martes, 17 de febrero de 2015

DÍAS DE GLORIA

Dentro de un rato estaré acostándome contigo en esa pensión que hay calle arriba o en el asiento trasero de mi coche. Si hubiéramos coincidido en la ciudad del sur donde trabajas, nos meteríamos en tu cama del piso que compartes con no sé quién. Para llegar hasta aquí, he tenido que soportar dos horas de conversación rodeado de gentes a las que conoces mejor que yo, con las que has crecido y salido mucho, aunque ahora ya no tanto, y con las que deberías estar en vez de conmigo, con quien nunca tuviste nada que ver ni de lo que hablar. Pero en los últimos seis o siete años parece que vivamos en un mundo que ya no es aquél, y esta noche se ha confirmado algo que empecé a intuir hace un par de meses, cuando entrabas con tu novio en este local y no me miraste como antes. No voy a hablarte de gentes a las que he tratado ni de cosas que me han sucedido, porque podrías acabar cambiando de idea y yo perdería la ocasión de disfrutar de un cuerpo que podía hacerme llorar con sólo pensar en él, o en que en ese momento estaría disfrutando de él un tipo del que ahora te avergüenzas. Pero me resulta llamativo que tengas tan claro que la persona sentada frente a ti no es la misma a la que conociste seis o siete años atrás (tu mirada entre curiosa y sorprendida, la de quien observa algo que le desagrada con la tranquilidad de saber que puede evitarlo volviendo la cabeza hacia otro lado), porque aunque sí existen diferencias, quizá podrías intuirlas pero nunca comprenderlas. Desde tu perspectiva, la persona que te escucha en las sombras del local, con la que dentro de poco estarás rodando entre las sábanas o que sentirás junto a tu cuerpo en la oscuridad del coche, es alguien que se adapta no a tus expectativas de entonces –eso quedó atrás, ahora has visto mundo–, sino a las mucho más maduras y sofisticadas que tienes hoy. Pero en realidad, esa es sólo una imagen creada por ti a partir de unos signos externos que coinciden con lo que te atrae en este momento, en el fondo una versión con un brillo diferente de lo que te atraía antes y de lo que va a atraerte toda tu vida. Y aquí estamos, oyendo una música que nos aburre, tú hablándome de libros que nunca se te habría ocurrido leer antes y yo siguiendo divertido la sarta de tópicos que hilvanas: tenemos gustos similares, tenemos mundo, hasta hemos seguido caminos paralelos como hijos privilegiados de un lugar que se nos ha quedado pequeño a ambos, cuando no hay caminos ni gustos ni mundos más distintos que los tuyos y los míos. Pero vamos a dejar de pensar en todo eso –voy a dejar de pensar en todo eso–, a terminar estas copas y a pasear hasta la pensión o hasta donde podamos rematar aquello que empezó después de que coincidiéramos aquí dentro como por casualidad. Y mañana cada uno se irá por su lado y ambos seguiremos disfrutando de nuestros días de gloria.

lunes, 19 de enero de 2015

A NEW SHADE OF BLUE

Tom Carter trabajaba en la gasolinera de un pueblo de Texas a sesenta kilómetros de El Paso. Bobby Fuller se detuvo a repostar en una ocasión, y después de pagar le firmó un autógrafo y le estrechó la mano. Luego subió al coche y siguió su camino mientras Carter, parado frente al surtidor, lo veía alejarse.
En febrero de 1966, The Bobby Fuller Four sacaron el álbum I Fought The Law. Carter salió de trabajar, fue a comprarlo y lo pinchó en cuanto llegó a casa, antes de quitarse la cazadora y lavarse las manos grasientas. Desde que la había escuchado en la radio, no se le iba de la cabeza la versión del viejo tema de Sonny Curtis que daba título al disco. Pero ahora se sintió hechizado por la tercera canción de la cara A, “A New Shade of Blue”. Nunca había oído nada semejante. Volvió a pincharla un par de veces y escuchó el álbum entero mientras comía. Luego dedicó la tarde a reparar el motor de la camioneta que utilizaban en la gasolinera, y al anochecer entró en casa y cenó con el disco puesto. Se sentó cansado delante de la televisión, pero en seguida se levantaba para volver a escuchar “A New Shade of Blue”. Pasada la media noche, se tumbó en la cama y se durmió con las palabras de Fuller resonando melancólicas y certeras dentro de su cabeza.
Aunque al día siguiente no trabajaba, Carter se levantó temprano. Fue hasta la estantería donde guardaba sus discos. Cogió el de The Bobby Fuller Four para escuchar de nuevo “A New Shade of Blue”, y al sacarlo de la funda se le escurrió entre los dedos y cayó al suelo. Lo recogió inquieto, lo pinchó y comprobó que se había rallado la cara A. Tenía que ir a comprar otra copia. Iba a vestirse cuando se le ocurrió encender la radio: Steve Nichols, un conocido con quien solía coincidir los viernes por la noche en los bares de la ciudad, quizá emitiera la canción desde la emisora donde trabajaba. Al cabo de un rato, Carter pudo oír, conmovido, los primeros compases de “A New Shade of Blue”. Pero la canción terminó dos minutos y cincuenta y tres segundos después, y a continuación Nichols siguió emitiendo los temas que Carter escuchaba habitualmente. Apagó la radio, se vistió, salió a la calle, subió al coche, y en unos minutos aparcaba frente a la tienda de discos. Entró, se hizo con una copia del álbum y la pagó, la joven dependienta lo miró con extrañeza mientras salía. Carter condujo de vuelta a casa. Después de pasar por delante de la emisora redujo la velocidad, dio marcha atrás y se detuvo frente al pequeño edificio. Vio al locutor al otro lado de la ventana de la planta baja, con el micrófono cerca de la boca. Nichols gesticulaba, manipulaba discos y activaba controles, parecía que hablara solo. Carter lo observó un rato. Luego bajó del coche y entró en el local. Cuando Nichols lo vio, se puso en pie y salió de la sala de control para saludarlo. Carter le pegó un puñetazo que lo hizo caer, entró en la sala y cerró la puerta con llave. No le costó dar con el disco que buscaba; lo sacó de la funda y emitió “A New Shade of Blue”, Nichols le había explicado cómo se hacía. Antes de que la canción terminara, oyó los golpes del repuesto Nichols contra la puerta. Se levantó, abrió y de un puñetazo mandó a Nichols fuera de la emisora. Después regresó a la sala, volvió a pinchar la canción y siguió pinchándola a lo largo del día, ignorando las llamadas telefónicas de los indignados oyentes. Estaba anocheciendo cuando los agentes de policía aparcaron delante de la emisora, irrumpieron en la sala echando la puerta abajo y redujeron a Carter. Lo sacaron a la calle esposado, ante la mirada curiosa de los que se reunían frente al local. La mayoría lo tomaban por loco y unos cuantos lo felicitaban. Carter pidió disculpas a Nichols. La semana siguiente fue juzgado (aunque Nichols no puso denuncia) y condenado a sesenta días de cárcel por alterar el orden. Cuando salió de prisión volvió a su trabajo en la gasolinera de aquel pueblo de Texas. 

