martes, 16 de febrero de 2010

A UN LADO DE LA CARRETERA


Después de que María se marchara, Novoa sintió como si poco a poco perdiera la razón. Al comienzo de la jornada deseaba que ésta finalizara cuanto antes, pero las noches en solitario eran frías e interminables. Apenas lograba dormitar tres o cuatro horas, y siempre acababa despertándose por completo con ganas de estar muerto. Luego su mirada vagaba por las sombras de la habitación, y cuando al fin sus ojos se cerraban oía a los vecinos más madrugadores bajando las escaleras y pronto sonaba el despertador. Así que una mañana de octubre subió al coche como hacía habitualmente para ir a trabajar, pero habiendo guardado antes en el maletero una pequeña maleta y su escopeta de caza, y dejó la ciudad en dirección al norte, donde había nacido y vivido hasta que se casó con María y se fueron bien lejos de allí.
Salió de la secundaria, tomó la autovía, dejo atrás los últimos pueblos y condujo a través de la llanura. Hacía tiempo que no viajaba de regreso. Esperaba llegar antes de la noche, pero aún tenía un largo camino por delante. Distinguía alguna explotación agrícola apartada, empequeñecida ante las lejanas montañas de cimas nevadas. De vez en cuando adelantaba a un camión y se estremecía al notar como temblaba la carrocería de su vehículo. Se sentía más fatigado que de costumbre. Llevaba varias horas al volante cuando decidió parar a descansar un poco. Redujo la velocidad y aparcó en el arcén. Una interminable extensión de hierba amarillenta se extendía a ambos lados de la carretera. Reclinó el asiento y cerró los ojos, tratando de pensar sólo en el lugar al que regresaba, de apartar a María de su cabeza. Pero enseguida la imaginaba al anochecer en la habitación que habían compartido. Recordó su respiración suave y acompasada, su pelo rubio sobre la almohada blanca y la expresión ligeramente dolida de su rostro dulcificada por el sueño, y se durmió sin molestarse en secar las lágrimas que corrían por sus mejillas.
Se despertó a causa de un ruido familiar. Entreabrió los ojos, pero los cerró al momento molestos por la luz de un coche que aparcaba detrás del suyo. Ya era de noche. Había dormido en una posición incómoda, le dolían el cuello y las articulaciones. Hacía frío. Notó la boca seca, tuvo ganas de abrir la puerta y engullir varios litros de agua. Los del otro coche apagaron las luces. Novoa supuso que serían guardias civiles, y su cansancio aumentó al pensar en las preguntas que le harían y las respuestas que se vería obligado a dar. Volvió la cabeza hacia la ventanilla: la oscuridad cubría la llanura. Recordó un lejano incidente de su juventud, y bajó instintivamente el seguro antes de reparar en que las circunstancias ya no eran las mismas. Se abrió una puerta, se cerró unos segundos después, y Novoa oyó pasos que se acercaban sobre la gravilla. Pudo distinguir un hombre de paisano en el retrovisor. No lograba ver su rostro desde el asiento, sólo un torso robusto envuelto en un abrigo verdoso. El desconocido sacó la mano derecha del bolsillo y golpeó el cristal con los nudillos. Al bajar la ventanilla unos centímetros, Novoa sintió en la cara la humedad del exterior.
–¿Tiene algún problema? –preguntó.
El desconocido no respondió.
–¿Le puedo ayudar en algo? –repitió Novoa.
–Miguel Novoa –oyó afuera. La voz le resultó familiar, como también se lo habían resultado la figura corpulenta y la forma de andar–. ¿Qué carajo haces tú por aquí?
Novoa lo reconoció entonces.
–Hola, Senra –dijo, abriendo completamente la ventanilla con desgana–. ¿Cómo te va?
El otro se agachó y acercó su rostro al de Novoa. No se dieron la mano. Novoa se estremeció al reconocer aquellos rasgos duros que a causa de la oscuridad se le antojaron grotescos. Senra no había cambiado mucho. Había engordado un poco, pero el aire de necedad que hacía de su rostro y de su persona un todo definitivamente odioso seguía allí, afianzado con el paso de los años.
–No me puedo quejar –respondió Senra–. ¿Pero a ti qué se te ha perdido aquí abajo?
–Quiero pasar unos días en casa –dijo Novoa, y se sorprendió ante su propia respuesta.
–Pues si vas hasta allí puedes llevarme. –Sonrió–. Se me acaba de pinchar una rueda, y la de repuesto está hecha una mierda.
“Lo que me faltaba”, pensó Novoa. “Justo lo que me faltaba”.
–Sube –dijo, abriendo la otra puerta.
Senra pasó por delante del coche y subió. Tiró de la puerta con fuerza, el golpe se habría oído en varios kilómetros a la redonda. Novoa encendió el motor y siguió conduciendo hacia el norte.

