viernes, 7 de junio de 2013

EN EL NORTE



My patron saint is a-fighting with a ghost
He’s always off somewhere when I need him most
Bob Dylan
1
Ribao dejó atrás las calles del centro, recorrió una avenida solitaria y anduvo hasta el anticuado bloque de cuatro plantas, construido cerca de la vía férrea, donde lo había alojado la empresa. La mañana de finales de agosto en que se instaló, no podía imaginar la humedad que cubriría las paredes y el frío que se filtraría por los resquicios de las ventanas durante el invierno. Pero no le habían confirmado su destino hasta el último momento, así que no tuvo tiempo de buscar nada mejor. Subió las escaleras, entró en un apartamento de la primera planta y dejó el abrigo sobre el respaldo del sofá. Por un instante se preguntó si había sido una buena decisión pedir el traslado y se sintió incapaz de pasar allí el resto del año. Apartó esas ideas de la cabeza, y después de consultar su agenda marcó el número de teléfono de la biblioteca municipal. Sabía que Natalia iba a quedarse hasta tarde, porque le correspondía supervisar las actividades que habían organizado en el pueblo con motivo de los próximos días festivos. Debía de estar cansada, lo más probable era que al salir quisiera volver a casa cuanto antes. Pero Natalia respondió en seguida, y Ribao distinguió el contento en su voz cuando ella le dijo que no le importaría dar un paseo. Decidieron verse a las nueve y media. Ribao colgó el teléfono, y desde la ventana observó las luces al fondo de la avenida. Faltaba más de una hora para la cita. Se puso el abrigo, salió a la calle y anduvo hasta su coche. Al subir conectó la calefacción, luego recordó que el radiador no funcionaba. Un cuarto de hora después, conducía bordeando los terrenos, los prados y los bosques que distinguía entre la niebla procedente del río. El pueblo se convertía en un punto difuso a la izquierda del retrovisor, pero Ribao tuvo la impresión de que no lograba alejarse de él. En realidad, le parecía seguir aún en aquella ciudad lejana en la que había compartido varios años de su vida con quien desde hacía poco ya no formaba parte de ella.
Ribao regresó sin prisa, y unos minutos antes de la hora acordada se dirigió hacia el centro. Aparcó delante de la biblioteca. Natalia no tardó en salir junto con varios vecinos en los que Ribao nunca se había fijado y dos a los que conocía: Liste, el alcalde, y Frías, que había trabajado en la oficina de correos y ahora era concejal del ayuntamiento. Cada vez que habían coincidido con este último, su conversación le había resultado sumamente desagradable sin saber exactamente por qué, y le sorprendía que ella fuera capaz de soportarlo. Antes de que se decidiera a acercarse hasta donde se encontraban, Natalia se había despedido ya de sus compañeros y se paraba frente a él. Como era de esperar, no estaba muy animada y parecía triste. Se besaron y echaron a andar a través del parque.
–¿Qué tal te fue? –preguntó Ribao.
–Una tarde agotadora. Y mañana igual. –Natalia miró alrededor antes de seguir hablando–. Estoy harta de Liste y sobre todo de ese cretino de Frías. No dejó de gritarme mientras trabajábamos, como si la hubiera tomado conmigo, hasta que tuve que echarlo para que nos dejara terminar de una vez. Y ahora que ha llegado al ayuntamiento, va a ser mucho peor. –Bajó la vista–. A veces me pregunto qué se nos pierde en este lugar.
Empezó a llover y el viento sopló con fuerza. Natalia y Ribao aceleraron el paso. No quedaba nadie por los estrechos pasajes cubiertos de hojas marchitas y de charcos que se abrían entre las hileras de árboles.
–Cuando acabe todo me gustaría hacer un pequeño viaje –dijo ella–. Aquí el invierno dura demasiado.
–Es una buena idea –afirmó Ribao.
Le pasó un brazo por detrás de los hombros para protegerla de la lluvia. Salieron del parque, llegaron al edificio donde vivía Natalia y entraron apresuradamente en el portal. Tomaron aliento. Natalia se quitó la bufanda y los guantes y Ribao le separó el pelo mojado de la frente. Luego charlaron durante unos minutos.
