sábado, 19 de noviembre de 2011

SIN SALIDA

Then he remembered, and once again,
and for a moment, he was Koolau, the lepper
Jack London

Querida C:

Cuando te lleguen estas líneas, probablemente ya me habrán condenado. Quizá ni siquiera te molestes en leerlas, pues imagino que habrás sacado tus propias conclusiones ante lo que hice.

Como todos en el pueblo, debes de creer que soy un desgraciado que mató a Miguel Crespo sin motivo, un perro rabioso que luego aprovechó para quitarle su dinero e intentar huir. Supondréis que su muerte puso punto final a algo que empezó a fraguarse hace tiempo y que deberíais haber visto venir, pero que no intuisteis antes porque nunca os fijasteis en quien estaba fuera de juego casi desde el primer momento. Y lo peor es que cuando las miradas se volvieron con odio hacia mí, fue por haber matado precisamente a Crespo. Éste era un buen tipo, alguien popular cuya presencia producía reconocimiento, y sabía emplear con sorprendente espontaneidad las palabras adecuadas para recibir siempre una acogida favorable. Curiosamente, a mí no me saludaba por la calle, y si alguna vez coincidíamos en alguna conversación con otras personas me ignoraba o me hablaba de forma despectiva. En principio no pude comprender la causa de ese rechazo, pero pronto me di cuenta de que Crespo sólo se encontraba a gusto cerca de quienes se sentía próximo, y por tanto no quería tener que ver con un tipo introvertido, solitario, definitivamente extraño como yo. Me resultó doloroso; me gustaba la imagen que Crespo proyectaba en los demás, y durante un tiempo adopté un comportamiento que no era el mío tratando de actuar del mismo modo que aquellos a los que él apreciaba, y logrando únicamente que su desdén fuera todavía más pronunciado. Terminé por no darle importancia: yo había puesto todo de mi parte y no había obtenido más que rechazo de alguien a quien respetaba como, hasta unos minutos antes de acabar con su vida, respetaba a todo el mundo.

Si no te aburre lo que te estoy contando, me gustaría hablarte de Julia V. Supongo que la conoces, vino a trabajar en la biblioteca del pueblo hará un año, y hace un par de meses se mudó al mismo bloque que yo. Puede que te sorprenda, pero desde entonces no pasa un maldito día sin que piense en ella. En realidad, nunca intercambiamos más de dos palabras cordiales al coincidir en el portal o en el ascensor, así que no sé por qué me atrae tanto. Tal vez sea precisamente por esa cordialidad, el reverso del recelo que a menudo leo en los ojos de tantas personas, un recelo incomprensible que no ignoro provocar en cuanto nuestras miradas se cruzan. Como cabía esperar, Julia encajó en seguida en el entorno de Crespo, se entendió especialmente bien con él y no tardaron en salir juntos, lo que no cogió de sorpresa a nadie. Sin embargo, pronto resultó evidente que las cosas no estaban funcionando como deberían, y no había más que cruzárselos en la calle y fijarse en su expresión entristecida para darse cuenta de que aquello afectaba más a Julia que a Crespo.

Al poco de llegar ella, pensé en marcharme del pueblo. Pero si alguna vez iba a hacerlo, me sentía obligado a intentar acercarme a Julia antes para entablar algún tipo de trato personal, por mínimo que fuera, más allá de la cortesía elemental entre dos vecinos. El temor a este paso último, y la simple dejadez, hicieron que abandonara parcialmente la idea de la partida y prosiguiera con mi vida allí. Y esa vida oscura y mediocre seguía su curso mientras yo, que la sobrellevaba con el mayor aplomo posible, contemplaba como se cerraban muchas puertas a mi alrededor del mismo modo que Crespo me había cerrado de golpe todas las suyas.

Aquella noche que ahora todos recuerdan tan bien, pero que, pese a lo que acababa de suceder, sería una más de no haber muerto Crespo, me levanté de la cama tras un buen rato sin conseguir dormir. Me asomé a la ventana y contemplé las luces al fondo de la avenida. Me fijé en el despertador sobre la mesilla de noche: a esa hora solían volver Julia y Crespo. Al cabo de unos minutos, distraído, eché un vistazo hacia la acera, y los distinguí a lo lejos caminando en dirección al edificio. A medida que se aproximaban sus rasgos se hacían más nítidos, y no pude evitar observarlos. Aunque no quería oír las palabras, por sus gestos deduje que discutían, y en la mirada de Julia se veía que no le agradaba lo que Crespo le estaba diciendo. Se detuvieron frente a la entrada. Crespo seguía hablando sin alterarse lo más mínimo, incluso sonreía de vez en cuando, pero Julia parecía cada vez más trastornada por lo que estaba oyendo. La discusión terminó convirtiéndose en una disputa un tanto extraña. Julia comenzó a hacer aspavientos con los brazos, y Crespo, manteniendo en todo momento la calma, la sujetó por los hombros y trató de hacerla retroceder hacia el interior del portal. Al fin comprendí lo que sucedía: Crespo intentaba forzar a Julia. Me quedé petrificado en la ventana, pero enseguida reaccioné con un grito que lo hizo detenerse. Julia se desembarazó de él y, sin apenas levantar la vista, entró llorando en el edificio. Quien sí miró hacia la ventana fue Crespo. Sonrió con sorpresa e ironía al reconocerme, parecía divertido, y durante varios segundos me sostuvo la mirada. Luego giró la cabeza a un lado y a otro, se dio la vuelta y rehízo el camino hasta el bloque donde vivía, próximo al mío. Mientras lo veía alejarse, pensé que algo iba muy mal en nuestro pequeño pueblo. Fui de un lado a otro de la habitación intentando descifrar lo que había pasado, como si me hallara frente a un rompecabezas cuyas piezas no lograba encajar. Me envolvió un infinito desprecio hacia mí mismo y una insoportable sensación de confusión, tenía la impresión de estar en medio de una pesadilla. Incapaz de llegar a una conclusión coherente, saqué de un cajón la pistola que alguien me regalara tiempo atrás, la cargué y me dirigí a la casa de Crespo.

Crucé la calle sin darme cuenta, me encontré frente a su puerta y la golpeé con el puño. Al cabo de unos segundos, Crespo abrió y le descerrajé un tiro en el pecho. Crespo retrocedió y se vino abajo. Tras decirle algo que no oí, me fijé un instante en su cuerpo herido y lo rematé con otro disparo en la cabeza. Enardecido por el estruendo, el humo, la sangre y el calor que notaba por dentro cuando apretaba con fuerza los dientes, decidí llevarlo todo más lejos. Cogí el dinero que Crespo tenía en su cartera, lo guardé en mi chaqueta y eché a correr hacia la calle. Para entonces, un vecino lo había oído todo. Choqué con él cuando salía, de nuevo envuelto en una nube de confusión, pero ahora excitante e incluso agradable.

Subí a mi coche y dejé atrás el pueblo. No tardé en oír una sirena, y por el retrovisor vi el vehículo de la policía que intentaba alcanzarme. Sabía que no llegaría muy lejos, así que aparqué a un lado de la carretera y bajé con las manos en alto. Los agentes me rodearon, me hicieron varias preguntas a las que respondí con una mirada vacía y me empujaron al interior de su coche.

El resto, C, supongo que ya lo sabes. Se dictó prisión preventiva y alguna gente, policías, periodistas o simples curiosos, se interesaron por mi caso. Pero luego se acordó secreto de sumario y todos se olvidaron de mí, mientras el fiscal reunía las pruebas para encerrarme.

Ahora termino estas líneas que no sé si has tenido la paciencia de leer. A nadie le interesa ya saber el porqué de lo ocurrido. Lo único importante es que debe de estar casi todo listo para que dicten sentencia y me condenen.

