domingo, 10 de julio de 2016

JOHN GRIFFIN

John Griffin llegó a la costa al límite de sus fuerzas. Llevaba varias horas corriendo y ocultándose entre la espesura. Durante los primeros minutos había dejado atrás la posada y había salido de la aldea sin apenas volver la cabeza, y una vez en el bosque se sintió más seguro. Pero sabía que pronto repararían en su ausencia, así que en cuanto perdió de vista las casas echó a correr entre los árboles, reduciendo la marcha si sentía que su pecho iba a estallar y retomando el ritmo cuando se había recuperado un poco. Ahora, desde lo alto de la ladera, contemplaba con estupor, como si no acabara de creer lo que estaba viendo, la inmensidad azul que se perdía en el horizonte. Sólo Hayes, el único muchacho de su edad en aquella banda de ladrones de la que ambos formaban parte, había intentado huir con anterioridad, y en seguida lo encontraron. Griffin se preguntó si andarían ya tras su pista. Pero, aunque así fuera, no tardarían en darlo por perdido en aquella zona de grandes acantilados, donde era fácil errar el camino y despeñarse contra las rocas.
Recorrió un trecho al abrigo de los árboles, y cuando la oscuridad cubría la costa salió al descubierto y corrió a través de los campos. La luz de la luna brillaba por momentos, pero pronto volvía a desaparecer por detrás de las cambiantes nubes. Griffin cruzó un riachuelo tratando de no resbalar sobre las piedras y se encontró en la linde de un prado descendente sobre el que destacaba la figura solitaria de un árbol. El ruido del oleaje resonaba ahora mucho más próximo. Griffin siguió adelante, pero se detuvo al distinguir a lo lejos la silueta de un edificio. Recordó haber oído a Hayes hablar de una mansión erigida tiempo atrás por Lord Wyndham, un gran señor de la zona. Fuera aquel edificio o no, el lugar le pareció ideal para ocultarse durante la noche. Echó a andar a paso ligero y de inmediato lo asaltó un pensamiento silenciado hasta entonces bajo otros temores más apremiantes. Según Hayes, una noche de invierno como aquélla Wyndham había azotado a su hijo menor hasta matarlo, sin que nadie llegara a saber el motivo. Su esposa y el primogénito huyeron de la vivienda y corrieron hacia el pueblo donde vivían los padres de ella, pero se equivocaron de dirección, se apartaron de los caminos y terminaron cayendo al mar desde lo alto de un acantilado. Wyndham fue detenido, juzgado y condenado a la horca gracias al testimonio de sus sirvientes y a la mediación de los parientes de su mujer, y nadie volvió a habitar la mansión. Sin embargo, algunos pastores que al anochecer recorrían la costa de regreso a sus casas aseguraban haber visto a lo lejos el fantasma del hijo de Lord Wyndham. Cuando Griffin escuchaba a Hayes no había dado importancia a lo que entonces consideraba meras supersticiones, pero ahora, mientras avanzaba por el camino que se perdía en la oscuridad para conducir sin duda hasta la entrada del edificio, aquel relato no le parecía tan descabellado. Se paró tras haber recorrido unos metros. Se veía incapaz de seguir adelante, pero tampoco podía retroceder. Recordó la mañana en que Anderson, Gilder y Brennan habían salido en busca de Hayes. Regresaron sin él unas horas después, pero todos sabían que su cadáver quedaba en el fondo del mar con una piedra al cuello. Griffin siguió avanzando con fingido aplomo. Trató de apartar de su imaginación la voz de Hayes hablando del fantasma del joven Wyndham, pero le parecía oírla con tanta claridad como si su amigo caminara a su lado. El viento agitaba la hierba y sacudía las ramas del árbol que acababa de dejar atrás. Griffin aceleró la marcha. Pisó charcos, resbaló en el barro, tropezó con las piedras esparcidas por el camino, dobló una curva tras otra evitando desviar la mirada del frente, y al cabo, después de bordear un último recodo cubierto de vegetación, la silueta del edificio surgió ante sus ojos y se recortó contra el cielo, proyectando la sombra de sus dos torres sobre lo que un día debió de haber sido un amplio jardín. Griffin se detuvo y las observó, luego se acercó con paso dubitativo hasta la fachada. Se paró junto a la escalinata que conducía hacia la entrada principal y miró a su alrededor tratando de percibir algo bajo la luna que brillaba entre las nubes. Pudo distinguir una maraña de vegetación en torno a los muros de la vivienda y los primeros árboles de un bosque cercano, de dónde provenía el fragor del oleaje al romper contra los acantilados. Se dejó caer en el último peldaño de la escalinata. Estaba agotado y hambriento. Tenía los pies empapados y su ajada vestimenta apenas lo protegía del frío nocturno. Se puso en pie, subió la escalinata y se paró frente a la entrada. Después de un instante de indecisión, empujó la pesada puerta de madera y entró. En cuanto pisó el vestíbulo lanzó un chillido y retrocedió de un salto: había visto su propia imagen en un espejo cubierto de telarañas. Se tranquilizó poco a poco, temblando de frío y sonriendo con nerviosismo ante su ridícula reacción. Se dijo a sí mismo que no había nada que temer. Recorrió el vestíbulo y llegó hasta una estancia espaciosa cuyo único mobiliario consistía en una mesa situada encima de una alfombra en el centro de la pieza. A su derecha había una amplia chimenea, y frente a él dos ventanas con los cristales rotos permitían que la luz de la luna se proyectara sobre la maltratada superficie de madera. Por una de ellas podía ver el bosque y los acantilados, y por la otra la escalinata que daba acceso a la mansión, las curvas del camino, el prado en pendiente y el árbol solitario que había dejado atrás media hora antes. Acercó el rostro a la primera y sintió el olor del aire marino y de la vegetación húmeda y frondosa. Al oír una ola que rompió con estruendo, se estremeció pensando que el mar se revolvía contra el nuevo ocupante de aquella vivienda maldita. Apartó esa idea de su cabeza y se sentó en el suelo junto a la chimenea. Allí dentro no parecía haber fantasma alguno.