–Ha sido un paseo agradable –murmuró ella finalmente–. Te llamaré mañana, espero que podamos vernos cuando termine.
Ribao le acarició las mejillas y la besó. Sintió una inmensa ternura mientras la veía subir, abrir la puerta y sonreírle desde el umbral antes de entrar.
De regreso al coche, se cruzó con ocasionales transeúntes que lo miraron a la cara sin dar muestras de reconocerlo, aunque él reconoció a un pequeño grupo parado delante del ayuntamiento. Eran cazadores, debían de estar hablando de la cacería en la que iban a participar al día siguiente. Natalia le había explicado que aquella tradición se celebraba cada año y atraía siempre a muchos vecinos de los alrededores. Frías también cazaba, a Ribao le extrañó no verlo allí. Mientras conducía por una calle apartada en dirección a su apartamento, sonrió al recordar la tarde en la que había hablado por primera vez con Natalia, cuando coincidieron de camino a la biblioteca para asistir al pase de una película de aventuras. Los únicos espectadores eran ellos y un grupo de niños que acababan de salir del colegio. Después de la película, estuvieron charlando un rato en un bar tranquilo de las afueras y acordaron volver a la siguiente proyección. Desde entonces, cuanto más cerca se sentía de ella, más fuerte se hacía su temor a que también Natalia terminara marchándose tras haber compartido con él un tiempo prestado. Ribao tenía la impresión de estar ocultándole algo impreciso pero que nunca debía salir a la luz, impresión que lo acompañaba no sólo junto a ella sino también frente a las escasas personas a las que trataba cada día. Sentía que actuaba y que simulaba hasta el más mínimo gesto de cara a los demás, ya fuera al darle los buenos días al guardia de seguridad de la empresa o al sonreírle a Natalia cuando se encontraban al final de la jornada. Sin embargo, ella parecía sentirse más a gusto conforme iban pasando las semanas, y aunque cuando estaban juntos Ribao revelaba a menudo dudas e inseguridades que intentaba reprimir de inmediato, Natalia reaccionaba siempre con una sonrisa, una palabra o un silencio comprensivos.
Aparcó a medio camino entre la vía férrea y el bloque de apartamentos. Antes de salir del coche, pudo ver a alguien que se acercaba bajo la luz de las farolas. Reconoció a Frías y éste se detuvo un instante al verlo. Ribao se preguntó qué hacía en aquella parte del pueblo. Se apeó, cerró la puerta y echó a andar sin desviar la vista del frente. Frías redujo el paso, y al llegar a su altura lo miró a los ojos, movió la cabeza a un lado y a otro y escupió en el suelo a sus pies. Aunque apenas se saludaban por la calle y el rechazo que él sentía debía de ser recíproco, a Ribao le sorprendió aquella reacción. Siguió adelante y Frías pronunció su apellido en voz alta. Ribao se volvió. Frías sonreía sin apartar la mirada de la suya. Era una provocación ridícula, una de tantas que conocía tan bien y casi siempre había ignorado. Además, el aliento y los movimientos vacilantes de Frías revelaban que había estado bebiendo. Sin embargo, Ribao avanzó hacia él.
–¿Hay algún problema? –murmuró. Su corazón latía con rapidez. Frías hizo un esfuerzo para articular las palabras.
–¿Por qué te vemos siempre solo? –dijo–. Después del tiempo que llevas aquí, ¿aún no tienes un puto amigo en el pueblo?
Ribao no supo responder y eso le hizo sentirse inseguro.
–¿Y de dónde vienes ahora? –siguió Frías–. ¿De tirarte a esa desgraciada de Natalia o de caminar tú solo por la orilla del río?
Ribao le pegó un puñetazo y Frías retrocedió a trompicones y acabó cayendo. En cuanto consiguió levantarse Ribao lo golpeó de nuevo. Frías quedó tendido sobre la acera mojada con la nariz y la boca manchadas de sangre. Logró ponerse de pie apoyándose en una farola y se pasó la manga del abrigo por la cara. Ribao contuvo el impulso de derribarlo una vez más. Frías lo miró de arriba abajo, luego le dio la espalda y echó a correr hacia el centro del pueblo.
