viernes, 31 de diciembre de 2010

THE BUTCHER BOY (I)

En una ocasión, cuando tenía once o doce años, fui a buscar un encargo a la carnicería, y al poco rato tuve que salir a causa de un mareo debido a la visión de las piezas expuestas y a los olores y sonidos característicos del local. Desde entonces no he vuelto a entrar en uno semejante, pero antes aún era capaz de esperar allí dentro hasta que el pedido estuviera listo, aunque apartando la mirada de las manos rudas que trabajaban con habilidad y rapidez sobre el mostrador.

Una mañana de verano, llegué a la carnicería en el momento en que las cinco o seis personas que hacían cola comentaban lo bien que le sentaban a la tienda las recientes reformas: el propietario había sustituido el viejo escaparate por una imponente cristalera, tan impoluta que producía la impresión de que se podía entrar y salir directamente sin necesidad de franquear puerta alguna. Mientras contemplaba la cristalera contagiado por la admiración de los otros clientes, vi a un señor que venía calle abajo y debía de conocer a uno de ellos, a juzgar por su paso firme y su mirada de reconocimiento. Era enjuto y fuerte, tendría unos cincuenta años, lucía mostacho y vestía chaqueta y pantalón azules y boina. Su forma de andar y un ligero aire desenfadado podían producir la falsa la impresión de que se trataba del clásico vecino cordial y campechano. Pero su expresión dura, astuta y desconfiada me llevó a pensar que probablemente sería de los que tratan a patadas a sus perros o le pegan una buena paliza a quien sorprenden robando fruta de sus árboles. Unos días antes, un vecino había corrido a palos a un amigo mío que pasaba frente a su finca porque se empeñó en que la semana anterior lo había visto cuando escapaba saltando el muro después de saquearle los cerezos. Luego se lo contó a su padre, y éste volvió a sacudirle. Según la descripción de mi amigo, que había entrado en alguna que otra finca pero nunca en aquella porque sabía cómo las gastaba su propietario, no sería extraño que el señor que lo había apaleado a él y el que veía yo ahora fueran el mismo. Por un instante, la velocidad y el paso decidido que llevaba me hicieron dudar que hubiera reparado en la existencia de la cristalera. Pero tenía que ser muy alcornoque para eso. Sin embargo, el señor no aminoraba la marcha y avanzaba convencido y en línea recta hacia la superficie de cristal que quedaba a la izquierda de la puerta. Pensé en hacerle una señal o advertir a los de dentro. Pero mi timidez innata, y la posibilidad de que al final entrara como habíamos hecho todos, me aconsejaron permanecer a la espera. La señora que acaba de pagar se volvió hacia la calle y dijo con una sonrisa: “mira, ahí viene Fulano de tal”, y unos segundos después el señor se lanzó contra el escaparate como si éste no existiera, salió rebotado hacia atrás y cayó al suelo de espaldas. El batacazo debió de oírse al otro lado del pueblo. Los de dentro se quedaron con la boca abierta, hubo quien salió rápidamente y hubo también quien ahogó una sonrisa inoportuna. No recuerdo si sentí o no haber callado, porque aunque hubiera vencido la timidez y afirmado que el señor se encaminaba hacia la vitrina, no cabía descartar que éste abriera la puerta y yo recibiera ásperos comentario de reprobación por haberme hecho el simpático. Lo sujetaron por los brazos, lo introdujeron en el local y lo acomodaron sobre un banco de madera para que se reanimara. Allí estuvo un rato, tumbado boca arriba con la mirada perdida en los tubos fluorescentes del techo, mientras alguna cliente le preguntaba de vez en cuando cómo se sentía y él respondía con un gemido. Superada ya la impresión causada por el accidente (que para unos sería una anécdota que contar a la mesa, y para otros la prueba que en los vinos o en el trabajo les permitiría asegurar que Fulano de tal era tan imbécil como ellos, por lo bajo, habían sostenido siempre), me entregaron el pedido y pagué. Salí de la carnicería y eché a andar calle arriba para seguir con los recados de la mañana.

sábado, 18 de diciembre de 2010

PARIS 15

La vida del recepcionista nocturno en un hotel de dos estrellas deja mucho tiempo para pensar y hacer lo que uno quiera. Aun cuando el hotel está lleno, o las noches en las que el ascensor se bloquea con alguien dentro o un grupo se encuentra con que su reserva ha sido anulada sin que nadie los haya prevenido, a partir de la una y media de la mañana, o como muy tarde de las dos, y hasta las seis, se puede leer, escuchar música o ver una película con tranquilidad y tan sólo breves interrupciones para abrir la puerta a algún cliente tardío o a los repartidores de croissants y periódicos.

Cada uno pasa el tiempo como puede: también hay quien dedica una parte de la noche a discutir a gritos por teléfono con su novia, a chatear o a consultar páginas porno, y Max, mi compañero, duerme en un colchón que instala en la cocina y luego se despierta siempre después de lo previsto y corre a preparar los desayunos para que no se le junten con las primeras salidas del día. Pero en general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad. Sin embargo, de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Una noche de diciembre, a eso de las once, entró en la recepción un tipo de unos treinta años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta. Al parecer, era él quien había llamado a la policía después de verlo allá arriba mientras pasaba por detrás del edificio. Los agentes ya habían llegado, ahora necesitaban urgentemente saber si existía aquella puerta trasera y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel o a uno de los apartamentos contiguos. Dejé la recepción y fui hasta la sala de los desayunos, que da a la calle de atrás: allí me encontré con que, como de costumbre, la puerta estaba cerrada con llave, pero, al contrario de lo habitual, la llave no estaba en la cerradura. Por un instante se me ocurrió abrir una ventana para que la policía pudiera entrar, pero aquello no haría más que aumentar la confusión que muy pronto iba a reinar en el hotel. Así que volví y busqué la llave entre los manojos guardados en un cajón bajo el mostrador, hasta que un policía entró en la recepción y me ordenó seguirlo para comprobar si la habitación en la sexta planta pertenecía al hotel. Repuse que no podía abandonar mi puesto y él insistió en que lo siguiera de inmediato, pero antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle los demás agentes estaban bastante irritados por mi tardanza, pero el policía les explicó que había tenido que tomar medidas antes de venir. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego el otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. Era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba ya el inevitable camión de los bomberos. En la habitación se hospedaban dos personas de apellido anglosajón, y allá fuimos, unos en ascensor y otros por las escaleras. Le di la llave maestra al policía que llevaba la voz cantante y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en el pasillo que conduce hasta la habitación. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo, como si cupiera la posibilidad de que fuera a suceder algo grave. Me pareció excesivo, pero acto seguido se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y colocó la diestra a la altura de la culata de la pistola, todo ello sin perder de vista el fondo del pasillo. Retrocedí hasta el ascensor y esperé. Al cabo de unos segundos, pude oír como los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. A juzgar por la postura del policía, se me pasó por la cabeza que realmente debía de estar previsto que una situación semejante degenerara en un tiroteo. Desde la habitación llegaban frases sueltas de sus compañeros, aunque apenas se oía a los clientes. Al fin, salió un poli de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían fumado y bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con la mirada una opinión del tipo “estos guiris de los cojones...” y se fue escaleras abajo. Dejé pasar unos minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que ya no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté al bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que no, que era el recepcionista, y me dijo que bajara si quería. En la recepción esperaban un italiano recién llegado para inscribirse y recibir la llave de su habitación, un cliente español con su ordenador portátil para que le explicara cómo funcionaba la conexión a internet, dos clientes francesas para pagar la estancia y no tener que hacer cola la mañana siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Invité al español a sentarse en la salita, le aseguré que enseguida estaba con él e hice la llegada del italiano, que se fue contrariado a su habitación porque quería comprar una botella de agua y no nos quedaban (“a beber agua del grifo”, pensé). Antes de que pudiera cobrarles a las francesas, entre los agentes y bomberos que iban bajando llegó el policía que había dirigido la operación. Les preguntó amablemente si no les molestaba esperar un momento, a lo que ellas asintieron sonriendo con timidez, y, más que nada por guardar las apariencias, procedió a tomar mis datos y los del testigo. A éste se le notaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, así que el policía le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego anotó mi apellido y lo repitió con una sonrisa, supongo que por el estatus que ocasionalmente da el ser español en la fría Francia. Cuando le dije mi fecha de nacimiento, comentó que era un buen año.

–¿Por qué? –le pregunté.

–Porque es el año en que nací yo –respondió.

A continuación, se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a colaborar, pero el policía les sonrió.

–Era broma –dijo.

