sábado, 21 de agosto de 2010

SCHOOL DAYS (II)

Poco antes de que tiraran abajo el internado, subí hasta la última planta para ver si quedaba algo de interés en alguna de sus habitaciones. Recorrí el amplio corredor amedrentado por el eco de mis propios pasos, y al abrir los armarios y los cajones de las mesillas de noche encontré, gravados a punta de navaja, los nombres o los apodos de algunos alumnos internos que recordaba de cuando estudiaba en el colegio más de veinte años atrás. Al fondo de un cajón había una cinta con la banda sonora de la película Yo, "El Vaquilla". Mientras caminaba de vuelta al ascensor, me extrañó el olor proveniente del rellano de la escalera de emergencia. Me acerqué hasta allí: sobre el último escalón estaba el cuerpo sin vida de una paloma. Debía de haber entrado por la ventana del cuarto de baño, a la que le faltaban los cristales, y habría muerto después de extraviarse por el interior del edificio tratando de salir.

Llegué a la calle pensando en los internos con los que había coincidido un día tras otro durante ocho años difuminados en la distancia del tiempo. Brown, Pulpo, Negro, Morales, Furelos, Isla, Pipiolo... Recordaba con especial claridad a este último. Era mayor que yo, y su paso por el colegio empezó con mal pie. No llevaban allí ni dos semanas cuando él y Guillermo, su compañero de pupitre, tuvieron un encontronazo con el conductor del autobús de línea que cogían los viernes por la tarde para volver a La Coruña, que se saldó con una rueda rajada y el autobús parado bloqueando la calle frente al colegio. Nunca estuvo claro el origen de la disputa ni si ellos habían sido los verdaderos causantes del pinchazo, pero el incidente llamó la atención de uno de nuestros profesores, al que los internos apodaban Florero, lo que no pintó bien para Pipiolo. Cada nuevo curso, el Florero se la tomaba con uno de sus alumnos, interno o no, y no paraba hasta encontrar una excusa para sacudirle. Aquello formaba parte de la rutina y no era más llamativo que pasar la lista al comienzo de cada clase.

Había una vergonzosa distancia entre la vida de un interno y las de los que vivíamos con nuestras familias en el pueblo o en las aldeas cercanas. El día a día de los internos consistía en desplazamientos de las habitaciones al comedor, del comedor al colegio, del colegio al patio y del patio a las habitaciones, bajo la amenaza permanente de ser abofeteados por mancharse la ropa en un charco, cruzar la carretera antes de que se diera la orden o salirse de la fila. Por la tarde nosotros caminabamos con parsimonia de vuelta a casa, mientras los internos pasaban el tiempo sobre las gradas del patio cubierto, pinchándose con sus navajas o haciéndose pajas y apostando quién era el primero en correrse. Para nosotros existía la implícita pero estricta prohibición de dirigirnos a ellos por sus apodos y de participar en sus bromas pesadas, y el que se había atrevido a hacerlo había recibido una patada en la espalda, un pinchazo en un brazo o un escupitajo en la cara. Una tarde en que nos sentaron por orden de lista me tocó compartir pupitre con Pipiolo. Al cabo de unos minutos hablando en un susurro (conversación que en seguida fue cortada de cuajo por sendas bofetadas, una para él y otra para mí), me di cuenta de que mi compañero, que no pegaba tan fuerte como Negro o como Brown, ocultaba detrás de la inevitable aspereza de su carácter una sensibilidad apenas perceptible, y reparé en la tristeza que había tras la dureza de su mirada.

Después del incidente del autobús, el Florero no le quitaba el ojo de encima a Pipiolo. Una mañana de mediados de curso, éste se enzarzó en una riña con una chica de su edad que le llevaba media cabeza y pesaba diez kilos más que él. Nadie se molestó en separarlos, pero antes de que estallara la esperada pelea se terminó el recreo y tuvimos que volver a las aulas. Durante los minutos previos al comienzo de la clase Pipiolo y ella se encararon otra vez, y terminaron llegando a las manos. Pipiolo sabía salir bien parado de una pelea, pero al tener delante a una chica parecía incapaz de sacudirle como se merecía, así que forcejeaban sujetos por los brazos mientras ella trataba de pegarle patadas y cogerlo por los pelos. Sentí dolor al preguntarme qué estaría pasando por la cabeza de Pipiolo en ese momento. Un compañero exclamó algo que no se oyó bien bajo los insultos y las amenazas, y la bronca se interrumpió con la misma rapidez con la que se había iniciado. Miré hacia la puerta del aula y vi al Florero en la penumbra del pasillo. Pipiolo también lo había visto: sin decir una palabra, el Florero le indicó con el gesto de la mano característico que fuera hasta allí. Pipiolo atravesó el aula y recibió una bofetada que lo hizo caer hacia un lado. Luego, como siempre, volvió a su sitio en el pupitre del fondo. Unos minutos después, cuando empezaba la clase, oí como una chica del pueblo le decía sonriendo a alguien:
–¡Mira, el Pipiolo llorando!

