lunes, 21 de junio de 2010

SCHOOL DAYS

Solía ocurrir a primera hora de la tarde. Don Jaime interrumpía la explicación indignado, se quitaba las gafas, se levantaba de la silla ruidosamente, saltaba de la tarima y avanzaba con rapidez por el espacio entre las filas de pupitres, mientras lo veíamos acercarse, aterrados, porque no sabíamos cuál de nosotros era su objetivo. Pero solía pasar de largo, y respirábamos con alivio. Entonces girábamos la cabeza y veíamos como se dirigía al fondo del aula, donde los internos Pipiolo y Guillermo se revolvían en sus asientos mientras la mole se aproximaba. Normalmente les estrujaba las orejas y les golpeaba el cráneo con los nudillos, produciendo un sonido hueco que se oía en todo el aula. En ese caso podía hacer gracia, debido a nuestro embrutecimiento por presenciar con cierta regularidad escenas similares. Otras veces le pegaba varias bofetadas a uno de ellos, hasta que se tambaleaba sobre el asiento. En ese caso ya no hacía tanta gracia: yo sentía una especie de asco silencioso hacia el profesor y hacia el resto del colegio. Pero eso fue sólo al principio. Luego me acostumbré, y lo único que notaba por dentro era una lejana sensación de impotencia.

domingo, 6 de junio de 2010

UNA DEL OESTE

El forastero llegó a media mañana a Lake Valley, Nuevo México, en su camino hacia el sur. Recorrió al paso la calle principal prestando atención a la gente con la que se cruzaba, y frenó el caballo frente a la oficina de correos al otro extremo de la ciudad. En la pared había un cartel en el que se ofrecía una recompensa por la captura de un fugitivo de la justicia. El forastero arrancó el papel y le echó un vistazo. Su rostro se ensombreció. El forastero dobló el papel y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta. Un tipo corpulento, aseado y recién afeitado, salía de la barbería contigua en ese momento. Se detuvo al pie de las escaleras y observó al forastero, que se disponía a continuar la marcha.
–Un momento –dijo–. Antes de seguir su camino, deje eso donde estaba.
El forastero lo observó.
–¿Se refiere al anuncio?
El otro no respondió.
–No creo que le interese a nadie –dijo el forastero con forzada cordialidad–. A estas alturas, el fugitivo ya debe de estar llegando a Juárez.
–Eso no es asunto suyo. Tal vez alguien quiera sacarse unos dólares con la captura de ese tipo.
La cordialidad desapareció del rostro del forastero. Espoleó el caballo, pero el otro hombre sujetó la rienda y lo hizo detenerse. El caballo relinchó y se movió adelante y atrás. La gente que pasaba volvía la cabeza hacia la barbería. El forastero bajó la vista.
–Suelte la rienda –murmuró.
–Deje eso donde estaba –repuso fríamente el hombre de la barbería.
El forastero trató de seguir adelante, pero el otro se lo impidió.
–¿Es que no me ha oído? –insisitió.
El forastero trató de apartarlo y el otro tiró de su pierna hacia arriba y lo mandó a tierra. Los transeúntes se detuvieron con interés. El barbero salió a la puerta, y el cliente del que se ocupaba en ese momento se asomó a la ventana con una toalla al cuello y media cara cubierta de espuma. El forastero se se puso en pie rápidamente y se quitó la chaqueta: los que lo rodeaban se fijaron en la estrella de plata prendida de la solapa. Su agresor, que acababa de apartar el caballo y se le acercaba con los puños cerrados, se detuvo al ver como llevaba las manos al cinturón del que colgaba su revólver. Cuando el forastero se quitó el cinturón, el otro cargó contra él. Los espectadores abrieron bien los ojos. El forastero paró con firmeza la acometida y de un puñetazo mandó a su rival al otro lado de la calle. Éste se repuso y volvió a la carga con furia. Tras un duro intercambio de puñetazos, el hombre de la barbería cayó contra el costado del caballo. El animal se encabritó y el hombre de la barbería se desplomó agotado. Había perdido por completo el aspecto pulcro que tenía antes. El forastero se acercó hasta su caballo. Uno de los que habían presenciado la pelea echó a andar hacia él con paso firme. Al verlo acercarse, el forastero sacó el revólver de la canana y el otro hombre se detuvo.
–¡Ya basta! –exclamó el forastero–. ¡Soy el marshall Thomas Howell, de Colfax! Voy en busca de Bill Howell, y no dejaré que ningún maldito cazador de recompensas lo encuentre antes que yo.
Un murmullo se extendió entre los que lo rodeaban. Mientras se ponía el cinturón y la chaqueta se hicieron a un lado para que pudiera montar, aunque estaban a una distancia más que suficiente, sobre todo después de haber visto el revólver en su mano derecha.
–Parece que le vaya mucho en ello –dijo alguien.
–Ya lo creo –respondió Howell a lomos del caballo–. Ese hombre es mi hermano.
–¿De qué lo acusan? –preguntó una mujer que había salido del almacén al otro lado de la calle.
–Ahora de nada –dijo Howell.
Pero dos semana atrás, un tipo popular en la ciudad, con el que Bill había tenido una sonada disputa la noche anterior, apareció en un callejón con la garganta cortada. Howell se encargó de sacar a Bill de la habitación donde dormía la mona, y una vez en la cárcel de alejar a tiros a la turba que se había formado ya para lincharlo, mientras esperaban al día siguiente preguntándose qué demonios podía hacer por su hermano. Su ayudante lo vio mucho más claro: le abrió a Bill la puerta de la celda y lo dejó huir por una ventana mientras Howell centraba la atención en la puerta principal. Este se enteró un rato después y fue en su busca. Siguió su rastro hacia el sur; se disponía a continuar su camino tras parar para descansar en Galisteo cuando su ayudante apareció al galope sobre un caballo agotado, y le dijo que allá arriba habían descubierto al verdadero asesino: una de las mujeres del saloon había visto como el crimen lo cometía un desconocido con el que Bill había estado jugando a las cartas, que en esos momentos cabalgaba camino de Colorado sin saber que le estaban echando la soga al cuello; ella decía que nunca lo habría delatado si no fuera porque Bill iba a pagar en su lugar. Su hermano ya no tenía nada que temer, era ahora cuando Howell debía encontrarlo, antes de que un cazador de recompensas le metiera una bala en la espalda, o de que desapareciera para siempre al otro lado de la frontera.
Howell espoleó el caballo, los curiosos se apartaron un poco más, y el marshall salió al trote de Lake Valley. En pocos minutos el jinete desaparecía galopando en la distancia, y el único rastro de su paso era la nube de polvo que se perdía en lo alto de una colina.