miércoles, 12 de diciembre de 2012

PLACE DE CLICHY

Max había sido mecánico en un taller de reparación de coches en Argel. Después de casarse, su mujer y él vinieron a Francia, alquilaron un estudio en La Courneuve y Max encontró trabajo de portero de noche en un gran hotel del distrito uno de París. Su idea era ocupar aquel puesto un tiempo y luego pasar al turno de día, como un primo suyo que había emigrado años atrás y ahora era recepcionista. Pero a Max nunca lo cambiaron de turno, así que su mujer terminó echándole en cara el haberla empujado a marcharse en busca de una oportunidad que no llegó, y por ese y otros motivos regresó sola a Argelia.

Cuando salía de trabajar cada mañana Max coincidía con Hakim, otro argelino que acababa de firmar su contrato de recepcionista. Después de estudiar hostelería, Hakim había hecho prácticas en provincias  en varios hoteles de la misma cadena y luego se había trasladado a París. Los jefes de brigada tenían un itinerario similar y le aseguraban que pronto ocuparía el mismo puesto, lo que sucedió al cabo de pocos meses. Hakim dejó de tomar café con Max a primera hora de la mañana. Antes de que éste se terminara su turno, le reprochaba que no realizara con más rapidez las ocasionales salidas y que no esperara en la recepción hasta que se hubiera presentado todos los recepcionistas de día. Éstos solían parar un momento en la cantina después de ponerse el uniforme mientras los recepcionistas de noche, cuya formación era mínima e insuficiente, se ocupaban de las primeras salidas a pesar de haber terminado ya su turno. Max siguió yéndose a la hora habitual y Hakim lo amenazó con informar a la dirección, aunque Max no supo si llegó a hacerlo. Entre tanto, a lo largo de la semana se acumulaban en la bandeja de Hakim tareas sin hacer que la jefe de recepción terminó encomendando a los recepcionistas de noche.

Hakim trabajó en París algo más de un año. Luego presentó su dimisión y anunció que se marchaba a Canadá porque lo iban a contratar en el servicio de reservas de un hotel de Quebec. Durante el mes de preaviso puso en alquiler el estudio donde vivía, situado a un paso de la place de Clichy. Para entonces Max estaba cansado del día a día en La Courneuve. La policía solía pedirle la documentación cuando bajaba del tren. El portal de su edificio había sido destrozado en numerosas ocasiones. Los vecinos se peleaban entre ellos y se insultaban de una ventana a otra. Su primo vivía  en la rue de Clichy y trabajaba en un pequeño hotel de Montmartre, y la mayor parte de sus conocidos frecuentaban los barrios cercanos de Pigalle y Barbès. Max contactó con Hakim, visitó el estudio y decidió alquilarlo. Cada mensualidad equivalía a una parte importante de su sueldo, pero Hakim le había hecho un precio de amigo, y en realidad no era demasiado dinero por vivir dentro de París y en una zona céntrica. Hakim cogería el avión un martes por la mañana, así que le propuso a Max encontrarse la tarde anterior cerca del hotel, antes de que éste entrara a trabajar, para darle las llaves y recibir en metálico la caución y la primera mensualidad.

El lunes, Max esperó por él en un café de la rue des Pyramides con el dinero guardado en un sobre dentro del bolsillo interior de la cazadora. Pero Hakim no acudió a la cita ni cogió el teléfono, y al cabo de un rato Max echó a andar hacia el hotel porque se acercaba la hora de empezar su turno. Acababa de llegar cuando recibió una llamada de Hakim. Éste le explicó que no iban a poder verse porque el metro en el que venía estaba bloqueado dentro de un túnel a causa de un accidente. Max le sugirió que pasara luego por el hotel pero Hakim le dijo que ya no tenía tiempo, aunque le prometió llamarlo más tarde. Sin embargo, Hakim no lo llamó y tampoco respondió cuando Max marcó su número desde la recepción.

La mañana siguiente, después de salir de trabajar, Max cogió el metro y fue hasta la place de Clichy con la esperanza de encontrar a Hakim en el estudio. Tenía apuntado en un trozo de papel el código de acceso al edificio; subió a la tercera planta y llamó a la puerta varias veces, y al no obtener respuesta volvió a la calle y se sentó en una terraza para esperar hasta que Hakim apareciera. Al cabo de media hora vio salir a Sylvain, un vecino que vivía en un piso alquilado de la misma planta. Sylvain caminó hacia la boca del metro y Max se levantó vaciando el contenido del vaso sobre sus pantalones, pagó la consumición y echó a correr tras él. Lo alcanzó cuando bajaba las escaleras y le preguntó si había visto a Hakim.

–¿Hakim? –dijo Sylvain. Parecía sorprendido–. Ayer por la noche lo vi salir a toda prisa cargado con varias maletas.

Ahora el sorprendido era Max.

–Pero si me dijo que se iba hoy –murmuró. Sylvain se encogió de hombros.

–¿Y qué va a hacer con su estudio? –preguntó Max.

–¿Su estudio? –sonrió Sylvain–. ¿Qué estudio?

Max no supo responder.

–Jodido Hakim... –siguió Sylvain–. Tenemos el mismo propietario. El viejo llevaba seis meses intentando echarlo porque no le pagaba el alquiler.