
My patron saint
is a-fighting with a ghost
He’s always off somewhere when I need him most
He’s always off somewhere when I need him most
Bob
Dylan
1
Marante dejó atrás las calles del centro, recorrió una
avenida solitaria bordeada de árboles y llegó al anticuado bloque de cuatro
plantas, situado cerca de la vía férrea, donde lo había alojado la empresa. La
mañana de finales de agosto en que se instaló, no podía imaginar la humedad que
cubriría las paredes y el frío que se filtraría por los resquicios de las
ventanas durante el invierno. Pero no le habían confirmado su destino hasta el
último momento, así que no tuvo tiempo de buscar nada mejor. Subió las escaleras,
entró en un apartamento de la primera planta y dejó el abrigo sobre el sofá del
salón. Por un instante volvió a preguntarse si había sido una buena idea pedir
el traslado. Apartó esa idea de su cabeza y marcó el número de teléfono de la
biblioteca municipal. Sabía que Natalia iba a quedarse después del cierre
porque le correspondía supervisar las actividades que habían organizado en el
pueblo con motivo de los próximos días festivos. Debía de estar muy cansada, lo
más probable era que al salir quisiera volver a casa cuanto antes. Sin embargo,
Natalia respondió enseguida y Marante distinguió un matiz de contento en su voz
fatigada cuando ella le dijo que no le importaría dar un paseo. Decidieron
verse a las nueve y media. Marante colgó el teléfono y observó el pueblo desde
la ventana. Todavía faltaba tiempo para la cita. Se puso el abrigo, salió a la
calle y anduvo hasta su coche. Al subir conectó la calefacción, luego recordó
que no funcionaba. Puso una cinta en la radio y se estremeció al escuchar la voz
sincera y triste de Warren Zevon cantando “Veracruz”. Unos minutos después,
conducía bordeando los terrenos, los prados y los bosques que distinguía entre
la niebla procedente del río. El pueblo se convertía en un punto grisáceo a la
izquierda del retrovisor, pero Marante tuvo la impresión de que no lograba
alejarse de allí. En realidad, le perseguía la impresión de no haberse alejado
de la ciudad donde vivía antes, de encontrarse aún en el lugar donde había
compartido varios años de su vida con quien desde hacía poco ya no
formaba parte de ella, y sin cuya presencia sentía como si no pudiera desprenderse de un cuchillo que alguien le hubiera clavado hasta el fondo del corazón.
Marante regresó al pueblo al anochecer, y unos minutos
antes de la hora acordada condujo hacia el centro y aparcó delante de la
biblioteca. Natalia no tardó en salir junto a varios vecinos en los que Marante
nunca se había fijado y dos a los que conocía: Liste, el alcalde, y Crespo, que
había trabajado en la oficina de correos y ahora era concejal del Ayuntamiento.
Cada vez que habían coincidido con este último, su conversación le había
resultado sumamente desagradable sin saber exactamente por qué, y le sorprendía
que Natalia consiguiera soportarlo. Después de verla despedir a sus compañeros
se acercó hasta ella. Como era de esperar, no estaba muy animada y parecía
triste. Echaron a andar a través del parque.
–¿Qué tal te ha ido? –preguntó Marante.
–Fue agotador. Y mañana igual. –Natalia miró alrededor
antes de seguir hablando–. Estoy harta de Liste y de ese cretino de Crespo. No
dejó de gritarme mientras trabajábamos como si la hubiera tomado conmigo, hasta
que tuve que echarlo para que nos dejara terminar de una vez. Y ahora que ha
llegado al Ayuntamiento, va a ser mucho peor. –Bajó la vista–. A veces me
pregunto qué se nos pierde en este lugar.
Empezó a llover y el viento sopló con fuerza, Marante y
Natalia aceleraron el paso. No quedaba nadie por los estrechos pasajes entre
las filas de árboles.
–Cuando acabe todo me gustaría hacer un pequeño viaje
–dijo ella–. Aquí el invierno dura demasiado.
–Es una buena idea –afirmó Marante.
Le puso un brazo por detrás de los hombros para
protegerla de la lluvia con su abrigo. Salieron del parque, llegaron al
edificio donde vivía Natalia y entraron apresuradamente en el portal. Tomaron
aliento. Natalia se quitó la bufanda y los guantes y Marante le separó el pelo
mojado de la frente. Luego charlaron durante unos minutos.