Me encuentro muy solo, C. Pienso mucho en ti y, sobre todo, en Julia. Tengo tiempo para eso, aquí los días son interminables y las noches eternas. Me hago muchas preguntas, aunque ahora ya no me importa no encontrar las respuestas.

En fin, espero que te olvides pronto de mí (si es que no lo has hecho ya) y que seas feliz a lo largo de tu vida. La gente como tú tiene derecho a serlo.

Adiós, C.

miércoles, 5 de octubre de 2011

BACKWOODS

1
Después de lo que ocurrió hace diez años en el pueblo no volvimos a ver a Tom Brennan. Todos supusieron que su desaparición y el crimen estaban relacionados, y todos pensaban también que desde aquel otro suceso unos días antes, la reacción de Tom no se iba a hacer esperar. Sólo tres personas trataron alguna vez de ayudar al muchacho, y alguien tenía que pagar por lo que acababa de sufrir una de ellas.

Tom vivía con su padre en el interior del bosque. George Brennan trabajaba en el aserradero, donde sus compañeros lo evitaban a causa de su carácter violento e impredecible. En el pueblo se le atribuían pequeños robos, y cuando iba solía verse envuelto en algún altercado. Si una pelea salía mal, de regreso se desquitaba con Tom. Una noche apuñaló a un forastero con el que había reñido durante una partida de cartas. El jurado no tuvo que deliberar demasiado tiempo antes de condenarlo a la horca. Su hijo quedó a cargo de unos vecinos, que lo alimentaron, lo vistieron decentemente y lo mandaron a la escuela. En pocos días, Tom pasó de las continuas palizas que recibía de su padre a la prodigalidad con que Miss McTiernan, la joven maestra, descargaba su vara sobre nuestras manos. Pero ella logró que comenzara a venir tolerablemente aseado y mostrando unos modales rudimentarios pero esforzados, impensables hasta entonces en él. Miss McTiernan era la hija menor de un modesto pescador y la única de sus cuatro hermanos que había ido a la escuela. Su celebrada constancia, su temida severidad dentro del aula y su cordialidad fuera, llevaban a nuestros padres, la mayoría pescadores más humildes que el suyo, a saludarla por la calle con un respeto rayano en la devoción. Ella se ocupó de poner fin al trato duro y despectivo que Tom recibió al principio de los otros alumnos. Sin embargo, ni siquiera Miss McTiernan consiguió interesarlo en las lecciones, pues se evadía y parecía siempre triste y ajeno a lo que le rodeaba. Tom terminó por dejar la escuela, y Miss McTiernan se encargó de conseguirle trabajo en el aserradero de James Farrell. No debió de resultarle difícil, ya que desde hacía unos meses se la veía con cierta frecuencia junto al hijo del propietario. Por la mañana Tom pasaba camino del aserradero como uno más en la cuadrilla de peones. Fui de los pocos que lamentaron su partida, porque Miss McTiernan lo había sentado en mi pupitre y con el tiempo acabamos entendiéndonos bien.

2
Cuando expulsaron a su hijo de la universidad, James Farrell trató de que se ocupara del aserradero, pero John no tardó en volver a frecuentar las tabernas del pueblo y a relacionarse con los hombres que trabajaban para su padre. Estos fingían apreciarlo y se burlaban de él a sus espaldas, hasta que les demostró que sabía hacerse respetar como cualquiera de ellos. John era el único que parecía simpatizar con George Brennan. Habían estado bebiendo juntos la noche de la partida de cartas y la muerte del forastero, y algunos sostuvieron luego que Farrell también participó en la pelea. Después del ahorcamiento fue menos por el pueblo y evitó siempre los conflictos. Miss McTiernan acababa de ocupar su plaza en la escuela, y en seguida comenzaron a verse. Probablemente se hubieran conocido años atrás, antes de que Farrell se marchara a la universidad. Intuíamos que algo así iba a suceder tarde o temprano e íbamos a tener que aceptarlo, como teníamos que aceptar ahora el contraste entre sus orígenes, y la distancia entre el carácter afable de Miss McTiernan y el temperamento brutal de Farrell. Aunque nos costara admitirlo, era fácil entender que ella prefiriera aquella compañía a la de nuestros hermanos mayores, muchos de ellos empleados de James Farrell que apenas sabían escribir sus propios nombres.

Poco a poco, Miss McTiernan cambió en su manera de relacionarse con nosotros. Nunca llegó a descuidar su trabajo, pero yo notaba que algo le preocupaba a la vez que lo llevaba a cabo, aunque ella creía que ninguno de sus alumnos se daba cuenta. Su firmeza y su seguridad se fueron transformando en un estado de ánimo inconstante, en el que alternaban un rigor insólito y desproporcionado ante nuestras faltas más leves y una creciente melancolía que no era capaz de disimular. No nos dedicaba tanta atención como antes mientras hacíamos una tarea entre dos lecciones, y su vigilancia era menos estricta durante el recreo. Una tarde pasé por delante de su casa y la oí llorar al otro lado de la puerta entreabierta. Al día siguiente decidí volver. La vi salir de casa y alejarse del pueblo en dirección a la playa. Al cabo de unos minutos se encontraba con John Farrell en una cabaña abandonada, de donde no salieron hasta que anocheció. Miss McTiernan estaba sollozando, pero Farrell caminaba tranquilamente unos metros más adelante, como si no le incumbiera el motivo de su congoja.

Para entonces, Farrell había vuelto a frecuentar las tabernas y se había convertido en un hombre pendenciero y peligroso, tanto como lo fuera George Brennan. A veces coincidía con Tom, y lo provocaba diciéndole que nada bueno podía salir de un desgraciado como su padre. Tom evitaba una pelea siempre que fuese posible, y prefería marcharse antes que enfrentarse con él. Sin embargo, la gravedad de la ofensa hacía que aquella retirada resultara un tanto indigna. Así que nos preguntábamos si no quería problemas con Farrell por respeto a Miss McTiernan, o porque sabía que probablemente muy pronto estaría a sus órdenes.

El viejo falleció a los pocos meses de regresar John. Este lo sucedió al frente del aserradero, y sus empleados temieron por una empresa de la que dependían muchas familias del condado. Una semana después, Miss McTiernan apareció muerta en la playa.

3
Mientras varaba su cayuco, un pescador se fijó en una bandada de gaviotas que revoloteaban sobre un punto cercano de la costa. Atravesó la playa y se detuvo frente a un saliente rocoso, y después de espantar las aves se topó con el cadáver de Miss McTiernan sobre la arena. Se había abierto la cabeza al caer contra la roca y su rostro ya estaba desfigurado por los picos y las garras. El pescador corrió hasta el pueblo para avisar a los agentes de policía, que acudieron a la playa y rastrearon la zona. Al cabo encontraron a John Farrell dentro de la cabaña, con la ropa manchada de sangre y una botella vacía en la mano. No opuso resistencia cuando lo detuvieron, pero de camino a la prisión trató de huir y se vieron obligados a reducirlo y esposarlo. A lo largo del día, la policía interrogó a todos los que habíamos tenido relación con Miss McTiernan o con él. Yo nunca había acusado a nadie: lo que me llevó a revelar haberlos visto entrar en la misma cabaña varias semanas atrás no fue lo que pudiera sentir hacia Farrell, sino el pensar en Miss McTiernan y en lo que había hecho por Tom Brennan. Los hermanos de ella trataron de asaltar la cárcel y los agentes tuvieron que blandir sus porras y disparar al aire. Se comentaba que a Farrell lo iba a defender el abogado de su padre, y decían que eso, añadido a la falta de pruebas, haría probable que saliera bien parado. Entretanto, dejó de verse a Tom Brennan por la calle. Según sus compañeros de trabajo se había vuelto un tipo irreconocible, distante y taciturno.

