miércoles, 2 de mayo de 2018

LA ESTRELLA Y LA MEDIA LUNA


1
El autobús se detuvo frente a la garita del control militar y dos soldados montaron por la parte de delante y comenzaron a pedir los pasaportes a los viajeros. Con la única excepción de Pierre Durand, éstos eran habitantes de Estambul o emigrantes que regresaban de Alemania para pasar unos días con sus familias en sus pueblos de origen del Kurdistán turco. Tanto Durand como los turcos con doble nacionalidad tuvieron que apearse. Durand fue conducido al interior de la garita, donde un soldado que hablaba inglés le preguntó su nombre y el de sus padres, mientras otro anotaba los datos sentado ante un ordenador y otros dos, en tono de burla bienintencionada, comentaban que era la primera persona de otro país que ponía los pies allí en mucho tiempo. No parecían malos tipos, pero Durand pensó que habían sido hombres como ellos quienes violaron y asesinaron durante los años del genocidio kurdo; violaron y asesinaron a gentes como las que viajaban ahora junto a él, y a mujeres como la suya. Cuando el soldado que hablaba inglés le preguntó el motivo de su viaje, Durand le explicó con pocas palabras que iba a visitar al hermano de su mujer, lo cual era cierto en parte. El soldado lo miró con suspicacia y le preguntó por qué su mujer no iba con él, a lo que Durand respondió que su mujer había sido asesinada dos meses antes. En un tono diferente al empleado hasta entonces, el soldado quiso saber cuánto tiempo habían estado casados y Durand le mintió, pues se le antojaba que responder el tiempo real habría supuesto enturbiar su recuerdo. A continuación, su interlocutor le indicó que saliera de la garita y ordenó al conductor del autobús que abriera el portaequipajes. Durand sintió cómo los latidos de su corazón se aceleraban, no porque corriera peligro en ese momento, sino porque tal vez fuera a correrlo a la vuelta, cuando el vehículo pasara de nuevo por allí de regreso a Estambul después de que Durand hubiera llevado a cabo lo que lo había conducido hasta el este de Turquía. Los demás pasajeros lo miraban desde el otro lado de las ventanillas, mientras el conductor tiraba de la portezuela con gesto de contrariedad y el auxiliar señalaba el reloj para indicar que sufrían retraso. Durand sacó su maleta y el soldado que hablaba inglés la abrió y la registró brevemente. Luego le dijo que aquello era todo y le indicó que subiera al autobús. Unos segundos después, Durand se acomodaba en su asiento mientras el conductor encendía el motor y retomaba el viaje. Aquella había sido la última parada antes de llegar a la ciudad de Dersim, capital de una de las provincias más castigadas durante el genocidio. Durand llevaba casi veinte horas en el autobús, después de salir de Estambul de mañana y recorrer una ruta en la que se sucedieron espesos bosques de coníferas, verdes praderas surcadas de pequeñas arboledas, desiertos arenosos, montes bajos entre los que discurrían ríos de aguas grises, y finalmente el imponente paisaje montañoso surcado de fragorosos torrentes por el que llevaban circulando la última media hora.
2
Durand había conocido a Gülfer Arslan en París, tres años antes, cuando él trabajaba de cámara en un programa literario de televisión. Durante una de las emisiones, ella y otros intelectuales turcos de origen kurdo debatieron sobre la conflictiva situación en Turquía tras el afianzamiento en el poder de Tayyip Erdogan y la progresiva islamización del país. Gülfer era profesora de Literatura Francesa en la universidad de Ankara y acababa de publicar la novela de tema político La estrella y la media luna, que en seguida fue prohibida por el gobierno y condujo a su autora a un paso de la prisión. Después de la emisión, cuando aún no habían salido del plató, Durand se acercó hasta ella llevando consigo un ejemplar del libro traducido al francés y perteneciente a un amigo suyo, y le pidió con timidez que se lo firmara. Gülfer creyó que el libro era para él y se sintió honrada por ello, y Durand prefirió no desmentir el malentendido. A pesar de que nunca había sentido especial interés por la política en Oriente, y no consideraba a Turquía más que un país islámico en el que los europeos gustaban de hacer turismo pese a que allí no se respetaran los Derechos Humanos, a Durand no le costó entablar una conversación con ella. Fueron juntos hasta el restaurante donde a la autora la esperaban varios miembros de una asociación kurdo-parisina, de camino hablaron de cine y literatura, y antes de despedirse ante la puerta del local acordaron verse de nuevo al día siguiente. Durand y Gülfer se vieron cada uno de los cinco días que ella pasó en París, y varias semanas después, aprovechando las vacaciones de Durand, se reunieron en Estambul. A partir de entonces, Durand viajaba a Turquía siempre que le era posible, ya que a Gülfer le habría resultado mucho más complicado conseguir los visados para entrar en Francia. Después de la atracción inicial, pronto surgieron diferencias entre ellos. En su mayor parte tenían que ver con la distancia entre el carácter desprendido de Gülfer, propio de quien había crecido con siete hermanos y había conocido duras circunstancias durante su infancia, y lo que ella llamaba el egoísmo europeo de Durand, debido fundamentalmente a una vida organizada en torno a la búsqueda de la tranquilidad y a una comodidad y unos hábitos que no soportaba ver alterados. Gülfer había nacido en una zona remota de las montañas de Dersim. No solía hablar de su niñez salvo en contadas ocasiones, normalmente cuando ambos se despertaban de madrugada y pasaban un rato charlando en voz baja. Fue así como Durand supo que a los siete años ella había perdido a sus dos hermanos mayores, enrolados en una guerrilla kurda y fallecidos en combate en la frontera entre Turquía e Irak. Era más raro que ella le hablara de recuerdos anteriores, como la presencia constante de militares en la zona, el silbido de las balas por delante de las ventanas, la cercanía de otras familias con hijos desaparecidos, el dolor por los muertos recientes, el duelo permanente de jóvenes y adultos y el aprender a no decir nada, probable origen de sus ocasionales silencios, que no estaban reñidos con un carácter generalmente alegre y positivo. A Durand le sorprendía que Gülfer entendiera su falta de seguridad en sí mismo y sus debilidades, habiendo tenido vivencias tan diferentes y siendo ella una persona en apariencia fuerte y segura.

