lunes, 24 de diciembre de 2018

SCHOOL DAYS (XIV)

There is a happy land where only children live
David Bowie
Hace algo más de treinta años, un día de octubre, el ciclón Hortensia sacudió el pueblo. Fue bastante repentino: al mediodía comenzó a llover, a media tarde el viento soplaba con furia y al anochecer se fue la luz en toda la comarca. En mitad de la noche amainó el viento, y al día siguiente pudimos ver los desperfectos. En torno a mi casa había árboles caídos y un coche en medio de un maizal. En la avenida de las afueras donde está situado el colegio se habían roto los escaparates de varios comercios, y en el pequeño puerto pesquero algunos botes se habían estrellado contra las cepas del puente del ferrocarril y otros habían encallado en la playa contigua. El puente se alzaba a veinte metros por encima de la carpintería de rivera situada al final del muelle, y en uno de los bosquecillos que rodean la vía varios eucaliptos se habían venido abajo, quedando suspendidos a gran altura, en horizontal, sobre la playa.

Hasta allí decidimos ir Darío, Monchito y yo un viernes por la tarde de diciembre, poco antes de las vacaciones de Navidad, al salir de clase. Darío y yo íbamos juntos al colegio desde preescolar y era uno de mis mejores amigos. Aunque él vivía en el pueblo y yo en una aldea de los alrededores, todas las tardes antes de volver a casa caminábamos  hasta la biblioteca, hasta la estación de ferrocarril, hasta el atrio de la iglesia o hasta las calles más alejadas del centro, que terminaban desapareciendo monte arriba entre muros de piedra y frondosos bosques de castaños. Monchito era un chavalillo de gafas tímido y solitario que venía de un pueblo del interior. Lo habían matriculado en el colegio el curso anterior y en seguida nos hicimos amigos, así que también solía venir en aquellas salidas.

Después de una breve parada en la biblioteca municipal, seguimos caminando por las calles del centro y llegamos a la avenida de las afueras que conduce a la estación de ferrocarril. Cuando la vimos al pie del monte, nos desviamos por un sendero que discurre entre la maleza y desciende hacia la vía del tren y echamos a andar sobre los raíles en sentido contrario. Pronto llegábamos hasta el puente y nos deteníamos en uno de sus extremos. Desde allí oíamos el ruido del oleaje al romper contra las rocas y podíamos ver el bosquecillo con los eucaliptos tumbados. Nos adentramos entre los árboles que seguían erguidos mientras nuestros pies se hundían en un terreno lleno de agua y nos aproximamos con precaución al borde del acantilado. Las raíces de los eucaliptos quedaban al descubierto, y troncos y ramas colgaban peligrosamente en el vacío por encima del dificultoso sendero que desciende hasta la arena entre las peñas y la maraña de vegetación. Se me ocurrió que desde el extremo de uno de aquellos troncos debía de haber una magnífica perspectiva de la playa, el puente y el puerto pesquero. Aunque el paisaje boscoso resultaba atrayente y acogedor no parecía muy prudente moverse por aquella zona, así que decidimos seguir la vía férrea hasta la estación. Pero al mismo tiempo tratar de avanzar sobre uno de los eucaliptos resultaba demasiado tentador como para marcharnos sin haberlo intentado. Se lo comenté a mis amigos y consideramos que podíamos probar a caminar por encima del tronco más cercano sin alejarnos demasiado del bosquecillo. Trepamos a lo alto de la raíz manchándonos de tierra húmeda zapatos, pantalones y anoraks, descendimos hasta el tronco y echamos a andar en fila india manteniendo el equilibrio, yo en cabeza seguido por Monchito y Darío. La madera era muy resbaladiza, pero caminábamos despacio ayudándonos de las frondosas ramas. Aquello me producía una deliciosa sensación de peligro e irrealidad, como si estuviéramos soñándolo y al mismo tiempo llevando a cabo algún tipo de transgresión. Me detuve a pocos metros del acantilado y comprobé que desde allá arriba se veía no sólo la playa y el puerto sino también la ría en toda su extensión, la costa verde y rocosa del otro lado y el mar abierto en la línea del horizonte bajo el cielo gris de un atardecer que presagiaba lluvia. Darío y Monchito se pararon detrás de mí, echaron un rápido vistazo y decidieron que era el momento de volver atrás, pero yo, optimista e ilusionado, seguí el camino hacia la copa del árbol, y pronto tuve que agacharme con tiento y continuar a cuatro patas porque el tronco se estrechaba. Monchito y Darío habían regresado al bosquecillo y me aconsejaron que lo dejara ya. Yo tenía la impresión de estar cumpliendo alguna clase de meta, de modo que proseguí el avance sin escucharlos, hasta que me di cuenta de que no podía ir más allá debido a la estrechez del tronco y la frondosidad de las ramas. Tampoco me iba a resultar fácil retroceder hasta el punto de partida, pues para eso tendría que dar la vuelta a cuatro patas, algo muy complicado sobre aquella superficie tan estrecha. Estaba atascado cerca de la copa, a siete u ocho metros de la raíz. Por primera vez sentí un vértigo que me hizo sentarme lentamente a horcajadas tratando de no resbalar con manos y rodillas, y a continuación sujetarme con fuerza a una rama que me pareció muy poco resistente. Miré hacia abajo y pude ver las rocas y la rompiente a mayor distancia de la que había imaginado cuando contemplé el paisaje a mitad de camino. Me pregunté cómo demonios iba a regresar al bosquecillo. Al girar la cabeza hacia allí vi a mis amigos aguardando expectantes.

