domingo, 25 de mayo de 2014

EL MARSHALL DE COLFAX Y LOS HOMBRES DE TEXAS

1
Reclinado contra la barra, un hombre alto con una estrella de plata en la solapa y un vaso de whisky en la mano echaba ocasionales vistazos a los clientes, que jugaban a las cartas o bebían acompañados por alguna mujer. A su izquierda, un hombre fornido de bigote y pelo negros limpiaba vasos y colocaba botellas con fingida despreocupación. Cerca de ellos, sentada en una mesa vacía, una joven de mirada afligida no perdía de vista la ventana orientada a la calle. John Brennan, el hombre de la estrella de plata, y Earl Donohue, el dueño del saloon, eran los únicos que conocían su origen, pero todos sabían a qué se debía la inquietud que mostraba, y a ninguno le hubiera gustado encontrarse en su lugar.

Una semana antes, tres tejanos que iban camino de México se habían hospedado en el único hotel del pueblo. Brennan había oído hablar de uno ellos, Jake Latimer, pero aún no tenía nada para expulsarlo, así que se limitó a quitarles las armas y no perderlos de vista. Los tejanos llevaban varios días en Colfax cuando Kate, la joven que ahora miraba por la ventana, se apeó de la diligencia proveniente de Texas que se detenía frente al hotel, bajo cuyas arcadas la esperaba Brennan. Su madre había sido asesinada en una ciudad del este, pero tiempo atrás le había indicado las señas de la única persona que podría hacerse cargo de ella. Fue inevitable que Latimer se fijara en Kate y la abordara, y también que Kate se sintiera atraída por aquel hombre joven y atractivo. Brennan temía que acabara marchándose con Latimer, y sabía cómo éste la iba a tratar cuando se hubiera cansado de ella.

Un par de noches después, un mexicano entró en el saloon al mismo tiempo que Latimer y sus compañeros. En cuanto Latimer sorprendió un cruce de miradas entre Kate y el recién llegado, se abalanzó sobre él y lo golpeó varias veces hasta mandarlo al suelo. Donohue los observaba desde detrás del mostrador preguntándose dónde se había metido Brennan. El mexicano consiguió arrastrarse hasta la puerta, pero los compañeros de Latimer le impidieron salir. Latimer lo puso en pie, sacó un cuchillo de la caña de la bota y le rajó una mejilla. Brennan acababa de llegar atraído por el tumulto, pero sabía que en el pueblo no iban a apreciar que detuviera a tres hombres de Texas por agredir a un mexicano. Kate contempló al hombre que salía gimiendo del saloon con la cara ensangrentada, sin que nadie se ocupara de él, y Latimer la sujetó por un brazo.

–¡Ya basta! –exclamó Brennan.

Latimer lo miró sorprendido.

–No van a quedarse en el pueblo un minuto más –dijo Brennan.

Latimer sonrió.

–¿Te atreves a decirme lo que puedo o no puedo hacer?

Brennan se interpuso entre Kate y Latimer. Éste parecía más fuerte que él, pero Brennan había pasado por más situaciones como aquella de las que el tejano fuera a vivir nunca. Tal y como estaban situados, podía sacar su revólver antes de que Latimer lograra alzar el cuchillo. Éste lo sabía, y no se decidía a hacer su próximo movimiento. Uno de sus compañeros le tocó un hombro.

–Déjalo –murmuró–. No es más que un pobre desgraciado que está muerto de miedo.

Latimer lo apartó, le dio la espalda a Brennan y anduvo hasta la puerta seguido por los otros. Antes de salir se volvió y se dirigió a Kate, que estaba parada junto al marshall.

–Nos esperan en México –le dijo–, pero regresamos dentro de una semana y vendremos a buscarte.

Los tres hombres salieron del saloon y montaron a caballo. Los clientes volvían a sus vasos y a sus partidas como si no hubiera sucedido nada, pero dirigían miradas de desdén a Brennan, tal vez por haber permitido que tres forasteros le hubieran hablado de aquella forma. Kate no se apartaba de su lado.

 –No te preocupes dijo Brennan–. Nadie volverá a molestarte.

Al cabo de un rato, mientras la veía subir las escaleras del hotel y recorrer el pasillo hasta su habitación, Brennan recordó haberle dirigido palabras similares al ayudarla a bajar de la diligencia una semana antes.

