lunes, 15 de junio de 2015

TEACHER TEACHER

Cuando estudié tercero de BUP a principios de los noventa, nos dio clase de Lengua Gallega una profesora de unos treinta y cinco años en la que me había fijado alguna vez antes, al verla comiendo en el bar, de guardia en la biblioteca o entrando en un aula. Como la mayoría de sus compañeros vivía en La Coruña, y al parecer ése era su último año en el instituto. Su rostro agradable y sonriente, de mirada inteligente y algo irónica (se parecía un poco a Dana Wynter), la alejaba del estilo combativo y montaraz al que estábamos acostumbrados, después de duras experiencias con otras profesoras de la misma asignatura en cursos anteriores. El primer día de clase nos repartió un test para determinar nuestro nivel de gallego y hacerse una idea de las obras literarias escritas en esa lengua con las que estábamos familiarizados. El interés que mostró al comentar en voz alta las respuestas, y la admiración que transmitía por los autores mencionados, me hicieron pensar que tal vez habíamos dado al fin con un profesor digno de tal nombre. Pero pronto llegaron las clases politizadas, los comentarios tendenciosos y maniqueos y las bromas frecuentes, no siempre de buen gusto, a quienes consideraba enfrentados a su forma de sentir determinados asuntos de actualidad. Asuntos que en aquel momento, con aquella edad y otras preocupaciones mucho más acuciantes, nos importaban bien poco a la mayoría de nosotros. En los últimos tiempos, la vida se había convertido para mí en una larga jornada hacia la noche, en el invierno de mi infortunio, en un cuento lleno de ruido y furia con final incierto. Había repetido segundo y tercero de BUP, era mi quinto año en el instituto y sabía que si ese curso no pasaba a COU, no lo iba a conseguir nunca. De los cuatro anteriores, sembrados de exámenes lamentables, toneladas de suspensos, expulsiones de varios días y enfrentamientos con profesores y alumnos, arrastraba una inseguridad permanente, un acuciante sentimiento de culpa, una completa falta de autoestima, y la certeza de que la única forma de salir de aquella dinámica era aprobar los dos cursos que me quedaban y dejar atrás unos años desastrosos que me hubiera gustado no vivir.

Al cabo de pocas semanas, tuve que admitir que a la profesora de Gallego no se le podía negar un cierto sentido del humor punzante y algo retorcido, que le daba un apreciable soplo de riesgo a sus clases. Durante los debates y las discusiones que surgían a menudo, nadie sabía quién iba a ser blanco de su ironía. Hasta el alumno más seguro de sí mismo podía acabar tragándose sus propias palabras, después de que cayeran sobre él un par de argumentos demoledores aderezados con unas gotas de fina guasa. Por otro lado, su entusiasmo al comentar y esclarecer los textos me llevaba a interesarme por unas obras y unos autores a los que nunca se me había ocurrido leer antes. Haciendo un esfuerzo que consideré sobrehumano, una mañana conseguí olvidar mi pánico a hablar en público y me atreví a participar, con una voz nerviosa que imaginé amariconada y un gallego mediocre que imaginé ridículo, en uno de aquellos debates, suponiendo que la profesora me mandaría callar en seguida echando mano de alguna agudeza burlona y cortante. Pero me quedé boquiabierto al comprobar que mi opinión parecía interesarle tanto como la de cualquier otro, a juzgar por su gesto de atención mientras me escuchaba y por los razonamientos precisos que esgrimió para rebatirla en cuanto terminé de hablar. La semana siguiente, me devolvió un comentario de texto con una sonrisa y unas palabras de felicitación que me sentaron como una caricia a un perro apaleado. A partir de aquel momento, me sorprendí participando a menudo en sus clases sin dar importancia a los ocasionales zarpazos dialécticos de la profesora. Y al terminar la primera evaluación, sin saber muy bien cómo, logré hacer un examen de Gallego bastante más presentable que cualquiera de los perpetrados hasta entonces.