Aunque nadie en el pueblo lo expresaba abiertamente, la hostilidad hacia John Farrell se mezclaba con la preocupación por lo que pudiera suceder si llegaba a ser condenado. Pero, como era de esperar, el jurado lo declaró inocente. Farrell volvió a tomar las riendas del aserradero. Poco después, Tom Brenann y los hermanos de Miss McTiernan perdían su trabajo.

4
Cuando John Farrell se acercaba hasta el pueblo iba siempre en compañía de dos o tres peones, como si temiera moverse solo por los alrededores. Una mañana no acudió al aserradero. Al anochecer, un pescador que volvía de la playa se paró a un lado del camino y echó un vistazo entre los arbustos, pues algo extraño había llamado su atención. La creciente oscuridad no le impidió ver el cuerpo de Farrell en medio de un charco de sangre con la garganta cortada de oreja a oreja. Unos metros más adelante, en el interior del bosque, dos de sus empleados estaban amordazados y atados al tronco de un árbol. La policía buscó a Tom Brennan y a los McTiernan. Estos fueron los primeros en ser interrogados, pero podían justificar todos sus movimientos durante la jornada. En cuanto a Tom, no dieron con él ni en la cabaña en la que siempre había vivido, ni en las tabernas que solía frecuentar, ni en los bosques de la zona. En realidad, llevaba varios días sin aparecer por el pueblo. Eso lo convirtió en el principal sospechoso. Pero quien hubiera matado a Farrell se había deshecho primero de sus guardaespaldas, dos hombres fornidos a los que no podía haber reducido solo. Así que tenía que haber actuado con ayuda de un cómplice, tal vez alguien con tantos motivos para detestar a Farrell como él. Durante las semanas siguientes buscaron a Tom por todo el condado, pero no hallaron ninguna pista sobre su paradero. Debía de estar lejos y nadie creía que fueran a encontrarlo.

En la escuela todavía no habían contratado un sustituto para Miss McTiernan, aunque yo tenía la impresión de que la edad de aprender mis lecciones ya había pasado. El aserradero cerró tras la muerte de Farrell. Muchos tuvimos que marcharnos del pueblo para buscar trabajo, y tardaríamos algunos años en regresar.

5
Yo regresé al cabo de ocho años. Cuando bajé del tren y eché a andar por las calles, el pueblo me pareció un reflejo triste de lo que había sido. Cerca de la estación se alzaba el edificio decrépito del aserradero, me sorprendió que aún siguiera allí.

Al caer la tarde fui hasta una taberna donde encontré a algunos de mis viejos amigos. El regocijo del reencuentro se confundió con una ligera melancolía. Charlamos, discutimos y festejamos hasta la madrugada. La conversación terminó derivando hacia el tiempo en que Miss McTiernan fue nuestra maestra. Se habló de ella con respeto y se hizo una leve alusión a su muerte, como si especular sobre ello hubiera supuesto enturbiar su recuerdo. Sin embargo, no pudimos evitar preguntarnos qué había sido de Tom Brennan, un tipo al que ninguno de nosotros llegó a conocer bien. Todos dábamos por sentada su participación en lo que sucedió luego, pero nadie había vuelto a saber nada de él.

Salimos del local al frío aire nocturno y cada uno se alejó en una dirección. Mientras caminaba hacia casa envuelto en mi abrigo, pensaba en que tampoco nadie supo nunca quién se había aliado con Tom Brennan para matar a John Farrell.

miércoles, 31 de agosto de 2011

CORAZÓN SOLITARIO

Estaba harto de ella, no podía soportarla más. Era la tercera discusión en lo que iba de semana, y se sentía agotado e incapaz de seguir argumentando. Así que salió de casa con la excusa de ir a buscar algo que había olvidado, llegó hasta la calle desierta y subió al coche. Puso la radio con el volumen bajo. Al fondo de la avenida veía las luces del pueblo. Encendió el motor y condujo hacia allí. Pasó frente a la gasolinera donde paraba cada mañana de camino al trabajo, dejó a un lado el puente sobre la desembocadura del río y bordeó las instalaciones del puerto. Al cabo de unos minutos aparcaba en una calle del centro. En uno de los bares aún había luz, aunque los empleados ya habían echado la reja. Solía parar por allí al final de la semana, pero eso no lo libraba de aquella impresión de estar atado, como si tuviera una correa de cuero en torno al pecho. A veces se fijaba en una joven sentada siempre cerca de la puerta: vivía en una aldea cercana y se habían acostado juntos durante una temporada, hasta que comprendió que aquello tampoco iba a librarlo del abatimiento que lo invadía. En el bar acababan de apagar la luz. Pensó en su mujer. Probablemente estuviera viendo alguna basura en la televisión, uno de esos programas de los que también él disfrutaba de vez en cuando. Era el momento de volver, antes de que se inquietara. Rehízo el trayecto hacia las afueras. Al dejar atrás el puerto no pudo evitar mirar por el retrovisor tratando de localizar algún barco, pero no vio más que sombras y luces difusas. Tuvo ganas de acercarse hasta la playa que había al otro lado del río. Aún estaba a tiempo: obedeciendo a un impulso, giró a la izquierda y cruzó el puente mientras dirigía rápidas miradas al río y los montes de los alrededores. Después de recorrer unos metros por un acceso mal asfaltado, aparcó al borde del pinar. Algunos vecinos paseaban tranquilamente camino de sus casas. Quince años atrás había salido con una mujer de la zona, tal vez ahora la madre de los niños que en ese momento caminaban por delante del coche. Abrió la ventanilla. A sus oídos llegaba el ruido del oleaje. Apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y cerró los ojos. Por su cabeza pasaron los eslabones que jalonarían la tediosa rutina del día siguiente: el ronroneo del ascensor al bajar hasta la calle, la sensación de hastío mientras ocupaba la garita en el peaje de la autopista, la actividad al comienzo de la jornada y el aburrimiento durante las horas siguientes, la total falta de ánimo cuando terminaba de trabajar... Abrió los ojos sobresaltado después de un tiempo que no pudo precisar. Miró hacia el reloj del cuadro: aunque no era tanto como había supuesto, tenía que volver. Acercó la mano al contacto, pero no llegó a tocar la llave. Ya no quedaba nadie en la playa. Pensó en la joven del bar y en aquella mujer que probablemente viviera en los alrededores. Recordó las decisiones que había tomado, las que fue incapaz de tomar y las que otros habían tomado por él, y se preguntó si alguna vez estuvo en su mano el lograr que las cosas fueran de forma diferente a cómo eran hoy.

Encendió el motor con desgana. Cuando llegó al puente se detuvo y dejó pasar un coche. Al otro lado veía las luces del pueblo reflejadas en las aguas oscuras de la desembocadura del río. Miró por el retrovisor: el coche se alejaba en dirección contraria. Pisó el acelerador, entró en el puente y condujo de regreso lamentando carecer del valor suficiente para no volver nunca.

viernes, 15 de julio de 2011

SCHOOL DAYS (IV)

Una tarde lluviosa de primavera entré en clase y comprendí que acababa de haber un gran cristo unos minutos antes de que yo llegara. Juan Varela, un chaval de una aldea cercana duro como un ladrillo, tenía un lado de la cara hinchado, como si le hubieran sacudido más de lo habitual. Pero el ambiente en el aula no era grave sino más bien festivo, y Juan no parecía demasiado impresionado tras haber recibido semejante paliza: por el contrario, en su expresión se leía que consideraba aquello gajes del oficio. El Rantaplán, con quien empezaba la clase en ese momento, insistía en que le pidiera disculpas al Sapo, el profesor que al parecer le había pegado. No me sorprendió que hubiera sido él: el Rantaplán tenía la mano levantada, pero nunca hasta ese extremo. En cambio el Sapo no solía pegar, pero lo suponíamos acomplejado por su reducida estatura, y al mínimo atisbo de burla perdía el control y la emprendía a bofetadas. Recordé que una tarde del curso anterior, Juan charlaba con su compañero de pupitre y dejó escapar una sonrisa en el instante en que su mirada y la del Sapo se cruzaron por casualidad. El profesor se paró frente a ellos, quiso saber si Juan se estaba riendo de él, y como éste no respondía le estampó una bofetada que debió de oírse en la calle. Luego repitió la pregunta, y ante el silencio de Juan volvió a sacudirle. Cuando volvió a preguntarle Juan siguió sin responder, y recibió una vez más. Al terminar la clase le pregunté por qué no había contestado algo, lo que fuera, para que el Sapo dejara de pegarle. Él me dijo que no había podido porque el cabronazo de su compañero le estaba haciendo reír.

