domingo, 31 de enero de 2016

SCHOOL DAYS (XIII)

Un sábado lluvioso de febrero, allá por 1985, Darío, Andrés y yo quedamos delante del colegio a eso de las cuatro y media para ir hasta un lugar cercano y mítico conocido como “la cueva”. Ésta era una galería subterránea excavada en la ladera más escarpada del monte contiguo al patio del colegio, un terreno extenso, frondoso y accidentado que se extiende entre una pequeña avenida paralela a la desembocadura del río, junto a la que está situado el centro, y la antigua carretera general, por la que se salía hacia La Coruña antes de la construcción de la autopista. Había todo tipo de conjeturas sobre el origen de la cueva (zulo de contrabandistas, mina abandonada, escondite de escapados durante la guerra), y en realidad nadie sabía dónde estaba, ni siquiera si existía. Desde las ventanas de los pasillos del internado se veía la ladera del monte, totalmente vertical en ese trecho, pero no podíamos distinguir la entrada de la cueva, así que ignorábamos su hipotético emplazamiento. Se decía que tipos duros como Hans o mi vecino José Manuel habían dado con ella y habían entrado, pero nunca lo confirmamos preguntándoselo a ellos.

Después de esperar un rato por Andrés, consideramos que algún impedimento lo había retenido en su casa y decidimos buscar la cueva solos. Caminamos hasta el pueblo, tomamos la carretera general, pasamos por encima del guardarraíl y nos adentramos entre la vegetación a través de un terreno húmedo y dificultoso. Éste descendía suavemente hacia el patio del colegio, que pudimos ver allá abajo, totalmente desierto a esa hora, entre el internado, la lavandería y varios bloques de viviendas. Me pregunté dónde estarían los internos: debían de ser las cinco y media, quizá los profesores de guardia les habían permitido ir a dar una vuelta por el pueblo. Nos desviamos a la derecha y el terreno se volvió más abrupto, hasta terminar en un pequeño precipicio frente a una de las paredes laterales del internado, aquella desde cuyas ventanas habíamos tratado anteriormente de divisar la entrada de la cueva. Pronto dimos con un sendero que se perdía entre la vegetación ladera abajo. Echamos a andar con precaución, tratando de no resbalar sobre la tierra y las hojas húmedas a la vez que apartábamos las ramas de los matorrales que nos dificultaban el descenso. Al cabo el sendero nos condujo ante lo que parecía la entrada de la cueva, situada a unos quince metros por encima de la acera, el depósito de agua y el muro de contención que veíamos empequeñecidos a nuestros pies, entre la ladera y el internado. Disimulado bajo la maraña de vegetación, se abría un estrecho pasaje con paredes de mampostería que rezumaban humedad y desaparecían en la penumbra muy cerca de donde nos encontrábamos. Avanzamos en fila hacia el interior de la cueva, prestando atención para no tropezar con las piedras del suelo ni golpearnos la cabeza con el techo abovedado, pero nos detuvimos después de haber recorrido un tramo muy corto, porque el camino se bifurcaba y no estábamos seguros de por dónde continuar. Retrocedimos hasta la entrada con más prisa de la que queríamos reconocer, y a la luz vespertina de aquel día nublado deliberamos sobre lo que íbamos a hacer a continuación. Lamentamos no haber traído una linterna o unas velas. Darío decía que Hans y José Manuel habían llegado varias veces hasta el final sin miedo alguno, y yo opinaba que en cualquier caso no teníamos ni idea de cuántas galerías íbamos a encontrar, de la longitud de la cueva, de si el suelo era firme todo el trayecto, de si tendríamos aire, y de que no fuera a haber un derrumbamiento cuando ya hubiéramos perdido de vista la entrada, nuestro fiable punto de referencia. Aquello le pareció razonable, pero al mismo tiempo nos costaba marcharnos sin al menos haberle echado un vistazo a una de aquellas dos galerías. Así que volvimos a internarnos en la cueva y en seguida llegamos hasta la bifurcación. Optamos por tomar la galería de la izquierda, pero pronto volvimos a detenernos, porque el camino hacía una curva y más allá la oscuridad era total. Giramos la cabeza y nos pareció que la luz tenue de la entrada quedaba muy atrás, a muchos kilómetros de donde estábamos parados. Retrocedimos una vez más, respiramos de nuevo el aire húmedo de la tarde, y algo avergonzados con nosotros mismos, decidimos que habíamos explorado la cueva lo suficiente como para contarnos entre los que podían presumir de haber estado en ella. Ascendimos la ladera del monte trepando por el sendero con ayuda de las ramas, y antes de alcanzar la parte alta Darío resbaló y estuvo a punto de caer al vacío. Luego, mientras avanzábamos entre la espesura de regreso a la carretera general, retumbaron un par de truenos y empezó a llover, así que cuando al fin caminamos por el arcén en dirección al pueblo, estábamos empapados y teníamos los calcetines encharcados y los zapatos cubiertos de barro.

