martes, 3 de julio de 2012

THE BUTCHER BOY (II)


I wish you was here in 19 and 10.
They was drivin' the women just like they was men.

Tradicional

Cuando era niño pasé algún verano en la casa indiana de mis abuelos, situada en una península verde y boscosa que se forma entre dos rías del norte. Era un mundo rural directo y agreste donde no hallaba rastro de la cortesía a la que estaba acostumbrado en el trato con mis padres, que allí parecía totalmente fuera de lugar. Eso me hacía sentirme inseguro al hablar con los vecinos, pero mis abuelos también eran corteses conmigo y sin embargo no veía que tuvieran dificultades para entenderse con aquellos mismos vecinos. La hija de uno de ellos venía a limpiar y a ayudar a mi abuela en la cocina. Se llamaba Celia, me llevaba tres o cuatro años y para mí representaba una especie de puente entre su entorno y el mío: podía mantener una conversación con sus hermanos empleando aquel tono duro y espontáneo que yo era incapaz de adoptar, y a continuación empezar a lavar la ropa mientras escuchaba cómo yo le contaba, haciendo un esfuerzo inútil por rebajar mi tono cortés, la última película que había visto o el último problema que había tenido en el colegio.

De vez en cuando, Celia se encargaba de matar alguna de las gallinas guardadas en un corral cercano a la casa. Aquello proyectaba una sombra siniestra sobre el aprecio que yo sentía por ella, aprecio que poco a poco se iba transformando en cariño debido a su aparente interés hacia todo lo que le contaba yo, y también porque teníamos edades cercanas y empezaba a darme cuenta de que me parecía muy atractiva. En una ocasión le pregunté si sentía grima al matar las gallinas, y después de reflexionar un momento, me respondió que sentía más bien una mezcla de pena y asco. Pero al matarlas ella me libraba de hacerlo yo, algo que quizá me acabaran encomendando tarde o temprano.

Mis temores se confirmaron cuando cumplí catorce años y alguien decidió que bien podía llevar a cabo aquella tarea para que no se ocupara Celia de todo. Una mañana de septiembre en la que, por algún motivo, sólo estaríamos en casa ella y yo, nos encargaron sacrificar dos gallinas viejas que ya no ponían huevos. Celia iba a despachar una para mostrarme cómo se hacía y yo seguiría con la otra. La tarde anterior, me explicó que podíamos utilizar un hacha o un cuchillo: ella prefería el hacha, pues todo era cuestión de un golpe seco y certero, mientras que con el cuchillo había que cortarle el gaznate sin que la gallina se te escapara de las manos (había que “hacer filetes”, dijo Celia sonriendo). Al escucharla, sentí un ligero vahído y me dije que íbamos a utilizar un hacha que estaba guardada en algún lugar del garaje. En cuanto se marchó fui hasta allí: abrí cajones y armarios, hurgué en estanterías, aparté telarañas, miré por encima y por debajo de muebles, revolví en cestos y cajas, pero por más que busqué no conseguí encontrar el hacha.

Celia llegó a primera hora de la mañana. Estuvimos charlando unos minutos, luego se puso un mandil cuya cinta le ayudé a anudar a la espalda y comentó que podíamos ir ocupándonos de las gallinas. Cuando le pregunté por el hacha me dijo que no sabía dónde estaba, así que buscó en un cajón de la cocina y sacó un cuchillo muy afilado con el que, tiempo atrás, yo me había abierto una mano al cortar un trozo de goma para hacer la cazoleta de una espada de palo. Volví a notar un vahído. Después de separar algunas hojas de una pila de periódicos que había junto a la cocina de leña, Celia salió al jardín y yo la seguí. Alejé a los perros lanzándoles unos trozos de pan, llegamos al corral y aguardé junto a la puerta mientras Celia caminaba entre las gallinas, atrapaba una por las patas, se la llevaba afuera y la colocaba con habilidad sobre una mesa de piedra. A continuación le puso el cuchillo en el pescuezo mientras la sujetaba con firmeza y me explicó, sin que yo consiguiera entenderla, dónde y de qué manera había que cortar. La gallina aleteaba y trataba de escabullirse, pero en un abrir y cerrar de ojos Celia la degolló tan segura y metódicamente como si estuviera cortando pan, mientras un abundante chorro de sangre se extendía sobre la superficie de piedra. Cuando levantó la vista para asegurarse de que había entendido cómo se hacía yo debía de presentar un aspecto lamentable, porque se detuvo y me preguntó si me pasaba algo. Logré decirle que no, y ella siguió cortando hasta que la cabeza estuvo separada del cuerpo. Entonces le comenté que no me encontraba demasiado bien, y ella dejó el cuchillo y trató de sujetarme porque estaba a punto de caer. Me acompañó hasta la casa con un brazo en torno a la cintura, subimos las escaleras, entramos en mi habitación y me tumbé sobre la cama. Celia se sentó a mi lado y me puso una mano en la frente para comprobar si tenía fiebre. Avergonzado, murmuré que probablemente había sufrido un simple mareo por algo que había comido, pero ella, ignorando mis explicaciones, me dijo que aquello era normal, que a un primo suyo le había pasado lo mismo y que descansara sin preocuparme por nada. Me trajo un vaso de agua que le agradecí con un murmullo. Luego salió y se alejó escaleras abajo, y al cabo de un rato pude oír cómo entraba en casa de nuevo, tiraba algo en el cubo de la basura y sacaba varios cacharros de los cajones de la cocina. Pronto llegó arriba un olor nauseabundo: el de las entrañas de las gallinas, que Celia había puesto a cocer para dar de comer a los perros. Pese a todo, ya me sentía mejor. Me levanté, bajé las escaleras, abrí la puerta de la entrada y decidí caminar hasta el monte, de donde llegaban el olor de los manzanos y del mar con la primera brisa del otoño. A lo lejos podía ver las ramas de los árboles mecidas por el viento. Al salir miré hacia la ventana abierta de la cocina, donde Celia empezaba a preparar la comida. Ella levantó la cabeza y también me vio. Me preguntó cómo me encontraba y le dije que bien, que ya estaba recuperado. Antes de retomar su trabajo, me dedicó una sonrisa a la que respondí sonriendo algo azorado. La miré todavía un instante. Luego llamé con un silbido a los perros y eché a andar hacia el monte.