viernes, 25 de enero de 2013

LITTLE TOWN FLIRT

A mediados de los años setenta, mi tío construyó junto al colegio del que era propietario una residencia de ocho plantas y más de cien habitaciones. Durante el invierno sólo se utilizaban las de la última planta, donde metían a los alumnos internos. Terminado el curso, los internos se marchaban y el edificio se alquilaba a turistas que venían del sur para pasar el verano en el pueblo. Dirigía la residencia un maestro al que mi tío había conocido cuando estuvo destinado en Córdoba. Era un tipo alto y corpulento, simpático, ingenioso, cordial y comprensivo (aunque recuerdo su espanto una ocasión en que le dije que había suspendido seis asignaturas: supongo que todo el mundo tiene un límite). Llegaba a finales de junio con su mujer y sus dos hijas, una de mi edad y la otra de la edad de mi hermano, y se encargaba de contratar a gente de la zona para ocuparse de la recepción, la cocina, el comedor y las habitaciones. Las hijas del director y el resto de los veraneantes salían todas las noches y contribuían a animar la bulliciosa vida nocturna del pueblo. A principios de septiembre se marchaban, y no volvían hasta el verano siguiente.

A veces mi tío me encargaba llevar algo hasta la residencia, y en cuanto subía las escaleras y empujaba la pesada puerta de cristal y aluminio me sentía fascinado por aquel enorme edificio dentro de cuya mágica atmósfera no veía sitio para mí. El tiempo parecía detenido en alguna época pasada, y su ambiente festivo y desenfadado quedaba a años luz de la sombría rutina de suspensos, peleas y expulsiones del instituto en que vivía entonces. Atravesaba la recepción y pasaba por delante de los ascensores mientras oía a mi alrededor voces alegres con acento del sur, llegaba hasta el despacho del director, hasta el salón, hasta la cocina o hasta alguna de las plantas superiores, y me dirigía a él con timidez, especialmente cuando sus hijas andaban cerca. Luego volvía al aire fresco y agradable de la mañana de verano, en el que se mezclaban el olor a ropa limpia proveniente de la lavandería y la brisa del río, que veía entre los árboles al otro lado de la calle. Unas horas más tarde, ya en mi casa, escuchaba a Del Shannon, Gene Vincent, Eddie Cochran o Sam Cooke con la imagen de las hijas del director dentro de mi cabeza. De vez en cuando pensaba en el curso que acababa de terminar, en los exámenes de septiembre y en el que vendría después, y deseaba morir allí mismo, escuchando aquellas canciones.

Quien no se sentía especialmente fascinado por la residencia y su misterioso atractivo era mi hermano, que durante un par de semanas estuvo montando camas junto a su amigo Manel para luego distribuirlas por las habitaciones. El director llegó antes de que hubieran terminado, así que coincidieron con sus hijas y los últimos días trabajaron codo con codo. Cuando les pagaron, Manel añadió el dinero a otros ahorros, compró una moto y se marchó a recorrer Galicia, pero Pablo se quedó porque desde hacía poco salía con la hija más joven del director, la que tenía su edad. Las tardes lluviosas de agosto las pasaría en la residencia, e hizo muy buenas migas con Carlos Rambo, camarero y gran piragüista que tenía un Ford Fiesta rojo y era famoso a nivel local por haberle roto varios dientes con una hostia del revés a un remero de un equipo contrario. Pero aquellas tardes que para mí, que las veía desde fuera, tenían un encanto atrayente e irresistible, desde el punto de vista de Pablo no eran más que una forma tan tediosa como otra cualquiera de perder el tiempo. Según me contaría luego, todo consistía en estar tirados por los cómodos sillones del salón diciendo alguna tontería y aburriéndose considerablemente mientras la lluvia golpeaba los cristales de los amplios ventanales de aluminio. El máximo nivel de agudeza se alcanzaba cuando alguien preguntaba la hora sabiendo de antemano cuál era, y a la respuesta: “las cinco”, replicaba presto e ilusionado: “y por el culo te la hinco”. Y así pasaban el tiempo. Cuando yo le preguntaba si, al menos, follaban, me decía que allí no follaba nadie.

En septiembre cada uno retomó su vida, pero Pablo y la hija del director volvieron a salir juntos el verano siguiente. Luego dejarían de verse, aunque ella y su hermana siguieron frecuentando a un grupo de gente entre los que estaba el gran Carlos (que en cuanto llegaba el mes de junio fichaba en la residencia para olvidar como fuera el tedio de los meses de invierno, por muchas competiciones en las que participara y por muchas hostias de medio lado que repartiera), mientras los días discurrían con placidez, los veranos eran largos, el otoño quedaba lejos y yo seguía escuchando, una y otra vez, aquellas canciones de Del Shannon, Gene Vincent, Eddie Cochran y Sam Cooke.