domingo, 13 de abril de 2014

SCHOOL DAYS (VIII)

A mis primas Paloma y Rocío
Hace treinta años, una semana de octubre, se anunció en mi pueblo el paso inminente del ciclón Hortensia, lo que trajo miedo a un lugar donde suele haber grandes temporales durante el invierno, pero raramente de aquella magnitud. El viento se abatiría sobre la zona a media tarde, así que durante la mañana la rutina siguió su curso habitual en los distintos barrios. En la pequeña avenida de las afueras donde estaba el colegio eran palpables el temor y la incertidumbre. Las señoras que venían de las aldeas cercanas para vender la leche que transportaban a lomos de burros, las que hacían la compra en el ultramarinos, los jubilados y los conductores de autobús que frecuentaban los dos bares que había entonces, los profesores y los alumnos del colegio, no hablábamos de otra cosa. Las madres de algunos compañeros predecían algo similar a los ciclones tropicales que veíamos ocasionalmente en los informativos, con árboles cediendo ante la fuerza del viento hasta ser arrancados de raíz, tejados desmantelados volando bajo la lluvia y calles inundadas entre las que flotaban coches a la deriva.

Se suprimieron las clases de la tarde y todas las del día siguiente, los autobuses de cercanías dejaron de circular y los comercios cerraron antes de la hora, así que cuando salimos del colegio al mediodía encontramos una avenida vacía y silenciosa bajo un cielo nublado de aspecto amenazador. Mis padres nos estaban esperando con el coche a mi hermano y a mí, y también a nuestras primas, que vivían en una finca situada junto al camino que pasa por delante de la nuestra. Al cabo de unos minutos, después de recorrer una carretera en la que coincidimos apenas con dos o tres vehículos, ellas entraban en su casa, donde estaban ya sus padres, que habían llegado del trabajo antes de lo habitual. Nosotros cruzamos el camino y cerramos bien el portal, comprobamos que no quedaran fuera bicicletas, balones, rastrillos o tijeras de podar, guardamos el coche, metimos a los perros en el garaje y fijamos alguna contra que siempre se soltaba cuando había viento. Luego, mientras almorzábamos, el tiempo transcurrió con lentitud. Al cabo de un rato empezó a llover, y a media tarde el ciclón se abatió sobre el pueblo. Fue bastante repentino: en lo que recuerdo como un abrir y cerrar de ojos el viento soplaba con furia sacudiendo macizos de flores, árboles y postes de la luz, que mi hermano y yo veíamos desde una ventana del salón. Difuminados tras las violentas ráfagas de lluvia, más allá del muro que rodea la finca, avistábamos prados en pendiente y extensos bosques cuyo verde oscuro se confundía a lo lejos con el gris y el negro del cielo, y si nos acercábamos a otra ventana más protegida podíamos ver la casa de mis primas por detrás de la vegetación del camino. Las imaginé allí dentro, a resguardo del temporal, tal vez mirando admiradas por una ventana como estábamos haciendo nosotros. De vez en cuando oíamos a pocos metros una teja estrellándose contra el suelo de piedra. Me pareció distinguir el chillido lejano de un pájaro entre el fragor del viento, pero no le dije nada a mi hermano. Nos preguntamos cómo andarían los perros; fuimos hasta el garaje, y al abrir la puerta los vimos durmiendo plácidamente cerca de la caldera de la calefacción. Cuando anochecía se fue la luz, de modo que encendimos una linterna, sacamos velas de los cajones de la cocina y las distribuimos por las habitaciones de la planta baja. Al pasar por el vestíbulo y levantar la cabeza, me asustó ver las escaleras de madera que desaparecían en la oscuridad de la primera planta, y al entrar en el salón con una vela en la mano evité mirar el reflejo de mi rostro en el espejo colgado de la pared. Pero estábamos bien allí, sentados en el amplio sofá y cubiertos de mantas, mientras recordábamos otras noches de tormenta en el pueblo del interior donde habíamos vivido años antes y mi padre nos contaba anécdotas de la mili o del colegio mayor. Pensé en los alumnos internos del colegio, que debían de estar pasándolo en grande en las habitaciones de la sexta planta del gran edificio que durante el curso hacía las veces de internado, gastándose bromas pesadas y sabiendo que no tendrían que ir a clase al día siguiente…