lunes, 20 de octubre de 2014

THE LAST KISS

Wilson aguarda a Jean sentado bajo una sombrilla junto a la piscina del hotel. Un botones sube al Pontiac rojo parado frente a la entrada y lo conduce hacia el aparcamiento. Desde la ventana abierta de una habitación, atenuado por el ruido del oleaje, llega el “The Last Kiss” de Wayne Cochran interpretado por Pearl Jam. Más allá de la línea de palmeras, Wilson divisa la puesta de sol sobre el Océano Pacífico. Cientos de personas recorren de un lado a otro el paseo marítimo. Wilson lleva un rato observando a la turista rubia que trepa hasta el nivel más alto del trampolín, se tira al agua de cabeza, hace dos largos de piscina, sale del agua, sube de nuevo al trampolín y vuelve a tirarse al agua. Durante más de media hora repite el mismo itinerario. Mientras termina su bebida, Wilson se da cuenta de que la turista tiene el rostro de Jean. Es Jean, pese a que Jean siempre ha sido pelirroja. Pero no se decide a levantarse para salir de allí con ella. Tienen que marcharse de San Diego antes de que anochezca, los dos saben lo que va a sucederles si se quedan en la ciudad después de la puesta de sol, pero Wilson no es capaz de levantarse, y la turista que es Jean sigue saltando desde el trampolín y nadando en la piscina. Cuando al fin logra ponerse en pie, Wilson siente un mareo. Su vista se nubla, se viene abajo y trata de apoyarse en la pared. Pero no hay pared, la más cercana está a doscientos metros, la del muro de hormigón que rodea la piscina. Wilson abre los ojos y comprende que no se llama Wilson, que su nombre ha sido siempre Richardson, que se encuentra en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín y que lleva allí los últimos doce años. Recorre la celda de un lado a otro recordando la mañana de febrero de 1998 en que descubrió la cabeza de Jean tirada al fondo de un callejón de Bridgeport, unos minutos antes de que la policía se presentara en la pensión donde se habían alojado. No puede discernir nada de lo sucedido antes o después de aquello, sólo la sangre seca sobre la nieve y la impresión de entender algo que en seguida olvidó y los pasos de los agentes a su espalda. Richardson se deja caer en la silla. Los guardianes vienen a buscarlo, lo sacan de la celda y lo conducen por el corredor hacia el lugar de la ejecución. Las palabras “dead man walking!” todavía resuenan en su cabeza mientras lo sujetan a la camilla y unas manos enguantadas le frotan los brazos con alcohol y le aplican las inyecciones. Imagina el dolor que va a sentir dentro de unos minutos cuando el alcaide haya dado la señal y la ejecución se lleve a cabo. Siente la asfixia, los espasmos, el intenso calor en las venas, un calor inaguantable, infinito: el calor de los rayos de sol que acarician su rostro sin afeitar, el calor del sol del mediodía que reverbera sobre la carrocería de los automóviles que pasan en una y otra dirección mientras él se aleja del arrabal de San Diego caminando bajo la sombra escasa de las palmeras. “Jean, ¿dónde estás?”, piensa. “¿Es que nunca podré escapar de California?”

jueves, 9 de octubre de 2014

SCHOOL DAYS (IX)

Don Jaime era un buen tipo que nos dio clase en el colegio allá por 1983. Tendría unos cuarenta años, había nacido en el pueblo, jugaba al fútbol en un equipo de la comarca y era habitual verlo en verbenas, romerías y fiestas locales. Dentro del aula donde impartía las clases, a la izquierda de la puerta, había un amplio armario, casi una segunda pieza, en la que guardaba mapas, libros, cuadernos, revistas, periódicos, y todo cuanto pudiera serle útil para las lecciones. Y al fondo, cerca de los percheros donde colgábamos nuestros anoraks, había instalado otro más pequeño, con una bonita puerta de madera y cristal, que servía de biblioteca en la que íbamos dejando libros que compartíamos con los compañeros a lo largo del curso. Pero lo más importante para nosotros no era eso sino que don Jaime, al contrario que la mayoría de los profesores,  no pegaba.