Griffin estaba cansado, pero el suyo era un cansancio muy diferente del miedo y la extenuación que sentía cuando al final de la jornada se reunía con sus compañeros en algún lugar convenido. Sentía una curiosa satisfacción por haber salvado la vida llegando hasta allí sin ayuda de nadie, y por primera vez se dio cuenta de que echaba de menos a Hayes. Apretó los brazos contra el cuerpo para darse calor. Sus ojos estaban a punto de cerrarse, vencidos por la fatiga, cuando oyó arreciar el viento. Las nubes se desplazaron y en cuestión de segundos la estancia quedó tan en penumbra como si alguien hubiera corrido una cortina por delante de las ventanas. Griffin se irguió y pegó la espalda a la pared. Su vista se acostumbró a las tinieblas a la vez que se desvanecía la efímera sensación de seguridad que había llegado a tener durante los minutos anteriores. Recordó el relato de Hayes, y no pudo evitar preguntarse si el hijo de Lord Wyndham habría muerto en ese mismo lugar. Tuvo la impresión de que el frío aumentaba. Se incorporó, y después de observar un momento la oscuridad del vestíbulo se desplazó hasta la ventana orientada hacia el bosque. El bramido del mar volvía a parecerle ahora un sonido amenazador. Giró la cabeza, y al dirigir la mirada hacia la otra ventana pudo avistar una figura a caballo que desaparecía por detrás de una curva, muy cerca ya de la mansión. Corrió a ocultarse bajo la mesa; unos segundos después, se asomó levemente y vio cómo el jinete doblaba el frondoso recodo que indicaba el final del camino, se paraba un momento delante del edificio y seguía cabalgando hacia el bosque. Griffin aguardó expectante sin moverse de su escondite. Al cabo de pocos minutos el jinete cabalgó de regreso. Griffin lo vio aproximarse a la parte delantera de la mansión y tirar de las riendas hasta detener su montura al pie de la escalinata. El jinete levantó la vista hacia la fachada del edificio, luego miró a un lado y a otro como si buscara algo en la oscuridad. Finalmente desmontó, miró a su alrededor una vez más y comenzó a subir la escalinata a paso lento, aunque sin llegar a detenerse. Griffin lo perdió de vista cuando se acercaba a la puerta, pero el silbido del viento no le impidió distinguir las pisadas que pronto resonaron por el interior del vestíbulo. Se ocultó bajo la mesa a la vez que el recién llegado avanzaba unos pasos y se paraba ante la estancia en la que se encontraba él. Aunque no podía ver su rostro, Griffin había reconocido ya el andar seguro, los hombros anchos, la cabeza erguida y el torso esbelto de Anderson. Éste no se movía del vestíbulo ni apartaba la mirada del frente: tampoco podía ver a Griffin a causa de la penumbra, pero si las nubes volvían a desplazarse la luz de la luna llegaría a los distintos recodos del salón y la mesa dejaría de servirle de escondite. Por un instante, Griffin pensó en arrastrarse en silencio hacia la ventana para tratar de huir a través del bosque. Pero Anderson lo vería en el momento de salir y continuaría la búsqueda el tiempo necesario, convencido ya de su presencia en los alrededores. Además, Griffin no conocía la zona y temía terminar cayendo desde un acantilado como la esposa y el hijo de Lord Wyndham. Por otro lado, no estaba seguro de que Anderson tuviera la certeza de que él se ocultaba dentro de la vivienda: en ese caso habría pronunciado su nombre en voz alta y habría entrado sin vacilar, y en vez de eso seguía parado delante del salón, como abrumado por una indecisión extraña en él. Anderson hizo amago de avanzar pero no llegó a moverse de donde estaba. Aguardó unos segundos, luego desapareció en la oscuridad del vestíbulo y sus pisadas indicaron que retrocedía de regreso a la escalinata. Griffin se irguió con precaución y lo vio descender los escalones, montar apresuradamente, picar espuelas y tirar de la rienda en dirección al camino. Anderson dobló el recodo cubierto de vegetación y durante los minutos siguientes la silueta de jinete y montura apareció y desapareció entre las curvas, hasta terminar difuminándose por completo en la lejanía. Griffin reclinó la espalda contra una pata de la mesa, exhausto y temeroso aún de salir de su escondite. Notaba en todo el cuerpo el agotamiento de la jornada. Sus ojos se cerraban, sintió un súbito temor ante la posibilidad de quedarse dormido. Movió la cabeza y trató de permanecer despejado, pero acabó cediendo al sueño y se deslizó sobre la madera hasta quedar tumbado en el suelo, mientras la luz de la luna iluminaba de nuevo el interior del salón.
Griffin notó en el rostro el calor del sol. Abrió los ojos y se estremeció al darse cuenta de que ya era de día. Por un instante tuvo la impresión de que lo habían descubierto y Anderson aguardaba en pie frente a él, pero pronto comprendió que estaba solo en aquella estancia de la mansión. Se incorporó ayudándose de la mesa y anduvo hasta la ventana orientada al camino: desde allí pudo ver las sinuosas curvas, el prado en pendiente y el árbol solitario mecido por la brisa, y también alcanzó a avistar entre las diferentes tonalidades de verde el riachuelo que había cruzado la noche anterior. A la luz de la mañana, la zona parecía tan despoblada como lo había estado horas atrás, mientras avanzaba en dirección a la mansión. Antes de salir se paró un momento frente al espejo del vestíbulo, por cuya puerta abierta entraba el aire marino, y contempló su propia imagen. Luego descendió la escalinata, echó un último vistazo al camino y se alejó en dirección contraria siguiendo un sendero que discurría a través del bosque. De vez en cuando miraba a un lado, y más allá de los árboles y la maleza veía las velas de los barcos que se aproximaban a la costa o ponían rumbo a mar abierto.

