jueves, 3 de mayo de 2012

California (1947), de John Farrow / A man alone (1955), de Ray Milland



Durante su larga carrera cinematográfica, el actor de origen británico Ray Milland frecuentó todos los géneros, protagonizó grandes títulos en cada uno de ellos y dirigió varias películas algo olvidadas hoy que sin embargo han resistido muy bien el paso del tiempo.

El western A man alone, modesta producción Republic de 1955, es la mejor de todas ellas, y resulta interesante compararla con California, una gran producción de la Paramount dirigida por John Farrow y protagonizada por Milland en 1947. Ambas son películas extrañas, no porque vayan a contracorriente del cine que se rodaba en ese momento sino por introducir en él elementos que las hacen originales y muy atractivas. California es un western épico en la línea del cine del cine del Oeste y de aventuras de entonces, algunas de cuyas obras más valiosas las dirigió Cecil B. De Mille para la misma productora. La película de Farrow recuerda al mejor De Mille (el de Piratas del mar caribe, Union Pacific, Buffalo Bill o Los inconquistables) por la habilidad con la que el relato se integra dentro del contexto histórico en el que tiene lugar, y en especial por la admirable capacidad de sus directores para convertir la épica en aventura. A pesar de su espectacularidad, no hay un solo plano gratuito, y escenarios naturales y decorados, música y fotografía, secuencias de acción y movimientos de figurantes forman un todo al que la briosa puesta en escena de Farrow da unidad y densidad. Pero, aparte del hecho de introducir algunas secuencias utilizando canciones más propias de un musical que de un western (es el único aspecto de la película que no ha envejecido especialmente bien), lo insólito de California está en la ambigüedad de sus personajes principales y de la propia narración, cuyo punto de partida podía dar lugar a un western con un marcado acento patriótico que, si bien está presente, no llega a ser molesto en ningún momento (ese acento patriótico es un escollo que no siempre supo, o quiso, salvar De Mille): lo que empieza como el canto al esfuerzo de los colonos en su ruta hacia el Oeste, se transforma pronto en una tensa historia de ambición, traiciones y venganza que anticipa la posterior dedicación de Farrow al cine negro.


Esa ambigüedad es lo único en común de California con A man alone, que, por lo demás, parece el reverso de aquélla. La película de Milland trata un tema habitual en el cine norteamericano de los años cincuenta, el del hombre perseguido dentro de una pequeña comunidad que lo rechaza (eran los días de la caza de brujas del senador Joseph McCarthy), y forma parte de una corriente a la que pertenecen también otros títulos más conocidos como Solo ante el peligro o El hombre de las pistolas de oro, aunque sin su tono clásico y popular. A man alone es, por el contrario, un western oscuro, melancólico y con un aire crepuscular y una ausencia de épica que lo acerca, salvando las distancias, a otras dos películas de medios modestos y grandes resultados, la inolvidable Johnny Guitar de Nicholas Ray y la insólita e inquietante Encubridora de Fritz Lang. Al igual que en ellas, a través de un relato claustrofóbico que transcurre en su práctica totalidad durante la noche, se nos da una visión del Oeste tétrica y desmitificadora. Consecuentemente con su planteamiento (y con su reducido presupuesto), la película se caracteriza por la sequedad y la precisión de los diálogos, la falta de maniqueísmo, la capacidad para mostrar con los mínimos recursos las motivaciones de todos los personajes, y la sobriedad de su puesta en escena. Podemos destacar varios ejemplos del talento de Milland tras la cámara: las lacónicas secuencias iniciales, diez minutos sin diálogos en los que se combina la mirada intrigada del protagonista ante lo que va descubriendo con la mirada del espectador que todavía no sabe nada sobre él (Milland cierra algunos planos con fundidos en negro demasiado bruscos, logrando un efecto desasosegador); su llegada al pueblo en medio de una tormenta de arena (una secuencia onírica, de pesadilla, que recuerda mucho al final de la magnífica Raw deal de Anthony Mann); los sucesivos encuentros entre el protagonista y el personaje interpretado por Mary Murphy (en uno de ellos, es admirable la inserción de dos primeros planos en una secuencia dominada por el plano medio y el plano americano, mostrando así el nacimiento de una intimidad que sustituye a la desconfianza inicial); el encuentro en el interior de la iglesia entre Milland y el villano interpretado por Raymond Burr (Milland aparece oculto tras la sombra y en profundidad de campo, casi como una personificación del complejo de culpa que siente Burr); y el tenso tiroteo del final, digno de los westerns que dirigió Lang y excelente conclusión para una película a recuperar.