Una tarde de viernes, don Jaime decidió dedicar la última hora de clase a llevarnos hasta el centro del pueblo, para visitar el torreón medieval que domina el puerto y mostrarnos el antiguo emplazamiento de un estanque que en su día llegó a tener peces. Él había crecido allí, había jugado de niño con muchos de nuestros padres en aquellas calles, y por algún motivo esa tarde se sentía nostálgico y quería compartir recuerdos con nosotros. Además, dos semanas después iba a tener lugar una gran excursión a Sobrado de los Monjes con otros dos o tres cursos, y nuestra salida serviría de preparación para el próximo viaje. Sería éste una de aquellas jornadas maratonianas en las que se fletaba un autobús para llevar a noventa chavales asilvestrados y montaraces a las órdenes de tres o cuatro profesores; una jornada larga y fatigosa que empezaría a primera hora de la mañana, poco antes del comienzo de las clases, con el autobús aparcado frente al colegio mientras aquella calle de las afueras se iba llenando de alumnos, padres y madres. Éstas revisaban el contenido de las mochilas, comprobaban una y otra vez que no faltaba nada y despedían a sus hijos como si se fueran a la guerra. Luego nos esperaban un par de horas de trayecto, iniciadas siempre, invariablemente, por los internos repitiendo a coro “¡queremos parar aquí!” cuando el autobús pasaba por delante de la casa de putas que había a la salida del pueblo. El tiempo transcurría entre carreras de un asiento a otro, canciones cuarteleras, broncas y bromas pesadas. Los profesores se negaban a poner en el vídeo la película porno que solía haber entre las cintas disponibles, y escogían siempre alguna italiana del Oeste a la que nadie prestaba mucha atención. En algún momento del viaje, el conductor accedería a poner en el radiocasete la banda sonora de Yo, “el Vaquilla, y los internos terminarían coreando, emocionados, el estribillo de la canción de los Chichos que daba título a la película. Pasábamos tantas horas dentro del autobús como visitando lugares, recorríamos cientos de kilómetros por autovías y carreteras comarcales, y al caer la tarde la gente empezaba a cansarse, los ánimos se encrespaban y el buen humor daba paso a la mala leche y a las cabronadas. Una de las excursiones más memorables había tenido lugar la primavera del curso anterior. En un mismo día visitamos la isla de la Toja, la playa de la Lanzada, Santiago de Compostela y, bastante agotados ya, la casa de Rosalía de Castro en Padrón, en una de cuyas estancias un chaval le tocó el culo a una compañera un par de años mayor, que se volvió y le aplastó la cara mientras el guía seguía explicando lo que Rosalía había escrito allí.

Antes de salir hasta el torreón, don Jaime decidió dictarnos unas líneas sobre el monasterio de Sobrado, tal vez porque intuía que dentro de dos semanas, en cuanto subiéramos al autobús perderíamos el interés por aquella visita. Pero su entusiasmo hizo que lo que se suponía una rápida introducción terminara convirtiéndose en una explicación detallada, y pronto desapareció nuestra escasa atención inicial. Al cabo de unos minutos, Eladio, un chaval del pueblo que se sentaba un par de pupitres por delante del mío, empezó a vacilar a don Jaime. Eladio hablaba en voz lo suficientemente baja como para no interrumpir la explicación, pero lo suficientemente alta como para que lo oyéramos tanto el profesor como el resto de los compañeros. Don Jaime seguía dictando mientras caminaba entre las filas de pupitres y fingía no darse por enterado, pero Eladio añadía un comentario en tono burlón en cuanto aquél terminaba de dictar una frase. Después de haber dictado con dificultad cuatro o cinco, don Jaime lo reprendió sin alterarse. Pero Eladio le respondió que no estaba haciendo nada, así que don Jaime retomó la explicación, Eladio siguió burlándose de él, y muy pronto le impedía llegar hasta el final de las frases. Don Jaime parecía incapaz de enfadarse con Eladio. Tratando de ser razonable y de no ponerse a su altura, se paró y le pidió una vez más que no lo interrumpiera. Pero Eladio parecía tener una réplica para todo, y en cuanto don Jaime se dispuso a seguir dictando, se lo impidió con una nueva burla. Visiblemente contrariado, don Jaime lo ignoró y continuó con la explicación, cada vez más caótica a causa de las interrupciones de Eladio. Por primera vez sentí piedad hacia un profesor. Eladio se lo pasaba en grande acorralándolo y tratando de dejarlo en ridículo delante de nosotros, don Jaime intentaba convencerlo de que se callara para que sus compañeros pudiéramos escuchar lo que estaba dictando, y Eladio se reía abiertamente de él y de sus explicaciones. Finalmente, la hostia que le pegó don Jaime debió de oírse en el pasillo y en el piso de abajo. A pesar de lo previsible, no dejó de sorprendernos por su violencia. Yo recuerdo el grito de don Jaime, el estallido de la bofetada y el alarido de Eladio, todo al mismo tiempo, y hay quien sostiene que la fuerza del impacto lo coló en el espacio que había entre los respaldos de los asientos del pupitre. Luego, arruinado el proyecto de ir hasta el torreón, don Jaime siguió dictando mientras pasaban los minutos y la hora de salir quedaba atrás. Empecé a sentirme mal. Me dolía la cabeza y me di cuenta de que se había terminado la tinta de mi bolígrafo, pero no me atreví a decirle nada a don Jaime, que ahora dictaba de manera ininterrumpida sin ser consciente del tiempo transcurrido desde el comienzo de la explicación. Por primera vez sentí verdadero miedo de un profesor. Al cabo de unos minutos, no tuve más remedio que murmurar que no me encontraba bien y él me contestó con un gruñido que podía irme. Salí de clase, recorrí el pasillo, y al bajar las escaleras y llegar hasta la calle comprobé que no quedaba un alma en el colegio. Era una tarde lluviosa de primavera. Antes de echar a andar de vuelta a casa miré hacia la ventana del aula, donde seguía la explicación sobre el monasterio de Sobrado de los Monjes.