viernes, 1 de julio de 2016

AL SUR DEL PACÍFICO

Llegué a Tahití al poco de cumplir diecisiete años, después de huir de Inglaterra dejando atrás una muerte y el camino al patíbulo. Durante la travesía, mientras observaba a los pasajeros que recorrían la cubierta de primera clase y contemplaban el mar, comprendí que nada iba a cambiar por mucho que me alejara de mi país. Viví en una posada de Papeete, y cada mañana buscaba trabajo por los muelles mientras veía desembarcar en otra parte del puerto a visitantes adinerados y cada vez más numerosos. Envidiaba el lujo y la comodidad de los que disfrutaban los recién llegados y sobre todo les envidiaba sus mujeres, en quienes pensaba cada vez que me acostaba con alguna prostituta, tras haber ganado un poco de dinero en algún empleo miserable, a las órdenes de capataces a sueldo de compañías dirigidas por muchos de aquellos hombres.
 
Al cabo de un tiempo conocí a Robert Brennan, un americano que planeaba contratar peones en Samoa, y me enrolé en su goleta. Después de una corta travesía avistamos una isla. Nos aproximamos a tierra, franqueamos el arrecife y anclamos en el interior de la laguna mientras algunos nativos nos observaban desde la playa y otros se acercaban en sus canoas. Parecían amigables y dispuestos a enrolarse, pero aquella noche rodearon en silencio la embarcación, subieron a bordo, pasaron a cuchillo a los canacas que dormían en cubierta y cayeron sobre nosotros. Logramos repelerlos a tiros antes de levar el ancla y huir, y al cabo de varias semanas regresamos con una tripulación de hombres blancos bien armada. Desembarcamos en la bahía y nos adentramos tierra adentro, incendiando los poblados y matando a los nativos que huían hacia la costa. Allí nos esperaba la goleta, de modo que quedaron acorralados y se arrojaron a nuestros pies suplicando clemencia. Matamos a muchos de ellos, pusimos grilletes al resto y zarpamos de nuevo. Durante la travesía hacia las plantaciones de Queensland, cada noche nos emborrachábamos y luego Brennan llevaba una nativa a su cabina, donde nos divertíamos y llegábamos hasta el final con ella. Algunas de aquellas mujeres no eran más que niñas y murieron antes de arribar a puerto. Una noche me vi obligado a subir a cubierta, y apoyado en la regala vomité por la borda ante la mirada burlona del piloto.
En Tahití pude vivir un tiempo con el dinero obtenido, pero cuando empezó a escasear busqué a Brennan y me enteré de que había zarpado días antes. De nuevo sin empleo, volví a deambular por los muelles mientras sentía cómo mi salud se deterioraba, y pronto descubrí que tenía sífilis. De madrugada, incapaz de conciliar el sueño, recordaba los cadáveres de las nativas desapareciendo bajo la superficie del mar rodeados de tiburones. Una mañana me paré delante de un hotel y observé a una pareja que salía en ese momento. Debían de tener menos de treinta años, y aunque probablemente hubieran desembarcado hacía poco, el hombre se desenvolvía como si llevara toda su vida en las islas. Al  echar a andar se fijó en mí con un gesto de sorpresa en el que había un matiz de advertencia, y en su mirada pude leer que para ellos no existía ninguna diferencia entre los nativos y la clase hombres a la que yo pertenecía. También comprendí que de producirse un enfrentamiento no podía prever quién llevaría la peor parte, así que bajé la vista y me alejé. Más tarde, sentado en un rincón de la posada, me vinieron a la cabeza los años anteriores a mi partida: recordé la pobreza, el hambre y la miseria, las palizas continuas que mi padre le pegaba a mi madre, la enfermedad de mis hermanos y su muerte. Pensé en la mujer del hotel y en lo que significaría para aquel hombre y seguí pensando en ella mientras terminaba mi vaso, pagaba y regresaba al bullicio del puerto. Al día siguiente volví a pasar por delante del hotel. Cuando la pareja salió los seguí a cierta distancia, pero al cabo el hombre se giró y pareció reconocerme. Me llevé la mano al bolsillo en cuanto echó a andar hacia mí y unos segundos después me encaraba diciendo algo a lo que apenas logré responder. Aquella respuesta lo llevó a golpearme, pero antes de que pudiera volver a hacerlo le asesté una puñalada y vi cómo se desplomaba con las manos en el abdomen mientras la mujer lo miraba sin llegar a entender lo que estaba sucediendo. Eché a correr hacia el puert0. Pude ver un barco que zarpaba en ese momento, sentí el calor, el olor de la vegetación, la brisa del mar, oí gritos –los gritos de aquella mujer, los gritos de mi madre, los gritos de las nativas en la cabina de la goleta–, corrí entre la gente que se apartaba a mi paso, y pensé que, después de todo, algo sí había cambiado desde mi partida: si en Inglaterra había dejado atrás la horca, en Tahití podía avistar la guillotina que sin duda me esperaba ya al final del camino.

domingo, 22 de mayo de 2016

PARIS 15

La jornada del recepcionista nocturno en un hotel parisino de dos estrellas deja mucho tiempo para pensar, leer, ver una película o hacer lo que uno quiera. En general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad, pero de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Ayer, a eso de las cuatro de la mañana, entró en la recepción un tipo de veinte años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta y la policía, a quien había llamado él, estaba a punto de llegar. Antes de que pudiera responderle,  entró un agente y me dijo que necesitaban saber urgentemente si existía aquella puerta trasera, y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel o a uno de los apartamentos contiguos. Detrás de la recepción hay una puerta cerrada que da a la calle, así que busqué la llave entre los manojos guardados en el cajón del mostrador. Interrumpió la búsqueda otro agente que me ordenó seguirlo de inmediato, aunque antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle trasera los demás policías estaban bastante irritados por mi tardanza, pero su compañero les explicó que yo había tenido que tomar medidas antes de venir para no tener problemas en mi trabajo. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta, y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. La habitación era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba un camión de los bomberos. En aquella habitación se hospedaban dos personas con apellido anglosajón y allá fuimos, unos en ascensor y otros por las escaleras. Una vez en la sexta planta, le di la llave maestra al agente que dirigía la operación y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en un extremo del pasillo. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo y a continuación se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y alzó la diestra a la altura de la culata de la pistola. Retrocedí hasta el ascensor preguntándome si realmente una situación como aquella podía degenerar en un tiroteo. Pasados unos segundos oí cómo los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. Al cabo salió un policía de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con una mirada su opinión sobre aquellos fulanos y se fue escaleras abajo. Dejé pasar los minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté a un bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que era el recepcionista, y me dijo que bajara si quería. En la recepción aguardaban un italiano con sus maletas, un ruso que necesitaba saber cómo funcionaba la conexión de internet, dos francesas que querían pagar la estancia para no tener que hacer cola al día siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Mientras iban bajando bomberos y policías invité al ruso a sentarse en la salita contigua, hice la llegada del italiano, y me disponía a cobrarles a las francesas cuando el agente al mando les preguntó si no les molestaba esperar un momento. Ellas asintieron sonriendo con timidez y el policía, más que nada por guardar las formas, procedió a tomar mis datos y los del testigo. Éste estaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, pero el agente le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a colaborar, pero el agente sonrió.
–Era broma –dijo.
Mientras tanto, policías y bomberos bajaban las escaleras, charlaban e iban saliendo. Me pregunté cuántas historias similares estarían sucediendo en ese momento en otras zonas de la ciudad. Al cabo de unos minutos, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré la estancia a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del ruso que tenía dificultades para conectarse a internet. Corrí hasta la salita pero no estaba allí: debía de haber subido a su habitación, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Al volver a la recepción observé los árboles de la calle y la boca del metro bajo la primera luz del amanecer. Luego me acomodé en el sillón tras el mostrador, encendí el flexo y retomé la lectura.
#amanecer

domingo, 15 de mayo de 2016

MIEDO

Entre el tiempo de mis primeros recuerdos y los trece o catorce años, el miedo fue una constante en mi rutina y en la de algunos de mis compañeros de colegio: miedo a ir al infierno, miedo a películas que ponían en televisión cuyo visionado unos evitábamos y otros afrontaban fascinados, miedo a fantasmas o a historias espeluznantes y supuestamente verídicas que les oíamos contar a otros compañeros o a nuestros mayores, miedo palpable y cotidiano a que determinados profesores nos partieran la cara en el colegio. Sabíamos que algunos de aquellos miedos se basaban en meras supersticiones, y aunque eso no era suficiente para tranquilizarnos por completo, al menos podíamos fingir que los ignorábamos. En cuanto al peligro continuo en las aulas, podíamos hacernos la ilusión de que con un poco de astucia lograríamos sortearlo día a día, si bien tarde o temprano todos acabábamos cobrando por un motivo u otro.

