jueves, 29 de noviembre de 2018

PANAME BLUES

I
El Beaurepaire era un imponente hotel de cuatro estrellas situado en la parisina rue de Rivoli, a medio camino entre la plaza de Chatelet y la de la Concordia. Hubo un tiempo en que fue un establecimiento prestigioso, pero después de sucesivos cambios de propietarios comenzó a resultar habitual que no saliera agua caliente de las duchas, que el aire acondicionado se averiara en pleno verano, que en un apartamento para cinco personas sólo hubiera hechas dos camas o que no funcionara alguno de los ascensores. En la recepción no se podía dar la espalda a un compañero y todos culpaban a todos de los continuos errores en la organización, los cobros y las facturaciones. Los jefes de equipo maltrataban a los botones y a los clientes, los botones maltrataban a las recepcionistas en prácticas, los recepcionistas se maltrataban entre ellos, todo el mundo odiaba al equipo de noche y la jefe de recepción pasaba el día sentada frente a su ordenador rezando para que aquel caos no llegara a oídos de la dirección.

Yo trabajé un par de años en el turno de noche, tras la partida del anterior recepcionista nocturno por su falta de entendimiento con nuestro responsable. Tampoco yo me entendí con él, pero a las pocas semanas fue el responsable quien se marchó porque no se entendía con la jefe de recepción. En su lugar contrataron a Jaime, un venezolano que había trabajado en varios hoteles de su país hasta alcanzar el puesto de director en un cuatro estrellas de Caracas. En el Beaurepaire le habían prometido algo similar si se encargaba del turno de noche mientras buscaban a otro responsable, pero pasaban los meses y Jaime seguía en el mismo puesto. Nunca supe por qué se marchó de Venezuela, aunque en una ocasión me comentó que había estado casado dos veces. Era muy poco hablador, y el tiempo que coincidíamos en la recepción lo dedicaba a corregir los errores que yo cometía y a explicarme los secretos de aquel oficio completamente nuevo para mí.

Una noche sofocante de finales de agosto, alrededor de la once y media, Jaime y yo vimos salir del ascensor y caminar apresuradamente hacia la recepción a un cliente japonés de unos cincuenta años. Se apellidaba Tanaka y formaba parte de un grupo de treinta personas que al día siguiente se marchaban en un autobús a las seis y media de la mañana. Su aspecto pulcro habitual y sus movimientos apresurados transmitían una impresión de eficacia, matizada por un tic facial que parecía revelar una cierta inseguridad, como si viviera con la impresión de que algo se le podía ir de las manos en cualquier momento. Tanaka se detuvo ante el mostrador, y el tic se acentuó mientras nos explicaba con gesto angustiado lo que le sucedía: durante su estancia en París había guardado el pasaporte en la caja fuerte de su habitación, y ahora no conseguía abrirla. Jaime subió con él y regresó al cabo de veinte minutos sin haber logrado abrir, pero habiéndole asegurado que íbamos a llamar al servicio técnico y el problema se resolvería en breve. El servicio técnico era Saïd, un antiguo legionario cuyo teléfono móvil debía estar permanentemente encendido por si surgía alguna emergencia. En realidad, cuando Jaime lo llamó ni a él ni a mí nos sorprendió que el teléfono estuviera apagado. Jaime volvió a marcar su número y no obtuvo respuesta, así que le dejó un mensaje informándolo de lo que sucedía y retomó su trabajo de contabilidad, con la esperanza de que Saïd lo oyera antes de la partida de Tanaka y pudiera venir a tiempo de abrir la caja fuerte. Pero Tanaka no conseguía dormir, y a eso de la una y media apareció de nuevo por la recepción y me preguntó de forma atropellada si habíamos localizado al técnico. Aunque él no hablaba francés y en inglés nos costaba comunicarnos a causa de nuestros diferentes acentos, conseguí hacerle entender que no tenía nada de qué preocuparse, que el servicio técnico siempre estaba funcionando antes de las seis y media (lo que en teoría era cierto, pero Saïd solía llegar alrededor de las siete), y que en el momento de marcharse tendría consigo el pasaporte. Lo vi alejarse poco convencido, y durante el resto de la noche llamó varias veces preguntando si se había presentado ya el técnico.

