martes, 12 de junio de 2018

LOUISIANA

UN RELATO DE JAMES T. McDONALD TRADUCIDO POR ANTONIO DE CASTRO.
He was standing in the door, I was standing in the rain
With the same hot blood burning in our veins
Adam raised a Cain
            Bruce Springsteen
1
Mientras conducía de mañana camino de su trabajo, Tom Jacobs no se encontraba tan animado como de costumbre. El coche avanzaba por la sinuosa carretera de una zona pantanosa poco después de amanecer. La radio despertaba a los oyentes con el piano de Proffesor Longhair, pero Tom no le prestaba atención. Los acontecimientos de los días anteriores seguían danzando de forma siniestra dentro de su cabeza.

Aquel asunto había comenzado un par de meses atrás en la fábrica donde ocupaba el antiguo puesto de su padre. Más de un peón de color se había largado por culpa de Nichols, el capataz, y eso le convenía hacer a Tom desde que aquél la había tomado con él. Pero a Tom se le ocurrió una idea para que Nichols dejase en paz definitivamente a los peones negros. Al volver de la fábrica aparcó junto a un edificio situado a un par de kilómetros de la ciudad, desde donde veía el cauce amplio y apacible del Mississippi. Bajó del coche, entró en el oscuro bloque de cuatro plantas, subió las escaleras y llegó a una habitación en penumbra del tercer piso. Un tipo grande y musculoso tocaba unos acordes de guitarra sentado frente al balcón. Se volvió al oírlo entrar y sonrió al verlo.

De vuelta a casa,   Tom sonreía levemente al pensar en cómo iba a actuar su amigo Dave. La noche siguiente, después del final del turno de tarde en la fábrica, éste se encontró con Nichols en el portal de su casa mientras Tom los observaba oculto en la penumbra de los soportales al otro lado de la calle. Nichols se defendió como pudo, pero al minuto no hacía más que recibir puñetazos y a los dos rodaba por el suelo con algunos huesos rotos y la cara irreconocible.

Nichols pasó varias semanas en el hospital. Tom había adquirido un nuevo prestigio entre sus compañeros, negros y blancos, que no se cansaban de repetir en voz baja cómo Dave le había partido la cara al capataz gracias a él. Pero cuando éste volvió, las cosas se pusieron mucho peor que antes. Nichols estaba seguro de que la paliza había sido un regalo de alguno de sus hombres, y quería saber a cuál se lo debía. El capataz sólo los dejaría en paz cuando alguien le dijera quién había preparado aquella jugada.

Tom estaba asustado, la situación se le había ido de las manos y Dave no podía ayudarlo ahora. Sus compañeros, negros y blancos, no dudaron en volverse contra él. Decían que Tom era un cobarde, que no tenía agallas para hablar con Nichols y que los iban a hundir por su culpa. Incluso se rumoreaba que estaban dispuestos a contar lo que sabían...
2
Estaba lloviendo cuando Tom aparcó frente al portalón metálico, apagó la radio y salió del coche. Sus compañeros lo miraban con desagrado y se volvían a su paso. “Como siempre”, pensó, pero su actitud era más fría y distante que de costumbre. Llegó al cobertizo donde guardaban los monos, y antes de que pudiera ponerse el suyo un negro corpulento vestido con una camisa desteñida se acercó hasta él.

–Lárgate, Tom –le dijo–. Nichols está seguro de que fuiste tú.

Tom bajó la cabeza.

–Ahora quiere verte –siguió su compañero–. Tienes que desaparecer antes de que te encuentre.

–Tranquilo –interrumpió Tom–. Si hablo con él ahora puede que lo convenza de que no tengo nada que ver con la paliza. No tiene testigos.

A continuación caminó asombrado hacia las oficinas, incapaz de entender cómo alguno de sus compañeros había sido capaz de delatarlo. Llegó hasta el despacho de Nichols y se detuvo unos segundos frente a la puerta, pensando en lo que iba a decir. Luego llamó dos veces y entró. El capataz estaba sentado junto con otros tres blancos. Se volvió y miró a Tom de arriba abajo.

–Hola, negro –le dijo–. Te has pasado de listo. Me recuerdas al imbécil de tu padre, sólo que él daba la cara.

Tom suspiró y cerró los puños.

–Pero no importa –siguió Nichols, acercándose a él–. Lárgate de aquí y mejor que no volvamos a vernos nunca, negro de mierda.

Tom se dirigió hacia la puerta mientras las palabras del capataz acerca de su padre resonaban en su cabeza. Iba a salir cuando notó la mano de Nichols en el hombro.

–Te olvidas de algo –oyó a su espalda.

Nichols le pegó un puñetazo y lo lanzó contra la pared. Antes de que pudiera reponerse Nichols le envió un nuevo golpe. Tom cayó al suelo con la nariz ensangrentada.

–¡Vamos, negro! –exclamó el capataz levantándolo por el cuello de la camisa–. ¡Tu padre aguantaba más!

Tom lo golpeó con la rodilla en el estómago, le estrelló la cabeza contra la puerta y le pegó furioso en la cara. Los otros tres lo sujetaron y lo tiraron al suelo. Tom intentaba levantarse cuando recibió una patada en el estómago. Después de reponerse y escupir la sangre de la boca, Nichols lo agarró y lo arrojó sobre la mesa. Tom trató de incorporarse, pero un puñetazo en la mandíbula lo dejó medio inconsciente. Abrió los ojos en el momento en que Nichols lo golpeaba de nuevo. Cayó de la mesa, se estrelló contra una silla y acabó en el suelo. Nichols le pegó varias patadas en la cara. La sangre empezó a salir de su boca. “Ya tienes lo tuyo, hijo de puta”, le pareció oír, “ahora vamos a por tu amigo”. Luego perdió el conocimiento.

