paname blues

miércoles, 26 de junio de 2019

LA CONQUISTA DEL OESTE

El cine del pueblo estaba en un viejo edificio situado cerca del puerto pesquero, y allá por la década de los ochenta caminábamos hasta allí los días nublados de verano en los que volvíamos pronto del mar a causa de la lluvia. Era un amplio local con suelo de madera, escenario con pesadas cortinas rojas para representar obras teatrales, y en la primera planta una platea (el “gallinero”) y un bar (el ambigú) que recordaba a los de las fotografías del Oeste americano, adonde subíamos a comprar bebidas y chocolatinas durante la pausa en las proyecciones especialmente largas (pausa anunciada por un cartel que aparecía en la pantalla con el texto “visite el ambigú” escrito a bolígrafo). La programación constaba fundamentalmente de cuatro tipos de películas: subproductos italianos o norteamericanos; estrenos que llegaban con dos o tres años de retraso; clásicos de los cincuenta y primeros sesenta (como las magníficas El hombre de las pistolas de oroLa conquista del Oeste y Las nieves del Kilimanjaro); y películas eróticas que proyectaban los jueves por la noche y a cuyos pases no podíamos acudir, lo que las rodeaba de un halo de leyenda (especialmente cuando pusieron una en tres dimensiones), aunque paliábamos la prohibición contemplando las fotografías de la vitrina con las preceptivas estrellitas sobre los pezones de las actrices.

Los domingos de invierno yo coincidía en la cola de la taquilla con mis amigos del colegio sin que fuera necesario quedar antes. En una ocasión fui con mi hermano a ver Terminator en el primer pase de la tarde, pero la película ya había empezado y no nos dejaron entrar por no tener la edad permitida. Había éxitos rotundos, como la cinta de acción automovilística y tono humorístico Los locos de Cannonball, con Burt Reynolds y Farrah Fawcett, que a causa de la gran afluencia de público volvieron a proyectar el domingo siguiente. También se llenó la sala con Karate Kid, película de aprendizaje y artes marciales durante cuyo clímax se podía sentir la tensión en las butacas, y la concurrencia, emocionada, aplaudía cada vez que el joven y atribulado protagonista salía victorioso de un asalto. Ciertos títulos hacían surgir sentimientos insospechados en algunos espectadores: al final de Gremlins, cuando el viejo chino va a la casa del protagonista para arrebatarle el simpático y entrañable monstruillo, en el gallinero oí cómo un chaval de uno de los barrios más duros del pueblo, indignado, amenazaba con pegarle una hostia al asiático si se lo llevaba.

Era normal vacilar al acomodador, que armado con su linterna buscaba por el pasillo entre las filas de butacas a los elementos perturbadores. En Conan el destructor, en el momento en que se enfrentan mentalmente el brujo bueno y el brujo maléfico y vence aquél, alguien empezó a aplaudir de cachondeo contagiando al resto de la sala, que rompió en aplausos mientras continuaba la proyección. Aquello me pareció la cumbre de la hilaridad, así que unas semanas después, durante el pase de Comando Patos Salvajes (una italiana de acción protagonizada por el gran Lee Van Cleef), les dije a mis amigos que aplaudiéramos tras presenciar una frenética persecución automovilística, pero en seguida tuvimos que parar al ofrecernos dos hostias un fulano sentado con su novia en la fila de delante. A veces, la complejidad de lo que veíamos en la pantalla era involuntaria: cuando pusieron El jinete pálido, un western duro y brioso que me fascinó, el proyeccionista se equivocó con el orden de los rollos de película, de manera que se produjeron elipsis bruscas y sorprendentes y las escenas se sucedían en un orden difícil de seguir.

En la oscuridad de aquella sala espaciosa y acogedora descubrí lugares que me cautivarían y asociaría en mi imaginación con los bosques y las playas de aguas verdes de los alrededores, como los Mares del Sur de Los piratas de las islas salvajes o la junglas sudamericanas de Tras el corazón verde La selva esmeralda. Otras películas me conmovían y me permitían asomarme a lo que intuía que era la vida adulta, entre ellas las inolvidables, especialmente para quienes teníamos once o doce años, Único testigo, La rosa púrpura del Cairo y Cotton Club. A estas dos últimas me llevaron mi tío y su novia sendas noches lluviosas después de comprar tres curcuchos de patatas fritas en un puesto del cercano mercado municipal que abría los domingos. Durante el pase de la primera, me estremecí con la escena en la que Harrison Ford y Kelly McGillis bailan al ritmo del Wonderful World de Sam Cooke en el interior de un granero, y me costó semanas olvidar el perturbador momento en que se besan arrebatadoramente por primera vez.

Cuando mi padre nos venía a buscar al terminar las películas, le pedía los carteles al propietario del cine. Uno de los que conservo hoy es el de La conquista del Oeste, superproducción de principios de los años sesenta que para nosotros tenía la curiosidad de contar en su reparto con un joven George Peppard, en aquellos tiempos célebre entre los chavales de mi edad por protagonizar la serie televisiva El equipo A. Era una película de tres horas dirigida por Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, y su larga duración permitía pasar media tarde instalados cómodamente en las butacas. En la pantalla, James Stewart, John Wayne, Karl Malden, Carroll Baker, Carolyn Jones, Richard Widmark, Lee J. Cobb y Gregory Peck entre otros. La música de Alfred Newman. La familia cuáquera que canta El hogar en la pradera al son de un acordeón a orillas del río. El viejo trampero enamorado diciéndole a su futura y joven esposa que va a sentar cabeza para casarse con ella. El muchacho que vuelve de la guerra convertido en adulto. La estampida de bisontes. El tiroteo del final sobre un tren en marcha rodado en espectacular formato panorámico. El visionado de La conquista del Oeste, con su épica de buena ley, su ritmo, su lírica emocionada, su reparto de grandes actores, sus personajes tan reales que parecían de carne y hueso, y esos anhelos y esas grandes dificultades y esas pequeñas victorias que, de alguna forma, anticipaban otros tantos que la vida real nos depararía años después, fue una de las impresiones mas imperecederas y es uno de los recuerdos más hermosos y duraderos de mi ya lejana infancia.  

viernes, 21 de diciembre de 2018

ATARDECER

"Life's just much too hard today"
I hear ev'ry mother say
The pursuit of happiness just seems a bore
The Rolling Stones
Al caer la tarde, L salió de la zapatería que tenía en la parte alta del pueblo, anduvo calle abajo y unos minutos después llegaba hasta el pequeño puerto pesquero. Era el trayecto que hacía habitualmente  para regresar a su casa tras haber cerrado la tienda y nunca se había detenido allí. Pero ese día redujo el paso al aproximarse a la barandilla, recibió el aire frío en el rostro y reparó por primera vez en los matices que componían el entorno en el que se encontraba. Observó la desembocadura del río, los barcos pesqueros que pronto saldrían a faenar, la carpintería de rivera situada al final del muelle, el puente del ferrocarril, la costa del otro lado de la ría y el mar. Hasta ella llegaban los gritos de las gaviotas y las primeras gotas de una llovizna característica del tiempo otoñal en aquel pueblo del norte. Guiada por un impulso, giró la cabeza y pudo ver los edificios de la villa en la que había nacido y pasado sus cincuenta y tres años de vida. El más cercano era la cofradía del puerto, junto al que había un bar de pescadores donde en ese momento debía de estar su marido, apurando la última copa de la jornada antes de regresar a casa ligeramente ebrio. L quería volver antes que él para preparar la cena, pero sentía que algo la obligaba a quedarse unos minutos más disfrutando de un paisaje en el que nunca se había fijado con tanta atención, algo relacionado a la vez con la melancolía y el tedio. Al contemplar aquellos edificios que seguían allí desde su infancia y conformaban un entorno que ahora sentía adherido a su propia piel, recordó el piso del centro en el que había nacido y cuando ella y sus hermanos estudiaban en el único colegio de primaria que había entonces, donde conoció al que luego sería su marido. A su cabeza volvieron recuerdos de los años anteriores a su boda. L se daba cuenta por primera vez de que pequeñas anécdotas que hasta ese momento habían carecido de una importancia especial para ella, conformaban ahora el tejido de un tiempo feliz que empezaba a evocar con sorprendente nostalgia. Años más tarde, durante las fiestas locales que se celebraban al terminar el verano en una aldea costera de la comarca, volvería a encontrarse con su futuro marido, en la época en la que ella se ocupaba ya del negocio familiar y él terminaba sus estudios de Náutica. Un año después se casaban en la iglesia del pueblo, y a los pocos meses nació su única hija. Su marido se embarcó, y desde entonces ella trabajaba en la tienda y lo veía por espacio de varias semanas antes de la siguiente travesía. El resto del tiempo lo echaba de menos y se sentía sola, especialmente a primera hora de la mañana, cuando salía de casa y caminaba hacia la zapatería por las mismas calles en las que había pasado toda su vida, y a última hora de la tarde, al cerrar y regresar dando un rodeo por delante del pequeño puerto pesquero. Su única ocupación más allá del trabajo consistía en cuidar a su hija, el mayor motivo de alegría para ella, y en frecuentar a gentes del pueblo a las que trataba desde que eran niños.
           