Antes de acostarse, cada miembro del grupo de japoneses había dejado sus maletas frente a la puerta de la habitación, para que uno de nosotros las fuera bajando a partir de las seis mientras el otro se encargaba de los cobros y las salidas, que tendrían lugar a partir de las seis y cuarto. El sistema habría sido eficaz si hubiera habido un botones además de dos recepcionistas, pero el de la mañana empezaba su turno a las siete y diez. A las cinco y media, cuando yo volvía de hacer la segunda ronda, cinco o seis norteamericanos borrachos entraron en uno de los ascensores que había junto a la recepción y se quedaron bloqueados en la planta baja. Subí en el otro ascensor a la séptima planta, trepé hasta la sala de máquinas por una escalera estrecha, grasienta y resbaladiza, desconecté el motor del ascensor y lo conecté unos segundos después. Cuando las puertas se abrieron, Jaime hizo salir a los americanos con malas maneras mientras yo bajaba a la cocina para preparar el desayuno de un cliente habitual que se levantaba temprano y lo quería en su habitación antes de la hora a la que empezaba a funcionar el servicio. A las seis y cinco estaba de vuelta en la recepción, donde Jaime acababa de llamar a Saïd, sin resultado. Ignoramos una llamada proveniente de la habitación de Tanaka y decidimos que Jaime se ocuparía de las maletas de los japoneses y yo haría las salidas. De camino al ascensor se le ocurrió intentar perforar la puerta de la caja fuerte con un taladro a pilas que había en algún lugar del garaje, decisión desesperada e inútil que aumentó mi aprecio por mi compañero. En seguida empezaron a llegar los japoneses, y entre señas y aspavientos referentes a lo tardío de la hora me indicaron que las maletas todavía estaban en los pasillos. Mientras intentaba tranquilizarlos, a la vez que les iba cobrando la estancia tratando de no mezclar las facturas y los tiquets, vi pasar a Jaime con el taladro en una mano y el teléfono en la otra. El autobús aparcó delante del hotel a las seis y veinte y de él se apeó una japonesa con un rostro adusto y mucha vida a sus espaldas, responsable del grupo y de otros que se habían alojado allí con anterioridad y terminaron envueltos en incidentes similares. La puse al corriente del contratiempo de la caja fuerte y pude leer en su mirada como si estuviera escrito en grandes letras de neón que nunca volvería a meter a nadie en aquel hotel de deficientes mentales. Entre tanto, Jaime localizaba a Saïd, al que vi pasar apresuradamente hacia la habitación de Tanaka varios minutos después de haber cobrado la última habitación y unos minutos antes de que Jaime terminara de bajar las maletas, que fuimos distribuyendo por el portaequipajes del autobús con la ayuda de un conductor impertinente y apurado. Tanaka bajó corriendo a las siete menos cuarto, consiguió pagar su estancia tras una pequeña dificultad con la máquina de las tarjetas de crédito y subió al autobús a las siete menos diez junto con la responsable del grupo, que acababa de darnos la espalda sin despedirse. Desde la recepción, Jaime y yo vimos cómo el vehículo arrancaba y salía a toda velocidad por la rue de Rivoli camino del aeropuerto.
II
A partir de la una de la madrugada, en el hotel Beaurepaire había cierto trasiego de putas, normalmente negras, a las que solían telefonear turistas ingleses y norteamericanos o clientes franceses que se encontraban en París por motivos de trabajo. Algunos nos pedían sus números de teléfono a los recepcionistas de noche, pero el jefe de equipo nos advirtió que podíamos ser acusados de proxenetismo y perder nuestro empleo, que podían terminar considerándonos improvisados y poco creíbles maquereaux. Las negras solían montar una pequeña juerga en el ascensor cuando uno de nosotros tenía que acompañarlas hasta la habitación del cliente. Si éste era un inglés o un norteamericano adinerado, al cabo de un rato solía pedir una botella de champán, que el recepcionista le subía sabiendo que no sería raro encontrarlo enzarzado en alguna extraña discusión con la chica, él en albornoz o en bata y ella desnuda dentro de la cama.

De vez en cuando venían mujeres árabes, las preferidas de los clientes africanos. Estos también pedían champán, era raro que dieran propina y se dirigían al recepcionista con una mezcla de familiaridad y desprecio, desprecio que también mostraba la chica en un intento patético de manifestar superioridad hacia quien estaba obligado a servirle en aquel momento. Los clientes árabes solían llamar a mujeres francesas, profesionales de mediana edad o estudiantes. Estas últimas aprovechaban la generosidad del cliente, que siempre daba propina, para pedir algo de comer al servicio de habitaciones, y tuteaban al recepcionista porque tenían su misma edad, alguna incluso podía terminar trabajando en la recepción de ese mismo hotel un par de años después.