Pero había un miedo más difícil de sobrellevar: el de la posibilidad de una guerra nuclear, que allá por 1985 o 1986 no parecía descabellada, a juzgar por la información que aparecía con cierta frecuencia en periódicos, revistas y programas de televisión. El mundo estaba dividido en dos bloques y Reagan y Gorbachov nos contemplaban desde sus atalayas como amenazantes águilas imperiales. En los cines se estrenaban las películas El sacrificio y Cuando sopla el viento, relacionadas con el estallido de la tercera Guerra Mundial, y el éxito televisivo del momento era El día después, que tenía como punto de partida las consecuencias de dicho conflicto. Una tarde, a la hora de la merienda, yo había visto en un programa divulgativo a un tipo que mostraba ufano el refugio nuclear construido en el jardín de su casa, convencido de que aquella era la solución para cuando “apretaran el botón”, como se decía eufemísticamente. En otra ocasión, encendí el televisor antes de cenar y en el telediario estaban describiendo el estado apocalíptico en el que quedaría el planeta después de una conflagración atómica, durante lo que se conocía como “invierno nuclear”. Eso mismo mostraban también, con dibujos detallados y explicaciones precisas, las páginas de una revista que había leído días atrás mientras esperaba mi turno en la peluquería.

Durante el curso de 1986, más de una vez traté de explicarle a Andrés que por la cuenta que nos tenía no iba a haber una guerra atómica, posibilidad que a él no parecía asustarlo demasiado. Un atardecer de primavera, mientras veíamos llegar un tren sentados en los bancos de la estación, logré convencerlo de que los gobernantes de los USA y la URRSS no iban a utilizar las armas nucleares para aniquilarse a sí mismos y al resto del mundo, forzándose a terminar recluidos en claustrofóbicos refugios de eficacia incierta. Pero a continuación, mi amigo opinó que en cualquier caso sí las utilizarían de tener lugar una invasión extraterrestre, algo desde su punto de vista no del todo descartable. Aquello me inquietó un poco, pero como en ese momento la llegada de alienígenas beligerantes me parecía más remota (y además no era lo mismo destruirnos entre nosotros que hacer frente a un enemigo común), lo dejé pasar y me di por satisfecho con que estuviera de acuerdo conmigo en lo otro.

En junio de ese mismo año, poco después de finalizar el curso, mis padres, mi hermano y yo vinimos a pasar diez días a París, donde vivía un tío nuestro, casado desde hacía años con una francesa. Me costó decidirme a participar en el viaje, ya que sería la primera vez que salía de España y prácticamente de mi pueblo. Francia era Europa, era un país de gentes orgullosas y seguras de sí mismas y su capital una ciudad abierta, lejana e inabarcable, antitética al entorno cerrado pero acogedor en el que vivíamos, delimitado por unos montes verdes y frondosos y una ría en cuya boca se avistaba la línea brumosa del horizonte. Pero Francia era también la patria de Scaramouche, de Victor Hugo y de Alejandro Dumas, y además sabía que mis padres tenían razón cuando me decían que pasaría tiempo antes de que pudiéramos hacer un viaje similar y que los montes y la ría iban a seguir allí a nuestro regreso. Salimos del pueblo una mañana lluviosa, y en cuanto nos alejamos unos kilómetros, las dudas fueron quedando atrás a la vez que empezaba a pensar con creciente ilusión en lo que nos depararía el trayecto. Antes de llegar a Francia paramos en Burgos y dormimos en San Sebastián, luego seguimos la ruta de los castillos del Loira y pernoctamos en un albergue de Tours, y para cuando nos aproximábamos a París, tenía la impresión de llevar toda la vida viajando y de que la decisión de venir era la mejor que había tomado nunca. La violencia profesoral parecía muy lejana, los fantasmas pertenecían a otro contexto y la guerra atómica era un temor difuso, aunque seguía haciendo esfuerzos inconfesados para no pensar en ella. Sin embargo, en el momento de entrar en la ciudad, mientras veía por la ventanilla los edificios y las calles bordeadas de árboles, recordé haber leído en algún lugar que según la tercera profecía de la Virgen de Fátima, el mundo iba a llegar a su fin al concluir el siglo XX. También me vino a la cabeza un libro premonitorio publicado recientemente por un tal Charles Berlitz, cuyas funestas teorías coincidían con el vaticinio virginal ya que situaban la hecatombe en 1999. Noté un mareo y sentí el miedo con tanta fuerza como si fuera otro pasajero que viajaba junto a nosotros en el coche. No quería asustar a mis padres y mucho menos a mi hermano, por eso me callé aquellos pensamientos y seguí participando en la animada conversación. Algo me decía que, en realidad, quizá el mío no fuera un miedo del todo racional, e incluso si lo era y al final tocaba desaparecer en 1999, tal vez debería disfrutar de lo que la vida me estaba ofreciendo y podía ofrecerme hasta entonces. Pero el miedo seguía ahí y por algún motivo me veía forzado a sentirlo, como si aquello que lo provocaba pudiera hacerse real en el instante mismo de negar su posibilidad. Traté de encontrar una solución porque sabía que si no lograba arrinconarlo el miedo iba a terminar arruinándome el viaje. Mientras mi padre comentaba que nos acercábamos al aparcamiento subterráneo donde dejaríamos el coche, me pregunté cuántos años tendría yo en 1999. Después de calcular con los dedos descubrí que a finales de siglo sería ya un adulto de veintiséis. Eso me hizo pensar que probablemente resultara muy diferente afrontar el fin del mundo a los trece años que a una edad más madura, con una experiencia, una seguridad en uno mismo y una entereza mucho mayores. No lograba verme en el lejano 1999, pero en cualquier caso estaba convencido (o me esforzaba por estarlo) de que aunque terminaran cumpliéndose los peores augurios, yo no me iba a sentir tan desamparado como me sentía al conjeturarlos en el confuso 1986. Aquello me tranquilizó durante los minutos siguientes, el tiempo que nos llevó llegar hasta el aparcamiento, pero cuando iniciábamos el descenso hacia una de las plantas inferiores me asaltó otro temor: el más pequeño de mis primos tendría en 1999 una edad cercana a la mía en 1986, y por tanto se encontraría tan desprotegido ante lo que pudiera suceder como lo estaba yo entonces. Mientras veía deslizarse las paredes de cemento a los lados del coche traté de contener aquel miedo inesperado que aumentaba rápidamente de intensidad. Pese a ser incapaz de predecir mi vida futura, suponía que la madurez sería una de sus características incuestionables, así que esa madurez que a mí me daría entereza y aplomo me permitiría también transmitírselos a mi primo si el ocaso del siglo coincidía con el de la humanidad. Aquella conclusión me hizo sentirme mucho más tranquilo. Mi padre ya había aparcado y estábamos sacando las maletas del coche. Subimos al ascensor, y al cabo echamos a andar hacia el piso de mi tío por las concurridas calles de una hermosa ciudad en la que no podía imaginar que terminaría viviendo muchos años después.  