Ese mismo año llegó al instituto, recién salido de la universidad, un profesor de Griego y Latín que nos tocó en esta última asignatura. Era un fulano tirando a guapo, lo que en principio le otorgó cierto éxito entre el alumnado femenino: un guapo de portada de disco malo que lucía camisa abierta hasta el ombligo y cuando se ponía por encima una chaqueta parecía que la llevara a pelo sobre el torso desnudo; un andoba con engañoso aspecto de buen chaval (falsa torpeza, ingenuidad fingida) que jugaría al fútbol en los partidos de profesores y alumnos y bailaría con las alumnas en las fiestas celebradas antes de las Navidades o las vacaciones de carnaval; un elemento que se llamaba Francisco pero que, buscando una forzada familiaridad con los alumnos, nos dijo que podíamos llamarlo, ehem, Paco; un pájaro que solía llegar tarde a las clases, improvisaría exámenes y puntuaría en función de cómo se entendía con cada alumno y no del trabajo hecho; un tipo altanero y despectivo con facilidad para la provocación y la amenaza, especialmente a los chavales más impopulares e inseguros: una mezcla muy peligrosa de empollón y macarra de pueblo que muy pronto nos iba a putear bien puteados a más de uno.

Hacia la mitad de la segunda evaluación, empezamos a ver en todo momento a Paco cerca de la profesora de Gallego. Durante los recreos se reclinaba a su lado contra la barra del bar, intentaba pagarle el café y trataba de participar en sus conversaciones con los compañeros de seminario, provocando la incomodidad de alguno y la irritación de la mayoría, que intercambiaban miradas de horror o ironía y lanzaban comentarios abiertamente sarcásticos como réplica a sus intromisiones. Luego la seguía por escaleras y pasillos de vuelta a las aulas, y en las pausas entre dos clases, incapaz de interpretar su gesto de enojo contenido, la acompañaba hasta la sala de profesores buscando una comunicación que no iba a producirse. Aquel pobre diablo no tenía una sola posibilidad con ella. Pertenecían a mundos distintos, eran como miembros de dos especies diferentes. Paco debió de molestar a la profesora de Gallego durante un par de semanas y dejó de hacerlo, brusca y definitivamente, después de la comida que los profesores organizaban cada año, el viernes anterior a las vacaciones de Semana Santa, en el bar del instituto.

Aquella tarde mi amigo Javier y yo nos acercamos hasta allí a primera hora, tal vez porque habíamos quedado con alguien en el barrio de las afueras donde estaba el edificio, a un paso de la desembocadura del río y los bosques de los alrededores. Javier era un tipo de una pieza que jugaba muy bien al balonmano, se parecía un poco a Bruno Lomas (la misa risa espontánea, el mismo toque chulesco, la misma masculinidad desbordada) y volvía locas a las chavalas del pueblo, lo que sentaba muy mal a sus antiguos compañeros de clase. Tenía dos años más que yo y repetía por tercera vez primero de BUP cuando entré en el instituto, de modo que coincidimos en la misma aula, nos entendimos bien desde el principio, y pronto nos hicimos amigos. Aunque ese curso conseguimos aprobar en septiembre, el siguiente sería desastroso para ambos, así que él terminó dejando el Bachillerato y se matriculó en un centro de FP de Ferrol, donde ahora le faltaba poco para concluir sus estudios.