domingo, 25 de mayo de 2014

EL MARSHALL DE COLFAX Y LOS HOMBRES DE TEXAS

1
Reclinado contra la barra, un hombre alto con una estrella de plata en la solapa y un vaso de whisky en la mano echaba ocasionales vistazos a los clientes, que jugaban a las cartas o bebían acompañados por alguna mujer. A su izquierda, un hombre fornido de bigote y pelo negros limpiaba vasos y colocaba botellas con fingida despreocupación. Cerca de ellos, sentada en una mesa vacía, una joven de mirada afligida no perdía de vista la ventana orientada a la calle. John Brennan, el hombre de la estrella de plata, y Earl Donohue, el dueño del saloon, eran los únicos que conocían su origen, pero todos sabían a qué se debía la inquietud que mostraba, y a ninguno le hubiera gustado encontrarse en su lugar.

Una semana antes, tres tejanos que iban camino de México se habían hospedado en el único hotel del pueblo. Brennan había oído hablar de uno ellos, Jake Latimer, pero aún no tenía nada para expulsarlo, así que se limitó a quitarles las armas y no perderlos de vista. Los tejanos llevaban varios días en Colfax cuando Kate, la joven que ahora miraba por la ventana, se apeó de la diligencia proveniente de Texas que se detenía frente al hotel, bajo cuyas arcadas la esperaba Brennan. Su madre había sido asesinada en una ciudad del este, pero tiempo atrás le había indicado las señas de la única persona que podría hacerse cargo de ella. Fue inevitable que Latimer se fijara en Kate y la abordara, y también que Kate se sintiera atraída por aquel hombre joven y atractivo. Brennan temía que acabara marchándose con Latimer, y sabía cómo éste la iba a tratar cuando se hubiera cansado de ella.

Un par de noches después, un mexicano entró en el saloon al mismo tiempo que Latimer y sus compañeros. En cuanto Latimer sorprendió un cruce de miradas entre Kate y el recién llegado, se abalanzó sobre él y lo golpeó varias veces hasta mandarlo al suelo. Donohue los observaba desde detrás del mostrador preguntándose dónde se había metido Brennan. El mexicano consiguió arrastrarse hasta la puerta, pero los compañeros de Latimer le impidieron salir. Latimer lo puso en pie, sacó un cuchillo de la caña de la bota y le rajó una mejilla. Brennan acababa de llegar atraído por el tumulto, pero sabía que en el pueblo no iban a apreciar que detuviera a tres hombres de Texas por agredir a un mexicano. Kate contempló al hombre que salía gimiendo del saloon con la cara ensangrentada, sin que nadie se ocupara de él, y Latimer la sujetó por un brazo.

–¡Ya basta! –exclamó Brennan.

Latimer lo miró sorprendido.

–No van a quedarse en el pueblo un minuto más –dijo Brennan.

Latimer sonrió.

–¿Te atreves a decirme lo que puedo o no puedo hacer?

Brennan se interpuso entre Kate y Latimer. Éste parecía más fuerte que él, pero Brennan había pasado por más situaciones como aquella de las que el tejano fuera a vivir nunca. Tal y como estaban situados, podía sacar su revólver antes de que Latimer lograra alzar el cuchillo. Éste lo sabía, y no se decidía a hacer su próximo movimiento. Uno de sus compañeros le tocó un hombro.

–Déjalo –murmuró–. No es más que un pobre desgraciado que está muerto de miedo.

Latimer lo apartó, le dio la espalda a Brennan y anduvo hasta la puerta seguido por los otros. Antes de salir se volvió y se dirigió a Kate, que estaba parada junto al marshall.

–Nos esperan en México –le dijo–, pero regresamos dentro de una semana y vendremos a buscarte.

Los tres hombres salieron del saloon y montaron a caballo. Los clientes volvían a sus vasos y a sus partidas como si no hubiera sucedido nada, pero dirigían miradas de desdén a Brennan, tal vez por haber permitido que tres forasteros le hubieran hablado de aquella forma. Kate no se apartaba de su lado.

 –No te preocupes dijo Brennan–. Nadie volverá a molestarte.

Al cabo de un rato, mientras la veía subir las escaleras del hotel y recorrer el pasillo hasta su habitación, Brennan recordó haberle dirigido palabras similares al ayudarla a bajar de la diligencia una semana antes.

