jueves, 29 de noviembre de 2018

PANAME BLUES

I
El Beaurepaire era un imponente hotel de cuatro estrellas situado en la parisina rue de Rivoli, a medio camino entre la plaza de Chatelet y la de la Concordia. Hubo un tiempo en que fue un establecimiento prestigioso, pero después de sucesivos cambios de propietarios comenzó a resultar habitual que no saliera agua caliente de las duchas, que el aire acondicionado se averiara en pleno verano, que en un apartamento para cinco personas sólo hubiera hechas dos camas o que no funcionara alguno de los ascensores. En la recepción no se podía dar la espalda a un compañero y todos culpaban a todos de los continuos errores en la organización, los cobros y las facturaciones. Los jefes de equipo maltrataban a los botones y a los clientes, los botones maltrataban a las recepcionistas en prácticas, los recepcionistas se maltrataban entre ellos, todo el mundo odiaba al equipo de noche y la jefe de recepción pasaba el día sentada frente a su ordenador rezando para que aquel caos no llegara a oídos de la dirección.

Yo trabajé un par de años en el turno de noche, tras la partida del anterior recepcionista nocturno por su falta de entendimiento con nuestro responsable. Tampoco yo me entendí con él, pero a las pocas semanas fue el responsable quien se marchó porque no se entendía con la jefe de recepción. En su lugar contrataron a Jaime, un venezolano que había trabajado en varios hoteles de su país hasta alcanzar el puesto de director en un cuatro estrellas de Caracas. En el Beaurepaire le habían prometido algo similar si se encargaba del turno de noche mientras buscaban a otro responsable, pero pasaban los meses y Jaime seguía en el mismo puesto. Nunca supe por qué se marchó de Venezuela, aunque en una ocasión me comentó que había estado casado dos veces. Era muy poco hablador, y el tiempo que coincidíamos en la recepción lo dedicaba a corregir los errores que yo cometía y a explicarme los secretos de aquel oficio completamente nuevo para mí.

Una noche sofocante de finales de agosto, alrededor de la once y media, Jaime y yo vimos salir del ascensor y caminar apresuradamente hacia la recepción a un cliente japonés de unos cincuenta años. Se apellidaba Tanaka y formaba parte de un grupo de treinta personas que al día siguiente se marchaban en un autobús a las seis y media de la mañana. Su aspecto pulcro habitual y sus movimientos apresurados transmitían una impresión de eficacia, matizada por un tic facial que parecía revelar una cierta inseguridad, como si viviera con la impresión de que algo se le podía ir de las manos en cualquier momento. Tanaka se detuvo ante el mostrador, y el tic se acentuó mientras nos explicaba con gesto angustiado lo que le sucedía: durante su estancia en París había guardado el pasaporte en la caja fuerte de su habitación, y ahora no conseguía abrirla. Jaime subió con él y regresó al cabo de veinte minutos sin haber logrado abrir, pero habiéndole asegurado que íbamos a llamar al servicio técnico y el problema se resolvería en breve. El servicio técnico era Saïd, un antiguo legionario cuyo teléfono móvil debía estar permanentemente encendido por si surgía alguna emergencia. En realidad, cuando Jaime lo llamó ni a él ni a mí nos sorprendió que el teléfono estuviera apagado. Jaime volvió a marcar su número y no obtuvo respuesta, así que le dejó un mensaje informándolo de lo que sucedía y retomó su trabajo de contabilidad, con la esperanza de que Saïd lo oyera antes de la partida de Tanaka y pudiera venir a tiempo de abrir la caja fuerte. Pero Tanaka no conseguía dormir, y a eso de la una y media apareció de nuevo por la recepción y me preguntó de forma atropellada si habíamos localizado al técnico. Aunque él no hablaba francés y en inglés nos costaba comunicarnos a causa de nuestros diferentes acentos, conseguí hacerle entender que no tenía nada de qué preocuparse, que el servicio técnico siempre estaba funcionando antes de las seis y media (lo que en teoría era cierto, pero Saïd solía llegar alrededor de las siete), y que en el momento de marcharse tendría consigo el pasaporte. Lo vi alejarse poco convencido, y durante el resto de la noche llamó varias veces preguntando si se había presentado ya el técnico.

Antes de acostarse, cada miembro del grupo de japoneses había dejado sus maletas frente a la puerta de la habitación, para que uno de nosotros las fuera bajando a partir de las seis mientras el otro se encargaba de los cobros y las salidas, que tendrían lugar a partir de las seis y cuarto. El sistema habría sido eficaz si hubiera habido un botones además de dos recepcionistas, pero el de la mañana empezaba su turno a las siete y diez. A las cinco y media, cuando yo volvía de hacer la segunda ronda, cinco o seis norteamericanos borrachos entraron en uno de los ascensores que había junto a la recepción y se quedaron bloqueados en la planta baja. Subí en el otro ascensor a la séptima planta, trepé hasta la sala de máquinas por una escalera estrecha, grasienta y resbaladiza, desconecté el motor del ascensor y lo conecté unos segundos después. Cuando las puertas se abrieron, Jaime hizo salir a los americanos con malas maneras mientras yo bajaba a la cocina para preparar el desayuno de un cliente habitual que se levantaba temprano y lo quería en su habitación antes de la hora a la que empezaba a funcionar el servicio. A las seis y cinco estaba de vuelta en la recepción, donde Jaime acababa de llamar a Saïd, sin resultado. Ignoramos una llamada proveniente de la habitación de Tanaka y decidimos que Jaime se ocuparía de las maletas de los japoneses y yo haría las salidas. De camino al ascensor se le ocurrió intentar perforar la puerta de la caja fuerte con un taladro a pilas que había en algún lugar del garaje, decisión desesperada e inútil que aumentó mi aprecio por mi compañero. En seguida empezaron a llegar los japoneses, y entre señas y aspavientos referentes a lo tardío de la hora me indicaron que las maletas todavía estaban en los pasillos. Mientras intentaba tranquilizarlos, a la vez que les iba cobrando la estancia tratando de no mezclar las facturas y los tiquets, vi pasar a Jaime con el taladro en una mano y el teléfono en la otra. El autobús aparcó delante del hotel a las seis y veinte y de él se apeó una japonesa con un rostro adusto y mucha vida a sus espaldas, responsable del grupo y de otros que se habían alojado allí con anterioridad y terminaron envueltos en incidentes similares. La puse al corriente del contratiempo de la caja fuerte y pude leer en su mirada como si estuviera escrito en grandes letras de neón que nunca volvería a meter a nadie en aquel hotel de deficientes mentales. Entre tanto, Jaime localizaba a Saïd, al que vi pasar apresuradamente hacia la habitación de Tanaka varios minutos después de haber cobrado la última habitación y unos minutos antes de que Jaime terminara de bajar las maletas, que fuimos distribuyendo por el portaequipajes del autobús con la ayuda de un conductor impertinente y apurado. Tanaka bajó corriendo a las siete menos cuarto, consiguió pagar su estancia tras una pequeña dificultad con la máquina de las tarjetas de crédito y subió al autobús a las siete menos diez junto con la responsable del grupo, que acababa de darnos la espalda sin despedirse. Desde la recepción, Jaime y yo vimos cómo el vehículo arrancaba y salía a toda velocidad por la rue de Rivoli camino del aeropuerto.
II
A partir de la una de la madrugada, en el hotel Beaurepaire había cierto trasiego de putas, normalmente negras, a las que solían telefonear turistas ingleses y norteamericanos o clientes franceses que se encontraban en París por motivos de trabajo. Algunos nos pedían sus números de teléfono a los recepcionistas de noche, pero el jefe de equipo nos advirtió que podíamos ser acusados de proxenetismo y perder nuestro empleo, que podían terminar considerándonos improvisados y poco creíbles maquereaux. Las negras solían montar una pequeña juerga en el ascensor cuando uno de nosotros tenía que acompañarlas hasta la habitación del cliente. Si éste era un inglés o un norteamericano adinerado, al cabo de un rato solía pedir una botella de champán, que el recepcionista le subía sabiendo que no sería raro encontrarlo enzarzado en alguna extraña discusión con la chica, él en albornoz o en bata y ella desnuda dentro de la cama.

