domingo, 15 de diciembre de 2013

LA ESTELA DEL GUERNESEY

1
Paul Durand logró avistar por encima de la bruma, un poco a babor de su rumbo, la parte alta de un monte que se alzaba cerca de la costa hacia donde se dirigían. El sol había brillado unos minutos entre las cambiantes nubes produciendo destellos plateados sobre la superficie del agua, pero ahora se convertía de nuevo en un disco difuso al suroeste y el mar adquiría un tono acerado. La proa del Guernesey se elevaba y se hundía embistiendo las olas y salpicando los corredores. Durand volvió a sentir la extraña mezcla de nostalgia, pereza y alivio habitual en cada recalada. El final de la travesía estaba más próximo, aunque a medida que acortaban la distancia hacia tierra su anhelo por emprender el viaje de regreso empezaba a confundirse con una incómoda incertidumbre. Miró a un lado: Saulnier, de pie junto al pasamano de babor, contemplaba las aguas embravecidas y el lejano punto verdoso a proa. Su expresión se había endurecido en un gesto que Durand conocía de otras ocasiones y siempre anticipaba problemas. Saulnier le dio la espalda y descendió la escala. Durand comprendió que pronto retomaría la discusión con Christine, comenzada un rato antes en la cabina. Saulnier parecía sentir un extraño placer al herirla, lo que, para su propia sorpresa, había incomodado a Durand desde el inicio de la travesía. Recordó la tarde lluviosa en que los vio bajar del tren que llegó a la estación de La Rochela procedente de París. Algo en Christine le produjo una simpatía inmediata, y durante la breve conversación que mantuvieron mientras caminaban hacia el hotel se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, estaba recordando sin pesadumbre su propia vida en la capital. Pero Christine no era asunto suyo, así que se limitaba a gobernar el barco y hacer las escalas previstas por Saulnier hasta que la travesía tocara a su fin. Luego terminaba también su contrato y podría volver a casa con algo de dinero. Habían pasado seis años desde su partida, y no dejaba de repetirse que ya no había motivo por el que las cosas no fueran a ir bien en adelante.
2
El Guernesey estaba fondeado a un cuarto de milla de tierra. Apoyado en la regala, Durand contemplaba la costa frondosa y escarpada, cortada en seco por acantilados de veinte o treinta metros contra los que rompía el oleaje. En una zona donde la pendiente era menos abrupta la bajamar dejaba al descubierto una playa de arena blanca, flanqueada por dos elevadas formaciones rocosas cubiertas de vegetación que se adentraban en el agua disminuyendo de altura y terminaban en afiladas crestas salpicadas de espuma. Las gaviotas posadas sobre una de ellas levantaron el vuelo y se alejaron hacia el mar sin prestar atención al barco. Durand distinguió en el cielo nublado la figura de un ave rapaz que sobrevolaba el bosque al acecho de alguna presa. Christine y Saulnier salieron a cubierta. Como de costumbre, la expresión afable de Christine no era fingida ni descubría rastro de la disputa, pero Durand leyó en la mirada de Saulnier una hostilidad que nunca había percibido antes, y de la que ella no parecía ser consciente. Después de echar un vistazo a la costa, Christine se hizo sitio entre ellos y Durand sintió en la mejilla su pelo agitado por el viento. Aguardó a que comentaran algo acerca del accidentado litoral, pero Christine y Saulnier seguían callados.
–¿Qué te parece? –le dijo al fin a ella volviendo la cabeza hacia la playa. Christine sonrió.
–No lo imaginaba así. La playa es un poco lúgubre, y hay demasiadas rocas. Y ese bosque...
Saulnier iba a interrumpirla con gesto contrariado, pero Christine se apartó y subió al puente.
–Espero que el agua no esté demasiado fría –dijo.
–No irás a saltar desde ahí –repuso Saulnier.
Christine se agachó para descalzarse y se quitó la camiseta y el pantalón corto. Luego trepó al pasamano y mantuvo un difícil equilibrio sobre la barra metálica. Cuando estaba a punto de caer tomó impulso, estiró los brazos y las piernas en el aire y entró en el agua verticalmente. Durand consideró que había hecho un salto brillante, mientras la veía desaparecer bajo la superficie y emerger unos segundos después a varios metros del barco. Christine levantó un brazo por encima de las olas.
–¡Os estoy esperando! –exclamó.
–¿A esta hora? –dijo Durand–. ¡Es tarde para mí!
Christine hizo un gesto de desdén y volvió a sumergirse. Saulnier se quitó la camisa, y en su camino hacia la escala de popa apartó a Durand con un empujón en un hombro antes de que éste pudiera hacerse a un lado para dejarlo pasar. Durand bajó la vista. Recordó la pelea que Saulnier y unos amigos habían provocado delante de un bar la noche de su llegada, que terminó cuando a alguien le rompieron un vaso en la cara y el dueño llamó a la policía. Al día siguiente, mientras desayunaban en un café del puerto esperando a que Saulnier prestara declaración, Durand se había preguntado cómo Christine no sentía vergüenza por el modo en que la trataba. Se aproximó a la borda y la observó. Aunque no era la primera vez que la veía nadar en solitario cerca del barco, nunca le había atraído tanto como en ese momento. Christine se sumergió de nuevo y estiró los brazos hasta tocar con la punta de los dedos una roca cubierta de algas, entre las que desapareció rápidamente un banco de peces. Durand oyó un chapoteo junto a la popa. Saulnier se acercó hasta ella bajo el agua, salieron a la superficie y bracearon en dirección a la playa. Christine parecía haber olvidado por completo a Durand. A pesar de la desazón que le producía ver a Saulnier nadando a su lado, y de vez en cuando sujetándole los tobillos o hundiéndole la cabeza debajo de una ola, Durand la siguió durante todo el trayecto. Christine y Saulnier salieron del agua, dieron unos pasos indecisos por la orilla y se derrumbaron sobre la arena muy cerca de la rompiente. Saulnier estaba situado frente a Christine y de espaldas al mar, de manera que Durand ya no podía verla. Subió al puente, se sentó en el asiento frente a la rueda del timón y observó la tonalidad grisácea que la luz del atardecer les daba al bosque y a los acantilados. Le pareció que el frío aumentaba, así que sacó la cazadora del tambucho y se la puso. Volvió la vista y contempló el mar y la línea brumosa del horizonte. Pese a lo que hubiera podido suceder antes en la cabina, no ignoraba que Saulnier y Christine debían de estar pasando un buen rato en la playa. Inevitablemente, una vez más, recordó su estancia en París. Se había trasladado con su mujer al poco de casarse, para empezar a trabajar como conductor en una empresa de transportes. Entonces aún no sabían que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar y de lo que tenían en común. Luego hubo cortos períodos en los que todo pareció ir bien, pero fue sólo un espejismo. Decidieron separarse después de cuatro años en los que ninguno llegó a saber exactamente lo que perseguían, pero sí que no lo habían encontrado. Incapaz de seguir en París más tiempo, terminó por pedir una excedencia, hacer las maletas y marcharse a la costa, donde un amigo lo contrató en su empresa de servicios náuticos. Durante las primeras semanas, mientras caminaba por la marina seca entre las embarcaciones con la carena a medio pintar o se desprendía del olor a gasoil y pescado reseco tomando una cerveza al caer la tarde, se sorprendía echando de menos a su mujer, y evitaba preguntarse si habría sido posible encontrar alguna otra solución.