Al día siguiente, después de la tempestad, llegó la calma. Los árboles plantados en torno a nuestra casa habían resistido el ciclón, aunque el alpendre construido contra el muro al fondo de la finca perdió parte del tejado de amianto. La casa de mis primas no había sufrido daños, pero el viento había derribado una verja cubierta de hiedra y terminó desplazando el Citroën 2CV de mi tía hasta un maizal contiguo. Según contarían luego los vecinos, en algunas viviendas de los alrededores habían volado muchas tejas, lo que permitió a la lluvia alcanzar desvanes y habitaciones de las plantas superiores. A última hora de la mañana bajamos en coche hasta el pueblo. En la avenida de las afueras, bajo un cielo húmedo y gris, las propietarias de los comercios salían a la calle con mandilones sobre los jerséis de cuello vuelto y barrían los cristales esparcidos por la acera delante de los escaparates. Después de parar un momento en el centro, mi padre condujo hasta el extremo del puerto pesquero y aparcó frente a uno de los pilares del puente del ferrocarril que pasa a veinte metros por encima del viejo aserradero. Las amarras de varios botes se habían roto; uno había chocado contra una de las cepas del puente y los otros habían terminado varando en la pequeña playa contigua. Dos árboles de un prado cercano a la vía férrea se habían venido abajo. Las raíces quedaban al descubierto, y troncos y ramas colgaban peligrosamente en el vacío sobre el dificultoso sendero de tierra que desciende hasta la arena entre las rocas y la maraña de vegetación. Salimos del coche envueltos en abrigos y anoraks y paseamos unos minutos por el muelle, adonde llegaba un agradable olor a brea y salitre, mientras contemplábamos las olas que rompían contra las formaciones rocosas en el otro extremo de la playa, las aguas embravecidas de la ría y la línea plateada, difusa y lejana, que dibujaba el mar abierto al perderse en el horizonte. De vuelta a casa, nos fijamos en que seguía en pie un hermoso castaño que habían plantado muchos años atrás frente al solar donde ahora estaba el internado. Cuando mi abuelo decidió comprar el solar y llevar a cabo la obra, les había indicado a los obreros que no cortaran el árbol, y el castaño era hoy era uno de los más antiguos de la avenida.

Unos días después del ciclón, mi abuelo salió de casa a eso de las cuatro y media y se encaminó hacia el internado, donde se disponía a trabajar hasta última hora de la tarde en su despacho de la planta baja. Luego, como habitualmente durante la semana, se acercaría hasta el centro del pueblo y compraría una revista en el estanco, recogería un pantalón en la sastrería o tomaría un vino con viejos conocidos en alguna tasca al finalizar la jornada. En aquel momento apenas se veía a gente por la avenida, ya que en el colegio aún no habían terminado las clases y todavía faltaban unos minutos para que abrieran los comercios del barrio. Mi abuelo cruzó la calle, dejó atrás un bloque de viviendas y anduvo en dirección a la entrada principal del internado. El castaño estaba situado a pocos metros de la puerta de aluminio y cristal. Cuando mi abuelo pasó por delante del árbol, la copa se quebró y se vino abajo, le cayó encima y lo derribó con fuerza contra el suelo de cemento. Mi abuelo quedó atrapado entre las ramas, maltrecho por el impacto e incapaz de erguirse y desembarazarse de aquel peso. Un cuarto de hora después, un vecino que salía del bar contiguo al colegio volvió la vista y reparó en que el viejo castaño se había roto, y luego avanzó unos pasos, extrañado, porque le pareció que algo se movía bajo la hojarasca. Llamó a los que estaban dentro del local, y de inmediato cuatro o cinco personas cruzaban la calle y se apresuraban a  retirar la copa del árbol y sacar de allí a mi abuelo. Lo ayudaron a caminar de vuelta a casa mientras desde el bar telefoneaban al médico del pueblo. Cuando éste lo examinó le aconsejó pasar en cama el resto de la jornada, aunque no se había hecho nada grave.

