domingo, 15 de mayo de 2016

MIEDO

Let the missiles fly from nation to nation
  It's party time in my radiation station
Peter Scott Peters
Entre el tiempo de mis primeros recuerdos y los trece o catorce años, el miedo fue una constante en mi rutina y en la de algunos de mis compañeros de colegio: miedo a ir al infierno, miedo a películas que ponían en televisión cuyo visionado unos evitábamos y otros afrontaban fascinados, miedo a fantasmas o a historias espeluznantes y supuestamente verídicas que les oíamos contar a otros compañeros o a nuestros mayores, miedo palpable y cotidiano a que determinados profesores nos partieran la cara en el colegio. Sabíamos que algunos de aquellos miedos se basaban en meras supersticiones, y aunque eso no era suficiente para tranquilizarnos por completo, al menos podíamos fingir que los ignorábamos. En cuanto al peligro continuo en las aulas, podíamos hacernos la ilusión de que con un poco de astucia lograríamos sortearlo día a día, si bien tarde o temprano todos acabábamos cobrando por un motivo u otro.

Pero había un miedo más difícil de sobrellevar: el de la posibilidad de una guerra nuclear, que allá por 1985 o 1986 no parecía descabellada, a juzgar por la información que aparecía con cierta frecuencia en periódicos, revistas y programas de televisión. El mundo estaba dividido en dos bloques y Reagan y Gorbachov nos contemplaban desde sus atalayas como amenazantes águilas imperiales. En los cines se estrenaban las películas El sacrificio y Cuando sopla el viento, relacionadas con el estallido de la tercera Guerra Mundial, y el éxito televisivo del momento era El día después, que tenía como punto de partida las consecuencias de dicho conflicto. Una tarde, a la hora de la merienda, yo había visto en un programa divulgativo a un tipo que mostraba ufano el refugio nuclear construido en el jardín de su casa, convencido de que aquella era la solución para cuando “apretaran el botón”, como se decía eufemísticamente. En otra ocasión, encendí el televisor antes de cenar y en el telediario estaban describiendo el estado apocalíptico en el que quedaría el planeta después de una conflagración atómica, durante lo que se conocía como “invierno nuclear”. Eso mismo mostraban también, con dibujos detallados y explicaciones precisas, las páginas de una revista que había leído días atrás mientras esperaba mi turno en la peluquería.

Durante el curso de 1986, más de una vez traté de explicarle a Andrés que por la cuenta que nos tenía no iba a haber una guerra atómica, posibilidad que a él no parecía asustarlo demasiado. Un atardecer de primavera, mientras veíamos llegar un tren sentados en los bancos de la estación, logré convencerlo de que los gobernantes de los USA y la URRSS no iban a utilizar las armas nucleares para aniquilarse a sí mismos y al resto del mundo, forzándose a terminar recluidos en claustrofóbicos refugios de eficacia incierta. Pero a continuación, mi amigo opinó que en cualquier caso sí las utilizarían de tener lugar una invasión extraterrestre, algo desde su punto de vista no del todo descartable. Aquello me inquietó un poco, pero como en ese momento la llegada de alienígenas beligerantes me parecía más remota (y además no era lo mismo destruirnos entre nosotros que hacer frente a un enemigo común), lo dejé pasar y me di por satisfecho con que estuviera de acuerdo conmigo en lo otro.

