lunes, 20 de octubre de 2014

THE LAST KISS

Wilson aguarda a Jean sentado bajo una sombrilla junto a la piscina del hotel. Un botones sube al Pontiac rojo parado frente a la entrada y lo conduce hacia el aparcamiento. Desde la ventana abierta de una habitación, atenuado por el ruido del oleaje, llega el “The Last Kiss” de Wayne Cochran interpretado por Pearl Jam. Más allá de la línea de palmeras, Wilson divisa la puesta de sol sobre el Océano Pacífico. Cientos de personas recorren de un lado a otro el paseo marítimo. Wilson lleva un rato observando a la turista rubia que trepa hasta el nivel más alto del trampolín, se tira al agua de cabeza, hace dos largos de piscina, sale del agua, sube de nuevo al trampolín y vuelve a tirarse al agua. Durante más de media hora repite el mismo itinerario. Mientras termina su bebida, Wilson se da cuenta de que la turista tiene el rostro de Jean. Es Jean, pese a que Jean siempre ha sido pelirroja. Pero no se decide a levantarse para salir de allí con ella. Tienen que marcharse de San Diego antes de que anochezca, los dos saben lo que va a sucederles si se quedan en la ciudad después de la puesta de sol, pero Wilson no es capaz de levantarse, y la turista que es Jean sigue saltando desde el trampolín y nadando en la piscina. Cuando al fin logra ponerse en pie, Wilson siente un mareo. Su vista se nubla, se viene abajo y trata de apoyarse en la pared. Pero no hay pared, la más cercana está a doscientos metros, la del muro de hormigón que rodea la piscina. Wilson abre los ojos y comprende que no se llama Wilson, que su nombre ha sido siempre Richardson, que se encuentra en el corredor de la muerte de la prisión de San Quintín y que lleva allí los últimos doce años. Recorre la celda de un lado a otro recordando la mañana de febrero de 1998 en que descubrió la cabeza de Jean tirada al fondo de un callejón de Bridgeport, unos minutos antes de que la policía se presentara en la pensión donde se habían alojado. No puede discernir nada de lo sucedido antes o después de aquello, sólo la sangre seca sobre la nieve y la impresión de entender algo que en seguida olvidó y los pasos de los agentes a su espalda. Richardson se deja caer en la silla. Los guardianes vienen a buscarlo, lo sacan de la celda y lo conducen por el corredor hacia el lugar de la ejecución. Las palabras “dead man walking!” todavía resuenan en su cabeza mientras lo sujetan a la camilla y unas manos enguantadas le frotan los brazos con alcohol y le aplican las inyecciones. Imagina el dolor que va a sentir dentro de unos minutos cuando el alcaide haya dado la señal y la ejecución se lleve a cabo. Siente la asfixia, los espasmos, el intenso calor en las venas, un calor inaguantable, infinito: el calor de los rayos de sol que acarician su rostro sin afeitar, el calor del sol del mediodía que reverbera sobre la carrocería de los automóviles que pasan en una y otra dirección mientras él se aleja del arrabal de San Diego caminando bajo la sombra escasa de las palmeras. “Jean, ¿dónde estás?”, piensa. “¿Es que nunca podré escapar de California?”

jueves, 9 de octubre de 2014

SCHOOL DAYS (IX)

Don Ernesto era un buen tipo que nos dio clase en el colegio a mediados de la década de los ochenta. Tendría unos cuarenta años, jugaba al fútbol en un equipo de la comarca y era habitual verlo en verbenas, romerías y fiestas locales. Dentro del aula donde impartía las clases, a la izquierda de la puerta, había un amplio armario, casi una segunda pieza, en la que guardaba mapas, libros, cuadernos, revistas, periódicos, y todo cuanto pudiera serle útil para las lecciones. Y al fondo, cerca de los percheros donde colgábamos nuestros anoraks, había instalado otro más pequeño, con una bonita puerta de madera y cristal, que servía de biblioteca en la que íbamos dejando libros que compartíamos con los compañeros a lo largo del curso. Pero lo más importante para nosotros no era eso sino que don Ernesto, al contrario que otros profesores,  no pegaba.