Mientras hablábamos, policías y bomberos terminaban de bajar y charlaban y salían en aquel ambiente distendido. Me pregunté cuántos incidentess similares estarían sucediendo y sucederían cada noche en la ciudad. Al cerrar la puerta, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del español que tenía dificultades con la conexión de internet. Corrí a la salita pero ya no estaba: debía de haber subido a su habitación en algún momento de los últimos minutos, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Había un agradable silencio en la recepción. Por la ventana se veían las ramas de los árboles y los copos de nieve bajo la luz de las farolas. Me acomodé en el sillón junto al radiador, encendí el flexo y retomé la lectura.

lunes, 18 de octubre de 2010

TIEMPO PRESTADO

When I was younger
Living confusion and deep dispair
John Lennon
1
Juan Marante corría bordeando la desembocadura del río en dirección a las afueras del pueblo. Aceleró el paso al distinguir el pequeño edificio que se alzaba entre la bruma de la marisma, y miró atrás un par de veces antes de llegar ante la puerta que permitía acceder al sótano desde el exterior. Aferró la manilla intentando hacerla girar, pero la puerta estaba cerrada con llave. Bordeó la planta baja, subió las escaleras de cemento y se detuvo ante la entrada principal. También estaba cerrada, así que retrocedió, golpeó con el pie el cristal opaco y lo hizo pedazos. Volvió la vista a un lado y a otro. Un coche pasó a toda velocidad por la avenida. Marante se agachó y entró con precaución, pero se cortó en la sien con un fragmento de cristal que quedaba en el marco de la puerta. Se tocó la herida y vio la sangre sobre la punta de los dedos. Tras una rápida ojeada al vestíbulo subió apresuradamente. Se detuvo en el rellano de la tercera planta, y asomado sobre el pasamanos observó el itinerario que acababa de recorrer. Aunque era poco probable que Crespo y los otros anduvieran cerca, temía que alguien hubiera oído el ruido del cristal al romperse. Se volvió hacia la puerta, la abrió sin dificultad y recorrió un pasillo cubierto de cristales que lo condujo hasta la habitación del fondo. Se sentó fatigado sobre el mugriento colchón de una cama junto a la ventana. Bajo las farolas encendidas, vio pasar el autobús escolar que un par de horas antes había recogido a los alumnos del colegio, y ahora regresaba después de haberlos dejado en las aldeas cercanas al pueblo y de realizar el resto de servicios de la jornada. Su corazón latió con rapidez al recordar lo sucedido aquel día. Después de la última clase de la mañana, Marante había salido del instituto situado en el otro extremo del pueblo y había echado a andar en solitario hacia su casa, mirando al frente e ignorando a los grupos que avanzaban en todas direcciones a su alrededor. Pronto se unía a él uno de esos grupos, formado por tres compañeros que, antes de que consiguiera alejarse, le bloquearon el camino, le tiraron los libros y lo empujaron a un lado y a otro impidiéndole recogerlos. Marante se preguntó si su hermano pequeño estaría cerca. Crespo aferró su cuello y lo forzó a agacharse mientras los otros le pegaban patadas en las piernas, y al intentar desembarazarse Marante cayó al suelo. Después de un instante de indecisión, se irguió y golpeó a Crespo en el pecho, pero éste lo derribó de nuevo. Luego lo sujetó por una oreja, lo zarandeó y lo envió por tierra una vez más. Cuando Marante los oyó marcharse, se levantó y anduvo con rapidez hacia la cercana estación de ferrocarril preguntándose si alguien habría visto lo ocurrido. Se sentó en el andén y contempló el mar al otro lado de la vía férrea. Unos minutos después oía como alguien llegaba. Se dio la vuelta y vio a su hermano, que lo miraba fijamente. Marante bajó la cabeza, y su hermano se sentó junto a él y le puso un brazo sobre los hombros.

Por la tarde, mientras transcurrían las horas y a su alrededor se sucedían las lecciones, las pequeñas bromas pesadas, los empujones, las conversaciones, las risas, los gritos, Marante recordaba una y otra vez la mirada de su hermano en el andén de la estación, y lo que había podido leer en ella. Después de la última clase salió del aula, recorrió un pasillo lleno de gente, entró en la de Crespo y se abalanzó sobre él ante las exclamaciones de asombro de los que los rodeaban. Crespo respondió con un puñetazo que le partió un labio y lo mandó al suelo, y lo pateó con fuerza en la espalda. Nadie parecía dispuesto a ayudarle, hasta que oyó la voz enérgica de un profesor y los golpes cesaron. Se levantó apoyándose en un pupitre, y vio como Crespo le explicaba al profesor que Marante lo había agredido y alguien decía que Marante estaba loco. Salió corriendo del aula, bajó las escaleras de un salto y dejó atrás el instituto, pero de camino a su casa se detuvo y tomó aliento. A esa hora Crespo y los otros se quedaban un rato jugando al baloncesto, así que Marante volvió sobre sus pasos, entró en un centro ya vacío y llegó a los vestuarios, desde donde oía las voces provenientes del pabellón de deportes contiguo. No le costó dar con la cazadora de Crespo, que arrojó a un urinario y empujó con el pie hasta taponarlo. Luego salió apresuradamente y echó a correr de vuelta a casa, pero cerca de allí pudo ver a un amigo de Crespo con el que había tenido un encontronazo unos días antes, así que cambió de dirección y corrió hacia el edificio junto a la desembocadura del río.

2
A esa hora ya habrían descubierto la cazadora encharcada y andarían buscándolo por el pueblo. El primer lugar al que irían sería su propia casa. Su hermano podía tener problemas con Crespo, pero sabría salir bien parado del posible incidente. Era él quien, tarde o temprano, tendría que hacer frente no sólo a sus compañeros, sino también a las complicaciones en el instituto por lo que había hecho en los vestuarios. El interior de la vivienda estaba ya a oscuras. Salió de la habitación, avanzó a ciegas por el pasillo, llegó hasta el rellano de la escalera y continuó subiendo hacia la azotea. Un año antes solía hacer el mismo recorrido con su hermano y un par de amigos para jugar a las cartas cuando los días empezaban a ser más largos, pero tenía la impresión de que aquello hubiera sucedido en otra vida. Al empujar la puerta metálica oyó un coche que recorría la avenida en dirección al pueblo. Se acercó hasta la barandilla y contempló el mar. Si descendía y trataba de regresar a casa, acabaría cruzándose con sus compañeros por las calles céntricas. Y aunque se quedara durante toda la noche en el edificio y no fuera a clase al día siguiente, tarde o temprano se encontraría de nuevo con ellos. Recorrió la azotea de un lado a otro. Cerca de la puerta tropezó con una maceta que había en el suelo. En su interior quedaba algo de tierra, y al levantarla comprobó cuánto pesaba. Se vio a sí mismo asomado a la barandilla, aguardando la llegada de Crespo para dejar caer la maceta sobre él. En más de una ocasión se había preguntado si existiría algún medio de librarse de Crespo, y había sopesado la posibilidad de llevar bajo el cinturón un cuchillo de caza que encontró en el desván de su casa, para clavárselo en cuanto volviera a agredirlo. Le resultaba extraño que, pese a ser incapaz de soportar los aullidos de dolor de un animal, no le causara repulsión la idea de matar a Crespo. Tal vez se debiera a que probablemente a Crespo tampoco le causaría repulsión la idea de matarlo a él, y quizá ya habría intentado hacerlo si las circunstancias fueran otras. No lograba entender la razón del odio que parecía sentir Crespo, aunque le vinieron a la cabeza un par de posibles explicaciones sobre las que prefirió no reflexionar. La sangre corría por su mejilla, había olvidado el corte en la sien. Dejó la maceta en el suelo, sacó un pañuelo del bolsillo y enjugó la herida. Se acordó de un alumno interno en el colegio que varios años atrás había herido a un compañero con una navaja. Marante lo había visto por última vez cuando se lo llevaba una pareja de guardias civiles, y había sentido vergüenza e impotencia ante su mirada vacía y su rostro congestionado a causa de la paliza que acababa de pegarle un profesor. Recordó las agresiones, los castigos y las humillaciones que sufrían los internos un día tras otro sin que pareciera importarle a nadie. Luego todo aquello terminó y no volvió a verlos, pero en seguida se encontró con que una inesperada hostilidad iba creciendo en torno a sí mismo. La mayor parte de sus amigos, especialmente los más íntimos, parecieron avergonzarse de serlo y terminaron dándole la espalda. Sólo su hermano demostró una lealtad de la que él no había sido consciente hasta entonces. Sintió un mareo y tuvo que apoyarse en la barandilla. Se estremeció al distinguir las tres siluetas que se aproximaban por la acera del otro lado de la avenida. Crespo señaló la parte alta del edificio. Marante cogió la maceta con manos temblorosas mientras sus compañeros empezaban a correr. Al apoyarla sobre la barandilla vio el coche que venía del pueblo a toda velocidad. Crespo y los otros buscaban un espacio para cruzar la avenida entre los vehículos aparcados junto a la acera. Marante dudó si prevenirlos y las palabras no salieron de su boca. Crespo pasó rozando una furgoneta y un contenedor de basuras sin apartar la vista de la azotea, y en el momento de pisar la carretera el coche lo embistió y lo lanzó varios metros por delante. El conductor frenó en seco y se apeó precipitadamente. El cuerpo inconsciente de Crespo estaba tirado frente al edificio con las piernas contorsionadas en una postura grotesca. El conductor lo contemplaba embobado. Sus compañeros se miraban unos a otros, y alguien salió de un bar cercano y corrió hacia el lugar del accidente.

Marante dejó la maceta en el suelo y retrocedió hasta la puerta de la azotea. Desde donde estaba podía oír el revuelo que empezaba a formarse en la avenida. Bajó las escaleras y salió a la calle sin que nadie se fijara en él. Sintió en el rostro la brisa proveniente del mar. Subió el cuello del abrigo, metió las manos en los bolsillos y caminó de vuelta a casa.

lunes, 27 de septiembre de 2010

AL CAER LA TARDE

Un atardecer de mayo, mientras leía junto a la ventana esperando a que mi madre hiciera la cena, mi padre llegó a casa y nos regaló a mi hermano y a mi diez ejemplares de las monedas de diez pesetas que acababan de salir. Tal vez influido por el libro que tenía sobre las rodillas, se me ocurrió esconder aquel dinero tan fácilmente adquirido en la cala sombría y solitaria a la que se accede por el extremo de la playa más alejado del pueblo. Al día siguiente, en el colegio, les comenté mi propósito a Juan Diego y a Andrés. A Juan Diego lo trajo sin cuidado, como la mayor parte de las ideas que se me ocurrían, sin embargo no le costaba acompañarme porque vivía en el horrible edificio de catorce pisos construido cerca de la playa, entre el paseo marítimo y la vía del tren. Andrés parecía más interesado, pero tenía que estar de regreso en el pueblo, puntualmente, a las seis y media, hora a la que su madre bajaba de la aldea para recogerlos a él y a su hermana.

