domingo, 26 de febrero de 2012

SCHOOL DAYS (V)

Hace una semana tiraron abajo el internado que había en las afueras del pueblo, cerca de la desembocadura del río. Un par de días antes, entré empujando una puerta desvencijada y subí hasta la última planta para ver si quedaba algo de interés en alguna de sus habitaciones. Recorrí el amplio corredor amedrentado por el eco de mis propios pasos, y al abrir los armarios y los cajones de las mesillas de noche encontré, grabados a punta de navaja, los nombres o los apodos de algunos alumnos a los que recordaba de cuando estudiaba en el colegio más de treinta años atrás. En el fondo de un cajón había una cinta con la banda sonora de la película Yo, "El Vaquilla". Mientras caminaba de vuelta  a las escaleras, me sorprendió el olor proveniente del rellano de la salida de emergencia. Me acerqué hasta allí: sobre el último escalón estaba el cuerpo sin vida de una paloma. Debía de haber entrado por la ventana de un cuarto de baño, a la que le faltaban los cristales, y habría muerto después de extraviarse en el interior del edificio intentando salir.

Llegué a la calle pensando en los internos con los que había coincidido un día tras otro durante ocho años difuminados en la distancia del tiempo: Julián Díaz, Miguel Tenreiro, Fernando Ribera, Juan Luis Pego… Sonreí al recordar a este último. Pego era un chaval de Lugo que había repetido un par de cursos en el colegio donde estudiaba y por eso lo mandaron al nuestro. La rutina en el internado tenía poco que ver con la de quienes vivíamos en el pueblo o en las aldeas cercanas. El día a día de los internos consistía en una sucesión de desplazamientos de las habitaciones al comedor, del comedor a las aulas, de las aulas al patio y del patio a las habitaciones bajo la amenaza permanente de ser abroncados, zarandeados o abofeteados por un profesor cualquiera sin que nunca estuviera claro el motivo. Al terminar las clases, nosotros paseábamos con parsimonia en dirección a nuestras casas mientras ellos pasaban el tiempo sentados sobre las gradas del patio cubierto, pinchándose con sus navajas o haciéndose pajas y apostando quién era el primero en correrse. Los más afortunados pasaban con sus familias parte del viernes, el sábado y parte del domingo, pero otros se quedaban en el internado una semana tras otra y sólo volvían a sus casas aprovechando algunas vacaciones.

Solitario, taciturno, duro y musculoso, había algo en la mirada cansada de Pego que le daba un cierto parecido con Bruce Springsteen, concretamente el Springsteen de la portada de Darkness On The Edge Of Town. Se sentaba en un pupitre individual al fondo del aula, y el lunes por la mañana solía llegar tarde porque siempre perdía el primer autobús. Cuando entraba en clase con la mochila al hombro, el profesor, invariablemente, le decía en broma que dejara de “dar el pego”, provocando una humillante carcajada entre sus compañeros. Durante su ausencia me gustaba sentarme en su pupitre, más amplio y cómodo que el mío, y clavar la punta del compás en el barniz que cubría el borde, algo que sólo se podía hacer sobre una madera antigua como aquélla. Cuando Pego llegaba y yo le cedía el sitio me advertía que no volviera a pinchar los bordes del pupitre, pero yo consideraba ridícula su preocupación por un simple asiento y la semana siguiente volvía a pincharlos. Una mañana de mediados de curso, Pego me advirtió por enésima vez que dejara en paz su pupitre. Le respondí que no diera el pego, y antes de que pudiera terminar la frase me pegó un puñetazo que casi me arranca un hombro, me agarró por el cuello y me estampó contra la pared. No volví a pinchar el pupitre, ni siquiera volví a sentarme en él.
Los viernes por la tarde algunos internos recogían sus mochilas, caminaban hasta el pueblo y esperaban el autobús que los llevaría de vuelta a la ciudad, y otros tenían que quedarse castigados en el colegio hasta la mañana siguiente o durante todo el fin de semana. En ese caso era habitual verlos por el mercado que se organizaba los sábados, regateando con los negros de los tenderetes o intentando robarles mientras éstos se ocupaban de otros clientes. Más tarde volvían al internado, a dejar transcurrir unas horas que no se diferenciaban demasiado de las de cualquier otro día y anticipaban como algo ineludible la mañana del lunes.
Unas semanas después del incidente del pupitre, cuando aquello estaba ya olvidado, Darío y yo salimos de clase un viernes y pasamos unos minutos contemplando las lanchas areneras que navegaban río abajo de regreso al puerto. Luego echamos a andar hacia el pueblo, y al acercarnos a la fachada del banco que hacía las veces de parada de autobús, vimos a Pego sentado esperando el suyo. Darío redujo el paso.
–Adiós, Pego –dijo con una ironía que no me gustó.

