viernes, 21 de diciembre de 2018

ATARDECER

"Life's just much too hard today"
I hear ev'ry mother say
The pursuit of happiness just seems a bore
The Rolling Stones
Al caer la tarde, L salió de la zapatería que tenía en la parte alta del pueblo, anduvo calle abajo y unos minutos después llegaba hasta el pequeño puerto pesquero. Era el trayecto que hacía habitualmente  para regresar a su casa tras haber cerrado la tienda y nunca se había detenido allí. Pero ese día redujo el paso al aproximarse a la barandilla, recibió el aire frío en el rostro y reparó por primera vez en los matices que componían el entorno en el que se encontraba. Observó la desembocadura del río, los barcos pesqueros que pronto saldrían a faenar, la carpintería de rivera situada al final del muelle, el puente del ferrocarril, la costa del otro lado de la ría y el mar. Hasta ella llegaban los gritos de las gaviotas y las primeras gotas de una llovizna característica del tiempo otoñal en aquel pueblo del norte. Guiada por un impulso, giró la cabeza y pudo ver los edificios de la villa en la que había nacido y pasado sus cincuenta y tres años de vida. El más cercano era la cofradía del puerto, junto al que había un bar de pescadores donde en ese momento debía de estar su marido, apurando la última copa de la jornada antes de regresar a casa ligeramente ebrio. L quería volver antes que él para preparar la cena, pero sentía que algo la obligaba a quedarse unos minutos más disfrutando de un paisaje en el que nunca se había fijado con tanta atención, algo relacionado a la vez con la melancolía y el tedio. Al contemplar aquellos edificios que seguían allí desde su infancia y conformaban un entorno que ahora sentía adherido a su propia piel, recordó el piso del centro en el que había nacido y cuando ella y sus hermanos estudiaban en el único colegio de primaria que había entonces, donde conoció al que luego sería su marido. A su cabeza volvieron recuerdos de los años anteriores a su boda. L se daba cuenta por primera vez de que pequeñas anécdotas que hasta ese momento habían carecido de una importancia especial para ella, conformaban ahora el tejido de un tiempo feliz que empezaba a evocar con sorprendente nostalgia. Años más tarde, durante las fiestas locales que se celebraban al terminar el verano en una aldea costera de la comarca, volvería a encontrarse con su futuro marido, en la época en la que ella se ocupaba ya del negocio familiar y él terminaba sus estudios de Náutica. Un año después se casaban en la iglesia del pueblo, y a los pocos meses nació su única hija. Su marido se embarcó, y desde entonces ella trabajaba en la tienda y lo veía por espacio de varias semanas antes de la siguiente travesía. El resto del tiempo lo echaba de menos y se sentía sola, especialmente a primera hora de la mañana, cuando salía de casa y caminaba hacia la zapatería por las mismas calles en las que había pasado toda su vida, y a última hora de la tarde, al cerrar y regresar dando un rodeo por delante del pequeño puerto pesquero. Su única ocupación más allá del trabajo consistía en cuidar a su hija, el mayor motivo de alegría para ella, y en frecuentar a gentes del pueblo a las que trataba desde que eran niños.
           
L llevaba diez años casada cuando llegó a sus oídos el rumor de que su marido tenía una amante en una de las ciudades a las que arribaba el barco. En principio no prestó atención a aquella patraña, pues cada mes surgía un chisme semejante referido a algún vecino de los alrededores, pero en cuanto su marido regresó, no pudo evitar sospechar que tal vez la aventura que le atribuían fuera cierta. Al contrario que en otras ocasiones, la alegría habitual estuvo ausente de aquel reencuentro. La subsiguiente estancia no fue para él más que un periodo de descanso en el que ocasionalmente paraba en casa, donde lo esperaba una mujer agradable y servil, y la mayor parte del tiempo la pasó en compañía de viejos conocidos en el puerto. L sintió una desprotección y una tristeza totalmente nuevas, pero cuanto peor se sentía más necesitaba a su marido a su lado; para ella habría sido impensable la compañía de un hombre que no fuera él. En cualquier caso, aquello no duró demasiado: al cabo de varios meses comprendió que, a juzgar por la calidez con la que volvieron a encontrarse al regreso de una travesía, la aventura había concluido. Sin embargo, con el paso de los años aquella calidez se transformó en simple cordialidad, y durante sus estancias en el pueblo su marido dejó de ir a verla y hacerle compañía un rato en la tienda, ya que pasaba su tiempo en los bares del puerto.