–¡No puedo volver! –grité–. ¡Tenéis que ayudarme!

Pero resultaba evidente que si yo me encontraba en aquella situación por haberme alejado tanto del acantilado, no iban ellos a imitarme para acabar todos en el mismo trance. Pensé en cambiar de sentido sobre el tronco para ponerme de nuevo a cuatro patas y regresar de ese modo, pero al levantar levemente la pierna derecha resbalé hacia la izquierda, así que solté la rama y estreché con brazos y piernas el árbol. Ahora tuve verdadero miedo de precipitarme al vacío desde una altura similar a la del puente del ferrocarril. Como empezaba a caer una ligera llovizna apreté con todas mis fuerzas el tronco, pues notaba que mis manos se escurrían por la madera mojada.

–¡Me voy a caer! –grité sin mirar atrás.

–¡Antonio, agárrate a esta rama! –exclamó Monchito.

Tratando de moverme lo menos posible, asomé la cabeza por encima del hombro y pude ver a mis amigos sobre el tronco, Darío sujeto a la raíz con la mano derecha y con la izquierda extendida asiendo la diestra de Monchito, y éste estirando un brazo hacia donde estaba yo tratando de hacerme llegar una rama que sostenía con la zurda. 

–¡Espera, Monchito, que así nos vamos a caer los tres! –repuse.

Pero él seguía intentando acercarme la rama, hasta que se le soltó de la mano y fue a parar a las rocas de la playa. Darío y Monchito regresaron con precaución al bosquecillo y yo decidí que la única forma de salir del atolladero era retroceder sentado y sin cambiar de posición. Me desplacé lentamente ayudándome con los brazos y apretando los dedos contra la corteza del árbol, y en un tiempo que se me hizo interminable logré llegar a la parte más ancha del tronco. Allí, sujetándome a varias ramas resistentes, conseguí ponerme de rodillas y luego erguirme. Una vez en pie me di la vuelta, y caminando con cierta prisa, aunque atento a no resbalar en la madera mojada, hice el resto del trayecto hasta la raíz. Cuando puse los pies en el prado Darío y Monchito me recibieron como si viniera de la guerra. Unos minutos después caminábamos bajo las farolas encendidas de regreso al centro del pueblo. 

–Menudo susto pasé… –dije, y en cuanto terminé de hablar me dio la risa. Darío y Monchito me miraron sorprendidos, pero en seguida se rieron ellos también y entre carcajadas íbamos recordando lo sucedido.

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