Era una tarde de primavera fresca y agradable. A lo largo del día se habían repartido varias bofetadas de las que nosotros nos habíamos librado, y debía de faltar poco para las próximas vacaciones. Tal vez por eso Darío se sentía exaltado y temerario, seguro de sí mismo y con ganas de bronca. Después de saludar a Pego se detuvo frente a él, aunque guardando una distancia prudencial, y le preguntó si esperaba el autobús para Lugo. Pego no respondió ni alzó la vista.

–Por fin vas a casa, ¿no? –insistió Darío sin matizar lo más mínimo la entonación burlona y desafiante–. Qué bueno que hoy no te hayan castigado.

Pego levantó la cabeza, lo observó un instante con una expresión que yo conocía y miró la carretera.

–¿Te pesa mucho la mochila? –preguntó Darío–. ¿Quieres que te ayude a llevarla o puedes con ella?

Ahora Pego lo miraba fijamente.

–A mí no me mires así –amenazó Darío fingiendo un brusco cambio de humor–, que aquí ya no estás con tus colegas del internado.

Pego se irguió de un salto y se abalanzó hacia él pero Darío echó a correr y se alejó rápidamente de la parada. Si Pego quería alcanzarlo tendría que perseguirlo y se arriesgaba a perder el autobús, además no podía cargar con la mochila, y si la dejaba quedar se exponía a que alguien se la robara. Darío lo sabía. Por eso, cuando Pego volvió a sentarse se acercó unos pasos y le dijo:

–Pego, a mí no te me pongas chulo porque igual te meto una hostia.

 –Me cago en dios… –murmuró Pego.

Darío adelantó el torso, como hacían los internos al empezar una disputa.

–¿Qué te pasa, Pego, ya te estás acojonando? –exclamó.

Pego bajó la vista y contrajo los labios en una mueca amarga que le dio a su gesto endurecido un matiz de derrota. Yo conocía esa expresión, la veía un día tras otro en el rostro de los internos cuando los profesores les pegaban, los empujaban para que anduvieran más deprisa al entrar en el comedor o se dirigían a ellos de manera despectiva. Le puse una mano en el hombro a Darío y lo hice avanzar.

–Vámonos ya –dije, tratando de que Pego no me oyera. Pero Darío me apartó y se encaró de nuevo con él.

–Ya nos vamos –afirmó–. Pero tú no te mueves de ahí hasta que llegue el autobús, ¿está claro? Y que no te vuelva a pillar en un renuncio.

Aquellas eran las palabras exactas con las que solía amenazar uno de nuestros profesores. Pego no apartaba la vista de la acera. Lo dejamos atrás, anduvimos unos metros, doblamos la esquina del edificio y seguimos calle arriba. Darío caminaba con el pecho henchido y la cabeza alta, victorioso e inflexible. Junto a la plaza en la que desemboca la calle había un pequeño bloque de viviendas y una parada de taxis. Cerca de los vehículos, cuatro o cinco taxistas nos miraban y sonreían, como si les divirtiera algo que estaba sucediendo detrás de nosotros. Aquello me alarmó: miré atrás, y el corazón me dio un vuelco al ver a Pego de puntillas y con los brazos alzados a un paso de Darío. Antes de que yo pudiera abrir la boca, ya había caído sobre él y empezaba a devolverle con creces todas sus ocurrencias de los minutos anteriores. Retrocedí un poco. Pego le pegaba a Darío puñetazos, empellones, bofetadas, rodillazos y, ya en el suelo, pisotones y patadas en la espalda; estas últimas, a causa de sus zapatillas deportivas, sonaban sobre Darío como cuando se patea un balón de fútbol. Me pregunté qué habría hecho con la mochila: tal vez se la había confiado a otro interno, aunque, en ese caso, lo normal sería que éste también estuviera allí contemplando la masacre. Quizá hubiera llegado a la conclusión de que, después de todo, no era tan grave perderla a cambio de poder ajustar cuentas con Darío. Vi aparecer el autobús a lo lejos, pero no me pareció prudente interrumpir a Pego para avisarlo. De todas formas, él también lo había visto: le dio un par de patadas más a Darío, lo dejó retorciéndose y gimiendo por el suelo y se marchó calle abajo a la vez que el autobús se desviaba y se aproximaba a la parada. Poco después, Pego aguardaba con la mochila al hombro a que la puerta se abriera, subía y sacaba su billete. Luego avanzó por el pasillo hasta el fondo, dejó la mochila en un asiento y se sentó en el de al lado. Mientras, el autobús se ponía en marcha y se alejaba del pueblo.