Después de la última clase de la tarde, salimos del colegio y anduvimos hacia las afueras del pueblo. Cruzamos el puente sobre la desembocadura del río, llegamos al final del paseo marítimo mientras empezaba a lloviznar y nos adentramos en el pinar con dirección a la playa. Cuando pasábamos junto a los bares que hay a un lado del paseo vi el coche de mi tío aparcado delante de uno de ellos. No me sorprendió: sabía que solía tomar un vino después del trabajo, y le gustaba acercarse hasta los alrededores del pueblo, donde se encontraba con viejos conocidos. Caminamos por el suelo arenoso alfombrado de agujas de pino, bajo el cobijo del espeso ramaje. Al salir del pinar vimos que la marea estaba subiendo, no debía de faltar mucho para la pleamar. Andrés comentó que se hacía tarde para él, pero logramos convencerlo de que estaríamos en el pueblo antes de las seis y media. Fuimos hasta el extremo de la playa y nos detuvimos frente a la zona de rocas que la separa de la cala. Había dejado de lloviznar, aunque el cielo seguía nublado. Pese a la proximidad del oleaje, consideramos que aún teníamos tiempo de ir y volver antes de que el mar inundara por completo el pasaje arenoso entre las rocas. Echamos a andar y nuestros pies se hundieron en la arena mojada. Recorrimos varios metros de terreno practicable, pero las olas cada vez más próximas nos obligaron a trepar a lo alto de una roca. Estaba cubierta de moluscos y algas humedecidas, teníamos que avanzar con mucho tiento. Pasamos a la roca contigua, y de ella a la siguiente. Nos faltaban unos metros para alcanzar la cala cuando Andrés resbaló, se dio de bruces contra la roca y cayó al agua. Juan Diego y yo estiramos los brazos y lo ayudamos a subir. Andrés se había empapado de la cintura para abajo. Le llevó unos minutos reponerse. Luego seguimos adelante, y pronto saltamos al escaso espacio seco que quedaba en la cala entre el mar y los árboles. Una estrecha franja rocosa se adentraba seis o siete metros en el agua hasta el centro de la bahía. Avanzamos sobre ella en fila india y nos detuvimos en su extremo. Desde allí podíamos ver la playa y el pinar, la desembocadura del río y el pueblo al otro lado. Dos puentes unían una costa con la otra: el que habíamos cruzado nosotros y el del ferrocarril, que pasaba a unos veinte metros por encima del pequeño puerto pesquero que le daba vida al pueblo. Un monte cubierto de prados y de tupidos bosques de castaños lo protegía de los malos vientos. Era una costa menos abrupta que aquella en la que nos encontrábamos, aunque igual de verde y frondosa. La anchura de la ría nos permitía divisar la línea brumosa del horizonte. Andrés nos culpaba de su mala suerte e insistía en que iba a llegar tarde al pueblo, pero yo me sentía incapaz de escucharlo, y disfrutaba de aquel lugar cercano y recóndito de donde me gustaría no tener que regresar tan pronto. Un barco zarpó del puerto y puso rumbo a la boca de la ría. Saqué del bolsillo el pequeño cofre metálico donde guardaba las monedas y lo dejé caer al agua, y al ver como desaparecía entre las algas del fondo me prometí regresar la semana siguiente con marea baja para recuperarlo. Las olas salpicaban ya la pequeña superficie sobre la que manteníamos el equilibrio. Regresamos a la cala y volvimos hacia la playa pasando con precaución de una roca a otra. El mar rompía con fuerza e inundaba por completo el pasaje: una caída ahora haría que nos mojáramos hasta el cuello. Andrés insistía en que Juan Diego y yo éramos los causantes de su infortunio, y en que por nuestra culpa iba a llegar al pueblo tarde y empapado. De vuelta en la playa, presa de una desesperación algo teatral, se derrumbó y se revolcó sobre la arena. Juan Diego no parecía muy impresionado por verlo tirado a sus pies, ni entendía qué era aquello de estar sin falta a las seis y media en el pueblo. Andrés se levantó con los pantalones mojados cubiertos de arena. Salimos de la playa, cruzamos el pinar y el paseo marítimo y llegamos a la sórdida urbanización donde vivía Juan Diego. Nuestro amigo volvió a su casa, y Andrés y yo caminamos hacia el pueblo. Era una bonita tarde de primavera, el aire olía a flores y a hierba húmeda. Andrés hablaba de broncas, de castigos y de prohibiciones. Le propuse volver cruzando el puente del ferrocarril y así ganar tiempo, pero ya todo le daba igual. Debían de ser las siete o las siete y media y su madre estaría en casa, preguntándose dónde demonios se habría metido y esperando su llamada para bajar de nuevo a recogerlo. Aceleramos el paso. Nos acercábamos a la vía férrea cuando vimos a mi tío saliendo de un bar y caminando hacia el coche. Se detuvo sorprendido al vernos. No le expliqué el porqué de nuestra ida a la playa, no iba a entenderlo. A mi tío le agradó el encuentro, y se ofreció a llevarnos hasta nuestras casas. Andrés sonrió: en cuanto llegaran, su madre lo dejaría todo para invitar a un café al inesperado y bienvenido visitante, y el maldito retraso y los pantalones mojados se convertirían en algo secundario. Subimos al coche. Mi tío condujo en dirección al pueblo y dejamos atrás el pinar mientras caía la tarde.

sábado, 21 de agosto de 2010

SCHOOL DAYS (II)

Poco antes de que tiraran abajo el internado, subí hasta la última planta para ver si quedaba algo de interés en alguna de sus habitaciones. Recorrí el amplio corredor amedrentado por el eco de mis propios pasos, y al abrir los armarios y los cajones de las mesillas de noche encontré, gravados a punta de navaja, los nombres o los apodos de algunos alumnos internos que recordaba de cuando estudiaba en el colegio más de veinte años atrás. Al fondo de un cajón había una cinta con la banda sonora de la película Yo, "El Vaquilla". Mientras caminaba de vuelta al ascensor, me extrañó el olor proveniente del rellano de la escalera de emergencia. Me acerqué hasta allí: sobre el último escalón estaba el cuerpo sin vida de una paloma. Debía de haber entrado por la ventana del cuarto de baño, a la que le faltaban los cristales, y habría muerto después de extraviarse por el interior del edificio tratando de salir.

Llegué a la calle pensando en los internos con los que había coincidido un día tras otro durante ocho años difuminados en la distancia del tiempo. Brown, Pulpo, Negro, Morales, Furelos, Isla, Pipiolo... Recordaba con especial claridad a este último. Era mayor que yo, y su paso por el colegio empezó con mal pie. No llevaban allí ni dos semanas cuando él y Guillermo, su compañero de pupitre, tuvieron un encontronazo con el conductor del autobús de línea que cogían los viernes por la tarde para volver a La Coruña, que se saldó con una rueda rajada y el autobús parado bloqueando la calle frente al colegio. Nunca estuvo claro el origen de la disputa ni si ellos habían sido los verdaderos causantes del pinchazo, pero el incidente llamó la atención de uno de nuestros profesores, al que los internos apodaban Florero, lo que no pintó bien para Pipiolo. Cada nuevo curso, el Florero se la tomaba con uno de sus alumnos, interno o no, y no paraba hasta encontrar una excusa para sacudirle. Aquello formaba parte de la rutina y no era más llamativo que pasar la lista al comienzo de cada clase.

Había una vergonzosa distancia entre la vida de un interno y las de los que vivíamos con nuestras familias en el pueblo o en las aldeas cercanas. El día a día de los internos consistía en desplazamientos de las habitaciones al comedor, del comedor al colegio, del colegio al patio y del patio a las habitaciones, bajo la amenaza permanente de ser abofeteados por mancharse la ropa en un charco, cruzar la carretera antes de que se diera la orden o salirse de la fila. Por la tarde nosotros caminabamos con parsimonia de vuelta a casa, mientras los internos pasaban el tiempo sobre las gradas del patio cubierto, pinchándose con sus navajas o haciéndose pajas y apostando quién era el primero en correrse. Para nosotros existía la implícita pero estricta prohibición de dirigirnos a ellos por sus apodos y de participar en sus bromas pesadas, y el que se había atrevido a hacerlo había recibido una patada en la espalda, un pinchazo en un brazo o un escupitajo en la cara. Una tarde en que nos sentaron por orden de lista me tocó compartir pupitre con Pipiolo. Al cabo de unos minutos hablando en un susurro (conversación que en seguida fue cortada de cuajo por sendas bofetadas, una para él y otra para mí), me di cuenta de que mi compañero, que no pegaba tan fuerte como Negro o como Brown, ocultaba detrás de la inevitable aspereza de su carácter una sensibilidad apenas perceptible, y reparé en la tristeza que había tras la dureza de su mirada.

