesinaron durante los años del genocidio kurdo; violaron y asesinaron a gentes como las que viajaban ahora junto a él, y a mujeres como la suya. Cuando el soldado que hablaba inglés le preguntó el motivo de su viaje, Durand le explicó con pocas palabras que iba a visitar al hermano de su mujer, lo cual era cierto en parte. El soldado lo miró con suspicacia y le preguntó por qué su mujer no iba con él, a lo que Durand respondió que su mujer había sido asesinada dos meses antes. En un tono diferente al empleado hasta entonces, el soldado quiso saber cuánto tiempo habían estado casados y Durand le mintió, pues se le antojaba que responder el tiempo real habría supuesto enturbiar su recuerdo. A continuación, su interlocutor le indicó que saliera de la garita y ordenó al conductor del autobús que abriera el portaequipajes. Durand sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban, no porque corriera peligro en ese momento, sino porque tal vez fuera a correrlo a la vuelta, cuando el vehículo pasara de nuevo por allí de regreso a Estambul después de que Durand hubiera llevado a cabo lo que lo había conducido hasta el este de Turquía. Los demás pasajeros lo miraban desde el otro lado de las ventanillas, mientras el conductor tiraba de la portezuela con gesto de contrariedad y el auxiliar señalaba el reloj para indicar que sufrían retraso. Durand sacó su maleta y el soldado que hablaba inglés la abrió y la registró brevemente. Luego le dijo que aquello era todo y le indicó que subiera al autobús. Unos segundos después, Durand se acomodaba en su asiento mientras el conductor encendía el motor y retomaba el viaje. Aquella había sido la última parada antes de llegar a la ciudad de Dersim, capital de una de las provincias más castigadas durante el genocidio. Durand llevaba casi veinte horas en el autobús, después de salir de Estambul de mañana y recorrer una ruta en la que se sucedieron espesos bosques de coníferas, verdes praderas surcadas de pequeñas arboledas, desiertos arenosos, montes bajos entre los que discurrían ríos de aguas grises, y finalmente el imponente paisaje montañoso surcado de fragorosos torrentes por el que llevaban circulando la última media hora.
2
Durand había conocido a Gülfer Arslan en París, tres años antes, cuando él trabajaba de cámara en un programa literario de televisión. Durante una de las emisiones, ella y otros intelectuales turcos de origen kurdo debatieron sobre la conflictiva situación en Turquía tras el afianzamiento en el poder de Tayyip Erdogan y la progresiva islamización del país. Gülfer era profesora de Literatura Francesa en la universidad de Ankara y acababa de publicar la novela de tema político La estrella y la media luna, que en seguida fue prohibida por el gobierno y condujo a su autora a un paso de la prisión. Después de la emisión, cuando aún no habían salido del plató, Durand se acercó hasta ella llevando consigo un ejemplar del libro traducido al francés y perteneciente a un amigo suyo, y le pidió con timidez que se lo firmara. Gülfer creyó que el libro era para él y se sintió honrada por ello, y Durand prefirió no desmentir el malentendido. A pesar de que nunca había sentido especial interés por la política en Oriente, y no consideraba a Turquía más que un país islámico en el que los europeos gustaban de hacer turismo pese a que allí no se respetaran los Derechos Humanos, a Durand no le costó entablar una conversación con ella. Fueron juntos hasta el restaurante donde a la autora la esperaban varios miembros de una asociación kurdo-parisina, de camino hablaron de cine y literatura, y antes de despedirse ante la puerta del local acordaron verse de nuevo al día siguiente. Durand y Gülfer se vieron cada uno de los cinco días que ella pasó en París, y varias semanas después, aprovechando las vacaciones de Durand, se reunieron en Estambul. A partir de entonces, Durand viajaba a Turquía siempre que le era posible, ya que a Gülfer le habría resultado mucho más complicado conseguir los visados para entrar en Francia. Después de la atracción inicial, pronto surgieron diferencias entre ellos. En su mayor parte tenían que ver con la distancia entre el carácter desprendido de Gülfer, propio de quien había crecido con siete hermanos y había conocido duras circunstancias durante su infancia, y lo que ella llamaba el egoísmo europeo de Durand, debido fundamentalmente a una vida organizada en torno a la búsqueda de la tranquilidad y a una comodidad y unos hábitos que no soportaba ver alterados. Gülfer había nacido en una zona remota de las montañas de Dersim. No solía hablar de su niñez salvo en contadas ocasiones, normalmente cuando ambos se despertaban de madrugada y pasaban un rato charlando en voz baja. Fue así como Durand supo que a los siete años ella había perdido a sus dos hermanos mayores, enrolados en una guerrilla kurda y fallecidos en combate en la frontera entre Turquía e Irak. Era más raro que ella le hablara de recuerdos anteriores, como la presencia constante de militares en la zona, el silbido de las balas por delante de las ventanas, la cercanía de otras familias con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el duelo permanente de jóvenes y adultos y el aprender a no decir nada, probable origen de sus ocasionales silencios, que no estaban reñidos con un carácter generalmente alegre y positivo. A Durand le sorprendía que Gülfer entendiera su falta de seguridad en sí mismo y sus debilidades, habiendo tenido vivencias tan diferentes y siendo ella una persona en apariencia fuerte y segura.