De vez en cuando venían mujeres árabes, las preferidas de los clientes africanos. Estos también pedían champán, era raro que dieran propina y se dirigían al recepcionista con una mezcla de familiaridad y desprecio, desprecio que también mostraba la chica en un intento patético de manifestar superioridad hacia quien estaba obligado a servirle en aquel momento. Los clientes árabes solían llamar a mujeres francesas, profesionales de mediana edad o estudiantes. Estas últimas aprovechaban la generosidad del cliente, que siempre daba propina, para pedir algo de comer al servicio de habitaciones, y tuteaban al recepcionista porque tenían su misma edad, alguna incluso podía terminar trabajando en la recepción de ese mismo hotel un par de años después.

Una de esas noches asfixiantes de finales de julio en las que el jardín de las Tullerías se llena de turistas, cuando me faltaban pocos días para irme de vacaciones, paró en la recepción un chaval sudamericano que pasaba unas semanas en París, invitado por el empresario para el que trabajaba su padre. Era un tipo simpático de dieciocho o diecinueve años, algo ingenuo aunque rodado en juergas y salidas nocturnas, y acostumbrado a moverse en hoteles como aquél pero sin alejarse mucho de los barrios caros donde están situados. Me preguntó dónde podía salir a divertirse un rato, le dije que probara en los Campos Elíseos, me pidió que llamara un taxi, y unos minutos después un conductor impertinente se lo llevaba hacia la cercana avenida con la evidente intención de dar un rodeo para subir la cuenta del taxímetro.

El chaval volvió al cabo de tres o cuatro horas, acompañado por una francesa de su edad con la que supuse que se entendería en inglés o en el español que quizá hablara ella. Los vi dirigirse hacia los ascensores, y pasados unos minutos el chaval telefoneó a la recepción para saber si teníamos preservativos. Vino a buscarlos y no volví a tener noticias suyas hasta las seis de la mañana, cuando me llamó de nuevo, angustiado, y me preguntó si el empresario estaba en ese momento en el hotel, porque acaba de descubrir que no tenía dinero suficiente para pagarle a la chica. Tal vez al conocerse se hubieran entendido en algún idioma, pero ahora no era capaz de comunicarse con ella y la chica empezaba a tomarse muy mal lo que estaba sucediendo. Recordé que el empresario había ordenado en el bar que no le sirvieran al chaval más consumiciones a cuenta suya y también que esa noche no dormía en el hotel, aunque probablemente regresara durante la mañana. Le dije esto último al chaval, y él me explicó que sólo le quedaban doscientos euros y me puso con la chica. Cuando supo la cantidad se mostró ofendida, aunque no llegó a decirme cuánto era lo que esperaba cobrar, y me puso con él. En vista de que, por el momento, no había nada que hacer, el chaval me pidió más condones y si esta vez se los podía llevar yo a la habitación, así que se los llevé y él los cogió sin abrir del todo la puerta. Después no supe nada más de ellos. Nadie se interesaba por cómo se resolvían los problemas que surgían durante noche, en realidad a nadie le importaba demasiado si un problema terminaba resolviéndose o no. Al cabo de media hora llegó el equipo de la mañana. Les pasé las consignas a las recepcionistas, les expliqué el apuro en el que estaba el chaval y les dije que en cuanto apareciera el empresario lo pusieran en contacto con él. Luego salí del hotel y caminé hacia la estación de metro por la rue de Rivoli, donde camareros y propietarios empezaban a abrir las cafeterías y el único rastro del bullicio nocturno era algún vaso roto junto al bordillo de la acera.
                 III
Por lo general, la jornada del portero de noche en el pequeño hotel parisino donde trabajo es bastante tranquila, pero en ocasiones hay momentos de tensión debidos a percances repentinos. Hace un par de días, a eso de las dos de la madrugada, un cliente irlandés que había venido con su mujer y su hija sufrió un infarto y tuvieron que llevarlo al hospital, donde habrá de quedarse una semana antes de regresar a su país. La noche siguiente, al llegar al hotel me encontré una botella de vino, en agradecimiento por mi amabilidad durante la crisis.

Ayer hablaba de lo ocurrido con Max, mi compañero, y conveníamos en que hay que disfrutar de cada minuto porque ese minuto puede ser el último. Max recordó algo que había sucedido veinte años atrás, cuando él llevaba seis o siete en Francia. Acababa de coger el traspaso de un bar en la rue Saint-Denis y vivía en un hotel muy barato donde alquilaban habitaciones por mes, situado junto a la Plaza de la Bastilla. Era un edificio viejo, húmedo y ruinoso, dividido en tres grandes bloques de cinco plantas sin ascensor. La habitación de Max estaba en la última planta del tercer bloque, al que se accedía atravesando el portal del primero, un patio interior, el portal del segundo y otro patio interior que daba al tercero.

Por el bar de Max paraba a menudo Mohamed, otro argelino de edad indefinida, desastrado y conflictivo, que se había instalado en un estudio del barrio hacía poco sin que nadie supiera muy bien de dónde venía ni a qué se dedicaba. Aunque en el bar nunca dejaba a deber y se entendía bien con Max y con los clientes habituales, no tardaron en oír que Mohamed no pagaba el alquiler ni los gastos de comunidad, se peleaba con vecinos de los edificios contiguos y apenas saludaba ni hablaba con nadie. Una noche, después de golpear a un controlador del metro al salir de la estación, la policía lo detuvo y lo puso a disposición del juez. Éste terminó decretando su expulsión y regreso inmediato a Argelia, pero en cuanto lo subieron al avión junto con tres compatriotas, Mohamed se desasió de los agentes y comenzó a insultar a los pasajeros, a escupir a las azafatas y a gritar que sólo iría a su país cuando él lo decidiera. El piloto se negó a llevarlos y todos fueron devueltos a comisaría.

Mohamed salió dos días después a media mañana y se acercó directamente hasta el bar de Max para comer algo. Luego estuvo un rato bebiendo, y al caer la tarde era incapaz de levantarse de la silla. Max le aconsejó que volviera a casa, pero Mohamed repuso que no pondría un pie en el estudio y que además el administrador debía de haber cambiado ya la cerradura. Esa noche Max cerraba tarde, así que le ofreció a Mohamed las llaves de su habitación en la Plaza de la Bastilla y lo invitó a dormir allí. Tras unos minutos de atropelladas palabras de agradecimiento, Mohamed salió con las llaves en el bolsillo y caminó tambaleándose hacia la boca del metro, mientras Max, algo inquieto, lo veía alejarse entre la gente.

