martes, 12 de junio de 2018

LOUISIANA

UN RELATO DE JAMES T. McDONALD TRADUCIDO POR ANTONIO DE CASTRO.
He was standing in the door, I was standing in the rain
With the same hot blood burning in our veins
Adam raised a Cain
            Bruce Springsteen
1
Mientras conducía de mañana camino de su trabajo, Tom Jacobs no se encontraba tan animado como de costumbre. El coche avanzaba por la sinuosa carretera de una zona pantanosa poco después de amanecer. La radio despertaba a los oyentes con el piano de Proffesor Longhair, pero Tom no le prestaba atención. Los acontecimientos de los días anteriores seguían danzando de forma siniestra dentro de su cabeza.

Aquel asunto había comenzado un par de meses atrás en la fábrica donde ocupaba el antiguo puesto de su padre. Más de un peón de color se había largado por culpa de Nichols, el capataz, y eso le convenía hacer a Tom desde que aquél la había tomado con él. Pero a Tom se le ocurrió una idea para que Nichols dejase en paz definitivamente a los peones negros. Al volver de la fábrica aparcó junto a un edificio situado a un par de kilómetros de la ciudad, desde donde veía el cauce amplio y apacible del Mississippi. Bajó del coche, entró en el oscuro bloque de cuatro plantas, subió las escaleras y llegó a una habitación en penumbra del tercer piso. Un tipo grande y musculoso tocaba unos acordes de guitarra sentado frente al balcón. Se volvió al oírlo entrar y sonrió al verlo.

De vuelta a casa,   Tom sonreía levemente al pensar en cómo iba a actuar su amigo Dave. La noche siguiente, después del final del turno de tarde en la fábrica, éste se encontró con Nichols en el portal de su casa mientras Tom los observaba oculto en la penumbra de los soportales al otro lado de la calle. Nichols se defendió como pudo, pero al minuto no hacía más que recibir puñetazos y a los dos rodaba por el suelo con algunos huesos rotos y la cara irreconocible.

Nichols pasó varias semanas en el hospital. Tom había adquirido un nuevo prestigio entre sus compañeros, negros y blancos, que no se cansaban de repetir en voz baja cómo Dave le había partido la cara al capataz gracias a él. Pero cuando éste volvió, las cosas se pusieron mucho peor que antes. Nichols estaba seguro de que la paliza había sido un regalo de alguno de sus hombres, y quería saber a cuál se lo debía. El capataz sólo los dejaría en paz cuando alguien le dijera quién había preparado aquella jugada.

Tom estaba asustado, la situación se le había ido de las manos y Dave no podía ayudarlo ahora. Sus compañeros, negros y blancos, no dudaron en volverse contra él. Decían que Tom era un cobarde, que no tenía agallas para hablar con Nichols y que los iban a hundir por su culpa. Incluso se rumoreaba que estaban dispuestos a contar lo que sabían...
2
Estaba lloviendo cuando Tom aparcó frente al portalón metálico, apagó la radio y salió del coche. Sus compañeros lo miraban con desagrado y se volvían a su paso. “Como siempre”, pensó, pero su actitud era más fría y distante que de costumbre. Llegó al cobertizo donde guardaban los monos, y antes de que pudiera ponerse el suyo un negro corpulento vestido con una camisa desteñida se acercó hasta él.

–Lárgate, Tom –le dijo–. Nichols está seguro de que fuiste tú.

Tom bajó la cabeza.

–Ahora quiere verte –siguió su compañero–. Tienes que desaparecer antes de que te encuentre.

–Tranquilo –interrumpió Tom–. Si hablo con él ahora puede que lo convenza de que no tengo nada que ver con la paliza. No tiene testigos.

A continuación caminó asombrado hacia las oficinas, incapaz de entender cómo alguno de sus compañeros había sido capaz de delatarlo. Llegó hasta el despacho de Nichols y se detuvo unos segundos frente a la puerta, pensando en lo que iba a decir. Luego llamó dos veces y entró. El capataz estaba sentado junto con otros tres blancos. Se volvió y miró a Tom de arriba abajo.

–Hola, negro –le dijo–. Te has pasado de listo. Me recuerdas al imbécil de tu padre, sólo que él daba la cara.

Tom suspiró y cerró los puños.

–Pero no importa –siguió Nichols, acercándose a él–. Lárgate de aquí y mejor que no volvamos a vernos nunca, negro de mierda.

Tom se dirigió hacia la puerta mientras las palabras del capataz acerca de su padre resonaban en su cabeza. Iba a salir cuando notó la mano de Nichols en el hombro.

–Te olvidas de algo –oyó a su espalda.

Nichols le pegó un puñetazo y lo lanzó contra la pared. Antes de que pudiera reponerse Nichols le envió un nuevo golpe. Tom cayó al suelo con la nariz ensangrentada.

–¡Vamos, negro! –exclamó el capataz levantándolo por el cuello de la camisa–. ¡Tu padre aguantaba más!

Tom lo golpeó con la rodilla en el estómago, le estrelló la cabeza contra la puerta y le pegó furioso en la cara. Los otros tres lo sujetaron y lo tiraron al suelo. Tom intentaba levantarse cuando recibió una patada en el estómago. Después de reponerse y escupir la sangre de la boca, Nichols lo agarró y lo arrojó sobre la mesa. Tom trató de incorporarse, pero un puñetazo en la mandíbula lo dejó medio inconsciente. Abrió los ojos en el momento en que Nichols lo golpeaba de nuevo. Cayó de la mesa, se estrelló contra una silla y acabó en el suelo. Nichols le pegó varias patadas en la cara. La sangre empezó a salir de su boca. “Ya tienes lo tuyo, hijo de puta”, le pareció oír, “ahora vamos a por tu amigo”. Luego perdió el conocimiento.

Se despertó media hora después tumbado en el asiento delantero de su coche. Sentía dolor por todo el cuerpo. Tenía el rostro hinchado y ensangrentado, se preguntó qué habrían pensado sus padres de verlo así. La lluvia resonaba sobre el tejado del cobertizo. Su compañero se encontraba a su lado.

–Nichols ya se ha ido –murmuró–. Tuviste suerte de que no te mataran. Ahora tienes que largarte, Tom. Yo puedo dejarte dinero.

–Calma –respondió Tom débilmente.

Se irguió con un esfuerzo y se recostó en el respaldo del asiento. Tenía que ir a avisar a Dave.

–No te preocupes por mí –dijo, mientras encendía el motor–.  Y gracias por la ayuda.

–Ten mucho cuidado. Esos tipos son demasiado duros para nosotros.

“Ya lo veremos”, pensó Tom. Encendió el motor y condujo hacia la vivienda de Dave sobre una carretera mojada y resbaladiza. Seguía lloviendo, más allá de la espesura podía ver cómo se agitaban las aguas marrones del Mississippi.

Tom redujo la velocidad al aproximarse al edificio y echó un vistazo en los alrededores antes de aparcar. No parecía haber nadie por aquella zona. Salió del coche y entró en el bloque, cruzó un pasillo a oscuras y llegó al patio. Allí se detuvo bruscamente: frente a él, colgado por el cuello de la barandilla de uno de los balcones, estaba el cuerpo desnudo de Dave. El cadáver de su amigo tenía un balazo en cada rodilla, heridas de cuchillo en los brazos y en el torso y cortes en las ingles, de donde todavía salían gotas de sangre que se deslizaban por los muslos e iban a parar al suelo empapado de rojo. Tom lo miró fijamente mientras las lágrimas inundaban sus ojos. Suspiró con dolor; salió del patio y se paró al comienzo del pasillo. Desde allí oía la lluvia incesante. Se quedó un instante junto a las escaleras, luego subió al coche y se dirigió hacia la ciudad.

