martes, 17 de febrero de 2015

DÍAS DE GLORIA

Dentro de un rato estaré acostándome contigo en esa pensión que hay calle arriba o en el asiento trasero de mi coche. Si hubiéramos coincidido en la ciudad del sur donde trabajas, nos meteríamos en tu cama del piso que compartes con no sé quién. Para llegar hasta aquí, he tenido que soportar dos horas de conversación rodeado de gentes a las que conoces mejor que yo, con las que has crecido y salido mucho, aunque ahora ya no tanto, y con las que deberías estar en vez de conmigo, con quien nunca tuviste nada que ver ni de lo que hablar. Pero en los últimos seis o siete años parece que vivamos en un mundo que ya no es aquél, y esta noche se ha confirmado algo que empecé a intuir hace un par de meses, cuando entrabas con tu novio en este local y no me miraste como antes. No voy a hablarte de gentes a las que he tratado ni de cosas que me han sucedido, porque podrías acabar cambiando de idea y yo perdería la ocasión de disfrutar de un cuerpo que podía hacerme llorar con sólo pensar en él, o en que en ese momento estaría disfrutando de él un tipo del que ahora te avergüenzas. Pero me resulta llamativo que tengas tan claro que la persona sentada frente a ti no es la misma a la que conociste seis o siete años atrás (tu mirada entre curiosa y sorprendida, la de quien observa algo que le desagrada con la tranquilidad de saber que puede evitarlo volviendo la cabeza hacia otro lado), porque aunque sí existen diferencias, quizá podrías intuirlas pero nunca comprenderlas. Desde tu perspectiva, la persona que te escucha en las sombras del local, con la que dentro de poco estarás rodando entre las sábanas o que sentirás junto a tu cuerpo en la oscuridad del coche, es alguien que se adapta no a tus expectativas de entonces –eso quedó atrás, ahora has visto mundo–, sino a las mucho más maduras y sofisticadas que tienes hoy. Pero en realidad, esa es sólo una imagen creada por ti a partir de unos signos externos que coinciden con lo que te atrae en este momento, en el fondo una versión con un brillo diferente de lo que te atraía antes y de lo que va a atraerte toda tu vida. Y aquí estamos, oyendo una música que nos aburre, tú hablándome de libros que nunca se te habría ocurrido leer antes y yo siguiendo divertido la sarta de tópicos que hilvanas: tenemos gustos similares, tenemos mundo, hasta hemos seguido caminos paralelos como hijos privilegiados de un lugar que se nos ha quedado pequeño a ambos, cuando no hay caminos ni gustos ni mundos más distintos que los tuyos y los míos. Pero vamos a dejar de pensar en todo eso –voy a dejar de pensar en todo eso–, a terminar estas copas y a pasear hasta la pensión o hasta donde podamos rematar aquello que empezó después de que coincidiéramos aquí dentro como por casualidad. Y mañana cada uno se irá por su lado y ambos seguiremos disfrutando de nuestros días de gloria.