A media noche, Max observó cómo los clientes dejaban de hablar poco a poco y prestaban atención al informativo que estaban pasando en televisión. A petición de uno de ellos, subió el volumen: al parecer, horas antes se había declarado un gran incendio en un hotel de la Plaza de la Bastilla, que resultó ser donde se alojaba él, y los tres bloques de viviendas habían ardido hasta los cimientos. Max cerró el bar precipitadamente, cogió un taxi y veinte minutos después llegaba a una plaza atestada de curiosos, entre los que se abrían paso los agentes de policía, los cámaras de televisión, el personal sanitario y los bomberos. Éstos le explicaron que, dada su ubicación, todavía no habían logrado acceder al último bloque cuando el edificio se vino abajo, así que no quedaba rastro de Mohamed. Era uno de los peores incendios de los últimos años y se había cobrado muchas víctimas mortales. Durante los meses siguientes, Max tuvo que pelear a menudo con el sentimiento de culpa y la impresión de que Mohamed había muerto en su lugar. Al cabo de un tiempo, en el solar donde estaban situados los cimientos del edificio construirían un gran hotel de cuatro estrellas.

–La muerte lo estaba esperando allí –me decía Max–. Cuánto mejor le hubiera sido no bajar de aquel avión. Con esa vida que llevaba, ¿no le daba lo mismo un país que otro?

Yo asentí en silencio.
IV
Cuando el revisor entró en el compartimento al caer la noche, se encontró a una mujer con sombrero y traje azul marino que leía abstraída sin ser consciente de su presencia. El revisor se preguntó si regresaría a París de un viaje de trabajo, pues tenía aspecto cansado, o tal vez algo triste. Después de comprobar el billete salió, cerró la puerta con suavidad y la dejó sola, pero no pudo evitar echarle un último vistazo antes de seguir con su tarea. Mientras avanzaba por el pasillo, entraba en los demás compartimentos y comprobaba un billete tras otro, el revisor no dejaba de pensar en aquella mujer. Tras recorrer el vagón se paró frente a una ventanilla, y a la vez que veía el paisaje boscoso y húmedo que pasaba velozmente ante sus ojos, trató de recordar los mínimos detalles de su aspecto. Después de reflexionar durante unos minutos, se dio cuenta de que la agradable sonrisa con la que lo despidió y aquella mezcla de elegancia, placidez y tristeza (pues era eso, más que el cansancio, lo que realmente transmitía) con la que se topó en cuanto abrió la puerta del compartimento, le hacían sentir ahora una profunda melancolía. El revisor se preguntó cómo habría empleado su tiempo la mujer a lo largo del día y qué se disponía a hacer cuando bajara del tren. Eso lo llevó a preguntarse también si habría alguien esperándola, a imaginar una intimidad compartida y a envidiar lo que, al mismo tiempo, no ignoraba que no eran más que simples conjeturas. Y como le había sucedido anteriormente en tantas ocasiones, preguntarse cómo sería la vida de otras personas le hizo reflexionar sobre la suya.

El revisor hacía por primera vez la línea Brest-París, se llamaba Max y tenía cuarenta y cinco años. Había nacido en Argelia y hasta los veinticinco había trabajado de mecánico en un taller de coches en Argel. Después de casarse, su mujer y él emigraron a Francia, alquilaron un apartamento en La Courneuve y a Max lo contrataron de recepcionista de noche en un pequeño hotel de Barbès. Pero aquel establecimiento no tardó en cerrar, así que Max desempeñó diversos empleos, y al poco de encontrar trabajo como revisor su mujer le echó en cara el haberla empujado a marcharse en busca de una oportunidad que no llegó, y por ese y otros motivos regresó sola a Argelia. Desde entonces, la soledad, la tristeza y una soterrada inquietud que acompañaba a Max desde su llegada a Francia iban en aumento. La policía solía pedirle la documentación cuando se apeaba del tren en La Courneuve. El portal de su edificio había sido destrozado en numerosas ocasiones. Los vecinos se peleaban entre ellos y se insultaban de una ventana a otra. Max frecuentaba los bares a los que acudían sus compatriotas, pero, aunque había olvidado ya a su mujer, seguía echando de menos a su familia y su vida en Argel, y tenía la impresión de no pertenecer ni a su país de origen ni al de adopción. Tal vez por eso, cada semana se fijaba en algún pasajero que por un motivo u otro llamaba su atención y se hacía preguntas sobre su vida. Sin embargo, de todas las mujeres a las que había visto en los vagones muy pocas habían sonreído al pedirles los billetes y ninguna le había atraído tanto como ésta.

El tren llegó a la estación Montparnasse y los pasajeros recuperaron sus maletas, se apearon y dejaron atrás los andenes en dirección a las cafeterías, los quioscos y las diferentes salidas. Max los observaba desde el interior de un vagón que se iba quedando paulatinamente vacío. Dentro de poco él también recorrería una estación prácticamente desierta, cogería la línea 4 de metro hasta Saint-Michel Notre-Dame y luego el tren hasta La Courneuve Aubervilliers, el mismo que conducía al aeropuerto Charles de Gaulle, de donde salían los aviones para Argel. Al día siguiente no trabajaba, así que, como de costumbre, tal vez se desviara hasta Barbès Rochechouart para tomar algo en algún bar donde poder alejar la soledad durante un rato. Se disponía a volverse cuando reparó en que la mujer del sombrero y el traje azul marino pasaba en ese momento por delante de la ventanilla con una pequeña maleta en la mano. Max la observó, y como ella levantó un instante la cabeza sus miradas se cruzaron. La mujer le sonrió y lo despidió con un leve gesto de la mano, así que Max la imitó y luego la siguió con la vista mientras caminaba en dirección a la salida más cercana. Se sintió ridículo al notar cómo le invadía una alegría culpable tras comprobar que no había nadie esperándola en el andén. En sus horas de soledad, muchas veces había reflexionado acerca de las variadas maneras en que las personas llegan a conocerse más allá de los bares o los lugares de trabajo. Mientras la veía alejarse, se preguntó si la mujer tenía que desplazarse a Brest por motivos profesionales, si la semana siguiente haría ese mismo trayecto, y si, en ese caso, al volver a verlo ella lo reconocería de nuevo.
V
La jornada del recepcionista nocturno en el pequeño hotel donde trabajo deja mucho tiempo para pensar, leer, ver una película o hacer lo que uno quiera. En general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad, pero de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Una noche de diciembre, a eso de las tres de la mañana, entró en la recepción un tipo de veinte años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta y la policía, a quien había llamado él, estaba a punto de llegar. Antes de que pudiera responderle,  entró un agente y me dijo que necesitaban saber urgentemente si existía aquella puerta trasera y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel, o a uno de los apartamentos contiguos. Detrás de la recepción hay una puerta cerrada que da a la calle, así que busqué la llave entre los manojos guardados en el cajón del mostrador. Interrumpió la búsqueda otro agente que me ordenó seguirlo de inmediato, aunque antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle trasera los demás policías estaban bastante irritados por mi tardanza, pero su compañero les explicó que yo había tenido que tomar medidas antes de venir para no tener problemas en mi trabajo. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta, y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. La habitación era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba un camión de los bomberos. Comprobamos que en aquella habitación se hospedaban dos personas con apellido anglosajón y subimos hasta allí, unos en ascensor y otros por las escaleras. Una vez en la sexta planta, le di la llave maestra al agente que dirigía la operación y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en un extremo del pasillo. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo y a continuación se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y alzó la diestra a la altura de la culata de la pistola. Retrocedí hasta el ascensor preguntándome si realmente una situación como aquella podía degenerar en un tiroteo. Pasados unos segundos oí cómo los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. Al cabo salió un policía de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con una mirada su opinión sobre aquellos fulanos y se fue escaleras abajo. Dejé pasar los minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté a un bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que era el recepcionista y me dijo que bajara si quería. En la recepción aguardaban un italiano con sus maletas, un ruso que necesitaba saber cómo funcionaba la conexión de internet, dos francesas que querían pagar la estancia para no tener que hacer cola al día siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Mientras iban bajando bomberos y policías invité al ruso a sentarse en la salita contigua, hice la llegada del italiano, y me disponía a cobrarles a las francesas cuando el agente al mando les preguntó si no les molestaba esperar un momento. Ellas asintieron sonriendo con timidez y el policía, más que nada por guardar las formas, procedió a tomar mis datos y los del testigo. Éste estaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, pero el agente le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a dárselos, pero el agente sonrió.