Estaba cayendo la tarde, pero debido al cielo tormentoso ya era de noche. Tom tenía una idea de lo que debía hacer. Su padre siempre decía que alguien que ve la crueldad y la injusticia a su alrededor y, finalmente, la sufre en su propia carne, acaba por tomar partido contra ella. Puede ser un hombre tranquilo, o tal vez un cobarde, pero al final se ve obligado a defenderse usando los mismos métodos que su agresor...
3
Tom llegó a la ciudad, salió del coche y entró en su casa. Una vez en el interior del pequeño apartamento se sintió más tranquilo. Sin embargo, tenía que actuar deprisa. Fue hasta su habitación, abrió un cajón del armario y sacó un revólver que Dave le había regalado tiempo atrás. Luego salió del apartamento y volvió a subir al coche.

Nichols y los suyos estaban reunidos en el piso de arriba del local del puerto al que iban más a menudo. Tom aparcó junto a un embarcadero y cogió el revólver. Luego bajó del coche, cruzó la calle y entró en el portal.

No había luz en las escaleras. Allá arriba se veía una línea luminosa por debajo de una de las puertas del pasillo de la primera planta. Mientras sujetaba el revólver con una mano húmeda, Tom subió lentamente tratando de no hacer ruido sobre los escalones. Su corazón latía con rapidez. Llegó ante la puerta y se detuvo, y noto una sensación de mareo en cuanto oyó hablar a Nichols allí dentro. Apretó los dientes, abrió de una patada y disparó varias veces. Uno de los blancos cayó con un balazo en el pecho y Nichols recibió un impacto en un brazo. Los otros dos abrieron fuego hacia el pasillo y Tom se puso a cubierto fuera del piso, pegándose a la pared junto a la puerta.

Los blancos reaccionaron con rapidez. Se habían parapetado tras una mesa caída en el centro del cuarto. Frente a ellos, cerca de la puerta, estaba el cadáver del otro tipo con un hilo de sangre saliendo de su pecho. El capataz tenía una bala en el brazo izquierdo, pero eso sólo aumentaba sus deseos de atrapar a Tom y liquidarlo.

Fuera, éste se daba cuenta de lo incierto de su situación. Aquellos tipos lo superaban en número y armamento, y siempre salían airosos de asuntos como aquel. No había esperado que aquello fuera a terminar así, se había metido él mismo en la boca del lobo. Tenía que largarse de allí cuanto antes, pero no era fácil: si abandonaba la esquina del pasillo en la que se encontraba y corría escaleras abajo, se pondría al descubierto frente a la puerta de la habitación. Y seguir subiendo sería igual de inútil, pues lo cazarían con facilidad al llegar al último piso. Estaba atrapado como un cangrejo de río. Trató de no sentir desesperación. Los blancos lo tenían en sus manos, como habían tenido a Dave y a tantos otros. Se pegó a la pared con la boca reseca y un sudor gélido en el pecho. “¡Te vamos a matar, negro!”, le pareció oír como en una pesadilla. Sintió un escalofrío al comprender que era el final del camino para él. “Habéis ganado”, pensó con amargura, “pero no podréis cogerme”. Sujetó con fuerza el revólver, saltó hacia la puerta y abrió fuego, pero no logró entrar en la habitación. Un disparo le acertó en un hombro y lo hizo retroceder. Un nuevo balazo le desgarró el pecho, otro le perforó las costillas. Sintió un dolor intenso, trató de apoyarse en la pared y cayó al suelo sin vida.

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA ESTRELLA Y LA MEDIA LUNA


1
El autobús se detuvo frente a la garita del control militar y dos soldados montaron por la parte de delante y comenzaron a pedir los pasaportes a los viajeros. Con la única excepción de Pierre Durand, éstos eran habitantes de Estambul o emigrantes que regresaban de Alemania para pasar unos días con sus familias en sus pueblos de origen del Kurdistán turco. Tanto Durand como los turcos con doble nacionalidad tuvieron que apearse. Durand fue conducido al interior de la garita, donde un soldado que hablaba inglés le preguntó su nombre y el de sus padres, mientras otro anotaba los datos sentado ante un ordenador y otros dos, en tono de burla bienintencionada, comentaban que era la primera persona de otro país que ponía los pies allí en mucho tiempo. No parecían malos tipos, pero Durand pensó que habían sido hombres como ellos quienes violaron y asesinaron durante los años del genocidio kurdo; violaron y asesinaron a gentes como las que viajaban ahora junto a él, y a mujeres como la suya. Cuando el soldado que hablaba inglés le preguntó el motivo de su viaje, Durand le explicó con pocas palabras que iba a visitar al hermano de su mujer, lo cual era cierto en parte. El soldado lo miró con suspicacia y le preguntó por qué su mujer no iba con él, a lo que Durand respondió que su mujer había sido asesinada dos meses antes. En un tono diferente al empleado hasta entonces, el soldado quiso saber cuánto tiempo habían estado casados y Durand le mintió, pues se le antojaba que responder el tiempo real habría supuesto enturbiar su recuerdo. A continuación, su interlocutor le indicó que saliera de la garita y ordenó al conductor del autobús que abriera el portaequipajes. Durand sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban, no porque corriera peligro en ese momento, sino porque tal vez fuera a correrlo a la vuelta, cuando el vehículo pasara de nuevo por allí de regreso a Estambul después de que Durand hubiera llevado a cabo lo que lo había conducido hasta el este de Turquía. Los demás pasajeros lo miraban desde el otro lado de las ventanillas, mientras el conductor tiraba de la portezuela con gesto de contrariedad y el auxiliar señalaba el reloj para indicar que sufrían retraso. Durand sacó su maleta y el soldado que hablaba inglés la abrió y la registró brevemente. Luego le dijo que aquello era todo y le indicó que subiera al autobús. Unos segundos después, Durand se acomodaba en su asiento mientras el conductor encendía el motor y retomaba el viaje. Aquella había sido la última parada antes de llegar a la ciudad de Dersim, capital de una de las provincias más castigadas durante el genocidio. Durand llevaba casi veinte horas en el autobús, después de salir de Estambul de mañana y recorrer una ruta en la que se sucedieron espesos bosques de coníferas, verdes praderas surcadas de pequeñas arboledas, desiertos arenosos, montes bajos entre los que discurrían ríos de aguas grises, y finalmente el imponente paisaje montañoso surcado de fragorosos torrentes por el que llevaban circulando la última media hora.
2
Durand había conocido a Gülfer Arslan en París, tres años antes, cuando él trabajaba de cámara en un programa literario de televisión. Durante una de las emisiones, ella y otros intelectuales turcos de origen kurdo debatieron sobre la conflictiva situación en Turquía tras el afianzamiento en el poder de Tayyip Erdogan y la progresiva islamización del país. Gülfer era profesora de Literatura Francesa en la universidad de Ankara y acababa de publicar la novela de tema político La estrella y la media luna, que en seguida fue prohibida por el gobierno y condujo a su autora a un paso de la prisión. Después de la emisión, cuando aún no habían salido del plató, Durand se acercó hasta ella llevando consigo un ejemplar del libro traducido al francés y perteneciente a un amigo suyo, y le pidió con timidez que se lo firmara. Gülfer creyó que el libro era para él y se sintió honrada por ello, y Durand prefirió no desmentir el malentendido. A pesar de que nunca había sentido especial interés por la política en Oriente, y no consideraba a Turquía más que un país islámico en el que los europeos gustaban de hacer turismo pese a que allí no se respetaran los Derechos Humanos, a Durand no le costó entablar una conversación con ella. Fueron juntos hasta el restaurante donde a la autora la esperaban varios miembros de una asociación kurdo-parisina, de camino hablaron de cine y literatura, y antes de despedirse ante la puerta del local acordaron verse de nuevo al día siguiente. Durand y Gülfer se vieron cada uno de los cinco días que ella pasó en París, y varias semanas después, aprovechando las vacaciones de Durand, se reunieron en Estambul. A partir de entonces, Durand viajaba a Turquía siempre que le era posible, ya que a Gülfer le habría resultado mucho más complicado conseguir los visados para entrar en Francia. Después de la atracción inicial, pronto surgieron diferencias entre ellos. En su mayor parte tenían que ver con la distancia entre el carácter desprendido de Gülfer, propio de quien había crecido con siete hermanos y había conocido duras circunstancias durante su infancia, y lo que ella llamaba el egoísmo europeo de Durand, debido fundamentalmente a una vida organizada en torno a la búsqueda de la tranquilidad y a una comodidad y unos hábitos que no soportaba ver alterados. Gülfer había nacido en una zona remota de las montañas de Dersim. No solía hablar de su niñez salvo en contadas ocasiones, normalmente cuando ambos se despertaban de madrugada y pasaban un rato charlando en voz baja. Fue así como Durand supo que a los siete años ella había perdido a sus dos hermanos mayores, enrolados en una guerrilla kurda y fallecidos en combate en la frontera entre Turquía e Irak. Era más raro que ella le hablara de recuerdos anteriores, como la presencia constante de militares en la zona, el silbido de las balas por delante de las ventanas, la cercanía de otras familias con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el duelo permanente de jóvenes y adultos y el aprender a no decir nada, probable origen de sus ocasionales silencios, que no estaban reñidos con un carácter generalmente alegre y positivo. A Durand le sorprendía que Gülfer entendiera su falta de seguridad en sí mismo y sus debilidades, habiendo tenido vivencias tan diferentes y siendo ella una persona en apariencia fuerte y segura.