Aquella noche las horas pasaron lentamente para él. Después de consolar a Kate, había salido del saloon, había seguido a los tejanos hasta su oficina y les había devuelto sus armas. Ellos no dejaron de mirarlo mientras las ajustaban a la cintura, como si buscaran retener su rostro antes de desaparecer en la oscuridad hacia las afueras. Brennan volvió al saloon y bebió un trago. De regreso en la oficina tras acompañar a Kate hasta el hotel, se tumbó sobre el camastro, hastiado. Se preguntó cómo se sentiría ella. Por primera vez en su vida, deseó poder retroceder en el tiempo y volver al lugar donde había conocido a la madre de la mujer que ahora estaba bajo su protección. Recordó cuando había llegado al Suroeste con su hermano Bill, quince años antes, huyendo de la justicia tras un incidente en el pueblo de Colorado donde vivían. Pronto lo nombraron comisario de Silverton, Texas, y desde entonces Brennan había perdido la cuenta de las veces en las que se había jugado la vida frente a escoria como Latimer. Ahora Bill trabajaba de vaquero en un rancho de Arizona, la madre de Kate estaba muerta y él representaba a la ley en Colfax, Nuevo México, hasta que sus vecinos consideraran que ya no lo necesitaban y se decidiera al fin por el retiro, o algún joven de gatillo fácil, tal vez el propio Latimer, terminara disparándole por la espalda. Tiró del ala del sombrero y cerró los ojos, pero tardó en conciliar el sueño.

2

Una semana después los tejanos aún no habían vuelto, y hubo quienes opinaron que las palabras de Latimer no habían sido más que bravatas. Pero la noche siguiente, los escasos transeúntes que quedaban a esa hora apuraron el paso hacia sus casas en cuanto avistaron a tres jinetes que se acercaban por la calle principal. Brennan aguardaba junto a la barra cuando los tejanos entraron en el saloon con las armas a la cintura. Latimer sonrió al verlo y le explicó que no habían tenido tiempo de dejarlas en su oficina, porque llevaban prisa y sólo habían parado en el pueblo para recoger a Kate. Dos mujeres se levantaron de sus sillas y se arrimaron a la escalera. Los clientes no levantaban la cabeza de sus cartas y sus consumiciones, aunque ninguno era capaz de seguir jugando. Mientras Brennan dejaba el vaso sobre el mostrador, Kate, sentada en la penumbra del fondo, hizo ademán de levantarse.

–No te muevas –dijo Brennan.

Los tejanos se volvieron hacia él. Kate ya estaba de pie.

–Siéntate –dijo Brennan. Ella obedeció.

–¿Estás de broma? –repuso Latimer.

–Ella no se mueve de aquí –afirmó Brennan.

Kate lo miró con ojos suplicantes. Deseaba que aquello terminara de una vez, aunque eso supusiera salir del local con Latimer. Éste avanzó levemente hacia Brennan. Kate se levantó y se adelantó unos pasos, pero se detuvo sin saber qué hacer. Los clientes seguían en sus sillas con gesto de temor y ansiedad.

–Largo de aquí –dijo Brennan sin moverse de donde estaba–. Y olvidaos de este lugar adonde no vais a volver nunca.

Imperceptiblemente, los tejanos trataban de situarse en torno a él.

–Largo de aquí –repitió Brennan en voz baja.

Kate no se atrevía a intervenir, temiendo que una palabra pronunciada a destiempo hiciera que los cuatro hombres abrieran fuego. Latimer tiró del revólver y Brennan desenfundó y lo abatió con un disparo en el pecho. Los otros sacaron sus armas, pero apenas tuvieron tiempo de apretar el gatillo y hacer añicos los vasos del mostrador antes de caer bajo los disparos de Brennan. Los clientes se levantaron y salieron apresuradamente evitando pisar los cadáveres. Las mujeres los contemplaban con apatía, como si no fuera la primera vez que eran testigos de una situación similar. Brennan cargó el revólver y lo devolvió a la funda. Kate se acercó hasta él. Brennan sabía cómo se sentía.

–Olvídate de ellos –le dijo–. Todo ha terminado.

3

Media hora después, los empleados de la funeraria se habían llevado ya los cuerpos de Latimer y sus compañeros. Brennan, Kate y Donohue tomaban una última copa en un saloon vacío. Era la hora del cierre. Brennan apuró su vaso y se dispuso a pagar su consumición y la de Kate, pero Donohue lo detuvo.

–Eso esta pagado –dijo.

Brennan lo agradeció llevando la mano al ala del sombrero. Luego anduvo junto a Kate hasta la puerta, y un grupo de curiosos que se habían reunido frente al local se hizo a un lado para dejarlos pasar. Brennan acompañó a Kate hasta el hotel y le deseó buenas noches. Desde el umbral, antes de entrar, Kate lo vio caminar hacia su oficina por la calle principal de Colfax.

lunes, 12 de mayo de 2014

LA BALADA DE HENRY MADDOX

Tres hombres cabalgaban al atardecer entre las sombras que empezaban a formarse en el interior de los montes Ozark. Sin dejar de escudriñar la creciente oscuridad, atravesaban claros, remontaban lomas, cruzaban riachuelos, se detenían un instante para verificar la ruta y volvían a desaparecer tras una curva de aquel sendero bordeado de vegetación húmeda y frondosa cuyo ramaje se unía a pocos metros por encima de ellos. El que iba en cabeza se llamaba Henry William Maddox y no pasaba de los treinta años. El ala de su sombrero, en otro tiempo adornado con una pluma, ensombrecía un rostro anguloso de barba castaña y expresión dura y fatigada. Bajo el raído guardapolvo con el que se cubría asomaba una chaqueta que un día fue elegante, y de su cinturón sobresalían las culatas de cuatro revólveres Colt Navy del calibre 38. Le seguía Robert Brady, un hombre alto y corpulento de mirada sagaz, aunque nublada por el cansancio. Era algo mayor que Maddox, vestía ropas humildes y ajadas y portaba el mismo armamento, distribuido entre su cinturón y la silla de montar. Cerraba la marcha George Carter, un joven de apenas dieciocho años vestido de modo similar al de Brady. Su expresión resuelta se transformaba en una mueca impaciente cuando oía un ruido difícil de identificar y llevaba las manos a las culatas de sus Colts, mientras giraba sobre la silla como si temiera una emboscada, aunque conocía el terreno tan bien como sus compañeros.