Al día siguiente, ignorando el consejo de familiares y amigos, mi abuelo salía otra vez de casa a primera hora de la tarde y echaba a andar hacia el internado ayudándose con un bastón y cojeando ligeramente. Era un hombre bregado por la vida y muy poco dado a la sensiblería; pero cabe preguntarse si cuando llegó a la altura del castaño, frente al que había pasado de camino a su despacho durante los últimos años, algo se estremeció dentro de él. Veinte minutos después terminaban las clases de la tarde, y en medio del bullicio habitual un profesor detenía el tráfico en el paso de cebra para que cruzáramos la calle. Algunos alumnos subíamos a los autobuses escolares estacionados cerca del colegio, mientras los conductores fumaban un cigarrillo y charlaban junto a los vehículos antes de arrancar. Las madres de otros chavales se saludaban y paraban a hablar un momento al entrar y salir de las tiendas, ellos corrían a su alrededor por la acera, y la vida seguía su curso en la pequeña avenida de las afueras del pueblo.

miércoles, 12 de febrero de 2014

ATARDECER EN LAKE VALLEY

El forastero llegó al atardecer a Lake Valley, Nuevo México, mientras cabalgaba de camino hacia el sur. Recorrió al paso la calle principal prestando atención a la gente con la que se cruzaba y frenó el caballo frente a una oficina de correos situada al otro extremo de la ciudad. En la pared había un cartel en el que se ofrecía una recompensa por la captura de un fugitivo de la justicia. El forastero arrancó el papel y le echó un vistazo. Su rostro se ensombreció. Dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Un hombre corpulento, aseado y recién afeitado, salía en ese momento de la barbería contigua. Se detuvo en lo alto de las escaleras y observó al forastero, que se disponía a seguir adelante.

–Un momento –dijo el hombre de la barbería–. Antes de marcharse, deje eso donde estaba.

El forastero miró hacia él.

–¿Se refiere al anuncio?

El otro no respondió.

–No creo que le interese a nadie –repuso el forastero con forzada cordialidad–. A estas alturas, el fugitivo ya debe de estar llegando a Durango.

–Eso no es asunto suyo. Tal vez alguien quiera sacarse unos dólares con la captura de ese tipo.

La cordialidad se borró del rostro del forastero. Espoleó el caballo, pero el otro hombre sujetó la rienda y lo hizo detenerse. El animal relinchó y se movió adelante y atrás. La gente que pasaba volvía la cabeza hacia la barbería. El forastero bajó la vista.

–Suelte la rienda –murmuró.

–Deje eso donde estaba –repuso el hombre de la barbería.

El forastero trató de seguir adelante pero el otro se lo impidió.

–¿Es que no me ha oído? –insistió sin soltar la rienda.

El forastero hizo ademán de separarlo y el otro tiró de su pierna hacia arriba y lo mandó a tierra. Los transeúntes se detuvieron con interés. El barbero salió a la puerta y el cliente del que se ocupaba en ese momento se asomó a la ventana con una toalla al cuello y media cara cubierta de espuma. El forastero se puso en pie rápidamente y se quitó la chaqueta, y los que lo rodeaban repararon en la estrella de plata prendida de la solapa. Su agresor, que acababa de apartar el caballo y se acercaba con los puños cerrados, se detuvo al ver cómo llevaba las manos al cinturón, del que colgaban dos Colts. Cuando el forastero se quitó el cinturón, el otro cargó contra él. Los espectadores abrieron bien los ojos. El forastero paró la acometida y de un puñetazo mandó a su rival al otro lado de la calle. Éste se repuso y volvió a la carga con furia. Tras un duro intercambio de puñetazos, el hombre de la barbería cayó contra el costado del caballo. El animal se encabritó y el hombre de la barbería se desplomó agotado. Había perdido por completo el aspecto pulcro que tenía antes. El forastero se acercó hasta su caballo. Uno de los que habían presenciado la pelea echó a andar hacia él con paso firme, y al verlo acercarse el forastero sacó un revólver de la canana. El otro se detuvo.