Algo más de un año después de haberse conocido, Gülfer le propuso a Durand grabar en vídeo una película documental con diversos testimonios de supervivientes del genocidio kurdo. Para ello se desplazarían hasta Dersim y entrevistarían a ancianos conocidos de su familia, y luego montarían el material en el estudio parisino en el que él trabajaba. Durand sintió temor ante el riesgo que suponía salir de aquella zona controlada por el ejército turco con esas grabaciones en la maleta, y terminaron aplazando el proyecto. En realidad, ninguno de los dos ignoraba que lo estaban aparcando definitivamente y Durand se sintió culpable, pero de nuevo le sorprendió que Gülfer pareciera comprender su miedo, pese a no sentirlo ella misma.

Pasados unos meses, mientras trabajaba en el guión de un nuevo proyecto que les permitiera grabar sin tener que desplazarse de París, a Gülfer le ofrecieron un intercambio con un profesor de La Sorbona, y no dudó en aceptar. Las cosas iban a peor en Turquía y la enseñanza se resentía por ello. El gobierno encarcelaba a periodistas, desempeñaba el papel de gendarme ante la creciente llegada de emigrantes, maltrataba con impunidad al pueblo kurdo y mantenía una relación peligrosamente ambigua con el Estado Islámico. A Gülfer el ambiente en la universidad se le hacía irrespirable. Una tarde salió a la calle después de una agria discusión con un compañero de Departamento, y cuando iba a subir a su coche, aparcado delante del edificio, un desconocido se le acercó pistola en mano y le descerrajó un tiro en la cabeza, matándola en el acto. La policía no mostró interés por encontrar al asesino, y no tardaron en cerrar el caso.
3
El autobús circulaba a poca velocidad por una carretera escarpada y llena de curvas mientras se aproximaba a la capital de Dersim. Durand contempló a ambos lados los elevados montes de tonalidades terrosas, cubiertos de árboles y matorrales, entre los que discurría un río de aguas revueltas. A lo lejos distinguía ya las primeras casas desperdigadas por las laderas, y se preguntó si en alguna de ellas había nacido Gülfer. Sonrió al recordar su sonrisa, sus ojos oscuros de mirada inteligente, su alegría y su coraje ante la vida. Zafer Arslan lo estaría esperando en la estación de autobuses, y esa misma tarde se desplazarían hasta una aldea cercana y harían la primera de las entrevistas que tenían planeado grabar. Pasados unos minutos, después de doblar una curva muy pronunciada, la carretera se volvió más practicable, el autobús ganó velocidad y Durand pudo ver en el valle que se formaba entre dos montes los edificios y las calles del centro de Dersim.

martes, 21 de febrero de 2017

AL ANOCHECER


They can’t hang me. I’m already dead. I’ve been dead a long, long time.
Jim Thompson
Michael Byrne había descubierto el impulso de matar a los veintisiete años, cuando trabajaba en una librería del centro de Londres, vivía en un pequeño apartamento de las afueras y tenía relaciones esporádicas con compañeras de su misma edad o con alguna cliente algo mayor. Uno de sus primeros recuerdos era haber golpeado a otro niño en la escuela hasta hacerlo sangrar. Un par de cursos más adelante, le había pegado a un alumno más joven sin motivo ni provocación. Pero Byrne no era un tipo fuerte ni el líder de grupo alguno, sino un muchacho retraído y más bien solitario. Años después, le habló de aquellas agresiones a un psiquiatra al que visitaba periódicamente mientras estudiaba en la universidad. El médico le explicó que la primera se debía a los celos causados por el reciente nacimiento de su hermano, y la segunda había sido una manera indirecta de vengarse del maltrato constante recibido en el centro donde había estado interno, tras la muerte de sus padres. Sin embargo, el hermano de Byrne tenía ya cuatro años cuando la primera agresión, y la siguiente había ocurrido antes de que Byrne ingresara en el internado.
 
