lunes, 25 de mayo de 2015

CAMELOT

Cuando el rey Arturo partió al mando de su ejército hacia el norte de Gales, donde iban a enfrentarse con las tropas del rey Rience, dejó en la corte de Camelot a sir Meliagaunt y al anciano caballero sir Blamor de Ganis, para que mantuvieran el orden durante su ausencia. Pero sir Meliagaunt no tardó en intentar seducir a la reina Ginebra, a la que al mismo tiempo acusaba de ser infiel al rey con sir Lanzarote del Lago, que había partido junto a Arturo. La reina sabía que sir Meliagaunt había violado a una doncella de la corte y también, en compañía de sus hombres, a varias campesinas de los alrededores. Pero no quería que aquellas noticias interrumpieran una campaña como la que estaba teniendo lugar, y temía además que llegaran a oídos de su marido nuevos rumores de sus amores con sir Lanzarote. Así que le explicó lo sucedido a sir Blamor, y éste se dispuso a obrar del mismo modo que sir Lanzarote cada vez la reina había sido acusada anteriormente de traición: desafiando al caballero acusador y obligándolo en combate justo a reconocer su error, o de lo contrario matándolo. Pero sir Blamor tenía pocas posibilidades de vencer a sir Meliagaunt, y la reina le dijo que de perecer él peligrarían también la vida de ella y tal vez la estabilidad del reino. Sir Meliagaunt no tardó en comprender que algo atribulaba a sir Blamor, y en cuanto tenía ocasión se dirigía a él de manera desdeñosa y desafiante. A éste le resultaba difícil contenerse, pero en su interior admitía con pesar que la reina tenía razón al rogarle prudencia. Por la noche, en la soledad de su alcoba, ella soñaba con Lanzarote y pensaba en cuán equivocado había estado Arturo al haber dejado a sir Meliagaunt en su lugar. Mientras tanto, a Camelot llegaban continuas protestas por los desmanes del caballero: los campos quedaban arrasados después de cada nueva cacería, las mujeres eran constantemente ultrajadas, los campesinos maltratados, el hijo de uno de ellos había muerto arrollado por los caballos de una partida de cazadores.

Un lluvioso atardecer de febrero, la esposa de sir Blamor lo encontró silencioso y taciturno durante la cena. Más tarde, cuando ella se hubo retirado, sir Blamor pasó un rato sentado frente a la chimenea, contemplando el resplandor de las llamas. Luego se puso en pie, hizo llamar a su escudero y le habló durante unos minutos. El sirviente fue hasta las caballerizas y ensilló su caballo, salió del  castillo, cabalgó hacia una aldea cercana y entró en una posada en la que apenas quedaba gente a esa hora. Después de intercambiar unas palabras en voz baja con el patrón, éste lo condujo a la cocina, donde siguieron hablando a puerta cerrada. Terminada la entrevista, el escudero salió del local y regresó al castillo para explicarle a su amo el resultado de aquella reunión. La noche siguiente, a la misma hora, volvió a la posada y el patrón le señaló una mesa al fondo en la que cenaban cuatro hombres de los alrededores, a los que se unió el escudero. Media hora después, les entregaba una bolsa y los citaba en el mismo lugar al cabo de ocho días.

A lo largo de varias noches, apostados bajo los árboles y ocultos entre la espesura, los cuatro hombres vigilaron el camino que conducía hasta el castillo de sir Meliagaunt. Más tarde o más temprano éste se dirigía hacia la aldea en compañía de cinco o seis sirvientes, armados y a cara descubierta, y unas horas después, con la primera luz del amanecer, cabalgaban de regreso quitando de en medio a los vecinos que acudían a sus trabajos siguiendo aquella misma ruta. Los cuatro hombres se sentían impulsados a actuar, pero los frenaba tanto su inferioridad numérica como el temor a sir Meliagaunt. Cuando faltaban dos días para el encuentro con el escudero, poco antes de la salida del sol, lo vieron regresar en solitario tambaleándose sobre el caballo. Al momento cayeron sobre él cuchillo en mano y lo derribaron de su montura antes de que fuera consciente de lo que estaba sucediendo. Sir Meliagaunt trató de ponerse en pie a la vez que llevaba la mano a la espada, pero estaba demasiado ebrio y pronto lo derribaron de nuevo y se le echaron encima. Los cuatro hombres lo degollaron después de asestarle infinidad de puñaladas, ya que todos tenían alguna hermana cuya honra había sido mancillada por el caballero, y lo dejaron tendido en un charco de sangre cerca de la linde del bosque, donde pastaba su caballo. 

Pasados unos minutos, un grupo de campesinos que salían de la aldea se toparon con el cadáver y corrieron hacia Camelot para comunicar su descubrimiento. Parecía evidente que la muerte de sir Meliagaunt no había sido consecuencia de una disputa entre caballeros, sino una felonía cometida por gentes de baja condición. Pero a pesar de la gravedad del crimen, sir Blamor no iba a llevar muy lejos las pesquisas para averiguar la identidad de los asesinos. Dos días después, los cuatro hombres se presentaron a una hora avanzada en la posada, donde los esperaba el escudero con otra bolsa. Cumpliendo lo acordado, se marcharon de la aldea sin dilación y nadie volvió a saber de ellos.