Juan había tropezado por segunda vez con la misma piedra, y al ver la forma en que el Rantaplán empezaba a alterarse y le exigía que le pidiera perdón al Sapo, comprendí que cabía la posibilidad de que le sacudiera él también si no daba su brazo a torcer. Miguel, mi compañero de pupitre, me explicó lo que había sucedido: antes de empezar la clase Juan había decidido demostrar su fuerza empujando la puerta del aula desde dentro al mismo tiempo que un par de chavales empujaban desde fuera para poder entrar. En seguida se formó una pequeña juerga en el pasillo, pues todo el que llegaba se sumaba a los de fuera y Juan lograba mantenerlos a raya por dentro. Hasta que el Sapo, que estaba en su despacho, salió al oír el ruido. Cuando vio la causa apartó a los chavales e intentó abrir, sin que Juan se percatara de que era el profesor quien se encontraba ahora en el pasillo. Juan empujó con firmeza, el Sapo también, y la puerta cedió unos centímetros. Pero Juan, sacando fuerzas de flaqueza, consiguió cerrarla en el momento en que el Sapo deslizaba una mano dentro, y le cogió un dedo. Si algo distinguía a Juan era su tenacidad (o, más bien, obstinación), por eso siguió empujando sin imaginar que el Sapo estaba al otro lado con el dedo aplastado entre la puerta y el marco. Miguel me explicó que, tras un último pero intenso forcejeo, el Sapo logró abrir, entró como una exhalación en el aula, derribó a Juan a bofetadas y siguió pegándole en el suelo. Apreciábamos a nuestro compañero, y Miguel me comentaba que le había resultado extraño ver a un tipo tan fuerte sucumbir bajo los golpes del Sapo. Cuando éste se cansó de pegarle, tomó aire y salió de clase sin decir una palabra. Así que ahora Juan tenía que pedirle disculpas por haberle machacado el dedo. El Rantaplán insistía, alterándose y haciendo con las manos el gesto involuntario de sacudir, pero Juan se negaba.

–¡Sí, para que me pegue otra vez! –decía, lo que provocó una carcajada en todo el aula. Al final el Rantaplán cedió, Juan no se movió de su pupitre y la clase transcurrió, si no recuerdo mal, sin mayores incidentes.

***

El curso siguiente, un viernes por la tarde, Juan charlaba con unos internos después de que el profesor hubiera salido a responder una llamada de teléfono. La conversación derivó hacia cuáles eran los profesores que pegaban y cuáles los que no, y alguien, frívolamente, incluyó al Sapo en el segundo grupo. Juan disentía.

–El Sapo pega unas hostias… –repuso con seguridad.

Hubo opiniones diversas, pero ni Juan ni ellos le dieron demasiadas vueltas: pronto cambiaron de tema y siguieron hablando de otras cosas.

miércoles, 15 de junio de 2011

DE REGRESO

1
Marante se despidió de Villar, salió de la gasolinera y caminó hacia el coche. Antes de subir se detuvo junto a la portezuela bajo la llovizna que comenzaba a caer. El pueblo había cambiado mucho desde su partida. Las casas que recordaba se veían aprisionadas entre grandes bloques de pisos levantados donde entonces había prados o alguna vivienda vacía. Tuvo la impresión de formar parte de un decorado desaparecido durante su ausencia. Subió al coche, dejó en la guantera el décimo de lotería que Villar acababa de regalarle, y se recostó contra el cabezal sin decidir cuál iba a ser su próximo movimiento. Una mujer lo observaba al abrigo de un paraguas desde el otro lado de la carretera. Un par de días antes, mientras conducía de regreso, Marante había pensado en lo que se encontraría las primeras semanas: gestos de curiosidad y de reconocimiento, sincero interés por cómo le habían ido las cosas en unos y deseo mal disimulado de que las cosas no le hubieran ido bien en otros. Las cosas no le habían ido bien. La empresa de transportes para la que trabajaba había quebrado tres meses atrás, aunque a los pocos días recibió una llamada de Novoa ofreciéndole un puesto de vigilante en el pequeño hotel que iba a abrir cerca del pueblo. Hacía tiempo que ya no tenía nada que lo atara en el sur, así que decidió volver definitivamente.

Condujo hasta las afueras y aparcó frente al portal. Subió las escaleras, atravesó la penumbra del rellano y entró en el pequeño apartamento. Se paró frente al espejo del vestíbulo. Al mirar su rostro, recordó la alegría que su mujer y él habían sentido otra mañana de diciembre como aquella, una semana después de casarse, mientras se alejaban del pueblo y las casas desaparecían en el retrovisor. Bajó la vista y siguió adelante.

2
Esa misma tarde, Marante tenía una cita con Novoa en el puerto. Decidió comer en la cafetería hasta donde acompañaba a veces a su padre antes de que éste saliera al mar. Condujo hacia el otro extremo del pueblo. Bajó del coche, entró en el local y se sentó junto a la ventana. La camarera, una joven a quien no conocía, anotó lo que iba a tomar y volvió a la cocina. Mientras esperaba, Marante contempló los barcos de pesca atracados en el muelle y fondeados en las zonas de más calado de la desembocadura del río. Algunos armadores habían cambiado sus viejas embarcaciones de madera por otras con casco de fibra de vidrio, pero también seguían allí barcos como el de su padre. El Mandeo era un pesquero de siete metros con una pequeña cabina y barandillas en la cubierta de proa para poder transportar las nasas. Esa mañana, Villar le había comentado que el nuevo propietario lo había puesto en venta, y Marante había sugerido, bromeando, la posibilidad de comprarlo entre los dos. Al cabo de unos minutos, la camarera dejó la comida sobre la mesa y le deseó buen apetito con una sonrisa. No había demasiada gente en el local, al contrario que aquellos tiempos en los que cuando un cliente terminaba su almuerzo, otro aguardaba ya para ocupar su sitio. Después de comer, Marante fue hasta la barra y le pagó a la camarera. Se dijo que mañana comería allí de nuevo y entablaría conversación con ella. Salió y echó a andar hacia el muelle.