lunes, 9 de agosto de 2010

AL SUROESTE


1
Desde el puente del barco, Pierre Breton logró avistar entre la bruma los montes de la costa a donde se dirigían. El sol, que poco antes había brillado unos minutos entre las nubes, volvió a transformarse en un disco difuso hacia poniente, y el mar adquirió un tono verde acerado. Breton vio hundirse en el agua y elevarse la proa del Guernesey, aquella motora de quince metros con bandera francesa que gobernaba por última vez. Sintió de nuevo la extraña mezcla de nostalgia, pereza y alivio habitual en cada recalada. El final de la travesía estaba ya un poco más próximo. Si sus planes salían como había previsto, iba a pasar mucho tiempo antes de regresar a aquellas rías de cielos nublados, lluvia incesante, fangosos estuarios y húmedos bosques. Saulnier, de pie junto a la rueda del timón, contemplaba en silencio las aguas embravecidas y la masa verdosa a sotavento.

Al cabo de media hora, Breton veía ya como se arbolaba el mar en la rompiente de los bajíos. La mirada de Saulnier se endureció: era un gesto que Breton conocía bien y presagiaba problemas. Saulnier fue hasta la escala y descendió ágilmente a cubierta. Breton sabía que no iba a tardar en retomar la discusión con Christine comenzada hacía un rato en la bañera. Saulnier le dedicaba más atención a sus útiles de pesca submarina que a ella, y parecía sentir un extraño placer en herir sus sentimientos. Para su propia sorpresa, aquello había incomodado a Breton desde antes del comienzo de la travesía, durante los días que pasaron en el hotel de La Rochela. La tarde en que la vio bajar del tren proveniente de París, algo en ella le produjo una simpatía inmediata, y le hizo recordar con inesperada nostalgia la época en que trabajaba y vivía en la capital. Pero Christine no era asunto suyo, así que se limitaba a gobernar el barco y hacer todas las escalas que Saulnier le ordenaba, hasta que la interminable semana tocara a su fin. Luego podría volver a casa con algún dinero en el bolsillo. Habían pasado seis años desde su partida, y no dejaba de repetirse que no había motivo por el que las cosas no fueran a salir bien a partir de ahora.