Algo más de un año después de haberse conocido, Gülfer le propuso a Durand grabar en vídeo una película documental con diversos testimonios de supervivientes del genocidio kurdo. Para ello se desplazarían hasta Dersim y entrevistarían a ancianos conocidos de su familia, y luego montarían el material en el estudio parisino en el que él trabajaba. Durand sintió temor ante el riesgo que suponía salir de aquella zona controlada por el ejército turco con esas grabaciones en la maleta, y terminaron aplazando el proyecto. En realidad, ninguno de los dos ignoraba que lo estaban aparcando definitivamente y Durand se sintió culpable, pero de nuevo le sorprendió que Gülfer pareciera comprender su miedo, pese a no sentirlo ella misma.

Pasados unos meses, mientras trabajaba en el guión de un nuevo proyecto que les permitiera grabar sin tener que desplazarse de París, a Gülfer le ofrecieron un intercambio con un profesor de La Sorbona, y no dudó en aceptar. Las cosas iban a peor en Turquía y la enseñanza se resentía por ello. El gobierno encarcelaba a periodistas, desempeñaba el papel de gendarme ante la creciente llegada de emigrantes, maltrataba con impunidad al pueblo kurdo y mantenía una relación peligrosamente ambigua con el Estado Islámico. A Gülfer el ambiente en la universidad se le hacía irrespirable. Una tarde salió a la calle después de una agria discusión con un compañero de Departamento, y cuando iba a subir a su coche, aparcado delante del edificio, un desconocido se le acercó pistola en mano y le descerrajó un tiro en la cabeza, matándola en el acto. La policía no mostró interés por encontrar al asesino, y no tardaron en cerrar el caso.
3
El autobús circulaba a poca velocidad por una carretera escarpada y llena de curvas mientras se aproximaba a la capital de Dersim. Durand contempló a ambos lados los elevados montes de tonalidades terrosas, cubiertos de árboles y matorrales, entre los que discurría un río de aguas revueltas. A lo lejos distinguía ya las primeras casas desperdigadas por las laderas, y se preguntó si en alguna de ellas había nacido Gülfer. Sonrió al recordar su sonrisa, sus ojos oscuros de mirada inteligente, su alegría y su coraje ante la vida. Zafer Arslan lo estaría esperando en la estación de autobuses, y esa misma tarde se desplazarían hasta una aldea cercana y harían la primera de las entrevistas que tenían planeado grabar. Pasados unos minutos, después de doblar una curva muy pronunciada, la carretera se volvió más practicable, el autobús ganó velocidad y Durand pudo ver en el valle que se formaba entre dos montes los edificios y las calles del centro de Dersim.

lunes, 16 de octubre de 2017

RÍO ARRIBA (Y III)


La niebla invadía ya el fondo del valle, difuminando los contornos de rocas y vegetación. Parado frente al edificio, Marante no apartaba la vista del puente y la orilla del riachuelo. Nodar le había ordenado hacer guardia mientras él buscaba las piedras, y poco antes lo había perdido de vista escaleras abajo. Le importaba muy poco que su compañero diera o no con algo de cuya existencia en realidad dudaba. Su única preocupación eran los tipos del otro coche. De dónde habría sacado Nodar aquella información. Tal vez lo que decía saber sobre él fuera igual de insignificante...

Estaba oscureciendo. Marante echó de menos el ruido de la corriente que lo acompañaba cuando salía de trabajar y subía al coche para dirigirse al pueblo, donde lo estaba esperando María. Entonces aún no habían construido el embalse a treinta kilómetros de allí, y el riachuelo era en realidad un afluente del río que Nodar y él habían cruzado horas antes.

Iba a ser una noche larga. Retrocedió hasta la pared y se sentó junto a unos arbustos. Al hundir las manos en los bolsillos para combatir el frío sintió en los dedos el contacto de la pistola. Estaba muy cansado. Quedaban por delante unas cuantas horas de oscuridad, y la presencia de aquellos tipos en algún lugar del bosque se le antojaba un obstáculo insalvable para salir de allí y regresar al pueblo.

El sonido de pisadas cercanas lo sobresaltó. Instintivamente asió la culata del arma. Pegó el cuerpo a la pared y escuchó con atención. No lejos de donde él se encontraba sonó el crujido de un cristal al ser aplastado.
 
–¿Estás ahí, Marante? –exclamó Nodar desde el puente con algo de temor en la voz.