Nos paramos al abrigo del tejado de la gasolinera situada en la entrada del pueblo y tomamos aliento. Al mirar hacia la avenida que conduce hasta el colegio, vimos llegar a Andrés bajo un paraguas. Al parecer se había equivocado de hora y nos había estado esperando entre las cinco y las cinco y media, y ahora se disponía a regresar caminando a su casa. Nos propuso volver a la cueva, pero le dijimos que mejor lo dejábamos para otro día y echamos a andar hacia el centro tratando de cobijarnos con el paraguas, sin saber muy bien cómo ocupar el resto de la tarde. Después de subir un par de calles protegidos de la lluvia bajo los soportales, atravesábamos apresuradamente la plaza del ayuntamiento cuando alguien nos llamó por nuestros nombres. Al volvernos vimos acercarse a Hans, que venía de su casa en la aldea que hay a un par de kilómetros del pueblo, junto a la carretera de la costa, para jugar una partida en la máquina de uno de los bares del centro. Decidimos acompañarlo. Tomamos una callejuela empedrada y llena de charcos y llegamos al bar, que como me temía era el tugurio inhóspito y grasiento al que solía ir Hans, propiedad de un fulano de sesenta años bastante colérico que nos recibía siempre con alguna cortesía del tipo “¡cerrar la puerta, cojones!” Por suerte, al entrar no vimos al dueño sino a su hija mayor, la madre de uno de nuestros compañeros de colegio, alumno de cuarto o quinto de EGB y gran piragüista. Estaba sentada en un taburete detrás de la barra, mirando distraídamente hacia un televisor en el que los austríacos Opus cantaban “Live Is Life”, y apenas se fijó en nosotros al oír el inevitable portazo. Mis amigos sacaron monedas de los diferentes bolsillos de sus anoraks y las introdujeron en la máquina mientras yo me acercaba hasta la caja para cambiar un billete. La hija del dueño tenía una mirada dura e irónica que le daba aspecto de estar de vuelta de todo y parecía constatar siempre algo irrisorio en su interlocutor. Me paré a un extremo de la barra sin decidirme a llamarla. Cuando me vio esperando sonrió, se levantó del taburete y me preguntó con amabilidad si quería cambio. Ante mi respuesta afirmativa cogió el billete y me entregó unas monedas, que se me cayeron y se desperdigaron por el suelo al otro lado de la barra. Ella se puso en cuclillas, las fue recogiendo una a una, se incorporó, y sin dejar de sonreír tomó mis manos con una de las suyas y con la otra dejó las monedas en mis palmas. Después de que yo le hubiera dado las gracias, se volvió a sentar y siguió mirando la televisión, en la que en ese momento Bruce Springsteen cantaba y bailaba “Dancing in the Dark” frente a un público fascinado. Regresé a la máquina incapaz de prestar atención a la partida, que debía de ser apasionante porque Hans y Andrés acababan de enzarzarse en una disputa por causa de unos puntos dudosos. La hija del dueño nos miró divertida, pero si la cosa iba a más no le costaría nada soltarles un par de voces. Se fueron sucediendo las partidas, y mientras caía la tarde me di cuenta de que el resplandor de una farola a través de la ventana empañada, la presencia de ocasionales clientes que charlaban tomando un vino, la música proveniente del televisor, los barriles colocados a los lados de la puerta, los motivos marineros que adornaban las paredes, y también la cercanía de la hija del dueño, contribuían a crear un ambiente cálido y acogedor. Pero aquello duró poco, hasta que empezaron a entrar los habituales del sábado por la noche y al cabo el local se llenó de gente, de humo, de codazos y de ruido. La hija del dueño se puso a servir copas y no nos prestó más atención. Seguimos jugando sin apenas poder movernos entre los clientes que entraban y salían, hasta que dos fulanos cuatro o cinco años mayores que nosotros nos apartaron a empujones antes de que consiguiéramos terminar una partida y ocuparon la máquina.