–Ha sido un paseo agradable –murmuró ella al despedirse–.
Te llamo mañana, espero que podamos vernos cuando termine.
Marante le acarició las mejillas y la besó. Sintió una
inmensa ternura mientras la veía subir,
abrir la puerta y sonreírle desde el umbral antes de entrar.
De regreso al coche, se cruzó con ocasionales transeúntes
que lo miraron a la cara sin dar muestras de reconocerlo, aunque él reconoció a
un pequeño grupo parado delante del ayuntamiento. Eran cazadores, debían de
estar hablando de la cacería que iba a tener lugar al día siguiente. Natalia le había explicado que aquella
tradición se celebraba cada año y atraía siempre a muchos vecinos de los
alrededores. Crespo también cazaba, a Marante le extrañó no verlo allí.
Mientras conducía por una calle apartada en dirección a su apartamento, sonrió al recordar la tarde en que habló por
primera vez con Natalia, cuando coincidieron de camino a la biblioteca para el
pase de una película de aventuras. Los únicos espectadores eran ellos y algunos
niños que acababan de salir del colegio. Después de la película, estuvieron
charlando un rato en un bar tranquilo de las afueras y acordaron volver juntos
a la siguiente proyección. Desde entonces, cuanto más cerca se sentía de ella
más fuerte se hacía su convencimiento de que también Natalia terminaría
marchándose tras haber compartido con él un tiempo prestado. A ese convencimiento contribuía
su incapacidad para rehuir la ingrata impresión de estar ocultándole algo difuso e
indefinido pero que nunca debía salir a la luz. En realidad, aquella impresión
de ocultar una parte de su vida lo acompañaba no sólo junto a Natalia sino también
frente a las escasas personas a las que trataba cada día. Sentía que actuaba y
que simulaba hasta el más mínimo gesto de cara a los demás, ya fuera al darle
los buenos días al guardia de seguridad de la empresa o al sonreírle a Natalia cuando se
encontraban al
final de la jornada. Sin embargo, ella parecía sentirse más a gusto a medida
que iban pasando las semanas, y aunque a menudo sorprendía en Marante dudas e
inseguridades que él trataba por todos los medios de reprimir, reaccionaba
siempre con una sonrisa, una palabra o un silencio comprensivos.
Marante aparcó a medio camino entre la vía férrea y el
bloque de apartamentos. Había dejado de llover. Antes de salir del coche, pudo
distinguir bajo la luz de las farolas una silueta que se aproximaba. Pronto
reconoció a Crespo, que se detuvo al verlo. Marante se preguntó qué hacía por
aquella parte del pueblo. Cerró la puerta y echó a andar sin desviar la vista
del portal. Crespo aceleró el paso, y al llegar a su altura lo apartó con un
empujón en un hombro. Marante lo ignoró, pero se dio cuenta de que Crespo se
había parado. Se volvió. Crespo lo estaba mirando a los ojos. Era una
provocación ridícula, una de tantas que conocía tan bien y casi siempre había
ignorado. Además, el aliento y los movimientos indecisos de Crespo revelaban que
había estado bebiendo. Sin embargo, Marante avanzó hacia él.
–¿Algún problema? –murmuró. Su corazón latía con rapidez.
Crespo hizo un esfuerzo para articular las palabras.
–¿Por qué te vemos siempre solo? –dijo–. ¿Es que no
tienes un puto amigo en el pueblo?
Marante no supo responder y eso le hizo sentirse
inseguro.
–¿Y de dónde vienes ahora? –siguió Crespo–. ¿De tirarte a
Natalia o de caminar tú solo por la orilla del río?
Marante le pegó un puñetazo y Crespo retrocedió a
trompicones y acabó cayendo. En cuanto consiguió levantarse Marante lo golpeó
de nuevo. Crespo quedó tendido sobre la acera mojada con la nariz y la boca
manchadas de sangre. Logró ponerse de pie apoyándose en una farola y se pasó la
manga del abrigo por la cara. Marante contuvo el impulso de derribarlo una vez
más. Crespo lo miró de arriba abajo, luego le dio la espalda y echó a correr
hacia el centro del pueblo.