Después del incidente del autobús, el Florero no le quitaba el ojo de encima a Pipiolo. Una mañana de mediados de curso, éste se enzarzó en una riña con una chica de su edad que le llevaba media cabeza y pesaba diez kilos más que él. Nadie se molestó en separarlos, pero antes de que estallara la esperada pelea se terminó el recreo y tuvimos que volver a las aulas. Durante los minutos previos al comienzo de la clase Pipiolo y ella se encararon otra vez, y terminaron llegando a las manos. Pipiolo sabía salir bien parado de una pelea, pero al tener delante a una chica parecía incapaz de sacudirle como se merecía, así que forcejeaban sujetos por los brazos mientras ella trataba de pegarle patadas y cogerlo por los pelos. Sentí dolor al preguntarme qué estaría pasando por la cabeza de Pipiolo en ese momento. Un compañero exclamó algo que no se oyó bien bajo los insultos y las amenazas, y la bronca se interrumpió con la misma rapidez con la que se había iniciado. Miré hacia la puerta del aula y vi al Florero en la penumbra del pasillo. Pipiolo también lo había visto: sin decir una palabra, el Florero le indicó con el gesto de la mano característico que fuera hasta allí. Pipiolo atravesó el aula y recibió una bofetada que lo hizo caer hacia un lado. Luego, como siempre, volvió a su sitio en el pupitre del fondo. Unos minutos después, cuando empezaba la clase, oí como una chica del pueblo le decía sonriendo a alguien:
–¡Mira, el Pipiolo llorando!

lunes, 9 de agosto de 2010

AL SUROESTE


1
Desde el puente del barco, Pierre Breton logró avistar entre la bruma los montes de la costa a donde se dirigían. El sol, que poco antes había brillado unos minutos entre las nubes, volvió a transformarse en un disco difuso hacia poniente, y el mar adquirió un tono verde acerado. Breton vio hundirse en el agua y elevarse la proa del Guernesey, aquella motora de quince metros con bandera francesa que gobernaba por última vez. Sintió de nuevo la extraña mezcla de nostalgia, pereza y alivio habitual en cada recalada. El final de la travesía estaba ya un poco más próximo. Si sus planes salían como había previsto, iba a pasar mucho tiempo antes de regresar a aquellas rías de cielos nublados, lluvia incesante, fangosos estuarios y húmedos bosques. Saulnier, de pie junto a la rueda del timón, contemplaba en silencio las aguas embravecidas y la masa verdosa a sotavento.

Al cabo de media hora, Breton veía ya como se arbolaba el mar en la rompiente de los bajíos. La mirada de Saulnier se endureció: era un gesto que Breton conocía bien y presagiaba problemas. Saulnier fue hasta la escala y descendió ágilmente a cubierta. Breton sabía que no iba a tardar en retomar la discusión con Christine comenzada hacía un rato en la bañera. Saulnier le dedicaba más atención a sus útiles de pesca submarina que a ella, y parecía sentir un extraño placer en herir sus sentimientos. Para su propia sorpresa, aquello había incomodado a Breton desde antes del comienzo de la travesía, durante los días que pasaron en el hotel de La Rochela. La tarde en que la vio bajar del tren proveniente de París, algo en ella le produjo una simpatía inmediata, y le hizo recordar con inesperada nostalgia la época en que trabajaba y vivía en la capital. Pero Christine no era asunto suyo, así que se limitaba a gobernar el barco y hacer todas las escalas que Saulnier le ordenaba, hasta que la interminable semana tocara a su fin. Luego podría volver a casa con algún dinero en el bolsillo. Habían pasado seis años desde su partida, y no dejaba de repetirse que no había motivo por el que las cosas no fueran a salir bien a partir de ahora.

A un cuarto de milla de tierra Breton redujo la arrancada. Saulnier salió a cubierta y fue a proa caminando con precaución por el corredor de estribor. Breton levantó la vista un instante, al distinguir por encima de los árboles la figura de un águila ratonera que sobrevolaba el bosque en busca de alguna presa. Cuando la sonda marcaba cuatro metros hizo una señal con el brazo a Saulnier. Este liberó el molinete, comprobó la longitud de cadena largada y repitió la misma señal a Breton. Luego regresó hacia popa mientras aquél apagaba el motor y bajaba del puente, y ambos se reunieron en la bañera. Breton contempló el terreno frondoso y escarpado, cortado en seco por hermosos acantilados de veinte o treinta metros de altura contra los que rompía el oleaje. En una zona donde la pendiente era menos abrupta se extendía una playa de arena blanca, flanqueda por dos afiladas puntas rocosas cubiertas de espuma. Christine no tardó en salir a cubierta. Como de costumbre, en su rostro no quedaba rastro de la disputa, y su expresión desenfadada no era fingida. Pero Breton leyó en la mirada de Sauliner una hostilidad que no había percibido antes, y de la que ella no parecía ser consciente. Después de echar un vistazo a la costa, Christine se apoyó sobre la borda entre ellos, y Breton sintió en la mejilla la caricia de su pelo revuelto. Aguardó a que Christine o Saulnier hicieran algún comentario acerca del lugar donde habían arribado.
–¿Qué te parece? –dijo al fin moviendo la cabeza. Christine sonrió.
–No lo imaginaba así: la playa es un poco lúgubre, y hay demasiadas olas. Y ese bosque...
Saulnier se disponía a interrumpirla, pero Christine se apartó y subió al puente.
–Me pregunto si el agua está buena –exclamó.
–No irás a saltar desde ahí –repuso Saulnier.
Christine se agachó para descalzarse y se quitó la camisa y el pantalón corto. Luego trepó al pasamanos y mantuvo un difícil equilibrio sobre la barra metálica. Cuando estaba a punto de caerse tomó impulso, estiró los brazos y las piernas en el aire y entró en el agua casi verticalmente. Breton consideró que había hecho un salto brillante, mientras la veía desaparecer bajo la superficie y emerger unos segundos después a varios metros del barco. Christine levantó un brazo por encima de las olas.
–¡Os estoy esperando! –exclamó.
–¡Está anocheciendo! –dijo Breton–. ¡Es tarde para mí!
Christine hizo un gesto de desdén y volvió a sumergirse. Saulnier se quitó la camisa, y en su camino hacia la escala apartó a Breton con un empujón en un hombro antes de que pudiera hacerse a un lado para dejarlo pasar. Breton bajó la vista. Recordó que, un par de noches antes de zarpar, Saulnier y unos amigos se vieron envueltos en una pelea delante de un local, que terminó cuando a alguien le rompieron un vaso en la cara. Al día siguiente, mientras desayunaba con Christine esperando a que Saulnier terminara de prestar declaración, Breton se preguntó cómo ella no sentía pudor por la forma en que Saulnier la trataba. Observó a Christine. No era la primera vez que la veía bucear a poca profundidad cerca del barco, sin embargo nunca lo había atraído tanto como en ese momento. Saulnier se aproximó a ella bajo el agua, volvieron a la superficie y nadaron en dirección a la playa. Christine parecía haber olvidado que Breton la miraba desde la popa. A pesar de la desazón que le producía ver a Saulnier nadando a su lado, y de vez en cuando sujetándole los tobillos o hundiéndole la cabeza bajo una ola, la siguió durante todo el trayecto. Al llegar a la playa salieron del agua y se derrumbaron sobre la arena. Saulnier estaba situado frente a Christine y de espaldas a la orilla, de manera que Breton ya no podía verla. Se sentó en el asiento de babor y disfrutó de la luz del atardecer sobre los acantilados. El frío nordeste que llevaba soplando desde la mañana lo hizo estremecerse, así que sacó la cazadora del tambucho y se la puso. Miró hacia proa y contempló el mar abierto. Pese a lo que hubiera podido suceder en la cabina, Breton no ignoraba que Saulnier y Christine debían de estar pasando un buen rato en la playa. Inevitablemente, una vez más, recordó su estancia en París. Se había trasladado con su mujer al poco de casarse, para empezar a trabajar como conductor en una empresa de transportes. Entonces aún no habían descubierto que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar y de lo que tenían en común. Luego hubo cortos períodos en los que todo pareció ir bien, pero fue sólo un espejismo. Decidieron separarse después de cinco años infernales, cuyo único bagaje para él consistió en una infinita tristeza y la impresión de ser un fracasado. Incapaz de seguir en París más tiempo, terminó por dejar su empleo, hacer las maletas y regresar a la costa, donde un amigo lo puso en contacto con el armador de las motoras que pronto empezaría a gobernar. Durante las primeras semanas, mientras caminaba por la marina seca entre los barcos con la carena a medio pintar, o se desprendía del olor a gasoil y pescado reseco tomando una cerveza en algún bar del puerto al caer la tarde, se sorprendía echándola de menos, y evitaba preguntarse si habría sido posible encontrar alguna otra solución.
2
Anochecía cuando Christine y Saulnier regresaron al barco dando cansinas brazadas. En el puente, Breton contemplaba la línea rojiza del horizonte, de nuevo despejado por los bruscos cambios de tiempo de aquellas latitudes. Oyó el chapoteo de los cuerpos al salir del agua. Le molestó que su sosiego se viera alterado, pero le agradó la voz temblorosa de Christine pidiéndole su ropa desde la bañera. Cogió las prendas que había dejado encima del asiento y se las echó. Ella las atrapó al vuelo, y se lo agradeció con una sonrisa antes de desaparecer dentro de la cabina. Saulnier no la siguió. Después de secarse, arrojó la toalla sobre una colchoneta y elevó la mirada hacia Breton. Éste le dio la espalda. Avistó la silueta lejana de un mercante y en sus ojos se dibujó una sonrisa melancólica. Saulnier cerró de golpe la puerta de la cabina. Breton sabía lo que venía a continuación, y no le agradaba pensar en como Saulnier seguiría mortificando a Christine durante la travesía de regreso. Recordó a alguna de las mujeres que había conocido hasta entonces, tan diferentes en todo de ella. También tuvo cierta curiosidad por saber dónde paraba la que fue su esposa, aunque eso lo entristeció. En realidad, sentía un vértigo soterrado ante la idea de volver a casa.