3
Anochecía cuando Christine y Saulnier regresaron al barco dando cansinas brazadas. En el puente, Durand contemplaba el horizonte rojizo, de nuevo despejado por los frecuentes cambios de viento en aquellas latitudes. Al oír el chapoteo de los cuerpos saliendo del agua le molestó que su sosiego se viera alterado, pero le agradó oír la voz temblorosa de Christine, que le pedía su ropa desde la bañera. Cogió las prendas que había dejado encima del asiento y se las echó, ella las atrapó al vuelo, se lo agradeció con una sonrisa y desapareció dentro de la cabina. Después de secarse, Saulnier arrojó la toalla sobre una colchoneta y levantó la vista hacia el puente. Durand se apartó de la escala, avanzó unos pasos y apoyó los dedos en las cabillas de la rueda del timón. Pudo avistar la silueta lejana de un mercante que navegaba con rumbo norte, tal vez con la misma derrota que iban a tomar ellos dentro de un par de días. Saulnier cerró de golpe la puerta de la cabina. Durand imaginaba lo que vendría a continuación, y no le agradaba pensar en cómo Saulnier seguiría mortificando a Christine durante la travesía de regreso. Recordó a algunas mujeres, tan diferentes en todo de ella, que había conocido en La Rochela durante aquellos seis años. También tuvo cierta curiosidad por saber dónde paraba la que había compartido su vida con él, aunque eso lo entristeció. En realidad, sentía un vértigo soterrado ante la idea de volver a casa.
Un ruido cercano sacó a Durand del sopor en que se encontraba. Abrió los ojos y miró alrededor, pero el barco no había cambiado de posición. Ya era de noche, debía de llevar más de una hora en el puente. Observó el hermoso cielo estrellado. Aunque notaba algo de frío, no tenía ganas de bajar y encontrar a Saulnier en la cabina. Cerró la cremallera y subió el cuello de la cazadora. Un objeto de cristal estalló contra un mamparo. Durand se puso en pie precipitadamente al oír a Christine gritar su nombre. Descendió de un salto e intentó abrir la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave. Oyó un portazo proveniente de los camarotes de proa y llamó a Christine sin obtener respuesta. Tomó carrerilla, se lanzó contra la puerta y notó cómo cedía. Iba a cargar otra vez cuando Saulnier abrió, salió a cubierta envuelto en un fuerte olor a alcohol y se paró en seco al verlo. Durand se fijó en su mirada, Saulnier se abalanzó sobre él y Durand le asestó un cabezazo en el rostro que lo mandó hacia atrás con la nariz y la boca manchadas de sangre. Saulnier se desplomó a un lado de la puerta a la vez que Durand bajaba la escalera. Vio a Christine tumbada frente a los camarotes y atravesó la cabina temiendo lo peor. Una de las puertas estaba abierta, la sangre goteaba del picaporte. Durand se agachó junto a Christine, sus dedos se deslizaron por el pelo ensangrentado y se detuvieron sobre una herida en el cuero cabelludo. Cuando le tomó el pulso, comprobó que estaba muerta. Bajó la cabeza y se llevó una mano a la frente.
–Christine –murmuró.
Se quedó a su lado un momento. Luego se irguió y tanteó entre las sombras del camarote, hasta dar con el chal que Christine solía ponerse sobre los hombros los días de mal tiempo. Tuvo la impresión de que Saulnier estaba en lo alto de la escalera.
–¡La has matado! –exclamó mirando hacia allí–. ¡Maldito loco hijo de puta, la has matado!
No obtuvo respuesta. Se acercó hasta la radio, descolgó el auricular y trató de sintonizar la onda costera. Oyó pisadas descendiendo los escalones. En el momento de girarse, Saulnier le mandó un golpe que Durand paró instintivamente con los brazos. El auricular saltó por los aires y Durand y Saulnier se enzarzaron a puñetazos. Chocaron contra una lámpara que se desprendió del mamparo y la cabina quedó en penumbra. Durand estuvo a punto de caer al tropezar con un banco. Saulnier lo arrinconó contra la escalera, pero resbalaron en las cartas esparcidas a sus pies y se vinieron abajo. Durand notó como algo de cristal se rompía bajo su espalda. Recibió un puñetazo en la nariz mientras trataba de incorporarse y cayó a un lado con el sabor de la sangre en los labios. Saulnier se aferró a su garganta. Dominando la desesperación que empezaba a sentir, Durand le pegó varios puñetazos en la cabeza hasta que logró quitarlo de encima. Saulnier lo golpeó en la sien y Durand le devolvió el golpe, saltó sobre él y le asestó un rodillazo en la mandíbula. Saulnier dejó de moverse. Durand se levantó respirando con dificultad y contuvo el impulso de patearle la cabeza. En vez de eso, lo arrastró a trompicones hasta uno de los camarotes, lo arrojó entre las literas y bloqueó la puerta con ayuda de un cabo. Aunque ya no sirviera de nada, se veía dominado por el ansia de apartar a Saulnier de Christine, de alejarlo de ella. Atravesó la cabina, se reclinó agotado en la mesa de cartas y se limpió la sangre de la cara con un pañuelo. La luz tenue de la única lámpara intacta le permitía percibir los vasos rotos, las toallas, los chalecos salvavidas, los derroteros y el instrumental esparcidos por el interior del barco. Frente a los camarotes distinguía el contorno del cuerpo de Christine bajo la tela del chal. “Salir pronto de aquí”, pensó. “Volver pronto a casa”.
4
Con el cambio de marea, sólo una escasa franja de arena y algunas rocas al fondo de la playa quedaban a resguardo de las olas. Apoyado en la regala, mientras sentía el olor a vegetación proveniente de tierra, Durand contemplaba el perfil de bosques y acantilados recortado contra el cielo nocturno. Saulnier llevaba un rato golpeando la puerta del camarote. Durand oyó el sonido de un motor que se confundía con el ruido del oleaje. Volvió la vista: las luces de la lancha patrullera se aproximaban por estribor bordeando la costa.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