L llevaba diez años casada cuando llegó a sus oídos el rumor de que su marido tenía una amante en una de las ciudades a las que arribaba el barco. En principio no prestó atención a aquella patraña, pues cada mes surgía un chisme semejante referido a algún vecino de los alrededores, pero en cuanto su marido regresó, no pudo evitar sospechar que tal vez la aventura que le atribuían fuera cierta. Al contrario que en otras ocasiones, la alegría habitual estuvo ausente de aquel reencuentro. La subsiguiente estancia no fue para él más que un periodo de descanso en el que ocasionalmente paraba en casa, donde lo esperaba una mujer agradable y servil, y la mayor parte del tiempo la pasó en compañía de viejos conocidos en el puerto. L sintió una desprotección y una tristeza totalmente nuevas, pero cuanto peor se sentía más necesitaba a su marido a su lado; para ella habría sido impensable la compañía de un hombre que no fuera él. En cualquier caso, aquello no duró demasiado: al cabo de varios meses comprendió que, a juzgar por la calidez con la que volvieron a encontrarse al regreso de una travesía, la aventura había concluido. Sin embargo, con el paso de los años aquella calidez se transformó en simple cordialidad, y durante sus estancias en el pueblo su marido dejó de ir a verla y hacerle compañía un rato en la tienda, ya que pasaba su tiempo en los bares del puerto.

L dio la espalda a los edificios del pueblo y volvió la vista hacia el mar. En aquella época del año los propietarios de las lanchas que aún quedaban atracadas en el pantalán apenas salían ya, pero todavía había quienes iban a pescar o a dar una vuelta por la ría. Una de aquellas lanchas regresaba en ese momento, y L la vio pasar de camino al muelle entre las cepas del puente del ferrocarril. La rueda del timón la manejaba un joven de unos veinte años, hijo de un viejo conocido, y junto a él, sentada en el tambucho, estaba su novia, que tendría su misma edad y era oriunda de otro lugar. L sabía que vivían fuera, así que supuso que estarían de vacaciones, y recordó que durante el verano salían en la lancha todos los días aunque lloviera o hiciera mal tiempo. Ambos sonreían como si hubieran pasado una tarde muy agradable en el mar, a pesar del viento y de la lluvia que había caído ocasionalmente a lo largo de la jornada. El joven condujo la embarcación hasta su plaza en el pantalán y puso punto muerto mientras su novia se desplazaba hacia proa por la borda de babor para amarrar. El joven siempre le había parecido a L un buen tipo, algo tímido y tal vez un poco inseguro, pero tanto él como su novia transmitían una impresión de camaradería que, para su propia sorpresa, le resultó envidiable. La sorpresa dejó paso a una soterrada inquietud, cuando reparó en que aquella imagen tan habitual en esa parte del pueblo tenía ahora un significado totalmente nuevo que la diferenciaba de otras imágenes semejantes y la situaba a distancia de lo que siempre había sido su propia vida. La camaradería que transmitían los tripulantes de la lancha no estaba reñida con una cierta tristeza que siempre había detectado en los ojos de él, pero dicha camaradería era sumamente deseable aunque no tuviera nada que ver con la seguridad en la que vivían ella, su marido y las personas a quienes conocía desde los tiempos del colegio. Por primera vez en su vida L se estaba preguntando cómo sería la de otra gente, y se preguntaba también si la seguridad, tal vez el bien más preciado para ella y la mayoría de sus vecinos, no valdría gran cosa frente a algo en apariencia tan ínfimo como la camaradería que había entre los dos jóvenes de la lancha, camaradería que ocultaba algo mucho más íntimo, algo de lo que en realidad ella y su marido jamás habían disfrutado.

La llovizna se transformaba en aguacero, y entre risas los jóvenes de la lancha ponían la lona precipitadamente, saltaban al pantalán con una mochila y la lata de gasolina en las manos y corrían hacia el muelle. L abrió el paraguas, se apartó de la barandilla y siguió el camino hacia su casa, pero antes de alejarse no pudo evitar detenerse un instante para mirar atrás, y sintió un inesperado dolor al verlos subir a un coche rojo aparcado cerca de donde se encontraba ella.

Un cuarto de hora después se paraba frente al edificio donde vivía, cerraba el paraguas, entraba en la portería y tomaba el ascensor hasta su piso en la cuarta planta. Una vez en la cocina comenzó a preparar la cena maquinalmente, como siempre a aquella hora desde hacía años.  Pero al cabo de unos minutos se detuvo, se acercó hasta la ventana, separó la cortina y dirigió la mirada hacia el exterior. Desde allí podía ver el puerto y  el puente del ferrocarril. Mientras recordaba a la pareja de la lancha llegando al pantalán, se preguntó dónde estarían en ese momento y de qué manera dedicarían su tiempo el resto de la tarde. El sonido de una llave en la puerta del vestíbulo la sacó de su cavilación. L soltó la cortina y continuó haciendo la cena mientras trataba de ignorar las lágrimas que afloraban a sus ojos.

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA ESTRELLA Y LA MEDIA LUNA


1
El autobús se detuvo frente a la garita del control militar y dos soldados montaron por la parte de delante y comenzaron a pedir los pasaportes a los viajeros. Con la única excepción de Pierre Durand, éstos eran habitantes de Estambul o emigrantes que regresaban de Alemania para pasar unos días con sus familias en sus pueblos de origen del Kurdistán turco. Tanto Durand como los turcos con doble nacionalidad tuvieron que apearse. Durand fue conducido al interior de la garita, donde un soldado que hablaba inglés le preguntó su nombre y el de sus padres, mientras otro anotaba los datos sentado ante un ordenador y otros dos, en tono de burla bienintencionada, comentaban que era la primera persona de otro país que ponía los pies allí en mucho tiempo. No parecían malos tipos, pero Durand pensó que habían sido hombres como ellos quienes violaron y asesinaron durante los años del genocidio kurdo; violaron y asesinaron a gentes como las que viajaban ahora junto a él, y a mujeres como la suya. Cuando el soldado que hablaba inglés le preguntó el motivo de su viaje, Durand le explicó con pocas palabras que iba a visitar al hermano de su mujer, lo cual era cierto en parte. El soldado lo miró con suspicacia y le preguntó por qué su mujer no iba con él, a lo que Durand respondió que su mujer había sido asesinada dos meses antes. En un tono diferente al empleado hasta entonces, el soldado quiso saber cuánto tiempo habían estado casados y Durand le mintió, pues se le antojaba que responder el tiempo real habría supuesto enturbiar su recuerdo. A continuación, su interlocutor le indicó que saliera de la garita y ordenó al conductor del autobús que abriera el portaequipajes. Durand sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban, no porque corriera peligro en ese momento, sino porque tal vez fuera a correrlo a la vuelta, cuando el vehículo pasara de nuevo por allí de regreso a Estambul después de que Durand hubiera llevado a cabo lo que lo había conducido hasta el este de Turquía. Los demás pasajeros lo miraban desde el otro lado de las ventanillas, mientras el conductor tiraba de la portezuela con gesto de contrariedad y el auxiliar señalaba el reloj para indicar que sufrían retraso. Durand sacó su maleta y el soldado que hablaba inglés la abrió y la registró brevemente. Luego le dijo que aquello era todo y le indicó que subiera al autobús. Unos segundos después, Durand se acomodaba en su asiento mientras el conductor encendía el motor y retomaba el viaje. Aquella había sido la última parada antes de llegar a la ciudad de Dersim, capital de una de las provincias más castigadas durante el genocidio. Durand llevaba casi veinte horas en el autobús, después de salir de Estambul de mañana y recorrer una ruta en la que se sucedieron espesos bosques de coníferas, verdes praderas surcadas de pequeñas arboledas, desiertos arenosos, montes bajos entre los que discurrían ríos de aguas grises, y finalmente el imponente paisaje montañoso surcado de fragorosos torrentes por el que llevaban circulando la última media hora.
2
Durand había conocido a Gülfer Arslan en París, tres años antes, cuando él trabajaba de cámara en un programa literario de televisión. Durante una de las emisiones, ella y otros intelectuales turcos de origen kurdo debatieron sobre la conflictiva situación en Turquía tras el afianzamiento en el poder de Tayyip Erdogan y la progresiva islamización del país. Gülfer era profesora de Literatura Francesa en la universidad de Ankara y acababa de publicar la novela de tema político La estrella y la media luna, que en seguida fue prohibida por el gobierno y condujo a su autora a un paso de la prisión. Después de la emisión, cuando aún no habían salido del plató, Durand se acercó hasta ella llevando consigo un ejemplar del libro traducido al francés y perteneciente a un amigo suyo, y le pidió con timidez que se lo firmara. Gülfer creyó que el libro era para él y se sintió honrada por ello, y Durand prefirió no desmentir el malentendido. A pesar de que nunca había sentido especial interés por la política en Oriente, y no consideraba a Turquía más que un país islámico en el que los europeos gustaban de hacer turismo pese a que allí no se respetaran los Derechos Humanos, a Durand no le costó entablar una conversación con ella. Fueron juntos hasta el restaurante donde a la autora la esperaban varios miembros de una asociación kurdo-parisina, de camino hablaron de cine y literatura, y antes de despedirse ante la puerta del local acordaron verse de nuevo al día siguiente. Durand y Gülfer se vieron cada uno de los cinco días que ella pasó en París, y varias semanas después, aprovechando las vacaciones de Durand, se reunieron en Estambul. A partir de entonces, Durand viajaba a Turquía siempre que le era posible, ya que a Gülfer le habría resultado mucho más complicado conseguir los visados para entrar en Francia. Después de la atracción inicial, pronto surgieron diferencias entre ellos. En su mayor parte tenían que ver con la distancia entre el carácter desprendido de Gülfer, propio de quien había crecido con siete hermanos y había conocido duras circunstancias durante su infancia, y lo que ella llamaba el egoísmo europeo de Durand, debido fundamentalmente a una vida organizada en torno a la búsqueda de la tranquilidad y a una comodidad y unos hábitos que no soportaba ver alterados. Gülfer había nacido en una zona remota de las montañas de Dersim. No solía hablar de su niñez salvo en contadas ocasiones, normalmente cuando ambos se despertaban de madrugada y pasaban un rato charlando en voz baja. Fue así como Durand supo que a los siete años ella había perdido a sus dos hermanos mayores, enrolados en una guerrilla kurda y fallecidos en combate en la frontera entre Turquía e Irak. Era más raro que ella le hablara de recuerdos anteriores, como la presencia constante de militares en la zona, el silbido de las balas por delante de las ventanas, la cercanía de otras familias con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el duelo permanente de jóvenes y adultos y el aprender a no decir nada, probable origen de sus ocasionales silencios, que no estaban reñidos con un carácter generalmente alegre y positivo. A Durand le sorprendía que Gülfer entendiera su falta de seguridad en sí mismo y sus debilidades, habiendo tenido vivencias tan diferentes y siendo ella una persona en apariencia fuerte y segura.