Una de esas noches asfixiantes de finales de julio en las que el jardín de las Tullerías se llena de turistas, cuando me faltaban pocos días para irme de vacaciones, paró en la recepción un chaval sudamericano que pasaba unas semanas en París, invitado por el empresario para el que trabajaba su padre. Era un tipo simpático de dieciocho o diecinueve años, algo ingenuo aunque rodado en juergas y salidas nocturnas, y acostumbrado a moverse en hoteles como aquél pero sin alejarse mucho de los barrios caros donde están situados. Me preguntó dónde podía salir a divertirse un rato, le dije que probara en los Campos Elíseos, me pidió que llamara un taxi, y unos minutos después un conductor impertinente se lo llevaba hacia la cercana avenida con la evidente intención de dar un rodeo para subir la cuenta del taxímetro.

El chaval volvió al cabo de tres o cuatro horas, acompañado por una francesa de su edad con la que supuse que se entendería en inglés o en el español que quizá hablara ella. Los vi dirigirse hacia los ascensores, y pasados unos minutos el chaval telefoneó a la recepción para saber si teníamos preservativos. Vino a buscarlos y no volví a tener noticias suyas hasta las seis de la mañana, cuando me llamó de nuevo, angustiado, y me preguntó si el empresario estaba en ese momento en el hotel, porque acaba de descubrir que no tenía dinero suficiente para pagarle a la chica. Tal vez al conocerse se hubieran entendido en algún idioma, pero ahora no era capaz de comunicarse con ella y la chica empezaba a tomarse muy mal lo que estaba sucediendo. Recordé que el empresario había ordenado en el bar que no le sirvieran al chaval más consumiciones a cuenta suya y también que esa noche no dormía en el hotel, aunque probablemente regresara durante la mañana. Le dije esto último al chaval, y él me explicó que sólo le quedaban doscientos euros y me puso con la chica. Cuando supo la cantidad se mostró ofendida, aunque no llegó a decirme cuánto era lo que esperaba cobrar, y me puso con él. En vista de que, por el momento, no había nada que hacer, el chaval me pidió más condones y si esta vez se los podía llevar yo a la habitación, así que se los llevé y él los cogió sin abrir del todo la puerta. Después no supe nada más de ellos. Nadie se interesaba por cómo se resolvían los problemas que surgían durante noche, en realidad a nadie le importaba demasiado si un problema terminaba resolviéndose o no. Al cabo de media hora llegó el equipo de la mañana. Les pasé las consignas a las recepcionistas, les expliqué el apuro en el que estaba el chaval y les dije que en cuanto apareciera el empresario lo pusieran en contacto con él. Luego salí del hotel y caminé hacia la estación de metro por la rue de Rivoli, donde camareros y propietarios empezaban a abrir las cafeterías y el único rastro del bullicio nocturno era algún vaso roto junto al bordillo de la acera.
                 III
Por lo general, la jornada del portero de noche en el pequeño hotel parisino donde trabajo es bastante tranquila, pero en ocasiones hay momentos de tensión debidos a percances repentinos. Hace un par de días, a eso de las dos de la madrugada, un cliente irlandés que había venido con su mujer y su hija sufrió un infarto y tuvieron que llevarlo al hospital, donde habrá de quedarse una semana antes de regresar a su país. La noche siguiente, al llegar al hotel me encontré una botella de vino, en agradecimiento por mi amabilidad durante la crisis.

Ayer hablaba de lo ocurrido con Max, mi compañero, y conveníamos en que hay que disfrutar de cada minuto porque ese minuto puede ser el último. Max recordó algo que había sucedido veinte años atrás, cuando él llevaba seis o siete en Francia. Acababa de coger el traspaso de un bar en la rue Saint-Denis y vivía en un hotel muy barato donde alquilaban habitaciones por mes, situado junto a la Plaza de la Bastilla. Era un edificio viejo, húmedo y ruinoso, dividido en tres grandes bloques de cinco plantas sin ascensor. La habitación de Max estaba en la última planta del tercer bloque, al que se accedía atravesando el portal del primero, un patio interior, el portal del segundo y otro patio interior que daba al tercero.

