domingo, 13 de abril de 2014

SCHOOL DAYS (VIII)


A mis primas Paloma y Rocío
Hace treinta años, una semana de octubre, se anunció en mi pueblo el paso inminente del ciclón Hortensia, lo que trajo miedo a un lugar donde suele haber grandes temporales durante el invierno, pero raramente de aquella magnitud. El viento se abatiría sobre la zona a media tarde, así que durante la mañana la rutina siguió su curso habitual en los distintos barrios. En la pequeña avenida de las afueras donde estaba el colegio eran palpables el temor y la incertidumbre. Las señoras que venían de las aldeas cercanas para vender la leche que transportaban a lomos de burros, las que hacían la compra en el ultramarinos, los jubilados y los conductores de autobús que frecuentaban los dos bares que había entonces, los profesores y los alumnos del colegio, no hablábamos de otra cosa. Las madres de algunos compañeros predecían algo similar a los ciclones tropicales que veíamos ocasionalmente en los informativos, con árboles cediendo ante la fuerza del viento hasta ser arrancados de raíz, tejados desmantelados volando bajo la lluvia y calles inundadas entre las que flotaban coches a la deriva.

Se suprimieron las clases de la tarde y todas las del día siguiente, los autobuses de cercanías dejaron de circular y los comercios cerraron antes de la hora, así que cuando salimos del colegio al mediodía encontramos una avenida vacía y silenciosa bajo un cielo nublado de aspecto amenazador. Mis padres nos estaban esperando con el coche a mi hermano y a mí, y también a nuestras primas, que vivían en una finca situada junto al camino que pasa por delante de la nuestra. Al cabo de unos minutos, después de recorrer una carretera en la que coincidimos apenas con dos o tres vehículos, ellas entraban en su casa, donde estaban ya sus padres, que habían llegado del trabajo antes de lo habitual. Nosotros cruzamos el camino y cerramos bien el portal, comprobamos que no quedaran fuera bicicletas, balones, rastrillos o tijeras de podar, guardamos el coche, metimos a los perros en el garaje y fijamos alguna contra que siempre se soltaba cuando había viento. Luego, mientras almorzábamos, el tiempo transcurrió con lentitud. Al cabo de un rato empezó a llover, y a media tarde el ciclón se abatió sobre el pueblo. Fue bastante repentino: en lo que recuerdo como un abrir y cerrar de ojos el viento soplaba con furia sacudiendo macizos de flores, árboles y postes de la luz, que mi hermano y yo veíamos desde una ventana del salón. Difuminados tras las violentas ráfagas de lluvia, más allá del muro que rodea la finca, avistábamos prados en pendiente y extensos bosques cuyo verde oscuro se confundía a lo lejos con el gris y el negro del cielo, y si nos acercábamos a otra ventana más protegida podíamos ver la casa de mis primas por detrás de la vegetación del camino. Las imaginé allí dentro, a resguardo del temporal, tal vez mirando admiradas por una ventana como estábamos haciendo nosotros. De vez en cuando oíamos a pocos metros una teja estrellándose contra el suelo de piedra. Me pareció distinguir el chillido lejano de un pájaro entre el fragor del viento, pero no le dije nada a mi hermano. Nos preguntamos cómo andarían los perros; fuimos hasta el garaje, y al abrir la puerta los vimos durmiendo plácidamente cerca de la caldera de la calefacción. Cuando anochecía se fue la luz, de modo que encendimos una linterna, sacamos velas de los cajones de la cocina y las distribuimos por las habitaciones de la planta baja. Al pasar por el vestíbulo y levantar la cabeza, me asustó ver las escaleras de madera que desaparecían en la oscuridad de la primera planta, y al entrar en el salón con una vela en la mano evité mirar el reflejo de mi rostro en el espejo colgado de la pared. Pero estábamos bien allí, sentados en el amplio sofá y cubiertos de mantas, mientras recordábamos otras noches de tormenta en el pueblo del interior donde habíamos vivido años antes y mi padre nos contaba anécdotas de la mili o del colegio mayor. Pensé en los alumnos internos del colegio, que debían de estar pasándolo en grande en las habitaciones de la sexta planta del gran edificio que durante el curso hacía las veces de internado, gastándose bromas pesadas y sabiendo que no tendrían que ir a clase al día siguiente…

