viernes, 15 de julio de 2011

SCHOOL DAYS (IV)

Una tarde lluviosa de primavera entré en clase y comprendí que acababa de haber un gran cristo unos minutos antes de que yo llegara. Juan Varela, un chaval de una aldea cercana duro como un ladrillo, tenía un lado de la cara hinchado, como si le hubieran sacudido más de lo habitual. Pero el ambiente en el aula no era grave sino más bien festivo, y Juan no parecía demasiado impresionado tras haber recibido semejante paliza: por el contrario, en su expresión se leía que consideraba aquello gajes del oficio. El Rantaplán, con quien empezaba la clase en ese momento, insistía en que le pidiera disculpas al Sapo, el profesor que al parecer le había pegado. No me sorprendió que hubiera sido él: el Rantaplán tenía la mano levantada, pero nunca hasta ese extremo. En cambio el Sapo no solía pegar, pero lo suponíamos acomplejado por su reducida estatura, y al mínimo atisbo de burla perdía el control y la emprendía a bofetadas. Recordé que una tarde del curso anterior, Juan charlaba con su compañero de pupitre y dejó escapar una sonrisa en el instante en que su mirada y la del Sapo se cruzaron por casualidad. El profesor se paró frente a ellos, quiso saber si Juan se estaba riendo de él, y como éste no respondía le estampó una bofetada que debió de oírse en la calle. Luego repitió la pregunta, y ante el silencio de Juan volvió a sacudirle. Cuando volvió a preguntarle Juan siguió sin responder, y recibió una vez más. Al terminar la clase le pregunté por qué no había contestado algo, lo que fuera, para que el Sapo dejara de pegarle. Él me dijo que no había podido porque el cabronazo de su compañero le estaba haciendo reír.

Juan había tropezado por segunda vez con la misma piedra, y al ver la forma en que el Rantaplán empezaba a alterarse y le exigía que le pidiera perdón al Sapo, comprendí que cabía la posibilidad de que le sacudiera él también si no daba su brazo a torcer. Miguel, mi compañero de pupitre, me explicó lo que había sucedido: antes de empezar la clase Juan había decidido demostrar su fuerza empujando la puerta del aula desde dentro al mismo tiempo que un par de chavales empujaban desde fuera para poder entrar. En seguida se formó una pequeña juerga en el pasillo, pues todo el que llegaba se sumaba a los de fuera y Juan lograba mantenerlos a raya por dentro. Hasta que el Sapo, que estaba en su despacho, salió al oír el ruido. Cuando vio la causa apartó a los chavales e intentó abrir, sin que Juan se percatara de que era el profesor quien se encontraba ahora en el pasillo. Juan empujó con firmeza, el Sapo también, y la puerta cedió unos centímetros. Pero Juan, sacando fuerzas de flaqueza, consiguió cerrarla en el momento en que el Sapo deslizaba una mano dentro, y le cogió un dedo. Si algo distinguía a Juan era su tenacidad (o, más bien, obstinación), por eso siguió empujando sin imaginar que el Sapo estaba al otro lado con el dedo aplastado entre la puerta y el marco. Miguel me explicó que, tras un último pero intenso forcejeo, el Sapo logró abrir, entró como una exhalación en el aula, derribó a Juan a bofetadas y siguió pegándole en el suelo. Apreciábamos a nuestro compañero, y Miguel me comentaba que le había resultado extraño ver a un tipo tan fuerte sucumbir bajo los golpes del Sapo. Cuando éste se cansó de pegarle, tomó aire y salió de clase sin decir una palabra. Así que ahora Juan tenía que pedirle disculpas por haberle machacado el dedo. El Rantaplán insistía, alterándose y haciendo con las manos el gesto involuntario de sacudir, pero Juan se negaba.

–¡Sí, para que me pegue otra vez! –decía, lo que provocó una carcajada en todo el aula. Al final el Rantaplán cedió, Juan no se movió de su pupitre y la clase transcurrió, si no recuerdo mal, sin mayores incidentes.

***

El curso siguiente, un viernes por la tarde, Juan charlaba con unos internos después de que el profesor hubiera salido a responder una llamada de teléfono. La conversación derivó hacia cuáles eran los profesores que pegaban y cuáles los que no, y alguien, frívolamente, incluyó al Sapo en el segundo grupo. Juan disentía.

–El Sapo pega unas hostias… –repuso con seguridad.

Hubo opiniones diversas, pero ni Juan ni ellos le dieron demasiadas vueltas: pronto cambiaron de tema y siguieron hablando de otras cosas.