Al salir a la calle, el vaho de nuestras bocas se dibujó en el frío aire nocturno. Anduvimos hasta una plaza cercana al puerto pesquero, nos sentamos en uno de los bancos de piedra y nos levantamos al momento con los pantalones mojados. Estábamos en el punto más céntrico del pueblo. A nuestra espalda, por encima del mercado municipal, las siluetas de los castaños que cubrían la ladera del monte se recortaban contra el cielo nocturno, y frente a nosotros veíamos el torreón medieval y podíamos distinguir las luces del puerto reflejadas en las aguas de la desembocadura del río. De allí venía un olor a brea y salitre que tenía algo de balsámico contra la leve sensación de opresión que empezaba a notar. Hans comentó que para él era hora de volver a casa, y como los demás aún teníamos tiempo decidimos acompañarlo hasta la salida del pueblo. Unos minutos después tomábamos la carretera de la costa, dejábamos atrás los últimos bloques de viviendas y pasábamos por delante del cementerio, situado en un terreno elevado desde donde se veían el río, el puerto, la costa del otro lado de la ría y el mar abierto en la línea del horizonte. Andrés se detuvo y nos propuso entrar. A Hans le pareció una buena idea, y después de comprobar que, como suponíamos, la puerta ya estaba cerrada, decidieron saltar el muro. Darío y yo preferimos no acompañarlos, y parados junto a una farola los vimos trepar hasta lo alto del muro y desaparecer al otro lado. Pasados unos segundos, sus pisadas se perdieron en la distancia y aquella calle tranquila quedó en completo silencio. La sensación de opresión que había notado antes fue en aumento. Me pregunté cuál era exactamente el motivo por el que Hans y Andrés habían sido capaces de entrar en el cementerio y nosotros no. El miedo era un compañero fiel, miedo a fantasmas que sabíamos irreales y también a situaciones de la vida cotidiana que se repetían con cansina frecuencia. Me vino a la cabeza la visión del patio vacío del colegio cuando la visita a la cueva. Todos sabíamos por qué siempre había internos durante el fin de semana, pese a que la mayoría venían de ciudades cercanas como La Coruña o Ferrol. La sensación de opresión se confundió con una indignación y una tristeza frente a las que traté de encontrar alguna clase de refugio. Recordé la sonrisa de la hija del dueño del bar y pensé en su hijo. No parecía mal tipo (nada que ver con su abuelo), pero él y yo éramos dos chavales completamente diferentes, y por algún motivo el ser consciente de eso me hizo sentirme inseguro. Observé las luces de la costa. Las pisadas de Hans y Andrés aproximándose por el suelo de gravilla me sacaron de mis reflexiones. Unos segundos después, reaparecieron en lo alto del muro haciendo un pequeño esfuerzo y saltaron a la acera. Darío y yo nos acercamos hasta ellos con disimulada admiración.
–No vimos nada –dijo Hans.
Parecían decepcionados, como si hubieran esperado encontrar hordas de zombies o a la Santa Compaña. Hans le preguntó la hora a Andrés. Al darse cuenta de que se le había hecho tarde y ya nadie lo libraba de un par de hostias al llegar a casa, se despidió de nosotros hasta el lunes y se alejó sin mostrar demasiada prisa, como si el retraso y sus consecuencias no fueran para él más que gajes del oficio. Darío vivía en el otro extremo del pueblo, cerca del colegio. Andrés tenía que ir caminando hasta su casa en la aldea, al igual que yo, así que echamos a andar de regreso al centro. Unos minutos después, mientras pasábamos por delante del viejo puente de piedra que salva la desembocadura del río, me paré un instante para ver a lo lejos el muelle, el mar, los barcos pesqueros y las luces del puerto.