Una tarde de viernes, don Ernesto decidió dedicar la última hora de clase a llevarnos hasta el centro del pueblo, para visitar el torreón medieval que domina el puerto y mostrarnos el antiguo emplazamiento de un estanque que en su día llegó a tener peces. Dos semanas después iba a tener lugar una gran excursión a Sobrado de los Monjes con otros dos o tres cursos, así que nuestra salida serviría de preparación para el próximo viaje. Sería éste una de aquellas jornadas maratonianas en las que se fletaba un autobús para llevar a noventa chavales asilvestrados y montaraces a las órdenes de tres o cuatro profesores; una jornada larga y fatigosa que empezaría a primera hora de la mañana, poco antes del comienzo de las clases, con el autobús aparcado frente al colegio mientras aquella calle de las afueras se iba llenando de alumnos, padres y madres. Éstas revisaban el contenido de las mochilas, comprobaban una y otra vez que no faltaba nada y despedían a sus hijos como si se fueran a la guerra. Luego nos esperaban un par de horas de trayecto, iniciadas siempre, invariablemente, por los internos repitiendo a coro “¡queremos parar aquí!” cuando el autobús pasaba por delante de la casa de putas que había a la salida del pueblo. El tiempo transcurría entre carreras de un asiento a otro, canciones cuarteleras, broncas y bromas pesadas. Los profesores se negaban a poner en el vídeo la película porno que solía haber entre las cintas disponibles, y escogían siempre alguna italiana del Oeste a la que nadie prestaba mucha atención. En algún momento del viaje, el conductor accedería a poner en el radiocasete la banda sonora de Yo, “el Vaquilla”, y los internos terminarían coreando, emocionados, el estribillo de la canción de los Chichos que daba título a la película. Pasábamos tantas horas dentro del autobús como visitando lugares, recorríamos cientos de kilómetros por autovías y carreteras comarcales, y al caer la tarde la gente empezaba a cansarse, los ánimos se encrespaban y el buen humor daba paso a la mala leche y a las cabronadas. Una de las excursiones más memorables había tenido lugar la primavera del curso anterior. En un mismo día visitamos la isla de la Toja, la playa de la Lanzada, Santiago de Compostela y, bastante agotados ya, la casa de Rosalía de Castro en Padrón, en una de cuyas estancias un chaval le tocó el culo a una compañera un par de años mayor, que se volvió y le aplastó la cara de un hostión mientras el guía seguía explicando lo que Rosalía había escrito allí.

Antes de salir hasta el torreón, don Ernesto decidió dictarnos unas líneas sobre el monasterio de Sobrado, tal vez porque intuía que dentro de dos semanas, en cuanto subiéramos al autobús perderíamos el interés por aquella visita. Pero su entusiasmo hizo que lo que se suponía una rápida introducción terminara convirtiéndose en una explicación detallada, y pronto desapareció nuestra escasa atención inicial. Al cabo de unos minutos, Eladio, un chaval del pueblo que se sentaba un par de pupitres por delante del mío, empezó a vacilar a don Ernesto. Eladio hablaba en voz lo suficientemente baja como para no interrumpir la explicación, pero lo suficientemente alta como para que lo oyéramos tanto el profesor como el resto de los compañeros. Don Ernesto seguía dictando mientras caminaba entre las filas de pupitres y fingía no darse por enterado, pero Eladio añadía un comentario en tono burlón en cuanto aquél terminaba de dictar una frase. Después de haber dictado con dificultad cuatro o cinco, don Ernesto lo reprendió sin alterarse. Pero Eladio le respondió que no estaba haciendo nada, así que don Ernesto retomó la explicación, Eladio siguió burlándose de él, y muy pronto le impedía llegar hasta el final de las frases. Don Ernesto parecía incapaz de enfadarse con Eladio. Tratando de ser razonable y de no ponerse a su altura, se paró y le pidió una vez más que no lo interrumpiera. Pero Eladio parecía tener una réplica para todo, y en cuanto don Ernesto se dispuso a seguir dictando, se lo impidió con una nueva burla. Visiblemente contrariado, don Ernesto lo ignoró y continuó con la explicación, cada vez más caótica a causa de las interrupciones de Eladio. Por primera vez sentí piedad hacia un profesor. Eladio se lo pasaba en grande acorralándolo y tratando de dejarlo en ridículo delante de nosotros, don Ernesto intentaba convencerlo de que se callara para que sus compañeros pudiéramos escuchar lo que estaba dictando, y Eladio se reía abiertamente de él y de sus explicaciones. Finalmente, la hostia que le pegó don Ernesto debió de oírse en el pasillo y en el piso de abajo. A pesar de lo previsible, no dejó de sorprendernos por su violencia. Yo recuerdo el grito de don Ernesto, el estallido de la bofetada y el alarido de Eladio, todo al mismo tiempo, y Darío sostiene que la fuerza del impacto lo coló en el espacio que había entre los respaldos de los asientos del pupitre. Luego, arruinado el proyecto de ir hasta el torreón, don Ernesto siguió dictando mientras pasaban los minutos y la hora de salir quedaba atrás. Empecé a sentirme mal. Me dolía la cabeza y me di cuenta de que se había terminado la tinta de mi bolígrafo, pero no me atreví a decirle nada a don Ernesto, que ahora dictaba de manera ininterrumpida sin ser consciente del tiempo transcurrido desde el comienzo de la explicación. Por primera vez sentí verdadero miedo de un profesor. Al cabo de unos minutos, no tuve más remedio que murmurar que no me encontraba bien, y él me contestó con un gruñido que podía irme. Salí de clase, recorrí el pasillo, y al bajar las escaleras y llegar hasta la calle comprobé que no quedaba un alma en el colegio. Era una tarde lluviosa de primavera. Antes de echar a andar de vuelta a casa miré hacia la ventana del aula, donde seguía la explicación sobre el monasterio de Sobrado de los Monjes.