Marante se irguió con tiento. Las pisadas habían cesado. Permaneció a la expectativa varios segundos, hasta que aquéllas se reanudaron. Ahora distinguía con claridad su dirección: alguien se aproximaba bordeando el edificio de turbinas por la pared que se perdía en la oscuridad doblando la esquina a su derecha. Dirigió la mirada hacia allí. Al momento oyó nuevas pisadas, ahora a su izquierda. Volvió la cabeza. Una figura surgió de entre los arbustos y echó un rápido vistazo a derecha e izquierda sin reparar en él. Luego se deslizó rápida y silenciosa hacia las escaleras. Nodar iba a tener problemas allá abajo. Marante decidió que su preocupación inmediata era el tipo que venía por el otro lado. No oía sus pasos. El silencio fue roto por un grito rápidamente acallado proveniente de las escaleras. Marante se preguntó si sería Nodar o el recién llegado quien había llevado la peor parte. Se sobresaltó al oír nuevas pisadas, cada vez más próximas. Una silueta grande y robusta surgió tras la esquina a su derecha con lo que le pareció un cuchillo en la mano. Marante sacó la pistola del bolsillo. La silueta se detuvo frente a él, dándole la espalda. Marante levantó el arma y se la estrelló con todas sus fuerzas en la cabeza. El tipo se vino abajo y el cuchillo rodó por el suelo, Marante se hizo con él y lo guardó en el bolsillo del pantalón. Alguien comenzó a subir las escaleras a trompicones.

–¿Qué está pasando ahí arriba? –bramó una voz que no era la de Nodar. Segundos después, a éste lo empujaba hacia el edificio  de turbinas alguien que aferraba su brazo izquierdo por detrás de la espalda y le apoyaba el cañón de una pistola en la cabeza.
 
–¡No des un paso! –exclamó el desconocido al ver a Marante, a la vez que apretaba el arma contra la sien del prisionero.
 
–¿Quién es ese tipo, Nodar? –murmuró Marante.

No tuvo tiempo de oír la respuesta: recibió un puñetazo en la espalda y se vino abajo. La pistola se disparó al caer. Trató de ponerse en pie pero una patada en el estómago le cortó el aliento. La suela de una bota estrelló su cabeza contra el hormigón. Intentó erguirse y una patada en la cara lo envió de nuevo por tierra. Un segundo después recibía una nueva patada y su boca se llenaba de sangre. Se protegió la cabeza entre los brazos. Quiso gritar y su voz fue acallada por un nuevo golpe. Le pareció oír una exclamación antes de que otra patada cayera sobre sus costillas. Luego los golpes cesaron. Marante cerró los ojos débilmente con miedo a que comenzaran de nuevo. Alguien hablaba frente a él. Pasó varios segundos tumbado, hasta que una mano lo sujetó por el pelo y lo hizo ponerse en pie. Luego alguien rastreó el interior de sus bolsillos hasta dar con el cuchillo, y le pegó una bofetada que lo envió contra la pared. Hacía tiempo que no recibía una paliza como aquella. Una hoja metálica brillaba a pocos centímetros de su cuello. Nodar se encontraba a su lado, tampoco tenía buen aspecto. El otro recién llegado los contemplaba a un par de metros con una pistola en la mano.
 
–Volvemos a vernos, Nodar –dijo. Nodar no respondió. – ¿Dónde habéis escondido las piedras?
 
–Las piedras han desaparecido –dijo Nodar tímidamente, y recibió un codazo en la nariz que hizo estremecerse a Marante.

–¿Dónde están las piedras? –repitió el que llevaba la voz cantante. Se le notaba tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y lo tenía: aún quedaban unas horas de oscuridad en aquel lugar alejado de todas partes. Lo que sucediera allá arriba no les concernía más que a ellos, Nodar y él podían acabar enterrados en el monte sin que nadie supiera nunca su paradero.
 
–¿Y bien?

Nodar tenía miedo de abrir la boca. El tipo del cuchillo le acarició la garganta con el filo.
 
–¡Aquí no hay nada, os lo juro! –balbució Nodar. El gorila le estrelló la cabeza contra la pared.
 
–Espera –dijo el otro–. Si lo matas no nos servirá de nada. ¿Quién es ese tipo, Nodar?
 
Apuntó a Marante con la pistola. Nodar se revolvió a su lado.
 
–Es él quien conoce la zona y sabe cuál es el escondite –gimió.
 
Marante se estremeció. El cuchillo pasó de la garganta de Nodar a la suya.
 
–Yo no sé nada de esto –murmuró–. Ya conocéis a este hijo de puta, me hizo venir aquí, me engañó como seguro que alguna vez os engañó a vosotros...
 
El tipo de la pistola parecía indeciso. Si alguien conocía el estilo de Nodar, debía de ser él.

–Los dos están en el ajo –exclamó el del cuchillo. Era la primera vez que hablaba, pero su tono de voz concordaba con el tratamiento que había recibido Marante.

–No estoy seguro –repuso el otro–. Ese cabrón de mierda es capaz de jugársela a su madre.

Parecía más razonable que el gorila. Al mismo tiempo, la situación estaba divirtiéndolo. Marante no dudaba que Nodar no saldría vivo de allí, y se resistía a aceptar que esa podía ser también su suerte. El gorila bajó el cuchillo y se desplazó levemente para volver a apoyar el arma en el cuello de Nodar. Marante lo apartó de un empujón y echó a correr con todas sus fuerzas hacia la esquina del edificio mientras oía los disparos que sonaban a su espalda. Siguió corriendo por el lateral hasta doblar la otra esquina y alcanzar el pasaje que se formaba entre la parte trasera y la ladera del monte, y se ocultó sin aliento tras los arbustos de una diminuta cavidad en la roca, a unos diez metros de la esquina que acababa de dejar atrás. A su izquierda, al fondo del pasaje, brillaba la chapa de una garita. Una silueta robusta surgió tras la esquina y echó a andar con precaución pasaje adelante. Se detuvo más allá de la cavidad, no debía de conocer su existencia. Al instante sonó el estruendo de los disparos que a juzgar por el ruido de metal y vidrio rotos habían impactado en la garita. El gorila avanzó unos pasos. Marante oyó un gruñido y el estrépito de una patada que sacudió el acero e hizo caer cristales. Luego pisadas de regreso, hasta que el gorila pasó por delante de su escondite. Marante se abalanzó sobre él y sujetó su brazo derecho. Forcejearon chocando contra la piedra y el hormigón, el fogonazo de un disparo los cegó y acabaron cayendo al suelo. Marante recibió un golpe en la sien mientras trataba de incorporarse y lanzó un puñetazo tras otro ignorando los que recibía en la cara. Encajó un golpe en la nariz y sintió como si se la hubieran arrancado. Su rival se irguió aferrando su cuello, pero Marante le saltó varios dientes de un puñetazo, logró sujetar su cabeza y la estrelló contra el suelo repetidas veces. Se detuvo al sentir los dedos mojados de sangre. El gorila no se movía. Marante respiró profundamente. Tanteaba en la oscuridad buscando la pistola cuando oyó pisadas que se aproximaban veloces. Dio con el arma, se irguió rápidamente y se pegó a la roca, al tiempo que trataba de recordar cuál era la forma de acceder al otro extremo del pasaje. Tal vez aquel tipo conociera bien el lugar donde se encontraban, tal vez hubiera estado allí recientemente y lo conociera mejor que él. Volvió la cabeza a un lado y a otro. Ahora no llegaban a sus oídos más que los habituales sonidos nocturnos. Se sintió ridículo al recordar a María y pensar que quizá nunca volvería a verla. La sangre le manchaba la sien, las mejillas y los labios hinchados, y goteaba sobre la cazadora. No perdía de vista la esquina a su derecha, pero de vez en cuando echaba rápidos vistazos hacia los restos de la garita. Un ruido lo sobresaltó. Apuntó a la izquierda tratando de penetrar con la vista aquella maldita oscuridad. Entonces oyó con claridad las pisadas que se acercaban por el otro lado. Se giró y apretó el gatillo varias veces, y entre el humo y los fogonazos pudo distinguir una silueta que se doblaba y se venía abajo. Tomó aliento, apoyándose extenuado en la pared del edificio. Se preguntó qué habría sido de Nodar. Sacó del bolsillo un pañuelo con el que se enjugó la sangre de la cara. Luego atravesó el pasaje, pasó por encima del cadáver y descendió en silencio hacia la parte delantera del edificio. Se detuvo en la esquina: desde allí no veía rastro de su compañero. Tras aguardar unos segundos, avanzó apuntando con la pistola hacia delante y redujo el paso al aproximarse a las escaleras. Vio a Nodar allá abajo, tumbado cuan largo era al comienzo del puente, y distinguió una pistola muy cerca de su mano derecha. En torno a su cabeza brillaba un charco de sangre. Marante descendió sin dejar de apuntarle. Al llegar a su lado comprobó  que estaba muerto.