Por el bar de Max paraba a menudo Mohamed, otro argelino de edad indefinida, desastrado y conflictivo, que se había instalado en un estudio del barrio hacía poco sin que nadie supiera muy bien de dónde venía ni a qué se dedicaba. Aunque en el bar nunca dejaba a deber y se entendía bien con Max y con los clientes habituales, no tardaron en oír que Mohamed no pagaba el alquiler ni los gastos de comunidad, se peleaba con vecinos de los edificios contiguos y apenas saludaba ni hablaba con nadie. Una noche, después de golpear a un controlador del metro al salir de la estación, la policía lo detuvo y lo puso a disposición del juez. Éste terminó decretando su expulsión y regreso inmediato a Argelia, pero en cuanto lo subieron al avión junto con tres compatriotas, Mohamed se desasió de los agentes y comenzó a insultar a los pasajeros, a escupir a las azafatas y a gritar que sólo iría a su país cuando él lo decidiera. El piloto se negó a llevarlos y todos fueron devueltos a comisaría.

Mohamed salió dos días después a media mañana y se acercó directamente hasta el bar de Max para comer algo. Luego estuvo un rato bebiendo, y al caer la tarde era incapaz de levantarse de la silla. Max le aconsejó que volviera a casa, pero Mohamed repuso que no pondría un pie en el estudio y que además el administrador debía de haber cambiado ya la cerradura. Esa noche Max cerraba tarde, así que le ofreció a Mohamed las llaves de su habitación en la Plaza de la Bastilla y lo invitó a dormir allí. Tras unos minutos de atropelladas palabras de agradecimiento, Mohamed salió con las llaves en el bolsillo y caminó tambaleándose hacia la boca del metro, mientras Max, algo inquieto, lo veía alejarse entre la gente.

A media noche, Max observó cómo los clientes dejaban de hablar poco a poco y prestaban atención al informativo que estaban pasando en televisión. A petición de uno de ellos, subió el volumen: al parecer, horas antes se había declarado un gran incendio en un hotel de la Plaza de la Bastilla, que resultó ser donde se alojaba él, y los tres bloques de viviendas habían ardido hasta los cimientos. Max cerró el bar precipitadamente, cogió un taxi y veinte minutos después llegaba a una plaza atestada de curiosos, entre los que se abrían paso los agentes de policía, los cámaras de televisión, el personal sanitario y los bomberos. Éstos le explicaron que, dada su ubicación, todavía no habían logrado acceder al último bloque cuando el edificio se vino abajo, así que no quedaba rastro de Mohamed. Era uno de los peores incendios de los últimos años y se había cobrado muchas víctimas mortales. Durante los meses siguientes, Max tuvo que pelear a menudo con el sentimiento de culpa y la impresión de que Mohamed había muerto en su lugar. Al cabo de un tiempo, en el solar donde estaban situados los cimientos del edificio construirían un gran hotel de cuatro estrellas.

–La muerte lo estaba esperando allí –me decía Max–. Cuánto mejor le hubiera sido no bajar de aquel avión. Con esa vida que llevaba, ¿no le daba lo mismo un país que otro?

Yo asentí en silencio.
IV
Cuando el revisor entró en el compartimento al caer la noche, se encontró a una mujer con sombrero y traje azul marino que leía abstraída sin ser consciente de su presencia. El revisor se preguntó si regresaría a París de un viaje de trabajo, pues tenía aspecto cansado, o tal vez algo triste. Después de comprobar el billete salió, cerró la puerta con suavidad y la dejó sola, pero no pudo evitar echarle un último vistazo antes de seguir con su tarea. Mientras avanzaba por el pasillo, entraba en los demás compartimentos y comprobaba un billete tras otro, el revisor no dejaba de pensar en aquella mujer. Tras recorrer el vagón se paró frente a una ventanilla, y a la vez que veía el paisaje boscoso y húmedo que pasaba velozmente ante sus ojos, trató de recordar los mínimos detalles de su aspecto. Después de reflexionar durante unos minutos, se dio cuenta de que la agradable sonrisa con la que lo despidió y aquella mezcla de elegancia, placidez y tristeza (pues era eso, más que el cansancio, lo que realmente transmitía) con la que se topó en cuanto abrió la puerta del compartimento, le hacían sentir ahora una profunda melancolía. El revisor se preguntó cómo habría empleado su tiempo la mujer a lo largo del día y qué se disponía a hacer cuando bajara del tren. Eso lo llevó a preguntarse también si habría alguien esperándola, a imaginar una intimidad compartida y a envidiar lo que, al mismo tiempo, no ignoraba que no eran más que simples conjeturas. Y como le había sucedido anteriormente en tantas ocasiones, preguntarse cómo sería la vida de otras personas le hizo reflexionar sobre la suya.

