miércoles, 31 de agosto de 2011

CORAZÓN SOLITARIO

Estaba harto de ella, no podía soportarla más. Era la tercera discusión en lo que iba de semana, y se sentía agotado e incapaz de seguir argumentando. Así que salió de casa con la excusa de ir a buscar algo que había olvidado, llegó hasta la calle desierta y subió al coche. Puso la radio con el volumen bajo. Al fondo de la avenida veía las luces del pueblo. Encendió el motor y condujo hacia allí. Pasó frente a la gasolinera donde paraba cada mañana de camino al trabajo, dejó a un lado el puente sobre la desembocadura del río y bordeó las instalaciones del puerto. Al cabo de unos minutos aparcaba en una calle del centro. En uno de los bares aún había luz, aunque los empleados ya habían echado la reja. Solía parar por allí al final de la semana, pero eso no lo libraba de aquella impresión de estar atado, como si tuviera una correa de cuero en torno al pecho. A veces se fijaba en una joven sentada siempre cerca de la puerta: vivía en una aldea cercana y se habían acostado juntos durante una temporada, hasta que comprendió que aquello tampoco iba a librarlo del abatimiento que lo invadía. En el bar acababan de apagar la luz. Pensó en su mujer. Probablemente estuviera viendo alguna basura en la televisión, uno de esos programas de los que también él disfrutaba de vez en cuando. Era el momento de volver, antes de que se inquietara. Rehízo el trayecto hacia las afueras. Al dejar atrás el puerto no pudo evitar mirar por el retrovisor tratando de localizar algún barco, pero no vio más que sombras y luces difusas. Tuvo ganas de acercarse hasta la playa que había al otro lado del río. Aún estaba a tiempo: obedeciendo a un impulso, giró a la izquierda y cruzó el puente mientras dirigía rápidas miradas al río y los montes de los alrededores. Después de recorrer unos metros por un acceso mal asfaltado, aparcó al borde del pinar. Algunos vecinos paseaban tranquilamente camino de sus casas. Quince años atrás había salido con una mujer de la zona, tal vez ahora la madre de los niños que en ese momento caminaban por delante del coche. Abrió la ventanilla. A sus oídos llegaba el ruido del oleaje. Apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento y cerró los ojos. Por su cabeza pasaron los eslabones que jalonarían la tediosa rutina del día siguiente: el ronroneo del ascensor al bajar hasta la calle, la sensación de hastío mientras ocupaba la garita en el peaje de la autopista, la actividad al comienzo de la jornada y el aburrimiento durante las horas siguientes, la total falta de ánimo cuando terminaba de trabajar... Abrió los ojos sobresaltado después de un tiempo que no pudo precisar. Miró hacia el reloj del cuadro: aunque no era tanto como había supuesto, tenía que volver. Acercó la mano al contacto, pero no llegó a tocar la llave. Ya no quedaba nadie en la playa. Pensó en la joven del bar y en aquella mujer que probablemente viviera en los alrededores. Recordó las decisiones que había tomado, las que fue incapaz de tomar y las que otros habían tomado por él, y se preguntó si alguna vez estuvo en su mano el lograr que las cosas fueran de forma diferente a cómo eran hoy.

Encendió el motor con desgana. Cuando llegó al puente se detuvo y dejó pasar un coche. Al otro lado veía las luces del pueblo reflejadas en las aguas oscuras de la desembocadura del río. Miró por el retrovisor: el coche se alejaba en dirección contraria. Pisó el acelerador, entró en el puente y condujo de regreso lamentando carecer del valor suficiente para no volver nunca.