Se sentó en las escaleras, dejó la pistola a sus pies, apoyó la cabeza en un pilar de la barandilla y cerró los ojos, agotado. Sintió desprecio, y algo parecido al orgullo, al recordar las miradas en el apeadero y en las calles del pueblo cuando fue a ver a María. Ella no lo había mirado así, era incapaz de mirar a nadie de esa forma... Contempló el cielo. La luz de la luna se abría paso entre las nubes, acariciando las copas de los árboles, la espesura, el cauce del arroyo y el puente.
***
Marante salió del edificio donde vivía Mendoza, cruzó la calle y se paró frente a la cabina de teléfonos. Antes de entrar echó un vistazo a la playa. Las olas rompían en la orilla y la pleamar dejaba una reducida franja de arena blanca que se difuminaba sobre el asfalto. Una pequeña embarcación pasaba entre los pilares del puente. Cerca de la cabina veía el bar donde se había encontrado con Nodar cuatro días antes. Empujó la puerta, apoyó la maleta en el suelo, sacó unas monedas del bolsillo y marcó el número de la tienda. Esperó varios segundos, pero nadie descolgó al otro lado. Todavía era temprano. Se apoyó con la espalda en la puerta y dejó pasar un par de minutos contemplando el mar. Luego volvió a marcar. Ahora, tras una breve espera, oyó la voz somnolienta de María. Dudó qué decir.
 
 –¿Quién es? –preguntó ella por segunda vez.
 
–Soy yo –respondió Marante. Después de un momento de silencio, María volvió a hablar.
 
–¿Qué quieres?
 
–Me voy del pueblo.
 
–¿Otra vez? –No estaba sorprendida. Conocía bien a Marante.
 
–He tenido problemas con Nodar. –Creyó oír algo como un suspiro, o una risa irónica, al otro lado.
 
–¿Para qué me llamas?
 
–Pensé que a lo mejor te interesaba saberlo.
 
María no parecía tener nada que añadir.
 
–Todavía no sé dónde voy. Pero no quiero seguir más tiempo aquí.
 
–No hace tanto que llegaste...
 
Marante oyó a lo lejos la sirena del tren. Debía de estar a dos o tres kilómetros de la playa, dentro de pocos minutos se detendría en el apeadero del pinar. María también la oyó.
 
–El tren se acerca –comentó.
 
–Me voy, María. Y esta vez es para no volver.
 
No obtuvo respuesta.
 
–Hasta la vista –murmuró.
 
–Marante –dijo María. Aguardó unos segundos antes de seguir hablando. Marante recorrió con la vista la playa, el puente del ferrocarril y el puerto al otro lado.
 
–Cuando llegues a algún lado llámame. Para saber dónde estás.
 
Ahora fue Marante quien no supo qué decir.
 
–Buena suerte, Marante. 

Antes de que pudiera responder, la comunicación se había cortado. Colgó el teléfono. Cogió la maleta, salió de la cabina y echó a andar en dirección al apeadero. De vez en cuando dirigía la mirada hacia el mar y veía el barco alejándose poco a poco rumbo a la boca de la ría.

RÍO ARRIBA (II)


Marante observó las peñas que se recortaban contra un cielo plomizo al término de laderas boscosas y escarpadas. La carretera discurría entre el río, cuyo brillo plateado distinguía de vez en cuando por los intersticios de la espesura de la orilla, y grandes peñascos cubiertos de musgo y sorteados por torrentes abundantes e impetuosos. El rugido de la corriente era constante. Al doblar una curva y enfilar una larga recta, a Marante le pareció avistar un grupo de corzos brincando monte arriba. Le alegró que Nodar no hubiera reparado en ellos. Aquella imagen fugaz, que sin saber por qué se le antojó inevitablemente triste, habría sido un buen secreto para compartir con María... Más adelante, en el momento de doblar otra curva de poca visibilidad donde la carretera se alejaba momentáneamente del río, ambos se fijaron en un coche aparcado en un claro. Marante apenas tuvo tiempo de echarle un rápido vistazo y no pudo distinguir a nadie en su interior ni cerca del vehículo. Pensó que serían pescadores.

–Esos pueden ser nuestros amigos –dijo Nodar.

El coche desapareció rápidamente del retrovisor. Marante recordó que, a su regreso de alta mar, en el pueblo solía verse a Nodar con un tipo venido de fuera, hasta que se marchó otra vez, para volver un par de años después él solo.

–¿Cuántos son?
   
–Que yo sepa, dos. Podemos encargarnos de ellos, además llevo quincallería.
 
Era de suponer, pero no por ello dejó de disgustarle. Ascendieron la ladera del monte siguiendo en todo momento el curso del río. El fragor de la corriente aumentó de intensidad al tiempo que la pendiente se volvía más pronunciada y se veía mejor el cauce revuelto a muchos metros por debajo de ellos.

–Eres un tipo callado, Marante –dijo Nodar.
 
Marante contempló los árboles de ramas desnudas en la ladera de la otra orilla.
 
–Apuesto a que sé en lo que estás pensando.
 
Marante dirigió la vista hacia la carretera.
 
–No puedes olvidarte de María, ¿verdad?
 
Aquel hijo de puta había dado en el clavo.

–Supongo que no habrás sido capaz de quitártela de la cabeza durante el tiempo que estuviste fuera, y ahora las cosas no son como te habría gustado que fueran.

Marante volvió la cabeza hacia Nodar.
 
–¿Estás de broma? –murmuró.

–No te lo tomes así –repuso Nodar despreocupadamente. Dejó pasar varios segundos antes de seguir hablando–. Además, María no ha pensado en ti tanto como tú en ella.

–¿A qué te refieres? –dijo Marante sin apenas darse cuenta de las palabras que salían de su boca.

–A que durante el tiempo que estuviste fuera, María salió un par de años con un tipo que trabaja en la carpintería de tu amigo Mendoza. Él debería habértelo contado, para que no fueras a hacer el ridículo al pueblo detrás de ella.