–¡Ya basta! –exclamó el forastero–. ¡Soy el marshall John Brennan, de Silverton! Voy en busca de mi hermano Tom y ningún cazador de recompensas lo va a encontrar antes que yo.

Mientras se ponía el cinturón y la chaqueta los curiosos se hicieron a un lado para que pudiera montar, aunque ya estaban a una distancia suficiente desde que habían visto el revólver en su mano derecha. 

–¿De qué lo acusan? –preguntó una mujer mexicana que había salido de un almacén y lo miraba con cierta simpatía.

–Ahora ya de nada –respondió el marshall a lomos del caballo–, por eso tengo que encontrarlo.

Pero, dos semanas antes, Tom habría perdido la vida si Brennan y Carter, su ayudante, no hubieran actuado con rapidez. El alcalde de la ciudad y Tom se habían peleado una noche en plena calle después de que el primero agrediera a una de las mujeres del saloon, y varios vecinos formaron un corro en torno a su hermano y lo echaron a patadas. El alcalde apareció muerto de madrugada cerca del local, y los que acudieron al oír el disparo acusaron de inmediato a Tom. Brennan se encargó de sacarlo de la habitación de la pensión donde dormía, y una vez en la cárcel Carter y él tuvieron que alejar a tiros a la turba que se había formado ya para lincharlo. Brennan  se preguntaba qué podía hacer por su hermano, pero Carter lo vio claro: le abrió a Tom la puerta de la celda y lo dejó huir por una ventana mientras Brennan trataba de calmar los ánimos en la puerta principal. Éste se enteró más tarde y salió en su busca. Siguió su rastro hacia el sur, y tras varios días de marcha se disponía a retomar el viaje después de descansar en San Antonio, cuando Carter llegó a lomos de un caballo agotado y le dijo que habían descubierto al verdadero asesino. La mujer a la que defendió Tom confesó haber visto cómo un desconocido seguía al alcalde hasta la calle, se encaraba con él en un callejón y terminaba disparándole a quemarropa. Luego había huido hacia el norte, todas las ciudades situadas a lo largo del camino habían recibido ya una orden de busca y captura. La mujer ignoraba el motivo del enfrentamiento, y decía que nunca habría delatado al desconocido si no fuera porque Tom iba a pagar en su lugar. Su hermano ya no tenía nada que temer, era ahora cuando el marshall debía encontrarlo, antes de que un cazador de recompensas le disparara por la espalda o de que desapareciera para siempre al otro lado de la frontera.

Brennan picó espuelas y los curiosos se apartaron un poco más mientras salía al galope de Lake Valley. Pronto lo perdieron de vista, y el único rastro de su paso era una nube de polvo que se desvanecía a la luz del atardecer en lo alto de una colina.

jueves, 9 de enero de 2014

LA CHICA DEL VIDEOCLUB

A Javier
Durante un par de años hubo en mi pueblo dos videoclubs, uno situado bajo los soportales de la Calle Real y el otro en la calle de las afueras que conduce hasta la estación de ferrocarril. Éste era mi preferido, no porque tuviera muchas películas sino porque algunas eran viejos clásicos que siempre había querido ver, títulos algo olvidados que los más mayores recordaban haber visto en el cine y quizá luego en algún lejano pase televisivo. Allí alquilé La jungla en armas, La venganza del bergantín, Tambores lejanos o Pasos en la niebla. El propietario era un tipo de pocas palabras que se parecía a David Johansen y pronto me saludaba con cierta familiaridad. Debí de ser uno de los clientes más asiduos de aquel videoclub, hasta que lo cerraron por motivos que nunca estuvieron del todo claros. Así que tuve que volver al local más concurrido de la Calle Real, donde había la oferta habitual de grandes producciones como Ben-Hur, Estación polar Cebra, Cimarrón o El coloso en llamas, películas que alquilaban al final de la semana los niños que salían del colegio, las madres que hacían la compra o los padres que salían del trabajo, para ver en familia el sábado por la noche.

