sábado, 19 de noviembre de 2011

SIN SALIDA

Then he remembered, and once again,
and for a moment, he was Koolau, the lepper
Jack London

Querida C:

Cuando te lleguen estas líneas, probablemente ya me habrán condenado. Quizá ni siquiera te molestes en leerlas, pues imagino que habrás sacado tus propias conclusiones ante lo que hice.

Como todos en el pueblo, debes de creer que soy un desgraciado que mató a Miguel Crespo sin motivo, un perro rabioso que luego aprovechó para quitarle su dinero e intentar huir. Supondréis que su muerte puso punto final a algo que empezó a fraguarse hace tiempo y que deberíais haber visto venir, pero que no intuisteis antes porque nunca os fijasteis en quien estaba fuera de juego casi desde el primer momento. Y lo peor es que cuando las miradas se volvieron con odio hacia mí, fue por haber matado precisamente a Crespo. Éste era un buen tipo, alguien popular cuya presencia producía reconocimiento, y sabía emplear con sorprendente espontaneidad las palabras adecuadas para recibir siempre una acogida favorable. Curiosamente, a mí no me saludaba por la calle, y si alguna vez coincidíamos en alguna conversación con otras personas me ignoraba o me hablaba de forma despectiva. En principio no pude comprender la causa de ese rechazo, pero pronto me di cuenta de que Crespo sólo se encontraba a gusto cerca de quienes se sentía próximo, y por tanto no quería tener que ver con un tipo introvertido, solitario, definitivamente extraño como yo. Me resultó doloroso; me gustaba la imagen que Crespo proyectaba en los demás, y durante un tiempo adopté un comportamiento que no era el mío tratando de actuar del mismo modo que aquellos a los que él apreciaba, y logrando únicamente que su desdén fuera todavía más pronunciado. Terminé por no darle importancia: yo había puesto todo de mi parte y no había obtenido más que rechazo de alguien a quien respetaba como, hasta unos minutos antes de acabar con su vida, respetaba a todo el mundo.

Si no te aburre lo que te estoy contando, me gustaría hablarte de Julia V. Supongo que la conoces, vino a trabajar en la biblioteca del pueblo hará un año, y hace un par de meses se mudó al mismo bloque que yo. Puede que te sorprenda, pero desde entonces no pasa un maldito día sin que piense en ella. En realidad, nunca intercambiamos más de dos palabras cordiales al coincidir en el portal o en el ascensor, así que no sé por qué me atrae tanto. Tal vez sea precisamente por esa cordialidad, el reverso del recelo que a menudo leo en los ojos de tantas personas, un recelo incomprensible que no ignoro provocar en cuanto nuestras miradas se cruzan. Como cabía esperar, Julia encajó en seguida en el entorno de Crespo, se entendió especialmente bien con él y no tardaron en salir juntos, lo que no cogió de sorpresa a nadie. Sin embargo, pronto resultó evidente que las cosas no estaban funcionando como deberían, y no había más que cruzárselos en la calle y fijarse en su expresión entristecida para darse cuenta de que aquello afectaba más a Julia que a Crespo.

Al poco de llegar ella, pensé en marcharme del pueblo. Pero si alguna vez iba a hacerlo, me sentía obligado a intentar acercarme a Julia antes para entablar algún tipo de trato personal, por mínimo que fuera, más allá de la cortesía elemental entre dos vecinos. El temor a este paso último, y la simple dejadez, hicieron que abandonara parcialmente la idea de la partida y prosiguiera con mi vida allí. Y esa vida oscura y mediocre seguía su curso mientras yo, que la sobrellevaba con el mayor aplomo posible, contemplaba como se cerraban muchas puertas a mi alrededor del mismo modo que Crespo me había cerrado de golpe todas las suyas.

