miércoles, 26 de junio de 2019

LA CONQUISTA DEL OESTE

El cine del pueblo estaba en un viejo edificio situado cerca del puerto pesquero, y allá por la década de los ochenta caminábamos hasta allí los días nublados de verano en los que volvíamos pronto del mar a causa de la lluvia. Era un amplio local con suelo de madera, escenario con pesadas cortinas rojas para representar obras teatrales, y en la primera planta una platea (el “gallinero”) y un bar (el ambigú) que recordaba a los de las fotografías del Oeste americano, adonde subíamos a comprar bebidas y chocolatinas durante la pausa en las proyecciones especialmente largas (pausa anunciada por un cartel que aparecía en la pantalla con el texto “visite el ambigú” escrito a bolígrafo). La programación constaba fundamentalmente de cuatro tipos de películas: subproductos italianos o norteamericanos; estrenos que llegaban con dos o tres años de retraso; clásicos de los cincuenta y primeros sesenta (como las magníficas El hombre de las pistolas de oroLa conquista del Oeste y Las nieves del Kilimanjaro); y películas eróticas que proyectaban los jueves por la noche y a cuyos pases no podíamos acudir, lo que las rodeaba de un halo de leyenda (especialmente cuando pusieron una en tres dimensiones), aunque paliábamos la prohibición contemplando las fotografías de la vitrina con las preceptivas estrellitas sobre los pezones de las actrices.

Los domingos de invierno yo coincidía en la cola de la taquilla con mis amigos del colegio sin que fuera necesario quedar antes. En una ocasión fui con mi hermano a ver Terminator en el primer pase de la tarde, pero la película ya había empezado y no nos dejaron entrar por no tener la edad permitida. Había éxitos rotundos, como la cinta de acción automovilística y tono humorístico Los locos de Cannonball, con Burt Reynolds y Farrah Fawcett, que a causa de la gran afluencia de público volvieron a proyectar el domingo siguiente. También se llenó la sala con Karate Kid, película de aprendizaje y artes marciales durante cuyo clímax se podía sentir la tensión en las butacas, y la concurrencia, emocionada, aplaudía cada vez que el joven y atribulado protagonista salía victorioso de un asalto. Ciertos títulos hacían surgir sentimientos insospechados en algunos espectadores: al final de Gremlins, cuando el viejo chino va a la casa del protagonista para arrebatarle el simpático y entrañable monstruillo, en el gallinero oí cómo un chaval de uno de los barrios más duros del pueblo, indignado, amenazaba con pegarle una hostia al asiático si se lo llevaba.

Era normal vacilar al acomodador, que armado con su linterna buscaba por el pasillo entre las filas de butacas a los elementos perturbadores. En Conan el destructor, en el momento en que se enfrentan mentalmente el brujo bueno y el brujo maléfico y vence aquél, alguien empezó a aplaudir de cachondeo contagiando al resto de la sala, que rompió en aplausos mientras continuaba la proyección. Aquello me pareció la cumbre de la hilaridad, así que unas semanas después, durante el pase de Comando Patos Salvajes (una italiana de acción protagonizada por el gran Lee Van Cleef), les dije a mis amigos que aplaudiéramos tras presenciar una frenética persecución automovilística, pero en seguida tuvimos que parar al ofrecernos dos hostias un fulano sentado con su novia en la fila de delante. A veces, la complejidad de lo que veíamos en la pantalla era involuntaria: cuando pusieron El jinete pálido, un western duro y brioso que me fascinó, el proyeccionista se equivocó con el orden de los rollos de película, de manera que se produjeron elipsis bruscas y sorprendentes y las escenas se sucedían en un orden difícil de seguir.

En la oscuridad de aquella sala espaciosa y acogedora descubrí lugares que me cautivarían y asociaría en mi imaginación con los bosques y las playas de aguas verdes de los alrededores, como los Mares del Sur de Los piratas de las islas salvajes o la junglas sudamericanas de Tras el corazón verde La selva esmeralda. Otras películas me conmovían y me permitían asomarme a lo que intuía que era la vida adulta, entre ellas las inolvidables, especialmente para quienes teníamos once o doce años, Único testigo, La rosa púrpura del Cairo y Cotton Club. A estas dos últimas me llevaron mi tío y su novia una noche lluviosa después de comprar tres curcuchos de patatas fritas en un puesto del cercano mercado municipal que abría los domingos. Durante el pase de la primera, me estremecí con la escena en la que Harrison Ford y Kelly McGillis bailan al ritmo del Wonderful World de Sam Cooke en el interior de un granero, y me costó semanas olvidar el perturbador momento en que se besan arrebatadoramente por primera vez.