En junio de ese mismo año, poco después de finalizar el curso, mis padres, mi hermano y yo vinimos a pasar diez días a París, donde vivía un tío nuestro, casado desde hacía años con una francesa. Me costó decidirme a participar en el viaje, ya que sería la primera vez que salía de España y prácticamente de mi pueblo. Francia era Europa, era un país de gentes orgullosas y seguras de sí mismas y su capital una ciudad abierta, lejana e inabarcable, antitética al entorno cerrado pero acogedor en el que vivíamos, delimitado por unos montes verdes y frondosos y una ría en cuya boca se avistaba la línea brumosa del horizonte. Pero Francia era también la patria de Scaramouche, de Victor Hugo y de Alejandro Dumas, y además sabía que mis padres tenían razón cuando me decían que pasaría tiempo antes de que pudiéramos hacer un viaje similar y que los montes y la ría iban a seguir allí a nuestro regreso. Salimos del pueblo una mañana lluviosa, y en cuanto nos alejamos unos kilómetros, las dudas fueron quedando atrás a la vez que empezaba a pensar con creciente ilusión en lo que nos depararía el trayecto. Antes de llegar a Francia paramos en Burgos y dormimos en San Sebastián, luego seguimos la ruta de los castillos del Loira y pernoctamos en un albergue de Tours, y para cuando nos aproximábamos a París, tenía la impresión de llevar toda la vida viajando y de que la decisión de venir era la mejor que había tomado nunca. La violencia profesoral parecía muy lejana, los fantasmas pertenecían a otro contexto y la guerra atómica era un temor difuso, aunque seguía haciendo esfuerzos inconfesados para no pensar en ella. Sin embargo, en el momento de entrar en la ciudad, mientras veía por la ventanilla los edificios y las calles bordeadas de árboles, recordé haber leído en algún lugar que según la tercera profecía de la Virgen de Fátima, el mundo iba a llegar a su fin al concluir el siglo XX. También me vino a la cabeza un libro premonitorio publicado recientemente por un tal Charles Berlitz, cuyas funestas teorías coincidían con el vaticinio virginal ya que situaban la hecatombe en 1999. Noté un mareo y sentí el miedo con tanta fuerza como si fuera otro pasajero que viajaba junto a nosotros en el coche. No quería asustar a mis padres y mucho menos a mi hermano, por eso me callé aquellos pensamientos y seguí participando en la animada conversación. Algo me decía que, en realidad, quizá el mío no fuera un miedo del todo racional, e incluso si lo era y al final tocaba desaparecer en 1999, tal vez debería disfrutar de lo que la vida me estaba ofreciendo y podía ofrecerme hasta entonces. Pero el miedo seguía ahí y por algún motivo me veía forzado a sentirlo, como si aquello que lo provocaba pudiera hacerse real en el instante mismo de negar su posibilidad. Traté de encontrar una solución porque sabía que si no lograba arrinconarlo el miedo iba a terminar arruinándome el viaje. Mientras mi padre comentaba que nos acercábamos al aparcamiento subterráneo donde dejaríamos el coche, me pregunté cuántos años tendría yo en 1999. Después de calcular con los dedos descubrí que a finales de siglo sería ya un adulto de veintiséis. Eso me hizo pensar que probablemente resultara muy diferente afrontar el fin del mundo a los trece años que a una edad más madura, con una experiencia, una seguridad en uno mismo y una entereza mucho mayores. No lograba verme en el lejano 1999, pero en cualquier caso estaba convencido (o me esforzaba por estarlo) de que aunque terminaran cumpliéndose los peores augurios, yo no me iba a sentir tan desamparado como me sentía al conjeturarlos en el confuso 1986. Aquello me tranquilizó durante los minutos siguientes, el tiempo que nos llevó llegar hasta el aparcamiento, pero cuando iniciábamos el descenso hacia una de las plantas inferiores me asaltó otro temor: el más pequeño de mis primos tendría en 1999 una edad cercana a la mía en 1986, y por tanto se encontraría tan desprotegido ante lo que pudiera suceder como lo estaba yo entonces. Mientras veía deslizarse las paredes de cemento a los lados del coche traté de contener aquel miedo inesperado que aumentaba rápidamente de intensidad. Pese a ser incapaz de predecir mi vida futura, suponía que la madurez sería una de sus características incuestionables, así que esa madurez que a mí me daría entereza y aplomo me permitiría también transmitírselos a mi primo si el ocaso del siglo coincidía con el de la humanidad. Aquella conclusión me hizo sentirme mucho más tranquilo. Mi padre ya había aparcado y estábamos sacando las maletas del coche. Subimos al ascensor, y al cabo echamos a andar hacia el piso de mi tío por las concurridas calles de una hermosa ciudad en la que no podía imaginar que terminaría viviendo muchos años después.  

Lo que tampoco podía imaginar era que treinta años después iba a conocer allí un nuevo tipo de guerra, una guerra real que me lleva a recordar con una sonrisa aquellos temores lejanos, mientras cada día noto cómo se afianzan dos viejas certezas: la de que hay que pelear hasta el final porque más allá de los montes y la ría no existen los lugares seguros, y la de que tenemos que disfrutar cada minuto de nuestras vidas porque ese minuto puede ser el último. 

4 comentarios:

Horacio F. Fernández Invernoz dijo...

