lunes, 24 de octubre de 2016

ESCAPADA


Nuestra profesora de Lengua Gallega en COU, allá por 1992, era una honrosa excepción al estilo profesoral combativo y montaraz con el que, tal vez por una simple cuestión de estadística, nos habíamos topado una y otra vez en dicha asignatura los cursos anteriores. Pero sí formaba parte de él su sustituta cuando aquélla estuvo de baja por enfermedad durante la primera evaluación. Se llamaba Ana, venía de La Coruña y tendría veinticuatro o veinticinco años. Algo en la deriva reivindicativa hacia la que solían escorarse sus clases mostraba a la legua, como si lo llevara escrito sobre la cabeza en grandes letras de neón, que todavía estaba bajo los efectos de una vida universitaria intensa e inolvidable, una loca juventud de sindicatos de estudiantes, Erasmus, conciertos folclóricos en la zona vieja de Santiago y manifestaciones en la plaza de la Quintana para pedir las pelotas del Rector de turno. Había alquilado un apartamento en un barrio de las afueras y por la tarde se la veía paseando por las calles del centro, donde le gustaba relacionarse con los aborígenes (“bos días, Xosé”, “graciñas, Isabel”, “deica logo, Xavier”), o tomando café en compañía de otros profesores que también se habían instalado en la comarca al empezar el curso.