Un ruido repentino lo sacó del sopor en que se encontraba. Ya era de noche, debía de llevar más de una hora en el puente. Contempló el hermoso cielo estrellado. Notó algo de frío, pero no tenía ganas de bajar y encontrarse con Christine y con Saulnier. Cerró los ojos de nuevo. Un objeto de cristal se rompió contra un mamparo. Breton se levantó precipitadamente al oír a Christine gritar su nombre. Descendió de un salto e intentó abrir la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave. Oyó un portazo proveniente de los camarotes de proa. Llamó a Christine sin obtener respuesta. Tomó carrerilla, se lanzó contra la puerta y la hizo ceder. Iba a cargar otra vez cuando Saulnier abrió y salió a cubierta envuelto en un fuerte olor a alcohol. Breton retrocedió unos pasos, Saulnier se avalanzó hacia él y Breton le asestó un cabezazo que lo envió contra la regala. Saulnier se arrastró por la cubierta con la nariz y la boca manchadas de sangre. Breton vio a Christine tumbada frente a los camarotes y atravesó la cabina temiendo lo peor. Una de las puertas estaba abierta, la sangre goteaba del picaporte. Se agachó junto a Christine. Sus dedos se deslizaron por el pelo ensangrentado y se detuvieron sobre una herida en el cuero cabelludo. Al tomarle el pulso, comprobó que estaba muerta. Se llevó una mano a la frente.
–Christine –murmuró.
Permaneció a su lado varios segundos. Luego se irguió y tanteó en la oscuridad del camarote, hasta dar con el chal que Christine solía ponerse sobre los hombros cuando enfriaba al anochecer. Tuvo la impresión de que Saulnier se encontraba en lo alto de la escalera.
–¡La has matado! –exclamó mirando hacia allí–. ¡Maldito loco hijo de puta, la has matado!
No obtuvo respuesta. Se acercó a la radio, descolgó el auricular y trató de sintonizar la onda costera. Oyó pisadas que se acercaban. En el momento de girarse Saulnier le lanzó un golpe que Breton paró instintivamente con los brazos. El auricular saltó por los aires. Breton y Saulnier se enzarzaron a puñetazos. Chocaron contra una lámpara que se desencajó del mamparo y la cabina quedó en penumbra. Breton enviaba un golpe tras otro ignorando los que se estrellaban contra su cara y su pecho. Estuvo a punto de caer al tropezar con un banco. Saulnier lo arrinconó contra la escalera, pero resbalaron en las cartas esparcidas por la cubierta y se vinieron abajo. Breton sintió como algo de cristal se rompía bajo su espalda. Recibió un puñetazo en la nariz mientras trataba de incorporarse. Saulnier se aferró a su garganta, pero Breton le saltó varios dientes de un puñetazo y se lo quitó de encima. Saulnier lo golpeó en la sien y Breton le asestó un rodillazo en la mandíbula. Saulnier dejó de moverse. Breton se levantó respirando con dificultad y contuvo el impulso de patearle la cabeza. En vez de eso, lo arrastró a trompicones hasta uno de los camarotes, lo arrojó sobre una litera y cerró la puerta con llave. Aunque ya no sirviera de nada, se veía dominado por el ansia de apartar a Saulnier de Christine, de alejarlo de ella. Atravesó de nuevo la cabina y se reclinó agotado sobre la mesa de cartas. Se limpió la sangre de la cara con un pañuelo. Tenía la nariz y los labios hinchados. La luz tenue de la única lámpara intacta le permitía apreciar el desbarajuste de vasos rotos, toallas, derroteros e instrumental en que se había convertido el interior del barco. Frente a los camarotes distinguía el contorno del cuerpo de Christine en la tela del chal con el que la había cubierto. “Salir pronto de aquí”, pensó. “Volver pronto a casa”.

El pálido fulgor del amanecer acariciaba ya la superficie del mar, aunque la luna se vislumbraba todavía en el cielo. El barco borneaba suavemente con el cambio de marea. Saulnier llevaba un rato golpeando la puerta del camarote. Breton, apoyado en la borda, oyó el sonido de un motor que se confundía con el ruido del oleaje. Levantó la vista: las luces de la lancha patrullera se aproximaban por babor bordeando la costa.

miércoles, 7 de julio de 2010

SUMMERTIME



En junio, Miguel conoció a una chica que pasaba el verano en la costa y era algo mayor que él. En julio salían juntos, y en septiembre la relación comenzó a tambalearse. Miguel pensó en hacer un pequeño viaje, pues les había gustado ir de un lado a otro un par de meses atrás, cuando aún no habían descubierto que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar al principio, y de lo que tenían en común. Estudió un mapa de las rías y se decidió por una playa del norte. Había oído hablar de aquel paraje solitario, donde, años antes, alguien emprendió la construcción de un hotel cuyas obras no llegaron a terminarse.

Después de convencer a Julia con cierta dificultad, se pusieron en marcha en el coche de ella. Recorrieron en silencio la costa, atravesando bosques de castaños, pinares y prados que terminaban en pequeños acantilados o descendían suavemente hacia el mar. Al iniciar el viaje Julia condujo bajo un cielo cubierto, pero pronto brillaron algunos rayos de sol entre las cambiantes nubes.

Llegaron al lugar escogido al cabo de poco más de una hora. Frente a ellos se extendía una playa amplia con forma de anfiteatro, surcada en diagonal por varias hileras de rocas que desaparecerían cuando subiera la marea. El hotel, un edificio de cuatro alturas y planta rectangular, se alzaba en un extremo, al pie del acantilado y muy cerca del agua. Julia aparcó en la parte trasera. Entraron en lo que parecía el vestíbulo, húmedo y ruinoso, y salieron a la playa por el otro lado. En pleamar, las olas alcanzarían el hormigón de los cimientos. Miguel se figuró que, al contrario de lo que había supuesto, el hotel debió haber sido erigido al menos un siglo antes, y tenía la extraña impresión de encontrarse en un lugar salido de otro tiempo. Julia se limitó a abrir las bolsas y preparar los sacos de dormir, ante la mirada entristecida de su amigo.

Cayó la tarde y el sol tiñó de rojo el horizonte. Sentados sobre el hormigón, Miguel y Julia sentían en los labios las gotas de las olas que rompían por debajo de sus pies. Miguel fingía interés al escucharla hablar de gente y de sitios que le interesaban únicamente por estar relacionados con ella. Recordó sus esfuerzos fútiles por que compartieran lo que él apreciaba: había una parcela de su vida incomprensible para Julia, del mismo modo que él nunca había conseguido, o no le habían permitido, encajar en el entorno al que ella pertenecía. La conversación terminó por resultarle tortuosa. Contempló el mar y le propuso que se bañaran. A Julia le gustó la idea. Se desvistieron, se pusieron sus bañadores y entraron en el agua. La temperatura era agradable. Nadaron entre el oleaje hasta el otro extremo de la playa, donde se detuvieron con cansancio. Treparon a lo alto de una roca y echaron un vistazo al hotel. Lo que vieron los llenó de extrañeza: un hombre y una mujer salían del interior del vestíbulo transportando en alto una canoa de madera. Eran morenos, fuertes y atractivos, recordaban a aborígenes de alguna isla del Pacífico. Debían de estar al tanto de su presencia, pero no les hicieron el menor caso. Metieron la canoa en el agua, subieron a bordo, comenzaron a remar, y en seguida se alejaban veloces mar adentro. Sorprendido, Miguel los llamó a gritos, pero eran ya un punto en la lejanía. Julia y él regresaron caminando por una franja de arena húmeda. El sol se había puesto, y la luz de la luna proyectaba la sombra del edificio sobre la playa y la orilla del mar. Algo amedrentados, dudaron si marcharse o pasar allí la noche. Recorrieron las cuatro plantas del hotel y se aseguraron de que estaba vacío. No recordaban incidentes en aquella costa, así que decidieron quedarse hasta la mañana siguiente. Entraron en el saco de dormir, y Julia no tardó en cerrar los ojos y respirar plácidamente. Miguel no conseguía conciliar el sueño, invadido por una amarga inquietud cada vez que ella se movía dentro del saco. Apenado, se dedicó durante un rato a observar el techo y las paredes de aquella estancia que, sin alcanzar a averiguar el motivo, le recordaba a algo que no lograba precisar.

Se levantó unas horas después, cuando empezaba a amanecer, con una desagradable sensación de soledad. Julia abrió los ojos cansinamente. Salió del saco, y sin decir una palabra se dirigió hacia la orilla. Miguel la observó entrar en el agua y zambullirse. Mientras Julia nadaba, recordó con amargura las horas dedicadas a ella y a su gente, que tenían bien poco que ver con él, y que tenían que ver con Julia mucho menos de lo que ella misma imaginaba. Y se atormentó saboreando otra vez aquella extraña impresión de que la vida a su lado no era real, y de que las cosas acabarían por torcerse inevitablemente.

Una inquietante tranquilidad reinaba en la playa desde la salida del sol. Julia llevaba unos minutos en el agua, cuando Miguel se fijó en un objeto que se aproximaba flotando, a punto de rozarla. Julia se volvió, y después de un instante de sorpresa se llevó las manos a la boca. Miguel salió de la tienda de campaña y corrió junto a ella. Al entrar en el agua se dio cuenta de que aquel objeto era la canoa que habían visto la tarde anterior. Echó un vistazo a su interior, y se estremeció al descubrir los cuerpos sin vida de los dos tripulantes. Tenían múltiples heridas por el pecho y el abdomen, y estaban cubiertos de una sangre reseca que había ido a mezclarse con el agua estancada en el fondo de la barca. Miguel y Julia corrieron hasta el hotel. Mientras ella recogía las mochilas y los sacos de dormir, Miguel se preguntaba quiénes serían los tripulantes de la canoa, y qué les habría sucedido. Alguien tenía que haberlos abordado durante la noche. Y, sin embargo, ni Julia ni él habían oído un solo ruido alarmante, aparte del oleaje y los chillidos de las gaviotas. Entonces, ¿de dónde salían el hombre y la mujer, y quién los había matado? Julia ya había subido al coche y pulsaba el claxon. Miguel cruzó corriendo el vestíbulo. Antes de subir echó un último vistazo a la canoa, que cabeceaba y daba topetazos contra las rocas. Camino del pueblo, mientras el cielo se cubría, no dejaba de contemplar el mar, totalmente desierto en aquella zona, preguntándose una y otra vez dónde habrían perdido la vida aquellos desconocidos, y a manos de quién.