Se detuvo al borde del pantalán donde se amarraban los cayucos y las lanchas deportivas. El Mandeo estaba fondeado a diez metros de tierra. La franja roja que recorría de proa a popa el casco pintado de blanco se veía algo descolorida por las inclemencias del tiempo, pero el barco parecía en buen estado. Marante se preguntó si el viejo motor de bancada seguiría funcionando, o si sería posible volver a ponerlo a punto. Durante más de media hora esperó a Novoa mirando la playa, el cielo nublado, las grúas, los almacenes y el varadero. Luego preguntó por él a los marineros que se preparaban para salir a faenar, pero Novoa no había aparecido por el puerto en todo el día, y ninguno sabía dónde se había metido. Marante regresó a la cafetería y telefoneó a su casa, pero respondió su mujer y le dijo que aún no había llegado. La camarera había terminado ya su turno. En su lugar estaba el propietario, un tipo huraño que muchos años atrás, cuando Marante era niño, se había enrolado en el barco de altura del que su padre era engrasador. Marante pidió un café y lo tomó apoyado en la barra. Aunque anteriormente el viejo le había dirigido la palabra apenas un par de veces, no le permitió pagarlo. Marante lo miró con un escueto gesto de agradecimiento. Luego salió a la calle y subió al coche.

Antes de volver a casa pasó unos minutos en la gasolinera charlando con Villar. Una vez más, le planteó una posible compra del Mandeo en un tono de broma que en realidad ocultaba el deseo creciente de que se interesara por la idea, pero la economía de su amigo tampoco estaba en su mejor momento.

3
Marante volvió a telefonear a Novoa, de nuevo sin resultado. Se sentó en el sofá de la sala. A pesar de los edificios más recientes, hasta allí seguía llegando el graznido lejano de las gaviotas que sobrevolaban la desembocadura del río. Se acordó de cuando su padre los llevaba a pescar a Villar y a él, y sonrió con melancolía al recordar el olor a salitre, gasoil y pescado seco en el interior de la cabina, el ronroneo del motor, las jornadas de pleamar con viento nordeste en las que había más pesca, y la fuerza del oleaje mientras su padre ponía rumbo a la boca de la ría. Dirigió la mirada hacia la ventana. Estaba oscureciendo. Se levantó oyendo el sonido de la radio que alguien había encendido un rato antes en el piso de abajo. Marcó el número de teléfono de Novoa sin esperar encontrarlo, pero esta vez respondió el propio Novoa. Al parecer, lo había llamado a su casa porque un imprevisto lo iba a retener hasta tarde, al mismo tiempo que Marante comía en la cafetería del puerto. Ahora ya estaba solucionado, así que decidieron verse una hora después en uno de los bares del centro. Marante fue hasta el cuarto de baño para asearse. Se secaba la cara cuando sonó el teléfono. Regresó al salón, y en cuanto descolgó el auricular oyó la voz entusiasta de Villar preguntándole si acababa de escuchar lo que habían dicho en la radio. Ante su respuesta negativa, Villar le explicó con una carcajada que ya se había celebrado el sorteo de lotería, algo que Marante había olvidado por completo, y su número era ganador del tercer premio. Durante unos segundos, Marante se sintió aturdido. Después pensó en el Mandeo, y de inmediato sintió vértigo al preguntarse qué demonios había hecho con el décimo. Mientras Villar hablaba de cosas con las que Marante siempre había soñado y que el propio Marante había olvidado ya y bromeaba diciendo que esperaba que ahora lo dejara subir alguna vez a bordo, Marante trataba de reconstruir sus pasos desde que salió de la gasolinera por la mañana hasta ese momento. Recordó haber metido el décimo en la guantera del coche, pero no estaba seguro de haberlo sacado al llegar a casa. Sin soltar el teléfono se llevó una mano a los bolsillos del pantalón y de la camisa, pero no lo encontró; luego estiró el brazo hasta la silla donde había dejado la cazadora y rebuscó en su interior, con el mismo resultado. Al fin logró despedirse intentando no ser demasiado cortante con Villar. Cogió las llaves, corrió escaleras abajo, salió a la calle y se detuvo a pocos metros del portal: el coche no se hallaba en el lugar donde lo había aparcado. Tuvo la impresión de que alguien le estaba gastando una broma grotesca. Se preguntó si se habría equivocado de sitio y trató de recordar dónde lo había dejado en realidad. Miró con angustia a un lado y a otro y caminó hasta el final de la calle observando cada coche aparcado junto a la acera. No había más que seis en las inmediaciones del edificio, y ninguno el suyo. Cruzó la calle y miró de nuevo a su alrededor. Finalmente regresó abatido al portal. Se apoyó contra la pared dominado por una sensación de mareo. Permaneció allí unos segundos. Luego subió las escaleras, entró en casa y marcó el número de la Guardia Civil. Tras una breve espera, informó con voz maquinal de la desaparición del coche, y le respondieron que tendría que ir al cuartel a poner una denuncia.

4
Después de llamar a Novoa y posponer la cita para la mañana siguiente, Marante salió de casa y echó a andar hacia el cuartel, situado a dos kilómetros del pueblo. A esa hora apenas quedaba gente en aquella calle de las afueras. Marante se cruzó con un desconocido al que devolvió el saludo sin que llegaran a reconocerse. Pasó frente a la estación de ferrocarril, dejó atrás las últimas casas y caminó por una carretera mal iluminada que se perdía en la oscuridad. Subió el cuello de la cazadora y hundió las manos en los bolsillos a causa del frío. No aceptaba la idea de regresar a su apartamento después de haber puesto la denuncia. Tenía que tratar de olvidar pronto aquel asunto; en realidad, empezaba a comprender que, desde su partida años atrás, había acumulado demasiadas cosas que olvidar. Se preguntó cómo iba a explicarle a Villar lo sucedido. La brisa marina y el ruido de las olas le proporcionaban un consuelo insignificante frente a la sensación de fracaso que le invadía. Una hilera de árboles bordeaba la playa. De vez en cuando echaba un vistazo hacia allí, pero lo único que quería era llegar y terminar lo antes posible. No sabía en qué punto del trayecto se encontraba. Una sombra a lo lejos llamó su atención. Poco después, la luz de una farola le permitía distinguir la carrocería de un vehículo parado a un lado de la carretera, a escasos metros de la señal que indicaba el desvío a una aldea cercana. Aceleró el paso. A medida que se aproximaba, reconoció el color, la forma y la matrícula de su coche, y en seguida se dio cuenta de que tenía el morro estrellado contra el tronco de un árbol. Corrió hasta el lugar del accidente y se detuvo junto a la puerta abierta del conductor. El parabrisas estaba manchado de sangre y el lado izquierdo del capó se había deformado por la fuerza del impacto. Marante echó un vistazo en torno al vehículo, pero no vio rastro del ladrón. Supuso que habría logrado salir del coche y ya estaría lejos, aunque también era posible que se hubiera agazapado al pie de una duna en cuanto lo oyó llegar. Quizá hubiera más de una persona cerca. Recordó cómo habían terminado otros incidentes similares ocurridos en el pueblo, y pensó que tal vez lo más prudente fuera ir directamente hasta el cuartel. Sin embargo, se apoyó en el asiento delantero y abrió la guantera. Rebuscó entre las cintas y los documentos, y su corazón latió con rapidez cuando dio con un pequeño trozo de papel. Lo cogió, se apartó del coche y lo extendió ante sus ojos: bajo la escasa luz pudo leer el número y ver la ilustración del décimo de lotería. Dejó escapar una carcajada de alivio. Abrió la cremallera de la cazadora y lo guardó en uno de los bolsillos interiores. Luego tomó aliento y recibió con agrado la brisa del mar. Iba a seguir su camino, pero se volvió al percibir como algo se movía más allá de los árboles. Aguardó un instante, y retrocedió unos pasos mientras llegaba a sus oídos el ruido de pisadas a través de los arbustos. Al cabo de varios segundos, un hombre entró en el halo de luz tambaleándose cabizbajo y se paró detrás del coche. Levantó la cabeza y se sobresaltó al ver a Marante, su cuerpo se tensó. Aunque estaba herido en la frente, su expresión no era de dolor sino más bien de miedo. Debía de tener la misma edad que él, pese al rostro triste y demacrado y a la boca en la que faltaban dientes. Marante no perdía de vista sus movimientos. El temor se tornó en ansiedad en el rostro del hombre. Marante cerró los puños al leer en sus ojos la súbita posibilidad de una reacción violenta. El hombre miró a un lado y a otro y se fijó en la señal de desvío. Parecía decidido a marcharse, pero sacudió la cabeza y se tocó la frente con una mueca de dolor. Sin apartarse de donde estaba, Marante extendió un brazo ofreciéndole ayuda. El hombre miró de nuevo a su alrededor, le dio la espalda y se alejó rápidamente por el camino. Marante oyó como sus pisadas se desvanecían en la distancia, luego sólo el susurro de las ramas y el oleaje. Avanzó entre los árboles hasta sentir la arena bajo sus pies. La marea estaba subiendo, las olas rompían contra los acantilados en el límite de la playa. Soplaba viento nordeste. Marante contempló la costa y las luces de los barcos que faenaban en la boca de la ría.