El trabajo en la librería le había aportado una tranquilidad desconocida para él hasta entonces. En realidad, Byrne tenía la impresión de vivir dos vidas simultáneas: por un lado, hacía frente a una inseguridad continua que a menudo se sentía incapaz de contener y le dificultaba la comunicación con las escasas personas a las que trataba día a día. Por otro, disfrutaba del aprecio incondicional de aquellas mismas personas, para quienes era un tipo digno de confianza, un compañero tal vez algo triste y tendente a la soledad, pero seguro de sí mismo y poseedor de unas convicciones que lo distinguían del resto de la gente y lo situaban por encima de la sordidez inherente a la vida cotidiana y al trato con los demás. Durante las ocasionales salidas después del trabajo, Byrne sabía mostrarse ocurrente y divertido, aunque no fuera especialmente hablador ni siquiera en los momentos más joviales. Pero al día siguiente, cuando cogía el autobús para ir a la librería, se sentía abrumado por una tristeza cercana al dolor ante escenas tan comunes en el transporte público como una madre sonriéndole a un bebé en el asiento contiguo al suyo, o al observar a dos niños, tal vez hermanos, charlando con las mochilas al hombro mientras aguardaban bajo la marquesina de la parada a resguardo de la lluvia.
 
Aunque Byrne nunca había olvidado del todo la vida anterior a su etapa universitaria, llevaba unos años trabajando en la librería cuando empezó a evocar con insistencia aquellas lejanas agresiones de los tiempos del colegio. Lamentaba la primera, porque recordaba a su víctima como uno de sus mejores amigos de entonces y se le antojaba un muchacho muy parecido a los que veía a diario esperando el autobús. Pero el pensar en la segunda no le resultaba ingrato, pues su compañero era tan cruel como cualquiera de los alumnos más fuertes, y aprovechaba su amistad con ellos para incitarlos a humillar y hacer daño a quien se le antojara. Con el tiempo, Byrne terminó por disfrutar del recuerdo de aquella agresión y de las sensaciones que traía consigo: mientras cerraba la puerta de la tienda después de una jornada de trabajo, sentado en autobús de vuelta a casa o cuando subía en el ascensor hasta el apartamento, volvía a notar el contacto de los nudillos al estrellarse contra el rostro de su compañero, la confusión y el miedo reflejados en sus ojos, el vértigo al comprobar su poder sobre alguien más débil físicamente, y aquello le producía un placer inesperado. Poco importaba que en el internado él mismo hubiera sufrido, día tras día, agresiones similares y toda clase de humillaciones por parte de sus compañeros. El compartir la condición de víctima no le provocaba compasión, como si la vida a esa edad no fuera más que un sufrimiento prolongado del que sólo se podían librar unos pocos.
 
Durante la época en la que tuvo la certeza de que su credibilidad profesional y el aprecio de sus compañeros estaban definitivamente afianzados, Byrne comenzó a despertarse en mitad de la noche y a dejar pasar los minutos recordando detalles de la segunda paliza, mientras oía la respiración pausada y sentía el calor del cuerpo que yacía a su lado bajo las sábanas. Pronto descubrió que necesitaba volver a vivir aquellas sensaciones, que no era suficiente con traerlas una y otra vez a su cabeza, distorsionándolas y difuminando sus trazos hasta hacerlo dudar de ellas, o de que los hechos evocados hubieran ocurrido exactamente como suponía él. Y no tardó en sospechar que lo que la vida le estaba ofreciendo era insignificante si se lo comparaba con la excitación que sentiría ante la posibilidad de disfrutar de una experiencia similar a las de sus años escolares. También sintió miedo al darse cuenta de que, en realidad, ahora le gustaría ir mucho más lejos. En la edad adulta a la que pertenecía, como miembro de una sociedad despiadada cuya vileza consciente y asumida parecía una simple puesta al día de la crueldad frívola e irreflexiva de episodios lejanos y olvidados por la mayoría, para que el gozo fuera pleno no bastaría con una paliza sino que debería llegar hasta el final, matando a su víctima. Byrne sintió cómo empezaba a difuminarse su interés por alicientes de la vida diaria a los que, sin embargo, trataba de aferrarse para no perder la cabeza ni desligarse por completo de aquella rutina protectora. Pero lo único importante en ese momento era poder escoger una víctima y matarla sin ser descubierto, y el deseo tan acuciante que aunque luego tuviera que compensar aquel acto ofreciendo su propia vida, el precio le habría parecido ínfimo.
 