Cuando yo tenía catorce años, empezó a trabajar en el videoclub una chica de unos veinte que venía de una aldea cercana y vivía en un pequeño edificio de las afueras. Hacía piragüismo, era alta y muy guapa y tenía un cuerpo esbelto y vigoroso, y un aire exótico y agitanado, que causaron sensación en la zona e hicieron que con su llegada aumentara la clientela masculina de la tienda. A decir verdad, a mí no me atraía demasiado: mucho más que las chicas de mi edad o que la diosa del videoclub, me gustaban las atractivas y cuarentonas dependientas de las mercerías, fruterías, zapaterías, pescaderías, panaderías y papelerías del pueblo, a las que veía trabajar al otro lado de los escaparates cuando pasaba por delante. Empecé a frecuentar aquellas tiendas y a charlar con sus empleadas o con sus dueñas con una falta de timidez que me sorprendió a mí mismo. Alguna me consideraba un pobre diablo y otras me trataban con cierta simpatía y parecían alegrarse al verme llegar, aunque no acababan de entender qué pintaba por allí tan a menudo.

Quien no me consideraba un pobre diablo era mi amigo Miguel, un chaval que repetía por tercera vez primero de BUP cuando llegué al instituto. Miguel era un tipo de una pieza, jugaba muy bien al balonmano, las chavalas del pueblo estaban locas por él y siempre acababa liado con alguna los sábados por la noche, lo que sentaba muy mal a sus compañeros de clase. El primer día del curso tuvimos que sentarnos juntos porque sólo quedaba libre aquella mesa. Por la tarde, ya hablábamos con familiaridad de la música que nos gustaba escuchar, de las hostias que pegaban en el colegio donde resultó que habíamos estudiado ambos, de alumnos del internado a los que no habíamos vuelto a ver, de la lancha motora que mis padres compraron cuando nací yo y fue la primera del pueblo o de nuestras películas favoritas. Durante las semanas siguientes, a la vez que nos hacíamos amigos, una extraña hostilidad por parte de compañeros y profesores iba creciendo en torno a nosotros. Yo evitaba salir al pasillo si determinados alumnos pasaban en ese momento y Miguel dejó de frecuentar algunos bares donde, cuando entraba con una chica, siempre había alguien que terminaba por empujarlo o por hacer caer su vaso tratando de provocar una pelea.

Miguel tenía una cierta facilidad para enamorarse. Además, se indignaba cuando en una película o en la vida real alguien hacía sufrir a una mujer, y sostenía con conmovedora convicción que a violadores y a maltratadores, como primera medida y al margen de otras disposiciones legales, había que caparlos a martillazos. A él sí le gustaba la chica del videoclub, y le atraía más a medida que iban pasando las semanas. Los sábados por la noche recorríamos los bares y las discotecas del pueblo en su busca, pero siempre la encontrábamos tomando una copa o bailando con su novio, un caimán de los alrededores al que me sonaba haber visto ganar alguna competición de piragüismo. Cuando yo iba a alquilar una película, Miguel venía conmigo y fingíamos que la cuenta era suya para pagar él y así tener ocasión de hablar con la dependienta. Ella siempre se dirigía a nosotros con una mezcla nada calculada de amabilidad e indiferencia, y sin dedicarnos nunca más palabras de las imprescindibles. Si nos cruzábamos por la calle, respondía algo sorprendida a nuestro saludo porque no nos había reconocido. Cuando entrábamos en la tienda, apenas levantaba la mirada de la revista que estaba leyendo al ver llegar a dos chavales cuyos rostros quizá le resultaran lejanamente familiares.