El revisor hacía por primera vez la línea Brest-París, se llamaba Max y tenía cuarenta y cinco años. Había nacido en Argelia y hasta los veinticinco había trabajado de mecánico en un taller de coches en Argel. Después de casarse, su mujer y él emigraron a Francia, alquilaron un apartamento en La Courneuve y a Max lo contrataron de recepcionista de noche en un pequeño hotel de Barbès. Pero aquel establecimiento no tardó en cerrar, así que Max desempeñó diversos empleos, y al poco de encontrar trabajo como revisor su mujer le echó en cara el haberla empujado a marcharse en busca de una oportunidad que no llegó, y por ese y otros motivos regresó sola a Argelia. Desde entonces, la soledad, la tristeza y una soterrada inquietud que acompañaba a Max desde su llegada a Francia iban en aumento. La policía solía pedirle la documentación cuando se apeaba del tren en La Courneuve. El portal de su edificio había sido destrozado en numerosas ocasiones. Los vecinos se peleaban entre ellos y se insultaban de una ventana a otra. Max frecuentaba los bares a los que acudían sus compatriotas, pero, aunque había olvidado ya a su mujer, seguía echando de menos a su familia y su vida en Argel, y tenía la impresión de no pertenecer ni a su país de origen ni al de adopción. Tal vez por eso, cada semana se fijaba en algún pasajero que por un motivo u otro llamaba su atención y se hacía preguntas sobre su vida. Sin embargo, de todas las mujeres a las que había visto en los vagones muy pocas habían sonreído al pedirles los billetes y ninguna le había atraído tanto como ésta.

El tren llegó a la estación Montparnasse y los pasajeros recuperaron sus maletas, se apearon y dejaron atrás los andenes en dirección a las cafeterías, los quioscos y las diferentes salidas. Max los observaba desde el interior de un vagón que se iba quedando paulatinamente vacío. Dentro de poco él también recorrería una estación prácticamente desierta, cogería la línea 4 de metro hasta Saint-Michel Notre-Dame y luego el tren hasta La Courneuve Aubervilliers, el mismo que conducía al aeropuerto Charles de Gaulle, de donde salían los aviones para Argel. Al día siguiente no trabajaba, así que, como de costumbre, tal vez se desviara hasta Barbès Rochechouart para tomar algo en algún bar donde poder alejar la soledad durante un rato. Se disponía a volverse cuando reparó en que la mujer del sombrero y el traje azul marino pasaba en ese momento por delante de la ventanilla con una pequeña maleta en la mano. Max la observó, y como ella levantó un instante la cabeza sus miradas se cruzaron. La mujer le sonrió y lo despidió con un leve gesto de la mano, así que Max la imitó y luego la siguió con la vista mientras caminaba en dirección a la salida más cercana. Se sintió ridículo al notar cómo le invadía una alegría culpable tras comprobar que no había nadie esperándola en el andén. En sus horas de soledad, muchas veces había reflexionado acerca de las variadas maneras en que las personas llegan a conocerse más allá de los bares o los lugares de trabajo. Mientras la veía alejarse, se preguntó si la mujer tenía que desplazarse a Brest por motivos profesionales, si la semana siguiente haría ese mismo trayecto, y si, en ese caso, al volver a verlo ella lo reconocería de nuevo.
V
La jornada del recepcionista nocturno en el pequeño hotel donde trabajo deja mucho tiempo para pensar, leer, ver una película o hacer lo que uno quiera. En general es un trabajo rutinario y las noches transcurren con tranquilidad, pero de vez en cuando las cosas se animan durante un rato.