Marante rehusó tirar del freno y romperle los dientes a Nodar: aquello no habría sido más que un pueril desahogo, no a sus inexistentes celos sino a la sensación de impotencia que poco a poco lo envolvía. También él había tratado de combatir la soledad y la tristeza estando fuera, pero lo único que logró fue sentirse más solo y más triste, como sin duda se habría sentido ella.

–María puede hacer con su vida lo que le dé la gana –se limitó a contestar. Pero notaba un dolor que se le antojó previsible. Con quién diablos habría salido. Probablemente alguien como Mendoza, uno de aquellos buenos tipos que tanto abundaban en el pueblo, saludando al viejo con una sonrisa mientras deseaban en secreto que lo partiera un rayo, y no por ser el perfecto hijo de puta que era, sino por haber amasado aquel montón de pasta a lo largo de los años.

–El viejo Marante –dijo Nodar, y no volvió a abrir la boca durante el resto del trayecto.

Nodar aparcó frente a la descolorida señal de peligro que marcaba el final del camino. Pese a su importancia en otro tiempo, el itinerario hasta la central eléctrica había desaparecido devorado por la vegetación y sofocado por los desprendimientos de tierra que tuvieron lugar en la zona varios años antes, durante un invierno especialmente duro. La carretera se vino abajo a quince kilómetros de su emplazamiento, y nadie se molestó en repararla porque nadie tenía interés en ir más allá. Después de apearse, Marante echó un vistazo al barranco que se abría a sus pies y terminaba entre la espesura cerca del río. Para alcanzar la central había que descender hasta la orilla y encontrar un meandro, aunque en aquella época del año el cauce aumentaba a causa de las lluvias y las aguas bajaban agitadas, y luego seguir una ruta monte arriba. Nodar le pasó una pistola y Marante la guardó en el interior de la cazadora.
 
 –Supongo que ya sabes adónde vamos –dijo Nodar. Al hablar se dibujaban pequeñas nubes de vaho frente a su boca.

–Con la carretera cortada, no queda más remedio que cruzar el río y subir campo a través.
 
–Pues no perdamos más tiempo.

Comenzaron el descenso por la accidentada pendiente. Los pies se hundían en la tierra húmeda, las manos asían rocas que en seguida se desprendían y las ramas se doblaban con traicionera elasticidad. A medida que acortaban la distancia que los separaba del río, Marante se daba cuenta de lo mucho que había cambiado aquello desde la última vez que estuvo allí. Nodar alcanzó una rama que se partió con un crujido similar al disparo de un fusil. Sujetó instintivamente la cazadora de Marante, lo arrastró consigo en la caída y ambos rodaron monte abajo llevándose por delante maleza, arbustos, piedras, hierbajos y hojarasca. Marante se protegió el cuello y la cabeza con los brazos al tiempo que trataba de desprenderse de Nodar, extendió las manos en busca de un asidero y sus dedos se estrellaron contra una roca. Su espalda chocó con el tronco de un árbol, las ramas azotaron su cara como latigazos y unos segundos después se desplomaba sobre suelo horizontal. Dejó pasar varios minutos sin moverse. Por la humedad que sentía en las mejillas y el fragor cercano, debía de estar muy cerca de la orilla. Abrió los ojos, se puso en pie con esfuerzo y recorrió con la mirada las rocas y la corriente furiosa que desaparecía tras un meandro entre las laderas cubiertas de verde. Luego se quitó botas y calcetines, los colgó del cuello, se remangó los pantalones y entró en el agua tratando de ignorar el frío que acuchillaba sus pies. Estuvo a punto de resbalar sobre el inestable fondo de guijarros, pero logró mantener el equilibrio y caminó hacia el otro lado venciendo la fuerza de la corriente contra sus piernas. Cuando alcanzó la orilla salió del agua y se adentró en el bosque, acompañado por Nodar.
 
Siguieron una senda imperceptible que Marante no recordaba tan bien como había supuesto. En más de una ocasión creyó haberse extraviado, hasta que daba con una pista –el muro derruido de lo que fue un molino, un riachuelo espumeante que discurría monte abajo, una peña entre los helechos...– que los acercaba un poco más a su objetivo. Aquello los retrasaba considerablemente. Sus pantalones húmedos le producían una desagradable sensación de mareo. De vez en cuando echaba un vistazo hacia el cielo y distinguía el gris de las nubes entre el ramaje. Llevaban un buen rato ascendiendo cuando Nodar le ordenó detenerse. A Marante tampoco le vendría mal un descanso. Sus pies resbalaron sobre las hojas que cubrían el suelo y se levantó ayudándose del tronco de un árbol caído.
 
–No quedan demasiadas horas de luz –dijo mirando a su alrededor–. Hemos perdido mucho tiempo dando vueltas por el bosque. Deberíamos volver.
 
Nodar sacó su pistola y le apuntó al pecho.
 
–Como des un paso atrás te dejo en el sitio –repuso.
 
Marante observó el cañón del arma.
 
–Esto es nuevo, Nodar.

Nodar no bajó la pistola. Marante trató de sonreír, pero a sus labios no asomó más que una mueca triste.

–¿Vas a dispararme? –probó a decir–. ¿Crees que podrás encontrar la central, o rehacer el camino, solo?

Nodar parecía haberse repuesto. Sonrió abiertamente, clavando su mirada en la de Marante.
 
–Empieza a andar.

Marante se apartó del tronco y continuó el ascenso en silencio. La luz del atardecer atravesaba la maraña de hojas húmedas y afiladas ramas entre la que avanzaban. Se peguntó si los tipos del otro coche habrían sido igual de hábiles al descender el barranco. Probablemente estuvieran siguiendo ya la senda abierta por ellos.  

El riachuelo que discurría por un lecho pedregoso formando un pequeño valle entre dos montes indicaba el final del camino. Marante levantó la vista, sorprendido de haber dado al fin con el lugar que buscaban: en la ladera del otro lado, a veinte o treinta metros de donde ellos se encontraban, se alzaba la central. Un puente con aspecto de no haber sido transitado en mucho tiempo salvaba el riachuelo y conducía hasta unas escaleras de hormigón que ascendían hacia las instalaciones. Seguido de cerca por Nodar, Marante cruzó el riachuelo, trepó con dificultad ladera arriba y llegó hasta las escaleras. Se detuvo frente a la oxidada barandilla a un lado del puente. El lado opuesto desaparecía entre la penumbra del bosque, que ocultaba un camino en otro tiempo despejado y transitable. Marante volvió la vista y contempló el bonito edifico de turbinas, rodeado de cristales rotos y maleza, que crecía por todas partes ignorando la obra del hombre. De la vieja central no quedaba más que decadencia, ruina y abandono.