Cuando llegamos al instituto, todavía estaban allí los profesores y también algunos alumnos y las jugadoras del equipo local de baloncesto, que esperaban por el entrenador sentadas en los bancos de la entrada. Nosotros nos reclinamos contra la barandilla del jardín contiguo, desde donde se veía el interior de la planta baja. Unos minutos después, los profesores empezaron a salir del bar: comenzaba la parada de los monstruos, el baile de los vampiros, la sucesión anual de escenas costumbristas y pretendidamente entrañables en la que docentes arrogantes y envarados le hablaban de tú a tú al camarero del bar, profesoras clasistas y despectivas bailaban con la señora de la limpieza, compañeros que se odiaban a muerte charlaban con total cordialidad como si esa noche planearan irse de putas juntos. Por un momento la entrada del instituto se llenó de gente, hubo cierta confusión y algunos traspiés entre profesores, alumnos rezagados y baloncestistas. La profesora de Gallego fue de los últimos en salir. Reía a carcajadas, se veía que había pasado un buen rato, y ahora despedía a unos y otros y miraba divertida a su alrededor, como si no recordara dónde había aparcado su Seat Ibiza rojo. Lo localizó al fin, y se disponía a cruzar la carretera cuando se fijó en Javier y en mí, y para mi asombro se paró sonriendo delante de nosotros. Unos años antes le había dado clase a Javier, y aunque habían tenido sus diferencias, en general mi amigo guardaba un buen recuerdo de ella. La profesora también lo recordaba, me pareció que le había sorprendido gratamente descubrir que éramos amigos. Le preguntó qué tal le iban las cosas, se alegró de saber que le iban bien y luego pasó a hablar conmigo, ignorando, como de costumbre, mi inquebrantable timidez y mi dificultad para expresarme en determinadas situaciones, como si no existieran tales obstáculos o allí no hubiera lugar para ellos. Fue una conversación breve pero muy agradable; quizá por eso, mientras la veíamos alejarse hacia el coche después de despedirse de nosotros sentí algo parecido a la nostalgia. Era una sensación similar a la que me invadía cuando terminaba el curso y me despedía de alguna alumna de fuera del pueblo con la que había hecho buenas migas durante las últimas semanas, o cuando en clase nos mandaban sentarnos por orden de lista y me tocaba al lado de alguna compañera que a los pocos minutos de conversación empezaba a resultarme simpática y atractiva, pese a verla todos los días charlando y riendo con algunos de los fulanos que peor me caían del instituto. Javier y yo observamos a la profesora mientras llegaba hasta el coche, sacaba las llaves del bolso y separaba las del vehículo. Se la veía contenta y algo achispada, para ella debía de ser uno de esos raros días en los que todo sale bien, en los que las cosas van como deberían ir siempre. Abrió la puerta, dejó el bolso y la chaqueta en el asiento de la derecha, e iba a entrar cuando Paco se acercó y se paró detrás de ella. Yo ya lo había visto unos minutos antes, hablando con un grupo de profesores sobre los que tenía ascendiente desde el comienzo del curso, y ahora llevaba escrito en la cara que en breve pensaba dar la campanada. La profesora se volvió al oírlo llegar, y su rostro risueño se ensombreció en cuanto descubrió de quién se trataba. Me dio pena ver cómo aquel imbécil estaba a punto de arruinarle la tarde; por ese motivo, más que otras veces tuve ganas de cruzar la carretera y pegarle un rodillazo en las pelotas a Paco. Pero ya ella se encargó, metafóricamente, de hacerlo: no pudimos oír sus palabras pero vimos su expresión mientras las pronunciaba, una expresión indignada y despectiva, dura y algo cruel, que nunca había mostrado en clase; era la expresión de alguien que alguna vez sufrió y ahora sabía hacer sufrir si lo consideraba necesario, que había vivido y había aprendido a defenderse, o que quizá supo defenderse ya desde el principio. A continuación subió al coche, cerró la puerta de golpe, arrancó y salió marcha atrás sin apenas mirar el retrovisor: fue un gesto algo teatral pero decididamente entrañable, aunque pudo costarle caro de pasar otro vehículo en ese momento. Pero hubo suerte y el coche giró en medio de una carretera despejada, como si todos los conductores de la zona hubieran acordado dejarle el paso libre a la gran dama en la que durante aquellos gloriosos instantes se había convertido nuestra profesora. Luego se puso el cinturón de seguridad y salió en dirección a La Coruña a la velocidad habitual, como si ya no estuviera alterada y el difunto Paco nunca hubiera existido, mientras Javier y yo sonreíamos admirados sin perderla de vista. Era una tarde de primavera fresca y agradable. Faltaba menos de una evaluación para terminar el curso, y por primera vez en mucho tiempo parecía posible llegar a junio con la mayoría de las asignaturas aprobadas. Al reparar en que después ya no volvería a ver a la profesora de Gallego tuve ganas de marcharme del instituto cuanto antes, de rematar lo que me quedaba por hacer allí y descubrir otros lugares y conocer a otras gentes. Tal vez por eso, mientras ella se alejaba le deseé de todo corazón que los dioses celtas le fueran favorables el resto de su vida.