Unas horas antes, Maddox, Brady, Carter y otros tres veteranos del ejército confederado habían atracado el banco de Griffin, Arkansas, una pequeña ciudad situada a treinta millas al sur de la frontera con Missouri. Cuando salían del local se encontraron con un grupo de hombres armados y distribuidos a lo largo de la calle, que abrieron fuego contra ellos en cuanto dieron un paso adelante. Dos de los atracadores cayeron allí mismo y los otros lograron montar y escapar al galope en dirección a los bosques, pero uno de ellos recibió un balazo en la espalda, cayó por tierra y fue alcanzado de nuevo antes de poder recuperar las riendas de un caballo encabritado. Los fugitivos se adentraron en un territorio inhóspito siguiendo una ruta que muy pocos de sus perseguidores habían transitado antes. Después de media jornada de marcha dura y fatigosa, lograron dejarlos atrás y siguieron cabalgando hacia el remoto lugar donde pasarían la noche, para luego continuar la huida camino del sur. Era el golpe más grave que habían sufrido desde el final de la guerra, y Maddox no ignoraba que si en la ciudad estaban al tanto de sus planes, alguien de la banda tenía que haberlos delatado.

Los jinetes ascendieron un terreno escarpado, alcanzaron la parte alta de una colina cubierta de árboles y maleza y se detuvieron frente a una cabaña que apenas se distinguía a la luz del crepúsculo en medio de la espesura. A sus oídos, proveniente del valle ya a oscuras que acababan de recorrer, llegaba el murmullo de un río. Desmontaron, ataron las riendas de los caballos al tronco de un árbol, echaron un último vistazo alrededor y entraron. Maddox encendió una lámpara cuyo tenue resplandor le permitió ver el interior de la estancia: dos ventanas desde las que podían cubrir parte del bosque y el acceso a la cabaña, una cama destartalada con un par de mantas polvorientas, un pequeño baúl, una mesa y sillas y una escupidera. Brady y Carter se quitaron los sombreros y se derrumbaron, agotados, en los asientos, mientras Maddox se despojaba del sombrero y del guardapolvo, que arrojó uno encima del otro sobre la cama. Luego abrió el baúl, sacó una botella de whisky y vasos y se sentó a la mesa con sus compañeros.

–Mañana a esta hora estaremos camino de Texas –dijo con gravedad después de que todos hubieron bebido. Luego observó a Brady y a Carter.

–Fue una trampa –afirmó al cabo–. Conocían nuestro plan. No tuvieron más que esperar a que saliéramos del banco para cazarnos.

Sus compañeros levantaron la vista, asombrados.

–Los hombres de Pinkerton llevaban tiempo sobre nuestra pista –añadió Maddox–, y al fin nos han encontrado.

Apuró su vaso. Carter y Brady lo miraban con atención. Maddox se dirigió al primero.

–George, te uniste a nosotros hace pocos meses por mediación de Hathaway, pero siendo el menos experimentado, escapaste del tiroteo sin un rasguño.

Carter se movió ligeramente hacia delante, como si no comprendiera lo que acababa de oír.

–Dos días antes del atraco saliste del refugio y fuiste hasta Dunning –siguió Maddox.

–Fui a la granja a ver a mi madre –explicó Carter–. Ya lo hice otras veces, y no pusisteis ninguna objeción.

–Los agentes de Pinkerton te estaban esperando allí.

–¿Estás loco, Hank? –exclamó Carter.

–No es la primera vez que sucede algo así. Tenía que haberme dado cuenta, pero me fié del criterio de Hathaway.

Carter trató de sonreír, pero sólo logró una mueca atribulada.

–Supongo que bromeas...

–No hay otra explicación. Llevamos mucho tiempo aislados, nadie más conocía nuestro plan.

–Brady también salió –protestó Carter de buena fe–. Y lo mismo hicieron Lane y Ellsworth.

Brady miró fijamente a Carter.

–A Lane y a Ellsworth los mataron delante del banco –repuso Maddox–. Y Brady lleva luchando a mi lado desde que estalló la guerra.

Carter no supo qué responder.

–Levántate –dijo Maddox, echando su silla hacia atrás e incorporándose.

Carter pareció enmudecer.

–¿Qué estás diciendo? –murmuró.

Brady se puso en pie y se desplazó a un lado de la mesa.

–¡Levántate! –bramó Maddox.

Carter se irguió sin apartar la mirada de la suya.

–Maldita sea, Hank, yo no hice nada...

–No vamos a perder más tiempo. Tienes la oportunidad de defenderte. Es más de lo que mereces.

–Hank, sabes que no tengo ninguna oportunidad contra ti...