–Era broma –dijo.

Mientras tanto, policías y bomberos bajaban las escaleras, charlaban e iban saliendo. Me pregunté cuántas historias similares estarían sucediendo en ese momento en otras zonas de la ciudad. Al cabo de unos minutos, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré la estancia a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del ruso que tenía dificultades para conectarse a internet. Fui hasta la salita pero no estaba allí: debía de haber subido a su habitación, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Al volver a la recepción, observé bajo la luz de las farolas los árboles de la calle, la parada de autobús situada delante del hotel y los copos de nieve que comenzaban a caer. Luego me acomodé en el sillón tras el mostrador, encendí el flexo y retomé la lectura.

martes, 12 de junio de 2018

LOUISIANA

UN RELATO DE JAMES T. McDONALD TRADUCIDO POR ANTONIO DE CASTRO.
He was standing in the door, I was standing in the rain
With the same hot blood burning in our veins
Adam raised a Cain
            Bruce Springsteen
1
Mientras conducía de mañana camino de su trabajo, Tom Jacobs no se encontraba tan animado como de costumbre. El coche avanzaba por la sinuosa carretera de una zona pantanosa poco después de amanecer. La radio despertaba a los oyentes con el piano de Proffesor Longhair, pero Tom no le prestaba atención. Los acontecimientos de los días anteriores seguían danzando de forma siniestra dentro de su cabeza.

Aquel asunto había comenzado un par de meses atrás en la fábrica donde ocupaba el antiguo puesto de su padre. Más de un peón de color se había largado por culpa de Nichols, el capataz, y eso le convenía hacer a Tom desde que aquél la había tomado con él. Pero a Tom se le ocurrió una idea para que Nichols dejase en paz definitivamente a los peones negros. Al volver de la fábrica aparcó junto a un edificio situado a un par de kilómetros de la ciudad, desde donde veía el cauce amplio y apacible del Mississippi. Bajó del coche, entró en el oscuro bloque de cuatro plantas, subió las escaleras y llegó a una habitación en penumbra del tercer piso. Un tipo grande y musculoso tocaba unos acordes de guitarra sentado frente al balcón. Se volvió al oírlo entrar y sonrió al verlo.

De vuelta a casa,   Tom sonreía levemente al pensar en cómo iba a actuar su amigo Dave. La noche siguiente, después del final del turno de tarde en la fábrica, éste se encontró con Nichols en el portal de su casa mientras Tom los observaba oculto en la penumbra de los soportales al otro lado de la calle. Nichols se defendió como pudo, pero al minuto no hacía más que recibir puñetazos y a los dos rodaba por el suelo con algunos huesos rotos y la cara irreconocible.

Nichols pasó varias semanas en el hospital. Tom había adquirido un nuevo prestigio entre sus compañeros, negros y blancos, que no se cansaban de repetir en voz baja cómo Dave le había partido la cara al capataz gracias a él. Pero cuando éste volvió, las cosas se pusieron mucho peor que antes. Nichols estaba seguro de que la paliza había sido un regalo de alguno de sus hombres, y quería saber a cuál se lo debía. El capataz sólo los dejaría en paz cuando alguien le dijera quién había preparado aquella jugada.

Tom estaba asustado, la situación se le había ido de las manos y Dave no podía ayudarlo ahora. Sus compañeros, negros y blancos, no dudaron en volverse contra él. Decían que Tom era un cobarde, que no tenía agallas para hablar con Nichols y que los iban a hundir por su culpa. Incluso se rumoreaba que estaban dispuestos a contar lo que sabían...
2
Estaba lloviendo cuando Tom aparcó frente al portalón metálico, apagó la radio y salió del coche. Sus compañeros lo miraban con desagrado y se volvían a su paso. “Como siempre”, pensó, pero su actitud era más fría y distante que de costumbre. Llegó al cobertizo donde guardaban los monos, y antes de que pudiera ponerse el suyo un negro corpulento vestido con una camisa desteñida se acercó hasta él.

–Lárgate, Tom –le dijo–. Nichols está seguro de que fuiste tú.

Tom bajó la cabeza.

–Ahora quiere verte –siguió su compañero–. Tienes que desaparecer antes de que te encuentre.

–Tranquilo –interrumpió Tom–. Si hablo con él ahora puede que lo convenza de que no tengo nada que ver con la paliza. No tiene testigos.

A continuación caminó asombrado hacia las oficinas, incapaz de entender cómo alguno de sus compañeros había sido capaz de delatarlo. Llegó hasta el despacho de Nichols y se detuvo unos segundos frente a la puerta, pensando en lo que iba a decir. Luego llamó dos veces y entró. El capataz estaba sentado junto con otros tres blancos. Se volvió y miró a Tom de arriba abajo.

–Hola, negro –le dijo–. Te has pasado de listo. Me recuerdas al imbécil de tu padre, sólo que él daba la cara.

Tom suspiró y cerró los puños.

–Pero no importa –siguió Nichols, acercándose a él–. Lárgate de aquí y mejor que no volvamos a vernos nunca, negro de mierda.

Tom se dirigió hacia la puerta mientras las palabras del capataz acerca de su padre resonaban en su cabeza. Iba a salir cuando notó la mano de Nichols en el hombro.

–Te olvidas de algo –oyó a su espalda.

Nichols le pegó un puñetazo y lo lanzó contra la pared. Antes de que pudiera reponerse Nichols le envió un nuevo golpe. Tom cayó al suelo con la nariz ensangrentada.

–¡Vamos, negro! –exclamó el capataz levantándolo por el cuello de la camisa–. ¡Tu padre aguantaba más!