martes, 5 de abril de 2011

BAJO LA NIEVE

En la comarca nevaba cada tres o cuatro años, pero, debido a la proximidad del mar, cuajaba de tarde en tarde, y cuando lo hacía la nieve no tardaba más de un par de días en derretirse totalmente. En esas ocasiones excepcionales, el pueblo y las inmediaciones amanecían bajo un manto blanco: el muelle, el puente de piedra, el torreón medieval, las calles ascendentes, los bosques y los prados, todo estaba cubierto de nieve, y el que se levantara temprano tendría la suerte de verla tal y como había quedado recién caída, antes de que cientos de pies o de neumáticos dejaran sobre ella sus huellas sucias.

Una mañana de febrero, mi hermano y yo entramos en el colegio y encontramos las aulas prácticamente vacías. La nieve había bloqueado las carreteras. Los autobuses escolares no habían podido pasar, y los alumnos que venían de otros pueblos o de las aldeas más alejadas se habían quedado en casa. En el colegio sólo estábamos los que vivíamos en el pueblo o en las cercanías y los internos. Al fin, después de diez o quince minutos de espera, nos anunciaron que no habría clase en todo el día. Andrés, Juan Diego, Miguel y yo salimos a la calle. El bar contiguo al colegio tenía los cristales empañados, pero se distinguía a los dueños de los comercios del barrio tomando cafés y chupitos junto a la barra. Los únicos coches que había en la calle eran los suyos.

–Hace un frío que mata maricones –observó Miguel.

–Yo me voy a casa –dijo Juan Diego, que vivía a cinco kilómetros del pueblo y tenía que volver caminando.

–Espera un poco –dijo Andrés.

Su madre lo había traído en coche, y ahora estaría esperando su llamada para venir a buscarlo en caso de que no hubiera clase. Miguel y yo vivíamos en una aldea cerca del pueblo, una zona de prados, terrenos y bosques donde apenas pasaba algún tractor y la nieve habría cuajado más que en ningún otro sitio. Nos quedaba toda la mañana por delante, así que les propuse ir hasta allí. Juan Diego no quería, pero Andrés le dijo que a la vuelta llamaría a su madre desde una cabina y ella lo llevaría hasta su casa. Juan Diego aceptó entonces, y después de un rato tirándonos bolas de nieve echamos a andar hacia la aldea. Al pasar frente a la desembocadura del río vimos los campos de la otra orilla con un aspecto totalmente nuevo. Cruzamos la carretera, tomamos un camino y unos minutos después atravesábamos un bosquecillo de castaños. Ahí comienza una empinada cuesta que termina poco antes de la casa de Miguel. Luego hay un tramo llano y unos metros más adelante el camino se cruza con el que pasa junto a la mía. Los charcos se habían helado, teníamos que andar con tiento para no resbalar sobre ellos. La nieve seguía intacta en el camino y los alrededores. Cuando llegamos al final de la cuesta, levanté la vista hacia uno de los montes que protegen el valle donde se encuentra la aldea. Recortado contra el cielo gris se veía el castillo medieval situado a seis o siete kilómetros del pueblo. Mi hermano y yo solíamos subir cada año al final del verano, pero yo recordaba haber estado muy pocas veces en invierno, y nunca un día como aquel. Nos detuvimos frente a la casa de Miguel, y estuvimos un rato empujándonos contra los arbustos, arrastrándonos entre la nieve y tratando de correr por el terreno adyacente.

Sería cerca del mediodía cuando empezamos a sentir hambre y decidimos volver a casa. Nos despedimos y Miguel entró en la suya. Vi como Andrés y Juan Diego desaparecían en dirección al pueblo y eché a andar hacia la mía. Aunque en algún momento de la mañana había notado algo parecido a un ligero mareo, supuse que sería por el cansancio y no le di importancia. Pero ahora, mientras andaba en solitario camino adelante, reparé en que mis pies estaban empapados y en el fuerte ataque de asma que sufría. Estaba muerto de frío, tenía mucho más del que hubiera imaginado durante los minutos anteriores. Sentí que me desvanecía. Tuve ganas de tumbarme en el suelo, entre la nieve protectora, y descansar. No hay demasiada distancia entre la casa de Miguel y la mía, pero me pareció que no conseguiría recorrerla nunca. Seguí avanzando como un autómata bajo el cielo gris, ajeno a los campos que me rodeaban, a las casas de chimeneas humeantes y a los coches que de vez en cuando circulaban por la carretera. Al fin salí al otro camino. Recorrí varios metros acompañado por el crujir de la nieve bajo mis pies y llegué al portal. Lo abrí y lo cerré sin fijarme en lo que hacía, como si pasara a través de él, y anduve un último trecho mientras los perros jugueteaban entre mis tobillos. Entré en casa por la puerta del garaje y me dejé caer al suelo de la cocina. Me quité los guantes de piel empapados. Al cabo de unos segundos, me puse de pie y entré en el cuarto de baño. Después de abrir el grifo con dificultad a causa de los dedos entumecidos, metí las manos bajo el agua caliente sin tener idea de si eso era bueno o no. Pero, poco a poco, el calor volvió a mis manos, y después a todo mi cuerpo. Me sentí mucho mejor. Cerré el grifo y me sequé bien. Luego subí a mi habitación, me cambié los calcetines y me puse una chaqueta gruesa. Antes de salir al pasillo miré por la ventana. En lo alto del monte veía el castillo medieval, testigo a lo largo del tiempo de otros días mágicos como aquél de febrero en que el pueblo amaneció cubierto por un sorprendente, misterioso y efímero manto blanco.

jueves, 17 de febrero de 2011

EL LEGADO

Portero observó como el camión se alejaba carretera arriba y desaparecía tras el cambio de rasante, y entró de nuevo en la tienda. El calor de la estufa era agradable. Se sentó detrás del mostrador y siguió leyendo el periódico. Cinco minutos después, salía para llenar el depósito de otro camión. Cuando éste se hubo ido, Portero rehízo el camino hasta la puerta, pero se detuvo antes de abrir. Echó un vistazo a su alrededor. El intenso frío de enero teñía de un gris pálido los prados y los bosques que se extendían a ambos lados de la carretera. Bajó la vista. Entró, se sentó frente al periódico, y al cabo de tres o cuatro minutos oía detenerse un camión junto a los surtidores.