En cuanto llegaron, llamaron a la policía y les dieron explicaciones atropelladas y confusas, tratando de vencer su incredulidad ante lo que consideraban una patraña. La incredulidad se transformó en enfado, un par de horas después, al regresar al hotel y no hallar rastro de los desconocidos. Cuando por fin los dejaron marcharse, Miguel y Julia se encontraron en medio de una calle desierta, sin tener mucho más que decir acerca de lo sucedido. Se despidieron de forma lacónica y se alejaron en direcciones opuestas.

Miguel entró en su casa y se sentó al borde de la cama. Todavía no sabía cómo iba a terminar aquel asunto, pero era indudable que, a partir de ahora, los pasos que dieran Julia y él los darían por separado. Se sintió completamente solo, como no lo hubiera estado hasta entonces. Tuvo la impresión de que algunas cosas aún tardarían en cambiar, y de que otras no cambiarían nunca. Apoyó la frente en las palmas de las manos. La lluvia de septiembre comenzaba a deslizarse por las ventanas de la habitación.

lunes, 21 de junio de 2010

SCHOOL DAYS

Solía ocurrir a primera hora de la tarde. Don Jaime interrumpía la explicación indignado, se quitaba las gafas, se levantaba de la silla ruidosamente, saltaba de la tarima y avanzaba con rapidez por el espacio entre las filas de pupitres, mientras lo veíamos acercarse, aterrados, porque no sabíamos cuál de nosotros era su objetivo. Pero solía pasar de largo, y respirábamos con alivio. Entonces girábamos la cabeza y veíamos como se dirigía al fondo del aula, donde los internos Pipiolo y Guillermo se revolvían en sus asientos mientras la mole se aproximaba. Normalmente les estrujaba las orejas y les golpeaba el cráneo con los nudillos, produciendo un sonido hueco que se oía en todo el aula. En ese caso podía hacer gracia, debido a nuestro embrutecimiento por presenciar con cierta regularidad escenas similares. Otras veces le pegaba varias bofetadas a uno de ellos, hasta que se tambaleaba sobre el asiento. En ese caso ya no hacía tanta gracia: yo sentía una especie de asco silencioso hacia el profesor y hacia el resto del colegio. Pero eso fue sólo al principio. Luego me acostumbré, y lo único que notaba por dentro era una lejana sensación de impotencia.

domingo, 6 de junio de 2010

UNA DEL OESTE

El forastero llegó a media mañana a Lake Valley, Nuevo México, en su camino hacia el sur. Recorrió al paso la calle principal prestando atención a la gente con la que se cruzaba, y frenó el caballo frente a la oficina de correos al otro extremo de la ciudad. En la pared había un cartel en el que se ofrecía una recompensa por la captura de un fugitivo de la justicia. El forastero arrancó el papel y le echó un vistazo. Su rostro se ensombreció. El forastero dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Un tipo corpulento, aseado y recién afeitado, salía de la barbería contigua en ese momento. Se detuvo al pie de las escaleras y observó al forastero, que se disponía a continuar la marcha.
–Un momento –dijo–. Antes de seguir su camino, deje eso donde estaba.
El forastero lo observó.
–¿Se refiere al anuncio?
El otro no respondió.
–No creo que le interese a nadie –dijo el forastero con forzada cordialidad–. A estas alturas, el fugitivo ya debe de estar llegando a Juárez.
–Eso no es asunto suyo. Tal vez alguien quiera sacarse unos dólares con la captura de ese tipo.
La cordialidad desapareció del rostro del forastero. Espoleó el caballo, pero el otro hombre sujetó la rienda y lo hizo detenerse. El caballo relinchó y se movió adelante y atrás. La gente que pasaba volvía la cabeza hacia la barbería. El forastero bajó la vista.
–Suelte la rienda –murmuró.
–Deje eso donde estaba –repuso fríamente el hombre de la barbería.
El forastero trató de seguir adelante, pero el otro se lo impidió.
–¿Es que no me ha oído? –insisitió.
El forastero trató de apartarlo y el otro tiró de su pierna hacia arriba y lo mandó a tierra. Los transeúntes se detuvieron con interés. El barbero salió a la puerta, y el cliente del que se ocupaba en ese momento se asomó a la ventana con una toalla al cuello y media cara cubierta de espuma. El forastero se se puso en pie rápidamente y se quitó la chaqueta: los que lo rodeaban se fijaron en la estrella de plata prendida de la solapa. Su agresor, que acababa de apartar el caballo y se le acercaba con los puños cerrados, se detuvo al ver como llevaba las manos al cinturón del que colgaba su revólver. Cuando el forastero se quitó el cinturón, el otro cargó contra él. Los espectadores abrieron bien los ojos. El forastero paró con firmeza la acometida y de un puñetazo mandó a su rival al otro lado de la calle. Éste se repuso y volvió a la carga con furia. Tras un duro intercambio de puñetazos, el hombre de la barbería cayó contra el costado del caballo. El animal se encabritó y el hombre de la barbería se desplomó agotado. Había perdido por completo el aspecto pulcro que tenía antes. El forastero se acercó hasta su caballo. Uno de los que habían presenciado la pelea echó a andar hacia él con paso firme. Al verlo acercarse, el forastero sacó el revólver de la canana y el otro hombre se detuvo.
–¡Ya basta! –exclamó el forastero–. ¡Soy el marshall Thomas Howell, de Colfax! Voy en busca de Bill Howell, y no dejaré que ningún maldito cazador de recompensas lo encuentre antes que yo.
Un murmullo se extendió entre los que lo rodeaban. Mientras se ponía el cinturón y la chaqueta se hicieron a un lado para que pudiera montar, aunque estaban a una distancia más que suficiente, sobre todo después de haber visto el revólver en su mano derecha.
–Parece que le vaya mucho en ello –dijo alguien.
–Ya lo creo –respondió Howell a lomos del caballo–. Ese hombre es mi hermano.
–¿De qué lo acusan? –preguntó una mujer que había salido del almacén al otro lado de la calle.
–Ahora de nada –dijo Howell.
Pero dos semana atrás, un tipo popular en la ciudad, con el que Bill había tenido una sonada disputa la noche anterior, apareció en un callejón con la garganta cortada. Howell se encargó de sacar a Bill de la habitación donde dormía la mona, y una vez en la cárcel de alejar a tiros a la turba que se había formado ya para lincharlo, mientras esperaban al día siguiente preguntándose qué demonios podía hacer por su hermano. Su ayudante lo vio mucho más claro: le abrió a Bill la puerta de la celda y lo dejó huir por una ventana mientras Howell centraba la atención en la puerta principal. Este se enteró un rato después y fue en su busca. Siguió su rastro hacia el sur; se disponía a continuar su camino tras parar para descansar en Galisteo cuando su ayudante apareció al galope sobre un caballo agotado, y le dijo que allá arriba habían descubierto al verdadero asesino: una de las mujeres del saloon había visto como el crimen lo cometía un desconocido con el que Bill había estado jugando a las cartas, que en esos momentos cabalgaba camino de Colorado sin saber que le estaban echando la soga al cuello; ella decía que nunca lo habría delatado si no fuera porque Bill iba a pagar en su lugar. Su hermano ya no tenía nada que temer, era ahora cuando Howell debía encontrarlo, antes de que un cazador de recompensas le metiera una bala en la espalda, o de que desapareciera para siempre al otro lado de la frontera.
Howell espoleó el caballo, los curiosos se apartaron un poco más, y el marshall salió al trote de Lake Valley. En pocos minutos el jinete desaparecía galopando en la distancia, y el único rastro de su paso era la nube de polvo que se perdía en lo alto de una colina.

lunes, 5 de abril de 2010

EL ESPEJO

Durante las tardes de invierno, Miguel veía el río y los montes desde su pupitre junto a la ventana, hasta que su ensimismamiento era cortado de cuajo por una bofetada que lo hacía tambalearse en el asiento. Las procesiones de Semana Santa anunciaban la llegada del buen tiempo, y una mañana de rudas competiciones deportivas señalaba el final del curso, tras el que venían un par de semanas forzosas e interminables en un campamento de la OJE. Después empezaba una temporada de lluvia, sol y nubes que Miguel deseaba que no acabara nunca. En septiembre, cinco días de fiestas locales ponían fin al verano.

Cuando tenía doce años, la última noche de las vacaciones, Miguel ganó al tiro una cartera de cuero falso con un espejo en su interior. Al devolver la escopeta y recibir el trofeo, le costó ocultar el orgullo que sentía. Las semanas siguientes, llevaba la cartera consigo cuando iba hasta la plaza con cuatro o cinco amigos después de salir del colegio, y cuando jugaban al clavo en algún prado de las afueras, tocaban la harmónica bajo un árbol del jardín o entraban furtivamente en las huertas. A veces paseaba en solitario por la estación del ferrocarril, por el atrio de la iglesia, por los alrededores de la fábrica de curtidos, por el pequeño puerto pesquero, con la cartera guardada en el bolsillo trasero del pantalón, de donde la retiraba en el momento de ir a sentarse. Dentro de aquel objeto, obtenido sin ayuda de nadie en medio del barullo de una alameda llena de gente, podía ver reflejada una parte de su rostro: la nariz larga, el flequillo que le caía sobre la frente, los ojos oscuros, en los que ocasionalmente leía una intranquilidad cuyo origen no sabía dilucidar.