Algo más de un año después de haberse conocido, Gülfer le propuso a Durand grabar en vídeo una película documental con diversos testimonios de supervivientes del genocidio kurdo. Para ello se desplazarían hasta Dersim y entrevistarían a ancianos conocidos de su familia, y luego montarían el material en el estudio parisino en el que él trabajaba. Durand sintió temor ante el riesgo que suponía salir de aquella zona controlada por el ejército turco con esas grabaciones en la maleta, y terminaron aplazando el proyecto. En realidad, ninguno de los dos ignoraba que lo estaban aparcando definitivamente y Durand se sintió culpable, pero de nuevo le sorprendió que Gülfer pareciera comprender su miedo, pese a no sentirlo ella misma.

Pasados unos meses, mientras trabajaba en el guión de un nuevo proyecto que les permitiera grabar sin tener que desplazarse de París, a Gülfer le ofrecieron un intercambio con un profesor de La Sorbona, y no dudó en aceptar. Las cosas iban a peor en Turquía y la enseñanza se resentía por ello. El gobierno encarcelaba a periodistas, desempeñaba el papel de gendarme ante la creciente llegada de emigrantes, maltrataba con impunidad al pueblo kurdo y mantenía una relación peligrosamente ambigua con el Estado Islámico. A Gülfer el ambiente en la universidad se le hacía irrespirable. Una tarde salió a la calle después de una agria discusión con un compañero de Departamento, y cuando iba a subir a su coche, aparcado delante del edificio, un desconocido se le acercó pistola en mano y le descerrajó un tiro en la cabeza, matándola en el acto. La policía no mostró interés por encontrar al asesino, y no tardaron en cerrar el caso.
3
El autobús circulaba a poca velocidad por una carretera escarpada y llena de curvas mientras se aproximaba a la capital de Dersim. Durand contempló a ambos lados los elevados montes de tonalidades terrosas, cubiertos de árboles y matorrales, entre los que discurría un río de aguas revueltas. A lo lejos distinguía ya las primeras casas desperdigadas por las laderas, y se preguntó si en alguna de ellas había nacido Gülfer. Sonrió al recordar su sonrisa, sus ojos oscuros de mirada inteligente, su alegría y su coraje ante la vida. Zafer Arslan lo estaría esperando en la estación de autobuses, y esa misma tarde se desplazarían hasta una aldea cercana y harían la primera de las entrevistas que tenían planeado grabar. Pasados unos minutos, después de doblar una curva muy pronunciada, la carretera se volvió más practicable, el autobús ganó velocidad y Durand pudo ver en el valle que se formaba entre dos montes los edificios y las calles del centro de Dersim.

martes, 21 de febrero de 2017

AL ANOCHECER


They can’t hang me. I’m already dead. I’ve been dead a long, long time.
Jim Thompson
Michael Byrne había descubierto el impulso de matar a los veintisiete años, cuando trabajaba en una librería del centro de Londres, vivía en un pequeño apartamento de las afueras y tenía relaciones esporádicas con compañeras de su misma edad o con alguna cliente algo mayor. Uno de sus primeros recuerdos era haber golpeado a otro niño en la escuela hasta hacerlo sangrar. Un par de cursos más adelante, le había pegado a un alumno más joven sin motivo ni provocación. Pero Byrne no era un tipo fuerte ni el líder de grupo alguno, sino un muchacho retraído y más bien solitario. Años después, le habló de aquellas agresiones a un psiquiatra al que visitaba periódicamente mientras estudiaba en la universidad. El médico le explicó que la primera se debía a los celos causados por el reciente nacimiento de su hermano, y la segunda había sido una manera indirecta de vengarse del maltrato constante recibido en el centro donde había estado interno, tras la muerte de sus padres. Sin embargo, el hermano de Byrne tenía ya cuatro años cuando la primera agresión, y la siguiente había ocurrido antes de que Byrne ingresara en el internado.
 
El trabajo en la librería le había aportado una tranquilidad desconocida para él hasta entonces. En realidad, Byrne tenía la impresión de vivir dos vidas simultáneas: por un lado, hacía frente a una inseguridad continua que a menudo se sentía incapaz de contener y le dificultaba la comunicación con las escasas personas a las que trataba día a día. Por otro, disfrutaba del aprecio incondicional de aquellas mismas personas, para quienes era un tipo digno de confianza, un compañero tal vez algo triste y tendente a la soledad, pero seguro de sí mismo y poseedor de unas convicciones que lo distinguían del resto de la gente y lo situaban por encima de la sordidez inherente a la vida cotidiana y al trato con los demás. Durante las ocasionales salidas después del trabajo, Byrne sabía mostrarse ocurrente y divertido, aunque no fuera especialmente hablador ni siquiera en los momentos más joviales. Pero al día siguiente, cuando cogía el autobús para ir a la librería, se sentía abrumado por una tristeza cercana al dolor ante escenas tan comunes en el transporte público como una madre sonriéndole a un bebé en el asiento contiguo al suyo, o al observar a dos niños, tal vez hermanos, charlando con las mochilas al hombro mientras aguardaban bajo la marquesina de la parada a resguardo de la lluvia.
 
Aunque Byrne nunca había olvidado del todo la vida anterior a su etapa universitaria, llevaba unos años trabajando en la librería cuando empezó a evocar con insistencia aquellas lejanas agresiones de los tiempos del colegio. Lamentaba la primera, porque recordaba a su víctima como uno de sus mejores amigos de entonces y se le antojaba un muchacho muy parecido a los que veía a diario esperando el autobús. Pero el pensar en la segunda no le resultaba ingrato, pues su compañero era tan cruel como cualquiera de los alumnos más fuertes, y aprovechaba su amistad con ellos para incitarlos a humillar y hacer daño a quien se le antojara. Con el tiempo, Byrne terminó por disfrutar del recuerdo de aquella agresión y de las sensaciones que traía consigo: mientras cerraba la puerta de la tienda después de una jornada de trabajo, sentado en autobús de vuelta a casa o cuando subía en el ascensor hasta el apartamento, volvía a notar el contacto de los nudillos al estrellarse contra el rostro de su compañero, la confusión y el miedo reflejados en sus ojos, el vértigo al comprobar su poder sobre alguien más débil físicamente, y aquello le producía un placer inesperado. Poco importaba que en el internado él mismo hubiera sufrido, día tras día, agresiones similares y toda clase de humillaciones por parte de sus compañeros. El compartir la condición de víctima no le provocaba compasión, como si la vida a esa edad no fuera más que un sufrimiento prolongado del que sólo se podían librar unos pocos.
 