Fueron pasando los meses, y después de una larga y confusa sucesión de expulsiones del instituto, bromas crueles, humillaciones, agresiones, peleas, faltas a clase y suspensos, terminó el curso y llegó el verano. Miguel no podía quitarse de la cabeza a la chica del videoclub, y con una mezcla de ilusión y melancolía esperaba verla remar río abajo durante el descenso que tenía lugar a principios de julio, coincidiendo con el comienzo de las fiestas locales. El día anterior, a media tarde, las calles del pueblo se iban llenando de vecinos que volvían de la playa, de familias que vivían en aldeas cercanas o de chavales que venían de otros municipios para disfrutar de una noche animada y previsiblemente violenta. Había un anhelo palpable de bronca colectiva y una violencia implícita en gestos y miradas, y a lo largo de las horas siguientes más de un chaval de fuera iba a verse envuelto en una pelea con quince o veinte del pueblo, de la que saldría en ambulancia y sin ganas de volver a poner un pie por allí.

Miguel y yo entramos en unos bares, evitamos otros, hablamos con amigos y conocidos, tomamos bastantes copas y acabamos en una discoteca del centro, no porque nos gustaran el ambiente o la música (aunque a veces ponían alguna canción buena), sino porque era donde paraban los piragüistas a esa hora. Vi a la chica del videoclub en la pista, bailando al ritmo del “Red Red Wine” de Neil Diamond interpretado por UB40 mientras su novio charlaba con remeros del equipo local en las mesas del fondo, tal vez de la competición que se iba a celebrar al día siguiente y probablemente fuera a ganar alguno de ellos. Si un desconocido de su edad o de la de Miguel aparecía con una chica como aquella, en un cuarto de hora podía salir de allí con los pies por delante, y quizá también le cayera alguna hostia a ella. Pero a la chica del videoclub y a su novio parecían respetarlos tanto los demás piragüistas como el resto de la gente. Miguel aún no se había dado cuenta de que no estaba sola, y mientras yo me dirigía a uno de los camareros fue hasta la pista y empezó a bailar muy cerca de ella. No tardó en situarse a su lado, buscando una comunicación que, por la forma en la que ella seguía moviéndose sin hablarle ni mirarlo, pronto comprendí que no se iba a dar. Miguel insistía, echando mano de tácticas bien ensayadas que habrían funcionado con cualquier otra chica del local pero no estaban funcionando con la única que le gustaba a él. Me volví hacia las mesas y observé a los piragüistas. El novio de la chica del videoclub parecía sentirse a gusto, charlaba con unos y con otros, bebía un trago y de vez en cuando miraba la pista y contemplaba a su novia con orgullo mal disimulado. A pesar de su aspecto algo amenazador, se veía a la legua que no era mal tipo y que la quería, y también que no le estaba quitando el ojo de encima a Miguel. Decidí aconsejar a mi amigo que dejara las cosas donde estaban, pero acabó dándose por vencido y antes de que yo me levantara regresó a la barra con aire abatido.

–Nada, tío, no hay manera –dijo en voz alta para hacerse oír por encima de la música y el ruido. Terminamos las consumiciones, salimos de la discoteca y nos alejamos calle abajo abriéndonos paso entre la multitud. Pronto llegamos a una zona tranquila de las afueras, desde donde se veían los bares del puerto y el extremo del puente que salva el último tramo del río y constituye el acceso principal al pueblo. Caminamos unos minutos por la orilla y nos detuvimos en un parque con árboles y bancos de madera algo alejado del centro. Contemplamos en el agua el reflejo de las luces de las aldeas desperdigadas entre los montes del otro lado. Se me pasó por la cabeza que quizá un día sería conveniente marcharse de allí, conocer otras gentes y otros lugares, pero en aquel momento Miguel sólo podía pensar en la chica del videoclub, así que ya habría tiempo para hablar de eso en otra ocasión. Estuvimos un rato parados en silencio frente al río mientras llegaban a nuestros oídos los ruidos lejanos de la fiesta. Luego decidimos volver a nuestras casas. De regreso hacia el centro, nos desviamos por una calle tranquila en la que nunca se veía a nadie a esa hora y pasamos por detrás del edificio donde vivía la chica del videoclub. Sabíamos que había alquilado uno de aquellos apartamentos de la planta baja cuyas habitaciones traseras, debido al desnivel del terreno, estaban a la altura de un primer piso. Sin decir una palabra, aminoramos el paso hasta detenernos debajo de una ventana que supusimos la suya y miramos hacia arriba. A un par de metros por encima de nuestras cabezas había un tendal para la ropa, y de él colgaban varias prendas entre las que pudimos distinguir unas bragas de satén negro que parecían brillar a la luz de la luna. Hice ademán de seguir adelante, pero Miguel no se había movido ni apartaba la vista del tendal. Aunque nunca lo había pensado antes, en ese momento se me ocurrió que no me importaría hacerme con unas bragas, lavadas o no, de alguna de mis queridas dependientas. Me acerqué hasta él.