SCHOOL DAYS (VII)

A Mon
Andrés jugaba muy bien al fútbol y eso lo hacía ser aceptado en clase, pero en realidad prefería leer los tebeos de súper héroes que llenaban las estanterías de su habitación y ver películas con muchos efectos especiales en el vídeo que acababan de comprar sus padres. A pesar de su buen carácter, y tal vez por una cierta reticencia a hacer lo mismo que los demás, nuestros profesores no solían comprender lo que a menudo consideraban simples extravagancias. En una ocasión, le dio a un mendigo el billete de mil pesetas que había recibido para comprar los libros del curso. En otra, fuimos de excursión al río y el profesor capturó varios tritones, pero al verlos en cautiverio Andrés enloqueció de tal manera que hubo que devolverlos al agua.

Su padre se llamaba Ricardo, había nacido en un pueblo de las montañas de Lugo y había estudiado Derecho en Santiago. Al terminar, fue a Madrid para preparar las oposiciones de Notarías, que aprobaría tres años después de quinto de su promoción. Luego su novia y él se casaron, y cuando Andrés tenía tres o cuatro años, al poco de nacer su hermana, vinieron a nuestro pueblo, donde Ricardo ocupó la plaza de notario. Como le gustaba pescar y se entendía bien con los aficionados de la zona, pronto se convirtió en un habitual de los bosques y el río. Ricardo era un buen hombre, pero había una distancia no siempre fácil de recorrer entre las cañas de pescar y los quinientos temas de la oposición de uno, y las galaxias lejanas y los sueños del otro. Algún viernes por la tarde, mientras salían a faenar los barcos, Andrés y yo nos sentábamos en la rampa del puerto y él me contaba anécdotas de cuando su padre era niño y estudiaba en una escuela unitaria de la montaña lucense. Pero la conversación se interrumpía por ocasionales silencios, y al volver la cabeza lo veía pensativo, con la mirada perdida en la desembocadura del río o en la playa del otro lado.

Andrés y su familia pasaban las Navidades en Lugo con sus abuelos, que vivían en una casa de tres plantas situada en la calle principal del pueblo. La ferretería de los padres de Ricardo ocupaba el frente de la planta baja, y en la parte trasera había una habitación, un cuarto de baño, una cocina y un salón que comunicaban con un jardín extenso y frondoso, separado por un muro de piedra de los bosques y los campos de los alrededores. En una esquina del jardín habían instalado varias colmenas. Una mañana, Andrés salió de la cocina después de desayunar y se acercó para observarlas. Retiró el techo de una colmena, y en cuanto tocó uno de los panales el enjambre levantó el vuelo y cargó contra él. Andrés echó a correr de vuelta a la cocina, pero las abejas lo rodearon a mitad de camino y tuvo que huir sin rumbo entre los árboles y los macizos de flores. Su padre salía del garaje en ese momento. Al oír sus gritos corrió hasta la casa, y cuando vio lo que sucedía se puso delante de las abejas y recibió numerosas picaduras en el pecho y en la cara mientras Andrés lograba ponerse a cubierto.

Un par de años después, sus padres compraron un terreno cerca de nuestro pueblo y construyeron una casa. Luego Ricardo trajo de Lugo un cachorro de mastín que pronto se convirtió en una bestia de noventa kilos que veneraba a su amo y trotaba a sus anchas por la finca, y ese mismo año instaló una piscina, habilitó una pequeña carpintería en el garaje donde nos fabricaba espadas y escudos de madera, y en sus ratos libres empezó a cultivar un huerto que con el tiempo terminaría vallando y llegaría a ocupar casi un cuarto de la propiedad. Desde la ventana de la habitación de Andrés se veía, al otro lado del muro, el camino que discurre monte abajo entre bosques de castaños y prados en pendiente hasta las primeras casas del pueblo, donde el asfalto deja paso a un pavimento adoquinado que conduce hacia las calles del centro. De una de ellas parte un sendero muy empinado que permite atajar un par de kilómetros monte arriba, y termina en un punto del camino principal no muy lejos de donde vivía Andrés.

Una tarde de primavera en la que su madre no podría ir a buscarlos en coche cuando salieran del colegio, Andrés y su hermana decidieron volver a casa siguiendo aquella ruta. Pasaron junto a un edificio abandonado que bordea el sendero, atravesaron un prado y se adentraron en el bosque. Unos minutos después, salían a otro prado desde el que se divisan una parte de la ría y el valle que forma la desembocadura del río, y continuaron el ascenso por una zona sinuosa y escarpada donde el sendero se estrecha y se hunde en el terreno, de manera que la linde del bosque quedaba por encima de sus cabezas. Alrededor no veían más que las pendientes terrosas cubiertas de maleza y helechos, y frente a ellos el suelo surcado de raíces y de charcos. Las copas de los árboles oscurecían el sendero y los recodos aumentaban a medida que se iban acercando a la parte alta del monte. Después de doblar uno de ellos, el último antes de salir al camino, se toparon con un avispero y lo pisaron antes de darse cuenta y poder detenerse o retroceder. Echaron a correr a trompicones perseguidos por las avispas. Un cuarto de hora después llegaban a casa manchados de tierra y cubiertos de picaduras, especialmente Andrés, y su madre tuvo que desvestirlos y meterlos en una bañera con agua fría para aliviarles el dolor y bajarles la hinchazón. Por la noche se acostaron temprano, fatigados tras la agitación de la jornada. Se durmieron pronto, pero Andrés se despertó de madrugada delirando, y sus padres fueron rápidamente a la habitación. Antes de lograr tranquilizarlo, pudieron oír cómo le gritaba a su hermana que corriera, que él se ponía delante de las avispas para que ella pudiera escapar.

jueves, 4 de julio de 2013

THE BUTCHER BOY (III)

Una mañana de noviembre, Michel Verneau estaba hablando con un compañero en el patio del instituto cuando otro alumno lo sujetó por un hombro, lo lanzó contra la pared, le pegó varios puñetazos que lo hicieron caer y le pateó la cara. Luego explicó a los curiosos que Verneau y él tenían un par de asuntos pendientes, y todos se marcharon porque volvían a empezar las clases. Al día siguiente, cuando suponía que nadie podía verlo, Verneau rajó las ruedas de la moto de su agresor, pero éste lo sorprendió mientras se ponía en pie para marcharse y se abalanzó sobre él, y al cubrirse con la navaja Verneau lo hirió en un brazo. Ello supuso la expulsión del instituto, así que su hermano trató de que lo admitieran en el colegio privado donde trabajaba de bedel, para que no perdiera el curso. Como la matrícula era  muy cara, habló con un conocido, propietario de un hotel en la rue de Rome, y éste empleó a Verneau como botones los fines de semana y le adelantó el primer mes de sueldo.