Se despertó media hora después tumbado en el asiento delantero de su coche. Sentía dolor por todo el cuerpo. Tenía el rostro hinchado y ensangrentado, se preguntó qué habrían pensado sus padres de verlo así. La lluvia resonaba sobre el tejado del cobertizo. Su compañero se encontraba a su lado.

–Nichols ya se ha ido –murmuró–. Tuviste suerte de que no te mataran. Ahora tienes que largarte, Tom. Yo puedo dejarte dinero.

–Calma –respondió Tom débilmente.

Se irguió con un esfuerzo y se recostó en el respaldo del asiento. Tenía que ir a avisar a Dave.

–No te preocupes por mí –dijo, mientras encendía el motor–.  Y gracias por la ayuda.

–Ten mucho cuidado. Esos tipos son demasiado duros para nosotros.

“Ya lo veremos”, pensó Tom. Encendió el motor y condujo hacia la vivienda de Dave sobre una carretera mojada y resbaladiza. Seguía lloviendo, más allá de la espesura podía ver cómo se agitaban las aguas marrones del Mississippi.

Tom redujo la velocidad al aproximarse al edificio y echó un vistazo en los alrededores antes de aparcar. No parecía haber nadie por aquella zona. Salió del coche y entró en el bloque, cruzó un pasillo a oscuras y llegó al patio. Allí se detuvo bruscamente: frente a él, colgado por el cuello de la barandilla de uno de los balcones, estaba el cuerpo desnudo de Dave. El cadáver de su amigo tenía un balazo en cada rodilla, heridas de cuchillo en los brazos y en el torso y cortes en las ingles, de donde todavía salían gotas de sangre que se deslizaban por los muslos e iban a parar al suelo empapado de rojo. Tom lo miró fijamente mientras las lágrimas inundaban sus ojos. Suspiró con dolor; salió del patio y se paró al comienzo del pasillo. Desde allí oía la lluvia incesante. Se quedó un instante junto a las escaleras, luego subió al coche y se dirigió hacia la ciudad.

Estaba cayendo la tarde, pero debido al cielo tormentoso ya era de noche. Tom tenía una idea de lo que debía hacer. Su padre siempre decía que alguien que ve la crueldad y la injusticia a su alrededor y, finalmente, la sufre en su propia carne, acaba por tomar partido contra ella. Puede ser un hombre tranquilo, o tal vez un cobarde, pero al final se ve obligado a defenderse usando los mismos métodos que su agresor...
3
Tom llegó a la ciudad, salió del coche y entró en su casa. Una vez en el interior del pequeño apartamento se sintió más tranquilo. Sin embargo, tenía que actuar deprisa. Fue hasta su habitación, abrió un cajón del armario y sacó un revólver que Dave le había regalado tiempo atrás. Luego salió del apartamento y volvió a subir al coche.

Nichols y los suyos estaban reunidos en el piso de arriba del local del puerto al que iban más a menudo. Tom aparcó junto a un embarcadero y cogió el revólver. Luego bajó del coche, cruzó la calle y entró en el portal.

No había luz en las escaleras. Allá arriba se veía una línea luminosa por debajo de una de las puertas del pasillo de la primera planta. Mientras sujetaba el revólver con una mano húmeda, Tom subió lentamente tratando de no hacer ruido sobre los escalones. Su corazón latía con rapidez. Llegó ante la puerta y se detuvo, y noto una sensación de mareo en cuanto oyó hablar a Nichols allí dentro. Apretó los dientes, abrió de una patada y disparó varias veces. Uno de los blancos cayó con un balazo en el pecho y Nichols recibió un impacto en un brazo. Los otros dos abrieron fuego hacia el pasillo y Tom se puso a cubierto fuera del piso, pegándose a la pared junto a la puerta.

Los blancos reaccionaron con rapidez. Se habían parapetado tras una mesa caída en el centro del cuarto. Frente a ellos, cerca de la puerta, estaba el cadáver del otro tipo con un hilo de sangre saliendo de su pecho. El capataz tenía una bala en el brazo izquierdo, pero eso sólo aumentaba sus deseos de atrapar a Tom y liquidarlo.

Fuera, éste se daba cuenta de lo incierto de su situación. Aquellos tipos lo superaban en número y armamento, y siempre salían airosos de asuntos como aquel. No había esperado que aquello fuera a terminar así, se había metido él mismo en la boca del lobo. Tenía que largarse de allí cuanto antes, pero no era fácil: si abandonaba la esquina del pasillo en la que se encontraba y corría escaleras abajo, se pondría al descubierto frente a la puerta de la habitación. Y seguir subiendo sería igual de inútil, pues lo cazarían con facilidad al llegar al último piso. Estaba atrapado como un cangrejo de río. Trató de no sentir desesperación. Los blancos lo tenían en sus manos, como habían tenido a Dave y a tantos otros. Se pegó a la pared con la boca reseca y un sudor gélido en el pecho. “¡Te vamos a matar, negro!”, le pareció oír como en una pesadilla. Sintió un escalofrío al comprender que era el final del camino para él. “Habéis ganado”, pensó con amargura, “pero no podréis cogerme”. Sujetó con fuerza el revólver, saltó hacia la puerta y abrió fuego, pero no logró entrar en la habitación. Un disparo le acertó en un hombro y lo hizo retroceder. Un nuevo balazo le desgarró el pecho, otro le perforó las costillas. Sintió un dolor intenso, trató de apoyarse en la pared y cayó al suelo sin vida.

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