RÍO ARRIBA (I)


Marante se despertó con el paso del primer tren de la mañana. Se acercó hasta la ventana, y al echar un vistazo al bosque cenagoso que se extendía al otro lado de la vía férrea sintió el frío proveniente de la puerta abierta de la terraza. Después de vestirse salió del cuarto donde lo habían alojado Mendoza y su mujer. Desde la terraza observó el pinar de aspecto triste y los edificios contiguos, vacíos en su práctica totalidad aquel momento del año. Más allá distinguía la playa y la desembocadura del río, que separaba el pinar del pueblo. A sus oídos llegaba el ruido de las olas. Hacía mucho tiempo que Marante no pasaba un invierno en condiciones. Regresó a la sala, se dejó caer en el sofá deshilachado y echó mano a la botella que Mendoza había dejado sobre la mesa la noche anterior. Al comprobar que estaba vacía trató de devolverla a su sitio, pero no atinó con el borde de la mesa y la botella rodó hasta caer, derramando unas gotas pringosas por la alfombra. Marante se irguió y fue hasta el cuarto de baño para asearse. Luego cogió la cazadora en el respaldo de una silla y cuando salía tropezó con su maleta, colocada en el suelo junto a unas cajas de cartón. La echó a un lado, cerró la puerta del apartamento y se marchó escaleras abajo.
 
Dos días antes Marante se había bajado del tren en el apeadero del pinar, donde lo esperaba Mendoza. El recibimiento fue tibio: en cuanto se miraron a la cara se dio cuenta de que la cercanía de otro tiempo había desaparecido. La impresión de distanciamiento se acentuó en el trayecto hacia el bloque de pisos, mientras caminaban entre los árboles forzando una conversación sin la fluidez de antes. A Mendoza parecía importarle poco el itinerario de Marante durante aquellos siete accidentados años que habían pasado sin verse. Una vez en el pequeño apartamento de la tercera planta, le enseñó el cuarto donde podría alojarse hasta encontrar un sitio propio y regresó a la calle con cierta prisa. Desde la terraza, Marante lo vio subir al coche –allí lo esperaba Ana– y conducir en dirección al pueblo, donde ambos trabajaban en la carpintería del padre de ella. Hizo un par de llamadas desde el teléfono del vestíbulo y apuntó en un papel la dirección de la empresa de transportes para la que empezaría a trabajar quince días después. Estaba cansado, así que pospuso la búsqueda de un lugar donde vivir. Pero debía darse prisa: una semana antes, cuando lo llamó para decirle que volvía, Mendoza no mostró demasiado entusiasmo ante la idea de alojarlo durante un tiempo indefinido. Se tumbó en la cama de su cuarto con la vista perdida en el techo, tratando de olvidar la mirada de su viejo amigo en el apeadero y las de los pasajeros con los que coincidió en el tren, abiertamente hostiles, como si no quisieran tenerlo de nuevo entre ellos después de lo ocurrido. En realidad nadie pudo probar nunca nada contra él, ni siquiera llegaron a acusarlo. Además, quién no habría hecho lo mismo en su lugar. Lo único que lamentaba era no haber podido disfrutar del dinero. No tardó en dejarse vencer por el sueño, pero su reposo fue alterado por el paso del tren que paraba en el apeadero a media tarde. 
 
Marante se adentró en el pinar y llegó hasta la playa. Nodar lo esperaba en el único de los bares abierto durante el invierno, una pequeña construcción de ladrillo erigida sobre un piso de hormigón cubierto de hojas de pino. Entraron en el local y se sentaron junto a la ventana. Marante contempló el puente del ferrocarril que salvaba la desembocadura del río. Un barco salía a faenar en ese momento del pequeño puerto pesquero y se alejaba del pueblo. El dueño del bar, un tipo a quien no conocía, les sirvió las bebidas y desapareció por una puerta al fondo, olvidando apagar la infame música que sonaba en el equipo. Marante bebió un trago y volvió la vista hacia la playa.

–Bonito paisaje –dijo Nodar–. Supongo que lo habrás echado de menos. 

–No demasiado –mintió Marante. Pero la posible nostalgia de los años anteriores no le impedía ahora comenzar a sentirse varado en un sitio de mala muerte.
 
–Cuando estuve embarcado, no hubo un día que no pensara en volver –siguió Nodar.

Marante se preguntó si Nodar había quedado con él para intercambiar confidencias.
 
–¿Para qué me llamaste?
 
Nodar sonrió.
 
–El viejo Marante: un tipo de pocas palabras, un tipo que va siempre al grano. Como hace siete años, cuando te fuiste del pueblo dejando toda aquella desconfianza a tu espalda.
 
Así que era eso. En realidad, no le sorprendía. Siempre supuso que Nodar podía tener algo más que simples sospechas de que él se llevó el dinero, porque ambos trabajaban entonces como guardias de seguridad en la empresa.  Y ahora trataría de sacarle partido.
 
–Tengo cosas que hacer, Nodar.
 
La sonrisa de viejo amigo no se había borrado del rostro de Nodar.
 
–Necesito tu ayuda en un asunto.
 
–¿No tienes a nadie mejor que yo?
 
–Tienes que ser tú, Marante. Ahora te explico por qué.
 
–No hay nada que explicar.
 
Marante hizo ademán de levantarse, pero sabía que Nodar guardaba un as en la manga.
 
–Marante, hay una información relacionada con tu jugada de hace siete años que podría mandarte directo a la cárcel.
 
Marante había esperado oír algo así. Trató de sonreír con suficiencia.
 
–No perdamos el tiempo, Nodar. Tú no tienes ninguna información, y sobre todo no hubo ninguna jugada hace siete años.
 
–¿Quieres apostar?
 
Marante permaneció en silencio.
 
–La información de la que te hablo está ahí, y es exactamente lo que la justicia necesita para probar que fuiste tú quien se llevó el dinero.
 
Nodar se reclinó en su asiento y bebió un trago. A Marante le habría gustado sujetarlo por el cuello y romperle la cabeza contra la pared.
 
–¿Qué quieres de mí? –dijo.
 
–¿Recuerdas lo que pasó en el pueblo la nochebuena de 1950?
 
–En 1950 yo no había nacido, Nodar.
 
Pero Marante había oído hablar de aquel asunto. Dejó que Nodar le refrescara la memoria.
 
–Durante varias horas esto se llenó de policías. Al parecer, unos tipos habían atracado una joyería en una ciudad del sur, y cuando escapaban terminaron cayendo aquí arriba. La poli batió el bosque una y otra vez, pero no dieron con ellos. El asunto acabó olvidado y las piedras se consideraron perdidas. Pero yo sé donde están, Marante. Y tú me vas a ayudar a llegar hasta ellas.
 
Era la clase de asunto en el que Marante deseaba no verse envuelto.
 
–No me interesa –repuso, sabiendo de antemano lo que Nodar iba a responderle.
 
–De acuerdo. Sal por esa puerta e intenta rehacer tu vida donde te conocen tan bien. Sé que vas a conducir autobuses, y probablemente estés buscando una casa para no tener que depender de ese desgraciado de Mendoza: te apuesto diez a uno a que lo poco que consigas no va a durar mucho desde que la poli reciba lo que tengo para ellos.
 
Por primera vez desde que bajó del tren, Marante se preguntó si había sido una buena idea volver a poner los pies en el pueblo. Pero el verdadero motivo de su regreso era más fuerte que cualquier propósito de instalarse allí de nuevo y salir adelante.
 
–¿Cómo sabes donde están las piedras?
 
–Eso es asunto mío, Marante.
 
–¿Por qué me necesitas?
 
–Porque hoy la zona es prácticamente inaccesible y yo no sé llegar hasta allí, pero tú solías decirme que la conocías mejor que nadie. Y porque otro tipo interesado en dar con las piedras sabe que ando detrás de ellas, y puede acabar ocasionándome problemas. Hace falta más de uno en un asunto como éste.
 