Excelente. He vivido el relato, he sentido la narración con una pasió, si me permites, desmesuarada, que me ha hecho recordar mi partida de Buenos Aires en 1986, con el loco de Gadafi amenazando a Italia desde Libia, había pasado la catástrofe muclear de Chernobil y, finalmente, había viajado en Líneas Áereas Paraguayas (LAP), haciendo escala en Asunción, la capital del país, donde acaba de comenzar un golpe militar. Los soldados subieron con ametralladoras mirando fijo a los ojos a todos los pasajeros. Al final, llegué a España sano y salvo, y aquí estoy leyéndote, agradecido a tí por tu talento.

Grillo dijo...

Fantástico. No sé si debiera lamentar lo de tanto repetirme asegurando que eres un magnífico narrador. Tal y como describes los detalles haces que uno viva lo que estás contando. Hablabas en otro post de suelo mojado y hojas resbaladizas y sentía uno frío húmedo en los pies.

Creo que a los trece o catorce años ( incluso antes en mi caso) todos nos hemos cuestionado el devenir de nuestra vida futura y hemos padecido el miedo que nos infundían nuestros educadores. La mentalidad de un chico de esa edad es frágil y maleable.

Quizás esté yo un poco "grillado" (como mi nick) porque ya entonces no concebía cómo salir adelante, haciendo qué, pero estaba convencido de que uno sale adelante con imaginación y esfuerzo. Por supuesto, tardé muy poco en zafarme aquellos temores de un plumazo con el argumento que me daba: "no tener miedo sí que es temerario". La cuestión es superarlo, vencerlo.

Y así hemos hecho de la vida una resultadocracia.

Vuelvo a tu París. Veo que finalmente te instalaste allí con un curro nocturno que te permitía escribir a modo. Amén de leer y ver mucho cine. Adquieres tu libertad; quiero decir que uno adquiere su libertad precisamente en base a desobedecer. Así es como funciona y como se gana credibilidad y 'savoir faire'.

También yo recuerdo, siendo bastante mayor que tú, el documental del tipo aquél que se construyó un búnquer subterráneo para el caso de un ataque nuclear. El pavo había pensado en todos los detalles y en el habituallamiento que le podría ser necesario. Tengo la sensación que se prestó a que le filmaran el 'docudrama'... pero quienes lo hicieron se estaban cachondeando del pobre infeliz. Supongo que tal vez ya no viva, pero si el tipo existe aún (o sus descendientes) estará/n muerto/s de vergüenza.

Una cariñoso abrazo en la distancia aunque solo nos conozcamos por posts y 'emilios'.
Javier

Miroslav Panciutti dijo...

Me ha sorprendido que en 1986 los muchachitos de trece años aún pudieran tener miedo a la hecatombe nuclear. Yo, que soy unos quince años mayor que tú, no viví esos terrores infantiles (sí otros); tan sólo me acuerdo de alguna temporada breve y pasajera de ese tipo de miedos, hacia el 69 o 70 (me acuerdo que era al principio de Nixon), durante algún agravamiento de la guerra del Vietnam y que se habló de si los norteamericanos tirarían la bomba y los soviéticos responderían, etc. Pero el terror no llegó a cuajar, no llegué a interiorizarlo. Ese pánico lo asocio más a los Estados Unidos y a años anteriores (digamos que entre los cincuenta y los primeros sesentas).

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Gracias a ti, Horacio, y gracias sobre todo por compartir esos recuerdos y por esa vibrante panorámica de aquellos tiempos turbulentos que veo que viviste en primera línea. Celebro que me estés leyendo y que sea precisamente desde Asturias, que como tierra hermosa no está nada mal.

Un abrazo, Javier. Por un motivo o por otro yo sigo con miedo, pero me las voy arreglando, entre otras cosas porque no queda otra que tirar para delante. Y aquí estamos, en La France y en plena huelga contra la Ley del Trabajo, con el avión egipcio destruido y a lo que toque venir. Igual acabamos todos en el refugio del fulano aquél.

Miroslav, yo nací cuando lo del Watergate y el estado mental de décadas anteriores lo conozco por referencias literarias, musicales y cinematográficas (la “hard rain” y todo eso), pero no hay más que leer lo que cuenta Horacio para ver que los ochenta, como época turbulenta, no tuvo nada que envidiarle a ninguna otra.