–Tienen que ser suyas –murmuró–. Cómo me gustaría conseguirlas….

–A lo mejor puedes cogerlas de un salto –propuse.

Dudó unos segundos, quizá preguntándose qué iba a pensar ella cuando, al día siguiente, descubriera la ausencia de las bragas. Luego tomó impulso mientras yo me hacía a un lado y saltó con todas sus fuerzas, pero el tendal estaba fuera de su alcance. Volvió a intentarlo tres o cuatro veces con el mismo resultado. El ruido de sus pisadas al caer resonaba por toda la calle. Alguien abrió una ventana en el edificio de enfrente, y al volvernos hacia allí vimos a un tipo de unos sesenta años que nos estaba observando desde una habitación con la luz apagada en la tercera planta. Después de aquellos intentos fallidos, deliberamos un momento y decidimos que uno de nosotros trepara por encima del otro, se pusiera de pie sobre sus hombros, se apoyara con una mano en la pared y con la otra tratara de alcanzar el tendal. Yo era el más delgado y Miguel el más fuerte, así que juntó las manos, puse un pie encima de ellas y haciendo un esfuerzo subí hasta su espalda. Luego él se irguió todo lo que pudo y yo, sin apartar la mano izquierda del punto de apoyo, estiré el brazo derecho hacia la cuerda del tendal de la que colgaban las bragas.

–¿Qué, lo estáis pasando bien, mierdecillas? –exclamó de pronto el tipo de la ventana. –¿Queréis que vaya ahí?

Conseguí acercarme unos centímetros más al tendal.

–¿Me estáis oyendo, mamones? –insistió el de la ventana al no obtener respuesta.

–¡Que te jodan! –dijo Miguel tratando de no cambiar de posición.

–Si pudieras moverte un poco hacia delante… –murmuré a la vez que intentaba no perder el equilibrio. Miguel avanzó un paso, pero tuve que apoyarme en la pared con las dos manos porque estaba a punto de caer. Volví a intentarlo, y mis dedos casi habían alcanzado las bragas cuando Miguel se giró ligeramente a la izquierda.

–¿Pasa algo? –pregunté.

–¡Apura, Toñito, que viene la poli! –exclamó.

Al volver la cabeza pude ver un coche de la policía municipal que doblaba una esquina entre dos edificios y avanzaba hacia nosotros desde el otro extremo de la calle. Con un último esfuerzo, conseguí sujetar las bragas y me vine abajo mientras oía cómo se desprendían de las pinzas haciendo vibrar la cuerda del tendal. Miguel me ayudó rápidamente a levantarme.

–¿Estás bien? –dijo, y tras mi respuesta afirmativa añadió: –¿las tienes?

–Aquí están –respondí mostrándole las bragas, y él sonrió y me apoyó la mano en un hombro. Notamos en la cara el resplandor de los faros. El coche aumentó la velocidad, el tipo de la ventana empezó a vociferar y nosotros salimos por pies con las bragas a buen recaudo, rehicimos a trompicones el camino andado y huimos a todo correr por la orilla del río.