Durante la época en la que tuvo la certeza de que su credibilidad profesional y el aprecio de sus compañeros estaban definitivamente afianzados, Byrne comenzó a despertarse en mitad de la noche y a dejar pasar los minutos recordando detalles de la segunda paliza, mientras oía la respiración pausada y sentía el calor del cuerpo que yacía a su lado bajo las sábanas. Pronto descubrió que necesitaba volver a vivir aquellas sensaciones, que no era suficiente con traerlas una y otra vez a su cabeza, distorsionándolas y difuminando sus trazos hasta hacerlo dudar de ellas, o de que los hechos evocados hubieran ocurrido exactamente como suponía él. Y no tardó en sospechar que lo que la vida le estaba ofreciendo era insignificante si se lo comparaba con la excitación que sentiría ante la posibilidad de disfrutar de una experiencia similar a las de sus años escolares. También sintió miedo al darse cuenta de que, en realidad, ahora le gustaría ir mucho más lejos. En la edad adulta a la que pertenecía, como miembro de una sociedad despiadada cuya vileza consciente y asumida parecía una simple puesta al día de la crueldad frívola e irreflexiva de episodios lejanos y olvidados por la mayoría, para que el gozo fuera pleno no bastaría con una paliza sino que debería llegar hasta el final, matando a su víctima. Byrne sintió cómo empezaba a difuminarse su interés por alicientes de la vida diaria a los que, sin embargo, trataba de aferrarse para no perder la cabeza ni desligarse por completo de aquella rutina protectora. Pero lo único importante en ese momento era poder escoger una víctima y matarla sin ser descubierto, y el deseo tan acuciante que aunque luego tuviera que compensar aquel acto ofreciendo su propia vida, el precio le habría parecido ínfimo.
 
Un atardecer de diciembre, Byrne bajó del autobús, cerró los botones del abrigo y echó a andar hacia el bloque de viviendas donde estaba su apartamento. Antes de llegar pudo ver a lo lejos, bajo la luz de las farolas que bordeaban un parque cercano, a una joven de su edad que venía en sentido contrario. Byrne redujo la marcha, se giró como si hubiera olvidado algo y siguió caminando. Al cabo de unos segundos, la joven pasaba a su lado y se encaminaba hacia un bosquecillo situado en uno de los extremos del parque. Byrne no tardó en alcanzarla, y en cuanto se aproximó a ella la golpeó con todas sus fuerzas en la espalda. La joven se vino abajo con un grito de sorpresa y dolor y Byrne la retuvo sentándose encima de su vientre y apoyando las rodillas en sus antebrazos. Se disponía a golpearla en el rostro pero fue incapaz, así que se puso en pie y se alejó corriendo.
 
Horas después, tumbado sobre la cama con la mirada fija en el resplandor proveniente de la ventana, Byrne tenía la impresión de haber envejecido cien años. Temía que en adelante su conciencia lo privara de todo sosiego y agradecía que algo en su interior le hubiera impedido ir más lejos, aunque en realidad sabía que su indecisión no había sido motivada por la piedad o los principios, sino por unos escrúpulos transformados en hábito cuya fuerza era mayor que la que lo había empujado a planear y finalmente llevar a cabo aquella agresión.
 
Sin embargo, al día siguiente se despertó lamentando no haber matado a su víctima, y con el transcurso de las horas se afianzó la certeza de que ninguno de los pequeños episodios que conformaban su vida diaria, y habían terminado por hacer de ella algo verdaderamente apreciable, tenía el más mínimo valor si se lo comparaba con aquel acto. Imaginó que de no lograr culminarlo no podría seguir viviendo, y su único temor ante el paso a dar no tuvo que ver con sus posibles consecuencias sino con una incapacidad de llegar hasta el final que surgiera en el último instante y lo forzara a sentirse, una vez más, como se estaba sintiendo ahora.
 
Dos días después, Byrne bajó del autobús en una parada anterior a la suya y caminó junto a los árboles en dirección a su casa por la orilla del río que atravesaba aquel distrito de las afueras. Dentro del bolsillo del abrigo sujetaba con la mano derecha la empuñadura de una navaja abierta. Tras varios minutos de trayecto solitario, su corazón latió con rapidez cuando oyó pisadas sobre el pavimento húmedo y vio acercarse entre las sombras una silueta esbelta, que unos metros más adelante resultó ser la de una mujer de mediana edad envuelta en un abrigo rojo. Mientras se aproximaba a ella, Byrne tomó aliento y trató de dominar el impulso de marcharse. La mujer parecía tener prisa y en ningún momento desvió la vista del frente, como si sus pensamientos se encontraran lejos de allí y no la asustara cruzarse con un desconocido en aquel lugar apartado y a una hora tardía. Al llegar a su altura Byrne se detuvo, la hizo girarse apoyando la mano izquierda en su hombro y pudo distinguir una mirada en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio y una agresividad inminente, pero antes de que ella actuara sacó del bolsillo la navaja y se la clavó en el cuello. La mujer retrocedió y terminó viniéndose abajo en medio de los matorrales y Byrne trastabilló, se derrumbó sobre ella y sintió en el rostro el suave contacto de su mejilla y el calor de la sangre. Cuando la mujer expiró, Byrne se hizo a un lado respirando con dificultad y quedó tendido boca arriba al abrigo de la espesura. Sentía algo que aunque no tenía nada que ver con el placer físico, lo llenaba de una plenitud mucho mayor que la que le habían aportado cualquiera de las relaciones sexuales más satisfactorias mantenidas hasta entonces, y estuvo seguro de que durante los segundos anteriores había sido verdaderamente feliz por primera vez en su vida. Se puso en pie, arrojó la navaja al centro del río y empujó el cadáver de su víctima hacia la orilla, y mientras lo veía desaparecer bajo el brillo plateado de la superficie se sucedieron dos pensamientos en su cabeza: Byrne se preguntó si un único acto como aquél, un acto aislado sin continuidad en el transcurso de una vida en la que el aprecio de los demás representaba el reflejo de un interior atribulado pero definitivamente satisfecho, era suficiente para echar por tierra la percepción que uno poseyera de sí mismo. Luego tuvo la impresión de haber obligado a su víctima a participar en una insólita partida de la que, contra todo pronóstico, por algún motivo él no había sido el ganador.  