A medio camino entre el hotel y el edificio de la avenida de Clichy donde vivían había una carnicería, frente a la que Verneau pasaba cada sábado a primera hora camino del trabajo. En una ocasión entró para comprar embutido, pero a los pocos minutos tuvo que salir por un mareo debido a la impresión que le produjeron las tareas, los sonidos y los olores propios del local. Su hermano le encargaba a veces que comprara carne, y Verneau aguardaba en la calle a que no hubiera clientes o hacía el pedido atropelladamente, salía fingiendo haber olvidado algo y regresaba cuando calculaba que ya estaría listo. No tardó en darse cuenta de que a los empleados empezaba a extrañarles su comportamiento. Sin embargo, uno de ellos pasaba a menudo por delante del hotel y lo saludaba como si lo considerara ya un cliente habitual y no prestara atención a aquellas pequeñas excentricidades. Verneau lo observó. Era un tipo fuerte y bien parecido que tendría la misma edad que su hermano, unos treinta años, y debía de vivir en el barrio, pues caminaba siempre en dirección contraria a la estación de metro.

Durante los primeros días de trabajo, el patrón le preguntó alguna vez si todo iba bien. Pero pronto se olvidó de él, y cuando se acercaba hasta su puesto era para reprenderlo por haber dejado escapar un taxi o no atender con la suficiente presteza a los clientes que bajaban de un autobús. Sus compañeros le hablaban de manera seca y distante, y no se molestaban en ocultar la desconfianza hacia el recién llegado. Verneau suponía que nunca iban a entenderse, tal vez porque todos le llevaban al menos diez años y no encontraba el modo de iniciar una conversación con ninguno de ellos, o porque sabían que había conseguido aquel empleo gracias a la mediación de su hermano.

A principios de diciembre, aprovechando dos días festivos, el patrón le encargó trabajar también durante la semana para ayudar a Anja, la gobernanta, en las reformas previstas en varias plantas. Hasta entonces, Verneau sólo había coincidido con ella algún sábado esporádico, pero en una ocasión la sorprendió observándolo y en su mirada creyó leer que Anja no le iba a poner las cosas más fáciles que cualquier otro. El primer día, no pudo evitar bajar la vista al responder a su saludo cuando ella llegó al hotel. A media mañana, la recepcionista le dijo que bajara al sótano porque Anja lo estaba esperando en su pequeña oficina para explicarle la tarea que iba a llevar a cabo. Verneau siguió a Anja hasta el garaje, donde ella le mandó introducir en el montacargas todos los carros llenos de sábanas que obstruían los pasillos, para distribuirlos luego por las plantas superiores. Verneau terminó una hora después y regresó agotado a la planta baja. Cuando recorría el pasillo de camino a la recepción, oyó a Anja llamarlo desde la cocina. Fue hasta allí, y ella lo invitó a un café y le preguntó si aquél era su primer empleo. Más tarde, antes de la pausa para comer, Anja estuvo charlando unos minutos con la recepcionista. Al volver la mirada hacia la calle y ver a Verneau parado junto a la entrada, le comentó que estaban siendo unos días tranquilos y lo animó a participar en la conversación. Había pocos clientes en el hotel, así que Verneau apenas tuvo trabajo el resto de la jornada.

Al día siguiente, Anja pasó por la recepción a primera hora y le dijo que en cuanto pudiera bajara a su oficina. Después de ocuparse de algunas llegadas, Verneau dedicó el resto de la mañana a sacar sillas y sillones, arrastrarlos hasta el montacargas y subirlos a la primera planta, a la vez que evitaba los encontronazos con los obreros que acarreaban puertas y ventanas y con las camareras de piso que hacían camas, fregaban cuartos de baño, vaciaban papeleras y pasaban la aspiradora mientras él entraba y salía. Cuando volvió a la oficina para decirle a Anja que todo estaba listo, ella se había ido ya a comer. Verneau descansó unos minutos sentado en una banqueta olvidada en el pasillo. Luego bajó al comedor, se hizo con una bandeja y miró alrededor buscando un sitio libre, hasta que Anja lo vio y le señaló una silla junto a la mesa que compartía con varios compañeros. Verneau se unió a ellos algo cohibido, pero Anja no tardó en bromear recordando las dificultades de ambos para desplazar un sillón de gran tamaño e introducirlo en el montacargas, lo que provocó risas y terminó por hacer que riera también él mismo.

El trabajo aumentó las semanas siguientes debido a la cercanía del fin de año. Verneau, que ahora sustituía a otro botones de lunes a viernes porque ya no tenía clase en el instituto, pasaba las mañanas parando taxis y acarreando maletas, pero de vez en cuando podía ver desde su puesto a Anja, que subía y bajaba apresuradamente las escaleras de servicio y daba instrucciones a las camareras de piso en el tono severo y apremiante habitual.