Lo que tampoco podía imaginar era que treinta años después iba a conocer allí un nuevo tipo de guerra, una guerra real que me lleva a recordar con una sonrisa aquellos temores lejanos, mientras cada día noto cómo se afianzan dos viejas certezas: la de que hay que pelear hasta el final porque más allá de los montes y la ría no existen los lugares seguros, y la de que tenemos que disfrutar cada minuto de nuestras vidas porque ese minuto puede ser el último. 

domingo, 31 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XIII)

Un sábado lluvioso de febrero, allá por 1985, Darío, Andrés y yo quedamos delante del colegio a eso de las cuatro y media para ir hasta un lugar cercano y mítico conocido como “la cueva”. Ésta era una galería subterránea excavada en la ladera más escarpada del monte contiguo al patio del colegio, un terreno extenso, frondoso y accidentado que se extiende entre una pequeña avenida paralela a la desembocadura del río, junto a la que está situado el centro, y la antigua carretera general, por la que se salía hacia La Coruña antes de la construcción de la autopista. Había todo tipo de conjeturas sobre el origen de la cueva (zulo de contrabandistas, mina abandonada, escondite de escapados durante la guerra), y en realidad nadie sabía dónde estaba, ni siquiera si existía. Desde las ventanas de los pasillos del internado se veía la ladera del monte, totalmente vertical en ese trecho, pero no podíamos distinguir la entrada de la cueva, así que ignorábamos su hipotético emplazamiento. Se decía que tipos duros como Hans o mi vecino José Manuel habían dado con ella y habían entrado, pero nunca lo confirmamos preguntándoselo a ellos.

Después de esperar un rato por Andrés, consideramos que algún impedimento lo había retenido en su casa y decidimos buscar la cueva solos. Caminamos hasta el pueblo, tomamos la carretera general, pasamos por encima del guardarraíl y nos adentramos entre la vegetación a través de un terreno húmedo y dificultoso. Éste descendía suavemente hacia el patio del colegio, que pudimos ver allá abajo, totalmente desierto a esa hora, entre el internado, la lavandería y varios bloques de viviendas. Me pregunté dónde estarían los internos: debían de ser las cinco y media, quizá los profesores de guardia les habían permitido ir a dar una vuelta por el pueblo. Nos desviamos a la derecha y el terreno se volvió más abrupto, hasta terminar en un pequeño precipicio frente a una de las paredes laterales del internado, aquella desde cuyas ventanas habíamos tratado anteriormente de divisar la entrada de la cueva. Pronto dimos con un sendero que se perdía entre la vegetación ladera abajo. Echamos a andar con precaución, tratando de no resbalar sobre la tierra y las hojas húmedas a la vez que apartábamos las ramas de los matorrales que nos dificultaban el descenso. Al cabo el sendero nos condujo ante lo que parecía la entrada, situada a unos quince metros por encima de la acera, el depósito de agua y el muro de contención que veíamos empequeñecidos a nuestros pies, entre la ladera y el internado. Disimulado bajo la maraña de vegetación, se abría un estrecho pasaje con paredes de mampostería que rezumaban humedad y desaparecían en la penumbra muy cerca de donde nos encontrábamos. Avanzamos en fila hacia el interior prestando atención para no tropezar con las piedras del suelo ni golpearnos la cabeza con el techo abovedado, pero nos detuvimos después de haber recorrido un tramo muy corto, porque el camino se bifurcaba y no estábamos seguros de por dónde continuar. Retrocedimos hasta la entrada con más prisa de la que queríamos reconocer, y a la luz vespertina de aquel día nublado deliberamos sobre lo que íbamos a hacer a continuación. Lamentamos no haber traído una linterna o unas velas. Darío decía que Hans y José Manuel habían llegado varias veces hasta el final sin miedo alguno, y yo opinaba que en cualquier caso no teníamos ni idea de cuántas galerías íbamos a encontrar, de la longitud de la cueva, de si el suelo era firme todo el trayecto, de si tendríamos aire, y de que no fuera a haber un derrumbamiento cuando ya hubiéramos perdido de vista la entrada, nuestro fiable punto de referencia. Aquello le pareció razonable, pero al mismo tiempo nos costaba marcharnos sin al menos haberle echado un vistazo a una de aquellas dos galerías. Así que volvimos a internarnos en la cueva y en seguida llegamos hasta la bifurcación. Optamos por tomar la galería de la izquierda, pero pronto volvimos a detenernos, porque el camino hacía una curva y más allá la oscuridad era total. Giramos la cabeza y nos pareció que la luz tenue de la entrada quedaba muy atrás, a muchos kilómetros de donde estábamos parados. Retrocedimos una vez más, respiramos de nuevo el aire húmedo de la tarde, y algo avergonzados con nosotros mismos, decidimos que habíamos explorado la cueva lo suficiente como para contarnos entre los que podían presumir de haber estado en ella. Ascendimos la ladera del monte trepando por el sendero con ayuda de las ramas, y antes de alcanzar la parte alta Darío resbaló y estuvo a punto de caer al vacío. Luego, mientras avanzábamos entre la espesura de regreso a la carretera general, retumbaron un par de truenos y empezó a llover, así que cuando al fin caminamos por el arcén en dirección al pueblo, estábamos empapados y teníamos los calcetines encharcados y los zapatos cubiertos de barro.