19 comentarios:

Grillo dijo...

¡ Qué tío!
Vaya modo sooberbio de acabar con el mes de enero.

Tus relatos TIENEN que ser vivencias reales, minuciosamente recordadas. Creo que solo quien ha vivido esa experiencia juvenil peuede narrarla con tan preciso y precioso detallismo.

En la primera parte de la cueva he sentido el mismo temor, o vuestra misteriosa duda de entonces. ¿Acaso algo de miedo?

Luego he creído sentir el frío, la lluvia, los suelos mojados, la garvilla y el si.es.no.es de la hija del tabernero.

Definitivamente eres un gran 'contador', y una vez más creo que de ahí saldría un precioso corto cinematográfico.

Bravo.

Miroslav Panciutti dijo...

Iba a repetir lo que ya ha dicho Grillo. Tu relato me hace veros, e incluso sentir el frío y la lluvia de esa tarde gallega. Y, además, durante la lectura se me va instalando una inquietante desazón ...

C.C. dijo...

Sí señor, la angustia y la tristeza profunda que los mayores no eran capaces de detectar tanto estaban entretenidos con ellos mismos, un gesto de atención, una sonrisa de una señora ajena que te calentaban el corazón aunque fuera por un momento nada más, también la generación anterior a la tuya lo ha vivido. Uno cree que esos sentimientos pertenecen a un pasado olvidado, pero llegas tú con tu talento narrativo y me vuelvo hermana tuya en el alma.(Jooo me he vuelto patética)

Por favor, mándame tu ISBN por mail y lo encargaré.


Antonio de Castro Cortizas dijo...

Amigos, muchas gracias por vuestros comentarios.
C. C., no te has vuelto patética, te has vuelto poética.
Ahora te lo mando.
Abrazos.

deWitt dijo...

Confieso que hice alguna visita nocturna al cementerio pues vivía muy cerca y,a veces, las tarde noches oscuras del invierno se hacían largas y monótonas. Nunca vi nada extraño a pesar del miedo que pasábamos recorriendo esa especie de terrazas funerarias. Hoy por hoy, es un lugar que me encanta y que he fotografiado en varias ocasiones.

La cueva está en mi memoria como un lugar que exisitía y se temía, pero no recuerdo haberla visitado. Sí recuerdo aquellas escaleras que parecían subir al cielo en el patio del instituto.

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Bien traído, deWitt, esas escaleras parecían conducir al cielo, y terminaban (¿significativamente?) en un muro de cemento con un portalón metálico infranqueable. Al otro lado, ocultas bajo la vegetación, hay varias pistas deportivas en medio del bosque. La última vez que estuve allí fue hace veinte años, pero ya debí de haber estado mucho antes, porque es un lugar con el que sueño de vez en cuando (aunque imaginando ruinas precolombinas con armaduras y cascos abandonados en lugar de las pistas). Cada verano pienso volver (conozco una senda secreta), pero por un motivo u otro nunca lo hago. En fin, Strawberry Fields forever…