La última semana del año, el viernes por la tarde, Verneau fue hasta los vestuarios y se aseó en los lavabos. Habló un momento con el recepcionista que empezaba su turno, luego guardó el uniforme dentro de la taquilla, se puso el abrigo, salió del hotel y echó a andar hacia su barrio. Mientras se acercaba a la carnicería recordó que su hermano le había pedido que comprara carne, así que se detuvo frente al escaparate, miró al interior y decidió esperar fuera unos minutos, aunque sólo había dos clientes dentro de la tienda. Ya no deseaba que terminaran pronto las vacaciones para volver a trabajar únicamente sábados y domingos. La frialdad inicial de sus compañeros había dado paso a una cordialidad que se iba transformando en abierta simpatía por parte de algunos. En realidad, era el haber conocido a Anja, y el saber que la vería de nuevo el lunes, lo que le hacía apreciar de manera diferente el tiempo dedicado al hotel a lo largo de la semana. Recordó el tono didáctico que ella había intentado adoptar el primer día mientras le explicaba cuál era su tarea, un tono esforzadamente afable que duró poco, hasta que Verneau cometió las primeras torpezas y Anja empezó a perder la paciencia. Al final de la semana coincidieron de nuevo en el comedor, y como era una hora tardía y los otros compañeros se habían marchado ya, por primera vez se sentaron solos en una mesa. Anja le contó que a los quince años había empezado a trabajar en un telar industrial. Luego fue camarera en un restaurante, y al cabo de un tiempo tuvo acceso a una formación que le permitió emplearse como gobernanta en varios hoteles y finalmente llegar a su puesto actual, que ocupaba desde hacía seis años. Más tarde, Anja lo vio pasar por delante de la oficina y lo invitó a un café. Mientras ella le daba la espalda buscando una taza por los cajones de la mesa y le contaba una anécdota del restaurante donde había trabajado antes, Verneau no había podido apartar la vista de su cuerpo envuelto en el uniforme azul marino. En una de las paredes, rodeado de postales turísticas pegadas con cinta adhesiva, colgaba un espejo en el que Verneau observó el rostro de Anja sin que ella se diera cuenta. Terminaron sus turnos al mismo tiempo. Salieron juntos del hotel, se despidieron y se alejaron en direcciones opuestas, Verneau abrumado por una extraña mezcla de contento y melancolía.

Después de pagar en la carnicería siguió caminando hacia su casa, pero dio un rodeo porque ahora ya no tenía prisa por regresar al pequeño apartamento. Atravesó el parque de Batignolles, salió a la rue Cardinet, cruzó la calle y llegó a la estación de ferrocarril, un lugar en el que paraba a veces al caer la tarde y donde siempre se encontraba a gusto. Bajó hasta el andén, se sentó en un banco y dejó pasar los minutos contemplando el tránsito de los trenes. Había decidido que no quería volver al instituto cuando hubieran terminado las vacaciones. El portero de noche le había dicho que el patrón buscaba un botones para trabajar a tiempo completo y al parecer estaba bastante satisfecho con él. Aunque apenas llevaba una semana sin clases, recordaba como algo lejano los gritos en el patio, el ruido de las puertas de las aulas al cerrarse y el eco en los pasillos vacíos. Para él, el cambio fundamental con respecto al centro donde estudiaba antes era que ahora sabía protegerse fingiendo una entereza y una seguridad en sí mismo que, en realidad, aún estaba lejos de sentir.

Llegó a casa media hora después. Fue hasta la cocina y le entregó la compra a su hermano, que lo esperaba para preparar la cena y procedió a cortar la carne sobre una tabla mientras Verneau apartaba la mirada hacia la ventana. Cuando estaban sentados a la mesa, Verneau le dijo que el dueño del hotel buscaba otro botones y le explicó que quería dejar el colegio y solicitar aquel empleo. Su hermano le aconsejó que terminara de estudiar y luego, si seguía interesado, él hablaría con el patrón y sin duda lo contratarían de nuevo para trabajar la jornada completa como botones, o incluso para un puesto mejor.

El lunes siguiente era el último día del año. Verneau se acercó hasta un radiador colocado junto a la entrada del hotel, y bajo la luz de las farolas todavía encendidas pudo ver a los transeúntes que iban y venían al otro lado de la cristalera dejando sus huellas sobre la nieve caída durante la noche. A media mañana, el responsable del bar lo llamó para invitarlo a tomar una copa de champán con los demás empleados. Cuando pasaba por delante de las escaleras que conducían al sótano, Verneau miró hacia el interior de la oficina de Anja y comprobó que había salido, así que supuso que la encontraría también en el bar. Al entrar, la vio hablando animadamente en un extremo de la barra con el patrón y con la encargada de las reservas. Mientras charlaba con sus compañeros en el otro extremo, se sorprendió contando un par de anécdotas sucedidas los últimos meses que provocaron carcajadas entre quienes lo escuchaban. Media hora después regresaba a su puesto, y desde allí contempló la acera, los coches aparcados a lo largo de la calle, las terrazas de los edificios, la boca del metro, los bancos y los árboles cubiertos de nieve. Al cabo de un rato terminaría su turno y podría volver a casa. Pero a medida que iban transcurriendo los minutos y el momento de salir se acercaba, empezaba a sentir una emoción extraña que sólo podía definir como nostalgia. Oyó voces a su espalda. Anja acababa de despedirse de la recepcionista hasta la semana siguiente y caminaba hacia la entrada con la bolsa de trabajo en una mano y el abrigo, la bufanda y el gorro de lana puestos. Sonrió al pararse a su lado y le explicó que ese día terminaba un poco antes de lo habitual. Se había pintado los labios, desprendía un agradable olor a colonia y tenía en la boca un caramelo de menta. Después de subir la cremallera del abrigo y ponerse unos guantes, le deseó feliz año nuevo, lo besó en las mejillas y salió del hotel. Verneau avanzó unos pasos y la vio cruzar la calle y caminar con precaución por la acera de enfrente en dirección opuesta a la que solía tomar cada tarde. Pero Anja se detuvo en seguida, y en su rostro se dibujó una cálida sonrisa en cuanto reconoció a alguien que venía hacia ella. Verneau también lo reconoció, era el empleado de la carnicería que lo saludaba siempre cuando pasaba por delante del hotel. Anja le dijo algo y se formó una nube de vaho frente a su boca. Luego se besaron y echaron a andar cogidos del brazo, ahora en dirección al barrio donde vivía ella. A la altura del hotel se pararon un instante y saludaron a Verneau, que levantó una mano tímidamente y los siguió con la mirada hasta perderlos de vista cuando tomaban otra calle. Los imaginó llegando a casa, subiendo las escaleras y disfrutando de una intimidad que asociaba exclusivamente con Anja. Se preguntó si estarían casados y sintió el impulso de correr tras ella para explicarle algo que se veía incapaz de precisar. Luego comprendió que era el momento de regresar a su propia vida.