Cuando Portero volvió de trabajar, María no había llegado aún. Colgó el abrigo en el armario del vestíbulo y fue al salón. Desde la ventana vio la desembocadura del río y las luces de las aldeas al otro lado. Siguiendo aquella ruta, a quince kilómetros del pueblo, estaba la gasolinera. Portero se apartó de la ventana, pero algo lo hizo detenerse y mirar otra vez hacia los puntos de luz que bordeaban la carretera. Recordó el momento en que su padre había decidido abrir aquel negocio, veinte años atrás. Sonrió con amargura. La gasolinera había marchado viento en popa hasta que construyeron la autopista, y la importante vía de comunicación junto a la que estaba situada se convirtió en una carretera secundaria, por la que no pasaban más que los camiones del aserradero cercano y quienes tenían propiedades en los alrededores. Aunque quizá si el viejo hubiera prestado más atención a los vientos que soplaban entonces, habría podido prever que en menos de diez años la autopista acabaría construyéndose y habría invertido su dinero de forma más juiciosa. Pero qué más daba. Entró en la cocina, se hizo la cena y dejó lista la de María. Luego se tumbó en el sofá del salón, y pronto se quedó dormido. Media hora después, ella sonreía al abrir el armario para colgar su abrigo y ver allí el de Portero.

Portero no dormía bien por la noche, así que trataba de acostarse lo más tarde posible, vencido por el cansancio, para que las horas en la cama pasaran de un tirón. Pero siempre se despertaba de madrugada, y no lograba conciliar el sueño hasta un rato después. Al volver la cabeza contemplaba el hermoso perfil de María ante la pálida claridad proveniente del exterior. De vez en cuando tocaba su mano, y María cerraba los dedos en torno a los suyos.

Portero salió a la calle y subió al coche. Condujo a través del pueblo, dejó atrás los pequeños edificios de las afueras y tomó la carretera de la costa. La ría estaba cubierta de nubes oscuras, atravesadas por rayos de sol que producían reflejos plateados sobre la revuelta superficie. Pero el mal tiempo persistía, lo que iba a dificultar la tarea que tenía entre manos. A cinco kilómetros del pueblo se desvió a la derecha, y descendió por un camino estrecho y sin asfaltar entre prados cubiertos de malas hierbas y bosquecillos de árboles frutales. De vez en cuando bordeaba muros de piedra que protegían casas con garaje en la planta baja, hórreos que ya no se utilizaban y cobertizos donde se guardaban utensilios de jardinería o pequeñas embarcaciones. Pronto distinguió un tejado decrépito por encima de las copas de los árboles. Se echó a un lado y aparcó frente a una casa indiana de cuatro plantas. Su ánimo se ensombreció al bajar del coche y contemplar la amplia fachada. Anduvo hasta la entrada principal, sacó la llave del bolsillo y entró en un vestíbulo que olía a humedad. Subió las escaleras hasta la última planta. No tuvo más que echar un rápido vistazo para comprobar el estado deplorable en que se encontraban las tejas y las vigas del techo. Los días de lluvia el agua llegaría a las plantas inferiores debilitando las paredes. Al cabo de unos minutos, Portero volvía sobre sus pasos calculando cuánto podrían costar las reparaciones, a quién se las encargaría y cuál sería el mejor momento para llevarlas a cabo. Se paró un instante en el rellano de la tercera planta. Hizo ademán de bajar las escaleras, pero retrocedió y separó una llave del manojo. Entró en la vivienda. Mientras recorría el salón, los pasillos y las espaciosas habitaciones vacías, notó un calor agradable que se resistía a admitir como nostalgia. En la mesa de la cocina encontró un par de dibujos hechos por él a los seis o siete años. Los guardó en el bolsillo para enseñárselos a María. Regresó al salón y deambuló por su interior: le estaba resultando difícil marcharse, y eso lo incomodaba. Junto a la ventana seguía el armario de roble que por algún motivo nadie se había tomado la molestia de llevarse. Sobre uno de los estantes había una foto de su padre. Estiró la mano y se hizo con ella. El viejo debía de andar por los veinte años cuando le hicieron la foto, era más joven que él ahora. Por el parecido entre ambos, podría tratarse de un hermano pequeño: tenían los mismos ojos oscuros, la misma mirada penetrante, el mismo aire ensimismado. El viejo siempre había sido un tipo reservado, y no por culpa de la guerra, o no solamente por ese motivo. Portero lo recordaba enfrascado en sus asuntos, extrañamente reacio a hablar de determinadas cuestiones, algo distante siempre, a menudo melancólico. Cuando a su alrededor se exteriorizaban manifestaciones de alegría, reaccionaba con aspereza. A Portero eso le daba igual: el verdadero problema era que su padre hablaba poco, y sus hijos nunca lograron saber cuáles eran exactamente sus propiedades, desperdigadas entre los bosques en torno a la gasolinera y a la carretera de la costa. Aquellas propiedades eran el capital que su familia había reunido a lo largo de varias generaciones, pero hoy en día casi no valían ni el esfuerzo de deslindarlas antes de su venta. A Portero le había correspondido prevenir a los inquilinos que ahora ocupaban la casa familiar sobre un posible aumento de la renta, a lo que estos reaccionaron llevándose las manos a la cabeza: desgraciadamente, sus hermanos vivían lejos y no conseguían encontrar un hueco para acercarse por allí. En realidad, ninguno había vuelto a la casa desde hacía muchos años.

Portero se alejó del coche y anduvo sobre la arena hasta una roca de gran tamaño que se alzaba cerca de la orilla. Contempló las aguas embravecidas de la ría y la costa del otro lado. Mañana disfrutaría junto a María de aquel lugar o de algún otro de su preferencia. Trató de olvidar la desagradable conversación que había mantenido con el inquilino de la planta baja media hora antes. Llevaba consigo la foto de su padre. La mirada del viejo lo acompañaba desde que la encontró sobre el estante del armario, y como no se la quitara pronto de la cabeza iba a terminar por arruinarle la tarde. Pero aquella mirada era también la suya, y a pesar del brumoso recuerdo que tenía de él, no le costó identificarla con la de su abuelo. Éste había nacido en una aldea a ochenta kilómetros del pueblo, un agujero perdido entre los montes donde él sería incapaz de llegar y había estado una sola vez con seis o siete años, cuando su familia acudió al entierro de un pariente lejano. De aquella aburrida tarde recordaba la humedad envolvente, las siluetas de casonas entre la niebla, el sordo enfado de su padre mientras recorrían kilómetros y kilómetros de caminos impracticables hasta dar con el sitio y el ambiente lúgubre en casa del difunto. Sabía que algo grave sucedió allí entre su abuelo, su padre y sus tíos muchos años atrás (antes de que él hubiera nacido), pero su padre se negaba a compartir sus recuerdos con nadie. A decir verdad, a Portero le traían sin cuidado aquel asunto y otros cuyo eco lo acompañaba desde hacía ya demasiado tiempo. Sintió ganas de culpar a alguien de algo. Se puso de pie, regresó al coche y condujo en dirección al pueblo.

Era de noche cuando Portero entró en casa. Se sentó en el sofá del salón con un libro en el regazo, pero el cansancio le impedía concentrarse en la lectura: demasiado sueño atrasado. Echó un vistazo al reloj y siguió leyendo. Pasado un cuarto de hora, sonrió al oír el ascensor deteniéndose y una llave que giraba en la cerradura.

Desde el interior de la tienda, Portero vio el camión que se acercaba proveniente del pueblo. Salió de detrás del mostrador y anduvo sin prisa hacia la vitrina. La niebla difuminaba el contorno de los árboles al otro lado de la carretera. A través del cristal empañado observó como el conductor reducía la marcha, se desviaba a la izquierda y detenía el vehículo con habilidad frente a los surtidores. Distinguió su rostro en el interior de la cabina: se trataba de un viejo amigo de la infancia que ahora trabajaba en un aserradero a un par de kilómetros de allí. Dejó pasar los segundos hasta que sonó el claxon. Entonces se apartó de la vitrina, cerró los botones del abrigo y salió a atenderlo.

viernes, 4 de febrero de 2011

SCHOOL DAYS (III)

Don Jaime era un hombre culto, un erudito, un ilustrado. En sexto nos daba clase de Ciencias Naturales, en séptimo de Sociales y en octavo de Matemáticas y de Química. A mi hermano le daría también Lengua Española, y a un amigo le había tocado en Gimnasia (les mandaba dar vueltas al patio, una hostia al que se parara).