domingo, 10 de julio de 2016

JOHN GRIFFIN

John Griffin llegó a la costa al límite de sus fuerzas. Llevaba varias horas corriendo y ocultándose entre la espesura. Durante los primeros minutos había dejado atrás la posada y había salido de la aldea sin apenas volver la cabeza, y una vez en el bosque se sintió más seguro. Pero sabía que pronto repararían en su ausencia, así que en cuanto perdió de vista las casas echó a correr entre los árboles, reduciendo la marcha si sentía que su pecho iba a estallar y retomando el ritmo cuando se había recuperado un poco. Ahora, desde lo alto de la ladera, contemplaba con estupor, como si no acabara de creer lo que estaba viendo, la inmensidad azul que se perdía en el horizonte. Sólo Hayes, el único muchacho de su edad en aquella banda de ladrones de la que ambos formaban parte, había intentado huir con anterioridad, y en seguida lo encontraron. Griffin se preguntó si andarían ya tras su pista. Pero, aunque así fuera, no tardarían en darlo por perdido en aquella zona de grandes acantilados, donde era fácil errar el camino y despeñarse contra las rocas.
Recorrió un trecho al abrigo de los árboles, y cuando la oscuridad cubría la costa salió al descubierto y corrió a través de los campos. La luz de la luna brillaba por momentos, pero pronto volvía a desaparecer por detrás de las cambiantes nubes. Griffin cruzó un riachuelo tratando de no resbalar sobre las piedras y se encontró en la linde de un prado descendente sobre el que destacaba la figura solitaria de un árbol. El ruido del oleaje resonaba ahora mucho más próximo. Griffin siguió adelante, pero se detuvo al distinguir a lo lejos la silueta de un edificio. Recordó haber oído a Hayes hablar de una mansión erigida tiempo atrás por Lord Wyndham, un gran señor de la zona. Fuera aquel edificio o no, el lugar le pareció ideal para ocultarse durante la noche. Echó a andar a paso ligero y de inmediato lo asaltó un pensamiento silenciado hasta entonces bajo otros temores más apremiantes. Según Hayes, una noche de invierno como aquélla Wyndham había azotado a su hijo menor hasta matarlo, sin que nadie llegara a saber el motivo. Su esposa y el primogénito huyeron de la vivienda y corrieron hacia el pueblo donde vivían los padres de ella, pero se equivocaron de dirección, se apartaron de los caminos y terminaron cayendo al mar desde lo alto de un acantilado. Wyndham fue detenido, juzgado y condenado a la horca gracias al testimonio de sus sirvientes y a la mediación de los parientes de su mujer, y nadie volvió a habitar la mansión. Sin embargo, algunos pastores que al anochecer recorrían la costa de regreso a sus casas aseguraban haber visto a lo lejos el fantasma del hijo de Lord Wyndham. Cuando Griffin escuchaba a Hayes no había dado importancia a lo que entonces consideraba meras supersticiones, pero ahora, mientras avanzaba por el camino que se perdía en la oscuridad para conducir sin duda hasta la entrada del edificio, aquel relato no le parecía tan descabellado. Se paró tras haber recorrido unos metros. Se veía incapaz de seguir adelante, pero tampoco podía retroceder. Recordó la mañana en que Anderson, Gilder y Brennan habían salido en busca de Hayes. Regresaron sin él unas horas después, pero todos sabían que su cadáver quedaba en el fondo del mar con una piedra al cuello. Griffin siguió avanzando con fingido aplomo. Trató de apartar de su imaginación la voz de Hayes hablando del fantasma del joven Wyndham, pero le parecía oírla con tanta claridad como si su amigo caminara a su lado. El viento agitaba la hierba y sacudía las ramas del árbol que acababa de dejar atrás. Griffin aceleró la marcha. Pisó charcos, resbaló en el barro, tropezó con las piedras esparcidas por el camino, dobló una curva tras otra evitando desviar la mirada del frente, y al cabo, después de bordear un último recodo cubierto de vegetación, la silueta del edificio surgió ante sus ojos y se recortó contra el cielo, proyectando la sombra de sus dos torres sobre lo que un día debió de haber sido un amplio jardín. Griffin se detuvo y las observó, luego se acercó con paso dubitativo hasta la fachada. Se paró junto a la escalinata que conducía hacia la entrada principal y miró a su alrededor tratando de percibir algo bajo la luna que brillaba entre las nubes. Pudo distinguir una maraña de vegetación en torno a los muros de la vivienda y los primeros árboles de un bosque cercano, de dónde provenía el fragor del oleaje al romper contra los acantilados. Se dejó caer en el último peldaño de la escalinata. Estaba agotado y hambriento. Tenía los pies empapados y su ajada vestimenta apenas lo protegía del frío nocturno. Se puso en pie, subió la escalinata y se paró frente a la entrada. Después de un instante de indecisión, empujó la pesada puerta de madera y entró. En cuanto pisó el vestíbulo lanzó un chillido y retrocedió de un salto: había visto su propia imagen en un espejo cubierto de telarañas. Se tranquilizó poco a poco, temblando de frío y sonriendo con nerviosismo ante su ridícula reacción. Se dijo a sí mismo que no había nada que temer. Recorrió el vestíbulo y llegó hasta una estancia espaciosa cuyo único mobiliario consistía en una mesa situada encima de una alfombra en el centro de la pieza. A su derecha había una amplia chimenea, y frente a él dos ventanas con los cristales rotos permitían que la luz de la luna se proyectara sobre la maltratada superficie de madera. Por una de ellas podía ver el bosque y los acantilados, y por la otra la escalinata que daba acceso a la mansión, las curvas del camino, el prado en pendiente y el árbol solitario que había dejado atrás media hora antes. Acercó el rostro a la primera y sintió el olor del aire marino y de la vegetación húmeda y frondosa. Al oír una ola que rompió con estruendo, se estremeció pensando que el mar se revolvía contra el nuevo ocupante de aquella vivienda maldita. Apartó esa idea de su cabeza y se sentó en el suelo junto a la chimenea. Allí dentro no parecía haber fantasma alguno.
Griffin estaba cansado, pero el suyo era un cansancio muy diferente del miedo y la extenuación que sentía cuando al final de la jornada se reunía con sus compañeros en algún lugar convenido. Sentía una curiosa satisfacción por haber salvado la vida llegando hasta allí sin ayuda de nadie, y por primera vez se dio cuenta de que echaba de menos a Hayes. Apretó los brazos contra el cuerpo para darse calor. Sus ojos estaban a punto de cerrarse, vencidos por la fatiga, cuando oyó arreciar el viento. Las nubes se desplazaron y en cuestión de segundos la estancia quedó tan en penumbra como si alguien hubiera corrido una cortina por delante de las ventanas. Griffin se irguió y pegó la espalda a la pared. Su vista se acostumbró a las tinieblas a la vez que se desvanecía la efímera sensación de seguridad que había llegado a tener durante los minutos anteriores. Recordó el relato de Hayes, y no pudo evitar preguntarse si el hijo de Lord Wyndham habría muerto en ese mismo lugar. Tuvo la impresión de que el frío aumentaba. Se incorporó, y después de observar un momento la oscuridad del vestíbulo se desplazó hasta la ventana orientada hacia el bosque. El bramido del mar volvía a parecerle ahora un sonido amenazador. Giró la cabeza, y al dirigir la mirada hacia la otra ventana pudo avistar una figura a caballo que desaparecía por detrás de una curva, muy cerca ya de la mansión. Corrió a ocultarse bajo la mesa; unos segundos después, se asomó levemente y vio cómo el jinete doblaba el frondoso recodo que indicaba el final del camino, se paraba un momento delante del edificio y seguía cabalgando hacia el bosque. Griffin aguardó expectante sin moverse de su escondite. Al cabo de pocos minutos el jinete cabalgó de regreso. Griffin lo vio aproximarse a la parte delantera de la mansión y tirar de las riendas hasta detener su montura al pie de la escalinata. El jinete levantó la vista hacia la fachada del edificio, luego miró a un lado y a otro como si buscara algo en la oscuridad. Finalmente desmontó, miró a su alrededor una vez más y comenzó a subir la escalinata a paso lento, aunque sin llegar a detenerse. Griffin lo perdió de vista cuando se acercaba a la puerta, pero el silbido del viento no le impidió distinguir las pisadas que pronto resonaron por el interior del vestíbulo. Se ocultó bajo la mesa a la vez que el recién llegado avanzaba unos pasos y se paraba ante la estancia en la que se encontraba él. Aunque no podía ver su rostro, Griffin había reconocido ya el andar seguro, los hombros anchos, la cabeza erguida y el torso esbelto de Anderson. Éste no se movía del vestíbulo ni apartaba la mirada del frente: tampoco podía ver a Griffin a causa de la penumbra, pero si las nubes volvían a desplazarse la luz de la luna llegaría a los distintos recodos del salón y la mesa dejaría de servirle de escondite. Por un instante, Griffin pensó en arrastrarse en silencio hacia la ventana para tratar de huir a través del bosque. Pero Anderson lo vería en el momento de salir y continuaría la búsqueda el tiempo necesario, convencido ya de su presencia en los alrededores. Además, Griffin no conocía la zona y temía terminar cayendo desde un acantilado como la esposa y el hijo de Lord Wyndham. Por otro lado, no estaba seguro de que Anderson tuviera la certeza de que él se ocultaba dentro de la vivienda: en ese caso habría pronunciado su nombre en voz alta y habría entrado sin vacilar, y en vez de eso seguía parado delante del salón, como abrumado por una indecisión extraña en él. Anderson hizo amago de avanzar pero no llegó a moverse de donde estaba. Aguardó unos segundos, luego desapareció en la oscuridad del vestíbulo y sus pisadas indicaron que retrocedía de regreso a la escalinata. Griffin se irguió con precaución y lo vio descender los escalones, montar apresuradamente, picar espuelas y tirar de la rienda en dirección al camino. Anderson dobló el recodo cubierto de vegetación y durante los minutos siguientes la silueta de jinete y montura apareció y desapareció entre las curvas, hasta terminar difuminándose por completo en la lejanía. Griffin reclinó la espalda contra una pata de la mesa, exhausto y temeroso aún de salir de su escondite. Notaba en todo el cuerpo el agotamiento de la jornada. Sus ojos se cerraban, sintió un súbito temor ante la posibilidad de quedarse dormido. Movió la cabeza y trató de permanecer despejado, pero acabó cediendo al sueño y se deslizó sobre la madera hasta quedar tumbado en el suelo, mientras la luz de la luna iluminaba de nuevo el interior del salón.
Griffin notó en el rostro el calor del sol. Abrió los ojos y se estremeció al darse cuenta de que ya era de día. Por un instante tuvo la impresión de que lo habían descubierto y Anderson aguardaba en pie frente a él, pero pronto comprendió que estaba solo en aquella estancia de la mansión. Se incorporó ayudándose de la mesa y anduvo hasta la ventana orientada al camino: desde allí pudo ver las sinuosas curvas, el prado en pendiente y el árbol solitario mecido por la brisa, y también alcanzó a avistar entre las diferentes tonalidades de verde el riachuelo que había cruzado la noche anterior. A la luz de la mañana, la zona parecía tan despoblada como lo había estado horas atrás, mientras avanzaba en dirección a la mansión. Antes de salir se paró un momento frente al espejo del vestíbulo, por cuya puerta abierta entraba el aire marino, y contempló su propia imagen. Luego descendió la escalinata, echó un último vistazo al camino y se alejó en dirección contraria siguiendo un sendero que discurría a través del bosque. De vez en cuando miraba a un lado, y más allá de los árboles y la maleza veía las velas de los barcos que se aproximaban a la costa o ponían rumbo a mar abierto.