viernes, 7 de junio de 2013

EN EL NORTE



My patron saint is a-fighting with a ghost
He’s always off somewhere when I need him most
Bob Dylan
1
Ribao dejó atrás las calles del centro, recorrió una avenida solitaria y anduvo hasta el anticuado bloque de cuatro plantas, construido cerca de la vía férrea, donde lo había alojado la empresa. La mañana de finales de agosto en que se instaló, no podía imaginar la humedad que cubriría las paredes y el frío que se filtraría por los resquicios de las ventanas durante el invierno. Pero no le habían confirmado su destino hasta el último momento, así que no tuvo tiempo de buscar nada mejor. Subió las escaleras, entró en un apartamento de la primera planta y dejó el abrigo sobre el respaldo del sofá. Por un instante se preguntó si había sido una buena decisión pedir el traslado y se sintió incapaz de pasar allí el resto del año. Apartó esas ideas de la cabeza, y después de consultar su agenda marcó el número de teléfono de la biblioteca municipal. Sabía que Natalia iba a quedarse hasta tarde, porque le correspondía supervisar las actividades que habían organizado en el pueblo con motivo de los próximos días festivos. Debía de estar cansada, lo más probable era que al salir quisiera volver a casa cuanto antes. Pero Natalia respondió en seguida, y Ribao distinguió el contento en su voz cuando ella le dijo que no le importaría dar un paseo. Decidieron verse a las nueve y media. Ribao colgó el teléfono, y desde la ventana observó las luces al fondo de la avenida. Faltaba más de una hora para la cita. Se puso el abrigo, salió a la calle y anduvo hasta su coche. Al subir conectó la calefacción, luego recordó que el radiador no funcionaba. Un cuarto de hora después, conducía bordeando los terrenos, los prados y los bosques que distinguía entre la niebla procedente del río. El pueblo se convertía en un punto difuso a la izquierda del retrovisor, pero Ribao tuvo la impresión de que no lograba alejarse de él. En realidad, le parecía seguir aún en aquella ciudad lejana en la que había compartido varios años de su vida con quien desde hacía poco ya no formaba parte de ella.
Ribao regresó sin prisa, y unos minutos antes de la hora acordada se dirigió hacia el centro. Aparcó delante de la biblioteca. Natalia no tardó en salir junto con varios vecinos en los que Ribao nunca se había fijado y dos a los que conocía: Liste, el alcalde, y Frías, que había trabajado en la oficina de correos y ahora era concejal del ayuntamiento. Cada vez que habían coincidido con este último, su conversación le había resultado sumamente desagradable sin saber exactamente por qué, y le sorprendía que ella fuera capaz de soportarlo. Antes de que se decidiera a acercarse hasta donde se encontraban, Natalia se había despedido ya de sus compañeros y se paraba frente a él. Como era de esperar, no estaba muy animada y parecía triste. Se besaron y echaron a andar a través del parque.
–¿Qué tal te fue? –preguntó Ribao.
–Una tarde agotadora. Y mañana igual. –Natalia miró alrededor antes de seguir hablando–. Estoy harta de Liste y sobre todo de ese cretino de Frías. No dejó de gritarme mientras trabajábamos, como si la hubiera tomado conmigo, hasta que tuve que echarlo para que nos dejara terminar de una vez. Y ahora que ha llegado al ayuntamiento, va a ser mucho peor. –Bajó la vista–. A veces me pregunto qué se nos pierde en este lugar.
Empezó a llover y el viento sopló con fuerza. Natalia y Ribao aceleraron el paso. No quedaba nadie por los estrechos pasajes cubiertos de hojas marchitas y de charcos que se abrían entre las hileras de árboles.
–Cuando acabe todo me gustaría hacer un pequeño viaje –dijo ella–. Aquí el invierno dura demasiado.
–Es una buena idea –afirmó Ribao.
Le pasó un brazo por detrás de los hombros para protegerla de la lluvia. Salieron del parque, llegaron al edificio donde vivía Natalia y entraron apresuradamente en el portal. Tomaron aliento. Natalia se quitó la bufanda y los guantes y Ribao le separó el pelo mojado de la frente. Luego charlaron durante unos minutos.
–Ha sido un paseo agradable –murmuró ella finalmente–. Te llamaré mañana, espero que podamos vernos cuando termine.
Ribao le acarició las mejillas y la besó. Sintió una inmensa ternura mientras la veía subir, abrir la puerta y sonreírle desde el umbral antes de entrar.
De regreso al coche, se cruzó con ocasionales transeúntes que lo miraron a la cara sin dar muestras de reconocerlo, aunque él reconoció a un pequeño grupo parado delante del ayuntamiento. Eran cazadores, debían de estar hablando de la cacería en la que iban a participar al día siguiente. Natalia le había explicado que aquella tradición se celebraba cada año y atraía siempre a muchos vecinos de los alrededores. Frías también cazaba, a Ribao le extrañó no verlo allí. Mientras conducía por una calle apartada en dirección a su apartamento, sonrió al recordar la tarde en la que había hablado por primera vez con Natalia, cuando coincidieron de camino a la biblioteca para asistir al pase de una película de aventuras. Los únicos espectadores eran ellos y un grupo de niños que acababan de salir del colegio. Después de la película, estuvieron charlando un rato en un bar tranquilo de las afueras y acordaron volver a la siguiente proyección. Desde entonces, cuanto más cerca se sentía de ella, más fuerte se hacía su temor a que también Natalia terminara marchándose tras haber compartido con él un tiempo prestado. Ribao tenía la impresión de estar ocultándole algo impreciso pero que nunca debía salir a la luz, impresión que lo acompañaba no sólo junto a ella sino también frente a las escasas personas a las que trataba cada día. Sentía que actuaba y que simulaba hasta el más mínimo gesto de cara a los demás, ya fuera al darle los buenos días al guardia de seguridad de la empresa o al sonreírle a Natalia cuando se encontraban al final de la jornada. Sin embargo, ella parecía sentirse más a gusto conforme iban pasando las semanas, y aunque cuando estaban juntos Ribao revelaba a menudo dudas e inseguridades que intentaba reprimir de inmediato, Natalia reaccionaba siempre con una sonrisa, una palabra o un silencio comprensivos.