Tom lo golpeó con la rodilla en el estómago, le estrelló la cabeza contra la puerta y le pegó furioso en la cara. Los otros tres lo sujetaron y lo tiraron al suelo. Tom intentaba levantarse cuando recibió una patada en el estómago. Después de reponerse y escupir la sangre de la boca, Nichols lo agarró y lo arrojó sobre la mesa. Tom trató de incorporarse, pero un puñetazo en la mandíbula lo dejó medio inconsciente. Abrió los ojos en el momento en que Nichols lo golpeaba de nuevo. Cayó de la mesa, se estrelló contra una silla y acabó en el suelo. Nichols le pegó varias patadas en la cara. La sangre empezó a salir de su boca. “Ya tienes lo tuyo, hijo de puta”, le pareció oír, “ahora vamos a por tu amigo”. Luego perdió el conocimiento.

Se despertó media hora después tumbado en el asiento delantero de su coche. Sentía dolor por todo el cuerpo. Tenía el rostro hinchado y ensangrentado, se preguntó qué habrían pensado sus padres de verlo así. La lluvia resonaba sobre el tejado del cobertizo. Su compañero se encontraba a su lado.

–Nichols ya se ha ido –murmuró–. Tuviste suerte de que no te mataran. Ahora tienes que largarte, Tom. Yo puedo dejarte dinero.

–Calma –respondió Tom débilmente.

Se irguió con un esfuerzo y se recostó en el respaldo del asiento. Tenía que ir a avisar a Dave.

–No te preocupes por mí –dijo, mientras encendía el motor–.  Y gracias por la ayuda.

–Ten mucho cuidado. Esos tipos son demasiado duros para nosotros.

“Ya lo veremos”, pensó Tom. Encendió el motor y condujo hacia la vivienda de Dave sobre una carretera mojada y resbaladiza. Seguía lloviendo, más allá de la espesura podía ver cómo se agitaban las aguas marrones del Mississippi.

Tom redujo la velocidad al aproximarse al edificio y echó un vistazo en los alrededores antes de aparcar. No parecía haber nadie por aquella zona. Salió del coche y entró en el bloque, cruzó un pasillo a oscuras y llegó al patio. Allí se detuvo bruscamente: frente a él, colgado por el cuello de la barandilla de uno de los balcones, estaba el cuerpo desnudo de Dave. El cadáver de su amigo tenía un balazo en cada rodilla, heridas de cuchillo en los brazos y en el torso y cortes en las ingles, de donde todavía salían gotas de sangre que se deslizaban por los muslos e iban a parar al suelo empapado de rojo. Tom lo miró fijamente mientras las lágrimas inundaban sus ojos. Suspiró con dolor; salió del patio y se paró al comienzo del pasillo. Desde allí oía la lluvia incesante. Se quedó un instante junto a las escaleras, luego subió al coche y se dirigió hacia la ciudad.

Estaba cayendo la tarde, pero debido al cielo tormentoso ya era de noche. Tom tenía una idea de lo que debía hacer. Su padre siempre decía que alguien que ve la crueldad y la injusticia a su alrededor y, finalmente, la sufre en su propia carne, acaba por tomar partido contra ella. Puede ser un hombre tranquilo, o tal vez un cobarde, pero al final se ve obligado a defenderse usando los mismos métodos que su agresor...
3
Tom llegó a la ciudad, salió del coche y entró en su casa. Una vez en el interior del pequeño apartamento se sintió más tranquilo. Sin embargo, tenía que actuar deprisa. Fue hasta su habitación, abrió un cajón del armario y sacó un revólver que Dave le había regalado tiempo atrás. Luego salió del apartamento y volvió a subir al coche.

Nichols y los suyos estaban reunidos en el piso de arriba del local del puerto al que iban más a menudo. Tom aparcó junto a un embarcadero y cogió el revólver. Luego bajó del coche, cruzó la calle y entró en el portal.

No había luz en las escaleras. Allá arriba se veía una línea luminosa por debajo de una de las puertas del pasillo de la primera planta. Mientras sujetaba el revólver con una mano húmeda, Tom subió lentamente tratando de no hacer ruido sobre los escalones. Su corazón latía con rapidez. Llegó ante la puerta y se detuvo, y noto una sensación de mareo en cuanto oyó hablar a Nichols allí dentro. Apretó los dientes, abrió de una patada y disparó varias veces. Uno de los blancos cayó con un balazo en el pecho y Nichols recibió un impacto en un brazo. Los otros dos abrieron fuego hacia el pasillo y Tom se puso a cubierto fuera del piso, pegándose a la pared junto a la puerta.

Los blancos reaccionaron con rapidez. Se habían parapetado tras una mesa caída en el centro del cuarto. Frente a ellos, cerca de la puerta, estaba el cadáver del otro tipo con un hilo de sangre saliendo de su pecho. El capataz tenía una bala en el brazo izquierdo, pero eso sólo aumentaba sus deseos de atrapar a Tom y liquidarlo.

Fuera, éste se daba cuenta de lo incierto de su situación. Aquellos tipos lo superaban en número y armamento, y siempre salían airosos de asuntos como aquel. No había esperado que aquello fuera a terminar así, se había metido él mismo en la boca del lobo. Tenía que largarse de allí cuanto antes, pero no era fácil: si abandonaba la esquina del pasillo en la que se encontraba y corría escaleras abajo, se pondría al descubierto frente a la puerta de la habitación. Y seguir subiendo sería igual de inútil, pues lo cazarían con facilidad al llegar al último piso. Estaba atrapado como un cangrejo de río. Trató de no sentir desesperación. Los blancos lo tenían en sus manos, como habían tenido a Dave y a tantos otros. Se pegó a la pared con la boca reseca y un sudor gélido en el pecho. “¡Te vamos a matar, negro!”, le pareció oír como en una pesadilla. Sintió un escalofrío al comprender que era el final del camino para él. “Habéis ganado”, pensó con amargura, “pero no podréis cogerme”. Sujetó con fuerza el revólver, saltó hacia la puerta y abrió fuego, pero no logró entrar en la habitación. Un disparo le acertó en un hombro y lo hizo retroceder. Un nuevo balazo le desgarró el pecho, otro le perforó las costillas. Sintió un dolor intenso, trató de apoyarse en la pared y cayó al suelo sin vida.