–¡Estás loco! –oyó Marante antes de verlo desaparecer
entre las sombras.
Respiró hondo, le parecía que su pecho iba a estallar. Cuando se sintió más tranquilo, anduvo
hasta el portal y entró en casa.
2
Marante se acostó tarde esperando que lo venciera el
cansancio, pero aun así no logró conciliar el sueño. Dejó transcurrir los
minutos tumbado sobre la cama, mientras su mirada vagaba por el techo y a sus
oídos llegaban ladridos lejanos, el silbido del viento, el eco de una
conversación procedente de la calle o el motor de un coche que atravesaba el
pueblo. De vez en cuando cambiaba de postura tratando de relajarse y le parecía
oír aquellos sonidos con mayor intensidad. Se levantó, fue al salón envuelto en
una manta y se sentó en el sofá. Había pasado muchas noches similares unos
meses atrás, antes de llegar al pueblo para intentar proseguir su vida después de
que su mujer y él se hubieran separado. Y ahora no lograba olvidar aquella
época desdichada, cuando todo se derrumbaba a su alrededor como en una película
a cámara lenta y se había aferrado a indicios insignificantes con la esperanza
de que las aguas terminaran por retomar su rumbo, aunque sabía bien que ese
rumbo estaba definitivamente extraviado. Tenía que admitir que el traslado no
había contribuido a librarlo del miedo permanente a una nueva pérdida, ni de la
tristeza que sentía en todo momento como un zumbido molesto desde que su mujer
ya no estaba a su lado. Hundió la cabeza entre las manos y cerró los ojos, pero
las lágrimas ya no surgían con facilidad.
Se revolvió bajo la manta cuando oyó el paso del primer
tren, un sonido que para él marcaba el comienzo de la jornada. A pesar del
cansancio, sabía que ya no iba a dormirse otra vez. Al volver la vista hacia la
ventana distinguió una leve claridad entre las cortinas. Dobló la manta, se
puso en pie y fue a la cocina. Mientras desayunaba se dijo que no debía seguir
más tiempo en casa, y además no había motivo por el que no pudiera disfrutar de
un día festivo como cualquier otro habitante del pueblo. Decidió pasarlo fuera
y visitar algunos lugares de los que Natalia le había hablado. Volvería al
anochecer para encontrarse con ella delante de la biblioteca.
Marante salió a la calle y subió al coche. En el
horizonte divisaba las afiladas crestas rocosas que sobresalían entre las copas
de los árboles y se recortaban contra el cielo nublado. Se alejó del pueblo
siguiendo la vía férrea a la vez que un tren cargado de madera pasaba en
dirección contraria. Tomó la autovía y unos minutos después se desviaba por una
carretera secundaria, donde se cruzó con rancheras y todoterrenos conducidos
por vecinos de aldeas cercanas que acudían a la partida de caza. No le agradaba
imaginar a Natalia soportando a aquellos individuos groseros, chulescos y
agresivos durante una parte del día. Aumentó el volumen de la música que
sonaba en la radio y pisó suavemente el acelerador. La carretera discurría
entre prados en pendiente y extensos bosques de robles y castaños. No era una
ruta complicada, sólo había que prestar atención a las ocasionales curvas, tras
las que podía surgir alguno de los camiones de la explotación agrícola
perteneciente a Liste.
Marante se detuvo en un cruce, se desvió a la izquierda y
dejó atrás un grupo de naves situadas junto a un edificio en cuya fachada se
leía el nombre del alcalde pintado con letras descoloridas. Ahora conducía por
una carretera solitaria en una zona despoblada. Empezó a llover, Marante subió
la ventanilla y activó el limpiaparabrisas. Iba a conectar la calefacción pero
recordó que estaba averiada. En la radio retransmitían un partido de fútbol.