Un atardecer de diciembre, Byrne bajó del autobús, cerró los botones del abrigo y echó a andar hacia el bloque de viviendas donde estaba su apartamento. Antes de llegar pudo ver a lo lejos, bajo la luz de las farolas que bordeaban un parque cercano, a una joven de su edad que venía en sentido contrario. Byrne redujo la marcha, se giró como si hubiera olvidado algo y siguió caminando. Al cabo de unos segundos, la joven pasaba a su lado y se encaminaba hacia un bosquecillo situado en uno de los extremos del parque. Byrne no tardó en alcanzarla, y en cuanto se aproximó a ella la golpeó con todas sus fuerzas en la espalda. La joven se vino abajo con un grito de sorpresa y dolor y Byrne la retuvo sentándose encima de su vientre y apoyando las rodillas en sus antebrazos. Se disponía a golpearla en el rostro pero fue incapaz, así que se puso en pie y se alejó corriendo.
 
Horas después, tumbado sobre la cama con la mirada fija en el resplandor proveniente de la ventana, Byrne tenía la impresión de haber envejecido cien años. Temía que en adelante su conciencia lo privara de todo sosiego y agradecía que algo en su interior le hubiera impedido ir más lejos, aunque en realidad sabía que su indecisión no había sido motivada por la piedad o los principios, sino por unos escrúpulos transformados en hábito cuya fuerza era mayor que la que lo había empujado a planear y finalmente llevar a cabo aquella agresión.
 
Sin embargo, al día siguiente se despertó lamentando no haber matado a su víctima, y con el transcurso de las horas se afianzó la certeza de que ninguno de los pequeños episodios que conformaban su vida diaria, y habían terminado por hacer de ella algo verdaderamente apreciable, tenía el más mínimo valor si se lo comparaba con aquel acto. Imaginó que de no lograr culminarlo no podría seguir viviendo, y su único temor ante el paso a dar no tuvo que ver con sus posibles consecuencias sino con una incapacidad de llegar hasta el final que surgiera en el último instante y lo forzara a sentirse, una vez más, como se estaba sintiendo ahora.
 
Dos días después, Byrne bajó del autobús en una parada anterior a la suya y caminó junto a los árboles en dirección a su casa por la orilla del río que atravesaba aquel distrito de las afueras. Dentro del bolsillo del abrigo sujetaba con la mano derecha la empuñadura de una navaja abierta. Tras varios minutos de trayecto solitario, su corazón latió con rapidez cuando oyó pisadas sobre el pavimento húmedo y vio acercarse entre las sombras una silueta esbelta, que unos metros más adelante resultó ser la de una mujer de mediana edad envuelta en un abrigo rojo. Mientras se aproximaba a ella, Byrne tomó aliento y trató de dominar el impulso de marcharse. La mujer parecía tener prisa y en ningún momento desvió la vista del frente, como si sus pensamientos se encontraran lejos de allí y no la asustara cruzarse con un desconocido en aquel lugar apartado y a una hora tardía. Al llegar a su altura Byrne se detuvo, la hizo girarse apoyando la mano izquierda en su hombro y pudo distinguir una mirada en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio y una agresividad inminente, pero antes de que ella actuara sacó del bolsillo la navaja y se la clavó en el cuello. La mujer retrocedió y terminó viniéndose abajo en medio de los matorrales y Byrne trastabilló, se derrumbó sobre ella y sintió en el rostro el suave contacto de su mejilla y el calor de la sangre. Cuando la mujer expiró, Byrne se hizo a un lado respirando con dificultad y quedó tendido boca arriba al abrigo de la espesura. Sentía algo que aunque no tenía nada que ver con el placer físico, lo llenaba de una plenitud mucho mayor que la que le habían aportado cualquiera de las relaciones sexuales más satisfactorias mantenidas hasta entonces, y estuvo seguro de que durante los segundos anteriores había sido verdaderamente feliz por primera vez en su vida. Se puso en pie, arrojó la navaja al centro del río y empujó el cadáver de su víctima hacia la orilla, y mientras lo veía desaparecer bajo el brillo plateado de la superficie se sucedieron dos pensamientos en su cabeza: Byrne se preguntó si un único acto como aquél, un acto aislado sin continuidad en el transcurso de una vida en la que el aprecio de los demás representaba el reflejo de un interior atribulado pero definitivamente satisfecho, era suficiente para echar por tierra la percepción que uno poseyera de sí mismo. Luego tuvo la impresión de haber obligado a su víctima a participar en una insólita partida de la que, contra todo pronóstico, por algún motivo él no había sido el ganador.  