–¡Estás loco! –oyó Ribao antes de perderlo de vista entre las sombras. Respiró hondo, le parecía que su pecho iba a estallar. Cuando se sintió más tranquilo, anduvo hasta el portal y entró en casa.
2
Ribao se acostó tarde para dejarse vencer por el cansancio, pero aun así no logró conciliar el sueño. A sus oídos llegaban las pisadas de algún transeúnte solitario que caminaba hacia las afueras, el silbido del viento, el ruido de un coche saliendo del pueblo o los ladridos lejanos que provocaba a su paso. De vez en cuando, cambiaba de postura tratando de relajarse y le parecía oír aquellos sonidos con mayor intensidad. Se levantó, fue hasta el salón envuelto en una manta y se sentó en el sofá. Había pasado muchas noches similares meses atrás antes de instalarse en el pueblo, y ahora tenía que admitir que el cambio no estaba contribuyendo a liberarlo de la tristeza ni del miedo constante a una nueva pérdida. Sin embargo, la mirada y las palabras de Natalia reflejaban una confianza sincera y le hacían entender que cada día se sentía mejor a su lado. Cuando dormían juntos, Ribao se despertaba a veces de madrugada. Escuchaba su respiración, volvía la cabeza y contemplaba su perfil ante la pálida claridad del exterior. Luego cogía su mano y los dedos de Natalia se cerraban con fuerza en torno a los suyos.
Ribao se revolvió bajo la manta al oír la llegada del primer tren, un sonido que para él indicaba el comienzo de la jornada. A pesar del cansancio, ya no iba a dormirse de nuevo. Dobló la manta, se puso en pie y fue a la cocina. Mientras desayunaba se dijo que no debía seguir más tiempo en casa, además no había motivo por el que no pudiera disfrutar de un día festivo como cualquier otro habitante del pueblo. Decidió pasarlo fuera y visitar algunos lugares de los que Natalia le había hablado. Volvería al anochecer para encontrarse con ella delante de la biblioteca.
Salió a la calle y subió al coche. Se alejó del pueblo a la vez que un tren cargado de madera avanzaba en sentido contrario hacia la vía muerta de la estación, y unos minutos después se desviaba por una carretera secundaria, donde se cruzó con rancheras y todoterrenos conducidos por vecinos de aldeas cercanas que acudían a la partida de caza. Aumentó el volumen de la música que sonaba en la radio y pisó suavemente el acelerador. La carretera discurría entre prados en pendiente y extensos bosques. No era una ruta complicada, sólo había que prestar atención a las ocasionales curvas, tras las que podía surgir alguno de los camiones de la explotación agrícola perteneciente a Liste.
Ribao se detuvo en un cruce. Torció a la izquierda y dejó atrás un grupo de naves levantadas junto a un edificio en cuya fachada se leía el nombre del alcalde pintado con letras descoloridas. Ahora conducía por una carretera secundaria en una zona despoblada. Cuando empezó a llover subió la ventanilla y activó el limpiaparabrisas. Iba a conectar la calefacción, pero recordó que estaba averiada. En la radio retransmitían un partido de fútbol. Ribao cogió una cinta de la guantera, la puso y comprobó que no se oía. Con la mano izquierda sujetó el volante y con la derecha, sin apartar la vista de la carretera, rebuscó en la guantera de la otra puerta. Sacó varias cintas que se le escurrieron entre los dedos y cayeron al suelo. El parabrisas se estaba empañando. Ribao abrió la ventanilla unos centímetros y notó en su cara las gotas de lluvia. Buscó un trapo mientras se aproximaba a una curva, y en el momento de tomarla, al mismo tiempo que sujetaba el trapo con los dedos y frotaba el cristal, un camión de transporte de animales entró en ella ocupando parte del lado contrario. Ribao giró el volante bruscamente y apretó el claxon. El coche salvó la cuneta, Ribao rebotó en el asiento y oyó el rugido del camión que pasaba y seguía su camino. Pisó el freno y el coche se paró en seco al borde de un prado. Ribao deseó que el camión se estrellara en la próxima curva con el conductor dentro, quien quiera que fuese. Se preguntó qué demonios se le perdía a aquel tipo allá arriba en un día festivo, conduciendo reses camino del matadero. Imaginó que alguien, tal vez el conductor del camión, estaba riéndose de él, y se sintió ridículo. Bajó por completo el volumen de la radio. La lluvia resonaba sobre el parabrisas y el capó. Ribao observó la linde del bosque que comenzaba a veinte metros de la cuneta. El retumbar de un trueno se extendió por los prados, seguido de varios estampidos sucesivos. Mientras daba marcha atrás, recordó al grupo de cazadores parados delante del ayuntamiento y se sintió inquieto al imaginar a Natalia fingiendo interés por la conversación que tal vez estuviera manteniendo con ellos en ese momento.
