miércoles, 5 de octubre de 2011

BACKWOODS

1
Después de lo que ocurrió hace diez años en el pueblo no volvimos a ver a Tom Brennan. Todos supusieron que su desaparición y el crimen estaban relacionados, y todos pensaban también que desde aquel otro suceso unos días antes, la reacción de Tom no se iba a hacer esperar. Sólo tres personas trataron alguna vez de ayudar al muchacho, y alguien tenía que pagar por lo que acababa de sufrir una de ellas.

Tom vivía con su padre en el interior del bosque. George Brennan trabajaba en el aserradero, donde sus compañeros lo evitaban a causa de su carácter violento e impredecible. En el pueblo se le atribuían pequeños robos, y cuando iba solía verse envuelto en algún altercado. Si una pelea salía mal, de regreso se desquitaba con Tom. Una noche apuñaló a un forastero con el que había reñido durante una partida de cartas. El jurado no tuvo que deliberar demasiado tiempo antes de condenarlo a la horca. Su hijo quedó a cargo de unos vecinos, que lo alimentaron, lo vistieron decentemente y lo mandaron a la escuela. En pocos días, Tom pasó de las continuas palizas que recibía de su padre a la prodigalidad con que Miss McTiernan, la joven maestra, descargaba su vara sobre nuestras manos. Pero ella logró que comenzara a venir tolerablemente aseado y mostrando unos modales rudimentarios pero esforzados, impensables hasta entonces en él. Miss McTiernan era la hija menor de un modesto pescador y la única de sus cuatro hermanos que había ido a la escuela. Su celebrada constancia, su temida severidad dentro del aula y su cordialidad fuera, llevaban a nuestros padres, la mayoría pescadores más humildes que el suyo, a saludarla por la calle con un respeto rayano en la devoción. Ella se ocupó de poner fin al trato duro y despectivo que Tom recibió al principio de los otros alumnos. Sin embargo, ni siquiera Miss McTiernan consiguió interesarlo en las lecciones, pues se evadía y parecía siempre triste y ajeno a lo que le rodeaba. Tom terminó por dejar la escuela, y Miss McTiernan se encargó de conseguirle trabajo en el aserradero de James Farrell. No debió de resultarle difícil, ya que desde hacía unos meses se la veía con cierta frecuencia junto al hijo del propietario. Por la mañana Tom pasaba camino del aserradero como uno más en la cuadrilla de peones. Fui de los pocos que lamentaron su partida, porque Miss McTiernan lo había sentado en mi pupitre y con el tiempo acabamos entendiéndonos bien.

2
Cuando expulsaron a su hijo de la universidad, James Farrell trató de que se ocupara del aserradero, pero John no tardó en volver a frecuentar las tabernas del pueblo y a relacionarse con los hombres que trabajaban para su padre. Estos fingían apreciarlo y se burlaban de él a sus espaldas, hasta que les demostró que sabía hacerse respetar como cualquiera de ellos. John era el único que parecía simpatizar con George Brennan. Habían estado bebiendo juntos la noche de la partida de cartas y la muerte del forastero, y algunos sostuvieron luego que Farrell también participó en la pelea. Después del ahorcamiento fue menos por el pueblo y evitó siempre los conflictos. Miss McTiernan acababa de ocupar su plaza en la escuela, y en seguida comenzaron a verse. Probablemente se hubieran conocido años atrás, antes de que Farrell se marchara a la universidad. Intuíamos que algo así iba a suceder tarde o temprano e íbamos a tener que aceptarlo, como teníamos que aceptar ahora el contraste entre sus orígenes, y la distancia entre el carácter afable de Miss McTiernan y el temperamento brutal de Farrell. Aunque nos costara admitirlo, era fácil entender que ella prefiriera aquella compañía a la de nuestros hermanos mayores, muchos de ellos empleados de James Farrell que apenas sabían escribir sus propios nombres.

Poco a poco, Miss McTiernan cambió en su manera de relacionarse con nosotros. Nunca llegó a descuidar su trabajo, pero yo notaba que algo le preocupaba a la vez que lo llevaba a cabo, aunque ella creía que ninguno de sus alumnos se daba cuenta. Su firmeza y su seguridad se fueron transformando en un estado de ánimo inconstante, en el que alternaban un rigor insólito y desproporcionado ante nuestras faltas más leves y una creciente melancolía que no era capaz de disimular. No nos dedicaba tanta atención como antes mientras hacíamos una tarea entre dos lecciones, y su vigilancia era menos estricta durante el recreo. Una tarde pasé por delante de su casa y la oí llorar al otro lado de la puerta entreabierta. Al día siguiente decidí volver. La vi salir de casa y alejarse del pueblo en dirección a la playa. Al cabo de unos minutos se encontraba con John Farrell en una cabaña abandonada, de donde no salieron hasta que anocheció. Miss McTiernan estaba sollozando, pero Farrell caminaba tranquilamente unos metros más adelante, como si no le incumbiera el motivo de su congoja.

Para entonces, Farrell había vuelto a frecuentar las tabernas y se había convertido en un hombre pendenciero y peligroso, tanto como lo fuera George Brennan. A veces coincidía con Tom, y lo provocaba diciéndole que nada bueno podía salir de un desgraciado como su padre. Tom evitaba una pelea siempre que fuese posible, y prefería marcharse antes que enfrentarse con él. Sin embargo, la gravedad de la ofensa hacía que aquella retirada resultara un tanto indigna. Así que nos preguntábamos si no quería problemas con Farrell por respeto a Miss McTiernan, o porque sabía que probablemente muy pronto estaría a sus órdenes.