Las luces delanteras parecían atravesar la oscuridad. El coche marchaba a bastante velocidad, aunque Novoa no la percibiera a causa de la monotonía del trayecto. Sentía hacia Senra la misma antipatía de siempre y no dudaba que esta fuera recíproca, pero los años transcurridos permitían que pudiesen mantener algo parecido a una conversación. Senra le explicó que trabajaba en una explotación ganadera, y volvía al norte para el fin de semana. Luego propuso poner la radio. Novoa estaba tan hundido que no le importaba ser amable con Senra, como si Senra no existiera para él. Giró el dial hasta sintonizar una cadena donde emitían un programa informativo.
–¿No tienes nada mejor? –comentó Senra.
Novoa no lograba dar con otra emisora.
–No importa –dijo Senra con una sonrisa irónica que no se molestó en disimular.
Novoa apagó la radio. Permanecieron varios minutos en silencio.
–Tenías que oír ese programa –dijo de pronto Senra–. Alguien como tú tenía que oír eso.
–¿Qué quieres decir con alguien como yo? –preguntó Novoa sin demasiada curiosidad, entre otras cosas porque intuía la respuesta.
–¿Qué quiero decir? Alguien como tú, un tipo leído, y con esa pinta, y el trabajo que tendrás en la ciudad. –Novoa estaba oyendo lo que cabía esperar, pero lo que vino a continuación le sorprendió–: Y con María.
Novoa dejó pasar unos segundos antes de contestar.
–El trabajo que tengo en la ciudad es una mierda, y estoy pensando en irme. Y no creo que tenga una pinta tan distinta de la tuya.
Senra sonrió.
–¿Y María?
Novoa conducía con la mirada fija en la luz de los faros.
–¿Cómo está María? –insistió Senra.
–María está bien.
En el momento de decirlo se fijó en las señales que dejaba atrás. Levantó la vista hacia el retrovisor, pero no logró leer lo que indicaban. A saber por dónde andaban. Senra no abrió la boca durante un rato, y Novoa comenzó a abrigar la esperanza de que harían el resto del viaje en silencio.
–¿Sabes una cosa, Novoa? –dijo al fin Senra.
Novoa no respondió.
–¿Sabes por qué te partí la cara aquella noche en el bar del Griego?
Novoa se preguntó si faltaría mucho para llegar. Debían de quedar aún unos cuantos kilómetros para el desvío a la secundaria.
–¿Lo sabes? –repitió Senra.
–No. Nunca me preocupó saberlo. Ademas hace mucho tiempo de aquello–. Haría unos catorce o quince años de aquello.
–Yo te dije que fue porque Javier Gándara y tú no parabais de hablar con Isabel.
Novoa recordó que, efectivamente, eso había dicho Senra entonces.
–Estaba borracho, ya sabes como es. –Senra sonrió. Luego su rostro adquirió una expresión grave. –En realidad te sacudí por otro motivo.
Novoa pensó en aquello que muy pocos en el pueblo sabían acerca de Isabel, la mujer de Senra, algo que éste nunca podría imaginar, o tal vez sí.
–Fue por culpa de María, Novoa.
–¿Por culpa de María?
–No había otra como María en el pueblo, y cuando empezó a salir contigo y decidisteis largaros, no pude tolerarlo y fui a por ti.
“No había otra como María en el pueblo”, pensó Novoa. Aquel viaje estaba durando demasiado.
–Tú nunca tuviste nada que ver con nosotros. Y cuando se te antojó fuiste a por María, y después os largasteis a la ciudad.
“Maldita ciudad, maldito pueblo de mierda”, pensó Novoa.
–¿Por qué tenías que marcharte? ¿Es que no estabais bien en el pueblo?
–El pueblo es un sitio de mala muerte, y la ciudad también –dijo Novoa fríamente–. Y ya te dije que no me gusta mi trabajo y que lo voy a dejar.
En realidad, estaba harto de todo: de conducir, de dormir mal, de aquella maldita vida que llevaba.
–¿Un sitio de mala muerte? –exclamó Senra sorprendido–. ¿Por qué vuelves entonces? ¿Es que no te va bien en el sur?
Novoa no podía parar y obligar a bajar a aquel desgraciado.
–El bueno de Miguel Novoa. Con tus cuatro amigos, y esa cara de buen tipo que no te quitaban ni a bofetadas. ¿Sabes a dónde iba antes de volver al pueblo, Novoa? A la casa de putas de Elena. ¿Te acuerdas de ella, verdad? No me vas a decir que tú nunca estuviste allí.
Novoa no respondió.
–Las cosas se han jodido con Isabel –siguió Senra–. Estamos a punto de separarnos, y de vez en cuando, a la vuelta del trabajo, me acerco hasta el tugurio de Elena.