Nodar tenía razón en lo primero: él conocía bien los intrincados montes que se extendían al norte del pueblo, en parte por haber trabajado durante un par de años en la pequeña central eléctrica construida en lo más profundo de uno de ellos, hoy abandonada. En cuanto a lo segundo, la última persona de la que Nodar debía fiarse en ese momento era el propio Marante.
 
–¿Cuándo vamos a buscar las piedras?
 
–Te lo haré saber. Limítate a estar localizable.
 
–¿Y ese otro tipo que está al tanto?
 
–A partir de ahora debes mirar a todos lados al cruzar una calle oscura. Pero seguro que sabes cuidar de ti mismo.
 
Marante terminó su consumición y se puso en pie.
 
–Pago yo –dijo Nodar.
 
Al salir del bar la brisa marina le acarició el rostro. Avanzó a través del pinar sobre la hierba mojada y en pocos minutos estaba de vuelta frente al portal del edificio donde vivía Mendoza.
 
Al día siguiente a su encuentro con Nodar, Marante echó a andar en dirección al pueblo siguiendo la vía férrea. Le habría resultado incómodo ir con Mendoza y Ana en el coche, así que esperó a que ellos se marcharan para salir de casa y emprender el camino a pie. A la altura del puente dejó atrás la vía y cruzó la desembocadura del río por el acceso para automóviles y peatones. El puente del ferrocarril estaba situado a unos doscientos metros del que Marante atravesaba. Oyó el bramido de un tren de carga, y unos segundos después lo veía pasar entre los arcos de acero en sentido contrario al que había seguido él tres días antes.
 
Al llegar al pueblo echó a andar calle arriba bajo los soportales, y pronto empezó a ver caras conocidas y miradas de sorpresa, reconocimiento y hostilidad como las que lo acompañaron al llegar. Las ignoró, pero notó una extraña incomodidad que no creía haber sentido antes. Se detuvo delante de una zapatería en la parte alta del pueblo. A través del escaparate observó a María, que aguardaba con gesto aburrido detrás del mostrador. Al contrario que algunas personas con quienes coincidió calle arriba, que Nodar o que Mendoza, María no había cambiado un ápice en aquellos siete años. Probablemente al estar juntos comprobara que no era así y apreciara en su rostro la huella del paso del tiempo; por otro lado, no creía que eso fuera a hacerla menos deseable, tal vez al contrario. Aguardó un par de minutos frente al pequeño comercio, hasta que María miró distraídamente hacia fuera y lo vio. Como Marante había supuesto, mostró sorpresa, pero no alegría. Empujó la puerta y entró. María no salió de detrás del mostrador para recibirlo. Marante no encontraba qué decir.
 
–Entonces era cierto que ibas a volver –comentó ella.
 
Las diminutas arrugas en los extremos de su boca y sus ojos revelaban que aquellos siete años tampoco debieron de haberle resultado fáciles. Había una especie de incongruencia entre su atractivo y el lugar donde vivía, del que no tenía trazas de ir a salir nunca.
 
–Llegué hace un par de días. Estoy en casa de Mendoza.
 
–Nodar vino varias veces preguntando por ti. –Hizo una pausa sin aparente justificación, como si considerara que lo que estaba diciendo no tenía en realidad demasiada importancia. –No sabía cómo hacerle entender que no tenía ni idea de dónde te habías metido ni de cuáles eran tus planes.
 
–Estoy buscando un sitio donde vivir. Dentro de dos semanas empiezo a trabajar en la empresa de autobuses.
 
Marante echó un rápido vistazo al interior de la tienda. Todo seguía igual que siempre.
 
–Es curioso que te hayan dado ese empleo, después de... –No terminó la frase.
 
Marante sonrió.
 
–¿Después de que me llevara aquel dinero? Eres la última persona a la que esperaba oír hablar así.
 
–Pero fuiste tú quien se llevó el dinero, ¿no?
 
–Es un agradable recibimiento.
 
María jugueteó con un rollo de cinta de embalar sobre el mostrador.
 
–No sé por qué has vuelto. Yo tampoco esperaba de ti este regreso de arrepentido.
 
–No estoy arrepentido, y no veo por qué debiera estarlo. Aquí nadie tragaba al viejo, en el fondo todos se alegraron de que le sustrajeran un trozo de su pequeña fortuna.
 
–A la mierda el viejo, Marante. Tuviste mucha prisa al irte. Olvidaste preguntarme si quería ir contigo.
 
Marante no respondió.
 
–Es mejor que salgas.
 
Marante se acercó a ella.
 
–Estamos en el mismo bando, María. Sabes cuánto nos une.
 
–Lárgate, Marante.
 
Sintió deseos de besarla como antes. En vez de eso anduvo hasta la puerta y salió a la calle. Durante varios segundos dudó qué camino tomar. Al fin, se alejó entre las estrechas callejuelas de aquel barrio en dirección al puerto, pensando en María y recordando con dolor el tiempo que habían vivido juntos.
 
Marante aguardaba la llegada de Nodar sentado en el sofá de la sala. Hacía cinco días que había bajado del tren, pero fue al pueblo una sola vez. Después de su infortunado encuentro con María pasó un rato en el puerto, contemplando los barcos que salían al mar al caer la tarde. Cuando tenía quince o dieciséis años había faenado una temporada en uno de ellos, cuyo patrón y armador daba órdenes aquí y allá en ese momento sin reconocerlo. Marante lo llamó por su mote. El patrón se acercó hasta él, y en cuanto reparó en quien era le estrechó la mano con fuerza. La conversación fue breve: un par de preguntas sobre su llegada y el ofrecimiento implícito de enrolarlo de nuevo si no encontraba nada mejor. Luego volvió a su tarea, y en seguida subía a bordo. Unos minutos después el barco zarpaba, pasaba bajo el puente del ferrocarril y se alejaba en el crepúsculo hacia la boca de la ría. Marante observó como la oscuridad envolvía poco a poco la embarcación, hasta no quedar de ella más que un punto de color blanco paulatinamente difuso. Echó a andar hacia el otro puente y lo cruzó bajo el halo de las farolas. Al bordear el pinar en dirección a la casa de Mendoza se fijó en una sombra que parecía deslizarse entre los árboles a su mismo ritmo. Redujo el paso y la sombra desapareció al momento en la negrura del pinar. No había hecho más que llegar y ya había un tipo jugando a los espías a su costa. La carga de la que creyó haberse desprendido después de siete años seguía ahí, acrecentada desde la tarde anterior en el pueblo. Si sólo María volviera con él... Minutos después de entrar en casa recibía una llamada de Nodar, que iría a buscarlo a la mañana siguiente.
 
Mendoza y Ana acababan de marcharse a la carpintería. La noche anterior, Marante se había puesto de acuerdo con un propietario para alquilar un pequeño apartamento situado en las afueras del pueblo, cerca del puerto. Y dentro de dos semanas estaría conduciendo autobuses de líneas regulares para una empresa de una ciudad cercana. Nodar había aparecido en el peor momento.
 
En la calle sonó un claxon. Cuando salió del edificio, Marante sintió el olor de los pinos y oyó el monótono rugir del oleaje. Subió al coche. Nodar condujo en dirección al pueblo, y al cabo de pocos minutos lo dejaban atrás y tomaban la carretera del río.