jueves, 30 de mayo de 2019

SUMMERTIME

En junio de 1986, cuando tenía dieciséis años, Juan Marante conoció a Julia, una joven que le llevaba dos y veraneaba con sus padres en el pueblo costero donde vivía él. En julio salían juntos, en agosto surgieron las primeras dificultades y a principios de septiembre la relación comenzó a tambalearse. Marante decidió proponerle a Julia hacer un pequeño viaje, ya que siempre les había gustado ir de un lado a otro antes de descubrir que los distanciaba mucho más de lo que tenían en común y de lo que habían imaginado al conocerse. Estudió un mapa de las rías y escogió una playa solitaria al norte, un paraje poco visitado en el que, tiempo atrás, alguien inició la construcción de un hotel cuyas obras no llegaron a terminarse.

Después de convencer a Julia con cierta dificultad, la mañana siguiente se pusieron en marcha en el coche de ella. Recorrieron en silencio la costa, atravesando pinares y bosques de castaños y dejando atrás praderas de hierba alta que conducían a pequeños acantilados o descendían suavemente hacia la orilla del mar. El cielo estaba despejado cuando iniciaron el trayecto, pero pronto avistaron las primeras nubes y al cabo de unos minutos la lluvia discurría por un parabrisas empañado.

Les llevó varias horas llegar, más tiempo del que Marante había supuesto días antes al planear el viaje. Desde el interior del coche podían ver una pequeña bahía con forma de anfiteatro, y en su centro una playa bordeada de vegetación y surcada en diagonal por afiladas formaciones rocosas contra las que rompía el oleaje. La estructura del hotel, un edificio de cuatro alturas y planta rectangular, se alzaba en un extremo, al pie del acantilado y a pocos metros del agua. Julia aparcó cerca de la parte delantera. Después de apearse y sacar las mochilas del maletero, descendieron una senda húmeda apenas transitable, entraron en un vestíbulo cubierto de charcos, recorrieron un amplio corredor evitando tropezar con los matorrales que agrietaban el pavimento, y se detuvieron frente a una escalinata de mármol que se alzaba al borde de la playa. Marante observó el techo abovedado: se figuró que las obras del hotel se habrían iniciado mucho antes de lo que había supuesto, y tuvo la impresión de encontrarse en un lugar perteneciente a otra época. Al mismo tiempo, el interior del edificio le resultaba extrañamente familiar, como si ya lo hubiera visitado con anterioridad. Dirigió la vista hacia el mar, y mientras contemplaba el oleaje, las rocas y la arena húmeda, le comentó a Julia que con la pleamar las olas bañarían los cimientos del edificio. Ella se limitó a abrir su mochila y extender junto a la pared los sacos en los que iban a pernoctar.

Al caer la tarde la bruma cubrió el horizonte y se extendió sobre la superficie del agua, difuminando el sol poniente e impidiendo distinguir desde el interior del edificio más allá de algunas rocas cercanas y el flujo y reflujo de las olas. Marante se dio cuenta de que durante el tiempo que llevaban en el hotel ninguna embarcación había navegado frente a la playa. Trató de precisar en qué momento del trayecto dejaron atrás la última casa y avistaron el último barco, y se sorprendió al reparar en que apenas recordaba detalles del viaje, aunque ahora estaba seguro de no haber adelantado a otros vehículos tras haberse alejado unos pocos kilómetros del pueblo. Julia y él regresaron al interior del edificio después de un breve paseo por el borde del acantilado. Atravesaron el vestíbulo, se sentaron en lo alto de la escalinata y trataron de entablar conversación, pero Marante comprendió en seguida que la repetición de escenas anteriormente gratas para ambos no les iba a devolver lo que los había unido durante unas pocas semanas, como si ya no tuvieran mucho que compartir ni de lo que hablar, y en realidad no lo hubieran tenido nunca. Después de un momento de silencio, contempló el mar y le propuso bañarse a Julia. A ella le pareció una buena idea, así que se pusieron los bañadores, descendieron unos escalones desgastados y resbaladizos, caminaron hasta la orilla y se detuvieron un instante al sentir las olas sobre sus pies. Luego entraron en el agua, bracearon hasta una zona donde no tocaban fondo, a pocos metros de la bruma, y una vez acostumbrados a la fría temperatura nadaron con brío hacia el otro extremo de la playa, venciendo la fuerza del oleaje y haciendo breves pausas para tomar aliento. Al aproximarse al punto del acantilado más alejado del hotel, salieron del agua algo cansados, se alejaron de la orilla tiritando, bordearon el cauce de un pequeño arroyo que surgía entre la cercana vegetación y se dejaron caer al pie de una roca de gran tamaño, fuera del alcance de la marea. Dejaron pasar los minutos contemplando el bosque y la silueta de las peñas recortadas contra el cielo. Cuando volvieron la vista hacia el hotel, se sorprendieron al ver a dos personas que descendían la escalinata y caminaban en dirección al mar sosteniendo una canoa por encima de sus cabezas. Eran un hombre y una mujer poco mayores que ellos. Parecían fuertes y atractivos, a Marante le hicieron pensar en aborígenes de las islas del Pacífico, y algo en la desenvoltura con la que se movían, tan diferente del retraimiento que habían mostrado Julia y él al salir del edificio y entrar en el agua, lo llevó a suponerlos familiarizados con aquel lugar. Imaginó que aunque no estuvieran mirando hacia donde se encontraban ellos, los dos desconocidos debían de ser conscientes de su presencia. Éstos se detuvieron entre las olas a unos pasos de la orilla y posaron la embarcación en el agua, luego subieron a bordo, comenzaron a bogar con unos remos que sacaron de su interior y pronto se alejaban veloces mar adentro. Después de un instante de duda, Marante levantó un brazo para señalarles su presencia, pero la canoa era ya una silueta en la lejanía y poco después la veían desaparecer tras la bruma.