Nos paramos al abrigo del tejado de la gasolinera situada en la entrada del pueblo y tomamos aliento. Al mirar hacia la avenida que conduce hasta el colegio, vimos llegar a Andrés bajo un paraguas. Al parecer se había equivocado de hora y nos había estado esperando entre las cinco y las cinco y media, y ahora se disponía a regresar caminando a su casa. Nos propuso volver a la cueva, pero le dijimos que mejor lo dejábamos para otro día y echamos a andar hacia el centro tratando de cobijarnos con el paraguas, sin saber muy bien cómo ocupar el resto de la tarde. Después de subir un par de calles protegidos de la lluvia bajo los soportales, atravesábamos apresuradamente la plaza del ayuntamiento cuando alguien nos llamó por nuestros nombres. Al volvernos vimos acercarse a Hans, que venía de su casa en la aldea que hay a un par de kilómetros del pueblo, junto a la carretera de la costa, para jugar una partida en la máquina de uno de los bares del centro. Decidimos acompañarlo. Tomamos una callejuela empedrada y llena de charcos y llegamos al bar, que como me temía era el tugurio inhóspito y grasiento al que solía ir Hans, propiedad de un fulano de sesenta años bastante colérico que nos recibía siempre con alguna cortesía del tipo “¡cerrar la puerta, cojones!” Por suerte, al entrar no vimos al dueño sino a su hija mayor, la madre de uno de nuestros compañeros de colegio, alumno de cuarto o quinto de EGB y gran piragüista. Estaba sentada en un taburete detrás de la barra, mirando distraídamente hacia un televisor en el que los austríacos Opus cantaban “Live Is Life”, y apenas se fijó en nosotros al oír el inevitable portazo. Mis amigos sacaron monedas de los diferentes bolsillos de sus anoraks y las introdujeron en la máquina mientras yo me acercaba hasta la caja para cambiar un billete. La hija del dueño tenía una mirada dura e irónica que le daba aspecto de estar de vuelta de todo y parecía constatar siempre algo irrisorio en su interlocutor. Me paré a un extremo de la barra sin decidirme a llamarla. Cuando me vio esperando sonrió, se levantó del taburete y me preguntó con amabilidad si quería cambio. Ante mi respuesta afirmativa cogió el billete y me entregó unas monedas, que se me cayeron y se desperdigaron por el suelo al otro lado de la barra. Ella se puso en cuclillas, las fue recogiendo una a una, se incorporó, y sin dejar de sonreír tomó mis manos con una de las suyas y con la otra dejó las monedas en mis palmas. Después de que yo le hubiera dado las gracias, se volvió a sentar y siguió mirando la televisión, en la que en ese momento Bruce Springsteen cantaba y bailaba “Dancing in the Dark” frente a un público fascinado. Regresé a la máquina incapaz de prestar atención a la partida, que debía de ser apasionante porque Hans y Andrés acababan de enzarzarse en una disputa por causa de unos puntos dudosos. La hija del dueño nos miró divertida, pero si la cosa iba a más no le costaría nada soltarles un par de voces. Se fueron sucediendo las partidas, y mientras caía la tarde me di cuenta de que el resplandor de una farola a través de la ventana empañada, la presencia de ocasionales clientes que charlaban tomando un vino, la música proveniente del televisor, los barriles colocados a los lados de la puerta, los motivos marineros que adornaban las paredes, y también la cercanía de la hija del dueño, contribuían a crear un ambiente cálido y acogedor. Pero aquello duró poco, hasta que empezaron a entrar los habituales del sábado por la noche y al cabo el local se llenó de gente, de humo, de codazos y de ruido. La hija del dueño se puso a servir copas y no nos prestó más atención. Seguimos jugando sin apenas poder movernos entre los clientes que entraban y salían, hasta que dos fulanos cuatro o cinco años mayores que nosotros nos apartaron a empujones antes de que consiguiéramos terminar una partida y ocuparon la máquina.

Al salir a la calle, el vaho de nuestras bocas se dibujó en el frío aire nocturno. Anduvimos hasta una plaza cercana al puerto pesquero, nos sentamos en uno de los bancos de piedra y nos levantamos al momento con los pantalones mojados. Estábamos en el punto más céntrico del pueblo. A nuestra espalda, por encima del mercado municipal, las siluetas de los castaños que cubrían la ladera del monte se recortaban contra el cielo nocturno, y frente a nosotros veíamos el torreón medieval y podíamos distinguir las luces del puerto reflejadas en las aguas de la desembocadura del río. De allí venía un olor a brea y salitre que tenía algo de balsámico contra la leve sensación de opresión que empezaba a notar. Hans comentó que para él era hora de volver a casa, y como los demás aún teníamos tiempo decidimos acompañarlo hasta la salida del pueblo. Unos minutos después tomábamos la carretera de la costa, dejábamos atrás los últimos bloques de viviendas y pasábamos por delante del cementerio, situado en un terreno elevado desde donde se veían el río, el puerto, la costa del otro lado de la ría y el mar abierto en la línea del horizonte. Andrés se detuvo y nos propuso entrar. A Hans le pareció una buena idea, y después de comprobar que, como suponíamos, la puerta ya estaba cerrada, decidieron saltar el muro. Darío y yo preferimos no acompañarlos, y parados junto a una farola los vimos trepar hasta lo alto del muro y desaparecer al otro lado. Pasados unos segundos, sus pisadas se perdieron en la distancia y aquella calle tranquila quedó en completo silencio. La sensación de opresión que había notado antes fue en aumento. Me pregunté cuál era exactamente el motivo por el que Hans y Andrés habían sido capaces de entrar en el cementerio y nosotros no. El miedo era un compañero fiel, miedo a fantasmas que sabíamos irreales y también a situaciones de la vida cotidiana que se repetían con cansina frecuencia. Me vino a la cabeza la visión del patio vacío del colegio cuando la visita a la cueva. Todos sabíamos por qué siempre había internos durante el fin de semana, pese a que la mayoría venían de ciudades cercanas como La Coruña o Ferrol. La sensación de opresión se confundió con una indignación y una tristeza frente a las que traté de encontrar alguna clase de refugio. Recordé la sonrisa de la hija del dueño del bar y pensé en su hijo. No parecía mal tipo (nada que ver con su abuelo), pero él y yo éramos dos chavales completamente diferentes, y por algún motivo el ser consciente de eso me hizo sentirme inseguro. Observé las luces de la costa. Las pisadas de Hans y Andrés aproximándose por el suelo de gravilla me sacaron de mis reflexiones. Unos segundos después, reaparecieron en lo alto del muro haciendo un pequeño esfuerzo y saltaron a la acera. Darío y yo nos acercamos hasta ellos con disimulada admiración.
–No vimos nada –dijo Hans.
Parecían decepcionados, como si hubieran esperado encontrar hordas de zombies o a la Santa Compaña. Hans le preguntó la hora a Andrés. Al darse cuenta de que se le había hecho tarde y ya nadie lo libraba de un par de hostias al llegar a casa, se despidió de nosotros hasta el lunes y se alejó sin mostrar demasiada prisa, como si el retraso y sus consecuencias no fueran para él más que gajes del oficio. Darío vivía en el otro extremo del pueblo, cerca del colegio. Andrés tenía que ir caminando hasta su casa en la aldea, al igual que yo, así que echamos a andar de regreso al centro. Unos minutos después, mientras pasábamos por delante del viejo puente de piedra que salva la desembocadura del río, me paré un instante para ver a lo lejos el muelle, los barcos pesqueros, las luces del puerto y el mar.

lunes, 11 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XII)

Don Jaime era un hombre culto, un erudito, un ilustrado. En sexto de EGB nos daba clase de Ciencias Naturales, en séptimo de Sociales y en octavo de Matemáticas y de Química. A mi hermano le daría también Lengua Española, y a un amigo mío le había tocado en Gimnasia (les mandaba dar vueltas al patio, una hostia al que se parara).

La clase de Ciencias tenía lugar los miércoles por la tarde, y don Jaime dedicaba el último cuarto de hora a leernos algún libro. Estos iban de lo soporífero (Juan Salvador Gaviota) a lo sublime (Capitanes intrépidos), nadie sabía por qué criterio se guiaba a la hora de escogerlos. Llegado el momento cerrábamos libros y libretas, guardábamos bolígrafos y lápices y don Jaime empezaba a leer con el aula en silencio, un silencio atemorizado y expectante. De vez en cuando interrumpía la lectura, se quitaba las gafas y le indicaba a algún alumno al que había sorprendido con gesto abstraído que se acercara hasta él. Eso nos llenaba de terror, nunca sabíamos a quién se refería, y cuando uno de nosotros se creía señalado, llegaba a preguntar con espanto: “¿yo?”. Pero don Jaime solía llamar a alguien sentado un par de pupitres más atrás, y respirábamos con alivio egoísta al verlo pasar camino de la tarima, de la que regresaba al cabo de unos segundos tras haber encajado una hostia que resonaba en toda el aula.