domingo, 31 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XIII)

Un sábado lluvioso de febrero, allá por 1985, Darío, Andrés y yo quedamos delante del colegio a eso de las cuatro y media para ir hasta un lugar cercano y mítico conocido como “la cueva”. Ésta era una galería subterránea excavada en la ladera más escarpada del monte contiguo al patio del colegio, un terreno extenso, frondoso y accidentado que se extiende entre una pequeña avenida paralela a la desembocadura del río, junto a la que está situado el centro, y la antigua carretera general, por la que se salía hacia La Coruña antes de la construcción de la autopista. Había todo tipo de conjeturas sobre el origen de la cueva (zulo de contrabandistas, mina abandonada, escondite de escapados durante la guerra), y en realidad nadie sabía dónde estaba, ni siquiera si existía. Desde las ventanas de los pasillos del internado se veía la ladera del monte, totalmente vertical en ese trecho, pero no podíamos distinguir la entrada de la cueva, así que ignorábamos su hipotético emplazamiento. Se decía que tipos duros como Hans o mi vecino José Manuel habían dado con ella y habían entrado, pero nunca lo confirmamos preguntándoselo a ellos.

Después de esperar un rato por Andrés, consideramos que algún impedimento lo había retenido en su casa y decidimos buscar la cueva solos. Caminamos hasta el pueblo, tomamos la carretera general, pasamos por encima del guardarraíl y nos adentramos entre la vegetación a través de un terreno húmedo y dificultoso. Éste descendía suavemente hacia el patio del colegio, que pudimos ver allá abajo, totalmente desierto a esa hora, entre el internado, la lavandería y varios bloques de viviendas. Me pregunté dónde estarían los internos: debían de ser las cinco y media, quizá los profesores de guardia les habían permitido ir a dar una vuelta por el pueblo. Nos desviamos a la derecha y el terreno se volvió más abrupto, hasta terminar en un pequeño precipicio frente a una de las paredes laterales del internado, aquella desde cuyas ventanas habíamos tratado anteriormente de divisar la entrada de la cueva. Pronto dimos con un sendero que se perdía entre la vegetación ladera abajo. Echamos a andar con precaución, tratando de no resbalar sobre la tierra y las hojas húmedas a la vez que apartábamos las ramas de los matorrales que nos dificultaban el descenso. Al cabo el sendero nos condujo ante lo que parecía la entrada de la cueva, situada a unos quince metros por encima de la acera, el depósito de agua y el muro de contención que veíamos empequeñecidos a nuestros pies, entre la ladera y el internado. Disimulado bajo la maraña de vegetación, se abría un estrecho pasaje con paredes de mampostería que rezumaban humedad y desaparecían en la penumbra muy cerca de donde nos encontrábamos. Avanzamos en fila hacia el interior de la cueva, prestando atención para no tropezar con las piedras del suelo ni golpearnos la cabeza con el techo abovedado, pero nos detuvimos después de haber recorrido un tramo muy corto, porque el camino se bifurcaba y no estábamos seguros de por dónde continuar. Retrocedimos hasta la entrada con más prisa de la que queríamos reconocer, y a la luz vespertina de aquel día nublado deliberamos sobre lo que íbamos a hacer a continuación. Lamentamos no haber traído una linterna o unas velas. Darío decía que Hans y José Manuel habían llegado varias veces hasta el final sin miedo alguno, y yo opinaba que en cualquier caso no teníamos ni idea de cuántas galerías íbamos a encontrar, de la longitud de la cueva, de si el suelo era firme todo el trayecto, de si tendríamos aire, y de que no fuera a haber un derrumbamiento cuando ya hubiéramos perdido de vista la entrada, nuestro fiable punto de referencia. Aquello le pareció razonable, pero al mismo tiempo nos costaba marcharnos sin al menos haberle echado un vistazo a una de aquellas dos galerías. Así que volvimos a internarnos en la cueva y en seguida llegamos hasta la bifurcación. Optamos por tomar la galería de la izquierda, pero pronto volvimos a detenernos, porque el camino hacía una curva y más allá la oscuridad era total. Giramos la cabeza y nos pareció que la luz tenue de la entrada quedaba muy atrás, a muchos kilómetros de donde estábamos parados. Retrocedimos una vez más, respiramos de nuevo el aire húmedo de la tarde, y algo avergonzados con nosotros mismos, decidimos que habíamos explorado la cueva lo suficiente como para contarnos entre los que podían presumir de haber estado en ella. Ascendimos la ladera del monte trepando por el sendero con ayuda de las ramas, y antes de alcanzar la parte alta Darío resbaló y estuvo a punto de caer al vacío. Luego, mientras avanzábamos entre la espesura de regreso a la carretera general, retumbaron un par de truenos y empezó a llover, así que cuando al fin caminamos por el arcén en dirección al pueblo, estábamos empapados y teníamos los calcetines encharcados y los zapatos cubiertos de barro.

Nos paramos al abrigo del tejado de la gasolinera situada en la entrada del pueblo y tomamos aliento. Al mirar hacia la avenida que conduce hasta el colegio, vimos llegar a Andrés bajo un paraguas. Al parecer se había equivocado de hora y nos había estado esperando entre las cinco y las cinco y media, y ahora se disponía a regresar caminando a su casa. Nos propuso volver a la cueva, pero le dijimos que mejor lo dejábamos para otro día y echamos a andar hacia el centro tratando de cobijarnos con el paraguas, sin saber muy bien cómo ocupar el resto de la tarde. Después de subir un par de calles protegidos de la lluvia bajo los soportales, atravesábamos apresuradamente la plaza del ayuntamiento cuando alguien nos llamó por nuestros nombres. Al volvernos vimos acercarse a Hans, que venía de su casa en la aldea que hay a un par de kilómetros del pueblo, junto a la carretera de la costa, para jugar una partida en la máquina de uno de los bares del centro. Decidimos acompañarlo. Tomamos una callejuela empedrada y llena de charcos y llegamos al bar, que como me temía era el tugurio inhóspito y grasiento al que solía ir Hans, propiedad de un fulano de sesenta años bastante colérico que nos recibía siempre con alguna cortesía del tipo “¡cerrar la puerta, cojones!” Por suerte, al entrar no vimos al dueño sino a su hija mayor, la madre de uno de nuestros compañeros de colegio, alumno de cuarto o quinto de EGB y gran piragüista. Estaba sentada en un taburete detrás de la barra, mirando distraídamente hacia un televisor en el que los austríacos Opus cantaban “Live Is Life”, y apenas se fijó en nosotros al oír el inevitable portazo. Mis amigos sacaron monedas de los diferentes bolsillos de sus anoraks y las introdujeron en la máquina mientras yo me acercaba hasta la caja para cambiar un billete. La hija del dueño tenía una mirada dura e irónica que le daba aspecto de estar de vuelta de todo y parecía constatar siempre algo irrisorio en su interlocutor. Me paré a un extremo de la barra sin decidirme a llamarla. Cuando me vio esperando sonrió, se levantó del taburete y me preguntó con amabilidad si quería cambio. Ante mi respuesta afirmativa cogió el billete y me entregó unas monedas, que se me cayeron y se desperdigaron por el suelo al otro lado de la barra. Ella se puso en cuclillas, las fue recogiendo una a una, se incorporó, y sin dejar de sonreír tomó mis manos con una de las suyas y con la otra dejó las monedas en mis palmas. Después de que yo le hubiera dado las gracias, se volvió a sentar y siguió mirando la televisión, en la que en ese momento Bruce Springsteen cantaba y bailaba “Dancing in the Dark” frente a un público fascinado. Regresé a la máquina incapaz de prestar atención a la partida, que debía de ser apasionante porque Hans y Andrés acababan de enzarzarse en una disputa por causa de unos puntos dudosos. La hija del dueño nos miró divertida, pero si la cosa iba a más no le costaría nada soltarles un par de voces. Se fueron sucediendo las partidas, y mientras caía la tarde me di cuenta de que el resplandor de una farola a través de la ventana empañada, la presencia de ocasionales clientes que charlaban tomando un vino, la música proveniente del televisor, los barriles colocados a los lados de la puerta, los motivos marineros que adornaban las paredes, y también la cercanía de la hija del dueño, contribuían a crear un ambiente cálido y acogedor. Pero aquello duró poco, hasta que empezaron a entrar los habituales del sábado por la noche y al cabo el local se llenó de gente, de humo, de codazos y de ruido. La hija del dueño se puso a servir copas y no nos prestó más atención. Seguimos jugando sin apenas poder movernos entre los clientes que entraban y salían, hasta que dos fulanos cuatro o cinco años mayores que nosotros nos apartaron a empujones antes de que consiguiéramos terminar una partida y ocuparon la máquina.