miércoles, 2 de mayo de 2018

LA ESTRELLA Y LA MEDIA LUNA


1
El autobús se detuvo frente a la garita del control militar y dos soldados montaron por la parte de delante y comenzaron a pedir los pasaportes a los viajeros. Con la única excepción de Pierre Durand, éstos eran habitantes de Estambul o emigrantes que regresaban de Alemania para pasar unos días con sus familias en sus pueblos de origen del Kurdistán turco. Tanto Durand como los turcos con doble nacionalidad tuvieron que apearse. Durand fue conducido al interior de la garita, donde un soldado que hablaba inglés le preguntó su nombre y el de sus padres, mientras otro anotaba los datos sentado ante un ordenador y otros dos, en tono de burla bienintencionada, comentaban que era la primera persona de otro país que ponía los pies allí en mucho tiempo. No parecían malos tipos, pero Durand pensó que habían sido hombres como ellos quienes violaron y asesinaron durante los años del genocidio kurdo; violaron y asesinaron a gentes como las que viajaban ahora junto a él, y a mujeres como la suya. Cuando el soldado que hablaba inglés le preguntó el motivo de su viaje, Durand le explicó con pocas palabras que iba a visitar al hermano de su mujer, lo cual era cierto en parte. El soldado lo miró con suspicacia y le preguntó por qué su mujer no iba con él, a lo que Durand respondió que su mujer había sido asesinada dos meses antes. En un tono diferente al empleado hasta entonces, el soldado quiso saber cuánto tiempo habían estado casados y Durand le mintió, pues se le antojaba que responder el tiempo real habría supuesto enturbiar su recuerdo. A continuación, su interlocutor le indicó que saliera de la garita y ordenó al conductor del autobús que abriera el portaequipajes. Durand sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban, no porque corriera peligro en ese momento, sino porque tal vez fuera a correrlo a la vuelta, cuando el vehículo pasara de nuevo por allí de regreso a Estambul después de que Durand hubiera llevado a cabo lo que lo había conducido hasta el este de Turquía. Los demás pasajeros lo miraban desde el otro lado de las ventanillas, mientras el conductor tiraba de la portezuela con gesto de contrariedad y el auxiliar señalaba el reloj para indicar que sufrían retraso. Durand sacó su maleta y el soldado que hablaba inglés la abrió y la registró brevemente. Luego le dijo que aquello era todo y le indicó que subiera al autobús. Unos segundos después, Durand se acomodaba en su asiento mientras el conductor encendía el motor y retomaba el viaje. Aquella había sido la última parada antes de llegar a la ciudad de Dersim, capital de una de las provincias más castigadas durante el genocidio. Durand llevaba casi veinte horas en el autobús, después de salir de Estambul de mañana y recorrer una ruta en la que se sucedieron espesos bosques de coníferas, verdes praderas surcadas de pequeñas arboledas, desiertos arenosos, montes bajos entre los que discurrían ríos de aguas grises, y finalmente el imponente paisaje montañoso surcado de fragorosos torrentes por el que llevaban circulando la última media hora.
2
Durand había conocido a Gülfer Arslan en París, tres años antes, cuando él trabajaba de cámara en un programa literario de televisión. Durante una de las emisiones, ella y otros intelectuales turcos de origen kurdo debatieron sobre la conflictiva situación en Turquía tras el afianzamiento en el poder de Tayyip Erdogan y la progresiva islamización del país. Gülfer era profesora de Literatura Francesa en la universidad de Ankara y acababa de publicar la novela de tema político La estrella y la media luna, que en seguida fue prohibida por el gobierno y condujo a su autora a un paso de la prisión. Después de la emisión, cuando aún no habían salido del plató, Durand se acercó hasta ella llevando consigo un ejemplar del libro traducido al francés y perteneciente a un amigo suyo, y le pidió con timidez que se lo firmara. Gülfer creyó que el libro era para él y se sintió honrada por ello, y Durand prefirió no desmentir el malentendido. A pesar de que nunca había sentido especial interés por la política en Oriente, y no consideraba a Turquía más que un país islámico en el que los europeos gustaban de hacer turismo pese a que allí no se respetaran los Derechos Humanos, a Durand no le costó entablar una conversación con ella. Fueron juntos hasta el restaurante donde a la autora la esperaban varios miembros de una asociación kurdo-parisina, de camino hablaron de cine y literatura, y antes de despedirse ante la puerta del local acordaron verse de nuevo al día siguiente. Durand y Gülfer se vieron cada uno de los cinco días que ella pasó en París, y varias semanas después, aprovechando las vacaciones de Durand, se reunieron en Estambul. A partir de entonces, Durand viajaba a Turquía siempre que le era posible, ya que a Gülfer le habría resultado mucho más complicado conseguir los visados para entrar en Francia. Después de la atracción inicial, pronto surgieron diferencias entre ellos. En su mayor parte tenían que ver con la distancia entre el carácter desprendido de Gülfer, propio de quien había crecido con siete hermanos y había conocido duras circunstancias durante su infancia, y lo que ella llamaba el egoísmo europeo de Durand, debido fundamentalmente a una vida organizada en torno a la búsqueda de la tranquilidad y a una comodidad y unos hábitos que no soportaba ver alterados. Gülfer había nacido en una zona remota de las montañas de Dersim. No solía hablar de su niñez salvo en contadas ocasiones, normalmente cuando ambos se despertaban de madrugada y pasaban un rato charlando en voz baja. Fue así como Durand supo que a los siete años ella había perdido a sus dos hermanos mayores, enrolados en una guerrilla kurda y fallecidos en combate en la frontera entre Turquía e Irak. Era más raro que ella le hablara de recuerdos anteriores, como la presencia constante de militares en la zona, el silbido de las balas por delante de las ventanas, la cercanía de otras familias con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el duelo permanente de jóvenes y adultos y el aprender a no decir nada, probable origen de sus ocasionales silencios, que no estaban reñidos con un carácter generalmente alegre y positivo. A Durand le sorprendía que Gülfer entendiera su falta de seguridad en sí mismo y sus debilidades, habiendo tenido vivencias tan diferentes y siendo ella una persona en apariencia fuerte y segura.

Algo más de un año después de haberse conocido, Gülfer le propuso a Durand grabar en vídeo una película documental con diversos testimonios de supervivientes del genocidio kurdo. Para ello se desplazarían hasta Dersim y entrevistarían a ancianos conocidos de su familia, y luego montarían el material en el estudio parisino en el que él trabajaba. Durand sintió temor ante el riesgo que suponía salir de aquella zona controlada por el ejército turco con esas grabaciones en la maleta, y terminaron aplazando el proyecto. En realidad, ninguno de los dos ignoraba que lo estaban aparcando definitivamente y Durand se sintió culpable, pero de nuevo le sorprendió que Gülfer pareciera comprender su miedo, pese a no sentirlo ella misma.

Pasados unos meses, mientras trabajaba en el guión de un nuevo proyecto que les permitiera grabar sin tener que desplazarse de París, a Gülfer le ofrecieron un intercambio con un profesor de La Sorbona, y no dudó en aceptar. Las cosas iban a peor en Turquía y la enseñanza se resentía por ello. El gobierno encarcelaba a periodistas, desempeñaba el papel de gendarme ante la creciente llegada de emigrantes, maltrataba con impunidad al pueblo kurdo y mantenía una relación peligrosamente ambigua con el Estado Islámico. A Gülfer el ambiente en la universidad se le hacía irrespirable. Una tarde salió a la calle después de una agria discusión con un compañero de Departamento, y cuando iba a subir a su coche, aparcado delante del edificio, un desconocido se le acercó pistola en mano y le descerrajó un tiro en la cabeza, matándola en el acto. La policía no mostró interés por encontrar al asesino, y no tardaron en cerrar el caso.
3
El autobús circulaba a poca velocidad por una carretera escarpada y llena de curvas mientras se aproximaba a la capital de Dersim. Durand contempló a ambos lados los elevados montes de tonalidades terrosas, cubiertos de árboles y matorrales, entre los que discurría un río de aguas revueltas. A lo lejos distinguía ya las primeras casas desperdigadas por las laderas, y se preguntó si en alguna de ellas había nacido Gülfer. Sonrió al recordar su sonrisa, sus ojos oscuros de mirada inteligente, su alegría y su coraje ante la vida. Zafer Arslan lo estaría esperando en la estación de autobuses, y esa misma tarde se desplazarían hasta una aldea cercana y harían la primera de las entrevistas que tenían planeado grabar. Pasados unos minutos, después de doblar una curva muy pronunciada, la carretera se volvió más practicable, el autobús ganó velocidad y Durand pudo ver en el valle que se formaba entre dos montes los edificios y las calles del centro de Dersim.