Cuando mi padre nos venía a buscar al terminar las películas, le pedía los carteles al propietario del cine. Uno de los que conservo hoy es el de La conquista del Oeste, superproducción de principios de los años sesenta que para nosotros tenía la curiosidad de contar en su reparto con un joven George Peppard, en aquellos tiempos célebre entre los chavales de mi edad por protagonizar la serie televisiva El equipo A. Era una película de tres horas dirigida por Henry Hathaway, John Ford y George Marshall, y su larga duración permitía pasar media tarde instalados cómodamente en las butacas. En la pantalla, James Stewart, John Wayne, Karl Malden, Carroll Baker, Carolyn Jones, Richard Widmark, Lee J. Cobb y Gregory Peck entre otros. La música de Alfred Newman. La familia cuáquera que canta El hogar en la pradera al son de un acordeón a orillas del río. El viejo trampero enamorado diciéndole a su futura y joven esposa que va a sentar cabeza para casarse con ella. El muchacho que vuelve de la guerra convertido en adulto. La estampida de bisontes. El tiroteo del final sobre un tren en marcha rodado en espectacular formato panorámico. El visionado de La conquista del Oeste, con su épica de buena ley, su ritmo, su lírica emocionada, su reparto de grandes actores, sus personajes tan reales que parecían de carne y hueso, y esos anhelos y esas grandes dificultades y esas pequeñas victorias que, de alguna forma, anticipaban otros tantos que la vida real nos depararía años después, fue una de las impresiones mas imperecederas y es uno de los recuerdos más hermosos y duraderos de mi ya lejana infancia.  

jueves, 20 de junio de 2019

EVERYONE

Una mañana de invierno, Michael Byrne salió de su pequeño apartamento en Moray Park Terrace, recorrió un laberinto de calles nevadas y cogió un autobús que lo condujo hasta la estación de Edimburgo-Waverley. Después de pedir un billete para Balloch, anduvo entre la multitud hacia el andén y esperó en su asiento la partida del tren. Cuando éste se puso en marcha en dirección al oeste del país, Byrne pensó en Christine y volvieron a su cabeza los pasos que lo habían llevado a hacer ese viaje.

Byrne la había conocido dos años antes, la tarde que coincidieron en el ferry en el que ella visitaba el Loch Lomond, donde él trabajaba de camarero en uno de los restaurantes situados a orillas del lago. Byrne tenía el día libre, y como se entendieron bien tras una breve conversación acerca del hermoso paisaje de colinas pardas y bosques de coníferas, pasaron el resto de la jornada juntos. Volvieron a verse la mañana siguiente. Luego Byrne retomó su trabajo pero Christine se acercaba al restaurante al caer la tarde, y cuando terminó su viaje y tuvo que regresar a Francia, decidieron que volverían a encontrarse en cuanto les fuera posible. Dos meses después se vieron de nuevo en Calais, donde ella trabajaba en la oficina de correos, y al cabo de poco tiempo Byrne dejaba el restaurante, empezaba a trabajar de recepcionista nocturno en un hotel de la costa normanda y vivía con Christine en el apartamento que ella tenía alquilado cerca del puerto.

Las cosas fueron bien al principio, y a menudo Byrne se despertaba en mitad de la noche y se asombraba de que la soledad en la que había pasado sus veintidós años de vida hubiera terminado de manera tan repentina. Byrne no tenía hermanos y había perdido a sus padres en un accidente de tráfico cuando era niño. En el instituto había sido un tipo solitario y conflictivo, y después de varias expulsiones por enfrentamientos con alumnos y profesores, había dejado los estudios para empezar a trabajar de botones en un hotel de Edimburgo. Todo su mundo se reducía a unas vivencias breves y no especialmente felices y a paseos en solitario por diversos rincones de la ciudad. Eso se terminó al conocer a Christine, y durante varios meses sintió un contento y una placidez totalmente nuevos. Pero las cosas no tardaron en torcerse. Desde hacía tiempo, Byrne vivía con la impresión de llevar en su interior a alguien que quería hacerle daño y lo conocía muy bien, y arrastraba consigo una tristeza que ahora le estaba jugando una mala pasada. Después de dos años de dificultosa convivencia en los que, a pesar de lo mucho que tenían en común, surgieron diferencias en apariencia infranqueables, decidieron separarse durante un tiempo. Byrne regresó a Edimburgo y encontró trabajo como portero de noche en un hotel, pero pronto comprendió que no podía vivir alejado de Christine. Con el paso de las semanas se acrecentaba la sensación de pérdida y fracaso, y la soledad era ahora mucho más difícil de sobrellevar que antes de haberse conocido. Byrne suponía que Christine no iba a volver, ya que consideraba que ella, cuyo carácter seguro y afable la hacía tan apreciada por los demás, tenía una vida más llena que la suya. De ahí su asombro cuando una mañana, al regresar a casa después del trabajo, recibió su llamada telefónica. A Byrne le sorprendió que ella sintiera su misma timidez inicial, pero eso no impidió que la camaradería habitual terminara estando presente en la breve conversación. Fue Christine quien le propuso volver a verse al cabo de tres semanas en el Loch Lomond.

Después del transbordo, el tren dejó atrás Glasgow, siguió su camino a través de un paisaje de suaves lomas nevadas, y una hora más tarde se detenía en la estación de Balloch. Tras coger su maleta y cerrar los botones de su abrigo, Byrne salió del calor del interior del vagón al intenso frío de un andén cubierto de nieve y sal. Miró a su alrededor, pero no vio a Christine entre quienes aguardaban a los pasajeros que se apeaban en ese momento, y sintió un miedo repentino que le hizo pensar que tal vez ella hubiera terminado considerando absurda la idea de un reencuentro. Durante unos minutos anduvo de un lado a otro con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo subido, hasta que a través del empañado cristal de la puerta de la estación vio que alguien entraba apresuradamente. Un instante después, Christine salía al andén envuelta en su abrigo, lo veía y echaba a andar hacia él con una sonrisa. Mientras se abrazaban y se besaban en el solitario andén, Byrne comprendió que al fin habían vuelto a casa.