viernes, 1 de julio de 2016

AL SUR DEL PACÍFICO

Got no future, got no hope
Just nothin’ but the rope
Tradicional
Llegué a Tahití al poco de cumplir diecisiete años, después de huir de Inglaterra dejando atrás una muerte y el camino al patíbulo. Durante la travesía, mientras observaba a los pasajeros que recorrían la cubierta de primera clase y contemplaban el mar, comprendí que nada iba a cambiar por mucho que me alejara de mi país. Viví en una posada de Papeete, y cada mañana buscaba trabajo por los muelles mientras veía desembarcar en otra parte del puerto a visitantes adinerados y cada vez más numerosos. Envidiaba el lujo y la comodidad de los que disfrutaban los recién llegados, y sobre todo les envidiaba sus mujeres, en quienes pensaba cada vez que me acostaba con alguna prostituta, tras haber ganado un poco de dinero en algún empleo miserable a las órdenes de capataces a sueldo de compañías dirigidas por muchos de aquellos hombres.
 
Al cabo de un tiempo conocí a Robert Brennan, un americano que planeaba contratar peones en Samoa, y me enrolé en su goleta. Después de una corta travesía avistamos una isla. Nos aproximamos a tierra, franqueamos el arrecife y anclamos en el interior de la laguna mientras algunos nativos nos observaban desde la playa y otros se acercaban en sus canoas. Parecían amigables y dispuestos a enrolarse, pero aquella noche rodearon en silencio la embarcación, subieron a bordo, pasaron a cuchillo a los canacas que dormían en cubierta y cayeron sobre nosotros. Logramos repelerlos a tiros antes de levar el ancla y huir, y al cabo de varias semanas regresamos con una tripulación de hombres blancos bien armada. Desembarcamos en la bahía y nos adentramos tierra adentro, incendiando los poblados y matando a los nativos que huían hacia la costa. Allí nos esperaba la goleta, de modo que quedaron acorralados y se arrojaron a nuestros pies suplicando clemencia. Matamos a muchos de ellos, pusimos grilletes al resto y zarpamos de nuevo. Durante la travesía hacia las plantaciones de Queensland, cada noche nos emborrachábamos y luego Brennan llevaba una nativa a su cabina, donde nos divertíamos y llegábamos hasta el final con ella. Algunas de aquellas mujeres no eran más que niñas y murieron antes de arribar a puerto. Una noche me vi obligado a subir a cubierta, y apoyado en la regala vomité por la borda ante la mirada burlona del piloto.
En Tahití pude vivir un tiempo con el dinero obtenido, pero cuando empezó a escasear busqué a Brennan y me enteré de que había zarpado días antes. De nuevo sin empleo, volví a deambular por los muelles mientras sentía cómo mi salud se deterioraba, y pronto descubrí que tenía sífilis. De madrugada, incapaz de conciliar el sueño, recordaba los cadáveres de las nativas desapareciendo bajo la superficie del mar rodeados de tiburones. Una mañana me paré delante de un hotel y observé a una pareja que salía en ese momento. Debían de tener menos de treinta años, y aunque probablemente hubieran desembarcado hacía poco, el hombre se desenvolvía como si llevara toda su vida en las islas. Al  echar a andar se fijó en mí con un gesto de sorpresa en el que había un matiz de advertencia, y en su mirada pude leer que para ellos no existía ninguna diferencia entre los nativos y la clase hombres a la que yo pertenecía. También comprendí que de producirse un enfrentamiento no podía prever quién llevaría la peor parte, así que bajé la vista y me alejé. Más tarde, sentado en un rincón de la posada, me vinieron a la cabeza los años anteriores a mi partida: recordé la pobreza, el hambre y la miseria, las palizas continuas que mi padre le pegaba a mi madre, la enfermedad de mis hermanos y su muerte. Pensé en la mujer del hotel y en lo que significaría para aquel hombre, y seguí pensando en ella mientras terminaba mi vaso, pagaba y regresaba al bullicio del puerto.

Al día siguiente volví a pasar por delante del hotel. Cuando la pareja salió los seguí a cierta distancia, pero al cabo el hombre se giró y pareció reconocerme. Me llevé la mano al bolsillo en cuanto echó a andar hacia mí, y unos segundos después me encaraba diciendo algo a lo que apenas logré responder. Aquella respuesta lo impulsó a golpearme, empujándome hacia atrás. Pero antes de que pudiera volver a hacerlo le asesté una puñalada y vi cómo se desplomaba con las manos en el abdomen, mientras la mujer lo miraba sin llegar a entender lo que estaba sucediendo. Eché a correr hacia el puert0. Pude ver un barco que zarpaba en ese momento, sentí el calor, el olor de la vegetación, la brisa del mar, oí gritos –los gritos de aquella mujer, los gritos de mi madre, los gritos de las nativas en la cabina de la goleta–, corrí entre la gente que se apartaba a mi paso, y pensé que, después de todo, algo sí había cambiado desde mi partida: si en Inglaterra había dejado atrás la horca, en Tahití podía avistar la guillotina que sin duda me esperaba ya al final del camino.

4 comentarios:

Babe dijo...

Tiempos no tan lejanos. Tu relato me ha traído a la mente la canción de Crosby, Stills & Nash,"Southern Croos" (https://www.youtube.com/watch?v=Bw9gLjEGJrw):
"Got out of town on a boat
Goin' to Southern Islands
Sailing a reach
Before a followin' sea
She was makin' for the trades
On the outside
And the downhill run
To Papeete
Off the wind on this heading
Lie the Marquesas..."

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Gracias, Babe. Siempre me gustaron las "sea shanties" y las canciones aventureras, como esta que mencionas o la magnífica "Black Diamond Bay" de Bob Dylan.

Horacio F. Fernández Invernoz dijo...

Una historia trepidante de aventuras, de ésas fuertes de marineros, fortalecidos por la crudeza de las travesías.

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Gracias, Horacio.