Aquella noche las horas pasaron lentamente para él. Después de consolar a Kate, había salido del saloon, había seguido a los tejanos hasta su oficina y les había devuelto sus armas. Ellos no dejaron de mirarlo mientras las ajustaban a la cintura, como si buscaran retener su rostro antes de desaparecer en la oscuridad hacia las afueras. Brennan volvió al saloon y bebió un trago. De regreso en la oficina tras acompañar a Kate hasta el hotel, se tumbó sobre el camastro, hastiado. Se preguntó cómo se sentiría ella. Por primera vez en su vida, deseó poder retroceder en el tiempo y volver al lugar donde había conocido a la madre de la mujer que ahora estaba bajo su protección. Recordó cuando había llegado al Suroeste con su hermano Bill, quince años antes, huyendo de la justicia tras un incidente en el pueblo de Colorado donde vivían. Pronto lo nombraron comisario de Silverton, Texas, y desde entonces Brennan había perdido la cuenta de las veces en las que se había jugado la vida frente a escoria como Latimer. Ahora Bill trabajaba de vaquero en un rancho de Arizona, la madre de Kate estaba muerta y él representaba a la ley en Colfax, Nuevo México, hasta que sus vecinos consideraran que ya no lo necesitaban y se decidiera al fin por el retiro, o algún joven de gatillo fácil, tal vez el propio Latimer, terminara disparándole por la espalda. Tiró del ala del sombrero y cerró los ojos, pero tardó en conciliar el sueño.

2

Una semana después los tejanos aún no habían vuelto, y hubo quienes opinaron que las palabras de Latimer no habían sido más que bravatas. Pero la noche siguiente, los escasos transeúntes que quedaban a esa hora apuraron el paso hacia sus casas en cuanto avistaron a tres jinetes que se acercaban por la calle principal. Brennan aguardaba junto a la barra cuando los tejanos entraron en el saloon con las armas a la cintura. Latimer sonrió al verlo y le explicó que no habían tenido tiempo de dejarlas en su oficina, porque llevaban prisa y sólo habían parado en el pueblo para recoger a Kate. Dos mujeres se levantaron de sus sillas y se arrimaron a la escalera. Los clientes no levantaban la cabeza de sus cartas y sus consumiciones, aunque ninguno era capaz de seguir jugando. Mientras Brennan dejaba el vaso sobre el mostrador, Kate, sentada en la penumbra del fondo, hizo ademán de levantarse.

–No te muevas –dijo Brennan.

Los tejanos se volvieron hacia él. Kate ya estaba de pie.

–Siéntate –dijo Brennan. Ella obedeció.

–¿Estás de broma? –repuso Latimer.

–Ella no se mueve de aquí –afirmó Brennan.

Kate lo miró con ojos suplicantes. Deseaba que aquello terminara de una vez, aunque eso supusiera salir del local con Latimer. Éste avanzó levemente hacia Brennan. Kate se levantó y se adelantó unos pasos, pero se detuvo sin saber qué hacer. Los clientes seguían en sus sillas con gesto de temor y ansiedad.

–Largo de aquí –dijo Brennan sin moverse de donde estaba–. Y olvidaos de este lugar adonde no vais a volver nunca.

Imperceptiblemente, los tejanos trataban de situarse en torno a él.

–Largo de aquí –repitió Brennan en voz baja.

Kate no se atrevía a intervenir, temiendo que una palabra pronunciada a destiempo hiciera que los cuatro hombres abrieran fuego. Latimer tiró del revólver y Brennan desenfundó y lo abatió con un disparo en el pecho. Los otros sacaron sus armas, pero apenas tuvieron tiempo de apretar el gatillo y hacer añicos los vasos del mostrador antes de caer bajo los disparos de Brennan. Los clientes se levantaron y salieron apresuradamente evitando pisar los cadáveres. Las mujeres los contemplaban con apatía, como si no fuera la primera vez que eran testigos de una situación similar. Brennan cargó el revólver y lo devolvió a la funda. Kate se acercó hasta él. Brennan sabía cómo se sentía.

–Olvídate de ellos –le dijo–. Todo ha terminado.

3

Media hora después, los empleados de la funeraria se habían llevado ya los cuerpos de Latimer y sus compañeros. Brennan, Kate y Donohue tomaban una última copa en un saloon vacío. Era la hora del cierre. Brennan apuró su vaso y se dispuso a pagar su consumición y la de Kate, pero Donohue lo detuvo.