domingo, 10 de julio de 2016

JOHN GRIFFIN

John Griffin llegó a la costa al límite de sus fuerzas. Llevaba varias horas corriendo y ocultándose entre la espesura. Durante los primeros minutos había dejado atrás la posada y había salido de la aldea sin apenas volver la cabeza, y una vez en el bosque se sintió más seguro. Pero sabía que pronto repararían en su ausencia, así que en cuanto perdió de vista las casas echó a correr entre los árboles, reduciendo la marcha si sentía que su pecho iba a estallar y retomando el ritmo cuando se había recuperado un poco. Ahora, desde lo alto de la ladera, contemplaba con estupor, como si no acabara de creer lo que estaba viendo, la inmensidad azul que se perdía en el horizonte. Sólo Hayes, el único muchacho de su edad en aquella banda de ladrones de la que ambos formaban parte, había intentado huir con anterioridad, y en seguida lo encontraron. Griffin se preguntó si andarían ya tras su pista. Pero, aunque así fuera, no tardarían en darlo por perdido en aquella zona de grandes acantilados, donde era fácil errar el camino y despeñarse contra las rocas.
Recorrió un trecho al abrigo de los árboles, y cuando la oscuridad cubría la costa salió al descubierto y corrió a través de los campos. La luz de la luna brillaba por momentos, pero pronto volvía a desaparecer por detrás de las cambiantes nubes. Griffin cruzó un riachuelo tratando de no resbalar sobre las piedras y se encontró en la linde de un prado descendente sobre el que destacaba la figura solitaria de un árbol. El ruido del oleaje resonaba ahora mucho más próximo. Griffin siguió adelante, pero se detuvo al distinguir a lo lejos la silueta de un edificio. Recordó haber oído a Hayes hablar de una mansión erigida tiempo atrás por Lord Wyndham, un gran señor de la zona. Fuera aquel edificio o no, el lugar le pareció ideal para ocultarse durante la noche. Echó a andar a paso ligero y de inmediato lo asaltó un pensamiento silenciado hasta entonces bajo otros temores más apremiantes. Según Hayes, una noche de invierno como aquélla Wyndham había azotado a su hijo menor hasta matarlo, sin que nadie llegara a saber el motivo. Su esposa y el primogénito huyeron de la vivienda y corrieron hacia el pueblo donde vivían los padres de ella, pero se equivocaron de dirección, se apartaron de los caminos y terminaron cayendo al mar desde lo alto de un acantilado. Wyndham fue detenido, juzgado y condenado a la horca gracias al testimonio de sus sirvientes y a la mediación de los parientes de su mujer, y nadie volvió a habitar la mansión. Sin embargo, algunos pastores que al anochecer recorrían la costa de regreso a sus casas aseguraban haber visto a lo lejos el fantasma del hijo de Lord Wyndham. Cuando Griffin escuchaba a Hayes no había dado importancia a lo que entonces consideraba meras supersticiones, pero ahora, mientras avanzaba por el camino que se perdía en la oscuridad para conducir sin duda hasta la entrada del edificio, aquel relato no le parecía tan descabellado. Se paró tras haber recorrido unos metros. Se veía incapaz de seguir adelante, pero tampoco podía retroceder. Recordó la mañana en que Anderson, Gilder y Brennan habían salido en busca de Hayes. Regresaron sin él unas horas después, pero todos sabían que su cadáver quedaba en el fondo del mar con una piedra al cuello. Griffin siguió avanzando con fingido aplomo. Trató de apartar de su imaginación la voz de Hayes hablando del fantasma del joven Wyndham, pero le parecía oírla con tanta claridad como si su amigo caminara a su lado. El viento agitaba la hierba y sacudía las ramas del árbol que acababa de dejar atrás. Griffin aceleró la marcha. Pisó charcos, resbaló en el barro, tropezó con las piedras esparcidas por el camino, dobló una curva tras otra evitando desviar la mirada del frente, y al cabo, después de bordear un último recodo cubierto de vegetación, la silueta del edificio surgió ante sus ojos