Carter retrocedió hacia la puerta y se detuvo al sentirla a su espalda. No podía hacer frente a Maddox, pero tampoco tenía ninguna posibilidad de abrir y salir corriendo de allí. Brady no se movía de donde estaba, y no parecía dispuesto a hacer nada por ayudarlo. Carter se dio cuenta de que era el final del camino para él. Sin embargo, no había delatado a Maddox, y sería incapaz de traicionar a unos hombres junto a los cuales había encontrado al fin su lugar. Acercó la mano al revólver que llevaba entre el cinturón y la camisa. Maddox aguardaba al otro lado de la mesa. Carter tiró del revólver, Maddox desenfundó y abrió fuego y Carter cayó contra la puerta, se encogió con un gesto de dolor y se vino abajo. El revólver estaba entre los dedos de su mano derecha, pero no había llegado a disparar. Dejó escapar un gemido y cerró los ojos. Maddox guardó su arma y se acercó hasta él, dándole la espalda a Brady. Éste retrocedió unos pasos sin hacer ruido y sujetó su revólver con tiento. Maddox contempló en silencio el cadáver de Carter. Iba a volverse cuando Brady sacó el revólver y le disparó a quemarropa hasta vaciar el cargador. Se detuvo al apretar el gatillo y sentir que no le quedaban balas. Su corazón latía con rapidez. Maddox estaba tirado a sus pies con la cabeza hecha pedazos y la espalda y los brazos acribillados. Brady no podía creer que hubiera matado a aquel hombre sin ayuda alguna. Guardó el revólver olvidando cargarlo, tosió a causa del humo que se extendía por el interior de la cabaña y dejó escapar una carcajada nerviosa. Luego recordó cómo, cuatro años antes, su caballo se había roto una pata cuando huían de Gettysburg y Maddox volvió sobre sus pasos a galope tendido para sacarlo de allí en la grupa.

Brady salió evitando pisar a los dos hombres tirados frente a la entrada, montó un caballo que creía el suyo (en realidad era el de Carter), picó espuelas y se perdió en la noche.

domingo, 13 de abril de 2014

SCHOOL DAYS (VIII)

A mis primas Paloma y Rocío
Hace treinta años, una semana de octubre, se anunció en mi pueblo el paso inminente del ciclón Hortensia, lo que trajo miedo a un lugar donde suele haber grandes temporales durante el invierno, pero raramente de aquella magnitud. El viento se abatiría sobre la zona a media tarde, así que durante la mañana la rutina siguió su curso habitual en los distintos barrios. En la pequeña avenida de las afueras donde estaba el colegio eran palpables el temor y la incertidumbre. Las señoras que venían de las aldeas cercanas para vender la leche que transportaban a lomos de burros, las que hacían la compra en el ultramarinos, los jubilados y los conductores de autobús que frecuentaban los dos bares que había entonces, los profesores y los alumnos del colegio, no hablábamos de otra cosa. Las madres de algunos compañeros predecían algo similar a los ciclones tropicales que veíamos ocasionalmente en los informativos, con árboles cediendo ante la fuerza del viento hasta ser arrancados de raíz, tejados desmantelados volando bajo la lluvia y calles inundadas entre las que flotaban coches a la deriva.

Se suprimieron las clases de la tarde y todas las del día siguiente, los autobuses de cercanías dejaron de circular y los comercios cerraron antes de la hora, así que cuando salimos del colegio al mediodía encontramos una avenida vacía y silenciosa bajo un cielo nublado de aspecto amenazador. Mis padres nos estaban esperando con el coche a mi hermano y a mí, y también a nuestras primas, que vivían en una finca situada junto al camino que pasa por delante de la nuestra. Al cabo de unos minutos, después de recorrer una carretera en la que coincidimos apenas con dos o tres vehículos, ellas entraban en su casa, donde estaban ya sus padres, que habían llegado del trabajo antes de lo habitual. Nosotros cruzamos el camino y cerramos bien el portal, comprobamos que no quedaran fuera bicicletas, balones, rastrillos o tijeras de podar, guardamos el coche, metimos a los perros en el garaje y fijamos alguna contra que siempre se soltaba cuando había viento. Luego, mientras almorzábamos, el tiempo transcurrió con lentitud. Al cabo de un rato empezó a llover, y a media tarde el ciclón se abatió sobre el pueblo. Fue bastante repentino: en lo que recuerdo como un abrir y cerrar de ojos el viento soplaba con furia sacudiendo macizos de flores, árboles y postes de la luz, que mi hermano y yo veíamos desde una ventana del salón. Difuminados tras las violentas ráfagas de lluvia, más allá del muro que rodea la finca, avistábamos prados en pendiente y extensos bosques cuyo verde oscuro se confundía a lo lejos con el gris y el negro del cielo, y si nos acercábamos a otra ventana más protegida podíamos ver la casa de mis primas por detrás de la vegetación del camino. Las imaginé allí dentro, a resguardo del temporal, tal vez mirando admiradas por una ventana como estábamos haciendo nosotros. De vez en cuando oíamos a pocos metros una teja estrellándose contra el suelo de piedra. Me pareció distinguir el chillido lejano de un pájaro entre el fragor del viento, pero no le dije nada a mi hermano. Nos preguntamos cómo andarían los perros; fuimos hasta el garaje, y al abrir la puerta los vimos durmiendo plácidamente cerca de la caldera de la calefacción. Cuando anochecía se fue la luz, de modo que encendimos una linterna, sacamos velas de los cajones de la cocina y las distribuimos por las habitaciones de la planta baja. Al pasar por el vestíbulo y levantar la cabeza, me asustó ver las escaleras de madera que desaparecían en la oscuridad de la primera planta, y al entrar en el salón con una vela en la mano evité mirar el reflejo de mi rostro en el espejo colgado de la pared. Pero estábamos bien allí, sentados en el amplio sofá y cubiertos de mantas, mientras recordábamos otras noches de tormenta en el pueblo del interior donde habíamos vivido años antes y mi padre nos contaba anécdotas de la mili o del colegio mayor. Pensé en los alumnos internos del colegio, que debían de estar pasándolo en grande en las habitaciones de la sexta planta del gran edificio que durante el curso hacía las veces de internado, gastándose bromas pesadas y sabiendo que no tendrían que ir a clase al día siguiente…

