domingo, 11 de octubre de 2015

SCHOOL DAYS (X)

El Rantanplán era un tipo musculoso, delgado y no muy alto, que impartía las asignaturas de Inglés y de Gallego. La  barba corta y el cabello rubio, los ajustados pantalones de tergal, los chalecos de lana verde y unos zapatos de suela que hacían un ruido escalofriante mientras avanzaba entre las filas de pupitres, le daban un marcado aire británico. Lo habían contratado para reemplazar al antiguo profesor de aquellas asignaturas, y al empezar el curso nos preguntábamos si sus clases iban a ser más reposadas o en la misma línea violenta de su antecesor. La respuesta llegó a los pocos días, una mañana en que puso fin a la conversación entre dos alumnos con una bofetada que mandó por los aires las gafas de uno de ellos. El Rantanplán sólo estuvo cuatro años en el colegio, pero fueron cuatro años de ruido y furia, cuatro años pródigos en hostias de todos los colores e intensidades, cuatro años para el recuerdo.

En 1986, durante el curso de séptimo de EGB, tuvimos clase de Inglés los lunes a primera hora. Una mañana lluviosa de enero, James Vázquez Mitchell entró en el aula unos minutos después de que el Rantanplán hubiera cerrado la puerta, en el momento en que terminaba de pasar la lista y se disponía a dictar la lección. James había nacido en Inglaterra y había vivido allí hasta hacía un par de meses, cuando sus padres regresaron a España, se instalaron en un pueblo cercano al nuestro y lo matricularon en el colegio. Aunque no era un chaval tan bregado como la mayoría de los alumnos internos, a mí me intimidaban un poco su aire cosmopolita y un ligero toque de dureza que ni siquiera se esforzaba en acentuar. Tal vez por eso no lo traté demasiado aquel curso, aunque sí el siguiente, en especial cuando antes de las vacaciones de verano fuimos diez días de excursión a Torremolinos: una noche me sorprendió llorando en el pasillo del hotel porque echaba de menos a mis padres, y en vez de ir corriendo a contárselo a los demás me dijo que no tenía de qué avergonzarme, que a él le había ocurrido lo mismo al volver de Inglaterra y recordar a sus amigos y a sus parientes ingleses.

Aquella mañana de enero, James entró en clase sujetando la cartera a su espalda. Caminaba torpemente, resbalaba en el suelo húmedo y fingía que se caía y que le costaba avanzar, provocando nuestras risas. Como el peso de los libros le impedía desprenderse del asa, retrocedió unos pasos y trató de cerrar la puerta con el pie, pero la empujó con más fuerza de la necesaria y terminó dando un portazo. Hasta ese momento el Rantanplán había dictado sin quitarle el ojo de encima, pero en cuanto la puerta se cerró se acercó hasta él y le pegó una bofetada que estuvo a punto de derribarlo. James no era capaz de liberarse de la cartera, así que el Rantanplán aprovechó para pegarle otra bofetada que se debió de oír en el pasillo, y luego retomó la lección como si no hubiera sucedido nada. James logró soltar al fin la cartera, se repuso, la recuperó y caminó hacia su pupitre con la cabeza baja y las mejillas enrojecidas.

La semana se presentaba aciaga. Al día siguiente, en clase de Gallego, el Rantanplán nos dejó diez minutos para escribir una redacción sobre un tema que podíamos escoger nosotros mismos. Andrés, incorregible soñador, romántico incurable, cinéfilo irredento, escribió un pequeño relato del Oeste que tituló “Hasta que la muerte nos separe”. Andrés vivía en una casita con finca y huerto en el monte que se alza a un par de kilómetros del pueblo, desde donde se veían los prados que se extienden ladera abajo, las playas más cercanas y una parte de la ría. En su habitación, que parecía sacada de un cuento de Rudyard Kipling, había un bonito mueble de madera oscura, un armario empotrado en cuyo interior cabían varias personas, y dos largas estanterías a cada lado de la ventana llenas de libros y de tebeos que Andrés leía con fruición. También era de los pocos que por aquel entonces tenían vídeo, y a menudo los lunes por la mañana, antes de empezar la clase, me contaba alguna película que había visto la tarde anterior, añadiendo detalles y situaciones de su propia cosecha que en realidad eran lo más interesante de la narración. Nos sentábamos en pupitres cercanos, y ahora lo veía alternar breves pausas reflexivas con la redacción rápida de cuatro o cinco frases, como si el tiempo acordado no fuera suficiente para plasmar todo lo que se le iba ocurriendo. Mientras escribía, no era consciente de que el Rantanplán se paraba de vez en cuando a su lado y lo observaba con una expresión a medio camino entre el asombro y el desprecio. Volví la vista hacia las ventanas del aula, empañadas desde hacía un rato. Me pregunté si alguien que pasara por delante del colegio podría oír las hostias que caían en las aulas de la planta baja a lo largo de la mañana. Todas las ventanas de aquella planta tenían los cristales opacos, pero no las de la primera ni las de la amplia buhardilla en la que estaban el salón de actos y un desván lleno de mesas y sillas viejas, que hacía las veces de aula de Pretecnología. La parte delantera del edificio daba a una pequeña avenida en las afueras del pueblo, y desde la parte trasera podíamos ver la desembocadura del río y los montes y los bosques de los alrededores. Contemplar aquel paisaje durante las clases resultaba arriesgado, ya que la atención solía desviarse hacia algún bote varado con marea baja o hacia la lancha arenera que regresaba a puerto a media tarde, hasta que una súbita bofetada interrumpía la ensoñación, devolviendo a la realidad al alumno distraído. Yo estaba convencido de que, a pesar de caer en las aulas de la primera planta, aquellas hostias se tenían que oír con total claridad desde el callejón que pasaba por detrás del colegio, especialmente cuando en primavera el profesor dejaba las ventanas abiertas. Las pisadas del Rantanplán aproximándose me sacaron repentinamente de mis reflexiones. Sentí terror al comprender que debía de faltar muy poco para que terminaran los diez minutos y había escrito apenas un par de líneas. Me pregunté cuántas veces habría pasado junto a mi pupitre sin que me diera cuenta y me pareció un milagro que no se hubiera fijado en mi hoja, prácticamente en blanco. Al mirar con disimulo el reloj, vi que acababa de finalizar el tiempo acordado. Pero en vez de ir directamente hasta su mesa, donde tenía el cuaderno con nuestras fichas, el Rantanplán se paró junto al pupitre de Andrés, que seguía escribiendo y lo miró sobresaltado. El Rantanplán le quitó la hoja de las manos, la levantó con una sonrisa socarrona para que todos pudiéramos verla y nos dijo que aquello que había escrito nuestro compañero era una mierda, que aquél era un ejemplo de cómo no se debía escribir nunca nada.