lunes, 16 de octubre de 2017

RÍO ARRIBA (Y III)


La niebla invadía ya el fondo del valle, difuminando los contornos de rocas y vegetación. Parado frente al edificio, Marante no apartaba la vista del puente y la orilla del riachuelo. Nodar le había ordenado hacer guardia mientras él buscaba las piedras, y poco antes lo había perdido de vista escaleras abajo. Le importaba muy poco que su compañero diera o no con algo de cuya existencia en realidad dudaba. Su única preocupación eran los tipos del otro coche. De dónde habría sacado Nodar aquella información. Tal vez lo que decía saber sobre él fuera igual de insignificante...

Estaba oscureciendo. Marante echó de menos el ruido de la corriente que lo acompañaba cuando salía de trabajar y subía al coche para dirigirse al pueblo, donde lo estaba esperando María. Entonces aún no habían construido el embalse a treinta kilómetros de allí, y el riachuelo era en realidad un afluente del río que Nodar y él habían cruzado horas antes.

Iba a ser una noche larga. Retrocedió hasta la pared y se sentó junto a unos arbustos. Al hundir las manos en los bolsillos para combatir el frío sintió en los dedos el contacto de la pistola. Estaba muy cansado. Quedaban por delante unas cuantas horas de oscuridad, y la presencia de aquellos tipos en algún lugar del bosque se le antojaba un obstáculo insalvable para salir de allí y regresar al pueblo.

El sonido de pisadas cercanas lo sobresaltó. Instintivamente asió la culata del arma. Pegó el cuerpo a la pared y escuchó con atención. No lejos de donde él se encontraba sonó el crujido de un cristal al ser aplastado.
 
–¿Estás ahí, Marante? –exclamó Nodar desde el puente con algo de temor en la voz.

Marante se irguió con tiento. Las pisadas habían cesado. Permaneció a la expectativa varios segundos, hasta que aquéllas se reanudaron. Ahora distinguía con claridad su dirección: alguien se aproximaba bordeando el edificio de turbinas por la pared que se perdía en la oscuridad doblando la esquina a su derecha. Dirigió la mirada hacia allí. Al momento oyó nuevas pisadas, ahora a su izquierda. Volvió la cabeza. Una figura surgió de entre los arbustos y echó un rápido vistazo a derecha e izquierda sin reparar en él. Luego se deslizó rápida y silenciosa hacia las escaleras. Nodar iba a tener problemas allá abajo. Marante decidió que su preocupación inmediata era el tipo que venía por el otro lado. No oía sus pasos. El silencio fue roto por un grito rápidamente acallado proveniente de las escaleras. Marante se preguntó si sería Nodar o el recién llegado quien había llevado la peor parte. Se sobresaltó al oír nuevas pisadas, cada vez más próximas. Una silueta grande y robusta surgió tras la esquina a su derecha con lo que le pareció un cuchillo en la mano. Marante sacó la pistola del bolsillo. La silueta se detuvo frente a él, dándole la espalda. Marante levantó el arma y se la estrelló con todas sus fuerzas en la cabeza. El tipo se vino abajo y el cuchillo rodó por el suelo, Marante se hizo con él y lo guardó en el bolsillo del pantalón. Alguien comenzó a subir las escaleras a trompicones.

–¿Qué está pasando ahí arriba? –bramó una voz que no era la de Nodar. Segundos después, a éste lo empujaba hacia el edificio  de turbinas alguien que aferraba su brazo izquierdo por detrás de la espalda y le apoyaba el cañón de una pistola en la cabeza.
 
–¡No des un paso! –exclamó el desconocido al ver a Marante, a la vez que apretaba el arma contra la sien del prisionero.
 
–¿Quién es ese tipo, Nodar? –murmuró Marante.

No tuvo tiempo de oír la respuesta: recibió un puñetazo en la espalda y se vino abajo. La pistola se disparó al caer. Trató de ponerse en pie pero una patada en el estómago le cortó el aliento. La suela de una bota estrelló su cabeza contra el hormigón. Intentó erguirse y una patada en la cara lo envió de nuevo por tierra. Un segundo después recibía una nueva patada y su boca se llenaba de sangre. Se protegió la cabeza entre los brazos. Quiso gritar y su voz fue acallada por un nuevo golpe. Le pareció oír una exclamación antes de que otra patada cayera sobre sus costillas. Luego los golpes cesaron. Marante cerró los ojos débilmente con miedo a que comenzaran de nuevo. Alguien hablaba frente a él. Pasó varios segundos tumbado, hasta que una mano lo sujetó por el pelo y lo hizo ponerse en pie. Luego alguien rastreó el interior de sus bolsillos hasta dar con el cuchillo, y le pegó una bofetada que lo envió contra la pared. Hacía tiempo que no recibía una paliza como aquella. Una hoja metálica brillaba a pocos centímetros de su cuello. Nodar se encontraba a su lado, tampoco tenía buen aspecto. El otro recién llegado los contemplaba a un par de metros con una pistola en la mano.
 
–Volvemos a vernos, Nodar –dijo. Nodar no respondió. – ¿Dónde habéis escondido las piedras?
 
–Las piedras han desaparecido –dijo Nodar tímidamente, y recibió un codazo en la nariz que hizo estremecerse a Marante.

–¿Dónde están las piedras? –repitió el que llevaba la voz cantante. Se le notaba tranquilo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y lo tenía: aún quedaban unas horas de oscuridad en aquel lugar alejado de todas partes. Lo que sucediera allá arriba no les concernía más que a ellos, Nodar y él podían acabar enterrados en el monte sin que nadie supiera nunca su paradero.
 
–¿Y bien?

Nodar tenía miedo de abrir la boca. El tipo del cuchillo le acarició la garganta con el filo.
 
–¡Aquí no hay nada, os lo juro! –balbució Nodar. El gorila le estrelló la cabeza contra la pared.
 
–Espera –dijo el otro–. Si lo matas no nos servirá de nada. ¿Quién es ese tipo, Nodar?
 
Apuntó a Marante con la pistola. Nodar se revolvió a su lado.
 
–Es él quien conoce la zona y sabe cuál es el escondite –gimió.
 
Marante se estremeció. El cuchillo pasó de la garganta de Nodar a la suya.
 
–Yo no sé nada de esto –murmuró–. Ya conocéis a este hijo de puta, me hizo venir aquí, me engañó como seguro que alguna vez os engañó a vosotros...
 
El tipo de la pistola parecía indeciso. Si alguien conocía el estilo de Nodar, debía de ser él.