A un cuarto de milla de tierra Breton redujo la arrancada. Saulnier salió a cubierta y fue a proa caminando con precaución por el corredor de estribor. Breton levantó la vista un instante, al distinguir por encima de los árboles la figura de un águila ratonera que sobrevolaba el bosque en busca de alguna presa. Cuando la sonda marcaba cuatro metros hizo una señal con el brazo a Saulnier. Este liberó el molinete, comprobó la longitud de cadena largada y repitió la misma señal a Breton. Luego regresó hacia popa mientras aquél apagaba el motor y bajaba del puente, y ambos se reunieron en la bañera. Breton contempló el terreno frondoso y escarpado, cortado en seco por hermosos acantilados de veinte o treinta metros de altura contra los que rompía el oleaje. En una zona donde la pendiente era menos abrupta se extendía una playa de arena blanca, flanqueda por dos afiladas puntas rocosas cubiertas de espuma. Christine no tardó en salir a cubierta. Como de costumbre, en su rostro no quedaba rastro de la disputa, y su expresión desenfadada no era fingida. Pero Breton leyó en la mirada de Sauliner una hostilidad que no había percibido antes, y de la que ella no parecía ser consciente. Después de echar un vistazo a la costa, Christine se apoyó sobre la borda entre ellos, y Breton sintió en la mejilla la caricia de su pelo revuelto. Aguardó a que Christine o Saulnier hicieran algún comentario acerca del lugar donde habían arribado.
–¿Qué te parece? –dijo al fin moviendo la cabeza. Christine sonrió.
–No lo imaginaba así: la playa es un poco lúgubre, y hay demasiadas olas. Y ese bosque...
Saulnier se disponía a interrumpirla, pero Christine se apartó y subió al puente.
–Me pregunto si el agua está buena –exclamó.
–No irás a saltar desde ahí –repuso Saulnier.
Christine se agachó para descalzarse y se quitó la camisa y el pantalón corto. Luego trepó al pasamanos y mantuvo un difícil equilibrio sobre la barra metálica. Cuando estaba a punto de caerse tomó impulso, estiró los brazos y las piernas en el aire y entró en el agua casi verticalmente. Breton consideró que había hecho un salto brillante, mientras la veía desaparecer bajo la superficie y emerger unos segundos después a varios metros del barco. Christine levantó un brazo por encima de las olas.
–¡Os estoy esperando! –exclamó.
–¡Está anocheciendo! –dijo Breton–. ¡Es tarde para mí!
Christine hizo un gesto de desdén y volvió a sumergirse. Saulnier se quitó la camisa, y en su camino hacia la escala apartó a Breton con un empujón en un hombro antes de que pudiera hacerse a un lado para dejarlo pasar. Breton bajó la vista. Recordó que, un par de noches antes de zarpar, Saulnier y unos amigos se vieron envueltos en una pelea delante de un local, que terminó cuando a alguien le rompieron un vaso en la cara. Al día siguiente, mientras desayunaba con Christine esperando a que Saulnier terminara de prestar declaración, Breton se preguntó cómo ella no sentía pudor por la forma en que Saulnier la trataba. Observó a Christine. No era la primera vez que la veía bucear a poca profundidad cerca del barco, sin embargo nunca lo había atraído tanto como en ese momento. Saulnier se aproximó a ella bajo el agua, volvieron a la superficie y nadaron en dirección a la playa. Christine parecía haber olvidado que Breton la miraba desde la popa. A pesar de la desazón que le producía ver a Saulnier nadando a su lado, y de vez en cuando sujetándole los tobillos o hundiéndole la cabeza bajo una ola, la siguió durante todo el trayecto. Al llegar a la playa salieron del agua y se derrumbaron sobre la arena. Saulnier estaba situado frente a Christine y de espaldas a la orilla, de manera que Breton ya no podía verla. Se sentó en el asiento de babor y disfrutó de la luz del atardecer sobre los acantilados. El frío nordeste que llevaba soplando desde la mañana lo hizo estremecerse, así que sacó la cazadora del tambucho y se la puso. Miró hacia proa y contempló el mar abierto. Pese a lo que hubiera podido suceder en la cabina, Breton no ignoraba que Saulnier y Christine debían de estar pasando un buen rato en la playa. Inevitablemente, una vez más, recordó su estancia en París. Se había trasladado con su mujer al poco de casarse, para empezar a trabajar como conductor en una empresa de transportes. Entonces aún no habían descubierto que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar y de lo que tenían en común. Luego hubo cortos períodos en los que todo pareció ir bien, pero fue sólo un espejismo. Decidieron separarse después de cinco años infernales, cuyo único bagaje para él consistió en una infinita tristeza y la impresión de ser un fracasado. Incapaz de seguir en París más tiempo, terminó por dejar su empleo, hacer las maletas y regresar a la costa, donde un amigo lo puso en contacto con el armador de las motoras que pronto empezaría a gobernar. Durante las primeras semanas, mientras caminaba por la marina seca entre los barcos con la carena a medio pintar, o se desprendía del olor a gasoil y pescado reseco tomando una cerveza en algún bar del puerto al caer la tarde, se sorprendía echándola de menos, y evitaba preguntarse si habría sido posible encontrar alguna otra solución.
2
Anochecía cuando Christine y Saulnier regresaron al barco dando cansinas brazadas. En el puente, Breton contemplaba la línea rojiza del horizonte, de nuevo despejado por los bruscos cambios de tiempo de aquellas latitudes. Oyó el chapoteo de los cuerpos al salir del agua. Le molestó que su sosiego se viera alterado, pero le agradó la voz temblorosa de Christine pidiéndole su ropa desde la bañera. Cogió las prendas que había dejado encima del asiento y se las echó. Ella las atrapó al vuelo, y se lo agradeció con una sonrisa antes de desaparecer dentro de la cabina. Saulnier no la siguió. Después de secarse, arrojó la toalla sobre una colchoneta y elevó la mirada hacia Breton. Éste le dio la espalda. Avistó la silueta lejana de un mercante y en sus ojos se dibujó una sonrisa melancólica. Saulnier cerró de golpe la puerta de la cabina. Breton sabía lo que venía a continuación, y no le agradaba pensar en como Saulnier seguiría mortificando a Christine durante la travesía de regreso. Recordó a alguna de las mujeres que había conocido hasta entonces, tan diferentes en todo de ella. También tuvo cierta curiosidad por saber dónde paraba la que fue su esposa, aunque eso lo entristeció. En realidad, sentía un vértigo soterrado ante la idea de volver a casa.