Unos minutos después aparcaba delante de un bar de carretera a cincuenta kilómetros del pueblo. Entró, se sentó junto a la ventana y pidió un bocadillo. Ni la lluvia que caía con fuerza ni el hijo de puta del camión habían logrado arruinarle la mañana, pero su ánimo se había ensombrecido. Alguien abrió la puerta y por un instante Ribao sintió en la cara el frío del exterior. Al mirar las formas verdosas difuminadas por el agua que se deslizaba cristal abajo recordó otra mañana tormentosa como aquélla, la mañana en que salió de la ciudad, condujo por una carretera de las afueras y terminó sumándose al tráfico de la autovía que lo conduciría hasta su nuevo destino. Desde que había tomado la decisión de marcharse –y ya antes de eso–, el dolor que sentía en su roce con la vida y con las personas se había acrecentado, y todavía aumentaba un grado cuando, por un motivo u otro, recordaba aquellas últimas semanas en la ciudad con mayor intensidad que de costumbre. Hizo un esfuerzo por apartar las ideas oscuras y desoladoras que comenzaban a agolparse en su cabeza. Fue hasta la barra y pagó, salió, y aunque no sabía adónde dirigirse, subió al coche y siguió conduciendo.
3
Ribao regresó al pueblo antes de lo previsto y tomó una calle céntrica que llevaba hasta la biblioteca. Natalia no había terminado aún, pero prefería esperarla dentro del coche a volver a casa y aguardar allí a que lo llamara. Lamentaba no haberse inscrito en alguna actividad para poder entrar y pasar aquel tiempo cerca de ella. Aparcó delante de la biblioteca. Le sorprendía que no hubiera luz en las ventanas, como también le había sorprendido ver a poca gente por las calles más próximas, siempre concurridas y animadas en un día como aquél. Bajó del coche, fue hasta la entrada y comprobó que la puerta estaba cerrada con llave. A juzgar por el silencio, no debía de haber nadie dentro del edificio. Caminó unos minutos por los alrededores, sin alejarse demasiado y sin llegar a cruzarse con algún vecino a quien preguntarle si se habían producido cambios en el programa. Luego volvió al coche y condujo hasta el barrio donde vivía Natalia. Pero tampoco la encontró allí, así que regresó a su apartamento y se dijo que más tarde probaría a llamarla a la biblioteca o a su casa, o simplemente esperaría su llamada como habían acordado en principio.
Ribao aparcó cerca de la vía férrea, y al echar a andar hacia el portal oyó pisadas que se confundían  con las suyas. Volvió la cabeza sin detenerse: una figura corpulenta se acercaba por su derecha apareciendo y desapareciendo bajo el halo de las farolas. Ribao pensó en Frías, pero no se trataba de él sino de Marcide, el dueño del quiosco donde solía comprar el periódico. Marcide lo alcanzó con rápidas zancadas y se paró bloqueándole el camino. Parecía alterado, impresionado por algo que acababa de suceder o había sucedido hacía poco.
–Buenas noches –dijo Ribao antes de evitarlo y seguir adelante.