Novoa comenzó a sentir verdadero odio hacia aquel individuo.
–No me has contestado, Novoa: ¿cómo te va con María?
–Me va muy bien con María.
–¿Seguro? Pareces cansado. Nunca fuiste gran cosa, pero ahora tienes un aspecto penoso. –Senra sonrió, fue una sonrisa detestable, grotesca–. ¿Seguro que va todo bien, Novoa? ¿Seguro que entre María y tú no se ha ido todo a la mierda?
–Déjame en paz, Senra –murmuró Novoa.
–¿Qué te pasa, Novoa? ¿Por qué te pones agresivo? ¿Tienes algún problema con María?
Novoa no desvió la mirada de la carretera.
–¿Es que María ya no folla bien, Novoa? ¿María ya no folla como antes?
Novoa hundió el pie en el freno. Senra se estrelló contra el parabrisas agrietando el cristal y salpicándolo de rojo. Novoa se agachó y cogió el cepo con la mano derecha, y antes de que Senra pudiera reponerse se lo estrelló con todas sus fuerzas en la cara. El cuerpo de Senra se dobló como una masa inerte entre el asiento, la puerta y la bandeja. Novoa bajó del coche, fue hasta el maletero, sacó la escopeta y una caja de cartuchos y la cargó. Un camión pasó a su lado agitando el aire frío. Novoa volvió la cabeza y vio como las luces disminuían de tamaño rápidamente. La puerta delantera del coche se abrió y Senra bajó tambaleándose, con la frente, la nariz, la boca y la mejilla izquierda manchadas de sangre.
–¡Novoa, hijo de la gran puta! –bramó–. ¡Dónde te has metido! ¡Dónde cojones te has metido!
Novoa permaneció junto al maletero con la escopeta en las manos. Senra lo vio y avanzó hacia él. Novoa levantó el arma y Senra se detuvo. Estaban muy cerca uno del otro.
–Hijo de puta, no te llegó lo que te di en lo del Griego –masculló Senra sin aliento.
–Lárgate de aquí, Senra –dijo Novoa–. Déjame seguir el viaje en paz.
Senra sonrió de forma siniestra.
–Ahora ya no te voy a dejar en paz, Novoa; ni a ti, ni a esa puta de María…
Novoa no podía más. Su dedo tembló contra el gatillo. Entonces le vino a la cabeza aquello que en el pueblo sabían unos pocos pero no quien tenía delante. Las palabras salieron de su boca como si no fuera él quien le hablara a Senra, sino Senra quien le hablaba a él.
–Me das pena, Senra –dijo–. En el fondo siempre me la diste, y mucho más ahora, cuando las cosas no marchan con Isabel, tal y como estaba previsto que ocurriera.
Senra se adelantó al oír aquel nombre y Novoa le encañonó el pecho.
–Y creíste que te llevabas el gato al agua al casaros... ¿Recuerdas la despedida de soltera de Isabel con sus amigas? Javier y yo coincidimos con ellas varias veces aquella noche. ¿Sabes con quién estuvimos Javier y yo entre las cuatro de la mañana, después de que cada una volviera a su casa, y las seis en que volvió Isabel? Te acuerdas del aserradero que había junto a la desembocadura del río, ¿verdad? No sé Javier, pero esa no fue la última vez que Isabel y yo pasamos un rato juntos.
Cuando terminó de hablar lamentó haber dicho aquella inmundicia y, sobre todo, haber comprometido a Isabel, pero luego pensó que le daba igual lo que le pudiera ocurrir a ella ni a nadie. Lo único que le importaba era María, y la había perdido.
–Eso que dices no es cierto, Novoa –murmuró Senra.
–Largo de aquí, Senra.
Novoa retrocedió sin dejar de apuntarle.
–Vamos, Novoa, dime que no es cierto…
Novoa alcanzó la puerta delantera, la abrió con la mano izquierda y subió al coche.
–¡Novoa! –oyó fuera–. ¡Novoa, hijo de puta, ven aquí! ¡Te voy a matar! ¡Vuelve!
Arrojó la escopeta al asiento de al lado, bajó el seguro y encendió el motor. Senra sujetó la manilla, Novoa pisó el acelerador, y pronto dejó atrás aquella figura corpulenta y desastrada que corría tras el coche disminuyendo de tamaño en el retrovisor.
El vehículo no tardó en alcanzar velocidad. Durante monótonos, interminables kilómetros, Novoa pensó una y otra vez en María, mientras el dolor dejaba paso a una cansada indiferencia. Las luces comenzaron a sucederse a los lados de la carretera tras un tramo largo y solitario, y los indicadores le anunciaban la cercanía de poblaciones de cierta importancia. Al cabo de un tiempo que fue incapaz de precisar, Novoa redujo la velocidad, se desvió a la derecha y tomó la secundaria que lo llevaría de vuelta a casa.