Un par de veces por semana, don Jaime se quedaba después de las clases para vigilar lo que conocíamos como “el estudio”, una hora suplementaria que podíamos pasar en el colegio, haciendo los deberes o estudiando para los próximos exámenes. El estudio empezaba a las cinco y media y tenía lugar en las dos aulas más amplias de la planta baja, aunque también se utilizaban a menudo las otras, en función de la gente que hubiera cada tarde. Aquellas aulas de mayor cabida acogían a más de sesenta alumnos y se llenaban siempre, de manera que para vigilarlas don Jaime cruzaba una puerta permanentemente abierta entre ambas, que le permitía recorrerlas de un lado a otro en rondas rápidas e ininterrumpidas sin necesidad de salir al pasillo.

Una fría tarde de diciembre, la semana anterior a las vacaciones de Navidad, Andrés y yo nos quedamos al estudio y nos sentamos en un pupitre del fondo, cerca del radiador. Delante de nosotros estaban los internos Negro y Pego, y el pupitre siguiente lo ocupaban Eladio y un tal Ignacio. Don Jaime vigilaba, por eso en cuanto cerró la puerta que daba al pasillo se hizo el silencio y todos empezamos a estudiar o a fingir que estudiábamos, aunque pronto empezarían a oírse los primeros rumores furtivos de conversación. Don Jaime hacía su ronda de un aula a otra, y cuando pasaba por nuestro lado yo sentía un escalofrío y procuraba mostrarme concentrado en la lección que tenía delante, ya que no era suficiente con estudiar sino que había que manifestarlo: de lo contrario, don Jaime podía pararse detrás de uno y sin previo aviso descargarle un golpe en la nuca o en la parte trasera de la cabeza. Había quien sabía que en un momento u otro terminaría cobrando, así que apoyaba la cabeza entre las manos y disimulaba un lápiz bajo una de ellas, de manera que cuando finalmente don Jaime le pegaba el predecible y traicionero hostiazo, se clavaba la punta en la palma de la mano. Aquella maña casi suicida tenía algo de heroico, ya que a continuación don Jaime solía coger al alumno transgresor y se lo llevaba a trompicones hasta su despacho (un cuartito en un extremo del pasillo al que llamábamos “la cámara de tortura”), y allí ajustaba cuentas con él.

Aquella tarde, la primera hostia sonó en un pupitre cercano cinco o diez minutos después de haber comenzado el estudio. Luego vino un rato de tranquilidad y silencio, alterados únicamente por las pisadas de don Jaime caminando de un extremo al otro del aula. De vez en cuando a Andrés y a mí se nos iba la vista hacia la ventana empañada, pero al momento retomábamos la lección, preguntándonos horrorizados si don Jaime había reparado en el momentáneo despiste. Habría transcurrido media hora cuando Eladio se levantó de su asiento aprovechando que nuestro profesor acababa de pasar al aula contigua, se metió debajo de la mesa, se puso a gritar y volvió a sentarse rápidamente ante el asombro de su compañero y de los pocos que llegamos a verlo. Don Jaime regresó de inmediato, subió a la tarima con estrépito y preguntó en tono amenazador quién había gritado. Nadie abrió la boca, así que don Jaime repitió la pregunta elevando la voz. Como seguíamos callados nos miró inquisitivamente a unos y a otros, buscando atisbos de culpabilidad en nuestros rostros atemorizados y tratando de leer en nuestras atribuladas conciencias. Entre tanta gente parecía muy difícil que pudiera dar con el alumno aullador. Sin embargo, aunque era la primera vez que se encontraba en una tesitura semejante, no se lo veía especialmente desconcertado. Imaginé la cara de póker de Eladio, ufano y probablemente henchido de satisfacción al creer que tenía a don Jaime cogido por las pelotas. Pero a esas alturas del curso ya debería saber con quién se estaba jugando los cuartos. Don Jaime volvió a preguntar quién había gritado, ahora seguro de que nadie iba a responder. Luego dejó pasar unos segundos, como si estuviera dándonos una última oportunidad, y a continuación anunció que les iba a pegar, uno por uno, a todos los alumnos reunidos en el aula, y de este modo el culpable acabaría recibiendo su castigo. Sentí un vacío en el estómago, el mismo que sin duda sentían Andrés y el resto de mis compañeros, aunque ninguno con tanta intensidad como Eladio, ante cuyos pies debía de estar abriéndose el suelo en ese momento. Miré con disimulo el reloj y vi que aún faltaban más de veinte minutos para el final del estudio: por mucho que fuéramos todos inocentes menos Eladio, por mucho que me pareciera que aquello no podía estar sucediendo, por mucho que nos encontráramos a un paso de las Navidades, en breve allí dentro iba a cobrar todo Cristo (con excepción de las chavalas, que no tenían más que acomodarse en sus asientos y disfrutar del espectáculo). Don Jaime se quitó las gafas y las dejó sobre su mesa, se paró en el centro de la tarima y le hizo una seña al alumno sentado en el primer pupitre de la primera fila. Éste resultó ser Hans, al que aquella misma mañana el Rantanplán le había pegado una sonada mano de hostias, con lo cual ese día cobraba a lo grande y por partida doble. Aunque Hans era duro como un ladrillo, a la tercera hostia se tambaleó ligeramente y luego volvió a su pupitre con las mejillas enrojecidas y el semblante imperturbable habitual, como si aquello hubiera sido gajes del oficio. A continuación le tocó el turno a Monchito, un chavalillo de gafas solitario y muy tímido que no se metía con nadie y en su vida había recibido una bofetada. Monchito, lívido, se levantó con dificultad del asiento, subió a la tarima como quien sube al cadalso, y tres o cuatro hostias después regresó a su pupitre con gesto angustiado y lágrimas en los ojos. El siguiente fue José Manuel, un vecino mío alto y desgarbado que en cuanto puso un pie en la tarima recibió cuatro bofetadas que casi lo mandan de vuelta al pupitre. Luego ya no me fijé en quién iba y venía, sólo pude oír una hostia tras otra, y por el medio pisadas vacilantes entre las filas de pupitres, resbalones sobre la madera de la tarima, topetazos contra el encerado, cuadernos y bolígrafos que caían al suelo por el nerviosismo de algún chaval que se levantaba al llegar su turno. Don Jaime se iba calentando: en vez de la tres o cuatro hostias iniciales ahora pegaba hasta cinco o seis, y si no fuera porque no debía de haber tarea más ingrata que aquélla, casi me habría parecido que disfrutaba con lo que estaba haciendo… Al cabo de largos minutos de pesadilla terminó de diezmar la primera fila y empezó con la segunda, al final de la cual nos sentábamos Eladio e Ignacio, Negro y Pego, y Andrés y yo. Pronto empecé a oír los susurros de los dos internos, que acuciaban a Eladio para que cantara pero no podían levantar la voz, ya que si don Jaime los oía daría por sentado que habían gritado ellos.