Al día siguiente, después de la tempestad, llegó la calma. Los árboles plantados en torno a nuestra casa habían resistido el ciclón, aunque el alpendre construido contra el muro al fondo de la finca perdió parte del tejado de amianto. La casa de mis primas no había sufrido daños, pero el viento había derribado una verja cubierta de hiedra y terminó desplazando el Citroën 2CV de mi tía hasta un maizal contiguo. Según contarían luego los vecinos, en algunas viviendas de los alrededores habían volado muchas tejas, lo que permitió a la lluvia alcanzar desvanes y habitaciones de las plantas superiores. A última hora de la mañana bajamos en coche hasta el pueblo. En la avenida de las afueras, bajo un cielo húmedo y gris, las propietarias de los comercios salían a la calle con mandilones sobre los jerséis de cuello vuelto y barrían los cristales esparcidos por la acera delante de los escaparates. Después de parar un momento en el centro, mi padre condujo hasta el extremo del puerto pesquero y aparcó frente a uno de los pilares del puente del ferrocarril que pasaba a veinte metros por encima del viejo aserradero. Las amarras de varios botes se habían roto; uno había chocado contra una de las cepas del puente y los otros habían terminado varando en la pequeña playa contigua. Dos árboles de un prado cercano a la vía férrea se habían venido abajo. Las raíces quedaban al descubierto, y troncos y ramas colgaban peligrosamente en el vacío sobre el dificultoso sendero de tierra que desciende hasta la arena entre las rocas y la maraña de vegetación. Salimos del coche envueltos en abrigos y anoraks y paseamos unos minutos por el muelle, adonde llegaba un agradable olor a brea y salitre, mientras contemplábamos las olas que rompían contra las formaciones rocosas en el otro extremo de la playa, las aguas embravecidas de la ría y la línea plateada, difusa y lejana, que dibujaba el mar abierto al perderse en el horizonte. De vuelta a casa, nos fijamos en que seguía en pie un hermoso castaño que habían plantado muchos años atrás frente al solar donde ahora estaba el internado. Cuando mi abuelo decidió comprar el solar y llevar a cabo la obra les había indicado a los obreros que no cortaran el árbol, y el castaño era hoy era uno de los más antiguos de la avenida.

Unos días después del ciclón, mi abuelo salió de casa a eso de las cuatro y media y se encaminó hacia el internado, donde se disponía a trabajar hasta última hora de la tarde en su despacho de la planta baja. Luego, como habitualmente durante la semana, se acercaría hasta el centro del pueblo y compraría una revista en el estanco, recogería un pantalón en la sastrería o tomaría un vino con viejos conocidos en alguna tasca al finalizar la jornada. En aquel momento apenas se veía a gente por la avenida, ya que en el colegio aún no habían terminado las clases y todavía faltaban unos minutos para que abrieran los comercios del barrio. Mi abuelo cruzó la calle, dejó atrás un bloque de viviendas y anduvo en dirección a la entrada principal del internado. El castaño estaba situado a pocos metros de la puerta de aluminio y cristal. Cuando mi abuelo pasó por delante del árbol la copa se quebró y se vino abajo, le cayó encima y lo derribó con fuerza contra el suelo de cemento. Mi abuelo quedó atrapado entre las ramas, maltrecho por el impacto e incapaz de erguirse y desembarazarse de aquel peso. Un cuarto de hora después, un vecino que salía del bar contiguo al colegio volvió la vista y reparó en que el viejo castaño se había roto, y luego avanzó unos pasos, extrañado, porque le pareció que algo se movía bajo la hojarasca. Llamó a los que estaban dentro del local, y de inmediato cuatro o cinco personas cruzaban la calle y se apresuraban a  retirar la copa del árbol y sacar de allí a mi abuelo. Lo ayudaron a caminar de vuelta a casa mientras desde el bar telefoneaban al médico del pueblo. Cuando éste lo examinó le aconsejó pasar en cama el resto de la jornada, aunque no se había hecho nada grave.

Al día siguiente, ignorando el consejo de familiares y amigos, mi abuelo salía otra vez de casa a primera hora de la tarde y echaba a andar hacia el internado ayudándose con un bastón y cojeando ligeramente. Era un hombre bregado por la vida y muy poco dado a la sensiblería, pero cabe preguntarse si cuando llegó a la altura del castaño, frente al que había pasado de camino a su despacho durante los últimos años, algo se estremeció dentro de él. Veinte minutos después terminaban las clases de la tarde, y en medio del bullicio habitual un profesor detenía el tráfico en el paso de cebra para que cruzáramos la calle. Algunos alumnos subíamos a los autobuses escolares estacionados cerca del colegio mientras los conductores fumaban un cigarrillo y charlaban junto a los vehículos antes de arrancar. Las madres de otros se saludaban y paraban a hablar un momento al entrar y salir de las tiendas, los chavales corrían a su alrededor por la acera y la vida seguía su curso en la pequeña avenida de las afueras del pueblo.