Al día siguiente, después de la tempestad, llegó la calma. Los árboles plantados en torno a nuestra casa habían resistido el ciclón, aunque el alpendre construido contra el muro al fondo de la finca perdió parte del tejado de amianto. La casa de mis primas no había sufrido daños, pero el viento había derribado una verja cubierta de hiedra y terminó desplazando el Citroën 2CV de mi tía hasta un maizal contiguo. Según contarían luego los vecinos, en algunas viviendas de los alrededores habían volado muchas tejas, lo que permitió a la lluvia alcanzar desvanes y habitaciones de las plantas superiores. A última hora de la mañana bajamos en coche hasta el pueblo. En la avenida de las afueras, bajo un cielo húmedo y gris, las propietarias de los comercios salían a la calle con mandilones sobre los jerséis de cuello vuelto y barrían los cristales esparcidos por la acera delante de los escaparates. Después de parar un momento en el centro, mi padre condujo hasta el extremo del puerto pesquero y aparcó frente a uno de los pilares del puente del ferrocarril que pasa a veinte metros por encima del viejo aserradero. Las amarras de varios botes se habían roto; uno había chocado contra una de las cepas del puente y los otros habían terminado varando en la pequeña playa contigua. Dos árboles de un prado cercano a la vía férrea se habían venido abajo. Las raíces quedaban al descubierto, y troncos y ramas colgaban peligrosamente en el vacío sobre el dificultoso sendero de tierra que desciende hasta la arena entre las rocas y la maraña de vegetación. Salimos del coche envueltos en abrigos y anoraks y paseamos unos minutos por el muelle, adonde llegaba un agradable olor a brea y salitre, mientras contemplábamos las olas que rompían contra las formaciones rocosas en el otro extremo de la playa, las aguas embravecidas de la ría y la línea plateada, difusa y lejana, que dibujaba el mar abierto al perderse en el horizonte. De vuelta a casa, nos fijamos en que seguía en pie un hermoso castaño que habían plantado muchos años atrás frente al solar donde ahora estaba el internado. Cuando mi abuelo decidió comprar el solar y llevar a cabo la obra, les había indicado a los obreros que no cortaran el árbol, y el castaño era hoy era uno de los más antiguos de la avenida.

Unos días después del ciclón, mi abuelo salió de casa a eso de las cuatro y media y se encaminó hacia el internado, donde se disponía a trabajar hasta última hora de la tarde en su despacho de la planta baja. Luego, como habitualmente durante la semana, se acercaría hasta el centro del pueblo y compraría una revista en el estanco, recogería un pantalón en la sastrería o tomaría un vino con viejos conocidos en alguna tasca al finalizar la jornada. En aquel momento apenas se veía a gente por la avenida, ya que en el colegio aún no habían terminado las clases y todavía faltaban unos minutos para que abrieran los comercios del barrio. Mi abuelo cruzó la calle, dejó atrás un bloque de viviendas y anduvo en dirección a la entrada principal del internado. El castaño estaba situado a pocos metros de la puerta de aluminio y cristal. Cuando mi abuelo pasó por delante del árbol, la copa se quebró y se vino abajo, le cayó encima y lo derribó con fuerza contra el suelo de cemento. Mi abuelo quedó atrapado entre las ramas, maltrecho por el impacto e incapaz de erguirse y desembarazarse de aquel peso. Un cuarto de hora después, un vecino que salía del bar contiguo al colegio volvió la vista y reparó en que el viejo castaño se había roto, y luego avanzó unos pasos, extrañado, porque le pareció que algo se movía bajo la hojarasca. Llamó a los que estaban dentro del local, y de inmediato cuatro o cinco personas cruzaban la calle y se apresuraban a  retirar la copa del árbol y sacar de allí a mi abuelo. Lo ayudaron a caminar de vuelta a casa mientras desde el bar telefoneaban al médico del pueblo. Cuando éste lo examinó le aconsejó pasar en cama el resto de la jornada, aunque no se había hecho nada grave.

Al día siguiente, ignorando el consejo de familiares y amigos, mi abuelo salía otra vez de casa a primera hora de la tarde y echaba a andar hacia el internado ayudándose con un bastón y cojeando ligeramente. Era un hombre bregado por la vida y muy poco dado a la sensiblería; pero cabe preguntarse si cuando llegó a la altura del castaño, frente al que había pasado de camino a su despacho durante los últimos años, algo se estremeció dentro de él. Veinte minutos después terminaban las clases de la tarde, y en medio del bullicio habitual un profesor detenía el tráfico en el paso de cebra para que cruzáramos la calle. Algunos alumnos subíamos a los autobuses escolares estacionados cerca del colegio, mientras los conductores fumaban un cigarrillo y charlaban junto a los vehículos antes de arrancar. Las madres de otros chavales se saludaban y paraban a hablar un momento al entrar y salir de las tiendas, ellos corrían a su alrededor por la acera, y la vida seguía su curso en la pequeña avenida de las afueras del pueblo.