A mediados de la primera evaluación, Ana y un par de compañeros decidieron organizar una salida hasta La Coruña para ver una obra que se representaba en el Teatro Colón. En realidad no se ocuparon de dirigir personalmente la expedición, ya que fletaron un autobús que partiría del pueblo un jueves a media tarde y nos llevaría a la ciudad, y allí estarían esperándonos ellos. Para nosotros resultaba nuevo que nos dejaran solos en un viaje como aquél, pero Ana y su gente consideraban que ya no éramos unos niños de primero de BUP sino unos fulanos maduros y responsables a un paso de la universidad, y por tanto bien podíamos empezar a desenvolvernos sin que hubiera siempre algún profesor pendiente de facilitarnos las cosas. Pero Ana y su gente no sabían con quiénes se estaban jugando los cuartos. Los cuartos se los estaban jugando, entre otros, con José Andrés Varela, un chaval de una aldea de los alrededores que estudiaba COU en el mismo grupo que yo, y se apuntó a la excursión junto con un par de amigos de la misma zona y también compañeros de curso. José Andrés era un tipo bajito, robusto y duro como un ladrillo, poseedor de una involuntaria capacidad de liderazgo y una admirable facilidad para verse envuelto en toda clase de enrevesados conflictos. Más allá de su aire campechano y su risa cordial y espontánea se podía atisbar un fondo peligroso, en especial para quienes acudían en busca de bronca a los tugurios que frecuentaba los fines de semana y lo suponían una presa fácil. Durante los recreos, solían venir a verlo amigos que habían dejado el instituto tras haber repetido curso una y otra vez y ahora estudiaban formación profesional, trabajaban en una gasolinera o estaban haciendo la mili. La suya era una vida de Vespinos con el motor trucado, motos de trial, coches viejos puestos a punto y furgonetas en las que los sábados por la noche recorrían las aldeas de la zona de discoteca en discoteca. Todos trabajaban en el campo después de las clases o cuando disponían de tiempo libre, y sobre ellos pesaba la permanente posibilidad de recibir una paliza en casa por unas malas notas, o porque llegaba a oídos de sus padres alguna trastada reciente. Sin embargo, José Andrés era muy buen estudiante, y al terminar el curso nos contaría que había estado a punto de recibir el premio extraordinario de Bachillerato, aunque probablemente se estuviera quedando con nosotros. A mí me dejaba apuntes y nunca pareció molestarle que la víspera de algún examen lo llamara por teléfono a horas intempestivas, angustiado, para preguntarle dudas que me aclaraba con insólita paciencia.
El jueves por la tarde, un grupo de quince o veinte alumnos de los dos cursos de COU donde daba clase Ana salimos del instituto, subimos al autobús y partimos hacia La Coruña. Al mando estaba la delegada de nuestra clase, miembro del Consejo Escolar y futura estudiante de Periodismo a un paso de la Selectividad, de Santiago y de la gloria. Yo iba con Miguel, mi compañero de pupitre, un chaval de Ciudad Real que había llegado al pueblo cuatro o cinco años antes, y con el que me había entendido bien desde que coincidimos en la misma clase el curso anterior.
Después de un viaje sin más historia que las inevitables canciones cuarteleras y los habituales comentarios jocosos al pasar por delante de la casa de putas que había a unos kilómetros del pueblo, llegamos a La Coruña y el conductor nos dejó delante del teatro, donde nos esperaban Ana y sus compañeros. Éstos charlaron un momento con la delegada y sus amigas, mientras la chusma aguardábamos contando las palmeras de los cantones o admirando a la maciza cuarentona que se ocupaba de uno de los quioscos, y luego fuimos entrando y ocupando las butacas asignadas. Pese a estar ambientada en el medio rural al que pertenecían todos ellos y reflejar unas circunstancias que conocían bien, a José Andrés y su hueste la obra les importaba medio carajo. Miguel y yo los vimos sentarse cerca de nosotros mientras miraban alrededor con fingida admiración pueblerina, vacilaban al acomodador, se mostraban incapaces de abrir las butacas y se metían mano como si estuvieran con unas chavalas en la fila del fondo. Se apagaron las luces y empezó la obra, y cuando se encendieron en el descanso un rato después, ellos ya se habían ido.
A eso de las diez terminó la obra y volvimos a reunirnos delante del teatro. Los profesores se despidieron de la delegada y se alejaron en dirección a la calle Real y nosotros nos quedamos esperando el autobús, que para recogernos debía aparcar frente a un McDonald’s próximo al edificio. Había llovido poco antes y hacía bastante frío, así que cerramos cremalleras y subimos cuellos de abrigos. Miguel y yo observamos que además de José Andrés y sus amigos, también faltaban tres o cuatro alumnos del otro curso. El tiempo iba pasando, el autobús no llegaba, y al cabo de un rato alguien se dio cuenta de que le habían dicho al conductor que aparcara delante del McDonald’s, pero en realidad en aquella avenida había tres y nadie precisó a cuál de ellos se referían. La delegada pidió calma, y en medio de discrepancias y deliberaciones sobre qué hacer, vimos llegar caminando a trompicones por una calle cercana a los del otro curso. Al pararse delante de nosotros, uno de ellos nos ofreció un teléfono arrancado de una cabina, por si queríamos llamar a nuestros padres para decirles que íbamos a llegar tarde. Sus tres compañeros se tambaleaban cogidos por los hombros y cantaban, borrachos y emocionados, el “Hey Jude” de los Beatles. Entre tanto, alguien propuso enviar pequeños grupos a esperar por el autobús delante de los otros dos McDonald’s. Pero la idea fue desestimada porque la avenida era muy larga, nadie sabía a qué altura estaban situados los locales, y antes de que nuestros compañeros llegaran hasta ellos el autobús podía terminar aparcando en las inmediaciones del teatro, lo que aumentaría el desconcierto y la dispersión. Siguieron las deliberaciones, nadie se ponía de acuerdo, y al cabo de unos minutos vimos aparecer a lo lejos, bajo la luz de las farolas del otro lado de la avenida, a José Andrés y su gente. Cruzaron la calzada en fila y sin apenas mirar a los lados y en seguida llegaron junto a nosotros. Venían alterados, confusos, desharrapados y sudorosos. Al parecer, se habían peleado con unos fulanos en una discoteca del Orzán y habían tenido que huir debido a su inferioridad numérica. José Andrés decía que se iban a enterar, que iba a llamar a un amigo que tenía pistola –un tal Mannix–, que se les iban a poner los cojones de corbata. Mientras, alguna gente se agrupaba en torno a una cabina para telefonear a sus padres, explicarles lo que estaba sucediendo y decirles que aún iban a tardar un buen rato en volver a casa. Habían llamado tres o cuatro, cuando una alumna se volvió hacia ellos señalando al otro extremo de la avenida y exclamó, emocionada y optimista: “¡el autobús!” Miramos en aquella dirección y vimos cómo el vehículo se aproximaba por una calzada solitaria, a cierta velocidad y sin dar la impresión de disponerse a parar en el lugar convenido. La gente echó a correr en desbandada hacia él, pero cuando llegaron a su altura el conductor no apartó la vista del frente ni redujo la marcha, el autobús los dejó atrás ganando distancia rápidamente, y pronto se desvió a mano izquierda y desapareció por una calle transversal. José Andrés y sus amigos corrían a trompicones sin parar de reír porque conocían a aquel fulano, era el mismo que conducía el transporte escolar en el que volvían a casa todos los días. De regreso al teatro, algunos chavales pasaron al galope por delante de un hotel que quedaba de camino, pisoteando la alfombra y derribando un tiesto ante el asombro de un botones vestido con levita y chistera.
Debía de ser la una de la madrugada y seguíamos en el punto de partida, sin tener ni idea de qué hacer. Los ánimos se encrespaban, algunos alumnos se echaban en cara mutuamente la falta de previsión y opinaban que la salida había sido un fracaso. Otros bailaban al ritmo de una música imaginaria como si no tuvieran prisa por volver y la noche pudiera prolongarse indefinidamente, y había quienes descansaban sentados sobre la acera con la espalda reclinada contra la fachada del edificio. José Andrés y sus amigos charlaban apoyados en la marquesina de una parada de autobús, hasta que José Andrés se colgó de un salto de la estructura metálica y el agua acumulada en el techo les cayó encima. Las ocasionales parejas de mediana edad que regresaban a sus casas contemplaban con asombro, indignación o miedo a aquella turba heterogénea reunida a las puertas del teatro. Miguel y yo decidimos coger un taxi, ya que a esa hora el trayecto no debía de ser muy caro, y les propusimos compartirlo con nosotros a dos chicas del pueblo que habían venido juntas. Les pareció una buena idea, e íbamos a echar a andar hacia la parada que veíamos cerca de allí, cuando oímos entre murmullos que alguien le había arrancado la antena a un coche aparcado detrás del teatro y la policía ya estaba al tanto; tal vez porque, como explicó un compañero bien informado, nos encontrábamos a un paso de la Diputación Provincial y la Subdelegación del Gobierno. La delegada y su gente miraban a su alrededor atemorizadas, algunos alumnos del otro curso aguardaban ilusionados y expectantes, y José Andrés y los suyos charlaban animadamente sin ser conscientes de lo que sucedía. En la acera de enfrente había un policía municipal parado junto a un semáforo.
–¡Mira, un madero! –dijo José Andrés entre asombrado y divertido.
–Y ahí hay cinco mas –comentó uno de sus secuaces.

Varios agentes se habían reunido en cuestión de segundos y no apartaban la mirada de nosotros. Miguel, las chicas y yo nos separamos del grupo, y de camino a la parada pudimos ver cómo los policías cruzaban la calzada y cargaban contra nuestros compañeros, que echaron a correr al mismo tiempo como si unos y otros hubieran estado coordinados por algún resorte invisible. Pasados un par de minutos, antes de subir al taxi, Miguel, las chicas, el conductor y yo miramos por última vez hacia el teatro, pero ya no se veía a nadie en aquella parte de la avenida.