Un ruido repentino lo sacó del sopor en que se encontraba. Ya era de noche, debía de llevar más de una hora en el puente. Contempló el hermoso cielo estrellado. Notó algo de frío, pero no tenía ganas de bajar y encontrarse con Christine y con Saulnier. Cerró los ojos de nuevo. Un objeto de cristal se rompió contra un mamparo. Breton se levantó precipitadamente al oír a Christine gritar su nombre. Descendió de un salto e intentó abrir la puerta de la cabina, pero estaba cerrada con llave. Oyó un portazo proveniente de los camarotes de proa. Llamó a Christine sin obtener respuesta. Tomó carrerilla, se lanzó contra la puerta y la hizo ceder. Iba a cargar otra vez cuando Saulnier abrió y salió a cubierta envuelto en un fuerte olor a alcohol. Breton retrocedió unos pasos, Saulnier se avalanzó hacia él y Breton le asestó un cabezazo que lo envió contra la regala. Saulnier se arrastró por la cubierta con la nariz y la boca manchadas de sangre. Breton vio a Christine tumbada frente a los camarotes y atravesó la cabina temiendo lo peor. Una de las puertas estaba abierta, la sangre goteaba del picaporte. Se agachó junto a Christine. Sus dedos se deslizaron por el pelo ensangrentado y se detuvieron sobre una herida en el cuero cabelludo. Al tomarle el pulso, comprobó que estaba muerta. Se llevó una mano a la frente.
–Christine –murmuró.
Permaneció a su lado varios segundos. Luego se irguió y tanteó en la oscuridad del camarote, hasta dar con el chal que Christine solía ponerse sobre los hombros cuando enfriaba al anochecer. Tuvo la impresión de que Saulnier se encontraba en lo alto de la escalera.
–¡La has matado! –exclamó mirando hacia allí–. ¡Maldito loco hijo de puta, la has matado!
No obtuvo respuesta. Se acercó a la radio, descolgó el auricular y trató de sintonizar la onda costera. Oyó pisadas que se acercaban. En el momento de girarse Saulnier le lanzó un golpe que Breton paró instintivamente con los brazos. El auricular saltó por los aires. Breton y Saulnier se enzarzaron a puñetazos. Chocaron contra una lámpara que se desencajó del mamparo y la cabina quedó en penumbra. Breton enviaba un golpe tras otro ignorando los que se estrellaban contra su cara y su pecho. Estuvo a punto de caer al tropezar con un banco. Saulnier lo arrinconó contra la escalera, pero resbalaron en las cartas esparcidas por la cubierta y se vinieron abajo. Breton sintió como algo de cristal se rompía bajo su espalda. Recibió un puñetazo en la nariz mientras trataba de incorporarse. Saulnier se aferró a su garganta, pero Breton le saltó varios dientes de un puñetazo y se lo quitó de encima. Saulnier lo golpeó en la sien y Breton le asestó un rodillazo en la mandíbula. Saulnier dejó de moverse. Breton se levantó respirando con dificultad y contuvo el impulso de patearle la cabeza. En vez de eso, lo arrastró a trompicones hasta uno de los camarotes, lo arrojó sobre una litera y cerró la puerta con llave. Aunque ya no sirviera de nada, se veía dominado por el ansia de apartar a Saulnier de Christine, de alejarlo de ella. Atravesó de nuevo la cabina y se reclinó agotado sobre la mesa de cartas. Se limpió la sangre de la cara con un pañuelo. Tenía la nariz y los labios hinchados. La luz tenue de la única lámpara intacta le permitía apreciar el desbarajuste de vasos rotos, toallas, derroteros e instrumental en que se había convertido el interior del barco. Frente a los camarotes distinguía el contorno del cuerpo de Christine en la tela del chal con el que la había cubierto. “Salir pronto de aquí”, pensó. “Volver pronto a casa”.

El pálido fulgor del amanecer acariciaba ya la superficie del mar, aunque la luna se vislumbraba todavía en el cielo. El barco borneaba suavemente con el cambio de marea. Saulnier llevaba un rato golpeando la puerta del camarote. Breton, apoyado en la borda, oyó el sonido de un motor que se confundía con el ruido del oleaje. Levantó la vista: las luces de la lancha patrullera se aproximaban por babor bordeando la costa.