Algo más de un año después de haberse conocido, Gülfer le propuso a Durand grabar en vídeo una película documental con diversos testimonios de supervivientes del genocidio kurdo. Para ello se desplazarían hasta Dersim y entrevistarían a ancianos conocidos de su familia, y luego montarían el material en el estudio parisino en el que él trabajaba. Durand sintió temor ante el riesgo que suponía salir de aquella zona controlada por el ejército turco con esas grabaciones en la maleta, y terminaron aplazando el proyecto. En realidad, ninguno de los dos ignoraba que lo estaban aparcando definitivamente y Durand se sintió culpable, pero de nuevo le sorprendió que Gülfer pareciera comprender su miedo, pese a no sentirlo ella misma.

Pasados unos meses, mientras trabajaba en el guión de un nuevo proyecto que les permitiera grabar sin tener que desplazarse de París, a Gülfer le ofrecieron un intercambio con un profesor de La Sorbona, y no dudó en aceptar. Las cosas iban a peor en Turquía y la enseñanza se resentía por ello. El gobierno encarcelaba a periodistas, desempeñaba el papel de gendarme ante la creciente llegada de emigrantes, maltrataba con impunidad al pueblo kurdo y mantenía una relación peligrosamente ambigua con el Estado Islámico. A Gülfer el ambiente en la universidad se le hacía irrespirable. Una tarde salió a la calle después de una agria discusión con un compañero de Departamento, y cuando iba a subir a su coche, aparcado delante del edificio, un desconocido se le acercó pistola en mano y le descerrajó un tiro en la cabeza, matándola en el acto. La policía no mostró interés por encontrar al asesino, y no tardaron en cerrar el caso.
3
El autobús circulaba a poca velocidad por una carretera escarpada y llena de curvas mientras se aproximaba a la capital de Dersim. Durand contempló a ambos lados los elevados montes de tonalidades terrosas, cubiertos de árboles y matorrales, entre los que discurría un río de aguas revueltas. A lo lejos distinguía ya las primeras casas desperdigadas por las laderas, y se preguntó si en alguna de ellas había nacido Gülfer. Sonrió al recordar su sonrisa, sus ojos oscuros de mirada inteligente, su alegría y su coraje ante la vida. Zafer Arslan lo estaría esperando en la estación de autobuses, y esa misma tarde se desplazarían hasta una aldea cercana y harían la primera de las entrevistas que tenían planeado grabar. Pasados unos minutos, después de doblar una curva muy pronunciada, la carretera se volvió más practicable, el autobús ganó velocidad y Durand pudo ver en el valle que se formaba entre dos montes los edificios y las calles del centro de Dersim.