Al salir a la calle, el vaho de nuestras bocas se dibujó en el frío aire nocturno. Anduvimos hasta una plaza cercana al puerto pesquero, nos sentamos en uno de los bancos de piedra y nos levantamos al momento con los pantalones mojados. Estábamos en el punto más céntrico del pueblo. A nuestra espalda, por encima del mercado municipal, las siluetas de los castaños que cubrían la ladera del monte se recortaban contra el cielo nocturno, y frente a nosotros veíamos el torreón medieval y podíamos distinguir las luces del puerto reflejadas en las aguas de la desembocadura del río. De allí venía un olor a brea y salitre que tenía algo de balsámico contra la leve sensación de opresión que empezaba a notar. Hans comentó que para él era hora de volver a casa, y como los demás aún teníamos tiempo decidimos acompañarlo hasta la salida del pueblo. Unos minutos después tomábamos la carretera de la costa, dejábamos atrás los últimos bloques de viviendas y pasábamos por delante del cementerio, situado en un terreno elevado desde donde se veían el río, el puerto, la costa del otro lado de la ría y el mar abierto en la línea del horizonte. Andrés se detuvo y nos propuso entrar. A Hans le pareció una buena idea, y después de comprobar que, como suponíamos, la puerta ya estaba cerrada, decidieron saltar el muro. Darío y yo preferimos no acompañarlos, y parados junto a una farola los vimos trepar hasta lo alto del muro y desaparecer al otro lado. Pasados unos segundos, sus pisadas se perdieron en la distancia y aquella calle tranquila quedó en completo silencio. La sensación de opresión que había notado antes fue en aumento. Me pregunté cuál era exactamente el motivo por el que Hans y Andrés habían sido capaces de entrar en el cementerio y nosotros no. El miedo era un compañero fiel, miedo a fantasmas que sabíamos irreales y también a situaciones de la vida cotidiana que se repetían con cansina frecuencia. Me vino a la cabeza la visión del patio vacío del colegio cuando la visita a la cueva. Todos sabíamos por qué siempre había internos durante el fin de semana, pese a que la mayoría venían de ciudades cercanas como La Coruña o Ferrol. La sensación de opresión se confundió con una indignación y una tristeza frente a las que traté de encontrar alguna clase de refugio. Recordé la sonrisa de la hija del dueño del bar y pensé en su hijo. No parecía mal tipo (nada que ver con su abuelo), pero él y yo éramos dos chavales completamente diferentes, y por algún motivo el ser consciente de eso me hizo sentirme inseguro. Observé las luces de la costa. Las pisadas de Hans y Andrés aproximándose por el suelo de gravilla me sacaron de mis reflexiones. Unos segundos después, reaparecieron en lo alto del muro haciendo un pequeño esfuerzo y saltaron a la acera. Darío y yo nos acercamos hasta ellos con disimulada admiración.
–No vimos nada –dijo Hans.
Parecían decepcionados, como si hubieran esperado encontrar hordas de zombies o a la Santa Compaña. Hans le preguntó la hora a Andrés. Al darse cuenta de que se le había hecho tarde y ya nadie lo libraba de un par de hostias al llegar a casa, se despidió de nosotros hasta el lunes y se alejó sin mostrar demasiada prisa, como si el retraso y sus consecuencias no fueran para él más que gajes del oficio. Darío vivía en el otro extremo del pueblo, cerca del colegio. Andrés tenía que ir caminando hasta su casa en la aldea, al igual que yo, así que echamos a andar de regreso al centro. Unos minutos después, mientras pasábamos por delante del viejo puente de piedra que salva la desembocadura del río, me paré un instante para ver a lo lejos el muelle, el mar, los barcos pesqueros y las luces del puerto.

lunes, 11 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XII)

Don Jaime era un hombre culto, un erudito, un ilustrado. En sexto de EGB nos daba clase de Ciencias Naturales, en séptimo de Sociales y en octavo de Matemáticas y de Química. A mi hermano le daría también Lengua Española, y a un amigo mío le había tocado en Gimnasia (les mandaba dar vueltas al patio, una hostia al que se parara).

La clase de Ciencias tenía lugar los miércoles por la tarde, y don Jaime dedicaba el último cuarto de hora a leernos algún libro. Estos iban de lo soporífero (Juan Salvador Gaviota) a lo sublime (Capitanes intrépidos), nadie sabía por qué criterio se guiaba a la hora de escogerlos. Llegado el momento cerrábamos libros y libretas, guardábamos bolígrafos y lápices y don Jaime empezaba a leer con el aula en silencio, un silencio atemorizado y expectante. De vez en cuando interrumpía la lectura, se quitaba las gafas y le indicaba a algún alumno al que había sorprendido con gesto abstraído que se acercara hasta él. Eso nos llenaba de terror, nunca sabíamos a quién se refería, y cuando uno de nosotros se creía señalado, llegaba a preguntar con espanto: “¿yo?”. Pero don Jaime solía llamar a alguien sentado un par de pupitres más atrás, y respirábamos con alivio egoísta al verlo pasar camino de la tarima, de la que regresaba al cabo de unos segundos tras haber encajado una hostia que resonaba en toda el aula.

Un par de veces por semana, don Jaime se quedaba después de las clases para vigilar lo que conocíamos como “el estudio”, una hora suplementaria que podíamos pasar en el colegio, haciendo los deberes o estudiando para los próximos exámenes. El estudio empezaba a las cinco y media y tenía lugar en las dos aulas más amplias de la planta baja, aunque también se utilizaban a menudo las otras, en función de la gente que hubiera cada tarde. Aquellas aulas de mayor cabida acogían a más de sesenta alumnos y se llenaban siempre, de manera que para vigilarlas don Jaime cruzaba una puerta permanentemente abierta entre ambas, que le permitía recorrerlas de un lado a otro en rondas rápidas e ininterrumpidas sin necesidad de salir al pasillo.

Una fría tarde de diciembre, la semana anterior a las vacaciones de Navidad, Andrés y yo nos quedamos al estudio y nos sentamos en un pupitre del fondo, cerca del radiador. Delante de nosotros estaban los internos Negro y Pego, y el pupitre siguiente lo ocupaban Eladio y un tal Ignacio. Don Jaime vigilaba, por eso en cuanto cerró la puerta que daba al pasillo se hizo el silencio y todos empezamos a estudiar o a fingir que estudiábamos, aunque pronto empezarían a oírse los primeros rumores furtivos de conversación. Don Jaime hacía su ronda de un aula a otra, y cuando pasaba por nuestro lado yo sentía un escalofrío y procuraba mostrarme concentrado en la lección que tenía delante, ya que no era suficiente con estudiar sino que había que manifestarlo: de lo contrario, don Jaime podía pararse detrás de uno y sin previo aviso descargarle un golpe en la nuca o en la parte trasera de la cabeza. Había quien sabía que en un momento u otro terminaría cobrando, así que apoyaba la cabeza entre las manos y disimulaba un lápiz bajo una de ellas, de manera que cuando finalmente don Jaime le pegaba el predecible y traicionero hostiazo, se clavaba la punta en la palma de la mano. Aquella maña casi suicida tenía algo de heroico, ya que a continuación don Jaime solía coger al alumno transgresor y se lo llevaba a trompicones hasta su despacho (un cuartito en un extremo del pasillo al que llamábamos “la cámara de tortura”), y allí ajustaba cuentas con él.