L dio la espalda a los edificios del pueblo y volvió la vista hacia el mar. En aquella época del año los propietarios de las lanchas que aún quedaban atracadas en el pantalán apenas salían ya, pero todavía había quienes iban a pescar o a dar una vuelta por la ría. Una de aquellas lanchas regresaba en ese momento, y L la vio pasar de camino al muelle entre las cepas del puente del ferrocarril. La rueda del timón la manejaba un joven de unos veinte años, hijo de un viejo conocido, y junto a él, sentada en el tambucho, estaba su novia, que tendría su misma edad y era oriunda de otro lugar. L sabía que vivían fuera, así que supuso que estarían de vacaciones, y recordó que durante el verano salían en la lancha todos los días aunque lloviera o hiciera mal tiempo. Ambos sonreían como si hubieran pasado una tarde muy agradable en el mar, a pesar del viento y de la lluvia que había caído ocasionalmente a lo largo de la jornada. El joven condujo la embarcación hasta su plaza en el pantalán y puso punto muerto mientras su novia se desplazaba hacia proa por la borda de babor para amarrar. El joven siempre le había parecido a L un buen tipo, algo tímido y tal vez un poco inseguro, pero tanto él como su novia transmitían una impresión de camaradería que, para su propia sorpresa, le resultó envidiable. La sorpresa dejó paso a una soterrada inquietud, cuando reparó en que aquella imagen tan habitual en esa parte del pueblo tenía ahora un significado totalmente nuevo que la diferenciaba de otras imágenes semejantes y la situaba a distancia de lo que siempre había sido su propia vida. La camaradería que transmitían los tripulantes de la lancha no estaba reñida con una cierta tristeza que siempre había detectado en los ojos de él, pero dicha camaradería era sumamente deseable aunque no tuviera nada que ver con la seguridad en la que vivían ella, su marido y las personas a quienes conocía desde los tiempos del colegio. Por primera vez en su vida L se estaba preguntando cómo sería la de otra gente, y se preguntaba también si la seguridad, tal vez el bien más preciado para ella y la mayoría de sus vecinos, no valdría gran cosa frente a algo en apariencia tan ínfimo como la camaradería que había entre los dos jóvenes de la lancha, camaradería que ocultaba algo mucho más íntimo, algo de lo que en realidad ella y su marido jamás habían disfrutado.

La llovizna se transformaba en aguacero, y entre risas los jóvenes de la lancha ponían la lona precipitadamente, saltaban al pantalán con una mochila y la lata de gasolina en las manos y corrían hacia el muelle. L abrió el paraguas, se apartó de la barandilla y siguió el camino hacia su casa, pero antes de alejarse no pudo evitar detenerse un instante para mirar atrás, y sintió un inesperado dolor al verlos subir a un coche rojo aparcado cerca de donde se encontraba ella.

Un cuarto de hora después se paraba frente al edificio donde vivía, cerraba el paraguas, entraba en la portería y tomaba el ascensor hasta su piso en la cuarta planta. Una vez en la cocina comenzó a preparar la cena maquinalmente, como siempre a aquella hora desde hacía años.  Pero al cabo de unos minutos se detuvo, se acercó hasta la ventana, separó la cortina y dirigió la mirada hacia el exterior. Desde allí podía ver el puerto y  el puente del ferrocarril. Mientras recordaba a la pareja de la lancha llegando al pantalán, se preguntó dónde estarían en ese momento y de qué manera dedicarían su tiempo el resto de la tarde. El sonido de una llave en la puerta del vestíbulo la sacó de su cavilación. L soltó la cortina y continuó haciendo la cena mientras trataba de ignorar las lágrimas que afloraban a sus ojos.

1 comentario:

Julio dijo...

Quién no ha sentido en los demás la nostalgia de lo que ha vivido. Enhorabuena Antonio.