Cogió una cinta de la guantera, la puso y comprobó que no se oía. Con la mano
izquierda sujetó el volante a la vez que con la derecha, sin quitar la vista de
la carretera, rebuscaba en la guantera de la otra puerta. Sacó varias cintas
que se le escurrieron entre los dedos y cayeron al suelo. El parabrisas se
empañaba. Marante abrió la ventanilla unos centímetros y notó en su cara las
gotas de lluvia. Buscó un trapo mientras se aproximaba a una curva, y en el
momento de tomarla, al mismo
tiempo que sujetaba el trapo con los dedos y frotaba el cristal, un camión de
transporte de animales entró en ella ocupando parte del lado contrario. Marante
giró el volante bruscamente y apretó el claxon. El coche salvó la
cuneta, Marante rebotó en el asiento y oyó el rugido del camión que pasaba y
seguía su camino. Pisó el freno y el coche se paró al borde de un prado.
Marante deseó que el camión se estrellara en la próxima curva llevándose por
delante al conductor, quien quiera que fuese. Se preguntó qué demonios se le
perdía a aquel tipo allá arriba en un día festivo, conduciendo vacas camino del
matadero. Imaginó que alguien, tal vez el conductor del camión, estaba riéndose
de él, y se sintió ridículo. Bajó por completo el volumen de la radio. La
lluvia resonaba sobre el parabrisas y el capó. Marante observó la linde del
bosque que comenzaba a veinte metros de la cuneta. El retumbar de un trueno se
extendió por los prados, seguido de varios estampidos sucesivos. Mientras daba
marcha atrás recordó al grupo de cazadores parados delante del ayuntamiento, y
se sintió inquieto al imaginar a Natalia fingiendo interés por la conversación
que tal vez estuviera manteniendo con ellos en ese momento.
Marante aparcó delante de un bar de carretera a cincuenta
kilómetros del pueblo. Entró, se sentó junto a la ventana y pidió un bocadillo.
Ni la lluvia que caía con fuerza ni el hijo de puta del camión habían logrado
arruinarle la mañana, pero su ánimo se había ensombrecido. Alguien abrió la
puerta, y por un instante sintió en la cara el frío del exterior. Recordó otra
mañana tormentosa como aquella, la mañana en que se despidió de su mujer tras
haber decidido que no podían seguir viviendo juntos. Le pareció verla
desaparecer en el retrovisor mientras él se alejaba de la ciudad camino del
norte, minutos antes de sumarse al tráfico de la autovía. Desde entonces –y ya
antes de eso–, el dolor que sentía en su roce con la vida y con las personas se
había acrecentado, y todavía aumentaba un grado cuando, por un motivo u otro, recordaba a su mujer con mayor
intensidad que de costumbre. Hizo un esfuerzo por apartar las ideas oscuras y
desoladoras que comenzaban a agolparse en su cabeza. Dejó el bocadillo sobre la
mesa. Fue hasta la barra y pagó, salió, subió al coche y siguió conduciendo sin saber a dónde
dirigirse.
3
Marante regresó al pueblo antes de lo que había previsto
y tomó la calle que llevaba a la biblioteca. Aunque sabía que Natalia no había
terminado aún, prefería esperarla dentro del coche a ir directamente a su
apartamento y quedarse allí hasta que ella lo llamara. Lamentaba no haberse
inscrito en alguna de las actividades y así poder entrar y pasar aquel tiempo
cerca de ella. Al detenerse delante de la biblioteca, se fijó en que no había
luz en su interior y la puerta estaba cerrada. Echó un vistazo por los alrededores,
pero no vio a nadie en aquella zona siempre tan animada los días festivos.
Después de caminar durante unos minutos sin alejarse demasiado, subió al coche
y recorrió varias calles solitarias hasta llegar al barrio donde vivía Natalia.
Pero tampoco la encontró allí, así que mientras conducía hacia el edificio de las
afueras se dijo que más tarde probaría a telefonear a la biblioteca
o esperaría su llamada como habían previsto en principio, aunque lo que único que deseaba en ese
momento era estar a su lado.
Aparcó cerca del portal, se apeó, y al echar a andar oyó
pisadas que se confundían con las suyas.
Volvió la cabeza sin detenerse: una figura corpulenta se acercaba por su
derecha desapareciendo y apareciendo bajo el halo de las farolas. Marante pensó
en Crespo, pero no se trataba de él sino de Marcide, el dueño del quiosco donde
solía comprar el periódico. Marcide lo alcanzó con rápidas zancadas y se paró
bloqueándole el camino. Parecía alterado, impresionado por algo que acababa de
suceder o había sucedido hacía poco.