y se recortó contra el cielo, proyectando la sombra de sus dos torres sobre lo que un día debió de haber sido un amplio jardín. Griffin se detuvo y las observó, luego se acercó con paso dubitativo hasta la fachada. Se paró junto a la escalinata que conducía hacia la entrada principal y miró a su alrededor tratando de percibir algo bajo la luna que brillaba entre las nubes. Pudo distinguir una maraña de vegetación en torno a los muros de la vivienda y los primeros árboles de un bosque cercano, de dónde provenía el fragor del oleaje al romper contra los acantilados. Se dejó caer en el último peldaño de la escalinata. Estaba agotado y hambriento. Tenía los pies empapados y su ajada vestimenta apenas lo protegía del frío nocturno. Se puso en pie, subió la escalinata y se paró frente a la entrada. Después de un instante de indecisión, empujó la pesada puerta de madera y entró. En cuanto pisó el vestíbulo lanzó un chillido y retrocedió de un salto: había visto su propia imagen en un espejo cubierto de telarañas. Se tranquilizó poco a poco, temblando de frío y sonriendo con nerviosismo ante su ridícula reacción. Se dijo a sí mismo que no había nada que temer. Recorrió el vestíbulo y llegó hasta una estancia espaciosa cuyo único mobiliario consistía en una mesa situada encima de una alfombra en el centro de la pieza. A su derecha había una amplia chimenea, y frente a él dos ventanas con los cristales rotos permitían que la luz de la luna se proyectara sobre la maltratada superficie de madera. Por una de ellas podía ver el bosque y los acantilados, y por la otra la escalinata que daba acceso a la mansión, las curvas del camino, el prado en pendiente y el árbol solitario que había dejado atrás media hora antes. Acercó el rostro a la primera y sintió el olor del aire marino y de la vegetación húmeda y frondosa. Al oír una ola que rompió con estruendo, se estremeció pensando que el mar se revolvía contra el nuevo ocupante de aquella vivienda maldita. Apartó esa idea de su cabeza y se sentó en el suelo junto a la chimenea. Allí dentro no parecía haber fantasma alguno.
Griffin estaba cansado, pero el suyo era un cansancio muy diferente del miedo y la extenuación que sentía cuando al final de la jornada se reunía con sus compañeros en algún lugar convenido. Sentía una curiosa satisfacción por haber salvado la vida llegando hasta allí sin ayuda de nadie, y por primera vez se dio cuenta de que echaba de menos a Hayes. Apretó los brazos contra el cuerpo para darse calor. Sus ojos estaban a punto de cerrarse, vencidos por la fatiga, cuando oyó arreciar el viento. Las nubes se desplazaron y en cuestión de segundos la estancia quedó tan en penumbra como si alguien hubiera corrido una cortina por delante de las ventanas. Griffin se irguió y pegó la espalda a la pared. Su vista se acostumbró a las tinieblas a la vez que se desvanecía la efímera sensación de seguridad que había llegado a tener durante los minutos anteriores. Recordó el relato de Hayes, y no pudo evitar preguntarse si el hijo de Lord Wyndham habría muerto en ese mismo lugar. Tuvo la impresión de que el frío aumentaba. Se incorporó, y después de observar un momento la oscuridad del vestíbulo se desplazó hasta la ventana orientada hacia el bosque. El bramido del mar volvía a parecerle ahora un sonido amenazador. Giró la cabeza, y al dirigir la mirada hacia la otra ventana pudo avistar una figura a caballo que desaparecía por detrás de una curva, muy cerca ya de la mansión. Corrió a ocultarse bajo la mesa; unos segundos después, se asomó levemente y vio cómo el jinete doblaba el frondoso recodo que indicaba el final del camino, se paraba un momento delante del edificio y seguía cabalgando hacia el bosque. Griffin aguardó expectante sin moverse de su escondite. Al cabo de pocos minutos el jinete cabalgó de regreso. Griffin lo vio aproximarse a la parte delantera de la mansión y tirar de las riendas