El viejo falleció a los pocos meses de regresar John. Este lo sucedió al frente del aserradero, y sus empleados temieron por una empresa de la que dependían muchas familias del condado. Una semana después, Miss McTiernan apareció muerta en la playa.

3
Mientras varaba su cayuco, un pescador se fijó en una bandada de gaviotas que revoloteaban sobre un punto cercano de la costa. Atravesó la playa y se detuvo frente a un saliente rocoso, y después de espantar las aves se topó con el cadáver de Miss McTiernan sobre la arena. Se había abierto la cabeza al caer contra la roca y su rostro ya estaba desfigurado por los picos y las garras. El pescador corrió hasta el pueblo para avisar a los agentes de policía, que acudieron a la playa y rastrearon la zona. Al cabo encontraron a John Farrell dentro de la cabaña, con la ropa manchada de sangre y una botella vacía en la mano. No opuso resistencia cuando lo detuvieron, pero de camino a la prisión trató de huir y se vieron obligados a reducirlo y esposarlo. A lo largo del día, la policía interrogó a todos los que habíamos tenido relación con Miss McTiernan o con él. Yo nunca había acusado a nadie: lo que me llevó a revelar haberlos visto entrar en la misma cabaña varias semanas atrás no fue lo que pudiera sentir hacia Farrell, sino el pensar en Miss McTiernan y en lo que había hecho por Tom Brennan. Los hermanos de ella trataron de asaltar la cárcel y los agentes tuvieron que blandir sus porras y disparar al aire. Se comentaba que a Farrell lo iba a defender el abogado de su padre, y decían que eso, añadido a la falta de pruebas, haría probable que saliera bien parado. Entretanto, dejó de verse a Tom Brennan por la calle. Según sus compañeros de trabajo se había vuelto un tipo irreconocible, distante y taciturno.

Aunque nadie en el pueblo lo expresaba abiertamente, la hostilidad hacia John Farrell se mezclaba con la preocupación por lo que pudiera suceder si llegaba a ser condenado. Pero, como era de esperar, el jurado lo declaró inocente. Farrell volvió a tomar las riendas del aserradero. Poco después, Tom Brenann y los hermanos de Miss McTiernan perdían su trabajo.

4
Cuando John Farrell se acercaba hasta el pueblo iba siempre en compañía de dos o tres peones, como si temiera moverse solo por los alrededores. Una mañana no acudió al aserradero. Al anochecer, un pescador que volvía de la playa se paró a un lado del camino y echó un vistazo entre los arbustos, pues algo extraño había llamado su atención. La creciente oscuridad no le impidió ver el cuerpo de Farrell en medio de un charco de sangre con la garganta cortada de oreja a oreja. Unos metros más adelante, en el interior del bosque, dos de sus empleados estaban amordazados y atados al tronco de un árbol. La policía buscó a Tom Brennan y a los McTiernan. Estos fueron los primeros en ser interrogados, pero podían justificar todos sus movimientos durante la jornada. En cuanto a Tom, no dieron con él ni en la cabaña en la que siempre había vivido, ni en las tabernas que solía frecuentar, ni en los bosques de la zona. En realidad, llevaba varios días sin aparecer por el pueblo. Eso lo convirtió en el principal sospechoso. Pero quien hubiera matado a Farrell se había deshecho primero de sus guardaespaldas, dos hombres fornidos a los que no podía haber reducido solo. Así que tenía que haber actuado con ayuda de un cómplice, tal vez alguien con tantos motivos para detestar a Farrell como él. Durante las semanas siguientes buscaron a Tom por todo el condado, pero no hallaron ninguna pista sobre su paradero. Debía de estar lejos y nadie creía que fueran a encontrarlo.

En la escuela todavía no habían contratado un sustituto para Miss McTiernan, aunque yo tenía la impresión de que la edad de aprender mis lecciones ya había pasado. El aserradero cerró tras la muerte de Farrell. Muchos tuvimos que marcharnos del pueblo para buscar trabajo, y tardaríamos algunos años en regresar.

5
Yo regresé al cabo de ocho años. Cuando bajé del tren y eché a andar por las calles, el pueblo me pareció un reflejo triste de lo que había sido. Cerca de la estación se alzaba el edificio decrépito del aserradero, me sorprendió que aún siguiera allí.

Al caer la tarde fui hasta una taberna donde encontré a algunos de mis viejos amigos. El regocijo del reencuentro se confundió con una ligera melancolía. Charlamos, discutimos y festejamos hasta la madrugada. La conversación terminó derivando hacia el tiempo en que Miss McTiernan fue nuestra maestra. Se habló de ella con respeto y se hizo una leve alusión a su muerte, como si especular sobre ello hubiera supuesto enturbiar su recuerdo. Sin embargo, no pudimos evitar preguntarnos qué había sido de Tom Brennan, un tipo al que ninguno de nosotros llegó a conocer bien. Todos dábamos por sentada su participación en lo que sucedió luego, pero nadie había vuelto a saber nada de él.

Salimos del local al frío aire nocturno y cada uno se alejó en una dirección. Mientras caminaba hacia casa envuelto en mi abrigo, pensaba en que tampoco nadie supo nunca quién se había aliado con Tom Brennan para matar a John Farrell.