jueves, 17 de febrero de 2011

EL LEGADO

Portero observó como el camión se alejaba carretera arriba y desaparecía tras el cambio de rasante, y entró de nuevo en la tienda. El calor de la estufa era agradable. Se sentó detrás del mostrador y siguió leyendo el periódico. Cinco minutos después, salía para llenar el depósito de otro camión. Cuando éste se hubo ido, Portero rehízo el camino hasta la puerta, pero se detuvo antes de abrir. Echó un vistazo a su alrededor. El intenso frío de enero teñía de un gris pálido los prados y los bosques que se extendían a ambos lados de la carretera. Bajó la vista. Entró, se sentó frente al periódico, y al cabo de tres o cuatro minutos oía detenerse un camión junto a los surtidores.

Cuando Portero volvió de trabajar, María no había llegado aún. Colgó el abrigo en el armario del vestíbulo y fue al salón. Desde la ventana vio la desembocadura del río y las luces de las aldeas al otro lado. Siguiendo aquella ruta, a quince kilómetros del pueblo, estaba la gasolinera. Portero se apartó de la ventana, pero algo lo hizo detenerse y mirar otra vez hacia los puntos de luz que bordeaban la carretera. Recordó el momento en que su padre había decidido abrir aquel negocio, veinte años atrás. Sonrió con amargura. La gasolinera había marchado viento en popa hasta que construyeron la autopista, y la importante vía de comunicación junto a la que estaba situada se convirtió en una carretera secundaria, por la que no pasaban más que los camiones del aserradero cercano y quienes tenían propiedades en los alrededores. Aunque quizá si el viejo hubiera prestado más atención a los vientos que soplaban entonces, habría podido prever que en menos de diez años la autopista acabaría construyéndose y habría invertido su dinero de forma más juiciosa. Pero qué más daba. Entró en la cocina, se hizo la cena y dejó lista la de María. Luego se tumbó en el sofá del salón, y pronto se quedó dormido. Media hora después, ella sonreía al abrir el armario para colgar su abrigo y ver allí el de Portero.

Portero no dormía bien por la noche, así que trataba de acostarse lo más tarde posible, vencido por el cansancio, para que las horas en la cama pasaran de un tirón. Pero siempre se despertaba de madrugada, y no lograba conciliar el sueño hasta un rato después. Al volver la cabeza contemplaba el hermoso perfil de María ante la pálida claridad proveniente del exterior. De vez en cuando tocaba su mano, y María cerraba los dedos en torno a los suyos.

Portero salió a la calle y subió al coche. Condujo a través del pueblo, dejó atrás los pequeños edificios de las afueras y tomó la carretera de la costa. La ría estaba cubierta de nubes oscuras, atravesadas por rayos de sol que producían reflejos plateados sobre la revuelta superficie. Pero el mal tiempo persistía, lo que iba a dificultar la tarea que tenía entre manos. A cinco kilómetros del pueblo se desvió a la derecha, y descendió por un camino estrecho y sin asfaltar entre prados cubiertos de malas hierbas y bosquecillos de árboles frutales. De vez en cuando bordeaba muros de piedra que protegían casas con garaje en la planta baja, hórreos que ya no se utilizaban y cobertizos donde se guardaban utensilios de jardinería o pequeñas embarcaciones. Pronto distinguió un tejado decrépito por encima de las copas de los árboles. Se echó a un lado y aparcó frente a una casa indiana de cuatro plantas. Su ánimo se ensombreció al bajar del coche y contemplar la amplia fachada. Anduvo hasta la entrada principal, sacó la llave del bolsillo y entró en un vestíbulo que olía a humedad. Subió las escaleras hasta la última planta. No tuvo más que echar un rápido vistazo para comprobar el estado deplorable en que se encontraban las tejas y las vigas del techo. Los días de lluvia el agua llegaría a las plantas inferiores debilitando las paredes. Al cabo de unos minutos, Portero volvía sobre sus pasos calculando cuánto podrían costar las reparaciones, a quién se las encargaría y cuál sería el mejor momento para llevarlas a cabo. Se paró un instante en el rellano de la tercera planta. Hizo ademán de bajar las escaleras, pero retrocedió y separó una llave del manojo. Entró en la vivienda. Mientras recorría el salón, los pasillos y las espaciosas habitaciones vacías, notó un calor agradable que se resistía a admitir como nostalgia. En la mesa de la cocina encontró un par de dibujos hechos por él a los seis o siete años. Los guardó en el bolsillo para enseñárselos a María. Regresó al salón y deambuló por su interior: le estaba resultando difícil marcharse, y eso lo incomodaba. Junto a la ventana seguía el armario de roble que por algún motivo nadie se había tomado la molestia de llevarse. Sobre uno de los estantes había una foto de su padre. Estiró la mano y se hizo con ella. El viejo debía de andar por los veinte años cuando le hicieron la foto, era más joven que él ahora. Por el parecido entre ambos, podría tratarse de un hermano pequeño: tenían los mismos ojos oscuros, la misma mirada penetrante, el mismo aire ensimismado. El viejo siempre había sido un tipo reservado, y no por culpa de la guerra, o no solamente por ese motivo. Portero lo recordaba enfrascado en sus asuntos, extrañamente reacio a hablar de determinadas cuestiones, algo distante siempre, a menudo melancólico. Cuando a su alrededor se exteriorizaban manifestaciones de alegría, reaccionaba con aspereza. A Portero eso le daba igual: el verdadero problema era que su padre hablaba poco, y sus hijos nunca lograron saber cuáles eran exactamente sus propiedades, desperdigadas entre los bosques en torno a la gasolinera y a la carretera de la costa. Aquellas propiedades eran el capital que su familia había reunido a lo largo de varias generaciones, pero hoy en día casi no valían ni el esfuerzo de deslindarlas antes de su venta. A Portero le había correspondido prevenir a los inquilinos que ahora ocupaban la casa familiar sobre un posible aumento de la renta, a lo que estos reaccionaron llevándose las manos a la cabeza: desgraciadamente, sus hermanos vivían lejos y no conseguían encontrar un hueco para acercarse por allí. En realidad, ninguno había vuelto a la casa desde hacía muchos años.