La semana seguía su curso azaroso. El viernes por la mañana volvimos a tener clase de Gallego, y esta vez, como de costumbre, el Rantanplán nos dejó un cuarto de hora para estudiar la vida y la obra de algún autor, que luego nos preguntaría por orden de lista. Los que se apellidaban de la F o la G en adelante podían respirar tranquilos, pero para los que íbamos  de primeros aquél solía ser el cuarto de hora más largo de la semana. Sin embargo, Darío, sentado en la fila de mi izquierda tres o cuatro pupitres por delante del mío, en seguida dejó a un lado su libreta y comenzó a hojear un hermoso libro ilustrado sobre la historia de los inventos, que yo había cogido en la biblioteca del pueblo la tarde anterior. Además de un apasionado seguidor de las series de televisión V, El señor de Ballantrae y La fuga de Colditz, Darío era un lector entusiasta de Julio Verne, cuyas obras completas, en una bonita edición de la editorial Molino, atesoraba dentro de una estantería colocada junto a la mesilla de su habitación. Por eso me había pedido prestado el libro de los inventos un rato antes, en cuanto me vio sacarlo de la cartera tras haber colgado nuestros anoraks a primera hora de la mañana. Que se pusiera a leerlo en aquel momento me pareció temerario, y también se lo habría parecido a él de vérselo hacer a otro compañero. Pero aquella lectura tiraba demasiado como para posponerla hasta el cambio de clase o hasta el recreo, sobre todo cuando aún quedaba tiempo antes de que empezaran las preguntas. Pasados unos segundos, sentí un escalofrío al oír las pisadas del Rantanplán aproximándose por mi izquierda con una lentitud sospechosa: no me atreví a volver la cabeza, pero pronto lo vi pasar en dirección a Darío tratando de hacer el menor ruido posible sobre el suelo de baldosas. Todos los que iba dejando atrás sabíamos lo que estaba a punto de suceder, pero Darío seguía leyendo y contemplando las ilustraciones con creciente admiración, y sin poder imaginar que tenía al Rantanplán a dos pasos. Darío era uno de mis mejores amigos. Habíamos crecido juntos, y aunque él vivía en aquel mismo barrio y yo en una aldea cercana, todas las tardes antes de volver a casa caminábamos hasta el aserradero donde construían los barcos en un extremo del pequeño puerto pesquero, hasta la biblioteca, hasta la estación de ferrocarril, hasta el atrio de la iglesia o hasta las calles más alejadas, que terminaban desapareciendo monte arriba entre muros de piedra y frondosos bosques de castaños. También sentíamos la misma indignación cuando por un motivo cualquiera le partían la cara a algún alumno interno o lo castigaban a quedarse en el colegio durante el fin de semana. Mi primer impulso fue prevenirlo de que el Rantanplán iba a por él: habría sido fácil, no tenía más que pronunciar su nombre en voz baja o decir algo del tipo: “¡Darío, cuidado!”, pero no serviría de nada porque iba a cobrar de todas formas. Además, a juzgar por aquella sonrisa retorcida que era incapaz de retener, resultaba evidente que el Rantanplán consideraba estar a punto de llevar a cabo su gracia de la semana. Y si yo se la echaba por tierra de una forma tan simple, podía perder el control, arremeter contra mí y pegarme una de aquellas palizas que pegaba de tarde en tarde y metían miedo hasta al alumno más endurecido. Así que me quedé callado, pensando que con suerte la agresión no pasaría de un coscorrón o un tirón de orejas. El Rantanplán se paró un instante detrás de Darío, le estampó una bofetada que se debió de oír al otro lado de la avenida y siguió adelante mientras todos bajábamos la vista hacia nuestras libretas. Darío guardó el libro en el cajón del pupitre y se repuso poco a poco. Luego volvió a abrir la libreta, y los minutos restantes transcurrieron en un silencio interrumpido únicamente por las pisadas del Rantanplán caminando de un extremo al otro del aula.