viernes, 22 de diciembre de 2017

SCHOOL DAYS (XIV)

Una noche, mi tío Javier volvía del centro del pueblo después de jugar al balonmano o de ver un partido de fútbol en el bar de la plaza, y al detener el coche ante el portal del garaje se dio cuenta de que no llevaba consigo las llaves. El bloque de viviendas era uno de los pocos que había entonces en aquella pequeña avenida de las afueras, bulliciosa durante el día porque en ella está situado el colegio, pero tranquila y solitaria a esa hora. Javier aparcó, salió a la calle, subió a casa en el ascensor, cogió las llaves, volvió a bajar, y cuando regresó a la puerta del garaje el coche ya no estaba. Se lo habían birlado limpiamente. El coche no volvió a aparecer, y semanas después Javier compraba otro que le duró muchos años y siempre guardaba en el garaje en cuanto llegaba del centro.

Menos afortunados fueron los que robaron el coche de mi abuelo, estacionado durante la noche en la zona cubierta del patio del colegio. El amplio recinto estaba delimitado por dos bloques de viviendas y un gran edificio de ocho plantas y más de cien habitaciones, que a partir de junio servía de residencia para veraneantes y en invierno de internado. Era sorprendente que los ladrones hubieran conseguido hacerse con el coche, ya que al patio lo separaba de la calle un muro de varios metros de altura, y romper la cadena o el candado de la pesada puerta metálica que le servía de acceso tenía que haber sido una operación sumamente ruidosa en una noche tranquila de invierno. Al día siguiente, cuando los alumnos del colegio salimos al recreo descubrimos la ausencia del coche. Mi abuelo ya había dado parte a la Guardia Civil, pero ese día no hallaron rastro del vehículo. Un tarde de la semana siguiente, yo regresaba caminando a mi casa en la aldea, y al pasar por delante del patio, aún abierto a esa hora, volví a ver el coche en su sitio habitual. Tenía el morro destrozado, el parabrisas hecho pedazos y las puertas desencajadas, y al acercarme hasta allí pude distinguir rastros de sangre entre los cristales rotos que cubrían los asientos delanteros. Cuando llegué a casa, mi padre me contó lo sucedido. Al parecer, los dos ladrones habían dado vueltas durante unos días para despistar a la Guardia Civil, y luego se acercaron hasta un pueblo de la costa a quince kilómetros del nuestro, creyéndose a salvo, y se corrieron una juerga en un bar de la playa. Más tarde el dueño del local los vio subir al coche con una buena tajada encima. No llegaron muy lejos: al tomar la primera curva se salieron de la carretera, se estrellaron contra un árbol (allí fue donde apareció el vehículo al día siguiente), bajaron con las narices reventadas y huyeron por el pinar contiguo perdiéndose en la noche.

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