Una tarde de octubre, Miguel compró un tebeo y se sentó al pie del escaparate de la librería para leerlo con avidez, olvidando momentáneamente la cartera. Se acordó de ella al oír a su espalda un inquietante crujido. Con el corazón en vilo se puso en pie, se llevó la mano al bolsillo, sacó la cartera y la abrió. Sintió como algo se venía abajo al comprobar que el espejo estaba hecho añicos. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero no lloró, para que nadie pudiera detenerse frente a él, y reírse o reprenderle. Con cuidado de que los fragmentos no se cayeran, cerró la cartera y volvió a guardarla. Ya era tarde y empezaba a hacer frío. Incapaz de contener el llanto, dirigió la mirada al otro lado de la calle, y entre los viejos edificios con galería de madera blanca pudo ver los prados que cubren la ladera del monte, y los caballos que pastaban en uno de ellos.

martes, 16 de febrero de 2010

A UN LADO DE LA CARRETERA


Después de que María se marchara, Novoa sintió como si poco a poco perdiera la razón. Al comienzo de la jornada deseaba que ésta finalizara cuanto antes, pero las noches en solitario eran frías e interminables. Apenas lograba dormitar tres o cuatro horas, y siempre acababa despertándose por completo con ganas de estar muerto. Luego su mirada vagaba por las sombras de la habitación, y cuando al fin sus ojos se cerraban oía a los vecinos más madrugadores bajando las escaleras y pronto sonaba el despertador. Así que una mañana de octubre subió al coche como hacía habitualmente para ir a trabajar, pero habiendo guardado antes en el maletero una pequeña maleta y su escopeta de caza, y dejó la ciudad en dirección al norte, donde había nacido y vivido hasta que se casó con María y se fueron bien lejos de allí.
Salió de la secundaria, tomó la autovía, dejo atrás los últimos pueblos y condujo a través de la llanura. Hacía tiempo que no viajaba de regreso. Esperaba llegar antes de la noche, pero aún tenía un largo camino por delante. Distinguía alguna explotación agrícola apartada, empequeñecida ante las lejanas montañas de cimas nevadas. De vez en cuando adelantaba a un camión y se estremecía al notar como temblaba la carrocería de su vehículo. Se sentía más fatigado que de costumbre. Llevaba varias horas al volante cuando decidió parar a descansar un poco. Redujo la velocidad y aparcó en el arcén. Una interminable extensión de hierba amarillenta se extendía a ambos lados de la carretera. Reclinó el asiento y cerró los ojos, tratando de pensar sólo en el lugar al que regresaba, de apartar a María de su cabeza. Pero enseguida la imaginaba al anochecer en la habitación que habían compartido. Recordó su respiración suave y acompasada, su pelo rubio sobre la almohada blanca y la expresión ligeramente dolida de su rostro dulcificada por el sueño, y se durmió sin molestarse en secar las lágrimas que corrían por sus mejillas.
Se despertó a causa de un ruido familiar. Entreabrió los ojos, pero los cerró al momento molestos por la luz de un coche que aparcaba detrás del suyo. Ya era de noche. Había dormido en una posición incómoda, le dolían el cuello y las articulaciones. Hacía frío. Notó la boca seca, tuvo ganas de abrir la puerta y engullir varios litros de agua. Los del otro coche apagaron las luces. Novoa supuso que serían guardias civiles, y su cansancio aumentó al pensar en las preguntas que le harían y las respuestas que se vería obligado a dar. Volvió la cabeza hacia la ventanilla: la oscuridad cubría la llanura. Recordó un lejano incidente de su juventud, y bajó instintivamente el seguro antes de reparar en que las circunstancias ya no eran las mismas. Se abrió una puerta, se cerró unos segundos después, y Novoa oyó pasos que se acercaban sobre la gravilla. Pudo distinguir un hombre de paisano en el retrovisor. No lograba ver su rostro desde el asiento, sólo un torso robusto envuelto en un abrigo verdoso. El desconocido sacó la mano derecha del bolsillo y golpeó el cristal con los nudillos. Al bajar la ventanilla unos centímetros, Novoa sintió en la cara la humedad del exterior.
–¿Tiene algún problema? –preguntó.
El desconocido no respondió.
–¿Le puedo ayudar en algo? –repitió Novoa.
–Miguel Novoa –oyó afuera. La voz le resultó familiar, como también se lo habían resultado la figura corpulenta y la forma de andar–. ¿Qué carajo haces tú por aquí?
Novoa lo reconoció entonces.
–Hola, Senra –dijo, abriendo completamente la ventanilla con desgana–. ¿Cómo te va?
El otro se agachó y acercó su rostro al de Novoa. No se dieron la mano. Novoa se estremeció al reconocer aquellos rasgos duros que a causa de la oscuridad se le antojaron grotescos. Senra no había cambiado mucho. Había engordado un poco, pero el aire de necedad que hacía de su rostro y de su persona un todo definitivamente odioso seguía allí, afianzado con el paso de los años.
–No me puedo quejar –respondió Senra–. ¿Pero a ti qué se te ha perdido aquí abajo?
–Quiero pasar unos días en casa –dijo Novoa, y se sorprendió ante su propia respuesta.
–Pues si vas hasta allí puedes llevarme. –Sonrió–. Se me acaba de pinchar una rueda, y la de repuesto está hecha una mierda.
“Lo que me faltaba”, pensó Novoa. “Justo lo que me faltaba”.
–Sube –dijo, abriendo la otra puerta.
Senra pasó por delante del coche y subió. Tiró de la puerta con fuerza, el golpe se habría oído en varios kilómetros a la redonda. Novoa encendió el motor y siguió conduciendo hacia el norte.