Una noche de diciembre, a eso de las tres de la mañana, entró en la recepción un tipo de veinte años que no llevaba maletas y parecía apurado. Imaginé que iba a preguntarme si podía usar el cuarto de baño, pero lo que me preguntó fue si el hotel tenía acceso desde la calle de atrás, porque alguien amenazaba con tirarse por la ventana de una habitación de la sexta planta y la policía, a quien había llamado él, estaba a punto de llegar. Antes de que pudiera responderle,  entró un agente y me dijo que necesitaban saber urgentemente si existía aquella puerta trasera y si la ventana por la que asomaba el suicida potencial pertenecía a una habitación del hotel, o a uno de los apartamentos contiguos. Detrás de la recepción hay una puerta cerrada que da a la calle, así que busqué la llave entre los manojos guardados en el cajón del mostrador. Interrumpió la búsqueda otro agente que me ordenó seguirlo de inmediato, aunque antes de salir le dijo al testigo que esperara allí por si entraba alguien durante mi ausencia. Cuando llegamos a la calle trasera los demás policías estaban bastante irritados por mi tardanza, pero su compañero les explicó que yo había tenido que tomar medidas antes de venir para no tener problemas en mi trabajo. Una agente me ordenó mirar hacia la ventana, donde en ese momento no había nadie, y le dije que, efectivamente, pertenecía al hotel. Luego otro policía contó conmigo las plantas, estuvimos de acuerdo en que se trataba de la sexta, y la agente quiso saber qué habitación era y quién se alojaba allí. La habitación era la 67 pero los nombres había que buscarlos en el ordenador, así que unos volvimos apresuradamente a la recepción y otros se quedaron en la calle, hablando por radio e iluminando la ventana mientras llegaba un camión de los bomberos. Comprobamos que en aquella habitación se hospedaban dos personas con apellido anglosajón y subimos hasta allí, unos en ascensor y otros por las escaleras. Una vez en la sexta planta, le di la llave maestra al agente que dirigía la operación y desapareció junto con sus compañeros tras la esquina que se forma en un extremo del pasillo. Entre tanto iban llegando más policías y bomberos, que hablaban por radio o aguardaban en el rellano de la escalera. Uno de ellos me dijo que me alejara del pasillo y a continuación se situó de cara a la habitación, flexionó las rodillas, adelantó ligeramente la zurda y alzó la diestra a la altura de la culata de la pistola. Retrocedí hasta el ascensor preguntándome si realmente una situación como aquella podía degenerar en un tiroteo. Pasados unos segundos oí cómo los agentes abrían la puerta, entraban en la habitación e iniciaban con los clientes una conversación caótica en un inglés imposible. Al cabo salió un policía de cierta edad y le explicó por radio a alguien que sólo eran unos turistas que habían bebido y hacían el gilipollas en la ventana. Como yo estaba delante no hizo falta que lo repitiera, simplemente me transmitió con una mirada su opinión sobre aquellos fulanos y se fue escaleras abajo. Dejé pasar los minutos mientras continuaba la discusión, hasta que consideré que no me necesitaban en la sexta planta y le pregunté a un bombero que llegaba en ese momento si podía bajar. Me preguntó si yo era un amigo de los clientes, le contesté que era el recepcionista y me dijo que bajara si quería. En la recepción aguardaban un italiano con sus maletas, un ruso que necesitaba saber cómo funcionaba la conexión de internet, dos francesas que querían pagar la estancia para no tener que hacer cola al día siguiente, y el transeúnte que había llamado a la policía. Mientras iban bajando bomberos y policías invité al ruso a sentarse en la salita contigua, hice la llegada del italiano, y me disponía a cobrarles a las francesas cuando el agente al mando les preguntó si no les molestaba esperar un momento. Ellas asintieron sonriendo con timidez y el policía, más que nada por guardar las formas, procedió a tomar mis datos y los del testigo. Éste estaba avergonzado por haber dado la alarma y ver ahora en qué había terminado todo, pero el agente le dijo que no se preocupara, que había hecho lo correcto al llamarlos. Luego se dirigió a las clientes y les explicó que también iba a tomar sus datos por si eran requeridas como testigos. Ellas se aprestaron a dárselos, pero el agente sonrió.

–Era broma –dijo.

Mientras tanto, policías y bomberos bajaban las escaleras, charlaban e iban saliendo. Me pregunté cuántas historias similares estarían sucediendo en ese momento en otras zonas de la ciudad. Al cabo de unos minutos, tuve la impresión de que todos se habían ido con la misma rapidez con la que habían llegado. Les cobré la estancia a las clientes, e iba a sentarme para seguir leyendo cuando me acordé del ruso que tenía dificultades para conectarse a internet. Fui hasta la salita pero no estaba allí: debía de haber subido a su habitación, tal vez impresionado por la presencia policial, o asustado, o simplemente aburrido. Al volver a la recepción, observé bajo la luz de las farolas los árboles de la calle, la parada de autobús situada delante del hotel y los copos de nieve que comenzaban a caer. Luego me acomodé en el sillón tras el mostrador, encendí el flexo y retomé la lectura.

1 comentario:

Julio dijo...

El relato está muy bien. Para mí consigue algo que no es nada fácil que es trasladar al lector a un mundo que le es desconocido, al menos para mí: el mundo de la hotelería. Además la frenética sucesión de acontecimientos como una especie de montaña rusa en el que hay momentos cómicos dramáticos e incluso trágicos hace la lectura super entretenida. Enhorabuena me ha encantado.