miércoles, 7 de julio de 2010

SUMMERTIME



En junio, Miguel conoció a una chica que pasaba el verano en la costa y era algo mayor que él. En julio salían juntos, y en septiembre la relación comenzó a tambalearse. Miguel pensó en hacer un pequeño viaje, pues les había gustado ir de un lado a otro un par de meses atrás, cuando aún no habían descubierto que los distanciaba mucho más de lo que hubieran podido imaginar al principio, y de lo que tenían en común. Estudió un mapa de las rías y se decidió por una playa del norte. Había oído hablar de aquel paraje solitario, donde, años antes, alguien emprendió la construcción de un hotel cuyas obras no llegaron a terminarse.

Después de convencer a Julia con cierta dificultad, se pusieron en marcha en el coche de ella. Recorrieron en silencio la costa, atravesando bosques de castaños, pinares y prados que terminaban en pequeños acantilados o descendían suavemente hacia el mar. Al iniciar el viaje Julia condujo bajo un cielo cubierto, pero pronto brillaron algunos rayos de sol entre las cambiantes nubes.

Llegaron al lugar escogido al cabo de poco más de una hora. Frente a ellos se extendía una playa amplia con forma de anfiteatro, surcada en diagonal por varias hileras de rocas que desaparecerían cuando subiera la marea. El hotel, un edificio de cuatro alturas y planta rectangular, se alzaba en un extremo, al pie del acantilado y muy cerca del agua. Julia aparcó en la parte trasera. Entraron en lo que parecía el vestíbulo, húmedo y ruinoso, y salieron a la playa por el otro lado. En pleamar, las olas alcanzarían el hormigón de los cimientos. Miguel se figuró que, al contrario de lo que había supuesto, el hotel debió haber sido erigido al menos un siglo antes, y tenía la extraña impresión de encontrarse en un lugar salido de otro tiempo. Julia se limitó a abrir las bolsas y preparar los sacos de dormir, ante la mirada entristecida de su amigo.

Cayó la tarde y el sol tiñó de rojo el horizonte. Sentados sobre el hormigón, Miguel y Julia sentían en los labios las gotas de las olas que rompían por debajo de sus pies. Miguel fingía interés al escucharla hablar de gente y de sitios que le interesaban únicamente por estar relacionados con ella. Recordó sus esfuerzos fútiles por que compartieran lo que él apreciaba: había una parcela de su vida incomprensible para Julia, del mismo modo que él nunca había conseguido, o no le habían permitido, encajar en el entorno al que ella pertenecía. La conversación terminó por resultarle tortuosa. Contempló el mar y le propuso que se bañaran. A Julia le gustó la idea. Se desvistieron, se pusieron sus bañadores y entraron en el agua. La temperatura era agradable. Nadaron entre el oleaje hasta el otro extremo de la playa, donde se detuvieron con cansancio. Treparon a lo alto de una roca y echaron un vistazo al hotel. Lo que vieron los llenó de extrañeza: un hombre y una mujer salían del interior del vestíbulo transportando en alto una canoa de madera. Eran morenos, fuertes y atractivos, recordaban a aborígenes de alguna isla del Pacífico. Debían de estar al tanto de su presencia, pero no les hicieron el menor caso. Metieron la canoa en el agua, subieron a bordo, comenzaron a remar, y en seguida se alejaban veloces mar adentro. Sorprendido, Miguel los llamó a gritos, pero eran ya un punto en la lejanía. Julia y él regresaron caminando por una franja de arena húmeda. El sol se había puesto, y la luz de la luna proyectaba la sombra del edificio sobre la playa y la orilla del mar. Algo amedrentados, dudaron si marcharse o pasar allí la noche. Recorrieron las cuatro plantas del hotel y se aseguraron de que estaba vacío. No recordaban incidentes en aquella costa, así que decidieron quedarse hasta la mañana siguiente. Entraron en el saco de dormir, y Julia no tardó en cerrar los ojos y respirar plácidamente. Miguel no conseguía conciliar el sueño, invadido por una amarga inquietud cada vez que ella se movía dentro del saco. Apenado, se dedicó durante un rato a observar el techo y las paredes de aquella estancia que, sin alcanzar a averiguar el motivo, le recordaba a algo que no lograba precisar.

Se levantó unas horas después, cuando empezaba a amanecer, con una desagradable sensación de soledad. Julia abrió los ojos cansinamente. Salió del saco, y sin decir una palabra se dirigió hacia la orilla. Miguel la observó entrar en el agua y zambullirse. Mientras Julia nadaba, recordó con amargura las horas dedicadas a ella y a su gente, que tenían bien poco que ver con él, y que tenían que ver con Julia mucho menos de lo que ella misma imaginaba. Y se atormentó saboreando otra vez aquella extraña impresión de que la vida a su lado no era real, y de que las cosas acabarían por torcerse inevitablemente.

Una inquietante tranquilidad reinaba en la playa desde la salida del sol. Julia llevaba unos minutos en el agua, cuando Miguel se fijó en un objeto que se aproximaba flotando, a punto de rozarla. Julia se volvió, y después de un instante de sorpresa se llevó las manos a la boca. Miguel salió de la tienda de campaña y corrió junto a ella. Al entrar en el agua se dio cuenta de que aquel objeto era la canoa que habían visto la tarde anterior. Echó un vistazo a su interior, y se estremeció al descubrir los cuerpos sin vida de los dos tripulantes. Tenían múltiples heridas por el pecho y el abdomen, y estaban cubiertos de una sangre reseca que había ido a mezclarse con el agua estancada en el fondo de la barca. Miguel y Julia corrieron hasta el hotel. Mientras ella recogía las mochilas y los sacos de dormir, Miguel se preguntaba quiénes serían los tripulantes de la canoa, y qué les habría sucedido. Alguien tenía que haberlos abordado durante la noche. Y, sin embargo, ni Julia ni él habían oído un solo ruido alarmante, aparte del oleaje y los chillidos de las gaviotas. Entonces, ¿de dónde salían el hombre y la mujer, y quién los había matado? Julia ya había subido al coche y pulsaba el claxon. Miguel cruzó corriendo el vestíbulo. Antes de subir echó un último vistazo a la canoa, que cabeceaba y daba topetazos contra las rocas. Camino del pueblo, mientras el cielo se cubría, no dejaba de contemplar el mar, totalmente desierto en aquella zona, preguntándose una y otra vez dónde habrían perdido la vida aquellos desconocidos, y a manos de quién.

En cuanto llegaron, llamaron a la policía y les dieron explicaciones atropelladas y confusas, tratando de vencer su incredulidad ante lo que consideraban una patraña. La incredulidad se transformó en enfado, un par de horas después, al regresar al hotel y no hallar rastro de los desconocidos. Cuando por fin los dejaron marcharse, Miguel y Julia se encontraron en medio de una calle desierta, sin tener mucho más que decir acerca de lo sucedido. Se despidieron de forma lacónica y se alejaron en direcciones opuestas.

Miguel entró en su casa y se sentó al borde de la cama. Todavía no sabía cómo iba a terminar aquel asunto, pero era indudable que, a partir de ahora, los pasos que dieran Julia y él los darían por separado. Se sintió completamente solo, como no lo hubiera estado hasta entonces. Tuvo la impresión de que algunas cosas aún tardarían en cambiar, y de que otras no cambiarían nunca. Apoyó la frente en las palmas de las manos. La lluvia de septiembre comenzaba a deslizarse por las ventanas de la habitación.