La clase de Ciencias Naturales tenía lugar el viernes por la tarde, y don Jaime dedicaba el último cuarto de hora a leernos algún libro. Estos iban de lo soporífero (Juan Salvador Gaviota) a lo sublime (Capitanes Intrépidos), a saber por qué criterio se guiaba a la hora de escogerlos. Llegado el momento de la lectura, cerrábamos libros y libretas, guardábamos bolígrafos y lápices y don Jaime empezaba a leer con el aula en silencio, un silencio atemorizado y reverencial. De vez en cuando se paraba, se quitaba las gafas y le indicaba a alguien perdido en las musarañas que se acercara hasta él. Eso nos llenaba de terror, nunca sabíamos a quién se refería. Cuando un alumno se creía señalado, llegaba a preguntar con espanto: “¿yo?”. Afortunadamente, don Jaime solía llamar a alguien sentado un par de pupitres más atrás, y mi compañero y yo respirábamos con alivio egoísta al verlo pasar junto al nuestro camino de la tarima.

Una tarde lluviosa de primavera, don Jaime interrumpió la lectura, se quitó las gafas e hizo el gesto fatídico que nos produjo un vacío en el estómago. Unos segundos después, Juan Varela, un chaval de una aldea cercana al que la aventura existencial de Juan Salvador Gaviota debía de traer sin cuidado, desfilaba hasta la tarima, donde recibió una hostia seca y sonora. De regreso a su asiento nuestras miradas se cruzaron, y pude ver en la suya que consideraba aquello gajes del oficio. Don Jaime retomó la lectura, pero al cabo de unos minutos volvió a detenerse, visiblemente contrariado. En esta ocasión el elegido era Gonzalo, un vecino mío que quizá ni siquiera estaba despistado, pero don Jaime consideró que sí lo estaba. Gonzalo recorrió el pasillo entre las filas de mesas, subió a la tarima, encajó la hostia y volvió a su sitio con la mejilla colorada. Luego don Jaime siguió leyendo, emocionado, las aventuras de Juan Salvador Gaviota, pero pronto sonó la sirena. Recogimos nuestras carteras, salimos del colegio apresuradamente y nos perdimos por las calles del pueblo.

domingo, 16 de enero de 2011

HATHAWAY

Hathaway aparcó cerca del edificio donde lo esperaba McNally para darle el dinero por haber matado a Barrett. Estaba situado en un barrio tranquilo, aunque el tranvía circulaba a pocos metros de la azotea haciendo temblar sus cimientos. Con aquella pasta, Hathaway pensaba largarse de la ciudad y viajar hacia el sur, hasta aquel lugar de América Central donde pasaría tranquilamente el resto de sus días. McNally probablemente cayera antes de retirarse, pero él no iba a terminar como McNally ni como tantos otros. Estaba cansado. Llevaba en eso mucho tiempo y era el momento de dejarlo.

Bajó del coche y hundió las manos en los bolsillos de la gabardina. Hacía una noche de perros, pronto volvería a llover. Recorrió los escasos metros que lo separaban del portal y entró en el edificio. Como de costumbre, no se oía ruido alguno en la portería ni en las escaleras. Subió hasta la segunda planta. El tranvía pasó cuando estaba a mitad de camino y sintió como vibraban los vetustos escalones de madera. Avanzó por un pasillo en penumbra y se detuvo frente a la puerta del fondo. La golpeó con los nudillos. McNally siempre respondía de inmediato, como si estuviera al otro lado esperando su llegada con la mirada puesta en el reloj. Pasaron varios segundos y la puerta seguía cerrada. Hathaway se llevó la mano al interior de la gabardina y sacó la pistola con suavidad y rapidez. Sujetó el pomo, lo giró sin hacer ruido, empujó la puerta y se asomó al interior. Desde el vestíbulo distinguió una parte del salón: todo parecía en orden. Se deslizó hacia dentro del apartamento y cerró la puerta a su espalda. Fue hasta el salón empuñando la pistola a la altura de la cintura. Se detuvo: frente a él, tirado al pie del sofá, estaba el cuerpo de McNally. No hacían falta comprobaciones de ningún tipo: su rostro blanquecino, congelado en una estúpida mueca de sorpresa, era el de un fiambre. Hathaway miró a un lado y a otro. Atravesó el salón y entró en la cocina, en la habitación y en el cuarto de baño: no había nadie en el pequeño apartamento. Mientras volvía al salón las ventanas vibraron con el paso del tranvía. Se arrodilló junto al cuerpo de McNally y le giró la cabeza. Tenía un balazo en la sien, un tiro certero que probablemente hubiera venido de la puerta de entrada al apartamento. Alguien que sabía que iba a estar allí a una hora determinada lo había matado. Probablemente alguien al tanto de la cita que tenían en aquel apartamento, y por tanto quizá enterado también del trato entre McNally y él. Se preguntó quién podría querer matar a McNally. La imagen de Tony Cianelli vino a su mente de inmediato. No podía ser otro, era el único que podía saber que McNally buscaba eliminar a Barrett porque los tres habían trabajado juntos y las cosas no habían terminado bien. De hecho, Hathaway siempre había sospechado que, después de Barrett, McNally le encargaría que matara a Cianelli.

Tenía que marcharse enseguida, localizarlo y acabar con él, y eso podía llevarle tiempo. Se suponía que el trabajo de Barrett era el último antes de coger el avión y largarse para siempre de aquella maldita ciudad. Buscó con impaciencia en los bolsillos de McNally, pero no encontró el dinero. Probablemente Cianelli lo hubiera sustraído después de matar a McNally, aquello corroboraba que conocía el trato entre ellos. Se puso en pie. Aquel maldito Cianelli se las iba a pagar. Caminó hasta la puerta y echó un vistazo al pasillo antes de salir. Sonó un trueno que hizo temblar las paredes del edificio. Bajó rápidamente las escaleras mientras llegaba a sus oídos el ruido de la lluvia. Subió el cuello de la gabardina y se caló el sombrero. Se sintió fatigado, en ese momento debería encontrarse en casa con el dinero, haciendo las maletas y pensando en el viaje hacia el sur. Llegó al vestíbulo y abrió la puerta brúscamente. Iba a salir pero se detuvo en el umbral: había dos coches de policía aparcados junto a la acera de enfrente, y varios polizontes, que ya lo habían visto entre las sombras del vestíbulo, lo encañonaban con ganas evidentes de abrir fuego. Cianelli los habría avisado, así le cargaba el muerto a Hathaway y lo quitaba de en medio para disfrutar con tranquilidad de la pasta que le había birlado a McNally. Un buen plan, el de Cianelli, y Hathaway aún iba a tardar algún tiempo en ajustarle las cuentas. Uno de los polis le gritaba que levantara las manos y saliera. Se le pasó por la cabeza correr escaleras arriba. Pero no tenía ninguna posibilidad: lo cazarían en las plantas superiores y le meterían más plomo del que él fuera a meterle nunca a aquel hijo de puta de Cianelli. Levantó las manos, salió del vestíbulo y se detuvo frente al portal. El agua se deslizaba por el ala de su sombrero. Dos agentes salieron de detrás del vehículo y echaron a andar hacia él sin dejar de apuntarle. En unos segundos le quitarían la pistola, lo esposarían y lo harían entrar a empujones en el coche, otra vez a pasar por lo mismo de siempre. “Mierda”, pensó Hathaway, “y encima llueve”.