Aparcó a medio camino entre la vía férrea y el bloque de apartamentos. Antes de salir del coche, pudo ver a alguien que se acercaba bajo la luz de las farolas. Reconoció a Frías y éste se detuvo un instante al verlo. Ribao se preguntó qué hacía en aquella parte del pueblo. Se apeó, cerró la puerta y echó a andar sin desviar la vista del frente. Frías redujo el paso, y al llegar a su altura lo miró a los ojos, movió la cabeza a un lado y a otro y escupió en el suelo a sus pies. Aunque apenas se saludaban por la calle y el rechazo que él sentía debía de ser recíproco, a Ribao le sorprendió aquella reacción. Siguió adelante y Frías pronunció su apellido en voz alta. Ribao se volvió. Frías sonreía sin apartar la mirada de la suya. Era una provocación ridícula, una de tantas que conocía tan bien y casi siempre había ignorado. Además, el aliento y los movimientos vacilantes de Frías revelaban que había estado bebiendo. Sin embargo, Ribao avanzó hacia él.
–¿Hay algún problema? –murmuró. Su corazón latía con rapidez. Frías hizo un esfuerzo para articular las palabras.
–¿Por qué te vemos siempre solo? –dijo–. Después del tiempo que llevas aquí, ¿aún no tienes un puto amigo en el pueblo?
Ribao no supo responder y eso le hizo sentirse inseguro.
–¿Y de dónde vienes ahora? –siguió Frías–. ¿De tirarte a esa desgraciada de Natalia o de caminar tú solo por la orilla del río?
Ribao le pegó un puñetazo y Frías retrocedió a trompicones y acabó cayendo. En cuanto consiguió levantarse Ribao lo golpeó de nuevo. Frías quedó tendido sobre la acera mojada con la nariz y la boca manchadas de sangre. Logró ponerse de pie apoyándose en una farola y se pasó la manga del abrigo por la cara. Ribao contuvo el impulso de derribarlo una vez más. Frías lo miró de arriba abajo, luego le dio la espalda y echó a correr hacia el centro del pueblo.
–¡Estás loco! –oyó Ribao antes de perderlo de vista entre las sombras. Respiró hondo, le parecía que su pecho iba a estallar. Cuando se sintió más tranquilo, anduvo hasta el portal y entró en casa.
2
Ribao se acostó tarde para dejarse vencer por el cansancio, pero aun así no logró conciliar el sueño. A sus oídos llegaban las pisadas de algún transeúnte solitario que caminaba hacia las afueras, el silbido del viento, el ruido de un coche saliendo del pueblo o los ladridos lejanos que provocaba a su paso. De vez en cuando, cambiaba de postura tratando de relajarse y le parecía oír aquellos sonidos con mayor intensidad. Se levantó, fue hasta el salón envuelto en una manta y se sentó en el sofá. Había pasado muchas noches similares meses atrás antes de instalarse en el pueblo, y ahora tenía que admitir que el cambio no estaba contribuyendo a liberarlo de la tristeza ni del miedo constante a una nueva pérdida. Sin embargo, la mirada y las palabras de Natalia reflejaban una confianza sincera y le hacían entender que cada día se sentía mejor a su lado. Cuando dormían juntos, Ribao se despertaba a veces de madrugada. Escuchaba su respiración, volvía la cabeza y contemplaba su perfil ante la pálida claridad del exterior. Luego cogía su mano y los dedos de Natalia se cerraban con fuerza en torno a los suyos.
Ribao se revolvió bajo la manta al oír la llegada del primer tren, un sonido que para él indicaba el comienzo de la jornada. A pesar del cansancio, ya no iba a dormirse de nuevo. Dobló la manta, se puso en pie y fue a la cocina. Mientras desayunaba se dijo que no debía seguir más tiempo en casa, además no había motivo por el que no pudiera disfrutar de un día festivo como cualquier otro habitante del pueblo. Decidió pasarlo fuera y visitar algunos lugares de los que Natalia le había hablado. Volvería al anochecer para encontrarse con ella delante de la biblioteca.
Salió a la calle y subió al coche. Se alejó del pueblo a la vez que un tren cargado de madera avanzaba en sentido contrario hacia la vía muerta de la estación, y unos minutos después se desviaba por una carretera secundaria, donde se cruzó con rancheras y todoterrenos conducidos por vecinos de aldeas cercanas que acudían a la partida de caza. Aumentó el volumen de la música que sonaba en la radio y pisó suavemente el acelerador. La carretera discurría entre prados en pendiente y extensos bosques. No era una ruta complicada, sólo había que prestar atención a las ocasionales curvas, tras las que podía surgir alguno de los camiones de la explotación agrícola perteneciente a Liste.
Ribao se detuvo en un cruce. Torció a la izquierda y dejó atrás un grupo de naves levantadas junto a un edificio en cuya fachada se leía el nombre del alcalde pintado con letras descoloridas. Ahora conducía por una carretera secundaria en una zona despoblada. Cuando empezó a llover subió la ventanilla y activó el limpiaparabrisas. Iba a conectar la calefacción, pero recordó que estaba averiada. En la radio retransmitían un partido de fútbol. Ribao cogió una cinta de la guantera, la puso y comprobó que no se oía. Con la mano izquierda sujetó el volante y con la derecha, sin apartar la vista de la carretera, rebuscó en la guantera de la otra puerta. Sacó varias cintas que se le escurrieron entre los dedos y cayeron al suelo. El parabrisas se estaba empañando. Ribao abrió la ventanilla unos centímetros y notó en su cara las gotas de lluvia. Buscó un trapo mientras se aproximaba a una curva, y en el momento de tomarla, al mismo tiempo que sujetaba el trapo con los dedos y frotaba el cristal, un camión de transporte de animales entró en ella ocupando parte del lado contrario. Ribao giró el volante bruscamente y apretó el claxon. El coche salvó la cuneta, Ribao rebotó en el asiento y oyó el rugido del camión que pasaba y seguía su camino. Pisó el freno y el coche se paró en seco al borde de un prado. Ribao deseó que el camión se estrellara en la próxima curva con el conductor dentro, quien quiera que fuese. Se preguntó qué demonios se le perdía a aquel tipo allá arriba en un día festivo, conduciendo reses camino del matadero. Imaginó que alguien, tal vez el conductor del camión, estaba riéndose de él, y se sintió ridículo. Bajó por completo el volumen de la radio. La lluvia resonaba sobre el parabrisas y el capó. Ribao observó la linde del bosque que comenzaba a veinte metros de la cuneta. El retumbar de un trueno se extendió por los prados, seguido de varios estampidos sucesivos. Mientras daba marcha atrás, recordó al grupo de cazadores parados delante del ayuntamiento y se sintió inquieto al imaginar a Natalia fingiendo interés por la conversación que tal vez estuviera manteniendo con ellos en ese momento.