–Buenas noches –dijo Marante antes de evitarlo y seguir
adelante.
–¿Dónde ha pasado el día, Marante? –preguntó Marcide.
Marante bajó la vista y llegó hasta el portal. Mientras
introducía la llave en la
cerradura oyó de nuevo la voz de Marcide.
–¿No se ha enterado de lo de Crespo?
Marante se detuvo. La mención de aquel nombre acababa de
producirle una leve intranquilidad. Sin embargo, los asuntos de Crespo no
tenían nada que ver con los suyos ni con su vida. Abrió, guardó la llave en el
bolsillo y entró en el edificio.
–Ha habido muertos y heridos –exclamó Marcide.
Marante se asomó con el abrigo en las manos. Le había
invadido un súbito temor. Marcide lo miraba desde la acera, satisfecho por haber
captado al fin su atención.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Marante sin que le preocupara
la creciente ansiedad que delataba la expresión de su rostro.
–Fue antes de la cacería. Crespo se volvió loco, al
parecer discutió con su mujer ayer por la noche y esta mañana tuvo una disputa
con Liste en el parque. Desapareció un rato y volvió con una escopeta cuando se reunían los cazadores. Mató
e hirió a varias personas, hasta que la policía consiguió abatirlo.
El corazón de Marante latió con rapidez.
–¿Quiénes han muerto? –murmuró.
–No estoy seguro. Creo que entre las víctimas estaban el
propio Liste, el señor Zahera, Villar, y
también esa chica de la biblioteca, Natalia.
Marante tuvo la impresión de que el aire no llegaba hasta
sus pulmones. Recordó a Natalia entrando en casa veinticuatro horas antes y
sintió como si le arrancaran un trozo de su propia carne.
Se apoyó en el marco de la puerta. Iba a preguntarle a Marcide si Natalia
estaba muerta o herida, qué demonios le había sucedido exactamente y dónde la
habían llevado, pero Marcide lo observaba en silencio sin disimular la curiosidad
ante su reacción. Marante subió al coche, arrancó y tomó la carretera de las
afueras con la mirada fija en el resplandor de los faros. Tenía idea de que el
hospital se encontraba cerca del río, a un par de kilómetros de donde vivía él.
Condujo por calles vacías, bordeó el parque, se alejó del pueblo siguiendo la
vía del tren y al cabo de unos minutos distinguió a lo lejos un edificio con
luz en la planta baja. Dejó el coche en el aparcamiento, entró apresuradamente
en la recepción y se detuvo sin aliento delante del mostrador. La funcionaria
de guardia lo miraba con extrañeza, pero no parecía dispuesta a ser la primera
en hablar. Marante vio a un médico que bajaba las escaleras de la primera
planta con aire fatigado. Se dirigió hacia él tratando de articular las
palabras.
–Por favor, ¿podría decirme qué le ha sucedido a Natalia?
–murmuró–. Es la joven que trabaja en la biblioteca, yo soy un buen amigo suyo.
–Natalia está fuera de peligro –respondió el médico–. La
hemos atendido hace unos minutos. Si espera por aquí un momento, no tardará en
verla.
Después de darle otras explicaciones que Marante apenas
pudo entender, sonrió ligeramente al oír sus palabras de reconocimiento, le estrechó la mano y entró en otra estancia del edificio. Marante se dejó caer en un asiento. No
sabía cuánto tiempo había transcurrido desde su encuentro con el médico cuando
levantó la cabeza y vio a Natalia bajando las escaleras. Tenía el brazo
izquierdo en cabestrillo y parecía agotada, pero en su rostro se dibujó un
gesto de sorpresa y agradecimiento al llegar a la recepción y ver a Marante
esperándola. Éste corrió junto a ella y la besó en los labios y las
mejillas, y Natalia apoyó la frente en su hombro y le acarició la sien. Marante
bajó la cabeza tratando de ocultar las lágrimas que inundaron sus ojos, pero
Natalia le puso los dedos en torno al mentón y lo miró a la cara con una
sonrisa cansada. Marante le cubrió los hombros con su abrigo. Luego salieron del hospital, subieron al coche y Marante
condujo de vuelta a casa.