hasta detener su montura al pie de la escalinata. El jinete levantó la vista hacia la fachada del edificio, luego miró a un lado y a otro como si buscara algo en la oscuridad. Finalmente desmontó, miró a su alrededor una vez más y comenzó a subir la escalinata a paso lento, aunque sin llegar a detenerse. Griffin lo perdió de vista cuando se acercaba a la puerta, pero el silbido del viento no le impidió distinguir las pisadas que pronto resonaron por el interior del vestíbulo. Se ocultó bajo la mesa a la vez que el recién llegado avanzaba unos pasos y se paraba ante la estancia en la que se encontraba él. Aunque no podía ver su rostro, Griffin había reconocido ya el andar seguro, los hombros anchos, la cabeza erguida y el torso esbelto de Anderson. Éste no se movía del vestíbulo ni apartaba la mirada del frente: tampoco podía ver a Griffin a causa de la penumbra, pero si las nubes volvían a desplazarse la luz de la luna llegaría a los distintos recodos del salón y la mesa dejaría de servirle de escondite. Por un instante, Griffin pensó en arrastrarse en silencio hacia la ventana para tratar de huir a través del bosque. Pero Anderson lo vería en el momento de salir y continuaría la búsqueda el tiempo necesario, convencido ya de su presencia en los alrededores. Además, Griffin no conocía la zona y temía terminar cayendo desde un acantilado como la esposa y el hijo de Lord Wyndham. Por otro lado, no estaba seguro de que Anderson tuviera la certeza de que él se ocultaba dentro de la vivienda: en ese caso habría pronunciado su nombre en voz alta y habría entrado sin vacilar, y en vez de eso seguía parado delante del salón, como abrumado por una indecisión extraña en él. Anderson hizo amago de avanzar pero no llegó a moverse de donde estaba. Aguardó unos segundos, luego desapareció en la oscuridad del vestíbulo y sus pisadas indicaron que retrocedía de regreso a la escalinata. Griffin se irguió con precaución y lo vio descender los escalones, montar apresuradamente, picar espuelas y tirar de la rienda en dirección al camino. Anderson dobló el recodo cubierto de vegetación y durante los minutos siguientes la silueta de jinete y montura apareció y desapareció entre las curvas, hasta terminar difuminándose por completo en la lejanía. Griffin reclinó la espalda contra una pata de la mesa, exhausto y temeroso aún de salir de su escondite. Notaba en todo el cuerpo el agotamiento de la jornada. Sus ojos se cerraban, sintió un súbito temor ante la posibilidad de quedarse dormido. Movió la cabeza y trató de permanecer despejado, pero acabó cediendo al sueño y se deslizó sobre la madera hasta quedar tumbado en el suelo, mientras la luz de la luna iluminaba de nuevo el interior del salón.
Griffin notó en el rostro el calor del sol. Abrió los ojos y se estremeció al darse cuenta de que ya era de día. Por un instante tuvo la impresión de que lo habían descubierto y Anderson aguardaba en pie frente a él, pero pronto comprendió que estaba solo en aquella estancia de la mansión. Se incorporó ayudándose de la mesa y anduvo hasta la ventana orientada al camino: desde allí pudo ver las sinuosas curvas, el prado en pendiente y el árbol solitario mecido por la brisa, y también alcanzó a avistar entre las diferentes tonalidades de verde el riachuelo que había cruzado la noche anterior. A la luz de la mañana, la zona parecía tan despoblada como lo había estado horas atrás, mientras avanzaba en dirección a la mansión. Antes de salir se paró un momento frente al espejo del vestíbulo, por cuya puerta abierta entraba el aire marino, y contempló su propia imagen. Luego descendió la escalinata, echó un último vistazo al camino y se alejó en dirección contraria siguiendo un sendero que discurría a través del bosque. De vez en cuando miraba a un lado, y más allá de los árboles y la maleza veía las velas de los barcos que se aproximaban a la costa o ponían rumbo a mar abierto.