–Los dos están en el ajo –exclamó el del cuchillo. Era la primera vez que hablaba, pero su tono de voz concordaba con el tratamiento que había recibido Marante.

–No estoy seguro –repuso el otro–. Ese cabrón de mierda es capaz de jugársela a su madre.

Parecía más razonable que el gorila. Al mismo tiempo, la situación estaba divirtiéndolo. Marante no dudaba que Nodar no saldría vivo de allí, y se resistía a aceptar que esa podía ser también su suerte. El gorila bajó el cuchillo y se desplazó levemente para volver a apoyar el arma en el cuello de Nodar. Marante lo apartó de un empujón y echó a correr con todas sus fuerzas hacia la esquina del edificio mientras oía los disparos que sonaban a su espalda. Siguió corriendo por el lateral hasta doblar la otra esquina y alcanzar el pasaje que se formaba entre la parte trasera y la ladera del monte, y se ocultó sin aliento tras los arbustos de una diminuta cavidad en la roca, a unos diez metros de la esquina que acababa de dejar atrás. A su izquierda, al fondo del pasaje, brillaba la chapa de una garita. Una silueta robusta surgió tras la esquina y echó a andar con precaución pasaje adelante. Se detuvo más allá de la cavidad, no debía de conocer su existencia. Al instante sonó el estruendo de los disparos que a juzgar por el ruido de metal y vidrio rotos habían impactado en la garita. El gorila avanzó unos pasos. Marante oyó un gruñido y el estrépito de una patada que sacudió el acero e hizo caer cristales. Luego pisadas de regreso, hasta que el gorila pasó por delante de su escondite. Marante se abalanzó sobre él y sujetó su brazo derecho. Forcejearon chocando contra la piedra y el hormigón, el fogonazo de un disparo los cegó y acabaron cayendo al suelo. Marante recibió un golpe en la sien mientras trataba de incorporarse y lanzó un puñetazo tras otro ignorando los que recibía en la cara. Encajó un golpe en la nariz y sintió como si se la hubieran arrancado. Su rival se irguió aferrando su cuello, pero Marante le saltó varios dientes de un puñetazo, logró sujetar su cabeza y la estrelló contra el suelo repetidas veces. Se detuvo al sentir los dedos mojados de sangre. El gorila no se movía. Marante respiró profundamente. Tanteaba en la oscuridad buscando la pistola cuando oyó pisadas que se aproximaban veloces. Dio con el arma, se irguió rápidamente y se pegó a la roca, al tiempo que trataba de recordar cuál era la forma de acceder al otro extremo del pasaje. Tal vez aquel tipo conociera bien el lugar donde se encontraban, tal vez hubiera estado allí recientemente y lo conociera mejor que él. Volvió la cabeza a un lado y a otro. Ahora no llegaban a sus oídos más que los habituales sonidos nocturnos. Se sintió ridículo al recordar a María y pensar que quizá nunca volvería a verla. La sangre le manchaba la sien, las mejillas y los labios hinchados, y goteaba sobre la cazadora. No perdía de vista la esquina a su derecha, pero de vez en cuando echaba rápidos vistazos hacia los restos de la garita. Un ruido lo sobresaltó. Apuntó a la izquierda tratando de penetrar con la vista aquella maldita oscuridad. Entonces oyó con claridad las pisadas que se acercaban por el otro lado. Se giró y apretó el gatillo varias veces, y entre el humo y los fogonazos pudo distinguir una silueta que se doblaba y se venía abajo. Tomó aliento, apoyándose extenuado en la pared del edificio. Se preguntó qué habría sido de Nodar. Sacó del bolsillo un pañuelo con el que se enjugó la sangre de la cara. Luego atravesó el pasaje, pasó por encima del cadáver y descendió en silencio hacia la parte delantera del edificio. Se detuvo en la esquina: desde allí no veía rastro de su compañero. Tras aguardar unos segundos, avanzó apuntando con la pistola hacia delante y redujo el paso al aproximarse a las escaleras. Vio a Nodar allá abajo, tumbado cuan largo era al comienzo del puente, y distinguió una pistola muy cerca de su mano derecha. En torno a su cabeza brillaba un charco de sangre. Marante descendió sin dejar de apuntarle. Al llegar a su lado comprobó  que estaba muerto.

Se sentó en las escaleras, dejó la pistola a sus pies, apoyó la cabeza en un pilar de la barandilla y cerró los ojos, agotado. Sintió desprecio, y algo parecido al orgullo, al recordar las miradas en el apeadero y en las calles del pueblo cuando fue a ver a María. Ella no lo había mirado así, era incapaz de mirar a nadie de esa forma... Contempló el cielo. La luz de la luna se abría paso entre las nubes, acariciando las copas de los árboles, la espesura, el cauce del arroyo y el puente.
***
Marante salió del edificio donde vivía Mendoza, cruzó la calle y se paró frente a la cabina de teléfonos. Antes de entrar echó un vistazo a la playa. Las olas rompían en la orilla y la pleamar dejaba una reducida franja de arena blanca que se difuminaba sobre el asfalto. Una pequeña embarcación pasaba entre los pilares del puente. Cerca de la cabina veía el bar donde se había encontrado con Nodar cuatro días antes. Empujó la puerta, apoyó la maleta en el suelo, sacó unas monedas del bolsillo y marcó el número de la tienda. Esperó varios segundos, pero nadie descolgó al otro lado. Todavía era temprano. Se apoyó con la espalda en la puerta y dejó pasar un par de minutos contemplando el mar. Luego volvió a marcar. Ahora, tras una breve espera, oyó la voz somnolienta de María. Dudó qué decir.
 
 –¿Quién es? –preguntó ella por segunda vez.
 
–Soy yo –respondió Marante. Después de un momento de silencio, María volvió a hablar.
 
–¿Qué quieres?
 
–Me voy del pueblo.
 
–¿Otra vez? –No estaba sorprendida. Conocía bien a Marante.
 
–He tenido problemas con Nodar. –Creyó oír algo como un suspiro, o una risa irónica, al otro lado.
 
–¿Para qué me llamas?
 
–Pensé que a lo mejor te interesaba saberlo.
 
María no parecía tener nada que añadir.
 
–Todavía no sé dónde voy. Pero no quiero seguir más tiempo aquí.
 
–No hace tanto que llegaste...
 
Marante oyó a lo lejos la sirena del tren. Debía de estar a dos o tres kilómetros de la playa, dentro de pocos minutos se detendría en el apeadero del pinar. María también la oyó.
 
–El tren se acerca –comentó.
 
–Me voy, María. Y esta vez es para no volver.
 
No obtuvo respuesta.
 
–Hasta la vista –murmuró.
 
–Marante –dijo María. Aguardó unos segundos antes de seguir hablando. Marante recorrió con la vista la playa, el puente del ferrocarril y el puerto al otro lado.
 
–Cuando llegues a algún lado llámame. Para saber dónde estás.
 
Ahora fue Marante quien no supo qué decir.
 
–Buena suerte, Marante. 

Antes de que pudiera responder, la comunicación se había cortado. Colgó el teléfono. Cogió la maleta, salió de la cabina y echó a andar en dirección al apeadero. De vez en cuando dirigía la mirada hacia el mar y veía el barco alejándose poco a poco rumbo a la boca de la ría.