Aquella noche que ahora todos recuerdan tan bien, pero que, pese a lo que acababa de suceder, sería una más de no haber muerto Crespo, me levanté de la cama tras un buen rato sin conseguir dormir. Me asomé a la ventana y contemplé las luces al fondo de la avenida. Me fijé en el despertador sobre la mesilla de noche: a esa hora solían volver Julia y Crespo. Al cabo de unos minutos, distraído, eché un vistazo hacia la acera, y los distinguí a lo lejos caminando en dirección al edificio. A medida que se aproximaban sus rasgos se hacían más nítidos, y no pude evitar observarlos. Aunque no quería oír las palabras, por sus gestos deduje que discutían, y en la mirada de Julia se veía que no le agradaba lo que Crespo le estaba diciendo. Se detuvieron frente a la entrada. Crespo seguía hablando sin alterarse lo más mínimo, incluso sonreía de vez en cuando, pero Julia parecía cada vez más trastornada por lo que estaba oyendo. La discusión terminó convirtiéndose en una disputa un tanto extraña. Julia comenzó a hacer aspavientos con los brazos, y Crespo, manteniendo en todo momento la calma, la sujetó por los hombros y trató de hacerla retroceder hacia el interior del portal. Al fin comprendí lo que sucedía: Crespo intentaba forzar a Julia. Me quedé petrificado en la ventana, pero enseguida reaccioné con un grito que lo hizo detenerse. Julia se desembarazó de él y, sin apenas levantar la vista, entró llorando en el edificio. Quien sí miró hacia la ventana fue Crespo. Sonrió con sorpresa e ironía al reconocerme, parecía divertido, y durante varios segundos me sostuvo la mirada. Luego giró la cabeza a un lado y a otro, se dio la vuelta y rehízo el camino hasta el bloque donde vivía, próximo al mío. Mientras lo veía alejarse, pensé que algo iba muy mal en nuestro pequeño pueblo. Fui de un lado a otro de la habitación intentando descifrar lo que había pasado, como si me hallara frente a un rompecabezas cuyas piezas no lograba encajar. Me envolvió un infinito desprecio hacia mí mismo y una insoportable sensación de confusión, tenía la impresión de estar en medio de una pesadilla. Incapaz de llegar a una conclusión coherente, saqué de un cajón la pistola que alguien me regalara tiempo atrás, la cargué y me dirigí a la casa de Crespo.

Crucé la calle sin darme cuenta, me encontré frente a su puerta y la golpeé con el puño. Al cabo de unos segundos, Crespo abrió y le descerrajé un tiro en el pecho. Crespo retrocedió y se vino abajo. Tras decirle algo que no oí, me fijé un instante en su cuerpo herido y lo rematé con otro disparo en la cabeza. Enardecido por el estruendo, el humo, la sangre y el calor que notaba por dentro cuando apretaba con fuerza los dientes, decidí llevarlo todo más lejos. Cogí el dinero que Crespo tenía en su cartera, lo guardé en mi chaqueta y eché a correr hacia la calle. Para entonces, un vecino lo había oído todo. Choqué con él cuando salía, de nuevo envuelto en una nube de confusión, pero ahora excitante e incluso agradable.

Subí a mi coche y dejé atrás el pueblo. No tardé en oír una sirena, y por el retrovisor vi el vehículo de la policía que intentaba alcanzarme. Sabía que no llegaría muy lejos, así que aparqué a un lado de la carretera y bajé con las manos en alto. Los agentes me rodearon, me hicieron varias preguntas a las que respondí con una mirada vacía y me empujaron al interior de su coche.

El resto, C, supongo que ya lo sabes. Se dictó prisión preventiva y alguna gente, policías, periodistas o simples curiosos, se interesaron por mi caso. Pero luego se acordó secreto de sumario y todos se olvidaron de mí, mientras el fiscal reunía las pruebas para encerrarme.

Ahora termino estas líneas que no sé si has tenido la paciencia de leer. A nadie le interesa ya saber el porqué de lo ocurrido. Lo único importante es que debe de estar casi todo listo para que dicten sentencia y me condenen.

Me encuentro muy solo, C. Pienso mucho en ti y, sobre todo, en Julia. Tengo tiempo para eso, aquí los días son interminables y las noches eternas. Me hago muchas preguntas, aunque ahora ya no me importa no encontrar las respuestas.

En fin, espero que te olvides pronto de mí (si es que no lo has hecho ya) y que seas feliz a lo largo de tu vida. La gente como tú tiene derecho a serlo.

Adiós, C.