Portero se alejó del coche y anduvo sobre la arena hasta una roca de gran tamaño que se alzaba cerca de la orilla. Contempló las aguas embravecidas de la ría y la costa del otro lado. Mañana disfrutaría junto a María de aquel lugar o de algún otro de su preferencia. Trató de olvidar la desagradable conversación que había mantenido con el inquilino de la planta baja media hora antes. Llevaba consigo la foto de su padre. La mirada del viejo lo acompañaba desde que la encontró sobre el estante del armario, y como no se la quitara pronto de la cabeza iba a terminar por arruinarle la tarde. Pero aquella mirada era también la suya, y a pesar del brumoso recuerdo que tenía de él, no le costó identificarla con la de su abuelo. Éste había nacido en una aldea a ochenta kilómetros del pueblo, un agujero perdido entre los montes donde él sería incapaz de llegar y había estado una sola vez con seis o siete años, cuando su familia acudió al entierro de un pariente lejano. De aquella aburrida tarde recordaba la humedad envolvente, las siluetas de casonas entre la niebla, el sordo enfado de su padre mientras recorrían kilómetros y kilómetros de caminos impracticables hasta dar con el sitio y el ambiente lúgubre en casa del difunto. Sabía que algo grave sucedió allí entre su abuelo, su padre y sus tíos muchos años atrás (antes de que él hubiera nacido), pero su padre se negaba a compartir sus recuerdos con nadie. A decir verdad, a Portero le traían sin cuidado aquel asunto y otros cuyo eco lo acompañaba desde hacía ya demasiado tiempo. Sintió ganas de culpar a alguien de algo. Se puso de pie, regresó al coche y condujo en dirección al pueblo.

Era de noche cuando Portero entró en casa. Se sentó en el sofá del salón con un libro en el regazo, pero el cansancio le impedía concentrarse en la lectura: demasiado sueño atrasado. Echó un vistazo al reloj y siguió leyendo. Pasado un cuarto de hora, sonrió al oír el ascensor deteniéndose y una llave que giraba en la cerradura.

Desde el interior de la tienda, Portero vio el camión que se acercaba proveniente del pueblo. Salió de detrás del mostrador y anduvo sin prisa hacia la vitrina. La niebla difuminaba el contorno de los árboles al otro lado de la carretera. A través del cristal empañado observó como el conductor reducía la marcha, se desviaba a la izquierda y detenía el vehículo con habilidad frente a los surtidores. Distinguió su rostro en el interior de la cabina: se trataba de un viejo amigo de la infancia que ahora trabajaba en un aserradero a un par de kilómetros de allí. Dejó pasar los segundos hasta que sonó el claxon. Entonces se apartó de la vitrina, cerró los botones del abrigo y salió a atenderlo.

viernes, 4 de febrero de 2011

SCHOOL DAYS (III)

Don Jaime era un hombre culto, un erudito, un ilustrado. En sexto nos daba clase de Ciencias Naturales, en séptimo de Sociales y en octavo de Matemáticas y de Química. A mi hermano le daría también Lengua Española, y a un amigo le había tocado en Gimnasia (les mandaba dar vueltas al patio, una hostia al que se parara).

La clase de Ciencias Naturales tenía lugar el viernes por la tarde, y don Jaime dedicaba el último cuarto de hora a leernos algún libro. Estos iban de lo soporífero (Juan Salvador Gaviota) a lo sublime (Capitanes Intrépidos), a saber por qué criterio se guiaba a la hora de escogerlos. Llegado el momento de la lectura, cerrábamos libros y libretas, guardábamos bolígrafos y lápices y don Jaime empezaba a leer con el aula en silencio, un silencio atemorizado y reverencial. De vez en cuando se paraba, se quitaba las gafas y le indicaba a alguien perdido en las musarañas que se acercara hasta él. Eso nos llenaba de terror, nunca sabíamos a quién se refería. Cuando un alumno se creía señalado, llegaba a preguntar con espanto: “¿yo?”. Afortunadamente, don Jaime solía llamar a alguien sentado un par de pupitres más atrás, y mi compañero y yo respirábamos con alivio egoísta al verlo pasar junto al nuestro camino de la tarima.

Una tarde lluviosa de primavera, don Jaime interrumpió la lectura, se quitó las gafas e hizo el gesto fatídico que nos produjo un vacío en el estómago. Unos segundos después, Juan Varela, un chaval de una aldea cercana al que la aventura existencial de Juan Salvador Gaviota debía de traer sin cuidado, desfilaba hasta la tarima, donde recibió una hostia seca y sonora. De regreso a su asiento nuestras miradas se cruzaron, y pude ver en la suya que consideraba aquello gajes del oficio. Don Jaime retomó la lectura, pero al cabo de unos minutos volvió a detenerse, visiblemente contrariado. En esta ocasión el elegido era Gonzalo, un vecino mío que quizá ni siquiera estaba despistado, pero don Jaime consideró que sí lo estaba. Gonzalo recorrió el pasillo entre las filas de mesas, subió a la tarima, encajó la hostia y volvió a su sitio con la mejilla colorada. Luego don Jaime siguió leyendo, emocionado, las aventuras de Juan Salvador Gaviota, pero pronto sonó la sirena. Recogimos nuestras carteras, salimos del colegio apresuradamente y nos perdimos por las calles del pueblo.