Las luces delanteras parecían atravesar la oscuridad. El coche marchaba a bastante velocidad, aunque Novoa no la percibiera a causa de la monotonía del trayecto. Sentía hacia Senra la misma antipatía de siempre y no dudaba que esta fuera recíproca, pero los años transcurridos permitían que pudiesen mantener algo parecido a una conversación. Senra le explicó que trabajaba en una explotación ganadera, y volvía al norte para el fin de semana. Luego propuso poner la radio. Novoa estaba tan hundido que no le importaba ser amable con Senra, como si Senra no existiera para él. Giró el dial hasta sintonizar una cadena donde emitían un programa informativo.
–¿No tienes nada mejor? –comentó Senra.
Novoa no lograba dar con otra emisora.
–No importa –dijo Senra con una sonrisa irónica que no se molestó en disimular.
Novoa apagó la radio. Permanecieron varios minutos en silencio.
–Tenías que oír ese programa –dijo de pronto Senra–. Alguien como tú tenía que oír eso.
–¿Qué quieres decir con alguien como yo? –preguntó Novoa sin demasiada curiosidad, entre otras cosas porque intuía la respuesta.
–¿Qué quiero decir? Alguien como tú, un tipo leído, y con esa pinta, y el trabajo que tendrás en la ciudad. –Novoa estaba oyendo lo que cabía esperar, pero lo que vino a continuación le sorprendió–: Y con María.
Novoa dejó pasar unos segundos antes de contestar.
–El trabajo que tengo en la ciudad es una mierda, y estoy pensando en irme. Y no creo que tenga una pinta tan distinta de la tuya.
Senra sonrió.
–¿Y María?
Novoa conducía con la mirada fija en la luz de los faros.
–¿Cómo está María? –insistió Senra.
–María está bien.
En el momento de decirlo se fijó en las señales que dejaba atrás. Levantó la vista hacia el retrovisor, pero no logró leer lo que indicaban. A saber por dónde andaban. Senra no abrió la boca durante un rato, y Novoa comenzó a abrigar la esperanza de que harían el resto del viaje en silencio.
–¿Sabes una cosa, Novoa? –dijo al fin Senra.
Novoa no respondió.
–¿Sabes por qué te partí la cara aquella noche en el bar del Griego?
Novoa se preguntó si faltaría mucho para llegar. Debían de quedar aún unos cuantos kilómetros para el desvío a la secundaria.
–¿Lo sabes? –repitió Senra.
–No. Nunca me preocupó saberlo. Ademas hace mucho tiempo de aquello–. Haría unos catorce o quince años de aquello.
–Yo te dije que fue porque Javier Gándara y tú no parabais de hablar con Isabel.
Novoa recordó que, efectivamente, eso había dicho Senra entonces.
–Estaba borracho, ya sabes como es. –Senra sonrió. Luego su rostro adquirió una expresión grave. –En realidad te sacudí por otro motivo.
Novoa pensó en aquello que muy pocos en el pueblo sabían acerca de Isabel, la mujer de Senra, algo que éste nunca podría imaginar, o tal vez sí.
–Fue por culpa de María, Novoa.
–¿Por culpa de María?
–No había otra como María en el pueblo, y cuando empezó a salir contigo y decidisteis largaros, no pude tolerarlo y fui a por ti.
“No había otra como María en el pueblo”, pensó Novoa. Aquel viaje estaba durando demasiado.
–Tú nunca tuviste nada que ver con nosotros. Y cuando se te antojó fuiste a por María, y después os largasteis a la ciudad.
“Maldita ciudad, maldito pueblo de mierda”, pensó Novoa.
–¿Por qué tenías que marcharte? ¿Es que no estabais bien en el pueblo?
–El pueblo es un sitio de mala muerte, y la ciudad también –dijo Novoa fríamente–. Y ya te dije que no me gusta mi trabajo y que lo voy a dejar.
En realidad, estaba harto de todo: de conducir, de dormir mal, de aquella maldita vida que llevaba.
–¿Un sitio de mala muerte? –exclamó Senra sorprendido–. ¿Por qué vuelves entonces? ¿Es que no te va bien en el sur?
Novoa no podía parar y obligar a bajar a aquel desgraciado.
–El bueno de Miguel Novoa. Con tus cuatro amigos, y esa cara de buen tipo que no te quitaban ni a bofetadas. ¿Sabes a dónde iba antes de volver al pueblo, Novoa? A la casa de putas de Elena. ¿Te acuerdas de ella, verdad? No me vas a decir que tú nunca estuviste allí.
Novoa no respondió.
–Las cosas se han jodido con Isabel –siguió Senra–. Estamos a punto de separarnos, y de vez en cuando, a la vuelta del trabajo, me acerco hasta el tugurio de Elena.
Novoa comenzó a sentir verdadero odio hacia aquel individuo.
–No me has contestado, Novoa: ¿cómo te va con María?
–Me va muy bien con María.
–¿Seguro? Pareces cansado. Nunca fuiste gran cosa, pero ahora tienes un aspecto penoso. –Senra sonrió, fue una sonrisa detestable, grotesca–. ¿Seguro que va todo bien, Novoa? ¿Seguro que entre María y tú no se ha ido todo a la mierda?
–Déjame en paz, Senra –murmuró Novoa.
–¿Qué te pasa, Novoa? ¿Por qué te pones agresivo? ¿Tienes algún problema con María?
Novoa no desvió la mirada de la carretera.
–¿Es que María ya no folla bien, Novoa? ¿María ya no folla como antes?
Novoa hundió el pie en el freno. Senra se estrelló contra el parabrisas agrietando el cristal y salpicándolo de rojo. Novoa se agachó y cogió el cepo con la mano derecha, y antes de que Senra pudiera reponerse se lo estrelló con todas sus fuerzas en la cara. El cuerpo de Senra se dobló como una masa inerte entre el asiento, la puerta y la bandeja. Novoa bajó del coche, fue hasta el maletero, sacó la escopeta y una caja de cartuchos y la cargó. Un camión pasó a su lado agitando el aire frío. Novoa volvió la cabeza y vio como las luces disminuían de tamaño rápidamente. La puerta delantera del coche se abrió y Senra bajó tambaleándose, con la frente, la nariz, la boca y la mejilla izquierda manchadas de sangre.
–¡Novoa, hijo de la gran puta! –bramó–. ¡Dónde te has metido! ¡Dónde cojones te has metido!
Novoa permaneció junto al maletero con la escopeta en las manos. Senra lo vio y avanzó hacia él. Novoa levantó el arma y Senra se detuvo. Estaban muy cerca uno del otro.
–Hijo de puta, no te llegó lo que te di en lo del Griego –masculló Senra sin aliento.
–Lárgate de aquí, Senra –dijo Novoa–. Déjame seguir el viaje en paz.
Senra sonrió de forma siniestra.
–Ahora ya no te voy a dejar en paz, Novoa; ni a ti, ni a esa puta de María…
Novoa no podía más. Su dedo tembló contra el gatillo. Entonces le vino a la cabeza aquello que en el pueblo sabían unos pocos pero no quien tenía delante. Las palabras salieron de su boca como si no fuera él quien le hablara a Senra, sino Senra quien le hablaba a él.
–Me das pena, Senra –dijo–. En el fondo siempre me la diste, y mucho más ahora, cuando las cosas no marchan con Isabel, tal y como estaba previsto que ocurriera.
Senra se adelantó al oír aquel nombre y Novoa le encañonó el pecho.
–Y creíste que te llevabas el gato al agua al casaros... ¿Recuerdas la despedida de soltera de Isabel con sus amigas? Javier y yo coincidimos con ellas varias veces aquella noche. ¿Sabes con quién estuvimos Javier y yo entre las cuatro de la mañana, después de que cada una volviera a su casa, y las seis en que volvió Isabel? Te acuerdas del aserradero que había junto a la desembocadura del río, ¿verdad? No sé Javier, pero esa no fue la última vez que Isabel y yo pasamos un rato juntos.
Cuando terminó de hablar lamentó haber dicho aquella inmundicia y, sobre todo, haber comprometido a Isabel, pero luego pensó que le daba igual lo que le pudiera ocurrir a ella ni a nadie. Lo único que le importaba era María, y la había perdido.
–Eso que dices no es cierto, Novoa –murmuró Senra.
–Largo de aquí, Senra.
Novoa retrocedió sin dejar de apuntarle.
–Vamos, Novoa, dime que no es cierto…
Novoa alcanzó la puerta delantera, la abrió con la mano izquierda y subió al coche.
–¡Novoa! –oyó fuera–. ¡Novoa, hijo de puta, ven aquí! ¡Te voy a matar! ¡Vuelve!
Arrojó la escopeta al asiento de al lado, bajó el seguro y encendió el motor. Senra sujetó la manilla, Novoa pisó el acelerador, y pronto dejó atrás aquella figura corpulenta y desastrada que corría tras el coche disminuyendo de tamaño en el retrovisor.
El vehículo no tardó en alcanzar velocidad. Durante monótonos, interminables kilómetros, Novoa pensó una y otra vez en María, mientras el dolor dejaba paso a una cansada indiferencia. Las luces comenzaron a sucederse a los lados de la carretera tras un tramo largo y solitario, y los indicadores le anunciaban la cercanía de poblaciones de cierta importancia. Al cabo de un tiempo que fue incapaz de precisar, Novoa redujo la velocidad, se desvió a la derecha y tomó la secundaria que lo llevaría de vuelta a casa.

martes, 2 de febrero de 2010

RUIDOS

A veces se despertaba por la noche y no conseguía conciliar el sueño. Pasaba las horas tumbado en la cama, cambiaba de posición de vez en cuando, y siempre acababa oyendo aquellos ruidos en la cocina: eran ruidos de pasos, de cajones que se abrían y se cerraban y de objetos que caían sobre la mesa. Aquello duraba unos minutos. Luego los ruidos cesaban, y él seguía sin poder dormir, hasta que a las seis y media se levantaba para ir a trabajar.
Cogía el metro rodeado de gente, y sentía el masaje para el afeitado de algunos, la colonia de otros, el perfume de otras, y el sudor de aquellos que no tenían la decencia de ducharse cada mañana. Normalmente llegaba a la oficina una hora después de haber salido de casa, aunque algunos días había tal cantidad de pasajeros que aún tardaba media hora más, sin contar las muchas ocasiones en las que el tren permanecía parado en medio de un túnel durante quince o veinte minutos. A veces el conductor rogaba paciencia, y aunque nunca decía la causa de aquellas detenciones, él sabía muy bien a qué se debían: alguien había bajado a la vía y echado a andar a ciegas por el interior del túnel, hasta que un tren surgía de la oscuridad y se lo llevaba por delante.
Entraba en su despacho después de haber saludado a su secretaria, una joven rubia y atractiva a la que llevaba treinta años, con quien tenía una relación cordial pero distante. Nunca podía evitar fijarse en sus piernas cruzadas por debajo de la mesa, y en ese momento pensaba siempre en el tipo con quien ella se acostaría cada noche, lo que le producía un extraño dolor. Trabajaba más de ocho horas y salía del despacho sólo para comer. Lo hacía en la cantina de la empresa con sus compañeros y sus secretarias, y luego regresaba inmediatamente al trabajo. Ya era de noche cuando volvía a coger un metro lleno de gente, aunque a esa hora casi nunca había paradas en medio del túnel: los suicidios solían producirse al empezar la jornada. Al llegar a casa cenaba lo que le había dejado preparado la asistenta, a quien raramente veía. Después de acostarse, cerraba los ojos y lloraba en silencio.

Aquella noche los ruidos fueron más continuos y sonaron en un tono más elevado de lo habitual. Luego las horas pasaron con lentitud, hasta que distinguió entre las persianas la primera claridad del amanecer. Cuando sonó el despertador, se levantó mucho más cansado que de costumbre. Estaba abatido, le invadía un desfallecimiento que nunca había sentido con tanta intensidad. Se sentó para ponerse los zapatos y apenas fue capaz de volver a incorporarse. Antes de salir de casa se fijó en su cara en el espejo del vestíbulo: a pesar del afeitado y del olor a masaje y a colonia, tenía un aspecto demacrado. Mientras esperaba en el metro decidió sentarse en uno de los bancos, casi no se aguantaba en pie. Necesitaba dormir, pero sintió que, de hacerlo, los ruidos volverían a despertarlo. El tren tardaría un minuto en llegar, y luego la espera de un cuarto de hora en medio del túnel y la mentira velada del conductor. Sintió ganas de llorar, como cuando se acostaba al final de la jornada. Una joven rubia pasó frente a él y se detuvo al borde del andén. Parecía su secretaria. Se puso en pie para saludarla, pero al llegar a su lado se dio cuenta de que no era ella, y de que lo miraba con extrañeza. Debía presentar un aspecto horrible, tuvo la impresión de que todos los que esperaban se fijaban en él. El ruido del tren se oía ya proveniente del túnel. Dejó el maletín en el suelo y saltó a la vía. Oyó una exclamación sobre su cabeza, alguien gritaba que volviera atrás, aunque nadie se decidía a bajar para sacarlo de allí. Pero ahora ya no veía más que el túnel que se abría frente a él, del que provenía cada vez más cercano el sonido devastador del tren. Dudó si echar a andar hacia el túnel o permanecer donde estaba, en ese momento el tren salió de la oscuridad. Ni siquiera pudo oír el chillido de la joven y las exclamaciones de horror allá arriba.