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Me cuenta mi señor padre que donde en mi infancia y adolescencia estaban el instituto y el internado, y hoy se alzan un bloque de viviendas y un centro de salud, hace sesenta años había varias grandes fincas señoriales de familias que veraneaban en el pueblo. La mítica cueva era una mina de agua que mi padre visitó más de una vez acompañando al casero de una de aquellas fincas. Como el terreno estaba escalonado, la entrada de la mina quedaba a ras del suelo. Entonces no existían ni la avenida ni parte de la superficie edificada que se extiende entre ella y la desembocadura del río, cuyo cauce llegaba hasta la carretera comarcal que había en lugar de aquélla. Uno de los recuerdos de mi padre es caerse al agua de una bicicleta en la que iban cinco mientras pasaban junto a un muro de poca altura lindante con la carretera.
El pueblo cambió mucho más entre su infancia y la mía que entre la mía y el momento actual. Cuando recuerdo las calles, los prados y los montes de hace treinta años, no puedo evitar preguntarme cómo sería la zona otros treinta años atrás.
“How green was my valley then”.

C.C. dijo...

Antonio, necesito más detalles para poder encargar tu libro : título, editorial y ISBN. Puedes contestarme aquí si quieres.

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Hola, C. C.
Toma nota:
Título: "Tiempo prestado".
Autor: Antonio de Castro Cortizas.
Editorial: El Garaje Ediciones, Madrid, octubre 2015.
Colección: El Garaje Narrativa.
ISBN: 978-84-942311-7-9
Ya me contarás (los que lo han leído dicen que es la hostia...).

C.C. dijo...

Gracias, Antonio. Ya lo tengo pedido. Como ya comenté alguna vez (creo que en el blog de Emma), mi librería es en realidad una papelería. Me dijeron que voy a tener que esperar mucho, pero que me llamarán por teléfono cuando llegue el libro.

¿¿ La hostia de bueno ?? Ja,ja.

Sí que os contaré ( a todos los que paséis por aquí ).

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Gracias a ti, C. C. Y larga vida a las papelerías y a las viejas librerías de barrio, que tan felices nos han hecho y nos siguen haciendo: cada vez que vuelvo a mi pueblo, paso por las dos librerías de toda la vida que hay allí y siempre salgo con algún tesoro bajo el brazo.
(Lo que no sé es si lograrás soportar la espera: me comunican que en algunos puntos de venta ha habido disturbios y hostias entre lectores rezagados que trataban de hacerse con los últimos ejemplares que quedaban...)

C.C. dijo...

No te preocupes, Antonio ; en mi papelería tengo tratamiento de VIP.

Pilar Pareja dijo...

Que bien! Que acabo de ver que estos fantásticos relatos forman parte de un libro, ya tengo los datos, lo encargaré y no tengo duda de que es la "hostia", no podía ser de otra manera.
De verdad que me encanta como escribes, es fácil sentirse parte de la historia!
Un abrazo!

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Muchas gracias, Pilar.
Me alegro mucho de que te guste lo que escribo, comentarios como el tuyo hacen que el esfuerzo y las neuras que suponen terminar cada relato merezcan la pena.
Un abrazo.

C.C. dijo...

Todavía a la espera. ¡ Mecachis ! ¿Estará agotada la primera edición ?

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Me dice el editor que no sólo está agotada la primera sino que ha recibido tantos pedidos que tiene comprometidas ya las dos siguientes. Las gentes se congregan en torno a la sede de la editorial exigiendo que las rotativas vayan más de prisa.

C.C. dijo...

Mira que teniendo un día más a su disposición este año, no sean capaces de satisfacer mi pedido...

patapalo dijo...

Me encanta sentir tus historias. Me devuelven a esa época mezcla de los Hollister y los Goonies en el que la imaginación era el escenario perfecto para vivir aventuras. Es increíbles como recuerdas los detalles, como sin excesivos adornos, pero con mucha precisión, vas creando esa necesidad en el lector de abrir ventanas. Tengo muchas ganas de hacerme con el libro. Sentirme un poco dentro de las relatos me resulta entrañable.

Ya te contaré. Será la "hostia" ;)

Abrazos.

Antonio de Castro Cortizas dijo...

Muchas gracias, viejo amigo. Espero que te guste.
Un abrazo.