El sol se había puesto y la luz de la luna proyectaba la silueta del edificio sobre la playa y el mar. La bruma parecía ahora menos densa, aunque el cielo seguía parcialmente cubierto. Julia y Marante regresaron caminando al hotel. Cuando entraron en el vestíbulo se sintieron algo intimidados por la amplitud y la soledad de la estancia. Marante observó la esquina más alejada de la playa y descubrió una escalera que había quedado sin terminar antes de alcanzar la primera planta o tal vez se había venido abajo en algún momento posterior a la interrupción de las obras, aunque no vio cascotes cerca. Se aproximó hasta allí y levantó la mirada, pero a causa de la oscuridad no pudo ver las plantas superiores. Julia y él deliberaron acerca de si debían quedarse a dormir o era preferible regresar al pueblo, y optaron por la primera opción. Mientras se quitaban los bañadores y se ponían ropa seca, Marante se preguntó por qué habían tomado esa decisión basándose únicamente en lo inconveniente de una hora tardía para hacer conduciendo el camino de regreso. Sentía que algo en aquel entorno los atraía y les hacía ignorar el desasosiego inevitable al encontrarse en el interior de un edificio poco acogedor y situado en un paraje agreste, solitario y tan alejado de su lugar de procedencia. Entraron en los sacos de dormir, intercambiaron unas pocas palabras y Julia no tardó en cerrar los ojos y respirar plácidamente, como si el hotel y la visión de los dos desconocidos no le preocuparan en absoluto. Durante las horas siguientes le costó conciliar el sueño y sólo logró dormir durante pequeños intervalos, ya que le invadía una amarga inquietud cada vez que Julia se movía dentro del saco. Apenado, dedicó un rato a observar el techo y las paredes de aquella estancia que, sin alcanzar a averiguar el motivo, le recordaba a algo que no lograba precisar.

Se despertó con una desagradable sensación de soledad cuando empezaba a amanecer y vio a Julia desperezarse cansinamente muy cerca de donde yacía él. Luego ella salió del saco y sin decir una palabra atravesó el vestíbulo, descendió las escaleras y anduvo hacia el mar. Marante la contempló entrando en el agua y zambulléndose. Mientras Julia nadaba y se alejaba poco a poco de la orilla, recordó con amargura las horas dedicadas a ella y a su gente, que tenían bien poco que ver con él y tenían que ver con Julia mucho menos de lo que ella imaginaba, y se atormentó saboreando otra vez aquella extraña impresión de que la vida a su lado no era real y las cosas acabarían torciéndose inevitablemente.

Una inquietante tranquilidad reinaba en la playa desde la salida del sol. Julia llevaba unos minutos en el agua, que le cubría ahora por encima de los hombros, cuando Marante se fijó en un objeto alargado que se aproximaba a tierra flotando sobre las olas, a punto de rozarla a ella. Al sentir el contacto en la nuca, Julia se volvió y después de un instante de sorpresa una ola la elevó por encima de aquel objeto y abrió la boca atemorizada. Marante salió del saco de dormir, corrió hacia la orilla y nadó hasta donde se hallaba Julia. Mientras se acercaba, se dio cuenta de que aquel objeto era la canoa que habían visto la tarde anterior. Se sujetó a la borda, echó un vistazo a su interior y se estremeció al descubrir en la cubierta los cuerpos de los dos tripulantes. Tenían múltiples heridas en el pecho y el abdomen y estaban cubiertos de una sangre reseca que había ido a mezclarse con el agua estancada en el fondo de la barca. Marante y Julia nadaron hacia la orilla y corrieron de regreso al hotel. A la vez que recogían las mochilas y los sacos de dormir, Marante se preguntaba quiénes serían los tripulantes de la canoa y qué les habría sucedido. Alguien tenía que haberlos abordado durante la noche, pero ni Julia ni él habían oído un solo ruido alarmante, aparte del oleaje y los chillidos de las gaviotas. Entonces, ¿de dónde salían el hombre y la mujer y quién los había matado? Julia ya había subido al coche y pulsaba el claxon. Marante recorrió el corredor y cruzó corriendo el vestíbulo. Antes de subir echó un último vistazo a la canoa, que cabeceaba y daba topetazos contra las rocas. Camino del pueblo, bajo un cielo paulatinamente cubierto, no dejaba de contemplar el mar desierto preguntándose una y otra vez dónde habrían perdido la vida aquellos desconocidos y a manos de quién.

En cuanto llegaron acudieron a la policía y les dieron explicaciones atropelladas y confusas, tratando de vencer su incredulidad ante lo que consideraban una patraña. La incredulidad se transformó en enfado, un par de horas después, al regresar al hotel y no hallar rastro de los desconocidos. De vuelta en el pueblo, cuando por fin los dejaron marcharse, Marante y Julia se encontraron en medio de una calle desierta sin tener mucho más que decir acerca de lo sucedido. Se despidieron con pocas palabras y se alejaron en direcciones opuestas.

Marante entró en casa, subió hasta su habitación y se sentó al borde de la cama. Todavía no sabía cómo iba a terminar aquel asunto, pero era indudable que a partir de ahora los pasos que dieran Julia y él los darían por separado. Se sentía más solo de lo que lo hubiera estado hasta entonces. Tuvo la impresión de que algunas cosas aún tardarían en cambiar y otras no iban a cambiar nunca. Antes de apoyar la frente en las palmas de las manos pudo ver cómo la lluvia de septiembre se deslizaba por la ventana de la habitación.