Aquella tarde, la primera hostia sonó en un pupitre cercano cinco o diez minutos después de haber comenzado el estudio. Luego vino un rato de tranquilidad y silencio, alterados únicamente por las pisadas de don Jaime caminando de un extremo al otro del aula. De vez en cuando a Andrés y a mí se nos iba la vista hacia la ventana empañada, pero al momento retomábamos la lección, preguntándonos horrorizados si don Jaime había reparado en el momentáneo despiste. Habría transcurrido media hora cuando Eladio se levantó de su asiento aprovechando que nuestro profesor acababa de pasar al aula contigua, se metió debajo de la mesa, se puso a gritar y volvió a sentarse rápidamente ante el asombro de su compañero y de los pocos que llegamos a verlo. Don Jaime regresó de inmediato, subió a la tarima con estrépito y preguntó en tono amenazador quién había gritado. Nadie abrió la boca, así que don Jaime repitió la pregunta elevando la voz. Como seguíamos callados nos miró inquisitivamente a unos y a otros, buscando atisbos de culpabilidad en nuestros rostros atemorizados y tratando de leer en nuestras atribuladas conciencias. Entre tanta gente parecía muy difícil que pudiera dar con el alumno aullador. Sin embargo, aunque era la primera vez que se encontraba en una tesitura semejante, no se lo veía especialmente desconcertado. Imaginé la cara de póker de Eladio, ufano y probablemente henchido de satisfacción al creer que tenía a don Jaime cogido por las pelotas. Pero a esas alturas del curso ya debería saber con quién se estaba jugando los cuartos. Don Jaime volvió a preguntar quién había gritado, ahora seguro de que nadie iba a responder. Luego dejó pasar unos segundos, como si estuviera dándonos una última oportunidad, y a continuación anunció que les iba a pegar, uno por uno, a todos los alumnos reunidos en el aula, y de este modo el culpable acabaría recibiendo su castigo. Sentí un vacío en el estómago, el mismo que sin duda sentían Andrés y el resto de mis compañeros, aunque ninguno con tanta intensidad como Eladio, ante cuyos pies debía de estar abriéndose el suelo en ese momento. Miré con disimulo el reloj y vi que aún faltaban más de veinte minutos para el final del estudio: por mucho que fuéramos todos inocentes menos Eladio, por mucho que me pareciera que aquello no podía estar sucediendo, por mucho que nos encontráramos a un paso de las Navidades, en breve allí dentro iba a cobrar todo Cristo (con excepción de las chavalas, que no tenían más que acomodarse en sus asientos y disfrutar del espectáculo). Don Jaime se quitó las gafas y las dejó sobre su mesa, se paró en el centro de la tarima y le hizo una seña al alumno sentado en el primer pupitre de la primera fila. Éste resultó ser Hans, al que aquella misma mañana el Rantanplán le había pegado una sonada mano de hostias, con lo cual ese día cobraba a lo grande y por partida doble. Aunque Hans era duro como un ladrillo, a la tercera hostia se tambaleó ligeramente y luego volvió a su pupitre con las mejillas enrojecidas y el semblante imperturbable habitual, como si aquello hubiera sido gajes del oficio. A continuación le tocó el turno a Monchito, un chavalillo de gafas solitario y muy tímido que no se metía con nadie y en su vida había recibido una bofetada. Monchito, lívido, se levantó con dificultad del asiento, subió a la tarima como quien sube al cadalso, y tres o cuatro hostias después regresó a su pupitre con gesto angustiado y lágrimas en los ojos. El siguiente fue José Manuel, un vecino mío alto y desgarbado que en cuanto puso un pie en la tarima recibió cuatro bofetadas que casi lo mandan de vuelta al pupitre. Luego ya no me fijé en quién iba y venía, sólo pude oír una hostia tras otra, y por el medio pisadas vacilantes entre las filas de pupitres, resbalones sobre la madera de la tarima, topetazos contra el encerado, cuadernos y bolígrafos que caían al suelo por el nerviosismo de algún chaval que se levantaba al llegar su turno. Don Jaime se iba calentando: en vez de la tres o cuatro hostias iniciales ahora pegaba hasta cinco o seis, y si no fuera porque no debía de haber tarea más ingrata que aquélla, casi me habría parecido que disfrutaba con lo que estaba haciendo… Al cabo de largos minutos de pesadilla terminó de diezmar la primera fila y empezó con la segunda, al final de la cual nos sentábamos Eladio e Ignacio, Negro y Pego, y Andrés y yo. Pronto empecé a oír los susurros de los dos internos, que acuciaban a Eladio para que cantara pero no podían levantar la voz, ya que si don Jaime los oía daría por sentado que habían gritado ellos.

–Venga, cabrón, que está llegando a nosotros… –murmuraba Negro.

–Di que fuiste tú, mecagondiós… –mascullaba Pego.

Desde mi asiento no podía ver el rostro de Eladio, pero era fácil intuir que por primera vez en toda su vida se enfrentaba a algo parecido a un problema de conciencia. Aunque, en realidad, el problema no era tanto su conciencia como que si Negro y Pego terminaban cobrando por su culpa, las consecuencias para él podían ser aún peores que unas bofetadas de don Jaime. Sin embargo, Eladio era incapaz de dar el paso fatídico, y Pego empezó a empujarlo con la rodilla por debajo de la mesa. Después de unos instantes de patética indecisión y fútil  forcejeo, Eladio levantó la mano como si le pesara una tonelada y acertó a murmurar con un hilo decreciente de voz:

–Don Jaime, fui yo…

Don Jaime, dispuesto ya a aplastarle la cara al alumno siguiente (que volvió a sentarse sin acabar de creer la suerte que había tenido), le dirigió a Eladio una mirada escalofriante en la que se sucedieron la sorpresa, el desprecio, la satisfacción y el mal agüero. A una seña suya, Eladio se puso en pie y echó a andar entre los pupitres con el gesto vacío de quien se sabe camino del peor de los horrores. Antes de subir a la tarima tropezó con el bordillo, luego se paró delante de don Jaime y éste le pegó las cuatro o cinco hostias de rigor y cuatro o cinco más: poseedor de un retorcido sentido de la justicia, nuestro profesor estaba visiblemente enojado, ya que por culpa de Eladio habían recibido todas aquellas bofetadas muchos de sus compañeros. Cuando terminó de sacudirle se lo llevó por la puerta que conducía al pasillo y de ahí, inexorablemente, a la cámara de tortura. En ese momento a ninguno nos preocupaba lo que pudiera ocurrirle a Eladio, pero al mismo tiempo agradecí que don Jaime hubiera cerrado la puerta al salir, ahorrándonos así el tener que oír las hostias que probablemente empezara a pegarle ya pasillo adelante. En el ambiente cargado del aula se respiraba el desaliento de los alumnos de la primera fila y parte de la segunda, y el alivio del resto. No tardó en venir otro profesor a vigilar los minutos finales del estudio, tiempo muy breve para quienes habíamos tenido la suerte de salir bien parados. Mientras nos levantábamos y guardábamos libros y libretas me fijé en Monchito, que recogía sus cosas en un pupitre individual al otro extremo del aula. Cuando iba a la biblioteca municipal con Andrés o con Darío también lo veía siempre solo, estudiando o leyendo en una de las mesas más apartadas con gesto concentrado y, a decir verdad, bastante triste. Sin saber exactamente por qué, aquella imagen me producía invariablemente una profunda pena. De algún modo, la mirada de Monchito se correspondía con algo que yo llevaba dentro desde siempre, una especie de tristeza soterrada y permanente que sentía que me desgarraba cada vez que salía a la luz. Esto solía suceder ante situaciones que entonces me parecían revestidas de una crueldad intolerable, como cuando un profesor le pegaba a un chaval hasta hacerlo llorar por haberse mojado los pantalones en un charco, o cuando a un alumno interno le partían la cara por algún motivo insignificante, y ese mismo día otro profesor lo castigaba a quedarse en el colegio todo el fin de semana. Andrés y yo nos pusimos los anoraks, cargamos a la espalda las carteras y echamos a andar hacia la salida para disfrutar del atardecer de invierno y la cercanía de las vacaciones. Pero antes de llegar al pasillo le dije que esperara un momento, luego me acerqué hasta Monchito y le pregunté si quería venir al pueblo con nosotros. A nuestro compañero se le iluminó el rostro en una expresión de timidez, sorpresa y alegría que nunca le había visto antes. Terminó de guardar sus libros, salimos del colegio en medio de otros grupos, y unos minutos después Andrés, él y yo nos perdíamos por las animadas calles del pueblo.