–Venga, cabrón, que está llegando a nosotros… –murmuraba Negro.

–Di que fuiste tú, mecagondiós… –mascullaba Pego.

Desde mi asiento no podía ver el rostro de Eladio, pero era fácil intuir que por primera vez en toda su vida se enfrentaba a algo parecido a un problema de conciencia. Aunque, en realidad, el problema no era tanto su conciencia como que si Negro y Pego terminaban cobrando por su culpa, las consecuencias para él podían ser aún peores que unas bofetadas de don Jaime. Sin embargo, Eladio era incapaz de dar el paso fatídico, y Pego empezó a empujarlo con la rodilla por debajo de la mesa. Después de unos instantes de patética indecisión y fútil  forcejeo, Eladio levantó la mano como si le pesara una tonelada y acertó a murmurar con un hilo decreciente de voz:

–Don Jaime, fui yo…

Don Jaime, dispuesto ya a aplastarle la cara al alumno siguiente (que volvió a sentarse sin acabar de creer la suerte que había tenido), le dirigió a Eladio una mirada escalofriante en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio, la satisfacción y el mal agüero. A una seña suya, Eladio se puso en pie y echó a andar entre los pupitres con el gesto vacío de quien se sabe camino del peor de los horrores. Antes de subir a la tarima tropezó con el bordillo, luego se paró delante de don Jaime y éste le pegó las cuatro o cinco hostias de rigor y cuatro o cinco más: poseedor de un retorcido sentido de la justicia, nuestro profesor estaba visiblemente enojado, ya que por culpa de Eladio habían recibido todas aquellas bofetadas muchos de sus compañeros. Cuando terminó de sacudirle se lo llevó por la puerta que conducía al pasillo y de ahí, inexorablemente, a la cámara de tortura. En ese momento a ninguno nos preocupaba lo que pudiera ocurrirle a Eladio, pero al mismo tiempo agradecí que don Jaime hubiera cerrado la puerta al salir, ahorrándonos así el tener que oír las hostias que probablemente empezara a pegarle ya pasillo adelante. En el ambiente cargado del aula se respiraba el desaliento de los alumnos de la primera fila y parte de la segunda, y el alivio del resto. No tardó en venir otro profesor a vigilar los minutos finales del estudio, tiempo muy breve para quienes habíamos tenido la suerte de salir bien parados. Mientras nos levantábamos y guardábamos libros y libretas me fijé en Monchito, que recogía sus cosas en un pupitre individual al otro extremo del aula. Cuando iba a la biblioteca municipal con Andrés o con Darío también lo veía siempre solo, estudiando o leyendo en una de las mesas más apartadas con gesto concentrado y, a decir verdad, bastante triste. Sin saber exactamente por qué, aquella imagen me producía invariablemente una profunda pena. De algún modo, la mirada de Monchito se correspondía con algo que yo llevaba dentro desde siempre, una especie de tristeza soterrada y permanente que sentía que me desgarraba cada vez que salía a la luz. Esto solía suceder ante situaciones que entonces me parecían revestidas de una crueldad intolerable, como cuando un profesor le pegaba a un chaval hasta hacerlo llorar por haberse mojado los pantalones en un charco, o cuando a un alumno interno le partían la cara por algún motivo insignificante, y ese mismo día otro profesor lo castigaba a quedarse en el colegio todo el fin de semana. Andrés y yo nos pusimos los anoraks, cargamos a la espalda las carteras y echamos a andar hacia la salida para disfrutar del atardecer de invierno y la cercanía de las vacaciones. Pero antes de llegar al pasillo le dije que esperara un momento, luego me acerqué hasta Monchito y le pregunté si quería venir al pueblo con nosotros. A nuestro compañero se le iluminó el rostro en una expresión de timidez, sorpresa y alegría que nunca le había visto antes. Terminó de guardar sus libros, salimos del colegio en medio de otros grupos, y unos minutos después Andrés, él y yo nos perdíamos por las animadas calles del pueblo.

sábado, 21 de noviembre de 2015

SOUS LE CIEL DE PARIS


El bullicioso barrio de Montmarte, donde mi mujer tiene una tienda, silencioso y vacío. El tiempo tormentoso, el hastío, el volver a vivir lo vivido. Sus lágrimas cuando hace cinco semanas estalló una bomba en Ankara, su rabia y su desprecio contra quienes organizaron el atentado y contra quienes permitieron que se llevara a cabo. El tono reposado con el que, tiempo atrás, me contó que hace treinta años uno de sus hermanos mayores, miembro voluntario de una guerrilla kurda, falleció durante un combate en la frontera entre Turquía e Irak. Sus ocasionales silencios, que como dice mi madre son los mismos en los que se sumía mi abuelo a lo largo de los años posteriores a la guerra civil. Su falta de miedo hoy, sus recuerdos de infancia raramente invocados: el silbido de las balas por delante de las ventanas, la presencia constante de militares, las continuas idas y venidas, las familias vecinas con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el aprender a no decir nada, el duelo permanente de jóvenes y adultos.
***
El respeto de algunos automovilistas ante el tráfico cortado durante la manifestación que se organizó en París después del atentado de Ankara y el sonido de los cláxones de otros, mientras en el aire de aquella agradable tarde de otoño se respiraba que en cuestión de meses (que al final resultaron ser semanas) algunos de los allí presentes, independientemente de nuestros orígenes, formaríamos parte del siguiente balance de heridos y muertos. La presencia policial nada rutinaria en los puntos del metro más insospechados, cubriendo entradas y salidas con una mirada nueva y cargada de significado mientras los usuarios les echamos una rápida ojeada y bajamos la vista al pasar frente a ellos. La ausencia de reservas para los próximos meses en el hotel donde trabajo, las continuas anulaciones de otras que fueron hechas antes del trece de noviembre. El gesto grave en el rostro del repartidor de ropa limpia desde que la noche del viernes se quedó bloqueado con el camión de camino a un hotel del distrito 10 y oyó los disparos. La tristeza en la mirada de gentes a las que trato cada día y la frivolidad y la despreocupación en la de otras, las opiniones sensatas e inteligentes y las estúpidas o interesadas. La certeza de que en los próximos meses a padres, cónyuges o hermanos de muchos de nosotros se los informará del fallecimiento de algún pariente en un atentado, y de que eso no va a suceder únicamente en Francia, Bélgica, Turquía o Malí. La descripción minuciosa durante los informativos de la batalla campal en el piso de Saint-Denis entre policías y terroristas, que cabe calificar de heroica por parte de los primeros. Las llamadas telefónicas de familiares y amigos, las sonrisas y el sentido del humor y las ganas de vivir, como si la vida tuviera un sabor renovado ahora que sabemos mejor que nunca que la vida no vale nada. Las voces de la gente paseando por las calles, las luces del barrio que empiezan a encenderse al caer la tarde, el sonido de los trenes que van y vienen de París al final del día o al comienzo de una nueva jornada.