–Eso esta pagado –dijo.

Brennan lo agradeció llevando la mano al ala del sombrero. Luego anduvo junto a Kate hasta la puerta, y un grupo de curiosos que se habían reunido frente al local se hizo a un lado para dejarlos pasar. Brennan acompañó a Kate hasta el hotel y le deseó buenas noches. Desde el umbral, antes de entrar, Kate lo vio caminar hacia su oficina por la calle principal de Colfax.

lunes, 12 de mayo de 2014

LA BALADA DE HENRY MADDOX

Tres hombres cabalgaban al atardecer entre las sombras que empezaban a formarse en el interior de los montes Ozark. Sin dejar de escudriñar la creciente oscuridad, atravesaban claros, remontaban lomas, cruzaban riachuelos, se detenían un instante para verificar la ruta y volvían a desaparecer tras una curva de aquel sendero bordeado de vegetación húmeda y frondosa cuyo ramaje se unía a pocos metros por encima de ellos. El que iba en cabeza se llamaba Henry William Maddox y no pasaba de los treinta años. El ala de su sombrero, en otro tiempo adornado con una pluma, ensombrecía un rostro anguloso de barba castaña y expresión dura y fatigada. Bajo el raído guardapolvo con el que se cubría asomaba una chaqueta que un día fue elegante, y de su cinturón sobresalían las culatas de cuatro revólveres Colt Navy del calibre 38. Le seguía Robert Brady, un hombre alto y corpulento de mirada sagaz, aunque nublada por el cansancio. Era algo mayor que Maddox, vestía ropas humildes y ajadas y portaba el mismo armamento, distribuido entre su cinturón y la silla de montar. Cerraba la marcha George Carter, un joven de apenas dieciocho años vestido de modo similar al de Brady. Su expresión resuelta se transformaba en una mueca impaciente cuando oía un ruido difícil de identificar y llevaba las manos a las culatas de sus Colts, mientras giraba sobre la silla como si temiera una emboscada, aunque conocía el terreno tan bien como sus compañeros.

Unas horas antes, Maddox, Brady, Carter y otros tres veteranos del ejército confederado habían atracado el banco de Griffin, Arkansas, una pequeña ciudad situada a treinta millas al sur de la frontera con Missouri. Cuando salían del local se encontraron con un grupo de hombres armados y distribuidos a lo largo de la calle, que abrieron fuego contra ellos en cuanto dieron un paso adelante. Dos de los atracadores cayeron allí mismo y los otros lograron montar y escapar al galope en dirección a los bosques, pero uno de ellos recibió un balazo en la espalda, cayó por tierra y fue alcanzado de nuevo antes de poder recuperar las riendas de un caballo encabritado. Los fugitivos se adentraron en un territorio inhóspito siguiendo una ruta que muy pocos de sus perseguidores habían transitado antes. Después de media jornada de marcha dura y fatigosa, lograron dejarlos atrás y siguieron cabalgando hacia el remoto lugar donde pasarían la noche, para luego continuar la huida camino del sur. Era el golpe más grave que habían sufrido desde el final de la guerra, y Maddox no ignoraba que si en la ciudad estaban al tanto de sus planes, alguien de la banda tenía que haberlos delatado.

Los jinetes ascendieron un terreno escarpado, alcanzaron la parte alta de una colina cubierta de árboles y maleza y se detuvieron frente a una cabaña que apenas se distinguía a la luz del crepúsculo en medio de la espesura. A sus oídos, proveniente del valle ya a oscuras que acababan de recorrer, llegaba el murmullo de un río. Desmontaron, ataron las riendas de los caballos al tronco de un árbol, echaron un último vistazo alrededor y entraron. Maddox encendió una lámpara cuyo tenue resplandor le permitió ver el interior de la estancia: dos ventanas desde las que podían cubrir parte del bosque y el acceso a la cabaña, una cama destartalada con un par de mantas polvorientas, un pequeño baúl, una mesa y sillas y una escupidera. Brady y Carter se quitaron los sombreros y se derrumbaron, agotados, en los asientos, mientras Maddox se despojaba del sombrero y del guardapolvo, que arrojó uno encima del otro sobre la cama. Luego abrió el baúl, sacó una botella de whisky y vasos y se sentó a la mesa con sus compañeros.