Unos minutos después aparcaba delante de un bar de carretera a cincuenta kilómetros del pueblo. Entró, se sentó junto a la ventana y pidió un bocadillo. Ni la lluvia que caía con fuerza ni el hijo de puta del camión habían logrado arruinarle la mañana, pero su ánimo se había ensombrecido. Alguien abrió la puerta y por un instante Ribao sintió en la cara el frío del exterior. Al mirar las formas verdosas difuminadas por el agua que se deslizaba cristal abajo recordó otra mañana tormentosa como aquélla, la mañana en que salió de la ciudad, condujo por una carretera de las afueras y terminó sumándose al tráfico de la autovía que lo conduciría hasta su nuevo destino. Desde que había tomado la decisión de marcharse –y ya antes de eso–, el dolor que sentía en su roce con la vida y con las personas se había acrecentado, y todavía aumentaba un grado cuando, por un motivo u otro, recordaba aquellas últimas semanas en la ciudad con mayor intensidad que de costumbre. Hizo un esfuerzo por apartar las ideas oscuras y desoladoras que comenzaban a agolparse en su cabeza. Fue hasta la barra y pagó, salió, y aunque no sabía adónde dirigirse, subió al coche y siguió conduciendo.
3
Ribao regresó al pueblo antes de lo previsto y tomó una calle céntrica que llevaba hasta la biblioteca. Natalia no había terminado aún, pero prefería esperarla dentro del coche a volver a casa y aguardar allí a que lo llamara. Lamentaba no haberse inscrito en alguna actividad para poder entrar y pasar aquel tiempo cerca de ella. Aparcó delante de la biblioteca. Le sorprendía que no hubiera luz en las ventanas, como también le había sorprendido ver a poca gente por las calles más próximas, siempre concurridas y animadas en un día como aquél. Bajó del coche, fue hasta la entrada y comprobó que la puerta estaba cerrada con llave. A juzgar por el silencio, no debía de haber nadie dentro del edificio. Caminó unos minutos por los alrededores, sin alejarse demasiado y sin llegar a cruzarse con algún vecino a quien preguntarle si se habían producido cambios en el programa. Luego volvió al coche y condujo hasta el barrio donde vivía Natalia. Pero tampoco la encontró allí, así que regresó a su apartamento y se dijo que más tarde probaría a llamarla a la biblioteca o a su casa, o simplemente esperaría su llamada como habían acordado en principio.
Ribao aparcó cerca de la vía férrea, y al echar a andar hacia el portal oyó pisadas que se confundían  con las suyas. Volvió la cabeza sin detenerse: una figura corpulenta se acercaba por su derecha apareciendo y desapareciendo bajo el halo de las farolas. Ribao pensó en Frías, pero no se trataba de él sino de Marcide, el dueño del quiosco donde solía comprar el periódico. Marcide lo alcanzó con rápidas zancadas y se paró bloqueándole el camino. Parecía alterado, impresionado por algo que acababa de suceder o había sucedido hacía poco.
–Buenas noches –dijo Ribao antes de evitarlo y seguir adelante.
–¿Dónde ha pasado el día, Ribao? –preguntó Marcide.
Ribao bajó la vista y llegó hasta el portal. Mientras introducía la llave en la cerradura, oyó de nuevo la voz de Marcide.
–¿No se ha enterado de lo de Frías?
Ribao se detuvo. La mención de aquel nombre acababa de producirle una leve intranquilidad. Sin embargo, los asuntos de Frías no tenían nada que ver con los suyos ni con su vida. Abrió, guardó la llave en el bolsillo y entró en el edificio.
–¡Ha habido muertos y heridos! –exclamó Marcide.
Ribao se asomó con el abrigo en las manos. Le había invadido un súbito temor. Marcide lo miraba desde la acera, satisfecho por haber captado al fin su atención.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Ribao sin preocuparse por ocultar la creciente ansiedad que delataba la expresión de su rostro.
–Fue antes de la cacería. Frías se volvió loco, dicen que discutió con su mujer ayer por la noche, y esta mañana tuvo una disputa con Liste en el parque. Desapareció un rato y volvió con una escopeta cuando se reunían los cazadores. Mató e hirió a varias personas, hasta que la policía consiguió abatirlo.
El corazón de Ribao latió con rapidez.
–¿Quiénes han muerto? –murmuró.
–No estoy seguro. Creo que entre las víctimas estaban el propio Liste, el señor Costa, Luis Salgado, y también esa chica de la biblioteca, Natalia.
Ribao tuvo la impresión de que el aire no llegaba hasta sus pulmones. Recordó a Natalia entrando en casa veinticuatro horas antes y sintió como si le arrancaran un trozo de su propia carne. Se apoyó en el marco de la puerta. Iba a preguntarle a Marcide si Natalia estaba muerta o herida, qué demonios le había sucedido exactamente y adónde la habían llevado, pero Marcide lo observaba en silencio sin disimular la curiosidad ante su reacción. Ribao subió al coche, arrancó y tomó la carretera de las afueras con la mirada fija en el resplandor de los faros. Tenía idea de que el hospital se encontraba cerca del río, a un par de kilómetros de donde vivía él. Se alejó del pueblo, pasó por delante de la estación de ferrocarril, distinguió el brillo del agua entre los árboles, y pronto veía a lo lejos un edificio con luz en la planta baja. Dejó el coche en el aparcamiento, entró apresuradamente en la recepción y se detuvo sin aliento delante del mostrador. La vigilante de guardia lo miraba con extrañeza, pero no parecía dispuesta a ser la primera en hablar. Ribao se fijó en un médico que bajaba las escaleras de la primera planta con aire fatigado. Se dirigió a él tratando de articular las palabras.
–Por favor, ¿podría decirme qué le ha sucedido a Natalia? –murmuró–. Es la joven que trabaja en la biblioteca, yo soy un buen amigo suyo.
–Natalia está fuera de peligro –respondió el médico–. La hemos atendido hace unos minutos. Si espera por aquí un momento, no tardará en verla.
Después de darle algunas explicaciones que Ribao apenas pudo entender, el médico sonrió al oír sus palabras de reconocimiento, le estrechó la mano y se encaminó hacia otra estancia del edificio. Ribao se dejó caer en un asiento. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde la conversación con el médico cuando levantó la cabeza y vio a Natalia bajando las escaleras. Tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y parecía agotada, pero en su rostro se dibujó un gesto de sorpresa y agradecimiento al llegar a la recepción y encontrar a Ribao esperándola. Éste corrió junto a ella y le besó los labios y las mejillas cuidando de no lastimarla en el brazo. Natalia le acarició la sien y apoyó la frente en su hombro. Ribao bajó la cabeza tratando de ocultar las lágrimas que inundaron sus ojos, pero ella le puso los dedos en torno al mentón y lo miró a la cara con una sonrisa que Ribao no tardó en devolverle. Dejaron pasar los segundos parados frente a la entrada. Luego salieron del hospital, subieron al coche y Ribao condujo de vuelta a casa.