–¿Dónde ha pasado el día, Ribao? –preguntó Marcide.
Ribao bajó la vista y llegó hasta el portal. Mientras introducía la llave en la cerradura, oyó de nuevo la voz de Marcide.
–¿No se ha enterado de lo de Frías?
Ribao se detuvo. La mención de aquel nombre acababa de producirle una leve intranquilidad. Sin embargo, los asuntos de Frías no tenían nada que ver con los suyos ni con su vida. Abrió, guardó la llave en el bolsillo y entró en el edificio.
–¡Ha habido muertos y heridos! –exclamó Marcide.
Ribao se asomó con el abrigo en las manos. Le había invadido un súbito temor. Marcide lo miraba desde la acera, satisfecho por haber captado al fin su atención.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Ribao sin preocuparse por ocultar la creciente ansiedad que delataba la expresión de su rostro.
–Fue antes de la cacería. Frías se volvió loco, dicen que discutió con su mujer ayer por la noche, y esta mañana tuvo una disputa con Liste en el parque. Desapareció un rato y volvió con una escopeta cuando se reunían los cazadores. Mató e hirió a varias personas, hasta que la policía consiguió abatirlo.
El corazón de Ribao latió con rapidez.
–¿Quiénes han muerto? –murmuró.
–No estoy seguro. Creo que entre las víctimas estaban el propio Liste, el señor Costa, Luis Salgado, y también esa chica de la biblioteca, Natalia.
Ribao tuvo la impresión de que el aire no llegaba hasta sus pulmones. Recordó a Natalia entrando en casa veinticuatro horas antes y sintió como si le arrancaran un trozo de su propia carne. Se apoyó en el marco de la puerta. Iba a preguntarle a Marcide si Natalia estaba muerta o herida, qué demonios le había sucedido exactamente y adónde la habían llevado, pero Marcide lo observaba en silencio sin disimular la curiosidad ante su reacción. Ribao subió al coche, arrancó y tomó la carretera de las afueras con la mirada fija en el resplandor de los faros. Tenía idea de que el hospital se encontraba cerca del río, a un par de kilómetros de donde vivía él. Se alejó del pueblo, pasó por delante de la estación de ferrocarril, distinguió el brillo del agua entre los árboles, y pronto veía a lo lejos un edificio con luz en la planta baja. Dejó el coche en el aparcamiento, entró apresuradamente en la recepción y se detuvo sin aliento delante del mostrador. La vigilante de guardia lo miraba con extrañeza, pero no parecía dispuesta a ser la primera en hablar. Ribao se fijó en un médico que bajaba las escaleras de la primera planta con aire fatigado. Se dirigió a él tratando de articular las palabras.
–Por favor, ¿podría decirme qué le ha sucedido a Natalia? –murmuró–. Es la joven que trabaja en la biblioteca, yo soy un buen amigo suyo.
–Natalia está fuera de peligro –respondió el médico–. La hemos atendido hace unos minutos. Si espera por aquí un momento, no tardará en verla.
Después de darle algunas explicaciones que Ribao apenas pudo entender, el médico sonrió al oír sus palabras de reconocimiento, le estrechó la mano y se encaminó hacia otra estancia del edificio. Ribao se dejó caer en un asiento. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde la conversación con el médico cuando levantó la cabeza y vio a Natalia bajando las escaleras. Tenía el brazo izquierdo en cabestrillo y parecía agotada, pero en su rostro se dibujó un gesto de sorpresa y agradecimiento al llegar a la recepción y encontrar a Ribao esperándola. Éste corrió junto a ella y le besó los labios y las mejillas cuidando de no lastimarla en el brazo. Natalia le acarició la sien y apoyó la frente en su hombro. Ribao bajó la cabeza tratando de ocultar las lágrimas que inundaron sus ojos, pero ella le puso los dedos en torno al mentón y lo miró a la cara con una sonrisa que Ribao no tardó en devolverle. Dejaron pasar los segundos parados frente a la entrada. Luego salieron del hospital, subieron al coche y Ribao condujo de vuelta a casa.