–Mañana a esta hora estaremos camino de Texas –dijo con gravedad después de que todos hubieron bebido. Luego observó a Brady y a Carter.

–Fue una trampa –afirmó al cabo–. Conocían nuestro plan. No tuvieron más que esperar a que saliéramos del banco para cazarnos.

Sus compañeros levantaron la vista, asombrados.

–Los hombres de Pinkerton llevaban tiempo sobre nuestra pista –añadió Maddox–, y al fin nos han encontrado.

Apuró su vaso. Carter y Brady lo miraban con atención. Maddox se dirigió al primero.

–George, te uniste a nosotros hace pocos meses por mediación de Hathaway, pero siendo el menos experimentado, escapaste del tiroteo sin un rasguño.

Carter se movió ligeramente hacia delante, como si no comprendiera lo que acababa de oír.

–Dos días antes del atraco saliste del refugio y fuiste hasta Dunning –siguió Maddox.

–Fui a la granja a ver a mi madre –explicó Carter–. Ya lo hice otras veces, y no pusisteis ninguna objeción.

–Los agentes de Pinkerton te estaban esperando allí.

–¿Estás loco, Hank? –exclamó Carter.

–No es la primera vez que sucede algo así. Tenía que haberme dado cuenta, pero me fié del criterio de Hathaway.

Carter trató de sonreír, pero sólo logró una mueca atribulada.

–Supongo que bromeas...

–No hay otra explicación. Llevamos mucho tiempo aislados, nadie más conocía nuestro plan.

–Brady también salió –protestó Carter de buena fe–. Y lo mismo hicieron Lane y Ellsworth.

Brady miró fijamente a Carter.

–A Lane y a Ellsworth los mataron delante del banco –repuso Maddox–. Y Brady lleva luchando a mi lado desde que estalló la guerra.

Carter no supo qué responder.

–Levántate –dijo Maddox, echando su silla hacia atrás e incorporándose.

Carter pareció enmudecer.

–¿Qué estás diciendo? –murmuró.

Brady se puso en pie y se desplazó a un lado de la mesa.

–¡Levántate! –bramó Maddox.

Carter se irguió sin apartar la mirada de la suya.

–Maldita sea, Hank, yo no hice nada...

–No vamos a perder más tiempo. Tienes la oportunidad de defenderte. Es más de lo que mereces.

–Hank, sabes que no tengo ninguna oportunidad contra ti...

Carter retrocedió hacia la puerta y se detuvo al sentirla a su espalda. No podía hacer frente a Maddox, pero tampoco tenía ninguna posibilidad de abrir y salir corriendo de allí. Brady no se movía de donde estaba, y no parecía dispuesto a hacer nada por ayudarlo. Carter se dio cuenta de que era el final del camino para él. Sin embargo, no había delatado a Maddox, y sería incapaz de traicionar a unos hombres junto a los cuales había encontrado al fin su lugar. Acercó la mano al revólver que llevaba entre el cinturón y la camisa. Maddox aguardaba al otro lado de la mesa. Carter tiró del revólver, Maddox desenfundó y abrió fuego y Carter cayó contra la puerta, se encogió con un gesto de dolor y se vino abajo. El revólver estaba entre los dedos de su mano derecha, pero no había llegado a disparar. Dejó escapar un gemido y cerró los ojos. Maddox guardó su arma y se acercó hasta él, dándole la espalda a Brady. Éste retrocedió unos pasos sin hacer ruido y sujetó su revólver con tiento. Maddox contempló en silencio el cadáver de Carter. Iba a volverse cuando Brady sacó el revólver y le disparó a quemarropa hasta vaciar el cargador. Se detuvo al apretar el gatillo y sentir que no le quedaban balas. Su corazón latía con rapidez. Maddox estaba tirado a sus pies con la cabeza hecha pedazos y la espalda y los brazos acribillados. Brady no podía creer que hubiera matado a aquel hombre sin ayuda alguna. Guardó el revólver olvidando cargarlo, tosió a causa del humo que se extendía por el interior de la cabaña y dejó escapar una carcajada nerviosa. Luego recordó cómo, cuatro años antes, su caballo se había roto una pata cuando huían de Gettysburg y Maddox volvió sobre sus pasos a galope tendido para sacarlo de allí en la grupa.

Brady salió evitando pisar a los dos hombres tirados frente a la entrada, montó un caballo que creía el suyo (en realidad era el de Carter), picó espuelas y se perdió en la noche.