martes, 2 de febrero de 2010

RUIDOS

A veces se despertaba por la noche y no conseguía conciliar el sueño. Pasaba las horas tumbado en la cama, cambiaba de posición de vez en cuando, y siempre acababa oyendo aquellos ruidos en la cocina: eran ruidos de pasos, de cajones que se abrían y se cerraban y de objetos que caían sobre la mesa. Aquello duraba unos minutos. Luego los ruidos cesaban, y él seguía sin poder dormir, hasta que a las seis y media se levantaba para ir a trabajar.
Cogía el metro rodeado de gente, y sentía el masaje para el afeitado de algunos, la colonia de otros, el perfume de otras, y el sudor de aquellos que no tenían la decencia de ducharse cada mañana. Normalmente llegaba a la oficina una hora después de haber salido de casa, aunque algunos días había tal cantidad de pasajeros que aún tardaba media hora más, sin contar las muchas ocasiones en las que el tren permanecía parado en medio de un túnel durante quince o veinte minutos. A veces el conductor rogaba paciencia, y aunque nunca decía la causa de aquellas detenciones, él sabía muy bien a qué se debían: alguien había bajado a la vía y echado a andar a ciegas por el interior del túnel, hasta que un tren surgía de la oscuridad y se lo llevaba por delante.
Entraba en su despacho después de haber saludado a su secretaria, una joven rubia y atractiva a la que llevaba treinta años, con quien tenía una relación cordial pero distante. Nunca podía evitar fijarse en sus piernas cruzadas por debajo de la mesa, y en ese momento pensaba siempre en el tipo con quien ella se acostaría cada noche, lo que le producía un extraño dolor. Trabajaba más de ocho horas y salía del despacho sólo para comer. Lo hacía en la cantina de la empresa con sus compañeros y sus secretarias, y luego regresaba inmediatamente al trabajo. Ya era de noche cuando volvía a coger un metro lleno de gente, aunque a esa hora casi nunca había paradas en medio del túnel: los suicidios solían producirse al empezar la jornada. Al llegar a casa cenaba lo que le había dejado preparado la asistenta, a quien raramente veía. Después de acostarse, cerraba los ojos y lloraba en silencio.

Aquella noche los ruidos fueron más continuos y sonaron en un tono más elevado de lo habitual. Luego las horas pasaron con lentitud, hasta que distinguió entre las persianas la primera claridad del amanecer. Cuando sonó el despertador, se levantó mucho más cansado que de costumbre. Estaba abatido, le invadía un desfallecimiento que nunca había sentido con tanta intensidad. Se sentó para ponerse los zapatos y apenas fue capaz de volver a incorporarse. Antes de salir de casa se fijó en su cara en el espejo del vestíbulo: a pesar del afeitado y del olor a masaje y a colonia, tenía un aspecto demacrado. Mientras esperaba en el metro decidió sentarse en uno de los bancos, casi no se aguantaba en pie. Necesitaba dormir, pero sintió que, de hacerlo, los ruidos volverían a despertarlo. El tren tardaría un minuto en llegar, y luego la espera de un cuarto de hora en medio del túnel y la mentira velada del conductor. Sintió ganas de llorar, como cuando se acostaba al final de la jornada. Una joven rubia pasó frente a él y se detuvo al borde del andén. Parecía su secretaria. Se puso en pie para saludarla, pero al llegar a su lado se dio cuenta de que no era ella, y de que lo miraba con extrañeza. Debía presentar un aspecto horrible, tuvo la impresión de que todos los que esperaban se fijaban en él. El ruido del tren se oía ya proveniente del túnel. Dejó el maletín en el suelo y saltó a la vía. Oyó una exclamación sobre su cabeza, alguien gritaba que volviera atrás, aunque nadie se decidía a bajar para sacarlo de allí. Pero ahora ya no veía más que el túnel que se abría frente a él, del que provenía cada vez más cercano el sonido devastador del tren. Dudó si echar a andar hacia el túnel o permanecer donde estaba, en ese momento el tren salió de la oscuridad. Ni siquiera pudo oír el chillido de la joven y las exclamaciones de horror allá arriba.